Disclaimer: Sigo sin ser rubia, así que nada de esto es mío. Es de una tal Jotaká.
Capítulo dedicado a la fabulosa VioletSwirl21, que me insiste por WA para que escriba. Y recomienda mis fics y me saca los colores porque es adorable. Y para Dani Valdez, que ha dejado un review muy adorable (qué bueno que te gusten los personajes).
Gracias a miriam-sanlu y a Quecomienceelshow, que han agregado esta historia a sus favoritas y follows. Y a quienes leen en las sombras. Son pocos, pero ahí están.
Por cierto, no olviden que hay concurso y que para participar, sólo tienen que dejar un bonito review (o no tan bonito) y al final de cada año en Hogwarts, sortearé un one-shot a petición del fic sorteado. Y mientras más reviews dejen, más posibilidades tienen de participar.
Sabiduría sin límites
Capítulo 3
De lechuzas y escobas
Uno de los momentos favoritos del día para Sue era recibir las cartas por la mañana. Su madre le escribía varias veces a la semana, contándole las novedades de su galería de arte en el Callejón Diagon. Y solía incluir paquetes de sus dulces preferidos. Sue y Mandy se sentaban en su cama mientras hacían la tarea y conversaban. A Sue nunca le había gustado comer en su cama, porque quedaba llena de migas, pero Mandy decía que necesitaba comer mientras estudiaba, y siempre podía limpiar con un hechizo. De todas formas, preferían hacer tareas sobre la cama de Mandy, porque a Sue le gustaba que su colcha estuviera perfectamente estirada al ir a dormir.
Además de eso, su clase preferida era Encantamientos. El profesor Flitwick siempre parecía muy contento cuando ella lograba hacer levitar una pluma, o cuando la niña conseguía hacer que una piedra se volviera suave al tacto.
El profesor al que no podía soportar, sin embargo, era a Snape. Daba igual lo mucho que Sue trabajara en su clase, al profesor nada le parecía bien. Nada. Por más que ella se esforzaba en cortar todo en cubitos perfectamente simétricos, el profesor nunca comentaba nada acerca de ellos.
—Parece que se hubiera tragado un murciélago —masculló Mandy después de que el maestro de pociones les dijera que su poción para furúnculos era mediocre como mucho. El libro indicaba que si se hacía correctamente, un vapor rosado saldría de la poción y eso era exactamente lo que estaba sucediendo.
Sue suspiró mientras Snape cogía el caldero de Susan y Hannah y lo vaciaba, diciéndoles que se habían equivocado al echar los colmillos de serpiente.
—Ya. Al menos esta vez no nos dijo que éramos unas inútiles.
Detrás de ellas, Morag, Padma y Lisa miraban su caldero, del cual surgía un humo celeste. La pelirroja parecía a punto de ponerse a llorar y Padma sólo podía mirar el desastre con una mueca de frustración.
—Por Merlín, ¿acaso son incapaces de seguir instrucciones? —preguntó Snape, que obviamente no esperaba una respuesta—. Diez puntos menos para Ravenclaw y se quedarán después de clase a limpiar los calderos.
Michael Corner, que estaba al fondo de la sala con sus amigos, no pudo evitar soltar una risita. Morag le lanzó una mirada fulminante, al tiempo que Anthony levantaba la mano.
—Creo que sé cómo se puede arreglar esa poción, profesor.
—Sus compañeras deben aprender por sí mismas, señor Goldstein —bufó Snape, vaciando con su varita el caldero de las chicas.
Sue empezó a limpiar su mesa, donde aún quedaba un poco de raíz de jengibre, cortada en perfectos cubos de cinco milímetros por cinco milímetros. Sue se sentía orgullosa de su habilidad con el cuchillo.
—Al menos la clase con Quirrell tiene pinta de ser interesante —dijo Mandy mientras las dos terminaban de limpiar el caldero, vaciándolo en un frasco de cristal—. Al menos es seguro que Megan intentará que nos cuente la historia del vampiro.
