Perder la cabeza
6
No era solo sexo. Ni siquiera al principio.
Yoichi siempre lo había observado de lejos con una mezcla de anhelo y una pizca de deseo que despertaba cierta curiosidad en Shiho, pero ante la cual no podía rendirse.
Él era tan patético que se aseguró virgen, como si Kimizuki hubiera nacido ayer. Sonaba como una niña insegura tomada a solas por su novio.
Shiho tuvo que insistir bastante luego de que escaparon. Ahí, donde y cuando no importó más el rango porque había perdido a Mirai.
Su hermana, que ya ni era tal cosa.
Y no sabía recuperarla.
Ni al cascarón de ella que hubo perdido.
Yoichi lo ayudó a distraerse de tanto dolor.
Yoichi fue quien tomó la costumbre de rozarle la mano para que Shiho lo aferrara de alguna manera y lo llevase a otra parte del campamento con excusas.
Para Shiho sí que fue la primera vez afuera de una revista o narración homerótica de contrabando. Pero sabía lo suficiente sobre la teoría. Y había tenido muchas fantasías.
Quizá no con Yoichi. Pero sí con Yu.
Lo mejor era la manera sufrida en la cual Yoichi lo recibía con la misma apertura que tenía en batalla para el dolor.
Era eso lo que más disfrutaba Shiho. Yoichi partía sus carnes para que lo abarcara por entero y sufría tanto como gozaba.
Entraba en éxtasis. Eso no se discutía.
Yoichi era más homosexual que él.
Por eso no tenía sentido que le gustara una mujer. Ninguna en general y menos...
Eso adentro de un frasco.
7
Shiho asó carne al vino con las últimas lonjas que les quedaban. Férid les había recordado que tendrían que salir a cazar más tarde, si gustaban de reabastecerse. En caso de que el grupo no regresara de inmediato.
Yoichi bajó. Tal vez más por curiosidad que por hambre. O siquiera para hacer las paces. Estaba aún algo sonrojado.
Sus heridas habían sanado. El corte sobre su rostro, bajo las vendas. Probablemente también las costillas rotas. Los demonios sanaban más rápido los órganos y huesos más importantes.
Shiho no iba a disculparse por algo tan banal. Matar un vampiro. El que fuera.
Ellos, desertores o no, seguían siendo Escuadrón Antivampiros. Esencialmente.
Shiho se había cegado. Le faltaba la sangre porque Férid, el Progenitor, lo había succionado, como si él tuviera pajitas en el cuello. Hijo de puta. Ninguna carne gourmet compensaba eso. Reaccionó mal. Por eso. Se excedió pero no era nada que no se compensara. Con una maldita cena.
Llevaban dos días separados.
Yoichi bajó, finalmente. Escuchó sus pasos por las escaleras antes de verlo.
Había papas de conserva. Shiho se las arregló para disimular el sabor artificial con algunas finas hierbas guardadas en la despensa.
Todo era considerablemente mejor que en el Cuartel General. Lo cual era decir mucho.
Mucho.
No debía ser suficiente para Yoichi, no, evidentemente. Porque bajó con esa cosa en brazos, cautelosamente, paso a paso. Sonreía con ingenuidad y risueño. Como en los campamentos del bosque o cerca de la playa. Cansado pero con falso optimismo. Como si la muerta fuese un ramo de flores.
La guarnición casi se le quema a Shiho. Yoichi apoyó el frasco en la mesa de la cocina.
—¿Quieres ayuda, Kimizuki?
Shiho rió, amargamente.
—Estoy bien. Pero, ¿sabes? No me maté adecentando la sala para que vengas a comer aquí, como si fuéramos sirvientes, imbécil. Deberíamos aprovechar este lugar mientras lo tengamos.
Yoichi trató de mantener la sonrisa.
—No había pensado en eso.
—Se nota.
