Estuve bastante apurada terminando este capítulo para hoy. Espero que les agrade.

Disclaimer: los personajes de One Piece no me pertenecen y por supuesto, nada del maravilloso mundo de Oda sama *-* yo hago esto sin fines de lucro y solo podría decirse que me pertenece la trama de este fic.

Resumen: No sé quién eres. No sé de dónde vienes, ni a dónde vas. Pero al mismo tiempo te conozco. Y por algún motivo, solo quiero… deseo que sepas quien soy.

Sin advertencias, supongo.

Iris

Capítulo 3: Acuerdos

Robin dejó de lado las cosas que había estado haciendo, bebió un trago de su café y miró la hora que era. Eran cerca de las dos de la mañana y había pasado el día entero trabajando. Por la mañana tendría que entregar un buen avance del análisis que estaba haciendo, de modo que debería ir al museo desde temprano. Por la mañana ese día se había dado cuenta de que apenas y tenía la mitad de lo que le habían pedido que tuviera listo, por lo que había estado todo ese día leyendo y escribiendo sin cesar. Consiguió terminar, afortunadamente.

Lo único que lamentó de ese día dedicado al trabajo fue que estuvo todo el día encerrada en casa soportando el calor. Se sentía terriblemente encerrada, necesitaba salir, necesitaba sentirse más "libre" de lo que era en ese lugar.

A veces sentía simplemente que esa no era su vida. La arqueología al aire libre era lo que la hubiera movido, viajar de un lugar a otro, vivir aventuras…

Sin embargo eso no era posible, al menos no por el momento. Pero diario se imaginaba cómo podría ser una vida así. No por nada era una ávida lectora.

De pronto el teléfono sonó. Retumbó con su sonido en la noche, asustándola un poco ya que fue totalmente inesperado. ¿Quién podría ser a esas horas? No se le ocurría nadie que pudiera llamarla en ese momento.

Descolgó y se puso el teléfono en el oído.

-¿Hola?

-677, ¿cuál es su emergencia?

-¿Perdón?

-Está llamando al servicio de emergencias, ¿cuál es su emergencia?

-Yo…yo no marqué a emergencias.

De pronto, la voz se transformó a la de una mujer joven, que asustada, gritaba con urgencia.

-Robin, ¡¿dónde están?!

Robin alejó el auricular de su rostro; de fondo se escuchaban voces y gritos, en general, caos.

-¡Contéstame, Robin!

Asustada, Robin colgó el teléfono bruscamente. Miró el identificador de llamadas, y decía que era un número desconocido o privado. Esperó por si volvían a marcar pero no sucedió nada.

Confundida y bastante asustada, Robin se preparó una taza de té y la bebió, confiando en que la bebida la tranquilizaría y podría conciliar el suelo.

Al día siguiente se despertó a las seis de la mañana. Había dormido cuatro horas pero se sentía bien, no había ningún problema. A pesar de lo temprano que era, el calor era ya bastante notorio. Amanecería temprano, el sol ya dejaba ver un poco de su superficie en el horizonte de la ciudad, aun medio dormida.

Decidió que lo de la llamada había sido tal vez solo imaginación suya, quizás hasta lo había soñado. No pensaría más en eso y cumpliría con su día tal y como estaba planeado.

Robin tomó un baño con agua fría, en parte para mantenerse despierta y en parte para evitar que el calor la invadiera como siempre. Después se puso un pantalón y una blusa de tela ligera y fresca y, para no desentonar con el estilo serio del museo, decidió llevar un saco, únicamente para usarlo mientras estuviera allí.

Sabía que podía tardar. Tendría que hablar con la recepcionista y alguna secretaria antes de poder dejar su trabajo en la oficina de su jefe, lo cual no sería mucho problema de no ser porque esas mujeres solían ser... no muy agradables, eso era un hecho.

Tomó el fajo enorme de hojas y lo guardó perfectamente en un portafolios. Tomó sus llaves, aseguró bien el departamento y salió del edificio. Eran ya cerca de las siete de la mañana y tardaría una media hora, dependiendo del tráfico, en llegar al museo.

Para cuando llegó el cielo estaba despejado, el sol ya había salido y tal como ella lo había esperado, el aire fresco de la noche había dejado de sentirse por completo.

Se sentía un poco sofocada, pero a pesar de eso, apenas al bajar del auto se puso el saco y caminó a través del estacionamiento hasta la puerta del área administrativa del museo. Por suerte adentro el clima estaba encendido y la temperatura era más agradable.

La recepcionista la recibió y Robin no pudo evitar notar que no volteaba a verla, que sus ojos parecían sin vida, que lucía terriblemente aburrida y que realmente poco importaba si estaba o no estaba allí, al parecer, al menos para ella.

La mujer tomó su teléfono y marcó a la secretaria del director del museo, le dijo algunas cosas en voz baja y colgó.

-Está ocupado- dijo a Robin, aun sin verla y con un tono del todo monótono en su voz- estará disponible en media hora más.

-Debo esperarle de todos modos- sonrió Robin, esperando de vuelta al menos una sonrisa como respuesta, mas esto no pasó. La mujer ni siquiera le dijo nada más, por lo que ella se sentó en el sillón que estaba allí y se puso a hojear unas revistas viejas, sin ponerles demasiada atención.

