Capítulo tercero

De modo que ocuparon una hora en encontrar y conocer a los amigos de Jean Rockett. Eran nada menos que treinta y dos personas de las cuales Luce no recordaba ni un solo nombre. Se notaba que esos caballeros, al igual que sus anfitriones, provenían de familias adineradas e importantes, y tenían un conocimiento y modo de hablar que sabía que su prima jamás podría entenderse con ellos.

–Aún falta uno –le decía Jean mientras atravesaban los salones en busca del último–. Él es mi mejor amigo.

Caminaron como por un cuarto de hora. Luce se imaginaba a su madre, su tía y su prima paradas en un rincón aislado criticando los vestidos de las demás mujeres cuando la propia señora Chloster parecía la unión de varios personajes cómicos de los cuentos infantiles.

Se detuvieron.

–Si fuera usted tan amable de esperarme aquí, creo que uno de los músicos puede haberlo visto –le dijo. En cuestión de segundos, ella se encontraba al pie de las imponentes escaleras que había visto al entrar, sola, esperando conocer al último amigo de Jean Rockett.

Luce miró hacia arriba, notó que había personas en los peldaños que conversaban tranquilamente; no juzgó inapropiado subir para tener una mejor vista de la planta inferior. Desde el decimosexto escalón no era difícil caer en la cuenta de la cantidad de personas que debía haber en la mansión Rockett. Nada más esa área estaba completamente atestada, y si había un espacio más o menos libre era el que se designaba como pista de baile. La iluminación era tenue y muy agradable por la casa en general, y Luce notó que ya algunas personas que habían abusado un poco del champán.

Sintió una mano posarse sobre su hombro. Al darse la vuelta notó unos ojos grises que ya había visto en dos ocasiones contemplándola, reflejando las danzarinas llamas de las velas en los ventanales. Luce y el caballero se saludaron, cosa que resultó un poco difícil estando parada en un escalón.

–Ciertamente tenía yo toda la razón –sonrió.

–¿Con respecto a qué, señor? –inquirió Luce un poco más frívola de lo que había sido antes en presencia de ese caballero.

–Es usted la dama más hermosa de todo el baile. Y puedo asegurárselo ya que, como coanfitrión, me he tenido que pasear por toda la mansión saludando y socializando con los invitados.

Le dedicó una sutil inclinación de la cabeza.

–No he podido darle las gracias –comenzó Luce.

–¿Y a qué se debería tal honor?

–Pues a que usted salió en mi rescate cuando la señora Marie parecía decidida a probarme todos y cada uno de los cientos de trajes que tiene en su tienda, escogiendo, a mi parecer, el más lindo de todos.

–La verdad es que no fue muy difícil. Lo vi y se me hizo a la vista muy parecido a usted –aseguró.

–¿Cómo?

–Sencillamente elegante y refinado.

Cualquier otra dama del baile hubiese ya sucumbido ante el innegable encanto del joven misterioso; sin ser exagerados, Luce tenía muy en claro que su prima se habría desmayado en el piso sólo con verlo.

Pero ella no.

Luce, a diferencia de muchas mujeres, pensaba con el cerebro, no con el corazón, y era ése uno de los motivos por el que no le costaba mucho mezclarse entre los caballeros más cultos y estudiados con quienes pudiese cruzarse. De modo que si se sentía ligeramente halagada, era demasiado para tratarse de ella.

–Y dígame, señorita, ¿qué nombre acompaña tan imponente presencia?

–Luce –respondió sin más, pero antes de poderse contener, preguntó–: ¿Y cuál podría ser el de tan noble caballero que cuenta con el aprecio del señor Rockett?

El muchacho abrió la boca para responder, ligeramente sorprendido por la frivolidad de Luce ante los halagos que le hacía, pero sin duda encantado con ello, cuando alguien desde el pie de las escaleras llamó:

–¡Charles! Te he estado buscando por todas partes. –Ambos dirigieron la vista hacia abajo justo a tiempo de ver a Jean Rockett ir a su encuentro–. Me doy cuenta de que se habrán presentado ya.

–Sí. El caballero estaba por decirme su nombre –informó Luce un poco más amigable ahora que él regresaba.

