Disclaimer: El Potterverso no me pertenece.
Esta historia participa en el reto "Casas de Hogwarts" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
Y ahora es el turno de Ravenclaw, mi casa. Espero que les guste esta pequeña historia con Mandy Brocklehurst como protagonista.
En la oscuridad
Capítulo 3
Ravenclaw
La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada, y la esperanza sobre lo que ignoramos, que es todo. - Maurice Maeterlinck
Querida Mandy…
La muchacha leyó la carta, llena de manchones entre las palabras, con ansia. Necesitaba saber lo que había pasado con él, porque llevaba semanas sin oír de él. En la chimenea de la sala común, las llamas crepitaban. Todo era normal.
Hasta que llegó a la frase fatal.
Mandy arrugó la carta en una bolita de pergamino mientras las lágrimas le llenaban los ojos. Intentó limpiárselas, con el único resultado de dejarse los ojos aún más rojos que con el llanto. Maldita fuera, no quería que nadie la viera y le preguntara qué había pasado. Porque decirlo en voz alta iba a hacerlo realidad.
Y no podía ser verdad. No podía serlo.
Bobby no podía haberle hecho eso. No estaba muerto. Eso simplemente no era posible.
No podía haber perdido a su hermano mayor.
Recordó la última conversación que había tenido con él, el día antes de regresar a Hogwarts. Bobby le había dicho que iba a unirse a la Orden del Fénix, un grupo de personas que luchaban contra Voldemort. Mandy había estado preocupada, pero Bobby era un Auror y seguro que sabía cuidarse mejor que nadie. Le había dicho que confiara en él, que todo estaría bien. Y ella le había creído.
La carta de su madre era escueta, sin detalles. Seguro que si hubiera habido más información, la misiva no hubiera pasado los estrictos controles de los Carrow. Tampoco era como si la necesitara. Lo importante era que Bobby ya no estaba. Todo lo demás eran detalles que a la chica no le importaban en lo absoluto. Mandy suspiró y se dejó caer en uno de los sillones de la sala común de Ravenclaw. No había mucha gente ahí, porque estaban todos en clases.
Ella no había sido capaz de ir. Tener que enfrentar al mundo en que él no estaba era superior a sus fuerzas. Se quedaría en el sillón, en la torre de su casa. Al menos ahí era un lugar seguro, protegido.
Al menos ahí, podía engañarse por un rato y decirse que no había pasado nada, que al día siguiente recibiría una carta de Bobby y todo estaría bien.
-o-
—Mandy, ¿por qué no fuiste a clases? Carrow se dio cuenta de que no estabas… —Sue se inclinó a su lado. Mandy la miró cómo si estuviera viendo una aparición—. Mandy, sabes que ese cabrón no permite que nadie falte a sus clases.
La chica asintió, desganada. En esos momentos, le importaba menos de un comino lo que el imbécil de Carrow quisiera. Su clase de Artes Oscuras —y todas las demás— no significaban nada. Su amiga se sentó en uno de los apoyabrazos del sillón, rodeándola con un brazo.
—¿Pasó algo, no?
Mandy sonrió por primera vez en horas. Su siempre podía adivinar cuando las cosas no iban bien. A veces ni siquiera tenía que decírselo, ella se daba cuenta y hacía lo que fuese para aliviarle la angustia.
—Bobby… —murmuró luego de unos momentos de silencio. Las llamas de la chimenea seguían crepitando—. Bobby… está muerto… Lo mataron en una misión de la Orden, supongo. O algo así. Mamá no dio detalles.
—Mierda —dijo Sue y la estrechó con cariño—. Lo siento muchísimo, Mandy.
La muchacha se echó a llorar de nuevo. Porque al decir las palabras había eliminado cualquier posibilidad de escapar de ellas. Pero tarde o temprano tendría que enfrentarse a ellas, aunque no quisiera siquiera pensar en ellas.
Por el rabillo del ojo Mandy pudo ver que varios de sus compañeros de casa estaban mirándola, aunque ninguno de ellos se acercó. A lo mejor intuían que lo suyo era un dolor privado, íntimo. Casi todos habían perdido a alguien en los mese anteriores, después de todo. Podían entenderla.
No era necesario decir nada.
—¿Tus padres están bien? —preguntó Sue cuando su amiga se hubo calmado un poco—. ¿A ellos no les pasó nada?
Mandy negó con la cabeza.
—No. Estaban en casa, y están rodeados de hechizos de protección.
Los Brocklehurst nunca habían sido destacados en la lucha contra Voldemort, pero tampoco se le habían unido. Nunca se les hubiera ocurrido llenar su casa de hechizos defensivos, hasta que Bobby les había dicho que iba a unirse a la Orden. Pero aunque Mandy hubiera preferido mil veces quedarse en casa, había tenido que asistir al colegio. Sus padres aún no estaban listos para enfrentarse a ellos tan abiertamente.
—Eso es bueno… —Era obvio que Su no sabía qué decir. Sus propios padres eran de bajo perfil y nadie de su familia había decidido oponerse a los mortífagos como Bobby había hecho. Por un momento, Mandy pensó en gritarle, sacarle en cara que ella no había perdido nada ni a nadie en esa puta guerra.
Pero no lo hizo.
En ese mismo instante se acordó de algo. Durante las últimas semanas las paredes del colegio habían aparecido pintarrajeadas con mensajes. A los Carrow los volvían locos y habían hecho de todo para descubrir quiénes eran los culpables, sin demasiado éxito. Y ni siquiera Filch parecía estar demasiado interesado en borrarlas, así que seguían ahí, en grandes letras por todo el colegio.
EL EJÉRCITO DE DUMBLEDORE SIGUE RECLUTANDO.
