Disclaimer: No me pertenece ningún elemento de Harvest moon. Esta historia es escrita por placer y sin ánimo de lucro.


La vida es un festival

Capítulo 3

"La generosidad de Villa Mineral"

Por Lady Yomi


Claire se despertó con el sonido de la lluvia golpeteando en su ventana a la mañana siguiente y se le puso la piel de gallina de sólo recordar que hace muy poco un clima tormentoso estuvo a punto de arrebatarle la vida.

—No hay que temerle a las pesadillas cuando brilla el sol, Claire —se dijo a sí misma mientras se abrochaba los tirantes de su oberol—. A mediodía sólo se debe pensar en el almuerzo.

Y apenas terminó de decir la frase su estómago se quejó con un sonoro gruñido que pareció ordenarle que fuera a conseguir alimento en ese mismo instante.

¿Pero que iba a usar como paraguas? ¿Y de qué manera iba a pagar por la comida? Hizo una mueca al notar que el alcalde no le había indicado como habría de mantenerse hasta que lograra hacer algún dinero.

¿Quizá debería ir al pueblo y hablar con alguien que la aconsejara? Se le fue la sangre al rostro al pensar en como la verían los aldeanos.

—Todos los citadinos son unos buenos para nada —declaró con un afectado acento campestre mientras meneaba la cabeza de lado a lado—. ¡Que sólo saben mendigar como perros callejeros! ¡Eso es lo que dirán!

La joven soltó un suspiro y dejó caer los hombros con una sonrisa falsa en los labios. No iba a dar una buena primera impresión, pero seguro que todos olvidaban que había empezado mendigando si algún día conseguía convertirse en una granjera exitosa. Aunque... las personas parecían recordar que el propietario anterior había llegado al rancho tras ser arrojado de casa de sus padres debido a su pereza.

Tenía la certeza de que iba a comprobar muy pronto si era cierto ese mito de que en los pueblos pequeños los rumores son grandes.

Salió al exterior y se quejó por lo bajo cuando las gotas de lluvia helada le bajaron por la nuca ¡la Primavera no solía ser tan fría en donde ella vivía antes! Y para colmo la lluvía no parecía tener la intención de detenerse muy pronto.

—Que todo sea por la comida —pronunció como un mantra mientras se dirigía al camino que llevaba al interior de la villa.

Llevaba unos minutos recorriendo el sendero cuando divisó a otra figura que venía en sentido contrario. Pudo distinguir a un chico que ocultaba su rostro debajo de una gorra y sonrió ante la visión.

—¡Eh! ¡Pensé que la finalidad de los sombreros era la de protegerte del sol! —soltó con simpatía deteniéndose junto al aldeano—. Pero veo que también son útiles como paraguas.

El hombre la observó con incredulidad:

—¿Quién diablos eres tú?

—Oh... —Claire se paró sobre los talones, repentinamente cohibida frente a la actitud distante del chico—. Me llamo Claire y el alcalde Thomas me cedió el rancho de allí atrás hace unos-

—Ya —la interrumpió mientras hacía ademanes con su mano derecha—. Es típico de una citadina el hacer esas bromas en medio de una tempestad.

—Eh... no quería ser grosera.

—Bah, sólo bromeo. Yo tampoco soy de la ciudad.

—¡Ah! ¿de verdad? —soltó una risita tonta— ¿Se nota tanto que vengo de fuera?

—No mucho, supongo que lo mismo que a mi. Pero el alcalde ya nos avisó de tu... nuevo negocio —hizo una mueca—. Buena suerte con la granja.

Claire sonrió con entusiasmo, llevándose ambas manos a la cintura:

—¡Por un momento pensé que había metido la pata! ¡Es un gusto conocerte! ¿Cómo te llamas? ¿Ya has almorzado?

El hombre arqueó una ceja y retrocedió un paso:

—¿A qué vienen todas esas preguntas?

—¡Ah... por nada en especial! ¿Decías que tu nombre es...?

