Capítulo 2
Cuando Sirius y Remus entraron en la casa, la encontraron hecha un desastre. Había muebles rotos y llenos de arañazos, relleno de cojines tirado por el suelo y cuadros rasgados. Para alegría y regocijo de Sirius, uno de ellos era el de su madre.
Caminaron por el pasillo sin hacer ruido solo por costumbre, llegaron a la cocina y pasaron al salón bastante rápido.
Ese parecía el centro de aquel caos, pero les daba igual. Lo único que les importaba era el niño que estaba en el suelo.
Tirado allí estaba Harry.
Yacía echo una pelota, con la ropa echa harapos y completamente ensangrentada. Estaba pálido como un muerto y esto contrastaba aún más con su pelo color azabache, lo cual los asustó mucho. Sirius y Remus estaban horrorizados ante el horrible aspecto de Harry.
Se agacharon con cuidado a su lado y ninguno de los dos pudo contener un jadeo al ver todas las heridas que su cuerpo presentaba, especialmente en la parte superior.
La respiración del niño era superficial y salía entrecortada por el esfuerzo que parecía costarle al tembloroso cuerpo.
―Harry… Oh, Harry…―sollozó Sirius sin saber qué hacer.
El animago colocó cuidadosamente la cabeza de su ahijado en su regazo y acarició su negro cabello con ternura.
Mientras tanto, Remus, que era el mejor de los dos en todo aquello que tuviera que ver con la sanación, movió su varita sobre el chico para tratar de ayudar a su cuerpo a mantener su respiración algo más regular.
Inmediatamente después, procedió a detener el sangrado de las heridas, pero sabía que se necesitaría tiempo para que curaran.
Cuando hubo hecho todo lo que podía hacer con su magia, se puso en pie, temblando. Movió su varita hacia el sofá y este quedó como nuevo.
―Llévalo al sofá con cuidado, Sirius. Yo voy a mi habitación a por las pociones que guardo.―instruyó.
Sirius asintió y recogió con cuidado a su ahijado del suelo, tratando de no moverlo demasiado. A pesar de todo, su ahijado gimió y Sirius se vio incapaz de dejar de disculparse con él en voz baja.
Lo llevó al sofá recién reparado y lo tumbó suavemente. Hizo aparecer un paño húmedo y se dedicó a limpiar las heridas más pequeñas del chico lentamente.
―Arriba no hay muchos daños, mi habitación estaba intacta.―explicó Remus al volver con varios frascos de pociones en perfecto estado.
―La casa me da igual, solo quiero que mi ahijado esté bien―susurró Sirius.―Merlín, Remus, ni siquiera en tus peores transformaciones acabas tan mal.
―Lo sé, Canuto, pero esta era su primera transformación y yo ni siquiera estaba con él.
― ¿Quieres decir que tu primera transformación también fue así?―inquirió el animago palideciendo.― Tú tampoco tenías a tu padre lobo contigo.
Remus hizo una pequeña pausa con las pociones de fortalecimiento que había estado vertiendo en la garganta del adolescente para mirar a su amigo antes de responder.
―No, no fue así. Fue duro pasar mis primeras transformaciones sin mi padre lobo, pero no tanto como esto. Ten en cuenta que esta luna era una luna azul y… ¡Oh, Merlín!
― ¡Mierda!―exclamó el animago dándose cuenta de lo mismo que su amigo.―Ha estado solo en su primera transformación y encima era una luna azul.
La luna azul, según ambos sabían, era una de las más poderosas. Esa noche era una de las más duras para los licántropos, puesto que eran más poderosos y peligrosos. De hecho, eran tan salvajes que, incluso con la poción matalobos, era difícil mantener su mente toda la noche.
Para Remus era una de las peores noches que habían y solía acabar especialmente mal. Por suerte, la presencia de Canuto había calmado un poco a Lunático y solo había acabado cansado y con un par de heridas que ya habían sanado.
Pero el hecho de que no solo fuera la primera transformación de Harry sino también una luna azul, y que hubiera pasado esa noche solo, explicaba el terrible aspecto del chico.
―No dejaré que vuelvas a estar solo, Harry.―susurró Sirius al oído del chico inconsciente.
―Nunca.―aseguró el licántropo en voz baja.
Hizo aparecer un trapo, le quito la destrozada camisa y pidió a Sirius que le trajera un recipiente con agua, lo cual hizo al instante. Durante unos minutos, se dedicó a limpiar las heridas en silencio y con el mayor cuidado posible.
Después, Remus cogió las vendas que había bajado de su habitación y le pidió al animago que sostuviera al chico en una posición inclinada para poder vendarle el pecho y el hombro. El niño se quejó de dolor, pero no se despertó.
Cuando el hombre lobo hubo terminado de vendar la parte superior del cuerpo de Harry, Sirius se permitió sentarse en el sofá de forma que su ahijado descansara reclinado contra su pecho y le apartó unos rebeldes mechones de pelo de la frente con suavidad.
Mientras tanto, Remus procedió a vendar el resto de las heridas ya limpias y cambió las ropas del joven con un movimiento de varita.
―Esto es todo lo que se puede hacer por ahora.―concluyó.―Las heridas no se cerrarán con magia, pero el lobo acelerará la curación. Lo único que podemos hacer es asegurarnos de que las heridas no se infecten, para lo cual las pociones deberían ayudar, y que Harry no se mueva demasiado en unos días.
―Eso podemos hacerlo.
―Sí. Debería ir a avisar a los demás de que ya es seguro que entren.―masculló Remus.
―Claro, Lunático. Hazme un favor y acuérdate de decirles que nadie, y cuando digo nadie me refiero sobre todo a Molly, tiene permitido ver a Harry hasta que él mismo dé su permiso. No quiero que lo agobien justo después de lo que ha pasado.―dijo Sirius con seriedad.
―No tienes que decírmelo, Sirius. Harry va a necesitar tiempo para acostumbrarse a sus nuevos sentidos y tener mucha gente a su alrededor no va a ayudar en un principio. Probablemente no querrá estar cerca de Molly durante un tiempo.
―Sí, bueno, es mejor no arriesgarse. Voy a subir a Harry a mi habitación para que esté más cómodo mientras descansa.―informó con una sonrisa triste.