Las dejó de lado y comenzó a releer su trabajo, esperando no haber cometido algún error por lo cual arrepentirse. La media hora al fin pasó, y la recepcionista le dijo que podía ir a la oficina del director.

Robin tomó el elevador y subió hasta el cuarto piso. Una vez allí, se anunció con la secretaria, que era horriblemente parecida a la recepcionista que la había atendido al principio.

-El director está atendiendo una llamada- le indicó- puede tardar de nuevo. Espere allí por favor- y le señaló un sillón, donde Robin no tuvo otro remedio que sentarse.

Cuando al fin fue atendida, entró a la oficina de su jefe con la misma sensación de artificialidad e impersonalidad que había estado sintiendo en todas partes últimamente. Casi no escuchó lo que le decía, principalmente porque hablaba con el mismo tono que las secretarias, como si no quisiera estar allí o como si de hecho no estuviera. Leyó su texto, le hizo algunas preguntas y no hizo correcciones pues calificaba su trabajo como excelente.

-Dentro de dos meses espero que lo tenga completo- le dijo finalmente- puede retirarse.

Robin agradeció y se puso de pie para salir de la oficina, lo cual hizo a toda la velocidad que le permitieron sus piernas. Tomó el elevador para bajar y al pasar por la recepción le hizo a la mujer un gesto de despedida con la mano y una enorme sonrisa, sin importarle realmente que ella le respondiera o no.

Llegó al estacionamiento y se quitó el saco tan rápido como pudo. Puso el motor de su auto en marcha y comenzó a conducir, por una calle, por otra. Aceleró. Se sintió libre y feliz.

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Una vez que las nubes se disiparon…que las olas dejaron su furioso vaivén…que las aguas dejaron de rugir…que el aire dejó de mover al Sunny de esa forma tan salvaje y peligrosa… Luffy aflojó sus brazos y todos sus nakama cayeron al piso, al igual que él, exhaustos.

Cuando vieron que Zoro soltaba la barandilla y se dejaba ir junto con Robin, todos a excepción de él se soltaron de donde estaban sujetos y se precipitaron a ese lado del barco. Luffy, quizás debido a un instinto de supervivencia extraño, extendió sus brazos a todo lo que daban, corrió hacia el mástil y se aferró a él llevándose a sus amigos consigo. Sus extremidades estiradas consiguieron dar varias vueltas alrededor del mástil y de ellos, y él se mantuvo así hasta que todo se calmó.

En general, el ambiente era desolador. Hacía mucho que no les ocurría algo así…separarse de la nada. En la mañana todo estaba bien…no había motivos para creer que iban a perder dos amigos en una tormenta. La sensación de incertidumbre fue demasiado grande para todos, quizás por eso nadie, ni siquiera Nami o Sanji que siempre tenían algo que decir, dijo nada.

Luffy fue el primero en ponerse en pie. Se acomodó su sombrero bien puesto sobre su cabeza y miró hacia el cielo.

-Estarán bien- dijo con total convicción mientras los demás se sentaban en el suelo, viéndose unos a otros.

Alguien tenía que mantener la esperanza, permanecer firme y sostenerlos a todos para que se mantuvieran en pie.

-Zoro protegerá a Robin con su vida- continuó, como si estuviera completamente seguro, como si los estuviera viendo o como si una intuición especial le dijera que su espadachín cumpliría con aquello como si de una orden se tratara- y Robin cuidará de Zoro también. Los encontraremos y los regresaremos aquí al barco, ¿me oyeron?

-Sí, Luffy- contestó Nami poniéndose de pie poco a poco- tienes razón.

-Hay que encontrarlos pronto- agregó Chopper enérgicamente mientras se ponía de pie también. Los demás siguieron el ejemplo de ambos y se pusieron de pie. Comenzaron a preparar todo para mover el barco.

-¿Sabes hacia donde se dirigía el huracán, Nami?

Ella miró a su alrededor y estuvo en silencio unos segundos.

-Hacia allá- dijo, señalando hacia el horizonte. Consultó el log pose- de hecho apunta en esa dirección. Debe haber una isla…o un conjunto de islas cerca.

-¿No lo sabes?

-En la última no pude conseguir mapas. Fue extraño.

-Bueno, no importa, no te preocupes…mientras nos lleves a salvo todo estará bien- le dijo Luffy entonces con una sonrisa y se fue caminando rumbo a la cocina- ¡Sanji, meshi!

Nami lo vio alejarse. Vio la cubierta, cuya madera húmeda ya estaba recibiendo un buen trabajo de mantenimiento por parte de Franky. También vio a Chopper y a Ussop corriendo de aquí a allá ayudándole.

Suspiró y miró hacia el horizonte, pensando en ellos.

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Zoro llegó al pequeño hospital y entró sin pedir permiso y sin preguntar a nadie. Caminó por el único pasillo que había -ahí sí que no se podía perder- mientras una enfermera caminaba tras él con urgencia, pidiéndole que se detuviera porque estaba poniendo desorden en el lugar, porque el ruido de sus pasos perturbaba a los pacientes, porque todo ese abrir y cerrar de puertas estaba poniendo de nervios a todos…

Zoro no se detuvo hasta que llegó a la habitación donde tenían a Robin. Ella estaba tomando un baño en ese momento y su ropa estaba, limpia y bien planchada colocada sobre la cama. La esperó.

