Luego de aquella noche en el café, su nuevo entrenador cumplió su promesa. Ayudo a la recuperación de su hermanita y les dio un lugar donde quedarse. Gracias a tener un lugar, su madre volvió a trabajar, esta vez en un lugar de comida rápida. No pagaban mucho, pero era mejor que nada, con el tiempo conseguiría algo mucho mejor, estaba seguro de eso.

Otabek se dedicaba a terminar sus estudios y a entrenar el resto de la tarde; Serik lo apoyaba y le daba sus tiempos para realizar sus tareas, logrando ganarse la confianza del pequeño kazajo en muy poco tiempo. También, procuraba tener tiempo de jugar con su hermana menor.

Pasaron los meses, y junto a ellos, los años. El niño aprendía a buen ritmo, con la perseverancia que cautivo a su entrenador. También era el mejor de su clase en el colegio.

Aun con el tiempo, el kazajo mantuvo su actitud distante y serena con los demás niños que entrenaban con él, y también con sus compañeros de la escuela. Serik se tomaba mas molestias con él por eso, prestaba más atención a sus entrenamientos. También le daba mas horas en la pista.

Otabek se convirtió en el mejor alumno de la clase solo con la meta de ayudar a su familia en mente, clasificando para competencias y ganando en todas ellas.

Sus primeras competencias eran locales y en otras ciudades de su país, eventos pequeños, nada oficial, que le servían para ganar reconocimiento, o también participaba en actos de apertura o de cierre con otros niños de su edad, que no llegaban a su nivel.

También tuvo que comenzar una dieta estricta para acostumbrar su cuerpo y fortalecer sus músculos para evitar lesiones peligrosas. Siguió cada instrucción y orden al pie de la letra, confiando ciegamente en el hombre que llego a arreglar su vida.

Pero por mas que lo daba todo, el mayor siempre esperaba mas de él; si bien su movimientos y sus giros eran buenos para su edad y su tiempo entrenando, Serik le recomendó que comenzara clases de baile. Específicamente de ballet.

"Dato curioso: Un régimen de entrenamiento típico recomendado para los patinadores de alto nivel incluye:

•Ejercicio aerobico durante al menos 20-30 minutos consecutivos.

•Entrenamiento a intervalos de unos 15 a 20 minutos, intercalando periodos de actividad aerobica con intervalos de actividad anaerobica*; este entrenamiento simula las condiciones en un programa de patinaje, y ayuda a disminuir la acumulación de ácido láctico en los musculos y a acelerar el periodo de recuperación tras la actividad de alta intensidad.

•Estiramientos y ejercicios de flexibilidad, antes y después de patinar y de otros ejercicios, a ser posible comolementados con sesiones de ballet, yoga o pilates"

Al kazajo menor no le hacia mucha gracia el ballet, le discutió varios meses al mayor que no quería saber nada acerca del asunto, que habían otras variables; pero este insistía que el ballet iba a añadirle mas gracia a sus movimientos y le daría mejor control en la secuencia de pasos debido al estricto entrenamiento que requería. No tenía pensado cambiar de opinión hasta que comenzó a ver vídeos de competencia en parejas o en solitario; es decir demonios, él no podía estirarse así ni doblarse de esa manera tan exagerada, y sabia que necesitaba aprender eso y mucho mas para llegar a la cima. Asi que, renegando y negando, termino aceptando, diciéndole a su entrenador que lo intentaría, pero que si no era de su agrado, no insistiera mas. Sabiendo que no podría sacar una mejor respuesta, el mayor acepto.

Debido a que el niño entraba en su primer año como Junior, necesitaba esforzarse en aprender lo más rápido posible. Serik le decía que no se sobre esforzara, que llegara donde quería le tomaría tiempo. Otabek era consciente de ello, y era por eso que se exigía tanto. No era una persona competitiva, pero cada vez que sentía que exageraba, se le venían a la cabeza las imágenes de su hermana enferma y su madre durmiendo en un callejón, llorando cuando creí que el dormía. Y de ninguna manera pensaba volver a eso. A pesar de que su entrenador le decía que no dejaría que nada de eso volviera a ocurrirle, no podía evitar hacer oídos sordos. No pensaba volver a arriesgarse.

En Kazajistán el patinaje artístico no tiene tanta relevancia como el fútbol, que es el deporte favorito del lugar; por lo tanto, la única manera de ser reconocido y poder representar al país, era entrenando duro.

Al cabo de un par de días, cuando Serik llevo a Otabek a su departamento donde su madre lo esperaba e invitó a cenar como todas las noches, fue que le dio una noticia a la familia, que congelo al pequeño patinador en su asiento.


