CAPÍTULO TRES

TERCERO

Eileen sigue conduciendo velozmente mientras le grita a Thomas, en todo el camino, una larga explicación de quién soy yo en realidad.

Al llegar a unos departamentos que desconozco, Eileen se estaciona de golpe y Thomas sale del auto, como energúmeno. Parece un pocillo con agua hirviendo. El chico suelta varias obscenidades, se sale del auto y cierra la puerta de golpe. Le ha dicho que no le cree nada y que no perdonaría que le haya mentido tanto tiempo, si es que es verdad. «Ocultar cosas es muy grave», fue lo último que dijo antes de marcharse y de llamarnos «locos» a los dos. Se ha ido a pasos acelerados por en medio de la oscura y desolada calle. Eileen esta llorando en silencio. Se suena la nariz y se soba varias veces su barriga. No sabe qué hacer.

Mi amiga logra tranquilizarse, voltea a verme con ojos rojos y me pregunta con voz calmada y suave:

—¿Todo bien?

—No lo sé —respondo, aunque no sé qué más decir.

—Ahorita bajamos la comida que sobró —me dice, sonándose con gran fuerza su nariz. El silencio reina por un minuto. Me siento incómodo mientras me abrazo a mí mismo en el asiento trasero, con las piernas pegadas a mi pecho. Ella me mira de nuevo y me pregunta, desganada y sollozando—: ¿Qué fue lo que pasó?

—No lo sé —le respondo, un poco a la defensiva y sin gritar. Estoy enojado conmigo, no con ella ni con nadie más—. No quería enfrentarlo. No quería pasar por en medio de ellos.

—Pudiste haber entrado por la puerta trasera —me comenta, como si hubiese sido una manera muy inteligente de entrar por desapercibido.

—No —respondo, muy triste y de manera muy seca—. Se hubiera visto muy obvio que los quería evadir. Tengo miedo. He perdido a mi mejor amigo...

—No, no es así —me corrige—. Hallaremos la forma de decirle que estás vivo. Él no te ha olvidado.

—Me ha cambiado por otros —reniego.

—No, no es así —me corrige de nuevo. Quiere hacerme ver que me equivoco, aunque lo dudo.

Veo cómo suelta vapor de su boca. Me doy cuenta y yo lo estoy haciendo también. Es por eso que me abrazaba y me apretujaba las piernas: no me había dado cuenta de que está helando aquí adentro y que sería peor estar afuera del auto, como Thomas está ahora.

—Y... ¿si alcanzamos a Thomas?

—No —me contesta, se ve muy convencida con lo que hace—. Ya tendré tiempo para hablar con él. Lo conozco; ya volverá agachando la cabeza por gritarme. Se salió del auto y, por hacerlo, el frío será su castigo, ummm... sí. ¡Aj, tonto... Thomas! ¡Estoy muy enojada con él! —exclama, apretando ambos puños mientras sigue sollozando. Yo sólo espero que no me golpee con esos nudos rígidos que tiene al final de sus brazos.

—Lo siento —me disculpo. Sé que hice mal.

—Descuida, Rigby. No me imaginé cómo todo esto te afectaría. Soy una tonta —termina sus palabras con un suspiro.

—No, no lo eres. Yo soy el tonto. Soy un cobarde que no acepta la realidad: me he muerto ante todos mis amigos...

—... por el momento —añade Eileen a mis palabras. Toma su bolso y saca su celular para hacer una llamada—. ¡Hola, Margarita! Estamos aquí afuera. ¿Puedes abrirme la cochera? ¿No has cenado? ¡Cierto, se me olvidó tu comida! ¡Qué tonta! ¡Lo siento! ¿Quieres algo para cenar?... ¿Sí?... ¡Okay!... Te traeré papas fritas. Al rato llego para que me abras.

Eileen cuelga la llamada.

Noto dónde he estado todo este tiempo. No había reconocido el lugar hasta ahora. Son los departamentos donde ellas viven.

—¿Por qué Thomas no se viene a vivir con ustedes dos? —inquiero.

—No, no. Él tiene sus espacio y yo el mío hasta que reunamos suficiente dinero para nuestra casa.

—De mesera no creo que ahorres mucho —comento, sin tener tacto, pues ha vuelto a su antiguo trabajo en la cafetería para ayudarle a Margarita.

—Ni yo lo creo —me responde, riéndose. Ha dejado de llorar y de estar enojada.

—Una pregunta: ¿dónde conseguiremos comida para Margarita a estas horas de la noche?

—Conozco un lugar, pero tendríamos que volver al centro.

—Ya es muy noche. ¿En serio sigue despierta?