Cuando Robin salió del baño no pareció estar sorprendida de verle allí. Tomó su ropa y caminó tras un biombo color blanco, donde se vistió. Salió de allí y se empezó a desenredar el cabello con un cepillo.

-¿Ya te han dado de alta?

-Sí. Podremos irnos en cuanto me traigan un papel que tengo que firmar, no creo que tarden mucho más.

Zoro frunció el ceño y se recargó contra la cabecera de la cama.

-No te preocupes más. Ellos deben saber que estamos vivos. Un simple huracán no puede contra Roronoa Zoro, ¿cierto?- ella le sonrió y Zoro cruzó los brazos mientras volteaba la cara hacia otro lado.

Cierto era que ambos eran fuertes, pero, ¿qué pasaba con él? Desde que había despertado el día anterior no había podido sentirse tranquilo en ese lugar. Solo cuando habían estado ante la fogata en el bosque, creía recordar haber sentido algo de paz, pero no tenía idea de porqué. Más aún, seguía intranquilo con el hecho de que ella no daba ni una muestra de estar preocupada ni de tener ganas de irse, se veía demasiado cómoda en ese lugar.

La enfermera entró sin tocar, mirando a Zoro con el ceño fruncido con severidad. Le extendió a Robin un documento y una pluma.

-Es solo una certificación de que la estamos dando de alta. En cuanto la firme podrá irse, si quiere.

-Gracias- Robin tomó el documento y lo leyó a consciencia, no le tomó mucho tiempo. Lo firmó, lo regresó a la enfermera y dio las gracias. Acto seguido, ambos salieron del hospital.

-Vamos, me dijeron que cerca de aquí hay una oficina de atención a turistas. Podremos preguntar allí.

-¿Atención a turistas? No parece que reciban visitas aquí muy seguido.

-Me comentó el médico que en primavera tienen un festival muy bello que atrae gente de todo el mundo. Esa es la época del año donde tienen un mejor flujo económico, pero el resto del año la situación se pone ligeramente difícil.

Para esto, Zoro se dio cuenta de lo mucho que llamaban la atención en ese lugar. La gente vestía de manera muy sencilla y similar. En general eran gente de campo, sencillos y humildes.

Zoro y Robin en cambio parecían dos gigantes, o dos personajes sacados de un cuento. Robin, tan alta y con su ropa tan llamativa que la hacía ver exuberante, y él, tan corpulento y con esas espadas que a todas luces eran valiosas monetariamente. Ya había percibido algo de esto el día anterior, pero no quiso darse por enterado. El problema era que en este momento caía en la exageración; la gente se asomaba a las ventanas a verlos pasar, y los niños incluso detenían sus juegos solo para mirarlos.

Robin no parecía darse cuenta de todo ello. Zoro la siguió hasta que llegaron a un pequeño establecimiento.

Enfrente de ellos había una barra como la de un bar, pero el lugar era relativamente pequeño y en las paredes estaban colgados todo tipo de mapas y folletos con información sobre el festival de primavera.

Robin se acercó a la barra y tocó la campanilla.

-Buenos días- un hombre salió de una puerta cercana a la barra. Era bajito y parecía simpático. No debía tener más de 30 años, y al verlos, se quedó un momento observándolos fijamente- oh, ¡pero si son los Mugiwaras!

-¿Nos conoce?- preguntó Robin con una sonrisa.

-¡Claro que sí!- contestó el hombre, sonriendo ampliamente en respuesta a ella- diario llegan noticias de ustedes y de otros piratas a esta isla. Nunca pensé que los fuera a ver en persona alguna vez, es un honor. Mi nombre es Morton- y extendió una mano hacia Zoro. Él le estrechó de mala gana. Robin fue un poco más amable con él- Mi esposa es Mary… ¡Mary, ven aquí!- de la misma puerta de la que había salido él, salió una joven mujer, bonita y bajita como su esposo y con un semblante alegre.

-¿Ocurre algo, Morton?- preguntó ella asomándose, y él la presentó.

-Es un gusto conocerlos. Pero, ¿qué los trae a esta isla?

-Una maldita tormenta- contestó Zoro entre dientes.

Robin se inclinó un poco hacia adelante para evitar que el mal humor tan usual en Zoro hiciera sentir mal a esas personas tan amables.

-nuestro barco fue atrapado en una tormenta y caímos al mar por accidente- explicó ella- necesitamos buscar algún modo de ponernos en contacto con nuestros nakama. Entiendo que en un lugar como este deben tener reportes del clima y cosas por el estilo, ¿No es cierto?

-Estás en lo correcto- le contestó Morton- justo nos llegó algo de información sobre un huracán que pasó cerca de aquí hace unos días. Probablemente sea del que los separó de sus amigos.

-¿Y de qué nos puede servir eso?- preguntó Zoro con escepticismo.