Luce se volvió "Charles" esperando a que se presentara formalmente, pero justo cuando volvía a separar los labios para enunciar su nombre se oyeron algunas exclamaciones asombradas, algo así como "Oooooohh". Luce y Charles miraron a Jean.

–Será mejor que vaya a ver qué ha ocurrido –acto seguido, se precipitó escaleras abajo y se perdió entre la multitud.

Ambos se quedaron mirando entre las personas a la espera de que sucediera algo de lo que ni siquiera estaban seguros. Luego el caballero Charles rodeó a Luce y se fue a posar un escalón por debajo de ella, quedando ambas cabezas a la misma altura. Él la miraba conmovido por su carácter, ella sólo quería encontrar a Patrick.

–Si me disculpa, señor Charles, he de ir en busca de alguien –se despidió y comenzó a descender. El muchacho le dio alcance cuando comenzaba a andar hacia la muchedumbre y la detuvo cogiéndola por la muñeca.

–Señorita Luce, estoy consciente de que mi comportamiento puede parecerle inadecuado, pero quisiera pedirle, antes de que continúe con su búsqueda, que me conceda una pieza del siguiente baile.

Luce lo miró y otra vez le entró esa sensación de que ya lo había visto en algún sitio, aunque pensó que con seguridad no olvidaría un rostro así. El muchacho era muy guapo, eso no se podía negar, pero a Luce no le interesaba eso ni cuánto dinero pudiese tener. Supuso que sería una grosería declinar la invitación, pero ella no funcionaba igual que los demás, por lo que no le preocupó.

–Con todo respeto, no tengo ganas de volver a la pista de baile –se dio la vuelta para proseguir su camino pero de nuevo se vio detenida.

–Por como habla supongo que ya ha bailado esta noche, pero no puede usted irse a su casa sólo con uno. Hay tantos caballeros en este lugar que se lo pedirán que me sentiría deshonrado de no poder compartir una pieza con usted.

–De verdad, señor, no tengo ganas… –a Luce comenzaba a irritarle tanta insistencia.

–Señorita, ¿acaso goza usted al hacer rogar a un hombre? –la acusó.

–Ciertamente no –respondió con voz glacial.

–Entonces le suplico que no me obligue a rogarle de rodillas, porque aunque para muchos sería una completa humillación, yo lo haría de ser necesario para convencerla.

Luce supo enseguida que no querría que eso ocurriera. ¿Quién podría aguantar luego a la señora Chloster, bien fuera riñéndola por tal exhibición en público o insistiéndole en hallar la forma de conseguir desposarlo? Se dijo que si la única forma de deshacerse del joven Charles era concediéndole una pieza, ella lo haría sin demoras.

–Muy bien –aceptó al final.

Él le ofreció una mano que ella tomó, y al más sutil contacto ambos sintieron algo como una chispa que les picó levemente la piel allí donde se tocaron. Luce se preguntó sorprendida por qué sucedía aquello. El muchacho parecía absolutamente fascinado por ello y muy dispuesto a no acabar la velada sin conseguir la dirección de la vivienda de esa hermosa joven de ojos avellana.

Se unieron a las demás parejas que ya estaban posicionadas, y al comenzar la música todos se pusieron en movimiento.

–¿Tiene usted hermanos? –le preguntó Charles cuando se tomaron las manos.

–Uno –contestó crudamente–. ¿Y usted?

–Dos, pero a uno de ellos no lo conozco.

–¿A qué se debe eso?

–Me separé de mi familia para educarme cuando era más joven. Un día recibí una carta de mi madre diciendo que acababa de tener a mi nuevo hermano, pero se me hizo imposible ir a verlo.

–¿Y en todos estos años jamás ha sentido ni una gota de curiosidad por conocer a la criatura? –inquirió mordazmente.

–Por supuesto que sí, pero mi querida madre me ha ordenado que ni me atreva a dejar mi preparación para ver a un niño que tal vez viva más que yo.

–Eso no lo sabe nadie. Sólo dos conocen el momento preciso en que debe morir una persona, y el segundo maneja tal información porque se la ha dado el primero.

–Habla usted con la certeza que otorga el conocimiento concreto y exacto –replicó Charles inteligentemente.

