¡Muchas gracias por sus reviews!
Y disculpen si no les respondo sus alentadores comentarios, pero ando ocupada con otro fic que me está costando bastante escribirlo, pero creo que va bien, pero les agradezco por tomarse la molestia de leer mi fic y además de dejar un review.
n.n
Disclaimer: LAS TORTUGAS NINJA no me pertenecen, es mi corazón el que le pertenece a mi idolatrado Leonardo Hamato; tampoco gano dinero por escribir este fic, yo escribo por puro gusto, con todo el gusto del mundo; mi recompensa son sus invaluables reviews y uno que otro jalón de oreja.
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POR EL MAL CAMINO
El Vengador pasó la siguiente semana escuchando atentamente los informes de la policía sobre robos a minisúpers, y siempre fue que los minisupers estaban alejados de donde se encontraba, así que cuando llegaba, el ladrón ya había huido, pero, ocultándose, podía oír la declaración del tendero; resultaba que, o eran chicos u hombres que no usaban nada para ocultar sus caras, o los ladrones que sí traían capuchas sobre sus caras, la descripción de sus ojos nunca era sobre el color que él espera oír que fueran; también recorrió tenazmente los alrededores de esa tienda que había sido asaltada por esa chica, pero no volvió a verla en esa semana.
Y ahí estaba de nuevo, en su habitación, pensando en ella.
Lo único que tenía de ella era ese pasamontañas, y el recuerdo de sus bellos ojos color violeta. Aunque estuvo dudando que realmente fueran de ese color, pero había otra cosa más importante: ¿por qué ella había robado sólo comida?
En cada atraco, en cada robo, en cada ocasión que frustraba un crimen, siempre eran hombres los que los cometían, fuera un chavo o un hombre joven o incluso hombres mayores, siempre se topaba con que eran hombres los delincuentes, hasta los que robaban minisúpers siempre resultaban ser del género masculino, aunque había ocasiones en que en había chicas involucradas pero eso era cuando atacaban en pandilla, había mujeres como integrantes de esas pandillas, pero esa noche el ladrón resultó ser una chica. Él ya había intentado frustrar robos a pequeñas tiendas, pero fueron meros intentos porque esos robos eran express: tomaban el dinero y también alguna golosina o cerveza y salían huyendo de inmediato, y esa noche pudo llegar a ese minisúper porque se encontraba cerca, y se encontró que era una chica ni más ni menos la que estaba robando.
Una chica.
Sacudió la cabeza.
¿Qué le importaba saber por qué sólo había robado comida? No era su problema, él sólo detenía a los delincuentes y punto, ese era su trabajo.
Pero ella sólo robó comida.
De su cinturón sacó el pasamontañas que le había podido arrebatar y lo observó, por enésima vez.
Si de verdad quería saber qué le pasaba debía buscarla.
- Pero no es mi problema. -
Así que cerró los ojos, tratando de dormir un poco más, todavía faltaba tiempo para ir a su "trabajo". Apretó el pasamontañas con su mano sobre su plastrón.
¿Pero por qué ella se había convertido en una delincuente? Ha visto a las chicas de las pandillas, y ella no tenía la facha de ser una de esas chicas.
¿Por qué, entonces, tuvo que robar comida?
¿En qué grave problema estaría?
La mente de Rafael continuó atrapada en ese remolino de preguntas sin respuesta.
De lo único que estaba seguro, es que, por simple curiosidad o por culpa de ese dichoso código del Bushido que le exigía ayudar a quien necesitaba auxilio, le dedicaría una noche más a encontrarla, sino, lo dejaría por la paz. Sí, ya había tomado una decisión. Tiene mejores cosas que hacer que estar buscando a otra chica descarriada. Tal vez no pareciera una pandillera, pero iba en malos pasos.
Se puso de pie. Ya era hora de irse alistando.
Salía de su habitación, cuando oyó unas voces.
- Miguel, - era la voz de desaprobación de Donatelo – Has traído más pastel. -
- Pues sí. -
Estaban en la cocina.
- Ya te he dicho que debes rechazar la rebanada que te toca en la fiesta; no podemos comer tanto pastel, mucho menos Sensei, que le ha tomado demasiado gusto desde que comenzaste a trabajar; él debe cuidar mucho más su salud, y no lo hará mientras sigas trayendo con que tentarlo. -
- Se me pasa, pero mañana sí no traigo más… -
- ¿No vas a traer más qué, hijo? – llegó Splinter - ¡Ah! – miró el envoltorio que traía Miguel Ángel en las manos, y se lo quitó – Espero que sea de queso, es mi favorito. -
No era de queso, pero Splinter fue a la alacena por una cuchara.
Donatelo miró a Miguel Ángel con enfado, él sólo se encogió de hombros.
Rafael miraba toda esa escena apoyado en el barandal. Por un momento deseó estar con ellos ahí en la cocina; por un momento deseó darle un buen zape a Miguel Ángel por olvidar que ya no debe traer más pastel; por un momento deseo quitarle ese envoltorio a su Maestro y reprenderlo como niño chiquito por comer demasiado azúcar que no es bueno para su salud; y por un momento recordó que faltaba alguien más en ese bonito recuadro familiar y recordó que lo odiaba por haberlos abandonado.