-Pues si sabemos qué tan lejos de aquí pasó, tendremos una idea de dónde pueden estar los demás en este momento. Un mapa con la ubicación de las islas cercana también nos vendría bien.

A todo esto, Morton y Mary se movían de un lado a otro sacando mapas y papeles y los extendían sobre la barra. Mary volvió a salir por la puerta, y regresó con una jarra de limonada fresca y les ofreció a sus invitados.

-Adelante, beban esto- sonrió. Robin observaba los mapas, con semblante pensativo.

-¿Qué ocurre?- le preguntó Zoro después de un rato de silencio.

-No estamos tan lejos de donde el ojo del huracán estuvo antier. Quizás podamos mandarles un mensaje por correo aéreo, no creo que una gaviota tenga problemas en identificar el barco. Pero quizás se han movido ya. Considerando el movimiento del huracán, quizás Nami haya encontrado la ruta adecuada para encontrarnos.

Zoro miró a Morton. Éste miraba a Robin, pero movía mucho sus manos, como si estuviera nervioso por algo. Zoro se acercó a él y lo miró de una forma ligeramente (solo ligeramente) amenazante.

-¿Ocurre algo, amigo?

Morton negó vivamente con la cabeza.

-N…no, para nada, Roronoa san, es solo que…amm…esto, no tenemos servicio de correo en la isla por el momento…

-Robin levantó la cabeza hacia él, luciendo algo contrariada.

-¿Cómo?

-Pues…es que esta zona se ha vuelto ligeramente peligrosa últimamente…las redes de correo decidieron cortar el servicio por algunos meses, por si se estabilizan las cosas.

-¿Y a qué esperan?- preguntó Zoro, quien cada vez estaba más molesto- si el mundo está siendo peligroso en este momento, no va a cambiar de un día a otro y eso deberían saberlo bien.

Morton se hizo chiquito contra la barra, y Mary se paró junto a él, abrazándole. El espadachín se quedó un poco confundido debido al gran miedo que esas personas mostraban hacia él. No pudo decirles nada más, se veían tan indefensos que se sintió como un abusivo.

-No se preocupen- les dijo Robin con un tono tranquilizador- no les hará daño, ¿Verdad, Zoro?

Zoro se cruzó de brazos y rezongó algo ininteligible incluso para él mismo.

-¿Y cómo hacen para comunicarse?- preguntó ella luego de un momento.

-En los últimos meses hemos tenido que llevar el correo a una isla vecina…es la única de esta zona que aún cuenta con servicio postal. Lamentablemente tampoco contamos con muchos navíos, así que no podemos viajar muy seguido. De hecho la carga de correo donde llegaron los reportes del huracán es el último viaje que podemos hacer en un par de semanas con ese fin.

-O sea que estamos incomunicados- concluyó Zoro, profundamente frustrado. ¿Qué iban a hacer? La única alternativa que tenían, al menos por el momento, era esperar. Esperar a que saliera otro barco a alguna isla que tuviera un mejor servicio de correo, o a ver al Sunny aparecer en el horizonte, lo que ocurriera primero.

-Por lo menos hasta que salga el siguiente barco, pero no se preocupen- sonrió Mary, reponiéndose rápidamente del miedo que Zoro les había causado a ella y a su esposo, sorprendiendo a éste por su rápida tranquilidad- la vida es relativamente fácil aquí si están dispuestos a cooperar con la aldea. Somos gente hospitalaria, solo pedimos que contribuyan en la medida que puedan.

-Suena bien- contestó Robin ecuánimemente- necesitaremos un lugar donde quedarnos.

-El posadero les dará lugar- contestó Morton entonces- y hay mucho qué hacer en la aldea para pagar.

-Eso lo sé- contestó Zoro, un poco de mal humor- ayer estuve todo el día de un lado a otro pagando el servicio de hospital.

Robin lo miró de reojo, pero él no dijo nada más.

Se alejó rumbo a la puerta, y se paró en el marco mirando hacia afuera mientras su compañera terminaba de hablar con esas personas. No prestó mucha atención, apenas escuchó un poco de lo que siguieron conversando.

-Dicen que puedes ir a buscar algo qué hacer- Robin llegó con él- yo me quedaré aquí a ayudarles a organizar los documentos que tienen guardados.

-¿Ese será tu trabajo?

-Luego iré a ver en qué otra cosa puedo ayudar- sonrió ella- deberías animarte un poco. No creo que pase nada malo si tenemos que quedarnos un rato aquí.

Zoro miró de nuevo a Robin. Tuvo que preguntarse otra vez si pasaba algo con ella…o con él. Había algo allí que no le gustaba, algo que no encajaba con lo demás.

-Como sea- se despegó del marco de la puerta y comenzó a caminar.

-Nos vemos a la hora de la comida, ¿te parece?

Zoro le hizo una señal de adiós con la mano y siguió su camino.

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Robin bajó la velocidad de su auto cuando llegó a la avenida costera. Se había nublado repentinamente y el paisaje de la playa y el mar era bello y peligroso al mismo tiempo.

Había estado un largo rato conduciendo por toda la ciudad, y su agotada mente ya había descansado bastante. Decidió bajar un rato a la playa, no estaba reportado que fuera a haber lluvias en esos días y por lo tanto no le pareció que fuera riesgoso.

