2. EXPERIENCIAS
Así fue como encontré que vivir en la mansión no era en absoluto malo, si no todo lo contrario. La región del Bosque Termagente era por naturaleza abundante en lluvias, un pequeño inconveniente. Ni siquiera en los días más secos desaparecía la humedad del ambiente. Aunque, como ya dije, encontraba el haberse emplazado aquí una acción inteligente.
Leía libros de la antiquísima biblioteca del señor de la casa, paseaba por los jardines y terrenos de la mansión bastante a menudo, a pesar de la ya mencionada y molesta humedad, o me entretenía asesinando algunas de las presas que Vorador traía vivas para nosotras. El resto de las "acompañantes" me aceptaron progresivamente, incluidas Ninette y Greta; la única razón por la que lo hicieron fue porque me hice mi sitio a golpes, pues ambas me tendieron una emboscada en cuanto tuvieron ocasión al verse desplazadas en las atenciones de su amo. Cuando suplicaron que parase las había vapuleado tanto que casi las desangro, si bien es cierto que yo también salí perjudicada, pero nada que la sangre no pudiera arreglar en cualquier caso. No volvieron a intentar otro ataque y cedieron a regañadientes su posición. Vorador estaba al tanto de la situación pero como bien predije, no participó de ningún modo, como si encontrara entretenido que esos asuntos se resolvieran entre nosotras; en los únicos casos que intervenía era si la soberbia de alguna crecía contra él.
Volviendo al tema del resto de esclavas, por alguna razón que ni yo misma sabía, no me sentía encajar con ellas y de hecho tampoco me sentía en absoluto igual que ninguno de los habitantes de la mansión. En cierto modo, era una loba solitaria…
- Todas esas mujeres son hermosas y peligrosas – me dijo una noche – sin embargo no son inteligentes. Ninguna de ellas realmente me aprecia por encima de un mero interés; yo las alimento y las protejo. Son demasiado cobardes y tontas como para marcharse con los peligros de ahí fuera… pero tú, eres diferente. Puedo sentirlo.
Al saber su opinión sobre mí entendí por qué compartía conmigo mucho más conocimientos que con las otras. Cuando me llamaba yo acudía enseguida a su lado; me instruyó en técnicas de defensa y ataque, al igual que me puso a prueba física y mentalmente. Pronto quedó claro que mi fuerte era la agilidad y la velocidad y parecía tener hiper-sensitividad aunque aún era pronto para saber cómo me afectaría y qué utilidad podría darle.
También aprendí que si el señor de la casa entraba en uno de los aposentos con alguna o varias de las "acompañantes" estaba claro que debía olvidarme por completo de él y centrarme en pasar el rato por mi cuenta.
El afecto con que me trataba, diferente al del resto, me hacía pensar en encontrar una razón para rechazarle pero pronto abandoné y simplemente me dejé llevar. Desconocía qué sentimiento albergaba en su interior hacia a mí, aunque él para mí era el maestro perfecto, un padre pues me regaló el precioso Don Oscuro.
Los días pasaban y yo me encontraba realmente a gusto pero en algunos momentos sentía la necesidad de correr libre fuera de los muros de la mansión. Me gustaba el poder desatar mi velocidad y la mansión, aunque grande, no me permitía tal descoque y, por algún rasgo de mi personalidad, comencé a agobiarme entre sus paredes como si de una cárcel se tratara. Comencé a considerar atractiva la idea de salir al pantano, aunque fuera por un rato. Me había acostumbrado a la humedad y ya no la encontraba tan molesta, siempre y cuando fuera con cuidado.
De modo que me decidí a hacerlo pero no deseaba que Vorador se enterase, así que esperé pacientemente a que buscara la compañía de las mujeres que tenía en la mansión para escaparme un rato. Ese momento llegó poco después, una mañana nublada, y cuando estuve bien segura de que estaba realmente ocupado (podía oír ciertos golpes, risas y gemidos en la habitación) agarré una gastada capa de viaje sustraída de una víctima reciente y salí al exterior, procurando evitar que el resto de las chicas se enterasen, de seguro se lo contarían con tal de ganarse su favor. En verdad no deseaba ocultárselo pero estaba disfrutando con mi travesura y sería tan sólo durante un ratito.