Bajó de un saltó y se quedó mirando ese recuadro que ya no se le antojaba que fuera bonito; sus pensamientos estaban agitándose con tal brutalidad, como fuertes vientos que amenazaban en transformarse en un gran tornado que arrasaría todo a su paso, por eso ni siquiera prestó atención al llamado de su Maestro.
¡¿Y por qué tenía que importarle? ¡Ellos también habían hecho a un lado la crucial misión de vigilar a Nueva York! ¡Ya no les importaba lo que la gente inocente pudiera estar sufriendo allá afuera en esa selva llena de animales salvajes en la que se estaba convirtiendo Nueva York! ¡Se fue uno de ellos para no volver, pero todavía quedaban tres para seguir protegiendo a las personas! Pero no les importaba.
¡A ellos no les importaba pero a él sí!
Estaba por dar media vuelta e irse, pero unas palabras lograron llegar a sus oídos a pesar de la turbulencia que se desataba en su mente, en su alma, en su corazón…
-… eran violeta. – dijo Miguel Ángel.
Rafael se aproximó enseguida
- ¿Qué dijiste que eran violeta? -
- Le contaba a Doni que hoy, apenas estaba yo dejando la fiesta de esta tarde, cuando vi en la acera que una de los pequeños invitados señalaba mi Van y le decía a su hermana mayor que quería que yo fuera a su cumple, así que me estacioné junto a ellas y a la chica le entregué una tarjera por si querían que yo animara la fiesta, y fue cuando vi que sus ojos eran de color violeta, y le decía a Doni que es un color muy raro. –
- Más bien, Miguel, es poco común. – Donatelo agregó – Los ojos color violeta y los de color gris, son de los colores menos usuales en los hum… -
- ¿Viste por dónde se fueron? -
- ¡Auu! - se quejó Miguel Ángel y es que Rafael lo había agarrado con demasiada fuerza de un hombro, y con todo y queja pero no lo soltó – La casa está en Maine 123; arranqué cuando le dejé la tarjeta y luego tuve que detenerme por el alto, y vi que ella y su hermanita doblaron a la izquierda. Suele ser que los invitados no vienen muy lejos de la casa del invitado, a veces. -
Rafael salió deprisa, no prestó atención a la pregunta de Donatelo sobre esa curiosidad por saber de esa persona con esos ojos tan singulares.
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Estaba lejos la calle de Maine, pero en su moto no tardó mucho en llegar al número 123; luego recorrió la calle como lo hizo Miguel Ángel de regreso a casa, llegó a la esquina y dobló a la izquierda, era la calle de Mina. Se detuvo.
Si Donatelo tenía razón, que por lo general era casi siempre, si los ojos color violeta eran muy poco comunes, entonces había muchas posibilidades de que esa chica que fue por su hermanita a la fiesta fuera la misma chica que había asaltado esa tienda.
Condujo por la calle con lentitud. Todavía era temprano, eran las 8 de la noche, y todavía había gente. Nadie le prestaba atención pero él conducía lentamente observando a toda chica que caminaba por ahí esperando poder reconocer el cabello color castaño oscuro o los ojos color violeta. Miraba hacia ambas aceras, miraba y miraba, cruzó tres calles más y no distinguió a la chica que él tanto se había empeñado encontrar. Era demasiado temprano, y como cualquier otro ladrón, ella debería salir mucho más tarde, claro, si esa era la calle en la que vivía.
Dio unas cuantas vueltas por otras calles, esperando tener suerte y verla.
Pero la suerte no estaba con él esa noche.
Podría pasarse otra semana buscando por ese barrio y nunca la hallaría, tenía que pensar en otra cosa.
Por experiencia, sabía que los delincuentes siempre volvían a las andadas, no todos los que "arrestaba" volvían a robar pero sí muchos regresaban a su vida criminal, y era muy posible que esa chica volviera a robar, existían muchas posibilidades de que esa chica asaltara otra tienda esa noche; una bolsa de arroz no dura por siempre, quizás una semana pero no para siempre. Siguió pensando (y también viendo a la gente en las calles): el minisúper con servicio las 24 horas que ella robó la semana pasada estaba lejos de ese barrio, pues hubiera sido muy arriesgado de su parte haber asaltado alguno más cercano y cualquiera podría haberla reconocido por ese color de ojos tan peculiar, hasta eso ella tuvo una buena idea asaltar un local alejado de donde vive; entonces, sólo entonces… esa noche iba a seguir ese mismo modus operandi, y él conocía el siguiente minisúper más alejado de ese barrio.
Cambió de rumbo, sintiendo que no era tan buen plan, pero no tenía otro.
