N/A: creo que es evidente que el Ranking de este fic debe ser M, por ello el cambio. Gracias por leer =)
Capítulo 2
Peeta se agarró con fuerza al inodoro y la poca comida que había ingerido fue expulsada de su cuerpo, abrasándole el estómago y la garganta a su paso.
No entendía cómo podía soñar lo que soñaba.
En su aventura onírica tendría unos seis años, su madre le cogía del cuello y le arrojaba a los mutos, en la Arena. Allí también estaba Katniss que, como los mutos, le atacaba sin piedad. Se logró deshacer de ella, no sin antes haber recibido sus dentelladas, entonces se convirtió en adulto, agarró a su madre y la arrojó a Katnnis, que la devoró delante de sus ojos.
¿Por qué tenía que soñar cosas tan horribles? ¿Es que no bastaba con lo que ya había vivido?
Katniss le observaba desde el quicio de la puerta sin saber muy bien qué hacer. Él respiraba abruptamente con la cabeza apoyada en el frío azulejo, se encontraba traspirado y mareado, planteándose si darse una ducha; lo cierto era que si tenía que ducharse cada vez que despertara envuelto en sudor estaría toda la noche entrando y saliendo de la bañera.
Cuando Katniss lo atrapó en el umbral de la puerta, le refrescó el rostro con una toalla muy fría, y él se sintió aliviado, hasta que vio los redondeles púrpuras de su cuello, y se arrepintió enseguida de la presencia de Katniss bajo su techo.
Las noches era horribles y acabarían matándose. Desde el incidente en el baño, Katniss pasaba los días con él. Él ya la había atacado tres veces en una sola semana, se suponía que estaba rehabilitado, pero tal y como le advirtió su psiquiatra, el permiso para salir del hospital se lo había dado con serias dudas; De hecho, estaba advertido: debía tener cuidado en horas nocturnas.
A raíz de la tercera ocasión en que agredió a Katniss, comenzó a utilizar una estrategia que ya le había sido útil antes: a veces para aliviar el pánico y controlarse, se infligía pequeñas heridas, le mantenían despierto.
Comenzó a hacerlo por costumbre, escondiéndolas en las zonas donde Katniss no pudiera verlas con facilidad. Al principio eran solo pellizcos, pero a medida que pasaban los días, de alguna manera, se convirtió en adicto al dolor.
—Podrías agarrarte a algo.— Sugirió Katniss un buen día, en el que él estaba intentando ingerir el desayuno, y el sonido del viento le estaba volviendo loco. La mujer que estaba frente a él le desataba una ira insana, ella le miraba armándose de paciencia (algo que siempre había escaseado en ella), y él odiaba percibir que tenía que hacer un esfuerzo para soportarle.
—¿A tu cuello? —Bromeó, aunque en realidad el chiste no le hacía ninguna gracia, y tampoco a ella.
—A una silla, por ejemplo. —Él evitaba mirarla directamente a los ojos porque aquello, en ese estado, le irritaba más que nunca. Así que sus ojos, negros por lo dilatado de sus pupilas, se clavaban en aquel líquido caliente que no quería tragar. Katniss miró el reloj de pared, él pudo darse cuenta por el rabillo del ojo.
—¿Tienes prisa? —Preguntó, con rabia.
—No. —Contestó Katniss, secamente.
—Pues lo parece.
—Solo estaba pensando que tardas más que yo en desayunar. —Comentó ella, Peeta reprimió una sonrisa inesperada.
—Está claro que estoy empeorando. —Y la miró, y fue un error, porque su ritmo cardíaco se aceleró, una inyección de adrenalina le invadió el dolorido cuerpo, y sintió la tentación de saltar por encima de la mesa. "Esa mujer ha matado a tu familia", dijo una voz dentro de su cabeza, y supo que estaba perdiendo totalmente el juicio, más que nunca.