- ¡¿San Petersburgo?! - Hiperventilo la señora Altin, casi saltando de la silla. La fémina menor mira a todo sin entender, jugando con su comida. -¡eso ni siquiera queda en este país!- continuó casi haciendo un escándalo.

- Bueno, no esperaba que te lo tomaras con paz y amor precisamente- rió el entrenador, que ya tenía confianza suficiente con la mujer después de esos años viéndose todos los días- Pero no será por mucho tiempo, solo un par de semanas que dura el curso de verano, es el mejor que hay-

- Pero... Yo no podré acompañarlo, no puedo dejar mi trabajo tanto tiempo y no puedo darme el lujo de perderlo- dijo preocupada, calmándose y sirviéndole otra porción de comida a su hija que estaba a su lado sentada.

- Sabes que iré con él de todas formas, no lo perderé de vista, Otabek necesita esas clases- dijo restándole importancia al asunto mientras seguían comiendo.

A todo eso, el pequeño kazajo no había dicho ni una palabra y se quedo mirando el plato de comida sin tocar. Su madre lo noto luego de unos minutos.

- Otabek, cariño, ¿ocurre algo?- le pregunto arrimándose un poco a la mesa para levantar suavemente la cara de su hijo y mirarlo a los ojos. Se sorprendió al verlos vidriosos.

- Cariño no tienes que ir si no quieres - dijo ella rápidamente, a lo que Serik agregó- las clases son necesarias, debe por lo menos intentarlo, si no le gusta nos volveremos antes-

- Aun así, es muy lejos y él es muy pequeño, jamás nos hemos separado tanto tiempo Serik- dijo preocupada mirando al mayor.

- Lo sé... Pero si quiere llegar a la cima, va a pasar por esto muchas veces... Va a viajar mucho en algún momento, los viajes puede ser de mas de un mes, tiene que acostumbrarse al ritmo... Lamento que tenga que ser tan pronto- dijo con un deje de culpa.

- Es muy pequeño, puede tomar clases aquí, en su país- discutió ella.

- No es tan pequeño, ya tiene 13 años y yo estaré con él todo el rato, exageras-

Mientras los mayores discutían sobre quien tenía la razón, Otabek se enfocó en su hermana.

Había crecido mucho, con sus ahora 7 años, era una niña hermosa. Ahora mismo estaba sentada diagonalmente a él, mirando la discusión con sus enormes ojos color chocolate.

Para tener esa edad, también era una niña muy callada, justo igual que él. Ella tenía clases particulares con una señora que también se encargaba de cuidarla cuando su madre trabajaba, aunque era bastante autosuficiente porque estaba acostumbrada de toda la vida a que nadie la cuidara, no porque no quisieran, si no porque no les quedaba de otra. Aun así ella nunca había tenido rencores por eso, lo agradecía, de echo.

Al parecer Aruzhan sintió su mirada, porque de inmediato volteo a verlo para regalarle una sonrisa con una mirada llena de determinación. Tenían un vínculo tan profundo que ella sabia las preguntas que rondaban a su alrededor, como si estuvieran escritas en el aire y solo ella pudiera leerlas; así como él podía leer la respuesta a las mismas a través de sus miradas, sonrisas y otros gestos. No tenían amigos, porque mientras se tuvieran el uno al otro, no los necesitaban.

La mirada de el kazajo preguntaba: "¿qué crees que debería hacer?"

Y la respuesta de su hermana era: "Tu lo sabes".

Y en efecto, lo sabia.

- Iré. Definitivamente iré- dijo ante la mirada aterrada de su madre y la victoria en el rostro de su entrenador, que siempre se salía con la suya. Mientras el hombre lo felicitaba y su madre estaba al borde de las lagrimas preguntándole si estaba seguro, se permitió dudar.

No fue hasta que vio como sonrisa de su hermana se ensanchaba y sus ojos brillaban, que supo que había tomado la decisión correcta.


Su entrenador había conseguido cupo para poder ingresar al curso, ni bien las inscripciones estuvieron abiertas la página colapso. Si que debía ser bueno ese lugar, Serik tuvo mucha suerte de conseguir uno. Empezaba en una semana y eso le daba sentido a porque la gente estaba tan desesperada por formar parte. Era verano.

