Los últimos rayos de sol del día apenas habían terminado de ocultarse en el horizonte y Finn ya estaba saliendo a la calle. Siguió las estrechas calles adoquinadas de La Colina y caminó en dirección noroeste hacia Old West End.

Sería un paseo muy largo hasta allí. Por supuesto tenía varios vehículos a su disposición, esos lujos no faltaban cuando se era un Cazador Oscuro. Sin embargo Finn, al contrario que Davies disfrutaba mas caminando que conduciendo.

En Old West End se encontraba la línea que separaba el territorio que cubría Finn del de Davies. Lo habían acordado así para no encontrase de repente con que sus poderes disminuían porque estaban demasiado cerca. Cada uno cazaba en su territorio. Mientras que Davies se ocupaba de los barrios del norte, Finn hacía lo propio con los del sur.

Había quedado en verse allí con 'Little John' el escudero que ambos compartían. Finn le había conocido cuando era apenas un muchacho, su padre antes que él había sido su escudero, y su abuelo antes de este.

Cuando Acheron había trasladado a Davies a Boston en 1890, provisionalmente, habían decidido compartir escudero hasta que a Davies le fuese asignado otro. Finalmente Acheron consideró que con la poca concentración de Daimons en la bahía de Massachusetts era realmente difícil que un solo escudero no pudiese ocuparse de las necesidades de dos Cazadores Oscuros, por tanto llevaban así desde entonces.

Trasladarse a pie le servía a Finn para comenzar la noche con buen pie. Caminar le relajaba y desentumía su cuerpo. Tras doblar la última esquina, enseguida pudo distinguir la silueta de su escudero y la de otro hombre más. Su hijo menor, Jesse, el siguiente en la familia que serviría a la causa de los Cazadores Oscuros.

Aunque le apodaban 'Little John' hacia ya tiempo que John Ryan no era un muchacho. De hecho podría pasar perfectamente por el padre de ambos Cazadores. Finn se aproximó hasta ellos. Jesse apenas tenía diecisiete años, estaba aprendiendo aún. Era alto y desgarbado. Tenía el pelo negro azabache y los mismos ojos grises que su padre. Él sin embargo ya contaba con numerosas canas y las arrugas de la edad ya cortaban su rostro.

Ambos estaban apoyados en el Langorgini Murciélago de Davies y cuando le vieron aparecer por la esquina automáticamente levantaron sus traseros del metal de la carrocería.

- Tranquilos, soy yo –dijo para tranquilizarles.

- Menos mal –resopló Jesse –pensé que era 'John Gear' que se había arrepentido y volvía a por el coche.

Su padre le miro con reproche al escuchar el apodo que su hijo usaba para dirigirse a Davies cuando no estaba. Finn le lanzó una sonrisa cómplice, entendía al chico perfectamente, Davies era un completo flipado de los coches, no dejaba que nadie tocara sus exclusivos vehículos. El apodo de 'John Gear' se lo había inventado Finn ya que se compañero era un friki fan del programa británico de coches 'Top Gear'. Lo llamaban así siempre que él no estaba presente.

- Lo siento, papa –dijo disculpándose.

- Seguro que lo sientes –le respondió no muy convencido por la repentina disculpa.

- Bueno –intervino Finn –ocupémonos de los que estamos aquí. ¿Investigaste lo que te pedí?

- Por supuesto, siempre lo hago –contestó mientras abría la puerta del copiloto y sacaba una carpeta marrón.

- ¿Y bien? ¿Qué sabemos de él?

- No mucho más de lo que tú me dijiste. Se llama Derek Brathman, es nativo de Pensilvania y aquí es donde viene lo único interesante. Es investigador privado.

- Tal vez alguien lo hayan contratado para seguir a Davies –dijo Jesse.

- Tal vez –dijo Finn mientras hojeaba los papeles que le había dado su escudero.

- ¿Crees que sabe algo de vosotros? –le preguntó directamente John.

- No lo creo –negó Finn con la cabeza –Si supiese de los Cazadores Oscuros también me habría seguido a mí.

- ¿Y si no tuviese ni idea de ello? –sugirió Jesse. Su padre y Finn lo miraron asombrados asique se ruborizó un poco –es decir ¿y si le hubiesen echo simplemente el encargo a él, pero no le hubiesen dicho nada más? En plan, te doy toda esta pasta si averiguas cosas de ese tío.

- ¡Vaya! Aprendes rápido chico –reconoció Finn –si señor. Es una posibilidad. ¿Averiguasteis si tiene antecedentes?

- Está limpio –contestó John.

- ¿Por qué dices que tenía una oficina? –Preguntó Finn señalando los papeles -¿Perdió su trabajo?

- Está reorganizándolo todo.

- ¿Cómo lo has averiguado? –preguntó Finn extrañado-

- Le hice una visita hace dos días –contestó John escuetamente –estaban sacando y entrando cajas.