Katniss se levantó, reconocía que no era lo más sensato rodearlo por la espalda, pero lo hizo. Le abrazó, y posó sus labios en su sien porque, al menos, si era él quien la mataba ya no se iría con remordimientos a la tumba.
En cualquier caso, ella no sabía que Peeta tenía su estrategia. La voz de su mente le instaba a que la agarrara los brazos y los quebrara, a que la matase a golpes en el suelo, pero él confiaba en su estrategia, y pudo contenerse. Disimuladamente metió la mano en su bolsillo, donde había ocultado un lapicero afilado, un inofensivo lapicero. Lo clavó en su muslo a través de la tela del pantalón, con fuerza, no demasiada porque, si sangraba, Katniss podría verlo.
Se calmó. Automáticamente. Ella le trajo la medicación para la psicosis, y él la tomó, pero ciertamente no había nada como aquel delicioso dolor para volver a ser un animal manso, que se dejaba querer.
Minutos más tarde alcanzó a Katniss en la cocina, la estrechó contra la puerta de la alacena, pegando su mejilla contra la de ella, y se quedó así, totalmente quieto, esperando una palabra de amor que no llegaría. Como estaba tranquilo gracias al dolor, no se enfadó por ello, no se enfadó porque ella no respondiera a sus requerimientos no expresados.
El dolor había devuelto a su ser el Peeta que era, pero, ¿realmente era así cómo quería ser?
Dolor físico, eso era todo lo que necesitaba, cómo no se había dado cuenta antes. No obstante, el cuerpo tiene sus límites y con el tiempo se le empezarían a acabar las zonas que Katniss no pudiera detectar, sobre todo si ella pretendía desnudarle.
.
Katniss había decidido que quizá internándolo en su interior podría volver a sentirse en comunión con él. Era un pensamiento extraño, en cierto modo asexuado. Le deseaba, por supuesto, pero no había sido el deseo lo que le había llevado a pensar en hacer el amor con él, era la necesidad real de sentir su presencia, de estar íntimamente ligados.
El día en que decidió atreverse había llegado de la ducha, desnuda, y se había metido bajo la sábana junto a él.
Le provocó una erección casi instantánea, lo cual no quería decir que Peeta fuera a caer fácilmente en la tentación.
Aunque la luz de la habitación era tenue, si Peeta permitía que sus manos cálidas le quitaran el pijama, en algún momento vería las heridas cercanas a sus axilas, en sus mulos y bajo el esternón, y los hematomas. No iba a ser descubierto ahora que estaba bajo control, ahora que sabía a ciencia cierta cómo silenciar aquella voz malévola que le instaba a hacer cosas terribles.
A pesar de la paz que le otorgaban sus autolesiones, la paranoia iba de la mano de sus pensamientos gran parte del tiempo, y en aquella ocasión, aunque Katniss estaba dispuesta a hacer el amor con él, a él le parecía evidente que ella le ofrecía su cuerpo como limosna. Su pensamiento masoquista le llevaba a convencerse de cualquier cosa horrible, cualquier cosa menos creer que aquella mujer le amaba verdaderamente.
Katniss se sentía pequeña y frágil, y realmente se sentía así porque así era su cuerpo. La falta de apetito, los nervios, el poco ejercicio físico y la depresión en general la habían debilitado hasta el límite. Peeta estaba en una situación similar, había perdido tantos kilos que tenía el aspecto de un animal, corpulento, pero famélico.
Los dos estaban hechos polvo, pero se necesitaban de forma insoportable.