Estacionó su auto lo más cerca que pudo. Se sacó los zapatos y se subió los pantalones hasta la rodilla.

Bajó del auto y comenzó a caminar por la arena.

Casi no había gente. Y la poca gente que había, se veía a lo lejos. No había nadie en el agua ni cerca de ella. Al contrario, Robin comenzó a caminar por la orilla, donde las olas casi llegaban a tocar sus pies. Siguió caminando por un buen rato y vio las nubes alejarse un poco, y al mismo tiempo, del otro lado, el atardecer.

Pero, ¿cuánto tiempo había pasado? ¿Cuánto tiempo había estado en el museo, conduciendo y luego caminando en la playa?

De pronto… ¿se había acabado el día, así de rápido?

Se negaba a creerlo, pero al parecer así estaban las cosas.

No quiso pensar más en ello, de todos modos no le importaba. El tiempo… mientras más rápido fuera, mejor.

Siguió caminando, largo rato hasta encontrar un viejo muelle. Se había alejado bastante de la zona "transitada" de la playa, de modo que al voltear a los alrededores se encontró bastante sola.

Pero…al ver al final de ese muelle de madera vieja y debilitada… ¿sería posible?

Esa cabellera verde era inconfundible.

Estaba parado en la orilla del muelle. Robin llegó hasta allí, pero antes de acercarse, lo observó un momento.

Traía puesta una camisa blanca y amplia, con las mangas dobladas hasta los codos y seguramente abierta, ya que aunque no lo veía de frente podía observar cómo el aire la movía. Tenía puestos unos pantalones de vestir color negro y al igual que ella estaba descalzo.

-¿Eres un fantasma o algo por el estilo?- preguntó Robin a modo de pequeña broma mientras se acercaba a él. Zoro volteó un poco la cabeza hacia ella e hizo un gesto parecido a una sonrisa.

-Yo podría preguntarte lo mismo.

La coincidencia era totalmente inesperada. Es decir… ¿por qué? De entre todas las personas que habitaban la ciudad ¿por qué precisamente ellos dos y en un lugar como ese?

Robin, por lo menos, siempre que se acercaba a la playa tenía la sensación de que esta le llamaba. Del otro lado del mar…algo o alguien la estaba esperando.

-Te ves bien.

Él no contestó. Pero Robin pudo ver su sonrojo en ese rostro serio que no quitaba la vista del horizonte.

-¿Vienes de la universidad?

Él asintió.

-¿Y qué haces allí?

-Doy algunas clases.

No dijo nada más. Robin no le preguntó nada más tampoco. Se quedaron mirando el horizonte. La marea comenzó a subir mientras seguía cayendo la noche.

Robin de pronto comenzó a sentirse mal, sin alguna razón aparente. De pronto sintió un fuerte dolor de cabeza y cansancio.

-Oi…mujer, ¿qué te pasa?

Ella se había llevado una mano a la frente, y luego de esto dio un par de pequeños pasos hacia un lado, como si estuviera perdiendo el equilibrio. De pronto perdió por completo el piso y lo siguiente de lo que tuvo noticia fue de una terrible sensación de caída.

Estaba en el agua y las olas se movían a su alrededor sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo.

Y entonces lo recordó. Ella no sabía nadar. Nunca… había podido nadar. Era como si en el agua fuera mil veces más pesada de lo que en realidad era. Y la desesperación que sentía en esas situaciones era exagerada, de modo que tampoco le ayudaba a salir.

Repentinamente fue sacada a la superficie. Claramente sintió que era sujetada y llevada hasta la orilla de la playa, a la arena, donde él la depositó con inesperada delicadeza.

Ella tosió con todas sus fuerzas mientras trataba de recuperar el aire. ¿Qué había sido eso?

Abrió los ojos en cuanto pudo controlar su respiración y se incorporó, quedándose sentada sobre la arena húmeda mientras sentía el agua goteando por su cabello. Estaba completamente empapada y entre el dolor repentino en la cabeza, la sensación de ahogamiento y sus pulmones tan forzados a toser y a recuperar el oxígeno, se sintió exageradamente agotada.

-Gracias- pronunció al ver a Zoro sentado en la arena junto a ella. La miraba con severidad, como si estuviera muy molesto con ella- lo lamento.

-¿Por qué nunca dijiste que no sabías nadar?

-No pensé que fuera a suceder algo así, de pronto me sentí mal y caí, fue un completo accidente.

Zoro se encogió de hombros y su expresión fue un poco más cordial. Robin sonrió con una pequeña sospecha surgiendo en su mente. La noche era profunda y la playa ahora sí lucía completamente vacía.

Sin poder evitarlo, Robin tosió un poco más. Zoro volteó a verla y luego de un momento volvió a voltear su vista al mar.

-Recuéstate- recomendó él- necesitas descansar un poco.

Robin le hizo caso; se recostó en la arena sin importarle que su cabello quedara completamente cubierto, ya que estaba bastante húmedo, y miró hacia el cielo. Ya no estaba nublado, las estrellas brillaban sobre ellos.

-¿Y qué haces por aquí?- preguntó ella tratando de evitar el silencio incómodo de nuevo- ¿vives cerca?