La semana anterior, Quirrell les había enviado una redacción de cien centímetros sobre las propiedades mágicas de los Bowtruckles. Sue se sentía particularmente satisfecha de la suya, escrita con su letra redondeada y ordenada. Las dos chicas se dirigieron al salón de Quirrell, varios pisos por arriba de los calabozos donde se impartían pociones.
Stephen Cornfoot y Roger Malone iban caminando detrás de ellas y se sentaron en la misma mesa. Sue no había hablado mucho con ellos, pero le caían bien. La que no podía ver a Stephen ni en pintura era Sally, su compañera de cuarto. Habían discutido por algo un día y desde entonces no se hablaban.
De hecho, Sally pasó a su lado junto a Megan Jones, su amiga de Hufflepuff, y a Kevin Entwhistle. Al ver a Stephen, la chica sólo pudo arrugar el ceño y sentarse de mala gana detrás de ellos. Megan les sonrió ampliamente y Kevin hizo un gesto con la cabeza.
Sue cogió su pergamino y su pluma preferida y escribió la fecha en la esquina derecha, como había hecho siempre en su colegio muggle. Le gustaba que sus apuntes estuvieran perfectamente ordenados.
—Anda, qué letra más ordenada —comentó Roger, que estaba sentado junto a ella—. La mía es un desastre —añadió, abriendo su pergamino y mostrándole los apuntes de pociones.
—¿Y tú la entiendes? —preguntó Sue, entornando los ojos para ver si conseguía ponerle pies y cabeza a ese desorden de letras y palabras. Era casi incómodo verlo.
—La mayor parte del tiempo, pero siempre puedo pedirle a Stephen que me preste los suyos para ver qué es lo que supone que tendría que poner —dijo él encogiéndose de hombros—. Pero tu letra es perfecta.
—Gracias. —Sue podía sentir cómo las mejillas se le ponían coloradas y bajó la mirada. Por suerte para ella, Quirrell entró a la sala. Como siempre, parecía nervioso por algo. El turbante que llevaba en la cabeza estaba ligeramente ladeado y se lo acomodó antes de empezar la clase pidiendo las redacciones sobre los Bowtruckles.
—Ahora pasaremos a los Doxies, que debieron estudiar para hoy —empezó Quirrell con su voz eternamente suave—. ¿Alguien sabe en qué hábitat es más común encontrarlos?
Varias manos se alzaron en el aire, incluyendo la de Sue.
—Señorita Li, por favor.
—Los Doxies prefieren climas fríos, porque sus huevos necesitan temperaturas bajas para desarrollarse bien —dijo Sue, sin siquiera mirar a sus notas. Unos años atrás, ella y su madre habían tenido una invasión de esos bichos en casa. Les había costado muchísimo deshacerse de ellos, porque los Doxies eran insoportables.
—Perfecto, señorita Li. Cinco puntos para Ravenclaw.
Sue no pudo evitar sonreír con satisfacción. Varios de sus compañeros respondieron las siguientes preguntas del profesor, acerca de los hábitos de los Doxies y sus ciclos de vida. Después de eso, la clase continuó sin muchos incidentes. Después de todo, Quirrell era un buen profesor, no demasiado emocionante, pero competente. A Sue le gustaba eso, le gustaba el orden y el saber que la clase no la esperaba con ninguna sorpresa.
-o-
Después de que se anunciaran las esperadas clases de vuelo, todos los de primer año estaban revolucionados. Algunos se vanagloriaban acerca de su experiencia sobre una escoba, como el pesado de Draco Malfoy, que le contaba a todo aquel que quisiera escucharlo —y a quien no también—, la historia de cómo un helicóptero muggle lo había perseguido por los campos, logrando escapar casi por los pelos. Roger no estaba seguro de creerle mucho, en parte porque Malfoy le caía fatal. Sólo lo tenían en un par de clases, pero estaba seguro de que no había nadie más desagradable que ese rubio en todo el colegio.
Y no era el único.
Durante los últimos días, Michael no había dejado de hablar de lo bueno que era en el quidditch, ganándose miradas mosqueadas por parte de Morag. Mandy decía que había usado la escoba de su hermano más de una vez, y que podía volar muy alto. Incluso Y por supuesto, no dejaban de preguntarle acerca de Siobhan.