–Puede ser –concedió Luce–. Pero dígame usted quién puede conocer en realidad la naturaleza de los planes que se hacen sin que los demás se den por enterados.

–Tiene usted razón.

Al igual que la primera vez, la danza finalizó con una despedida a las parejas y un aplauso a los músicos, luego de lo cual, y antes de que sucediera otra cosa, Luce le agradeció al joven Charles y se retiró en busca de su hermano… a quien encontró, como de costumbre, creando malos entendidos.

–Gerret, ¿qué haces?

Vio que éste se hallaba en compañía de una mujer obesa y mayor que estaba a poco de llorar. Ella la saludó un poco desconcertada.

–Sólo ser justo, hermana querida –respondió él con toda la inocencia de la que fue capaz.

–¿En cuanto a qué?

–Le comentaba a la noble señora Elisa Harverd que su marido le ha estado huyendo tomado de la mano de una señorita un poco mayor que tú, Luce.

Luce miró de reojo a la señora Harverd y notó cómo se le ponía roja la cara de pura ira. Aceptó el pañuelo que le tendía Gerret y se sonó la nariz.

–Ya verá ese viejo. ¡No permitiré que me falte el respeto haciendo una escena en público! –con pisadas firmes y fuertes avanzó entre la multitud sin duda en pos del pobre hombre.

–No permita que la convenza con sus mentiras –le aconsejó Gerret. Cuando la señora se perdió de vista, éste sonrió–. Qué bien se siente ayudar a los demás.

–¿Qué maldad hiciste esta vez?

–Hermana, he de informarte que me ofenden tus acusaciones injustas; lo único que hice fue hacerle saber a la dulce señora que su marido andaba muy contento con otra dama.

–¿Cómo sabes que era su marido?

Gerret la miró por un momento en el que intentó fingir inocente sorpresa, pero su expresión era de planeada maldad.

–No lo sé –admitió al fin, esbozando su conocida sonrisa cruel.

–Eres incorregible –se quejó Luce.

–Gracias, querida hermana. Y hablando de incorregible, ¿has visto ya al primo Daniel?

–Ni siquiera sé cómo luce, así que no sabría decirte. Conocí a unos caballeros amigos de Jean Rockett, pero a ninguno lo presentó con el nombre de Daniel Grigori.

–Tal vez tengamos suerte y se haya ahogado antes de llegar a pisar suelo británico.

–¡Qué buenos deseos tienes para con tu familia! –le reprochó.

–Deberías agradecer que aún no le he hecho nada malo a nadie –se defendió.

–Eso es lo que tú dices. ¿Has visto a Patrick?

–No.

–¿Quieres bailar?

Gerret la miró con algo de sorpresa y recelo. Luce lo había propuesto con toda sinceridad.

–Me encantaría, Luce, pero le tengo el ojo puesto a esa mujer –señaló discretamente a una dama mayor y muy alta que parecía encorvada y que tenía dos enormes plumas de pavo real en la cabeza.

–De acuerdo, como gustes. Pero no te vayas a pasar con tus bromas, recuerda que lo que une Dios el hombre no debe separarlo.

–Sabes que no soy hombre –repuso sin darle mucha importancia.

A esas alturas ella sabía que era inútil intentar discutir con Gerret; sólo esperaba que sus estupideces no fueran a meterlos en problemas.

Se decidió buscar a Patrick pero era una tarea casi imposible de realizar. La casa era extremadamente grande y estaba abarrotada de personas, ella no conocía todos los recovecos donde podría alguien ocultarse y varones de cabello negro era algo que había en abundancia, por lo que la apariencia de Patrick no le facilitaba su búsqueda.

Después de un muy buen tiempo yendo de acá para allá, se fastidió y decidió salir a los jardines. Se dijo que con un poco de suerte Patrick habría salido para respirar algo de aire puro. Pero no estaba en los jardines, y de todos modos no podría haberlo asegurado ya que eran dos veces el ancho de la mansión y estaba oscuro, si bien había velas.