-Algo- contestó Zoro y tomó un pequeño caracol que vio entre la arena- me apetecía caminar.

-Entiendo. A mí también. Mi trabajo es algo pesado.

-Estoy tratando de escapar un poco- contestó él. Extrañamente, a Robin le pareció más relajado- a veces es simplemente como si este lugar me llamara. Como si tuviéramos…- hizo una sonrisa ladeada, la primera que Robin viera en él después de lo poco que lo conocía- como si tuviéramos una cuenta pendiente.

Ahora fue Robin quien no contestó. Porque ella se sentía exactamente igual. Esas palabras expresaban justo el sentimiento que ella tenía con respecto a la playa y el mar, aunque de un modo extraño y bastante impropio de ella, pero que por supuesto, quedaba perfecto para él.

Pensando en eso, se apoyó en las manos para levantarse, con la suerte de que su mano izquierda quedó encima de la mano de Zoro. Él retiró su mano inmediatamente del contacto con ella, y Robin no supo exactamente cómo debía interpretarlo.

Se puso de pie, pero aún se sentía algo débil. Zoro se puso de pie también y la miró con seriedad.

-No estás bien. ¿Vienes en auto?

-Sí, yo…venía del museo y estuve dando vueltas por la ciudad. Mi auto está estacionado un poco lejos de aquí.

-Bien… ¿quieres que conduzca por ti?

Robin volteó hacia él, sonriente.

-¿Estás preocupado por mí?

Zoro volteó la cabeza, apretó los dientes y mostró de nuevo un sonrojo carmín en sus mejillas que a Robin le pareció por demás encantador.

-¿Quieres o no?- preguntó evidentemente molesto.

-Depende, ¿me cargarías hasta el auto?- preguntó entonces ella a modo de broma. Lo que no se esperaba era que él, con muchísima facilidad, la sujetó de los brazos y la acomodó en su espalda, sujetó con firmeza sus piernas por debajo de las rodillas y comenzó a caminar.

-¡Hey, bájame!

A pesar de que la situación seguía siendo incómoda, le parecía gracioso y lindo que Zoro se comportara así. Entre risas le seguía pidiendo que la bajara pero él no le hacía caso.

Avanzaron así por un largo tramo. Zoro no dijo nada más y Robin se relajó un poco contra su espalda. Cerró los ojos y recargó la cabeza hasta apoyarla en su hombro.

Despedía un aroma confuso. Olía a agua de mar, pero al mismo tiempo olía a algo totalmente masculino, a algo metálico quizás, y el aroma era profundo, penetrante y agradable. Aunque la situación tenía todo el potencial para ser incómoda, no lo era. Había cierto sentimiento de confianza.

Lo cual era extraño. Ella no era de las personas que confían inmediatamente en otros, pero con Zoro había sido de lo más sencillo.

Se acercaron al lugar donde ella se había estacionado, así que decidió que era momento de que, hablando en serio, la dejara bajarse. De modo que si nada le había funcionado hasta el momento para que la dejara, pensó que tendría que jugarle sucio. Se afianzó mejor a su cuello y aproximó sus labios a uno de sus oídos.

-Zoro…- suspiró, con la voz más sensual que tenía en su repertorio- puedes bajarme ya. No estoy tan…indefensa…

Como si de un encantamiento se tratara, Zoro obedeció. Se detuvo y la soltó para que ella pudiera bajarse de su espalda. Robin vio claramente como la piel se le había erizado, y tuvo que sonreír. Caminó un poco más, adelantándosele un par de pasos, tratando de ocultarle su risa triunfante.

-Allí está mi auto- le dijo entonces, señalándolo. Era el único aparcado a la vista.

-El mío está un poco más hacia allá- comentó Zoro bruscamente, sin voltear a verla de manera directa- iré a…ponerme mis zapatos, ya vuelvo.

-Adelante.

No pasaron más de cinco minutos cuando lo vio regresar. Se había quitado un poco la arena que le había quedado pegada a la ropa, se había abrochado la camisa- lo cual era una verdadera lástima- y se había puesto unos zapatos negros a juego con el pantalón, sobrios, muy limpios pero ya con algo de arena en las suelas debido a la corta caminata que había hecho desde su auto hasta allí.

Robin no pudo evitar percatarse de cada detalle.

Subieron ambos al auto y ella le dio las llaves. Zoro encendió el auto y comenzó a conducir.

-¿Recuerdas cómo llegar?

Él asintió.

-¿Volverás a tu casa caminando?

-Supongo.

-Ya es algo tarde, podría ser peligroso. ¿Qué hay de tu auto?

-Pasaré por él cuando vaya de regreso.

A Robin todo eso no le daba confianza, pero si para él era tan sencillo, supuso que no había nada qué decir. Llegaron a su edificio antes de lo que ella esperaba. Ella le indicó donde estacionarse y bajaron.

Su ropa y su cabello aún tenían algo de humedad. Eso mezclado con la sensación salada y los granos de arena que se habían colado entre su ropa y su cabello le producían una fuerte irritación en todo el cuerpo.