Mandy sabía que Longbottom tenía algo que ver ahí, porque él era el que siempre les llevaba la contraria a los Carrow. Y estaba muy segura de que Lovegood, la rarita de Lunática Lovegood, estaba metida ahí también.
—Sue —dijo, obligando a su amiga a mirarla a los ojos—. Voy a unirme.
—¿Unirte a qué? —preguntó la chica, cogiendo su largo cabello negro con una mano, como hacía siempre que estaba nerviosa.
—Al Ejército de Dumbleore, boba.
—Es peligroso… ¿Viste lo que le pasó a Brown el otro día? Sólo por decirle a Alecto que los muggles no están menos evolucionados que nosotros.
Lavender Brown nunca había sido una chica muy lista, pero a fin de cuentas sí que era Gryffindor hasta la médula. Pero Mandy estaba segura de que la valentía no era sólo cosa de la casa de los leones. Bobby había estado en Hufflepuff, por ejemplo. A ella nunca se le ocurriría dudar del valor de su hermano.
Ser parte de Ravenclaw no significaba que tuviera que quedarse a un lado, siendo inteligente mientras el resto se defendía. No. Ser listo, aunque importante, no era lo único que podían ser los Ravenclaws.
Ere el momento de ser valiente.
—Lo sé —dijo Mandy mirando a su amiga—. Pero es lo que Bobby haría si estuviese aquí, ¿no?
Su amiga le devolvió la mirada, con una mueca.
—Ya. Yo voy contigo.
—¡Acabas de decir que es peligroso! —dijo Mandy sorprendida—. Tú no tienes que hacer nada.
—Soy tu amiga. ¿De verdad crees que voy a dejarte hacer esto sola?
A pesar de todo lo que había pasado, Mandy no pudo evitar sonreír un poco. Al menos aún podía contar con su mejor amiga.
-o-
Era de noche y los pasillos estaban completamente desiertos. Al menos eso era bueno para los planes del grupo de chicos que estaban intentando pasar desapercibidos en la noche. Mandy miró a su alrededor, reconociendo los rostros de los que la rodeaban. Después de tantas semanas corriendo riesgos a su lado, no podía evitar sentirlos como viejos amigos, aunque nunca hubieran sido particularmente unidos.
El plan era simple, para liberar a algunos chicos que habían sido cogidos en la última redada de los Carrow. Mandy, Lisa y un chico callado de Hufflepuff, estaban en el grupo que se encargaría de la distracción, mientras que Neville, Susan y Ernie se encargarían de entrar a la oficina de los Carrow y sacar a sus amigos.
Se habían corrido los rumores de que los mortífagos iban a buscar a esos chicos. El Señor Oscuro no parecía estar demasiado contento con lo que estaba pasando en Hogwarts y quería darles un buen escarmiento.
Obviamente, eso no podía ser nada bueno para Seamus y Anthony.
Así que tenían que sacarlos de ahí lo antes posible.
—¿Está todo bien? —preguntó Lisa, mirando al resto. Neville la había asignado como líder del pequeño equipo—. Tenemos que esperar la señal de los chicos y cuando yo diga, debemos tomar las bombas de polvos peruanos y lanzarlos al pasillo.
Esperaron en silencio. A Mandy cada minuto se le hacía eterno.
Hasta que Lisa les anunció en susurros:
—Chispas azules, esa es la señal.
Casi automáticamente, como si las palabras de la muchacha hubieran desencadenado una reacción en cadena, se escucharon los pasos de los tacones de Alecto Carrow al otro lado del pasillo. Mandy aferró con fuerza la pequeña bolita de cristal y contó hasta diez antes de tirarla al suelo.
—¿Quién está ahí? —alcanzó a decir la mujer, justo antes de que una de las bolitas chocara contra la pared, quebrándose en mil pedazos y liberando su contenido. En cosa de segundos, el pasillo estaba sumido en la oscuridad—. ¡Muéstrense, pequeñas sabandijas! —gritaba la mujer, al mismo tiempo que intentaba desvanecer la oscuridad artificial, sin demasiados resultados.
Mandy sabía que los polvos peruanos de oscuridad instantánea duraban cinco minutos. Y que ellos tenían que mantenerla distraída por al menos diez, lo suficientes para sacar a sus amigos de la oficina. Se escucharon más gritos y más pasos en el pasillo. Parecía que algunos de los patrulleros aliados de los Carrow acababan de llegar y la mujer les intentaba dar órdenes. La oscuridad se había disipado un poco, por lo que Lisa y Mandy lanzaron nuevas bolitas de cristal, que se quebraron contra el suelo rápidamente.
—Mandy, cuando te diga, tenemos que correr —escuchó decir a Lisa, cuyo rostro estaba semioculto en la oscuridad—. A la Sala de Menesteres. Y ya sabes, no te detengas por nada en el mundo.
Eran las instrucciones habituales. Había que mantener las capturas de los Carrow al mínimo. Mientras menos personas hubiera que rescatar, mejor sería para todos.
—¡Ya!
Ante la orden de su amiga, Mandy echó a correr con todas sus fuerzas, sin siquiera mirar si sus compañeros la seguían. O si Neville y los demás habían logrado lo que querían hacer. Tendrían que esperar a llegar al refugio para saber si la pequeña operación había dado frutos. Aunque hasta el momento, todo había salido según el plan.
Por primera vez en muchas semanas, Mandy se sentía libre. Aunque seguía en el castillo tomado y los Carrow seguían siendo unos hijos de puta. Pero ella estaba haciendo algo y eso le bastaba.
Seguro que Bobby estaría orgulloso de ella.
Al igual que los capítulos anteriores, este tiene 1750 palabras (sin contar título, epígrafe y separaciones), así que esto significa que llevo tres cuartos del fic. A ver cómo termino.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