—Gray, me llamo Gray —se encogió de hombros, sin dejar de caminar—. Estoy realizando un... un curso... de herrería, en el pueblo.

—¡Muy bien! ¡Apuesto a que eres un excelente anfitrión! ¡La gente de este lugar luce como si pudiera darle un verdadero banquete de bienvenida a una recién llegada sin pedirle un centavo a cambio!

El chico volvió a retroceder, sujetando la visera de su gorra con inquietud.

—No sé quien te dio esa idea, porque la gente de aquí es bastante tacaña.

Claire dejó caer los brazos. —Oh... ¿Y eso te incluye a ti?

—Eso especialmente me incluye a mí.

—¡Diablos!

De repente la puerta principal de un edificio cercano se abrió de par en par, dejando ver a un anciano pequeñito y con cara de pocos amigos. La joven parpadeó repentinamente al notar la mirada severa con la que el recién mencionado observaba a su acompañante.

—¿Ese señor es tu abuelo... o algo así?

—Lamentablemente.

—¡GRAY...! —chilló el anciano como si lo hubiera oído—. ¡Estás descuidando tu entrenamiento!

El chico chasqueó la lengua y le dio la espalda a la joven:

—El abuelo Saibara es mi mentor y... se toma las cosas demasiado en serio. Supongo que nos veremos otro día ¿verdad?

—Em... ¡claro que sí! ¡Ha... hasta la próxima!

Apenas la figura de su nieto se perdió en el interior de la herrería, el viejo cerró la puerta de un portazo.

—¡Qué carácter tiene ese anciano! —Claire no pudo evitar sobresaltarse ante la escena—. ¡Mira que tratar así a un familiar!

Se apartó los mechones de cabello mojado que se le pegaban al rostro y procedió a continuar su búsqueda de alimento, seguramente no había más abuelos abusivos en el pueblo y conseguía calmar los rugidos de sus tripas antes de que todos en el lugar los escucharan.

Caminó y caminó hasta que encontró un sitio que parecía un mercado. A lo mejor en un lugar como este les sobraba comida. Abrió la puerta principal con delicadeza e ingresó al pequeño bazar con las manos sujetas frente a su cuerpo:

—¿Ho... hola? ¿Hay alguien?

—¡En un momento estoy ahí! —declaró la voz grave de una muchacha desde otra habitación—. ¿Qué se te ofrece?

—Umm... —Claire vaciló—. Bueno, soy la chica nueva del rancho y-

—¡Ah! —la mujer se asomó por la puerta con entusiasmo—. ¡Tú eres Claire! ¡Tienes como mi edad y te vas a encargar de ese enorme baldío por ti misma! ¡Vaya!

—¿Ya te han hablado de mí? —suspiró aliviada—. Ese alcalde es muy... informativo, ¿eh?

—Sí... —la contempló largamente— ...pero apuesto a que no lo suficiente.

—¿Hmm...?

La chica sonrió de lado. —Seguro que no te dio nada para comer.

—¡AH! —Claire se llevó las manos al estómago por reflejo—. ¡¿Cómo sabes eso?!

—Thomas es así. Ya lo conocerás con el tiempo.

Claire esbozó una sonrisa tímida, todavía inmóvil sobre el tapete de entrada.

—Sé que tengo que producir mucho dinero con la granja, pero hacerlo con el estómago vacío no parece un buen negocio.

—¡Ja...! ¡Claro que no! —tomó un trapo del suelo y se lo arrojó de improvisto—. Toma, sécate con esto. No está muy limpio que digamos... pero así podrás dejar de mojar la entrada.

—¡Ah! —la muchacha asintió y dejó caer el harapo dos veces a causa de la repentina torpeza que la invadió antes de lograr secarse bien—. ¡Muchas gracias...!

—Nah, ni lo menciones. Esta es la tienda de mi padre y se pone odioso si el lugar se vuelve un chiquero cuando llueve.