Entraron al edificio. Zoro la acompañó al interior y tomó el elevador con ella. A Robin no le quedó más remedio que sonreír. Estaba preocupado por ella, aun cuando no lo admitía, era más que evidente.

Salieron del elevador y llegaron a su departamento. Se pararon ante la puerta mientras ella sacaba las llaves para abrir. Cuando lo hizo, dio un paso dentro del departamento y luego volteó de regreso hacia él.

-¿Quieres pasar a tomar algo?

-Gracias, pero creo que debería irme ya.

Se quedaron de pie en la puerta, como si esperaran que el otro dijera algo más. Robin se aclaró la garganta.

-Tal vez quieras…pasar por aquí mañana, podríamos cenar algo, ver una película… si quieres…- como él no dijo nada, ella volteó la cabeza hacia un lado por un momento, y luego volteó de nuevo hacia él- gracias… gracias por todo, has sido muy atento.

-Tú también lo fuiste- contestó finalmente- no me gusta deber nada a nadie.

-No lo hice para que te sintieras en deuda- contestó ella entonces- y me gustaría pensar que tú no lo hiciste para "pagarme".

Hubo otro silencio incómodo, pero ninguno se movió de donde estaban, parados frente a frente en la puerta.

-Vendré mañana- dijo Zoro finalmente, cediendo quizás ante la evidencia de que Robin esperaba una respuesta de su parte. Ella lo miró, pero esta vez la sonrisa no le salió como ella hubiera querido. Estaba exhausta y aún sentía cierta palpitación en su cabeza.

Se acercó a Zoro para darle un beso de despedida en la mejilla. Se sujetó de uno de sus hombros pero no calculó bien, y el beso cayó en la comisura de sus labios. Cuando se retiró, él lucía tan impresionado como ella misma, pues aunque había sido algo banal, sin importancia…de pronto pareció como si significara todo.

Robin frunció el ceño. No se iba a quedar con la inquietud y Zoro ya le debía muchas situaciones incómodas.

Lo tomó de los hombros de nuevo y se acercó a él con más firmeza que antes. Esta vez, tratando de ahuyentar todos los demás pensamientos que querían llegar hasta ella, lo besó en los labios. No los abrieron, ninguno de los dos, y se limitaron a una caricia superficial y suave, con un evidente sabor a sal. Podría decirse que él le correspondió, ya que no huyó del contacto, como siempre lo hacía, y comenzó a mover sus labios del mismo modo en que ella lo hacía, lenta y suavemente.

Pero no duró mucho. Robin se despegó de él en cuanto sintió que sus manos comenzaban a tomar su cintura. Se lo impidió, y en los ojos de Zoro se apreciaba una gran confusión. Pero ella no quería llegar lejos con eso. Ni siquiera estaba segura de qué extraña fuerza en su interior la había obligado a actuar así.

No supo exactamente porqué, pero tenía la sensación de que después de eso no lo volvería a ver. Algo en su interior se encogió y le causó una molestia terrible.

Sentía de pronto como si hubiera perdido el control de una situación que hasta el momento había sido completamente suya.

-Vendré mañana- repitió Zoro, ahora como si no hubiera pasado absolutamente nada.

Y para gran sorpresa de Robin, hizo exactamente lo mismo que ella. La sujetó de los hombros, se acercó y depositó un beso suave y superficial en sus labios.

Fue rápido, pero a la vez se sintió eterno. Fue perfecto.

Zoro se dio la vuelta y se fue.

Robin se quedó parada en la puerta, apenas con suficiente fuerza para mantenerse en pie.

Si se quedaba un momento más allí, frente a ella, no se iba a poder controlar más. Lo iba a besar y no lo iba a dejar ir.

Pero ¿Qué iba a hacer al respecto? ¿Qué haría al día siguiente cuando volviera, si es que cumplía y lo hacía?

No podía quitarse la sensación de pérdida, de que se desvanecía, de que iba a desaparecer de su vida sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo.

Y quería aferrarse a él. Por alguna razón deseaba quedárselo para siempre, que nada pudiera separarlo de ella.

Demonios. Estaba enamorada.

Entró al departamento.

Tomó un baño y se acostó a dormir.

Sí, estaba enamorada. Estaba enamorada de un hombre al que solo había visto tres veces en su vida, en ese mundo gris que tanto odiaba. Hasta lo había besado.

Extrañamente a pesar de tantas dudas que habían llegado a ella de manera repentina…se sintió tranquila de haber aclarado ese punto consigo misma.

Vendría al día siguiente y no sabía cómo tendría que comportarse con él.

Pero estaba feliz. De pronto, estaba terriblemente feliz.

Tanto que no pudo evitar reír, y dormirse con esa sensación de seguridad y alegría que incluso parecieron haberla abandonado por un momento.

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Zoro terminó, por el momento, de cortar algunos leños que necesitaban en el pequeño restaurante de la aldea. Justo en eso estaba cuando llegó Robin.

-Vamos a comer algo.

Entraron al restaurante y el dueño, que era uno de los principales impulsores del sistema de pago mediante trabajo, les sirvió a los dos piratas la mejor comida que tenían en ese momento.

Se habían sentado frente a frente y ninguno de los dos pronunció palabra hasta que terminaron. Cuando un niño que trabajaba allí de mesero retiró los platos, fue que Robin habló.