Fui rápida en alejarme del alcance de la vista de una posible mirada furtiva desde una de las ventanas. Aguardé un momento, con el corazón desbocado, a que un Vorador realmente enfadado asomara por la ventana gritando mi nombre, pero nada ocurrió. Casi riendo, me alejé aún más de la casa y me adentré en la espesura del bosque.
No puedo describir exactamente lo que sentí al correr al máximo de mi posibilidad… pero fue maravilloso. Era una sensación sublime, deliciosa, pues me sentía libre y descansada de poder estirar las piernas como éstas me pedían a gritos. Descubrí que correr, una acción que todo vampiro tiene más desarrollada que un humano pero que en mi caso, además, estaba más desarrollada que la de los vampiros normales, me hacía sentir en cierto modo viva. ¡Quería conocer mis propios límites!
Era increíblemente sencillo localizar los depósitos de agua del pantano simplemente prestando atención al olfato y pude esquivar el agua sin problemas. Paré un momento y estudié un árbol que me había llamado la atención; quería ponerme a prueba de verdad. Salté y comencé a trepar por sus ramas y me pareció increíblemente sencillo. Me columpié en una de las ramas y salté al suelo desde una gran altura, realizando una pirueta. Probé más cabriolas aéreas, mi cuerpo era tan flexible como el de una gimnasta y la felicidad me hacía probar locuras; en algún momento fallé y caí, pero volvía a intentarlo. ¡Oh, qué maravillosa sensación!
El día amenazaba lluvia pero sentía que no iba a descargar por ahora y los sonidos del bosque eran tan estimulantes que pronto olvidé el riesgo que existía. Eché a correr de nuevo en otra dirección, sería mi última carrera antes de volver a la Mansión. Me resultaba muy sencillo el esquivar árboles, tocones y otros obstáculos del bosque y se me ocurrió que podía intentar saltar entre los árboles. Probé; podía hacerlo. Se me ocurrió también a saltar mientras corría hacia adelante; fue como volar y los metros que salvé fueron bastantes, pero probé de nuevo varias veces porque sentía que podía superarlo. Pronto fui consciente de mis límites para todo y me percaté de un detalle; en una de las carreras me dejé llevar y rocé un arbusto cercano a un árbol, arañándome con una rama la mejilla derecha. El dolor fue leve y, cuando me llevé la mano para comprobar la herida noté que ésta se había cerrado, aunque una espesa gota de sangre resbalaba por mi rostro. ¡Mis heridas cerraban al instante una vez que eran producidas! Pensativa también llegué a la conclusión de que eso no evitaría que perdiera sangre y sabía que si eso pasaba me debilitaría, así que mejor evitarlas.
¡Maldición! ¿Cuánto rato había pasado? Me parecía que la luz era ligeramente diferente, aunque era difícil de determinar en un día así, con el mortal sol oculto entre las nubes. Eché a correr al instante para volver a la mansión pero, al poco de ponerme en camino, algo me hizo frenar en seco; mi olfato captó un olor irresistible y delicioso… ¡el de la sangre humana!
No pude evitar el desviar mi trayectoria y acercarme hasta el lugar del que provenía el olor, me había tentado demasiado. Pronto percibí otro olor distinto, el de la madera quemada, y escuché voces. Frené en seco, intentando no hacer ruido. Había varios hombres, eso seguro. Trepé a un árbol cercano y subí tanto como pude, protegiéndome entre el ramaje. La capa, que era de color pardo, me ayudaba a ocultarme mejor.
Pronto vi que efectivamente, era un grupo de varios hombres que permanecía en un pequeño claro entre árboles; habían hecho una hoguera y se arremolinaban en el fuego. La sangre que olía provenía de la pierna de uno de ellos, envuelta en vendajes ensangrentados. Por el aspecto que tenían me parecieron bandidos, asaltantes de caminos.
Bajé del árbol y me acerqué lo más sigilosamente que pude.
- ¡Aaargh! – gritó el herido.
- ¡Shhh, cállate idiota! – chistó otro, que llevaba una capucha echada sobre su cabeza – Ya fue bastante mala idea refugiarnos en este maldito bosque como para que te pongas a atraer a toda la fauna salvaje con tus berridos. Como si no pudieran olerte.