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- ¡Qué bueno que mi turno acabó! Apenas voy a llegar a tiempo para ver Cruce de Destinos. -
- No sé cómo es que te gustan esas telenovelas. -
- ¡Si supieras! Ayer se quedó en que Martín olvidó pasar a la tintorería a recoger la ropa y el drama que hizo su esposa… -
- ¡Y para qué quiero ver eso! Eso lo vivo con la mía cuando lo olvido… -
Rafael escuchaba la aburrida plática entre los dos empleados. Uno ya estaba por irse y el otro se quedaría al turno de la noche.
¿O sería él el que estaba aburrido? Ya llevaba esperando dos horas y media y no había visto nadie ni remotamente parecido a quien estaba buscando. Esperaba afuera, recargado en la pared; vestía ropa común para pasar desapercibido (su armadura la había guardado en una bolsa, no era el único en llevar una bolsa a todas partes, son muy útiles), pero todavía no aparecía la chica de ojos violeta.
Tiró al suelo la paleta de caramelo que estaba chupando (una de sabor fresa que compró en esa misma tienda), desesperado porque todo estaba saliendo mal: igual no era la tienda, igual no era la noche, igual no era la chica que vio Miguel Ángel…
Pero igual él seguía ahí esperando sin saber bien por qué.
Soltó un resoplido y comenzó a caminar hacia donde había ocultado su moto, que estaba a varias calles más allá; estaba dejando a quién sabe a cuántos otros delincuentes hacer de las suyas y todo por esperar a alguien que ni conocía y que no estaba seguro de que fuera a aparecerse por ahí.
Se detuvo en la esquina porque había autos transitando. Cuando por fin cambió a la luz verde, cruzó la calle. En realidad no se fijaba mucho por dónde lo llevaban sus pasos, estaba sumergido en esa rara sensación de haber podido hacer más y no quiso hacer más. ¡¿Y qué? ¡El Vengador atrapaba a los malos y punto! Pero su contraparte Ninja insistía en que debía indagar más.
Rafael seguiría peleando consigo mismo, pero chocó con alguien.
- ¡Oye! ¡Fíjate por dónde vas! -
- Lo siento. – se disculpó esa persona.
Rafael notó que esa voz se oía bastante nerviosa, y en una fugaz mirada (porque ambos llevaban prisa) se dio cuenta que esos ojos color violeta destellaban de miedo.
Se detuvo en seco y vio cómo esa persona cruzaba la calle. Dio un paso para ir tras ésta pero los vehículos se lo impidieron, comenzaron a transitar. Tuvo que esperar al cambio de luz, pero desde esa esquina observó que esa persona, vestida de negro, ya cerca de la tienda en la que él estaba esperando, se ponía un gorro negro y lentes oscuros y entró; por el ruido de los motores no oyó ningún grito de advertencia o alarma de seguridad, lo que sí pudo escuchar a pesar del ruido del tráfico fue su corazón: martillaba con fuerza su pecho. Los minutos se hicieron eternos y la extensa fila de autos no dejaba de pasar y no dejaría de hacerlo por él; y cuando por fin el semáforo cambio a luz verde para él, caminó de regresó a la tienda, aunque no con la misma prisa con la que seguía latiendo su nervioso corazón, pero casi se le detiene cuando vio a esa persona vestida de negro salir de la tienda con una bolsa de plástico repleta y con arma en mano.
El delincuente avanzó de espaldas algunos pasos, apuntando hacia el interior de la tienda; después de asegurarse que el tendero no haría nada, guardó el arma y caminó de prisa.
Entonces Rafael se acercó con decisión (sacó otra paleta de fresa y la metió a su boca para que simulara ser un cigarro).
- ¡Oye amigo! – llamó al ladrón, que al parecer se asustó porque dio un pequeño brinco - ¿Tienes lumbre? –
El ladrón sacudió la cabeza con vehemencia y echó a correr.
Rafael lo vio alejarse. Por los lentes oscuros que llevaba no pudo distinguir bien el color de esos ojos, pero ya no le fue necesario corroborarlo, los lentes no ocultaron esa mirada llena de miedo.
Era ella.
¿Ahora qué?, se preguntó, parecía no recordar el motivo por el que estaba ahí.
- ¡Sí, oficial! – el empleado estaba llamando a la policía, el local no contaba con una de esas alarmas silenciosas - ¡Acaban de asaltarme! ¡Sí, hace…! -
Rafael escuchó, y por pura reacción, pues a eso se dedicaba, fue tras la ladrona, pero guardando distancia.
Ella volteaba constantemente, asegurándose que no la siguiera nadie, y Rafael se aseguraba que no lo viera.
Varios minutos de carrera, varias cuadras recorridas, y la chica por fin se detuvo en un callejón; se quitó la gorra y los lentes, los guardó en el bolsillo de su chamarra, entonces, usando unos binoculares, quien la seguía, vio esos temerosos ojos color violeta; ella subió las escaleras contra incendios y se metió por una ventana a una habitación lúgubre, tan lúgubre como la duda que acosaba a Rafael.
- ¿Ahora qué? -
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Comentarios, sugerencias, dudas, peticiones, aclaraciones, aplausos, zapes, jitomatazos, abucheos, reclamos, ultimátums, jalones de oreja, etc., etc., todo es bienvenido.
Muchas gracias por leer.
n.n