—Sí. Como es sábado, se desvela. Se la pasa jugando videojuegos.

—¿Margarita juega videojuegos?

—Sí, y mucho. Se volvió adicta a ellos desde que Mordecai le regaló su consola y todo lo demás.

—¿¡Nuestra consola!? —exclamo. Después vuelvo en sí, y digo—: Da igual. Mi anterior vida se ha muerto junto con mis ganas de volver a jugar con él, sentados en el sofá.

Eileen me mira y sé que me comprende. Se quita el cinturón de seguridad y se pasa al asiento trasero para abrazarme. Nos quedamos así por un rato hasta que digo:

—Y ¿si le damos tus sobras?

Eileen pela sus ojos y mueve su cabeza, asintiendo con gran felicidad.

—¡Buena idea! —me responde, riéndose—. ¡Venga, pásame la charola con todo para acomodarlo y hacerlo parecer que es nuevo! Le diré que ya no había papas. Ahorita le vuelvo a marcar para que me abra la cochera del edificio, pero antes tienen que pasar algunos minutos, pues se supone que fuimos a comprar esto, ¿no?

—Y ¿no se supone que debería de estar caliente y recién hecho?

—¡Rayos! Cierto.

Mi amiga se rasca la cabeza, pensando en algo.

—Dile que se enfrió de camino y que se lo calentarás en microondas. ¿Tienen uno?

—¡Sí, sí!... Buena idea —me susurra. Después me da un beso en la mejilla mientras termina de acomodar, cuidadosamente y con la punta de los dedos, la comida que le sobró.

De rato, Eileen le habla a su amiga. Margarita, en camisón blanco, despeinada y descalza, baja las escaleras principales y le abre la cochera a Eileen desde adentro, apretando algunos botones. La pelirroja lleva una coleta despeinada arriba de su cabeza; parece que lleva un plumero rojo en vez de cabello. Da un largo bostezo y espera a que mi amiga meta su auto para poder cerrar la cochera de nuevo.

Ya adentro, nos salimos del auto, bajamos la comida y entramos por una puerta que da hacia las escaleras principales. Eileen le explica que dormiré esta noche con ellas. Margarita asiente, feliz, y subimos detrás de ella. No sé si sonrió por verme o porque por fin llegó su cena; más bien es por lo segundo, ya que ella nunca convivió con Chad, y eso me hace suponer que ella tampoco sabe de la «verdad de mi ser».

Retraso un poco a Eileen mientras subimos, sosteniéndola de la muñeca izquierda, y le pregunto:

—¿No sabe, verdad?

—No, no. Sigue fingiendo.

Me molesta un poco eso, ¡pero qué más da! Yo acepté a mentir cuando salí del hospital para locos; y eso me hace pensar cosas: no quiero caer en sueño y despertar de nuevo en ese mugroso lugar. Me absorbe por completo una enorme necesitad de dormir con alguien esta noche, pues siempre me dejaban solo.

—¿Puedo dormir contigo, Eileen?

—Sí, no te preocupes. De todos modos, la sala es muy pequeña y el departamento sólo tiene dos habitaciones.

Terminamos de subir las escaleras y alcanzamos a la pelirroja, la cual forcejea la puerta para abrirla.

—¡Diablos! —exclama la mujer de anchas caderas—. Se cerró la puerta con seguro y la llave está adentro.

—No hay problema. —Se ríe Eileen—. Hice una copia y la dejé aquí junto a la puerta.

Mi amiga se acerca hacia la maceta de cemento de medio metro que está junto a la pelirroja, escarba muy cerca de una frondosa planta con grandes hojas y saca la copia que le prometió a su amiga.

—¡Uf! ¡De la que nos salvamos, Chica!

Se alegra y agita sus caderas mientras abre la puerta.

Adentro parece un basurero: papeles regados por doquier; frituras de cualquier tipo tiradas sobre el suelo y la alfombra; bolsas transparentes (dentro de éstas supongo que también traían comida) regadas en la cocina; calcetines y medias sobre los sillones de la sala; playeras y... ¿un sostén?... se hallan debajo de la mesa del comedor; platos y vasos sucios con hormigas, en la tarja; cajas de pizza acumuladas afuera de cada habitación..., etcétera.

Margarita, con parpados caídos, ojos rojos y cansados, se vuelve a sentar sobre la alfombra azul de la sala, frente a un televisor que está sobre puesto en un mueble de medio metro. La chica mira de cerca la pantalla analógica mientras aprieta rápidamente los controles de nuestro viejo videojuego. La luz del televisor se refleja en su pálido rostro y gruesos labios pintados de color carmesí, mientras ella sonríe y pela los ojos, divertida. Eileen tiene razón, está como adicta, y no la culpo: ése cartucho que está jugando era uno de mis juegos favoritos.