- ¡Cómo se nota que no te han apuñalado a ti, Hotz! – escupió el herido. - ¡Maldito bastardo! No vi el puñal hasta que fue demasiado tarde, aunque ese mequetrefe recibió su merecido. Ya no apuñalará a nadie más.
- Desde luego Ralph, pero tampoco llevaba mucho encima – contestó un tercero. Estaba vertiendo todo el contenido de una bolsa de piel en el suelo – Comida y poco más, vaya pérdida de tiempo. Encima alertó a los guardias. ¡Mucha suerte tuvimos de que no nos pillaran por cargar con tu sucio trasero!
- No nos pillaron por el maldito bosque, Víktor, pero aun así no me gusta – masculló Hotz– Este lugar está embrujado, no es buen sitio para esconderse.
- Paparruchas de los campesinos – se burló Víktor – Tuve una buena idea. En cuanto vuelva Rod de coger más leña discutiremos qué hacer, porque no pienso estar cargando a éste todo el tiempo.
- ¡Eh! Si estás pensando en dejarme tirado ya puedes olvidarte, maldito – vociferó Ralph – Me lleváis con vosotros sí o sí o me dejáis en un lugar seguro, pero ni se os ocurra dejarme tirado aquí con los ratones porque os arrepentiréis.
- No estás en posición de amenazar Ralph – advirtió Víktor, sacando un cuchillo – No puedes defenderte y fue tu culpa por elegir a ese campesino como blanco, si te ha herido mejor a ti que a mí. ¡Si se te ocurre volver a maldecirnos te juro que te rajo de arriba a abajo como el cerdo que eres!
- ¡Ya basta los dos! – gritó el tercero – Cuando venga Rod decidiremos qué hacer. Pero callaros de una maldita vez o el que se pone a rajar aquí los cuellos soy yo.
¡Deseaba la sangre del tal Ralph! El olor ferroso que manaba de su herida era tan apetecible... Quería esa sangre, la anhelaba, puesto que el olerla me tentó pero en el momento que la vi no pude pensar en otra cosa. Vorador me dijo que era normal que no poseyera un autrocontrol fuerte pero también recordé que me avisó que los novatos pecamos de incautos y nos arrojamos sin sopesar los riesgos, pensando que podemos conseguir lo que nos proponemos y muchos son los que han muerto de esa manera tan estúpida.
Sin embargo no podía marcharme, me sentía clavada en el suelo ante esa visión tan maravillosa. Estos bandidos, gentuza, se vanagloriaban de sus víctimas y suponía que nadie los echaría en falta… ¿cómo iba a rechazar una comida segura?
Pero ¿cómo actuar? Observé que, aunque no fueran muy armados (dos con espadas, el herido tenía un cuchillo al cinto y, el arma que menos me agradaba, un arco, descansaba sobre el suelo con su carcaj y unas pocas flechas), era suficiente como para que pudieran herirme o incapacitarme y no estaba muy segura de mis posibilidades contra tres humanos, uno de ellos prácticamente indefenso. Esa herida le dolía y le impediría apoyar la pierna, de modo que era de quien menos me tenía que preocupar. Pero había un cuarto bandido que no estaba y que era muy probable que no tardara. Sin embargo no parecía estar cerca, de modo que sería mejor matar a estos antes de que viniera y luego matarle a él… aunque con uno de ellos era muy posible que tuviera suficiente sangre, pensé que me vendría bien como entrenamiento.
Después de sopesar levemente mis opciones decidí que al estar superada en número el mejor elemento que podía esgrimir para darme ventaja era la sorpresa. Subiría a un árbol y atacaría desde allí, saltando sobre uno de ellos.
Sin embargo cometí una estupidez que nunca más volvería a repetirse y es que estaba tan abstraída pensando y viendo la sangre que no me percaté de que el cuarto bandido me había descubierto. Noté una presión sobre mi hombro de algo fino y ligero y, cuando intenté volverme, escuché una voz que me susurraba al oído:
- ¡Shhh, preciosa! No queremos estropear esa piel tan bonita y cuidada, ¿verdad? ¡Andando!.
Mientras me maldecía mil veces por el descuido el bandido me instó a que avanzara hacia el resto. Su nueva discusión, referente a quién iría a cazar algo para comer porque no les llegaba con las escasas viandas del que habían atracado, se interrumpió cuando me vieron acompañada de su compinche.