Más adentrado en el jardín, completamente oculto de la vista de la casa, había un pequeño banco de mármol blanco rodeado de velas que lo iluminaban. Luce pensó que no sería malo tomarse un respirito de la atmósfera de dentro, así que se encaminó al banco para tomar asiento. Justo cuando levantaba la vista al cielo para observar las estrellas, notó que algo se movía entre las sombras más densas que las velas no podían disipar. Aguzó la vista para intentar identificar lo que era y el corazón le dio un gran vuelco cuando creyó ver un par de ojos verde esmeralda observándola. Luego se dio cuenta de que eran las joyas de la vestimenta de un caballero que se le acercaba con paso tranquilo. Era el joven Allan, y Luce hubiera querido ignorarlo y parecer indiferente pero tal sorpresa la había dejado pálida como un fantasma.

–Buenas noches, señorita Luce –saludó cortésmente.

–¿Está usted siguiéndome? –le preguntó un poco molesta.

–Le aseguro que no. Los bailes no logran encantarme tanto como al resto de las personas, así que tan pronto usted se retiró luego de nuestra danza, decidí venir a deleitarme con la tranquilidad del jardín –Luce frunció el entrecejo–. Veo que usted pensó igual. Aunque las personas están comenzando a retirarse ya –señaló por encima de su hombro hacia el camino para los carruajes, donde podía apreciarse muy sutilmente a los invitados subiendo y marchándose–. Pronto la casa quedará tan vacía como al principio.

–Supongo que pronto me iré también –comentó con un dejo de felicidad.

El joven Charles pareció tener intenciones de decir algo. Se sentó junto a Luce en el banquillo y la miró muy fijamente. En ese momento la sensación de Déjà vu se hizo más intensa. Ella de algo lo conocía, en algún sitio le había visto antes, y comenzaba a molestarle que no pudiese recordar nada al respecto.

–Señorita Luce, quisiera pedirle… –pero su voz quedó apagada por otra.

–Luce, al fin te encuentro –Gerret se detuvo a unos metros del banco de mármol y contempló con desconfiada sorpresa la cercanía entre su hermana y aquel caballero, ambos aislados en un lugar desde el que no se les podía ver por los ventanales de la casa–. Nos vamos.

Charles se puso enseguida en pie y saludó a Gerret, quien sin quitarle los ojos de encima le devolvió el saludo.

–Caballero, él es mi hermano –presentó Luce, contenta por primera vez en su vida de ver a Gerret–. Ha sido un placer conocerlo.

–Al contrario, señorita, el gusto me lo he llevado yo.

Con un intercambio de cortesías, Charles vio cómo la chica se iba en compañía de su hermano. Pensó tristemente que no había tenido las agallas de preguntarle dónde vivía, aunque le entró la duda de si ella se lo hubiera dicho.

Gerret y Luce avanzaron por la explanada hacia la casa para despedirse de los señores Rockett antes de irse. Pero el muchacho iba a aprovechar el momento de privacidad para hablar con ella.

–Luce, ¿por qué estabas a solas con ese hombre?

Por primera vez en mucho tiempo, Gerret demostraba una seriedad casi tensa.

–No buscaba su compañía, Gerret. Salí a tomar aire y me lo encontré.

Ella sabía muy bien que era una respuesta demasiado rebuscada para parecer creíble, pero era la verdad.

–A mí me dio la impresión de que no es la primera vez que se ven.

Luce se mordió la lengua. No sabía si sería prudente comentarle a su hermano que ya dos veces se lo había topado en el pueblo; más aun consideró completamente inapropiado decirle que le parecía conocerlo de algo. Así que se limitó a contestar:

–El hijo de los Rockett me lo presentó como te dije dentro y… bailamos una canción –comenzó a caminar más aprisa para llegar cuanto antes a la mansión.

–Luce, ¿acaso tengo que recordarte que no debes enamorarte ni de él ni de ningún otro hombre? Sabes que les aterrorizaría saber toda la verdad sobre ti y podrían divulgarlo, ¿es lo que quieres?

Cada vez que Gerret le hablaba así, hiciera ella o no algo malo, Luce se sentí muy mal y dolida, si bien sabía que su hermano tenía toda la razón. Pero también le enfurecía que esa vez en particular le sacara semejante discurso, porque lo que ella sentía por el muchacho Charles no se acercaba siquiera al agrado.

