Steve se arrebujó en el chaquetón de paño que había desempolvado una vez surgió el viaje a Jersey. Le debía a Danny venir a ver a su familia a su ciudad y no podía decirle que no. Pero tras muchos años de disfrutar del continuo buen tiempo de Ohau no estaba acostumbrado a semejante frio.
Esperaba que su rubio polizonte le compensara por la noche entre las sábanas de su habitación del hotel. Era la primera vez que hacían un viaje como pareja y, la verdad, es que estaba resultando una experiencia más satisfactoria de lo esperado.
Pensaba que tendría al otro quejándose por cualquier cosa pero no era así. Jersey le hacía sonreír más de lo habitual. Volver a casa le había cambiado radicalmente el humor.
No podía evitar pensar si, como parecía, realmente la isla no le hacía feliz. Había querido creer que era la naturaleza quejica de Danny el buscar motivos por los que renegar de haber sido arrastrado a Hawaii aunque realmente hubieran ido desapareciendo pero quizá realmente no le agradaba estar allí y soñase con volver a su tierra natal. Tampoco sería tan raro que desease estar con su familia.
Normalmente soy yo al que acusan de no dejar de darle vueltas a la cabeza. Que te hace estar tan callado, supersoldado mío.
Sonríes mucho… - se oyó murmurar. Le vio enarcar una ceja sorprendido.
¿Y por eso no hablas? Porque sonrío mucho.
No es eso, Danny. Pero en Ohau sueles estar menos "deslumbrante" por así decirlo. Entiendo que te sientas más feliz aquí pero…
Para para para… - le hizo detenerse. – Steve, soy feliz aquí, claro que sí pero también soy feliz allí, en la isla. Hawaii es mi hogar ahora mismo y, realmente, cualquier ciudad del mundo, cualquier punto del planeta será mi hogar mientras tú y los niños estéis conmigo. Me da igual donde sea. – Steve sonrió suavemente. – Por supuesto que soy feliz aquí. Estoy viendo a mis padres, a mis hermanas, a mis sobrinos, a mis antiguos amigos y las calles donde crecí pero no deseo volver porque tú no vives aquí. ¿Te queda claro?
Meridiano.
Bien, ahora vamos que mis padres no creo que tarden en empezar a mirar desesperados el reloj porque no llegamos puntales a la cena. – Le cogió la bufanda y se la colocó. – Abrígate, chico del sur… - y le besó suavemente en los labios. – Eres un tontorrón, que lo sepas.
McGarreth agachó la cabeza con una sonrisa tímida asomando en sus labios. Nadie le había hecho sentir jamás que un enjambre de mariposas anidaba en su estómago.
Eduard Williams y Clara Wliiams, ya conocían al alto comandante que dirigía la unidad de élite donde trabajaba su hijo. Estaban más que contentos de recibirle en su casa aunque sospechaban que, en parte, habían venido a contarles algo importante. Algo intuían por lo que su nieto les había insinuado pero no querían empezar a divagar sin saberlo con certeza. Tampoco sabían cómo sentirse si lo que creían se confirmaban.
Clara dejó un plato en la mesa. Miró a su marido.
Danny ha sufrido mucho. Con Rachel, con Mattie, después al enterarse de que Charlie si es hijo suyo después de tres años, con nuestro problemas matrimoniales. – suspiró. - Solo quiero que deje de tener esa tristeza en los ojos. Ya le viste cuando nos reunió en Ohau. Mucha palabrería pero también muchos silencios. Demasiados. Quiero que mi niño vuelva, Eddie.
¿Y sí es él quien le hace feliz?
Pues entonces tendrá que ser así… Es un buen hombre. – le miró. – Nunca hemos sido de los que rechacen a alguien por sus preferencias amorosas, cariño. No vamos a empezar con nuestro propio hijo. – su marido guardó silencio. – No quiero sacar a colación que quizá Mattie no supo que le aceptábamos como era y se vio, en cierta forma, empujado a destacar en otras áreas que al final le avocaron a lo que le avocó.
Lo he pensado mucho, Clara. Siempre tuvo las puertas de esta casa abiertas, quizá no se lo hicimos ver como debiéramos y ese sí sería error nuestro pero los desaciertos de cada uno son de cada uno. No me voy a hacer responsable de que acabara como acabó aunque me doliese y me duela infinito.
Le echo de menos, Eddie. – el hombre la besó en la mejilla. – Steve me cae muy bien, quiero a mi hijo. Quiero que sea feliz. Por mi parte son más que bien recibidos en nuestra casa.
Pues siendo tú quien dirige en este lugar no me queda más que estar conforme sino quiero dormir en el sofá, ¿no? – Clara le lanzó una mirada fulminante pero al ver la expresión jocosa de su esposo le arreó una colleja.