- ¡Vaya Rod! – exclamó Hotz – Te vas a por leña y nos traes a una mujer. ¡Qué considerado por tu parte!
- ¿De dónde ha salido ésa?
- La muñequita parecía encontrar realmente interesante vuestra conversación, Víktor. No sé por qué, pero bueno, para gustos los colores – comentó burlón Rod – Estaba fisgoneando unos pasos más atrás, bien tapadita por un arbusto de bayas- Rod me empujó y caí al suelo de bruces. El gesto me enfureció y una bestia salvaje se sacudió en mi interior - Quédate ahí encanto, donde podamos verte. Hotz, haz algo útil aparte de quejarte y apúntala con tu arco, no queremos que la muñequita se nos vaya. Sería una pena.
- "Pena es lo que vas a dar cuando te eche las manos encima, bastardo" – pensé.
Hotz obedeció, como buen perrito faldero que parecía y me apuntó con el arma, dejando libre a Rod para sentarse con ellos. La situación era humillante.
Estar tan cerca del herido me pareció una tortura, sentía mis sienes palpitar por la sed. ¡Mi único deseo era matarlos a todos y bañarme en su sangre!
- ¡Oh! A la princesita le ha impresionado tu herida, Ralph – observó erróneamente Víktor – Quizá te sirva para llevártela primero.
- Si es así, ven a curármela, niña – comentó Ralph – Quizá con tu roce se me pasen los males.
Los bribones estallaron en carcajadas.
- "Sí, eso" – pensé – "Deja que me acerque a curarte tu arañazo de nada".
- Te lo voy a permitir, Ralph, para que luego te calles la boca un rato – rió Hotz – Pero luego me toca a mí. Muévete estúpida – añadió apuntándome con el arco - ayuda a un semejante.
Me encaminé simulando miedo ante el arma sin ir demasiado despacio para no provocarlos y sin ir demasiado deprisa para que no se notara que era lo que realmente deseaba. Rod, que no había abierto la boca desde que me encontró, me observaba con el ceño fruncido.
- Es raro, pero hay algo en esta niñata que no me da buena espina – dijo casi hablando para sí mismo. – Espera un momento ¿qué hacías tú sola por este bosque, eh?
Guardé silencio; me había agachado para ver la herida más de cerca…
- Responde o te ensarto una flecha en la espalda, meretriz – amenazó Hotz.
- Me había perdido y sólo buscaba regresar a casa – contesté sin prestar atención apenas a lo que me decían. Sólo estábamos la sangre y yo… tan cerca…
Tenía pensada una estrategia, tendría que moverme rápido para evitar el peligro mayor, que era el tonto del arco. Era el tipo de herida de la que un vampiro no podía recuperarse fácilmente, sobre todo si era bien disparada.
- Conque sí ¿eh? – dijo Rod, poniéndose en pie – Me parece que eres una pequeña mentirosa.
Sentí que Rod era un foco peligroso por su desconfianza y entonces me dejé llevar por mi instinto. En un abrir y cerrar de ojos me agaché del todo y mordí en la herida de Ralph, cogiendo a la vez su cuchillo del cinto. Mi acción los pilló por sorpresa y ni siquiera Hotz fue capaz de reaccionar al instante.
El aullido de dolor que emanó de la garganta de Ralph parecía ser capaz de reventarle los tímpanos a cualquiera.
- ¡QUITÁDMELA! ¡QUITADME A ESTA MALDITA PUTA DE ENCIMA!
No hizo falta, porque la "maldita puta" se apartó justo en el momento en que Hotz disparaba el dardo mortal. La flecha atravesó el vientre de Ralph sin siquiera rozarme. Entre estertores se le fue escapando la vida poco a poco.
Escuché el juramento de Hotz pero según me volví para agarrar al bandido más cercano, que era Víktor, me encontré con su puño, que no pude esquivar. Impactó en mi rostro y me derribó. Rod, que ya desconfiaba, tuvo más tiempo para reaccionar y ya había desenfundado su espada corta mientras que Hotz retrocedía un tanto y cogía una nueva flecha.
- ¡Maldita sea! ¡Es un puto vampiro! – exclamó Rod, lívido - ¡Matémosla!
- Sucia perra… - susurró Víktor.