"Dato curioso: la intensidad del entrenamiento y la cantidad de tiempo dedicado a la práctica en la pista de hielo y fuera de ella depende de la época del año, además de la edad, el nivel y objetivos del patinador. La meta es mantener el nivel de máxima forma física durante la temporada de competición, que comprende entre Septiembre y Diciembre para la competición a nivel nacional, y se alarga hasta el final del invierno para los competidores internacionales; el final del invierno y la primavera se dedican al descanso y al aprendizaje de elementos y programas nuevos, mientras que el periodo de entrenamiento y preparación mas intenso es el verano."

Debido a eso, el entrenamiento era más estricto y riguroso que durante el resto del año. Era comprensible que la gente se arrancara los pelos por entrar a esos cursos.

Durante esa semana, entreno como todos los días, 4 horas en la mañana y otras 4 más en la tarde, increíblemente, por voluntad propia. Tuvo que dejar de asistir a la escuela ya que a partir de ese momento tendría que viajar mas seguido. Terminaría sus clases mediante profesores particulares y rindiendo los exámenes correspondientes cuando la fecha llegara. No extrañaría a sus compañeros en absoluto, eran demasiado ruidosos para su comodidad.

Aprovechaba su tiempo libre con su hermana ayudándola con las tareas o viendo la televisión con ella.

Para su mala fortuna, su entrenador le prohibió tocar el hielo durante dos días antes de viajar, para que descansara, ya que el entrenamiento que le esperaba era intensivo y de muchas horas. Aún así le recomendó realizar los estiramientos correspondientes, consejo que Otabek siguió sin reprochar.

El problema no era no patinar, si no que su cabeza no lograba estarse quieta. No podía dormir porque llevaba todo el día pensando en ese viaje. Estaba nervioso.

Es decir, no quería sonar como un bebé, pero jamás se había alejado tanto de su familia. Podía ser maduro, pero no dejaba de ser un niño.

Temía que algo pasara en su ausencia o no resistir la distancia y volver corriendo a su casa. También temía no acostumbrarse al idioma, ya que a pesar de que dominaba bien el ruso, no era lo mismo hablarlo en clases que con personas que lo hablaban naturalmente desde la cuna. Una inseguridad comenzó a formarse en su corazón, logrando angustiarlo en demasía.


La noche anterior al viaje, luego de cenar, Otabek se dispuso a preparar su equipaje en lo que su madre lavaba los platos. Aruzhan estaba sentada a su lado, mirando las cosas que su hermano mayor empacaba.

Notaba sus hombros tensos y su mirada dubitativa.

Cuando el kazajo termino de empacar y se dispuso a cerrar la maleta, la mano de su hermana lo detuvo antes de que moviera el cierre.

Volteo a mirarla, para ver como ella le extendía un collar dorado, este tenía un dije con forma de cabeza de osito verde. Él sonrió y lo tomo, para mirarlo con más ó el día en que lo obtuvieron.

Fue la primera vez que la familia pisaba un centro comercial. Su entrenador los había alojado en su departamento de lujo (porque si, Serik además de ser un galán, tenía mucho dinero y por eso no escatimó en gastos a la hora de entrenar al pequeño kazajo), y también había decidido que necesitaban por lo menos tres mudas de ropa cada uno para empezar su nueva vida, claro que dijo eso para no alarmar a la mujer, ya que planeaba darles más que eso.

Nunca había pisado un lugar tan limpio y lujoso en su vida y se sentía pequeño allí. Recorrieron varias tiendas, tratando de seleccionar algo decente pero no muy caro, cosa que el mayor repetía que no era problema.

Aruzhan estaba en brazos del entrenador, ya habían llevado a la pequeña a una revisión y a pesar de tomar sus medicamentos correspondientes, aun se sentía un poco mal y tendía a llorar por la mínima molestia. En ese momento que la niña se puso a llorar por quinta vez en la ultima hora y media, el mayor ya no sabia como calmarla. La madre de los niños había entrado al probador de una tienda, confiando con su hijo mayor para vigilar a los otros dos.

Serik no tenía hijos y no sabia como calmar a la pequeña, así que miro desesperadamente al niño que tenía al lado, suplicando por ayuda con los ojos. Lejos de de enojarse, Otabek sonrió un poco, causándole gracia que un adulto no pudiera con una bebe tan pequeña. Le extendió los brazos para cargarla y una vez así, salieron los tres de la tienda.

Antes de que el mayor tuviera oportunidad de preguntar, el niño ya estaba frente a una máquina expendedora. Pero esta, no daba dulces a cambio de monedas, si no una bola de plástico con algún juguete dentro. Entendiendo el mensaje, quiso poner una moneda en la maquina, siendo detenido por el pelinegro. Este saco una moneda de su propio bolsillo, la puso en la máquina, giro el pestillo y la bola salió.

