Capítulo III
El Hombre de mi Vida
- ¿Esa es la forma en la que saludarás a tu esposo, Madame Andley? - Le pregunto el guapo rubio con una sonrisa estampada en el rostro.-¿No me darás un abrazo de bienvenida?
Candice no reaccionaba, lo miraba con lagrimas en los ojos y estaba tan aturdida que no entendía los susurros de Patty y Elisa.
Elisa, que como siempre se había desesperado por la inercia de Candy, le dio un fuerte empujón que la dejo directamente en el primer piso y totalmente asequible a la mirada de su esposo, quien dio un paso adelante e igual de sonriente le levanto la barbilla y le dijo,
- No llores, tu sabes que te ves más linda cuando te ríes que cuando lloras.- Y aquella frase, la frase de su primer amor, la de su príncipe adorado, que no era otro sino el mismo hombre que tenía en frente de ella, que la repetía para verla sonreír, le quebró el alma en dos, pues le recordó, que ese hombre que tenía allí - pese a las confusiones con las que cargaba día a día y pese a tantos recuerdos y sentimientos atorados por tanto tiempo- ese hombre, no era ni más ni menos que él hombre de su vida. El llanto la desintegro, y la arrojo de inmediato a los brazos firmes de Albert, que entre consternado y preocupado la sostuvo firme, como siempre lo había hecho, siempre que Candy necesitaba un fuerte respaldo.
-Cálmate, lo dije para que sonrieras, no para que lloraras más, anda amor, cálmate, y dame la sonrisa que me merezco después de tanto tiempo.- Así entre pucheros, suspiros y lagrimas tardías Candice encontró paz en ese aroma tranquilo y seguro que Albert exhalaba, ese aroma que siempre la había calmado en épocas de colapso absoluto. Albert siempre estaba allí, por difícil que fuera la situación el siempre aparecía y con un abrazo lo solucionaba todo, finalmente lograba hacerla sonreír. No importaba nada más, solo al lado de este hombre conseguía un alivio completo.
Todos en silencio observaban, ni siquiera Elisa siempre tan inquieta había pronunciado palabra, pese a que compartía la misma consternación de Patty y de toda la servidumbre, que había terminado por enterarse de la grave enfermedad del Señor Andley. ¿Porqué Albert se veía tan saludable… acaso no estaba muriendo? Era la pregunta que todos en el fondo se hacían pero que estaba siendo distraída por la romántica escena que todos presenciaban.
Había otra pregunta, que latía fuertemente en la mente de Elisa, ¿quién era esa mujer que venía con Albert? No parecía ser una enfermera, no vestía de blanco y llevaba dentro de sí un signo de misterio, que no permitía que se viera como una simple enfermera. En sus ojos… -si en sus ojos hay algo, no me ha mirado aún de frente pero cuando lo haga, podré atinar…-
El silencio y el encanto de la escena se acabo cuando George pidió a los sirvientes que subieran el equipaje del señor, la única que quedo presente fue Esther quien aguardaba por las ordenes inmediatas de la Señora Andley. Patty y Elisa se acercaron
a George con aires inquisitivos, pero este, antes de que ellas pudieran hacer cualquier interrogante, hizo un ademán con sus manos, señalando a Albert, indicando que sería él quien lo explicaría todo.
Albert, no obstante seguía fundido en un profundo abrazo con Candy, era ella quien se le aferraba con desesperación. La rubia se sentía tan feliz de verle en pie, y tan feliz de saber que estaría a su lado sano y salvo y que no lo perdería ya nunca más, que no quería soltarle, que bueno era saber que se había tratado de una mentira, algún error…¿porqué había sido un error… verdad…? Pensando en ello se distancio del noble pecho que la cobijaba y le dijo mirándolo con un rostro consentido.