Mi nariz rota sangraba profusamente pero ésta se arregló al instante, el dolor sólo duró hasta que se detuvo la hemorragia. La sangre fresca de Ralph, junto con la mía, me goteaba por la boca y el mentón. Me sentía fuera de mí; pasé la lengua por mis labios, paladeando su sabor, y sonreí mientras me incorporaba. Querían matarme y me tenían casi rodeada, pero también tenían miedo y eso desvelaba su debilidad. Y yo no me sentía con ganas de dejarlos vivir.
Hotz se preparaba para cargar con el arco mientras que los otros dos mantenían sus espadas apuntadas hacia mí para mantenerme alejada. Sin embargo yo tenía un cuchillo al que pensaba dar un uso inmediato. Lo arrojé contra Hotz y le acerté en un brazo; chilló cuando el filo se hundió en su carne y el arco se le cayó de las manos pero Víktor y Rod reaccionaron con sus espadas.
Pude esquivar la de Víktor pero la de Rod se hundió en mi hombro derecho. Aullé de dolor y aferré la espada con mis manos, cortándome. La solté y mis heridas se cerraron al instante. Intenté agarrarle a él pero no llegaba a pesar de que era un arma corta. Rod empujó y me hizo retroceder contra un árbol.
- ¡Te tengo, puta del infierno! – chilló soltando un gallo– Víktor, toma el arco y clávale unas cuantas flechas. Vas a sufrir de verdad. – agregó, retorciendo un poco la espada. – Hotz ¿cómo estás? – preguntó, girando entonces la cabeza.
- ¡¿Tú qué crees?! La muy desgraciada me ha clavado el asqueroso cuchillo hasta el hueso – contestó Hotz, mientras se sacaba el arma.
Mi dolor era atroz y mi sangre se escapaba por la herida pues, como no había extraído la espada, impedía la regeneración natural vampírica. ¿Qué salida tenía? Entonces recurrí a mi última posibilidad.
- ¿A qué esperas idiota? – espetó, volviendo a mirar hacia atrás. - Hotz no puede tirar… - pero las palabras murieron en su boca porque Víktor se quedó mirándome con los ojos muy abiertos.
Rod volvió de nuevo su rostro hacia a mí y su expresión de furia se convirtió en terror y aprensión, pues mi cuerpo entero estaba sufriendo una metamorfosis. No había practicado mucho la transformación en licántropo y menos herida, pero tenía que intentarlo. Rod soltó la espada pero ésta permaneció dolorosamente clavada en mi hombro, que ya había dejado de ser blanco para adquirir una tonalidad castaña por el pelo que lo recubría.
Los tres hombres retrocedieron mientras mi transformación tenía lugar; no es dolorosa pero sí incómoda al principio y requiere cierta práctica, así un vampiro experimentado o hábil puede cambiar prácticamente al instante. Tardé menos que en el entrenamiento pero, como es habitual en este estado, la mente del vampiro cambia acorde al cuerpo. El raciocinio queda apartado a un lado para dejar paso al instinto de un cazador nato, un máximo depredador, instinto frente a intelecto.
Lancé un aullido al cielo y amenacé a mis enemigos gruñéndoles, sin embargo, la espada clavada me impedía moverme con soltura.
- El arco… Víktor… coge… el… maldito… arco… de una vez… - susurró Rod.
- Cógelo tú…
- No me jod…
Estaba claro que ninguno quería arriesgarse a hacer movimientos bruscos porque sabían que me abalanzaría sobre ellos. Intenté prepararme pero al apoyar la pata derecha en el suelo no pude evitar que mi gruñido se convirtiera en un gemido lastimero por culpa de la espada. Si bien había conseguido quitarme al bandido de encima y que se asustaran un poco más, que era lo que buscaba, no caí en la cuenta de que así transformada ¡no me podía sacar el arma! ¡Y si volvía a mi forma antropomorfa quedaba durante unos segundos indefensa y podían acuchillarme en ese tiempo si estaban atentos! Además me sentía débil por la pérdida de sangre. Desesperada, intenté arrancarme la espada con la boca, pues el dolor no me dejaba actuar.
- Como se la saque estamos jodidos, idiota… coge el maldito arco de una vez, que lo tienes a los pies y ensártale una flecha en su oscuro corazón… - susurró de nuevo Rod.