Para Peeta pensar en el cuerpo de ella, en la posibilidad de llenar su interior, respondía a un instinto muy básico de posesión y, al mismo tiempo, de pertenencia. Por desgracia, su baja autoestima le jugaba una mala pasada, como siempre, pues estaba convencido de que no era una persona digna de ningún tipo de amor. Para alguien como Katniss, que siempre había sido tan querida por sus padres, podía resultar difícil comprender que alguien se sintiera destinado al maltrato, al rechazo o al menosprecio, pero realmente Peeta estaba seguro de ello: si ni siquiera su madre le había apreciado, ¿por qué iba a apreciarle Katniss? Él veía claro que había algo en su carácter, en su forma de ser, que era despreciable; por eso apenas encontró patrocinadores en Los Juegos, por eso Haymitch no se alió con él, por eso nadie le recogió de la Arena en el Vasallaje. No merecía ni el cariño ni la protección de nadie, porque había algo en él de patético y miserable. No siempre pensaba así, pero cuando estaba deprimido, aquella tenebrosidad lo devoraba.
Sea como fuera, ahí estaba Katniss, desnuda, desabrochando la blusa de su pijama mientras besaba con timidez su pecho, al tiempo que le lanzaba miradas dubitativas. ¿Cuánto hacía que no se besaban? Se preguntó ella. A veces sus labios se habían encontrado por la noche y se habían desbocado; sus bocas, entonces, se abrían fieramente y sus lenguas actuaban como pequeños seres que se acariciaban y se abrazaban. Por algún motivo, en algún momento, eso dejó de ocurrir. Ella le buscaba pero él no respondía apenas, interpretó que podía ser una crisis, pero le resultaba extraño porque Peeta cada vez era más la persona que ella recordaba. Entonces, ¿qué ocurría? ¿Es que no la deseaba? Ella sí le deseaba a él, aunque estuviera delgado y pálido, aunque lo único con brillo en su ser fueran sus ojos. Ella no sabía que él era quien era gracias a la forma en que utilizaba inyecciones de sufrimiento físico para aplacar su mente.
—Me molesta la luz. —Susurró Peeta, cuando Katniss alcanzaba peligrosamente el último botón de su camisa. Ella se quedó tan quieta que él pensó que quizá ya había visto sus heridas.
—No pasa nada, la apago. —Dijo Katniss, dulcemente. Y así lo hizo.
Aunque la luz estaba apagada y la iluminación que venía de fuera era muy pobre, él seguía sintiéndose inseguro.
Katniss se encontraba dudosa ante la falta de iniciativa de Peeta, pensaba que quizá no le resultaba excitante su cuerpo, o que él ya tendría la suficiente experiencia como para aburrirse con sus pueriles besos repartidos por su torso, y por su abdomen. Pero, ¿qué iba a hacer? Ella no tenía ninguna experiencia sexual, solo sabía que quería amarle, y hacerle llegar esto a través de la forma en que estaba tocando y disfrutando su cuerpo.
Se deshizo de los pantalones de él, y también de sus calzoncillos, mientras lo besaba profundamente. Él termino de arrastrar la ropa por sus piernas hasta sus tobillos y se deshizo de ella de una patada. Katniss quería saber si él estaba excitado, pero le daba pudor acariciarle en esa zona. Recordaba el día en que le desnudó para lavarle, en la Arena, y se sintió cohibida a la hora de retirar su ropa interior, pidiéndole que lo hiciera él mismo. No era la mera desnudez lo que la incomodaba, era la forma en que ella podía reaccionar ante su desnudez.
La verdad es que era estúpido. Peeta y ella tenían la suficiente confianza como para hacer lo que quisieran. Se habían visto al borde la muerte, ¿qué había más íntimo que enfrentarse juntos a sus miserias? Ella le había calmado mientras vomitaba, él le había dado de comer como a una cría, ella le había recogido en sus brazos cuando se despertaba llorando, él la había desnudado y bañado en una ocasión, y ambos se habían amenazado el uno al otro con quitarse la vida. Era evidente que al lado de todo lo que habían pasado, el sexo no debía ser un tabú.
Así que trazó un camino húmedo por su cuerpo y comprobó con su propia lengua que él sí estaba excitado, aunque si alguien le hubiera preguntado a Peeta no hubiera sabido ponerle una palabra al nivel de estimulación que había alcanzado.