Tener una prima famosa nunca le había resultado tan pesado.
—Roger… —Kevin se acercó a él con una expresión extrañada—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Sí, claro.
A Roger le extrañó ligeramente que Kevin quisiera saber algo. A pesar de que compartían cuarto, no eran particularmente cercanos. El chico era reservado y no hablaba demasiado, pero siempre parecía estar observando todo.
—Seguro que te parecerá una tontería —empezó el chico, sentándose junto a Roger en uno de los sofás de la sala común—. Pero ¿podrías explicarme de qué va el quidditch? Todo el mundo habla de eso y no sé de qué se trata. Sally tampoco sabe, pero dice que si es un deporte no le interesa.
Por supuesto, Kevin era hijo de muggles. No había crecido rodeado del deporte estrella de los magos, ni de escobas ni de quaffles. Podía imaginarse lo desconcertante que debía ser para él escuchar las conversaciones de los últimos días. Su madre, que también era hija de muggles, solía decir que sus primeros años en Hogwarts habían sido desconcertantes.
—Mi madre tampoco nació en una familia de magos, así que creo que entiendo un poco —contestó Roger—. Ahora, las reglas del Quidditch son complicadas y muy extrañas. Lo primero que tienes que entender es que cada equipo está compuesto por siete jugadores.
Mientras Roger explicaba las reglas del juego, Kevin lo miraba con una ceja alzada.
—¿Estás diciendo que a los jugadores los persiguen unas pelotas que vuelan por todos lados intentando derribarlos de las escobas? —La expresión en el rostro del muchacho mostraba a las claras su incredulidad.
—Sí. —Roger se encogió de hombros. Después de todo, nunca había escuchado de accidentes graves con una bludger. O sea, uno que otro sí. Pero vamos, nada que hechizos y pociones no pudieran controlar.
—¿Y de verdad es seguro?
—No mucho. Creo. O sea, en Hogwarts nunca ha muerto nadie. O hace mucho que no. ¿Cómo son los deportes muggles? —Aunque parte de su familia era muggle, Roger no solía prestar demasiada atención a los deportes que sus primos seguían. En realidad, tampoco seguía mucho el quidditch, pero como cualquier niño brujo, no podía evitar estar rodeado del tema.
—Con menos pelotas asesinas —dijo Kevin y Roger soltó una carcajada porque tenía razón—. Al menos el tenis, que es el que sigo yo.
—Ya, mis primos muggles son muy fans del fútbol. Ya verás cuando veas un partido de quidditch, quedarás alucinando. No se parece a ninguno de los deportes muggles que conozco.
—¿Hablando de quidditch? —Micahel y Terry se acercaron a ellos, lanzándose sobre los cojines del sofá, que eran extraordinariamente blandos—. ¿Ya le has hablado de tu prima?
—Mi prima Siobhan es jugadora en las Arpías de Holyhead —explicó Roger con una mueca—. Una de las bateadoras, de hecho.
—¿Y son buenas? —preguntó Kevin.
—No como las Flechas de Appleby. —Interrumpió Terry antes de que Roger pudiera contestar que sí, las Arpías era un buen equipo.
—Ay, pero por favor. Las flechas no han ganado un campeonato en años. El Puddlemere United, por otro lado…
—Por Merlín, Terry. Qué pesado eres con el Puddlemere. Sólo han tenido un par de temporadas decentes en los últimos años. Y han salido segundos por tres años seguidos —bufó Michael—. Ser segundos no es ganar. —Pronto, los chicos estaban discutiendo apasionadamente acerca del deporte estrella del mundo mágico.
De repente, una voz cortó la conversación de los muchachos.
—Disculpen, creo que están todos muy equivocados. —Cho Chang, una chica de segundo muy mona, estaba parada frente a ellos con los brazos cruzados—. El mejor equipo de la Liga es los Tornados de Tutshill. Faltaba más. A ver si aprenden algo de quidditch —dijo con una sonrisa—. En todo caso, es cierto que el Puddlemere ha tenido unas temporadas buenísimas en los últimos años.