Al abrirla, tenía un collar dentro con la cara de un osito verde. Al verlo, la pequeña automáticamente dejo de llorar y lo tomo con sus manos, evaluándolo. Nunca pudieron quitárselo de encima desde ese entonces. Ese fue el primer regalo que Otabek pudo hacerle a su hermana.

Sonrió ante el recuerdo, pasando su mano por el dije verde, notando como se había desgastado con los años. Seguramente el dije de plástico era de ese color por la baja calidad, pero eso no evito que el verde se volviera su color favorito.

Miro a su hermana y ella asintió con una sonrisa para luego darle un apretado y largo abrazo. En su idioma eso significaba que iba a extrañarlo mucho, y que cada vez que se sintiera solo, mirara el collar para recordar que lo esperaban en casa. Devolvió el abrazo con mas fuerza aun, luchando por no llorar.

Desde el marco de la puerta, su madre miraba todo con una sonrisa.


La despedida fue larga y emocionalmente cansadora para el kazajo, que ni bien se sentó en el avión, se quedo profundamente dormido.

Despertó cuando ya habían llegado, después de todo solo estaba a 4 horas de viaje en avión.

Al salir del aeropuerto se dirigieron directamente al hotel a ordenar las cosas y a organizar bien la agenda. Para su lamento, no tocaría la pista hasta volver a su pais, cosa que lo tenía bastante angustiado. Serik quería que enfocará todo su rendimiento en el ballet y definitivamente haría su mejor esfuerzo.

No quiso hacer turismo ni salir a comer. Miro televisión todo el día además de hacer sus respectivas elongaciones. El mayor ya estaba acostumbrado a ese comportamiento así que simplemente se dedicó a relajarse en el spa del hotel el resto del día, avisándole al niño que si necesitaba algo, lo llamara al celular que siempre cargaba encima. El día paso sin complicaciones, después de cenar, ambos fueron a dormir.

Al día siguiente, luego del desayuno, emprendieron al lugar por el cual fueron hasta Rusia. Había más niñas que niños y todos mayores que él, o al menos, eran más altos. Serik lo había anotado en el grupo donde había más niños de su edad.

Y así sin más, comenzaron. Les hicieron elongar apropiadamente y ponerse en posición en la barra para comenzar la clase.

Comenzó con plies en primera posición. Segunda. Tercera. Cuarta. Quinta.

Cuando lo habían repetido las veces suficientes, la profesora puso la música y cuando ella aplaudía, cambiaban de posición.

Así continuo la clase, con nombres que Otabek jamás había escuchado, ya que encima estaban en francés, no sabia absolutamente nada de ballet.

Después de escuchar infinidad de veces la palabra plié, piqué y relevé y no sabia que demonios mas, la profesora se acercó a él, para saber que ocurría que no podía seguir la secuencia de pasos básica al ritmo de los demás. Descubriendo así que su entrenador, brillante como él solo, lo había anotado en clases avanzadas con unos niños que hacían ballet desde que tenían pañales.

Fue así como lo trasladaron a la clase de novatos del otro salón.


El grupo de inexpertos en el que estaba Otabek ahora... No era inexperto. Si había algunos niños que no podían seguir el ritmo al igual que él, pero eran menores por dos años y tenía más sentido. Él tenía 13 y no lograba mantener una posición por más de dos segundos sin perder el equilibrio. La rapidez y concentración que requería el ballet, sumada la música, le estaba dando dolor de cabeza. Agradeció a los cielos estar en el fondo del salón esa vez, así nadie veía como hacia el ridículo.

Así fue la siguiente semana y la que le siguió a esa. Practicaba en el hotel cuando volvía de las clases, se esforzó al máximo para tratar al menos llegar al nivel inicial. Tenía una elongacion básica, aun así más que la de un niño promedio, pero no la suficiente. La clase de novatos la dirigía el mismo Yakov Felstman, el mejor entrenador de Rusia. Tenía entendido por las dos compañeras que susurraban adelante de él, que el entrenador daba la clase de novatos por un alumno especial que estaba únicamente a su cargo. Eso le generó una chispa de curiosidad, pero no la suficiente como para preguntarles. Además estando al final de la barra, no lograba ver quienes estaban adelante, ni tampoco le importaba.

Hasta que llego el maldito y a la vez, bendito día en el que llego mas temprano. La posición en la barra dependía siempre del horario de llegada, y él acostumbraba a llegar un par de minutos tarde para no tener que ir adelante. Ese día su entrenador le comento que no podría quedarse a ver la clase porque tenía una reunión de urgencia no muy lejos de ahí; dejando a Otabek en la academia mas temprano que de costumbre, mientras le prometía que lo iría a buscar a la salida y que se quedar ahí esperándolo.