Sin embargo, cuando pensó en replicar ya se encontraban a las puertas de la gran mansión donde quedaban sólo la mitad de invitados, si bien seguían siendo muchas personas.

–Muchas gracias por invitarnos, sus Excelencias –bufoneó la señora Chloster con una voz al borde de la histeria.

–Es una pena que se vayan ya –se lamentó el señor Rockett–, me atrevo a asegurar que mi hijo y la señorita Lucinda congeniaron.

–Sin duda alguna –Jean Rockett, que se hallaba junto a su padre y frente a Luce, le sonrió.

Ella le devolvió la sonrisa.

–Están invitados a venir a tomar el té cuando gusten –continuó amablemente la señora Rockett, aunque se notaba que no le hacía mucha gracia tener que intimar con la señora Chloster y la tía Prudencia.

Todos se despidieron a una vez, Jean Rockett acompañó a Luce y posteriormente la ayudó a subir al carruaje, asegurándole que le escribiría pronto. En esa ocasión la joven decidió ir en el mismo carruaje que su padre, Gerret y Patrick, quien parecía completamente exhausto.

Al llegar a la casa en la finca de los Chloster, todos, a excepción de la señora Chloster y su hermana, que comentaban aún los sucesos más memorables del baile, subieron a sus respectivas habitaciones, se cambiaron en completo silencio y con un perezoso "buenas noches" se fueron quedando dormidos.

En los sueños de Luce aparecían continuamente unos ojos verde esmeralda que le eran demasiado conocidos ya y el rostro del joven Charles que, por alguna razón incomprensible, también le era tan familiar como los ojos, y eso no le permitió tener un sueño especialmente reparador.

Para empeorar las cosas, cuando le parecía que llevaba algunos minutos durmiendo, unos chillidos espantosos resonaron desde abajo y les hicieron dar un respingo a su prima Clarence y a ella. Ambas vieron que ya era de día, pero no podían ser más de las siete.

–¿Por qué tanto alboroto? –preguntó la prima Clarence medio dormida aún.

–¿Y te sorprende? –aunque Luce se preguntó cuál era el motivo esa vez.

Los chillidos se repitieron, y ellas al menos por curiosidad se levantaron y aún en camisón se asomaron desde las escaleras para intentar ver qué ocurría en el rellano inferior, pero esa parte estaba vacía. Enseguida aparecieron Gerret y Patrick con el cabello alborotado.

–¿Qué ocurre? –inquirió Patrick en un bostezo.

–Tal vez Olympia se trabó la nariz con la puerta –sugirió Gerret con malicia.

Luce pensó que si ése fuera el caso no iba a poder contener la risa.

Nuevamente se escucharon los insoportables graznidos y esta vez pudieron recuperar una palabra de lo que parecían lamentos dolorosos: Daniel. Pronto se dieron cuenta de que eran gritos de alegría, el primo Daniel finalmente estaba en casa.

–Fantástico –dijeron al unísono los hermanos Chloster mientras la prima Clarence bajaba los escalones de tres en tres y se precipitaba como un rayo a la sala de estar.

–Yo volveré a la cama –anunció Luce.

–Si quieres que Olympia vaya a despertarte después –la detuvo su hermano.

–Tienes razón. Mejor acabemos con esta ridiculez ahora.

–Vayan ustedes, él no es primo mío –puntualizó Patrick con una sonrisa triunfal.

Sin muchas ganas y un poco enojados por la forma de avisar su llegada, ambos hermanos bajaron y se adentraron por el pasillo en la sala de estar, donde se hallaba un individuo completamente rodeado de mujeres gritonas que lo abrazaban y besaban.

–Ah, hermano, ¡allí están los primos Gerret y Lucinda de quienes tanto te hablaba en mis cartas! –chilló la prima Clarence para dirigir la atención de su hermano hacia los recién llegados.

Sin embargo, tanto el primo Daniel como Gerret y Luce se quedaron de una pieza cuando cruzaron miradas. Evidentemente los demás en la habitación no comprendían qué pasaba, pero lo que ocurría era que Luce había visto al primo Daniel en dos ocasiones y había hablado y bailado con él la noche anterior, y Gerret también lo había visto una vez… porque el primo Daniel era el joven encantador de los ojos grises, el caballero Charles.