Eso si que no tenía sentido. Este Derek parecía un buen ciudadano pero llevaba casi un mes siguiendo a un Cazador Oscuro. Tal vez Jesse tenía razón y ese tipo no sabía de ellos. Era demasiado raro, tendrían que esperar un poco más.

- Bueno, esto no nos dice nada –dijo Finn entregándole la carpeta de nuevo a John –seguiremos el plan, solo por si acaso. No nos conviene que la gente sepa de nosotros. ¿Queréis que os lleve a casa?

- No, Finn –contestó John –recuerda que somos nosotros quienes guardamos tu espalda.

- Muy bien entonces.

- Adiós Finn–le dijo Jesse mientras se alejaban caminando.

Finn le hizo un gesto con la cabeza antes de meterse en asiento del conductor del coche. Las llaves estaban puestas así que arrancó. El motor rugió y Finn sacó el coche de la calle. El plan que habían acordado Davies y él era intentar desenmascarar a quienes le seguían. Para eso Finn conduciría el llamativo Lamborgini amarillo durante su caza y Davies se dejaría ver lo menos posible por las calles.

La idea era atraer la atención hacia Finn mientras los escuderos y Davies intentaban averiguar quien estaba detrás de todo eso y cuanto sabían realmente sobre ellos. Tal vez al final resultase que no era nada, pero era mejor no dejar las cosas al azar. Los Cazadores Oscuros debían no llamar la atención sobre si mismos a toda costa.

Finn piso el acelerador un poco y comprobó la potencia del motor. ¿Adonde iría primero? Giró a la izquierda en una intersección y se dirigió hacia el mar, a Fenhuil Hall el barrio turístico. Estaba seguro que allí encontraría la acción.

Aparcó el Lamborgini y salió a la calle. Aunque hacía una noche fresca la gente no paseaba por las calles haciendo compras o saliendo y entrando de los numerosos restaurantes y pubs. Dio un paseo por la zona de casi una hora pero no encontró a nadie. Demasiado frio todavía.

Ya cerca de donde había dejado el coche decidió probar en un pub bastante popular. Cruzó la acera y entró en una estrecha calle. Normalmente no le gustaba entrar en un sitio en el que concurrían tantos humanos porque le costaba mucho más controlar sus poderes, pero en vista de que no había encontrado ningún rastro de daimons decidió probar en un sitio muy concurrido. A esos cabrones les encantan las multitudes.

Nada más entrar se vio rodeado por una ruidosa multitud, los turistas gastaban su dinero en cerveza y los nativos se reunían en estos lugares para charlar y ligar. En días como este en los que en cuanto se ocultaba el sol se enfriaba el ambiente, estos eran los mejores refugios.

Finn fue hacia la barra, entrecerrando los ojos ante las brillantes luces, agarró un taburete alto y se colocó en un lugar en el que pudiese ver todo el local sin que las luces hiriesen demasiado sus sensibles ojos.

- ¿Te sirvo algo? –le preguntó el barbudo camarero en voz alta para hacerse oír entre la multitud

- Cerveza –contestó Finn.

El camarero se marchó y Finn pudo echar el primer vistazo a la multitud. Bueno al menos la cosa prometía. Un grupo de seis chicas charlaban con un par de hombres. Ambos rubios. El menos era algo tras más de una hora de búsqueda, dos era mejor que cero. Tal vez no estuviesen solos, echó otro rápido vistazo pero no encontró nadie sospechoso.

Tras casi veinte minutos sentado, empezó a impacientarse. No podía hacer nada en un lugar como este. Además tampoco estaba seguro de si eran daimons. Estuvo tentado a usar sus poderes pero enseguida lo descartó. Bastante hacía con contenerlos en ese momento para que no le afectasen.

Finn se levantó en dirección al cuarto de baño de caballeros, se desvió rodeando una mesa y pasó por detrás de las sillas de los dos rubios antes de entrar en el aseo. Humanos. Maldita suerte la suya. Esperó lo aceptable antes de salir de nuevo. Esta vez se dirigió directamente a la barra decidido a terminarse la cerveza y probar en otro lugar.

De un trago terminó la espumosa y pagó al camarero. Se dio la vuelta para colocarse el abrigo sobre los hombros mirando hacia la barra y entonces fue cuando la vio. Era una mujer rubia y atractiva. Ella si que tenía el potencial suficiente para ser una descendiente de Apolo.

Era un poco más alta de lo normal, debía de estar en torno al 1'75. Llevaba el ondulado pelo dorado suelto y podía decirse que iba vestida para matar, llevaba unos vaqueros ajustados que moldeaban perfectamente su trasero y una blusa negra de tirantes que exponía gran parte de su piel.