Una vez que Serik se fue, pensó hasta en esconderse en el baño con tal de no ir adelante. Yakov lo intimidaba y no se sentía seguro de sus movimientos: pero también sabia que él no era ningún cobarde y que una clase adelante no lo mataria. Bien, se vistió y se posicionó en la parte delantera de la barra izquierda y espero a que llegaran los demás. Diez minutos después, ya casi todos estaban en la sala y la clase estaba próxima a comenzar.

Al ser una persona introvertida, ni siquiera se gasto en echar una ojeada a los demás alumnos. Cuando Yakov llegó, todos tomaron posiciones y comenzaron. Al llevar semana y media entrenando inclusive fuera de la clase, logró hacer las posiciones básicas y seguir el ritmo lo suficiente para que no le corrigieran la postura. El problema comenzó cuando comenzaron a variar los pasos y agregaron posiciones nuevas que nunca había echo antes.

Pudo sostenerse unos segundos con algunas y lo corregían, el brazo más elevado, la pierna mas alta. Demonios, era como el infierno, el arabesque era la posición del infierno. Se apoyó sobre sus rodillas y

miró hacia atrás como el 85% de la clase no lograba sostenerse al igual que él. Era normal, era la primer clase que realizaban esa posición que a pesar de ser básica y parecer fácil, requería concentración, más aún cuando debías intentar soltarte de la barra y sostenerte por ti mismo.

Creyó conocer el odio a la vez numero 23 que intentaba hacerlo y parecía ser la primera. Hasta que por puro instinto, miro hacia la barra contigua a la suya.

Juró escuchar como los ángeles cantaban y las campanas sonaban alrededor de su cabeza, mientras miraba la figura que se erguía con gracia a su costado.

Era una niña rubia, blanca como la nieve, haciendo un tercer arabesque como si fuese lanzar una carcajada luego de un buen chiste. Lo hacia como si hubiese nacido sabiendo, teniendo un don. Tenía una elongacion envidiable y una postura perfecta.

Y no solo eso, podía jurar y reafirmar que ese niña tenía los mas hermosos ojos que había visto en su corta vida; inclusive se atrevía a decir que hasta mas hermosos que los ojos brillantes de su pequeña hermana.

No supo cuanto tiempo paso mirándole, se sintieron como segundos y horas al mismo tiempo, y tan ensimismado estaba, que le llamaron la atención para que continúe enfocado en la clase. Así se pasaron las horas, mirando a la niña prodigio de vez en cuando, hasta que la clase finalizó y tuvo que volver al hotel.

Las siguientes clases se encargó de llegar mas temprano que cualquiera, para seguir admirando los movimientos de aquel niño. Si, era un niño. Dios lo libre por confundirlo con una niña, pero es que joder, parecía una el primer día que lo vio, o tal vez estaba agotado y no se fijo bien; pero viéndolo ahora, se notaba a kilómetros que era un varón. Lo cual lo hacia más alucinante a sus ojos, las niñas solían tener mas flexibilidad y elongacion que los niños, pero ese rubio era la excepción a toda regla.

Tenía la delicadeza de un ángel, pero la mirada de un soldado.


Cuando la semana se cumplió, volvió a Almaty con regalos para su pequeña familia, comió la comida de su madre y contó un poco como fue su estadía allí.

Cuando termino de acomodar las cosas de la maleta, encontró el collar que su hermana le había dado, aquel que llevo encima todo ese tiempo. Lo miro con ternura, fijándose en el osito; pensando que el color en los ojos de ese niño brillaban mucho mas que ese pedazo de plástico. Finalmente, encontró otra razón por la cual amar el color verde.

Y no. Definitivamente, se quedaría con las clases de yoga. El ballet y su estupido arabesque podían irse al caño.


Tercer capítulo ❤️ no se si aclare antes, pero los capítulos van a ir alternando. Por ejemplo, hoy trata de Otabek y el próximo será de Yurio y así, hasta que ambos se conozcan y todo se junte❤️ Agradezco a quienes le dan una oportunidad a este fic y espero que hayan disfrutado el capítulo ❤️

MissGabita: Yo tambien muero por el encuentro entre ambos en este capitulo podemos ver el momento en que Otabek lo ve por primera vez, pero falta mucho para que se hagan amigos aun pero prometo que cuando el momento llegue, sera hermoso me alegra que te guste el fic