- Esta mañana llegó un telegrama, decía que tu estabas muy enfermo, que ibas a morir… y..-
- Y nada, Candy, y nada… ya más tarde hablaremos de ese asunto- y esto lo último lo dijo para Patty y Elisa, por que también ellas habían escuchado a Candy y de la misma manera querían aclarar la situación. -Por ahora déjame presentarte a mi acompañante, dijo soltándola por completo y descubriendo tras de si a la esbelta mujer que silenciosamente había estado presenciado toda la escena. En cuanto Candy la vio de frente sintió un fuerte cimbronazo que le recorrió toda la espina dorsal y la lleno de una sensación calida y familiar. Tenía los cabellos oscuros, oscurísimos, absolutamente negros, como la más intensa de las noches, su tez tenía el color de ciertos atardeceres, que van del rosa al naranja y unos impresionantes ojos verdes, en nada comparables a los suyos, sino de un aire acuoso y cristalino, mas cercanos a la aguamarina que a la esmeralda. Su figura esbelta estaba terminada por una fabulosa trenza que descendía desde su coronilla hasta el nacimiento de sus caderas. Era en realidad una mujer impresionantemente bella.
- Ella es Parvati Rai, y ha sido la persona que ha cuidado de mi todo este tiempo. Sé que esperaban ver muchas enfermeras y otro tanto de médicos, pero les diré que Parvati supera todo eso.-
Al terminar Albert de hablar, Parvati se inclinó en una venía con una destreza tal que su cuerpo le reveló a Elisa, e incluso a Patty una sensualidad preocupante. En cambio para Candy, fue un gesto de tal gracia que en un minuto le iluminó el rostro, como en todo el día no se le había visto. Y aunque para cualquier mujer, si su marido llega después de un viaje de casi seis meses, acompañado de una mujer como esta, los celos son la reacción más previsible, para la Señora Andley fue remota, al contrario sintió que debía agradecerle profundamente la salud de su esposo.
La hermosa mujer, se levanto y en un inglés muy difícil logró decir - Gracias, es un gusto Candy. Siento que te conozco de toda la vida, e incluso de antes. Le sujeto las manos, y por un segundo Candice hubiera jurado que vio como sus ojos, ya de por si acuosos se inundaban de lagrimas. Sin embargo, este gesto no duro ni un segundo y ya George llamaba a la Señorita Rai -como le dijo- para acomodarla en la que sería su habitación.
Albert saludo a su sobrina con un calido abrazo, mientras que ella, que ya no soportaba más le preguntó:
- De dónde salió esta mujer… tan… tan…, en fin de donde ha venido?-
- Déjame saludar a Patty como se merece y te lo diré- Albert y Patty se abrazaron
amablemente, y Patty no pudo evitar derramar unas cuantas lagrimillas, sentimental como era, se alegraba de saber que todo había sido una falsa alarma.
- Bueno Elisa, conocí a Parvati en la India en la región de Calcuta. Verás Elisa, en su región las mujeres son subvaloradas y maltratadas. El duro sistema de castas, las condena muchas veces a destinos fatales, y su creencia en los karmas, (esa idea de que si haces algo malo volverá sobre ti si no saldas tu deuda,) las pone también en situaciones difíciles. Parvati es una de esas mujeres, que ha soportado muchas injurias, pero pese a ello en su tierra era considerada como un ser iluminado, al menos por aquellos que la conocen.
- Entonces… ¿Parva… Parati… o como sea que se llame, fue quién te sanó?- Volvió a indagar Elisa, quien no aguantaba la curiosidad, y que quería además esclarecer cualquier indicio de una relación más fuerte entre la aparecida y su querido tío.
-Seño…ra Elisa, creo que por ahora será mejor dejar que el Señor se retire a sus aposentos, en compañía de su esposa… creo que ellos tienen muchas cosas de que hablar- Interrumpió George que ya había regresado de acompañar a Parvati, cosa que incomodo enormemente a Elisa, ya que ahora tendría curiosidad hasta el día siguiente.
-¡Señorita!- Chillo irritada- Bueno Patty, lo mejor será que nos retiremos, y dejemos a los tortolitos en paz… JM!