Se sentó de nuevo en el taburete sin dejar de mirarla. La mujer no pareció darse cuenta del escrutinio al que Finn la sometía. Era guapísima, tenía que concederle eso. Si al final resultaban ser enemigos le iba a fastidiar un poco tener que convertirla en polvo. Estuvo tentado por un momento de usar sus poderes y averiguar directamente si era un daimon, peor no lo hizo.

Tras casi cinco minutos la mujer agarró una cazadora de cuero negro y se dirigió a la calle. Finn automáticamente se levanto para seguirla. Era una buena candidata. Salió a la calle y miró hacia donde se dirigía la rubia, pero no la encontró con la mirada.

Giró sobre si mismo y buscó la esquina más cercana. Con paso ligero se dirigió hacia ella, no quería que se le escapase. Y nada más torcer se dio de bruces con ella. Estaba parada buscando algo en su bolso.

- ¡EHHH! –le dijo la rubia con enojo. Humana.

- Lo siento, no te había visto –se disculpó dispuesto a marcharse, pues de nuevo había visto daimons donde no los había.

- ¿Qué no me habías visto? Por eso no me quitabas la vista de encima en el pub –le dijo con voz sedosa y levantando seductoramente la barbilla.

Finn sonrió con cuidado de no mostrar sus colmillos. Vaya si que se había dado cuenta.

- ¿No dices nada? –le preguntó la mujer.

- Hasta luego –dijo Finn pasando de largo y sonriendo más ampliamente ya de espaldas a ella.

Finn caminó en línea recta hasta el llamativo coche deportivo que estaba aparcado al final de la calle dejando a la mujer atrás. No era un daimon así que se alegró de no tener que acabar con ella. Había sido una bonita distracción.

Entró en el coche y lo puso en marcha. Cuando llegó a la esquina la mujer seguía allí, parecía que le había seguido con la mirada, aún lo hacía. Cuando paró en la esquina a su altura, ella pasaba la mirada de él al llamativo Lamborgini Amarillo. Parecía claramente impresionada por el vehículo. Finn le dirigió una sonrisa contenida y pisó el acelerador.

Ángela metió las llaves en el contacto, arrancó y dio la vuelta en un lugar indebido. Pisó con fuerza el acelerador haciendo chirriar las ruedas. Tenía que darse prisa, no podía perder esta oportunidad.

Llevaba dos días saliendo a buscar al misterioso hombre, fue a zonas de ocio, donde se congregaba gran cantidad de turistas. También a la zona de pubs donde se concentraban los universitarios. Nada de nada, ni siquiera en esos días había habido desapariciones.

Esa misma mañana había hablado con Derek de nuevo y aunque le había costado mucho, le había sacado información sobre su hombre misterioso. Una matrícula.

Ese tipo conducía un exclusivo Lamborgini Murciélago amarillo. Lo había buscado y casi de casualidad lo había encontrado. Había dado varias vueltas por Fenhuil Hall y entonces había visto el coche aparcado. No se podía creer su suerte. Había entrado en casi todos los restaurantes y bares colindantes buscando a su propietario.

El último había sido Anker's, tampoco estaba allí. Había querido salir enseguida pero se había encontrado con aquel guapo extraño. No le había quitado los ojos de encima en apenas cinco minutos. Había intentado simular que no se daba cuenta pero por el rabillo del ojo había estado pendiente de su oscura mirada.

La había mirado con descaro y fijeza, si él hubiese estado más cerca hubiese podido ver su sonrojo. La verdad era que le halagaba que un hombre tan atractivo se fijase en ella, considerando lo machacada físicamente que se encontraba estos días.

Por esos breves instantes había olvidado por qué estaba allí. Y cuando lo recordó se marchó, sonrojada y acalorada. Pero él había salido tras ella, se había dado cuenta al cruzar la puerta. Por un momento pensó ¿Por qué no hablar con él? Pedirle su teléfono tal vez… para cuando su vida estuviese más ordenada. Tal y como le había dicho Beth… un hombre caliente que te desvele.

Se había parado a esperarle, había coqueteado con él. Había comprobado de frente lo que su visión periférica le había dicho en el bar. Que era increíblemente sexy. Debía de medir casi el metro noventa, tenia el pelo castaño ondulado y bastante corto. Facciones cuadradas y masculinas. Y unos penetrantes ojos oscuros. Desde luego que podría olvidarse de su investigación por una noche.

Pero él se había marchado, le había sonreído y se había marchado dejándola allí de pie como a una tonta. Justo cuando Ángela se daba la vuelta reprendiéndose a si misma por su comportamiento, él se había subido en el deportivo amarillo. Y simplemente no podía dejarlo, aunque ese no fuese el hombre que buscaba estaba conduciendo el coche del otro. Lo sabía por la matrícula.

Le vio tomar la salida hacia el barrio irlandés así que no lo pensó dos veces.

Lo siguió.