Me quedo mirando cómo juega. En la pantalla superior, ahora, en lugar de «Récord Rigby: 176, 343», dice «Récord Margarita: 326, 788». ¡Guau, me impresiona su puntuación! Inclusive rebasó el récord de Mordecai, el cual era más alto que el mío y ahora es mucho menos que el de Margarita. ¡Ella lo aplastó!

Sonrío, mirando como juega la pelirroja, mientras llega Eileen con el recalentado.

—Lo puse unos segundos en microondas porque se enfrió de camino —le dice, dándole la charola.

—¡Oh, gracias, Chica! —Pone pause a su juego, toma la charola, la abre, suelta un suspiro y dice—: ¡Ay!, no hay papas fritas...

—Estaba cerrado.

Hace una mueca Eileen.

—¡Bueno, igual se ve rico! ¡Gracias, Nena! —Margarita empieza a comer y Eileen se va hacia su habitación—. Es recalentado, ¿verdad? —me pregunta la pelirroja en un susurro. Hago una mueca. No sé qué decir—. ¡Ja! ¡Lo sabía! —da por obvio, con sólo verme la cara. Ríe y pone los ojos en blanco mientras continúa comiendo, y añade mientras mastica, con la boca bien llena—: A cada rato lo hace. Estoy acostumbrada, ¡ja, ja!

Suelto una risa pequeña. Tiene razón, Eileen suele ser olvidadiza. Vuelvo la cabeza y veo que Eileen prepara la cama.

—Creo que... iré para... para allá.

Señalo hacia Eileen, y Margarita asiente, entre risas.

—Sí, adelante.

Llego al cuarto y me tapo los ojos al verla solamente en ropa interior, calzoncillos y sostén. Ella se ríe y me dice que hace demasiado calor como para ponerse el pijama mientras duerme. Me sugiere de manera obvia que durmamos ya. Cierra la puerta mientras me quito apenado los pantalones, mi par de tenis y mis calcetines, quedándome solamente en calzoncillos y playera. Después apaga la luz y, ambos, nos echamos la mitad de una gruesa y fresca colcha, sólo para cubrirnos las piernas. Cierro mis ojos y comienzo a dormirme...

Ahora me hallo en un hermoso jardín de flores blancas. El césped luce reluciente, como si lo acabasen de regar, de hecho, veo pequeñas gotas que brillan por encima de todo éste, por todo el campo colina arriba. Arboles frondosos me rodean, con enormes frutos colgando de sus ramas, manzanas y naranjas. El cielo es tan azul y vivo que me encandila y tengo que cerrar mis ojos por un momento.

Levanto lentamente mis párpados, miro hacia abajo y noto que llevo en mis manos un enorme ramo de aquellas flores blancas. Una mariposa aletea junto a mí y se posa encima del ramo. Es negra y me da la sensación de que todo lo que toca lo vuelve de su mismo color, y así es, las flores ahora son negras, pero no un negro mate, sino un negro muy brillante que las hace parecer de metal, y así es, pues, pesan tanto que las dejo caer frente a mis pies, aplastando a las demás flores y haciéndolas del mismo tono oscuro. Me llevo las manos a mi boca, pero no de la impresión, sino porque la mariposa está adentro. Siento cómo aletea y se posa en mi lengua. Comienzo a escupirla junto con grandes cantidades de saliva negra.

Salgo corriendo colina abajo en busca de ayuda, porque no dejo de salivar el liquido negro, de hecho, ahora es azul marino y parece tinta de bolígrafo. Me mancho las manos, barbilla y cuello. El olor es nauseabundo. Todo huele a cebolla y vinagre. Por un momento, me doy cuenta de que sigo cargando las flores, pero ahora son normales, blancas, y llevo sobre mi cara un velo del mismo color. No puedo dejar de correr lento hasta que noto el por qué: mi vestido es muy largo y pesado, y los tacones no me dejan avanzar tan rápido como yo quiero hacerlo.

Jadeo mientras sigo corriendo, levantando mi vestido hasta llegar a una pequeña ceremonia que se está realizando, bajo una diminuta capilla improvisada por tela blanca y azul, y palos que la sostienen. La música suena con violines y el padre, creo que es un padre, no deja de repetir que «puede besar al novio». Se me vuelven a caer las flores: Mordecai besa a un chico y todo el público aplaude.

La mariposa aparece riéndose y aleteando frente a mí. Me tapa la vista, me saca la lengua y explota en mi cara, llenándome el rostro de tinta negra...