Las dos se retiraron, secundadas por George, mientras que Esther esperaba ordenes. Candy, ignoró su presencia y se detuvo frente a Albert y con todo el cariño que alcanzaba en sus manos le acaricio el rostro.
-¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo?- Antes, por la época en la que Albert estaba totalmente involucrado en los negocios de la familia y por las épocas de la crisis que devastó la economía americana, él siempre regresaba muy tarde. Entonces, Candice, lo esperaba en su querido salón de té, y al ver el auto entrar por el umbral de las rosas, se levantaba lentamente, y le esperaba abajo, junto a la puerta. No habían besos de bienvenida, simplemente, la Señora Andley, le rozaba el rostro con sus manos y le miraba a los ojos en silencio . Ese era todo su saludo. Después ella preguntaba, -¿Tienes hambre?¿Quieres comer algo?-
- No, gracias Candy. Gracias Esther, puede retirarse, me alegro de verle nuevamente-
- La alegría es mía Señor, muchas gracias y permiso.-
-Ahora, Señora Andley, es hora de ir a su salón favorito, y abrir los regalos que le he traído, sé que le van a encantar-. De dos años para acá, Albert viajaba continuamente. En su época de recién casados, viajaban juntos, pero pronto las responsabilidades de un magnate que debe encargarse de todo un imperio de diversas empresas, empezaron a absorberle, los viajes se volvieron más escasos y más cortos. Para Candice fue igual, de repente las responsabilidades de ser la dueña y señora de las varias propiedades de la familia Andley, le asignaron rutinas y horarios, compromisos que nunca antes habían sido verdaderamente importantes, y que adquirieron una relevancia inobjetable, en el lapso de diez años Candy, se convirtió en la admirable Candice White Andley, reconocida en toda la sociedad norteamericana como la Señora Andley. Desde allí los viajes terminaron para ella.
Después de la crisis, los viajes del Señor Andley se hicieron más largos y más continuos. Y la vida de Candice, se fue cercando como un espiral, cada vez más encerrado en si mismo. Albert, de cualquier forma, siempre le traía algún presente de cada lugar que visitaba, y él sabía muy bien que sus regalos favoritos, eran las grabaciones musicales de cada lugar que visitaba…
- Te he traído el mejor jazz del mundo, el jazz de New Orleáns… te encantará.- Le dijo mientras le entregaba varios acetatos.
- ¿Estuviste en New Orleáns? Creí que estabas en… ¡Un momento! Antes de que me consientas con todas estas maravillas necesito que me digas, que fue todo ese asunto del telegrama, necesito que me expliques que paso… porque yo hoy .. Todo el día Albert, todo el día estuve angustiada por ti…- Albert se había levantado de la alfombra en la que estaba sentado, para atizar el fuego en la chimenea- ¡Señor William! Míreme cuando le hablo! quizá para ti fue una divertida broma… pero yo sufrí demasiado!- Albert regreso a su lado, tomo su mano y le beso la palma. La miro a los ojos y Candy vio a su esposo, cambiar la sonrisa confiable por una seña grave en su rostro.
- Candy, yo no soy un tipo que sepa mentir, si en algo me conoces, sabes bien que todos los años que tuve que ocultarme para que no se supiera que la cabeza de los Andley era yo, fueron terriblemente duros para mi, y sabes además que no era para mi sencillo ser tu benefactor solo como el "Abuelo William", por esa razón era que trataba de estar cerca de ti con la parte más auténtica de mi: El hombre libre, que siempre ha deseado una vida sencilla y natural.- A medida que iba hablando su mirada se iba perdiendo entre las diminutas chispas que salían de la fogata, sin soltarle la mano continúo. - No fui yo quién escribió ese telegrama, pero si pedí que te avisarán de mi enfermedad, sin embargo el tonto doctor que lo hizo, considero que después de mis últimos exámenes estaba yo tan débil que no soportaría el trayecto hasta Lakewood, y por eso tuvo la ineptitud de anunciarte mi muerte-.
