[70. Bitter Silence]

Cuando el lunes por la mañana los Dursley seguían sin llegar, ninguno de los dos primos se preocupó. Tenían otras cosas en la cabeza, sacar las manchas de coca-cola (y otras substancias) del sofá, o dormir la resaca, por ejemplo.

Por eso, cuando tocaron a la puerta y Harry tuvo que abrir e invitar a la trabajadora social a pasar a sentarse en lo que despertaba a Dudley, no se esperaba las noticias que iban a recibir.

Y aunque la trabajadora social, que se presentó como la Srta. Doe, se los dijo sin rodeos y sin palabras bonitas, Dudley no lo creyó (Harry tampoco quería creerlo, pero la aceptación se le asentó en el fondo del pecho inmediatamente; así era su vida), y se rehusó a ir con la trabajadora social, exigiendo muy vocalmente pruebas y la Srta. Doe intentó lo más que pudo de convencerlo, que no era posible, que no era adecuado, que eran menores y no debía exponerlos a eso… pero bueno, se trataba de Dudley Dursley y terminó aceptando.

Pero incluso así Dudley lo negó mientras empacaban sus cosas, mientras se subían al auto, durante todo el camino hasta el hospital y todo el recorrido por el largo pasillo hasta el sótano, y en la puerta con el aire frío golpeándoles el rostro… Harry no necesitaba pruebas y no entró. No quiso. No pudo.

Dudley salió lívido, temblando (y Harry estaba seguro que no era de frío) y muy, muy callado. Y Harry tampoco dijo nada, no sabía qué.