Me voy a vigilar el asado… como castigo a tu desfachatez acaba de poner la mesa, Sr. Jefe de Bomberos…
Aquella casa de jardín nevado y valla blanca olía diferente a cualquier en la que hubiese estado. Ni siquiera la suya en Navidad tenía aquella sensación de familiaridad y paz. Estaba apoyado en el quicio de la puerta de la que había sido la habitación de Danny y su hermano pequeño. Le oía abajo riéndose con sus padres.
Entró en el cuarto recorriendo con la vista las paredes decoradas con posters de cantantes de los 80, con trofeos deportivos. Sabía que a Danno le encantaba el fútbol y aquellos partidos entre amigos en Acción de Gracias se lo demostraban. Pero no le había hablado de sus éxitos. En el fondo aún le quedaba mucho por conocer del policía. Y no era algo que le disgustara. Estaba dispuesto a pasar el resto de lo que le quedase de vida aprendiendo a conocerle.
En toooodos los sentidos.
Oyó un carraspeó tras él.
Se volvió a mirarle.
¿Alguien te ha besado aquí alguna vez como Dios manda?
¿Y cómo manda Dios?
Metiéndote la lengua hasta la garganta y cogiéndote del trasero para no dejarte escapar.
¡Qué atrevido es Dios!
¿Si, verdad?
Ya lo creo.
¿Y ha pasado? - el rubio negó con la cabeza. – Pues va siendo hora de cambiar eso. – Steve dio dos pasos, ciñó sus brazos entorno a la cintura del policía y procedió a explorar su boca como había amenazado. Bebiendo su sabor y dejándose atrapar por su esencia. O haciéndola suya. Jamás le dejaría escapar.
Danny gimió con timidez, aguantándose las ganas de arrancarle los pantalones a su moreno favorito y hacerle el amor sobre la moqueta desgastada. Por respeto a sus padres se contuvo sino no habría quedado ni un centímetro de aquella anatomía que no recorriese tantas veces como deseara hasta quedar saciado por, por lo menos, un par de horas… Máximo.
Siguieron besándose un buen rato hasta que desde abajo les llegó la voz de Clara llamándolos.
Ahora el gemido del policía fue de frustración.
No querría tener que abandonar esos labios jamás.
Eddie miró al Navy Seal fijamente mientras bebía un sorbo de su cerveza. Cuando separó la botella de su boca y tragó preguntó directamente la cuestión que se había estado conteniendo desde que se sentaron a cenar.
¿Puedo amenazarte con acabar con tu vida si haces sufrir a mi hijo ahora que se os ha ocurrido la feliz idea de ser novios?
El tenedor con la carne se quedó a medio camino entre la boca y el plato tanto de Danny como de su madre. Steve palideció de forma repentina.
¡Papá tengo más de 40 años no hace falta que le amenaces!
Danny, asegúrame que no harías lo mismo si fueran Gracie o Charlie aunque tuviesen más de 60 años y tú fueras en silla de ruedas. – le vio guardar silencio. – Steve… - volvió a hablar el antiguo jefe de Bomberos de Newark. – me caes bien, y te alabo el gusto pero es mi hijo del que estamos hablando. Mi hijo, el policía por el que ya sufrimos bastante desde que decidió que su profesión sería recorrer las calles arma en mano y luego se metió de lleno en una unidad que lucha contra terroristas, narcotraficantes y un largo etcétera de indeseables.
Un hijo que lo dejó todo, a nosotros incluidos, por seguir a su pequeña, y es muy lógico porque es un gran padre, pero que sabemos que ha sufrido ya demasiado. – intervino Clara. – He estado con vosotros en Ohau, Steve, y sé que desde os conocisteis sentisteis algo especial el uno por el otro pero que no os atrevisteis a afrontarlo por vuestros propios miedos. Me alegro que los hayáis dejado atrás. Sabemos que has tenidos momentos de mucho dolor en tu vida, Steve pero Danny también y desearíamos que no se volviesen a repetir. – miró a su marido. – Eddie es un poco brusco pero siempre lo ha sido en cuanto a la seguridad y felicidad de nuestros pequeños. – y ahora miró a su hijo. – Y Danny ya podrás tener 60 años que mientras sigamos vivos seguirás preocupándonos. Y como dice tu padre te pasará a ti con tus niños.
No está entre mis planes hacerle daño de ningún modo, Eddie, Clara… sí que es verdad que nos ha costado mucho llegar hasta aquí pero nos queremos, ahora no tenemos vergüenza alguna a reconocerlo y os prometo que no quiero dañarle de ninguna manera.
Me alegro. – asintió el Sr. Williams. – Y, Danny a ti no te mataría si le hicieses daño al comandante pero tampoco te lo pondría fácil…
Entendido, papá.
Bien, y ahora a comer, que es un insulto dejar que esto se enfríe.
Y Eduard Williams volvió a atacar la carne sin piedad alguna.