Víktor comenzó a agacharse, se frenó un momento cuando emití un gruñido de advertencia, pero siguió hasta que tocó el arco con la punta de sus dedos. Rod se había situado detrás de él al estar desarmado y Hotz sujetaba torpemente el cuchillo ensangrentado que le había lanzado y lo blandía, sudoroso y pálido, en su mano libre, pues con la otra intentaba presionar la herida.
Me desangraba lentamente y entonces me acordé de Ralph, que yacía muerto en el lugar en el que había parado a descansar de su herida. Bebí su sangre desde la distancia para intentar coger fuerzas pero eso no alivió mi dolor ni me permitió moverme mucho más, así que volví a intentar sacarme aquel filo ardiente. ¡Estúpida! No hiciste caso de las advertencias de Vorador, te dejaste arrastrar por un poquito de sangre y te encontraste en esa situación. Si al menos no hubiese tenido la maldita espada clavada en el hombro habría podido destrozarlos o, como mucho, huir…
Entonces, cuando creí que había perdido, escuché un aullido, muy familiar, no muy lejos. Esto sobresaltó a los bandidos y luego temblaron cuando respondí a la llamada del otro licántropo.
- ¡Coge el arco de una vez y mátala! – chilló Rod, perdiendo los nervios, pasados unos segundos.
- ¡Yo creo que será mejor que nos larguemos!
Un sonido de tierra pisoteada, hojas y ramas agitados… Los bandidos se giraron hacia el lugar del que provenía el ruido, indecisos, Hotz apuntando con su arco. El olor de vampiro era realmente fuerte ahora, más de lo normal, aunque eso se debía sin duda a que con la forma de lobo percibía con más intensidad los olores.
Súbitamente, de entre la espesura, saltó un licántropo negro enorme, aunque si te daba tiempo a mirarle podías darte cuenta de que su pelo tenía un leve brillo verdoso. Cayó sobre Hotz. Víktor disparó el arco errando, en parte por no ser su arma en parte porque fue derribado también con el salto. Sin embargo mi Maestro no le atacó ni a él ni a Hotz, sino a Rod. Lo golpeó con tal fuerza que acabó cayendo contra un árbol cercano y quedando semiinconsciente. Hotz empezó a arrastrarse por el suelo, gimoteando; Vorador, aun transformado en lobo, salvó de un salto la distancia que les separaba y le hundió las fauces en el cuello, destrozándolo, zarandeándolo como a un muñeco de trapo.
Entonces vi que el bandido que quedaba, Víktor, se había incorporado y se disponía a hacer un segundo disparo, apuntando a mi querido Maestro… pero no tuvo tiempo de nada más pues, ignorando mi dolor, me abalancé sobre él y le mordí también en el cuello, matándolo entre horribles gritos. Mi primera presa capacitada a la que mataba… disfruté su muerte.
Entonces Vorador se volvió hacia mí y recuperó su forma antropomorfa. Sus fauces chorreaban sangre.
- ¡Quieta! – ordenó.
Sabía lo que iba a hacer y obedecí; en un segundo tenía la espada fuera de mi carne, que se cerró al momento. Yo también recuperé mi forma original. Vorador me miraba desde la altura y yo, sentada en el suelo, mantenía la cabeza baja.
- Maestro… yo…
Puso la mano en mi mentón y tiró de él hacia arriba, para obligarme a mirarle a la cara. Parecía bastante enfadado.
- Ya hablaremos después. – A continuación, miró hacia donde yacía Rod, que estaba empezando a recuperarse del golpe.
En pocos pasos Vorador llegó hasta él, le giró bruscamente para verle la cara y le tomó por el cuello. El humano se asfixiaba y miraba a Vorador aterrorizado. Éste le sonrió con desprecio.
- Tus compañeros han sido afortunados, les hemos dado una muerte rápida… pero tú no tendrás tanta suerte, por querer matar a mi hija.
Dicho esto le golpeó contra el árbol y le dejó inconsciente. Luego se lo cargó al hombro.
- Ven aquí – ordenó.
Di un par de pasos hacia él, luego me paré a preguntar:
- ¿Qué hacemos con los cuerpos?
- Que se pudran en el barro.
Obedecí y me acerqué a él sin decir nada más. Poco después, gracias a su magia, estábamos de regreso en la mansión.