Una vez más Candy no entendía, y no sabía como interpretar todo lo anterior, de alguna forma, Albert le estaba aclarando que estaba enfermo, y que existía la posibilidad de morir. ¿Y entonces porqué llegar de esa manera tan natural, cómo si nada pasara? Antes de que él pudiera continuar con su charla, Candy interrumpió,
-Albert… yo… yo no entiendo… ¿En verdad estas enfermo? ¿Qué es lo que tienes?… es decir yo te veo… yo te veo … perfectamente sano, así que no debe ser tan grave, y yo … bueno yo aún conozco algunos buenos doctores y ellos podrán…
- Candy, se lo pedí a George, y ahora te lo pido a ti, no más doctores, tengo todo lo que necesito a mi alrededor- Su tono perdió la suavidad anterior, y la dureza revistió sus palabras, y así en ese mismo timbre, tan ajeno a su Albert, prosiguió- La enfermedad que tengo, es muy extraña, incluso para los médicos más especializados, y… y me molesta que todos me propongan que busque más salidas…¿Acaso creen que no quiero vivir? Yo amo mi vida, y aunque muchas cosas han sido diferentes a lo que alguna vez pensé, he sido feliz, muy feliz… y sabes bien que te lo debo a ti, y sabes Candy que haría lo que fuera por seguir a tu lado…- Los lamentos de Candice no le permitieron continuar.
-¡Albert no!… no nos vamos a rendir… vamos a dar la pelea. Tu mismo dijiste que esta mujer Parvati, te ha ayudado bastante, y yo… yo siento… siento que debemos persistir…
- Candy… ya estoy lo suficientemente cansado, quise evitarte todo el dolor, ahora reconozco que fue un error, este camino debimos andarlo los dos, como todo lo que hemos hecho juntos, pero ya es tarde. Lo que dices es cierto, Parvati me ha ayudado mucho, pero no porque tenga una cura milagrosa, sino por que me ha enseñado que lo que sigue ahora es disfrutar cada segundo que me queda, rodeado de lo que más amo, tu… y todas las presencias de mi familia que ahora parecen lejanas, esta casa… los jardines en los que corría con mis hermanas, mi pequeña cabaña en el bosque, y todos mis animales. ¿Me entiendes ahora?
La Señora Andley no paraba de llorar. Lo que más le lastimaba era ver que tan seguro estaba Albert de la decisión de desistir cualquier tratamiento posible. Un dolor inmenso se apropio de todo pensamiento y ya no sabía que más decir. Era cierto, lo perdería para siempre, y perdería para siempre esos momentos de entrega verdadera que quizá nunca le había dado. Al levantar la mirada y percatarse de que entre lamentación y lamentación él aún estaba ahí, totalmente tranquilo, contemplándolo todo con la serenidad que siempre le había caracterizado. Entendió, al menos en algo, a lo que Albert se refería. Si seguía llorando se perdería más de esos momentos de entrega de los que siempre se reprochaba nunca haber tenido.
-Entiendo, te entiendo, amor. Y trataré de ya no llorar más, de dejar las lamentaciones, para cuando…-
-Gracias… Muchas Gracias Amor. Seremos felices… y mi proyecto a seguir, será dejarte tanta… tanta dicha que te alcance para cuando yo ya no esté. Ven acá- le dijo llamándola hacia la alfombra- Abrázame y te cambio el llanto por tenerme esta noche entero, solo para ti. De ahora en adelante todos mis días… serán nuestros días… ¿Quieres?
La respuesta de la Señora Andley, fue lanzarse a sus brazos, perderse en ese aroma dulce y fresco al mismo tiempo, agarrarse de la tibieza que ese hombre despedía de todo su ser y consumarse en cada beso y caricia, de la forma en la que muchas veces se reprocho no hacerlo.