Sin decir ni una palabra más, se acercó a una chica de cabello rojizo que estaba a un lado y se alejó de ellos. Terry, Michael y Kevin se quedaron mirándola embobados. Roger puso los ojos en blanco. Lo que les faltaba en ese momento.
—¿Kevin? ¿por casualidad tienes los apuntes de clases de astronomía? Creo que la he liado con las constelaciones —Sally Smith apareció al lado de su amigo. Desde el primer día los dos eran inseparables.
Roger había pensado en pedirles que se unieran a ellos. Stephen y él solían juntarse con Mandy y Sue. El problema era que Sally no podía ver ni en pintura a Stephen, y viceversa. Kevin no era un mal chico, pero tenerlo cerca implicaba que Sally y Stephen estarían lanzándose pullas constantes. Y Roger no tenía ganas de lidiar con eso.
Terry y Michael seguían discutiendo acerca del Quidditch, pero ya no parecían estar prestándole atención, por lo que Roger se acomodó en el sofá y sacó un libro. Estaba acostumbrado a lugares ruidosos y la concentración nunca había sido un problema para él. Además, por alguna razón la sala común de Ravenclaw parecía estar hecha para estudiar, sin importar el ruido que hubiera en ella.
Quizás por eso era uno de los lugares favoritos de Roger en el colegio.
-o-
El viernes, cuando los Ravenclaws tenían agendada su primera clase de vuelo con los Hufflepuff, el colegio era un hervidero de rumores. Aparentemente, el día anterior Harry Potter había hecho una atrapada fabulosa de una recordadora. Como Kevin había escuchado la historia, Harry se había precipitado desde cincuenta metros de altura, atrapando la recordadora un segundo antes de que esta se estrellara en el suelo.
Y eso no era todo.
En lugar de expulsarlo, ya que el chico había roto las instrucciones de Madame Hooch, McGonagall lo había incorporado al equipo de Quidditch. Primera vez que un alumno de primero jugaba en más de cien años.
Sus compañeros se habían quejado por haberse perdido el glorioso momento, que según lo habían contado los Gryffindor había sido digno de verse.
Por supuesto, eso sólo los hacía sentirse aún más ansiosos por la lección de vuelo. Mal que mal, si todo eso había pasado el día anterior, ¿qué les tocaría a ellos?
Kevin, por su parte, no estaba particularmente entusiasmado. Las alturas lo ponían nervioso y la idea de balancearse en el aire sostenido por una escoba no le parecía nada atractiva. Nada.
—Todo va a estar bien —dijo Sally mientras los dos caminaban hacia el campo donde aprenderían a volar—. No nos harían hacer esto si no fuera seguro.
—Neville terminó en la enfermería, ¿no? Y él es de familia mágica.
—Y torpe como el que más —repuso Sally—. Venga, seguro que no pasa nada —añadió con una sonrisa.
La encargada de enseñarles a volar era Madame Hooch, una bruja de cabello corto y gris y ojos amarillos que le daban el aspecto de un halcón.
—Después de lo sucedido ayer, les recuerdo que al primero que haga una tontería, me encargaré de castigarlo yo misma —dijo indicándoles que se pusieran al lado de cada una de las escobas que yacían en el suelo.
Kevin miró a su escoba. Por lo que había escuchado de los alumnos mayores, las escobas del colegio eran malísimas y vibraban si volabas a cierta altura. La suya no parecía estar a demasiado mal traer, pero tampoco tenía con qué compararla.
Madame Hooch les indicó que levantaran una mano sobre la escoba y dijeran «¡arriba!». La escoba de Kevin se retorció en el pasto, mientras que la de Sally no se movió en lo absoluto. De reojo pudo ver que la de Michael había volado rápidamente a su mano, al igual que las de Morag y Zacharias Smith, un Hufflepuff un poco insoportable.
Al siguiente intento, la escoba de Kevin voló limpiamente a su mano, tomándolo por sorpresa. La de Sally seguía en el suelo, aunque se había movido un poco. Cuando todos los alumnos tuvieron las escobas en sus manos, la profesora les explicó cómo sujetar la escoba y pasó junto a los alumnos corrigiéndoles la postura y la forma de coger el mango.