Despierto asustado y sudando la playera. Me levanto de un salto, esperando a no estar en mi antigua habitación del hospital, pero no, estoy en otra parte, pero ¿en dónde? El olor a cebolla proviene de mi boca apestosa, por la cena. Recuerdo dónde estoy ahora. El sol aún no sale. Giro mi cabeza y veo a mi amiga; está acostada boca abajo y con las cobijas hasta los pies. ¡Norrr...! Sigue roncando de igual manera como siempre.

Pasaron cinco minutos antes de que me decidiera a salirme de la habitación, girando de manera lenta la perilla de la puerta y caminando hacia la sala. La televisión sigue encendida, pero ahora proyecta estática. Margarita duerme tranquilamente, desparramada en un alargado sillón morado y con los dedos de las manos pintados de color anaranjado y rojo, creo que es por la cena que se engulló velozmente sin tenedor o cuchara.

Salgo del departamento. Bajo las escaleras hasta llegar a un pequeño vestíbulo del edificio y observo una puerta blanca y corrediza que da hacia un jardín. Camino hacia ésta, embarro mi cara en el ventanal de la puerta y observo las nubes grises que cubren todo; está lloviendo a mares. Corro la puerta y un fuerte aire me empuja, pero, aun así, decido salir.

Lo primero que noto es que el jardín está encerrado y protegido por tres bardas de ladrillos rojos, una frente a mí y dos hacia mis lados, las cuales miden cerca de seis metros de altura. En medio del jardín y rodeado por una fuente, hay un tigre hecho de cemento de tres metros de alto, el cual está erguido y escupe agua por el hocico que tiene abierto, mostrando sus afilados colmillos. Normalmente sería un delfín, en la mayoría de los casos, pero no, éste es un tigre que escupe agua, con sus garras alzadas como si estuviese atacando en ese momento.

Salgo hacia el jardín y piso el suelo mojado con mis pies descalzos, mirando detenidamente un macetón con bonitas y pequeñas flores de colores, apachurradas y cerradas por las gotas de agua.

Eileen llega detrás de mí, me sostiene del brazo y me jala hacia adentro con brusquedad.

—Pero ¿qué haces ahí afuera? Te vas a enfermar.

—¿Más enfermo de lo que ya estoy? No lo creo —le digo, aunque sabe que no me refiero «físicamente», sino «mentalmente». Por un momento creo que me entendió, pero lo descarto cuando ella me dice:

—Veamos si te sigues saliendo a la lluvia cuando de verdad estés enfermo y yo te ponga unas merecidas inyecciones.

—No hay que llegar a tanta agresividad —le digo, recordando el montón que me pusieron en el hospital para hacerme dormir a la fuerza.

—Ven, vamos adentro.

—No. Tengo miedo —le respondo, observando la tenue luz del alba que se filtra a través de la gruesa capa de nubes.

—¿Por qué tienes miedo?

—No quiero hablar de eso —le respondo, cabizbajo y desganado.

—Rigby, vamos, dime.

Me quedo pensando en Mordecai y en su estúpido acompañante de esta noche, pero decido quedarme callado, aún cabizbajo. Que el silencio hable por mí.

—Es por Mordo, ¿verdad?

—Mordetonto —le corrijo.

—Sí, ya me lo imaginaba —me comenta. Después chasquea los dedos, como si tuviese una idea, y así es, lo sé, lo veo en su rostro.

—Mañana es domingo —me comenta, feliz.

—¿Y?

—¿Te gustaría vivir con nosotras? Un tercero en nuestro departamento, no estaría nada mal.

Por un momento me quedo pensando en Thomas. «¿Por qué me hace esa propuesta tan rara, si pudo habérsela hecho a él, no?», pienso. Sin embargo, ella no quiso eso por la razón que me había dicho antes. Ahora me ha elegido a mí.

—¿Por qué me pides eso?

—Necesitamos idear un plan para decirle a Mordecai quién eres en realidad..., y el parque no es un buen lugar para que estés viviendo mientras resolvemos este conflicto, lo sé, lo veo en tus ojos, no quieres seguir estando junto de él, viendo lo que hace con todos ellos.

—Quizá —le digo. Puede estar en lo correcto; estoy muy confundido ahora—. Y ¿qué tiene que ver que mañana sea domingo?

—Que mañana irás a renunciarle a Benson.

—Todavía ni empiezo a trabajar —le comento, rascándome la nuca mientras corro de nuevo la puerta y pataleo para secarme los pies. No tengo idea de qué trama, así que le digo de una buena vez—: Ya ve al grano.

—Renunciarás mañana para trabajar con nosotras en la cafetería a partir del lunes.

—¿¡Qué!?