-¿Por qué nunca mencionaste lo del hospital?

-¿Qué cosa?

-Que estuviste trabajando para que me atendieran.

Zoro se hizo el distraído.

-A mí me atendieron también y de algún modo teníamos que pagar- contestó.

-No debiste hacerlo.

-Tenías fiebre y casi te da una pulmonía, ¿lo has olvidado? No había opción.

-Pude haber hecho yo algo para pagarlo, si de todas formas me iban a dar de alta rápido.

Ninguno había levantado la voz durante esta plática, pero comenzaba a sentirse cierta tensión entre ellos. Había molestia, eso era más que evidente, y cada uno tenía sus motivos.

-Cuidarte es mi obligación.

-¿Quién lo dice?

-Mientras seamos nakama es lo menos que debo hacer.

-Pero la situación no requería que lo hicieras de ese modo.

-¿Tanto te molesta?

-En lo absoluto. Solo quiero saber, si había opción, ¿por qué no permitir que lo hiciera por mí misma?

Zoro no supo qué contestar a eso, de modo que no lo hizo.

-Esta noche nos quedaremos en la posada. Ya he pedido una habitación para ti y una para mí.

-Ya te había dicho que no quería…

-Si vas a tomar ese tipo de decisiones por ti mismo entonces yo también puedo hacerlo. Después de cenar iremos allá.

Hizo amago de ponerse de pie, pero regresó a la silla. Miró a Zoro y él le devolvió la mirada, lamentando un poco esa pequeña discusión que acababan de tener. Sin embargo no mostró ni la más mínima turbación al respecto.

-Hay un bloqueo en varias islas a la redonda, incluso en la del correo. Ningún barco puede entrar ni salir, al menos en el lapso de una semana. Todo el intercambio económico de estas islas se retrasará terriblemente, pero si lo vemos por el lado bueno, tenemos que el Sunny tendrá que permanecer en altamar mientras esto dure. Nos dará un poco más de tiempo para trasladarnos a otra isla que no esté tan incomunicada y encontrarlos.

-Entiendo.

Robin se puso de pie y comenzó a caminar hacia la salida del restaurante.

-Robin.

Ella se detuvo y volteó. Zoro aún le daba la espalda.

-No te alejes mucho.

Si se alejaba demasiado….si no estaban juntos, era más difícil protegerla. Solo por eso no se negó más a lo de la posada. Solo por eso, después de la cena, tomó la habitación junto a la de ella.

Se quedó esperando, sentado en el piso junto a la puerta hasta que dejó de percibir los sonidos y el movimiento de los alrededores.

Tenía una fuerte tentación de ir y verla. Como últimamente le había sucedido en el Sunny.

Se había vuelto una situación desesperante e inevitable. Lo que lo desesperaba ahora, aún más todavía, era que seguía sintiéndola extraña. No extraña como cuando recién había llegado a la tripulación, que hasta le tenía una desconfianza profunda, sino extraña en el sentido de que la sentía ausente. No estaba actuando como lo haría de manera habitual, o al menos así lo percibía él.

-Zoro- escuchó a través de la pared- deberías irte a dormir de una vez.

No tuvo otra opción que caminar y acostarse en la cama. Después de todo ella lo sabía todo, de una forma u otra.

-Buenas noches- murmuró preguntándose si ella le oiría.

Decidió que era un hecho. Sí, seguramente ella lo había escuchado.

Continuará

La verdad no tengo mucho qué agregar, solo que espero que les haya gustado y gracias por pasar a leer, como siempre :)

Pistas, pistas everywhere, ya saben que me gusta hacer este tipo de cosas jaja. Lo que sí es que no les puedo hacer spoiler, lo siento :p

Ale, por eso mismo no puedo contestar a tu pregunta esta vez tendrás que seguir leyendo para ver qué pasa.

Nuria, gracias por dejar review n.n qué lindo que me hayas seguido todo este tiempo. Asimismo, gracias por considerarme tan buena, me haces muy feliz, créeme TTwTT. En cuanto al fic, lo mismo que para ale, sigan haciendo sus apuestas, jeje ;)

Zorro Junior no te preocupes por no haber dejado review, jeje, yo igual estoy muy contenta de que sigas leyendo mis fics. Sé que hay cosillas algo raras hasta el momento pero según yo todo tiene un motivo. Gracias por los ánimos TTwTT de verdad que a veces me hacen falta.

Loen, sigo tratando de actualizar por semana :p a ver cómo me va porque ya estamos en los últimos días de clases en mi escuela (menos de un mes! Kiaa!). Y…nyaa compartirla no es problema, y yo estoy agradecida por que lo lean.

A los que tienen cuenta, les contestaré sus coments en un rato :p

Entre otras cosas, les tengo un pequeño acertijo esta semana. ¿Qué creen ustedes que estoy estudiando? Adivina adivinanza, jeje.

(Es solo una curiosidad mía, saber lo que piensan me servirá un poco para hacer un autoanálisis, luego explico mejor de qué se trata)

Bien, supongo que es todo por hoy.

Saludos! Nos leemos pronto

Atte.

Aoshika October