—Muy bien, McDougal —dijo al pasar junto a Morag, que le devolvió una sonrisa satisfecha—. Tienes una postura excelente. Y tú también, Corner. —La sonrisa en el rostro de Morag se desvaneció un poco.
Kevin y Sally lograron subirse a sus escobas sin mayores problemas, al igual que la mayoría de los chicos. Susan Bones no parecía estar muy segura sobre su escoba, lo mismo que Justin Finch-Fletchley, el chico que iba a ir a Eton.
—Cuando sople este silbato, tienen que patear el suelo con firmeza —explicó Madame Hooch—. Manténganse firmes en el aire, flotando a un metro del suelo. No más. Para bajar, inclinen la punta de la escoba ligeramente.
Kevin dio una patada al suelo tras el silbato de Madame Hooch y se elevó unos centímetros sobre el suelo. Morag, por su parte, estaba flotando una cabeza por encima de los demás. Al igual que Michael, que parecía estar muy satisfecho consigo mismo. Morag frunció el ceño y se alzó un poco más, cosa que Michael imitó inmediatamente.
Kevin trató de concentrarse en sí mismo, ya que su escoba estaba temblando bajo su peso y empezaba a preocuparse de que no pudiera sostenerse en el aire. No quería acabar como Neville con una muñeca rota, pero tampoco quería quedar como un cobarde. Sally, a su lado, se estaba aferrando al mango de su escoba con tanta fuerza que sus nudillos se veían prácticamente blancos.
—¿Todo bien? —preguntó Lisa, que estaba al otro lado de Sally—. Tienes que relajarte, Sally. Respira hondo y piensa en el viento.
Aunque el consejo no iba dirigido a él, Kevin decidió seguirlo. Respiró profundamente y contó hasta diez, mientras la escoba entre sus piernas parecía estabilizarse. Sintió que se elevaba un poco más y miró hacia abajo. Estaba a al menos un metro de altura.
—¡McDougal, Corner! ¿Qué están haciendo? —exclamó Madame Hooch, sobresaltando a varios de sus alumnos. Kevin miró hacia donde estaban los chicos, que se habían ido elevando poco y ahora estaban a una altura considerable del suelo—. ¿Qué les dije acerca de no seguir mis instrucciones? Bajen inmediatamente y los dos quedarán castigados esta tarde.
Morag y Michael hicieron lo que la profesora les indicaba, al igual que los demás, porque Hooch estaba dando por acabada la primera clase de vuelo. Kevin no podía evitar sentirse aliviado. No había sido tan terrible como se había imaginado.
—Por supuesto que los castigaron. No son el Niño-que-vivió —comentó Zacharias, con un tono ligeramente envenenado, mientras volvían
—¡Zach! No es necesario ser desagradable —dijo Lisa, que siempre parecía tener una palabra amable para todo el mundo—, el pobre Harry ha tenido una vida difícil. Y estaba defendiendo a Neville, no habría sido justo que lo castigaran.
—Ya, pero tampoco es justo que lo dejen jugar para Gryffindor si se ha saltado las normas. Si no fuera Potter, ya lo habrían expulsado.
—No creo que fueran a expulsar a nadie por una tontería así.
—¿Viste que todo estuvo bien? —Le preguntó Sally a Kevin, desviándose de la conversación del grupo acerca de Harry Potter—. Te dije que no pasaría nada.
Kevin le devolvió una sonrisa.
Era verdad. Sally lo había dicho.
Ron estaba equivocado y Cho siempre fue fan de los Tornados. Por lo demás, siento que todavía estoy presentando un poco a los personajes e introduciendo a alguenos (leáse Sally y Kevin) en un mundo completamente diferente al suyo. Pero como en el primer libro Harry Potter tenía aventuras a escondidas, así que mucho no pasaba con el resto. Aunque igual los Ravenclaws tendrán sus aventurillas. Sólo que probablemente no implicarán salvar al mundo mágico.
En fin, ¡nos leemos en el próximo capítulo!
Muselina