Shiho volvió los ojos hacia la cabeza imbuída en vidrio. Esta se balanceaba levemente, producto del ajetreo de ser movida desde la habitación de Yoichi.
La estudió de nuevo, tratando de contener las naúseas. Observó su gruesa trenza, castaña. Sus labios delgados e insípidos. Sus ojos cerrados como si durmiera.
No era fea. Siendo hermana de Yu. Es solo que un pedazo de carne muerta no podía ser hermoso de ninguna manera. Resultaba asquerosa. Y Yoichi la había traído a la mesa en un abrazo cuidadoso, como si fuese preciada.
Algo se revolvió en el interior de Kimizuki Shiho. No estaba seguro de qué era. Suposo que repugnancia.
Lógico, ¿no?
—No vas a llevar eso a comer con nosotros, ¿verdad? —espetó, con una mueca, volviéndose hacia la olla para revisar su cocción.
Yoichi parpadeó varias veces. Se detuvo en seco, con el frasco ya levantado sobre la cintura.
—Me da pena dejarla arriba y como ya bajamos...Además —agregó, vacilando, casi solo para sí, sonriendo con una satisfacción ensoñada que Shiho jamás le había visto al hablar sobre el futuro. Con él— creo que a ella le gustaría.
Shiho jadeó con marcado desprecio, subiéndose los lentes empañados por el calor del asado.
—¿A ella? —contuvo la risa, sin demasiado éxito—. ¿La muerta? ¿El cadáver profanado? —ya no restió y soltó una risotada, arqueando la espalda, secándose el sudor de la frente por el vapor especiado de la comida.
Yoichi se quedó ahí, observándolo, encogido. Abrazaba el frasco patéticamente. Como si fuera acaso la cintura de una chica delgada y solo un poco más alta que él y que también se dedicara a mirar con estupor herido a Shiho.
Como si acabara de ser grosero con una amiga invitada a cenar o algo así. Por favor. Shiho soltó un par de risas más, suspiró y apagó el fuego de la cocina. No tenían suficientes reservas de gas ni comida extra si se quemaba esa. Y parecía la clase de discusión absurda que dura.
—Déjala aquí. No es muy higiénico pero, vamos. Arrastras esa cosa por todos lados desde que te la dio ese vampiro loco. Quisiera tener un momento grato y civilizado con...—seleccionó el término con cuidado. Todavía le daba cierto coraje—...mi pareja. Si aún lo eres.
—Shiho...—logró articular Yoichi, con la boca abierta y el entrecejo fruncido...—Yo...
—¿Qué? ¿No puedes dejarla sola? ¡Lleva años muerta! Ni que lo fuera a notar o se pudiese ofender.
Yoichi parpadeó, varias veces. Bajó la mirada hacia la cabeza. La fallecida tenía los ojos cerrados pero su expresión parecía transmitir una especie de indulgencia. Shiho se estremeció al notar esto.
Era como si entre el cadáver cercenado y Yoichi Saotome hubiera una comunicación similar al que se da en invocaciones demoníacas con el espectro convocado. Aquello era macabro. Por no decir, asqueroso. Pero también le sorprendió e incomodó el hecho de que tuvo que mirar dos veces la cabeza cortada para convencerse de que no era colocada en la mesa de la cocina con una empática tristeza hacia Yoichi.
"Ve con él, te entiendo, pásenla bien", parecía faltarle decir. Shiho estuvo tentado de arrojar la cena (carne y guarnición) contra los azulejos de la pared en un arranque de ira. Gritando como esposo traicionado. O esposa, lo reconocía. Le hubiera encantado enarbolar un ardido "cómo te atreves".
Pero Yoichi se volvió hacia él con ese falso optimismo con el que había bajado las escaleras. Forzó una sonrisa.
—...De acuerdo. Tenemos que hablar, después de todo.
Shiho arqueó las cejas. Se dedicaron a servir la cena en silencio, ya que los platos estaban puestos y ardían velas sobre el mantel bordado como para una misa sacrificial.