—Lo último que pretendo es ser una molestia —sonrió de oreja o oreja—. ¡Más aún cuando dependo de la caridad de una residente para llenar mi estómago!

La tendera sonrió a la vez:

—¿Eres muy formal verdad? Puedes decirme Karen y no te sientas una molestia. Es bueno tener una cara nueva en este pueblucho, al menos para variar —se cruzó de brazos y observó en derredor—. El proveedor no nos visita hace tiempo y estamos algo cortos de provisiones... déjame ver si puedo encontrar algo fresco para ti ¿tienes cocina por lo menos?

—Eh... ¡no! Pero hay una televisión.

Karen puso los ojos en blanco:

—Que precario era el viejo Larse... tenía televisión por cable y ni siquiera una parrilla para hervir el agua.

Claire se encogió de hombros, sin saber bien que decir acerca del asunto. La otra tomó varios paquetes al azar de una estantería y los colocó en el mostrador. En seguida le indicó que se acercara con un movimiento de la mano:

—Te llevas una olla, dos platos y un vaso de plástico. Arroz, fideos y una docena de huevos. Te prestaré la cocinilla eléctrica que tenemos guardada en el depósito, si mamá o yo nos quedamos sin gas de repente y la llegamos a necesitar te la pediré por el día.

—Oh... ¡esto es demasiado! —parpadeó fuertemente, apretando los labios mientras observaba los paquetes—. ¡N, no voy a poder pagarte por un tiempo y no quiero aprovecharme de tu amabilidad! ¡Mucho menos llevarme una cocina!

Karen meneó la cabeza de lado a lado, soltando una risita burlona:

—¿Yo he dicho que tengas que pagarme? Y tampoco te estás aprovechando de nada... no es como si estuvieras tirando manteca al techo ¿verdad? —su semblante se serenó un poco y el tono de su voz se hizo grave al continuar—. Sé que pasaste un mal rato en la playa... así que un empujón en la dirección correcta no te va a arruinar.

Claire se quedó inmóvil, tratando de respirar lentamente.

No podía ponerse a llorar delante de esta chica que apenas conocía.

—¿Qué te pasa? —Karen la observó minuciosamente, como si le costara comprender el origen de la emoción de su acompañante—. No es para que te eches a llorar, tú harías lo mismo en mi lugar.

—N, no sé si yo sería tan noble como para ayudar así a una desconocida —murmuró apartando una lágrima de su propia mejilla—. ¡En verdad te lo agradezco muchísimo!

Karen soltó un suspiro.

—Te he dicho que no lo menciones. No es la gran cosa.

—Claro que lo es, nunca lo olvidaré —tomó aire y sonrió empequeñeciendo los ojos de dicha—. ¡Prometo que te pagaré el favor algún día!

La tendera se limitó a encogerse de hombros mientras empacaba la cocinilla en una lona para evitar que echara a perder con la lluvia.

—Mi papá suele dejar que tipos que bien pueden pagar sus cuentas se salgan con la suya y pongan excusas para no soltar el maldito dinero... ¡y eso es una tontería! mas en casos como el tuyo... un poco de altruismo nunca sobra —le dirigió una sonrisa socarrona—. ¡Pero... sólo tengo una condición!

—¿Oh? ¿Cuál?

Le arrojó una pequeña bolsa de papel.

—Ahí dentro tienes unas cuantas semillas de patatas; debes plantarlas y cuando germinen... ¡nos invitarás a mi amigo Rick y a mí con un rico puré natural! —la señaló con determinación—. ¡O iré a tu fea granjita y te haré trabajar a patadas en el trasero!

Claire soltó una carcajada que fue seguida por una risa grave de parte de su compañera. Hacía mucho tiempo que no reía de esa manera... y mucho más desde la última vez que se cruzó con alguien que hiciera algo tan desinteresado por ella.

Quizá Villa Mineral era un pueblo más especial de lo que parecía a simple vista.


¡Hasta la próxima!