Sugestión.»

Capítulo 3.

Los ojos de Arden pasearon por la habitación desesperados por encontrar una lógica respuesta a todo aquello. ¿Tal vez se había equivocado de celda? Frunció el ceño y dio un paso hacia atrás, girándose hacia la puerta para comprobar si se trataba de un error. Pero cuando lo hizo el corazón le dio un fuerte latigazo pues ahí estaba ella, justo detrás de su espalda con aquella mirada lasciva y aquellos labios perniciosos. El doctor balbuceó, parpadeando torpemente, señalando con la mano e incluso con el cuerpo la cama, vacía. Las correas desatadas y las sábanas deshechas. Susan se llevó un dedo a los labios y susurró un suave "sh" que a él le erizó el vello de la nuca. Tragó saliva guardando la compostura o al menos intentándolo. Pero cuando ella se acercó a él y lo abrazó, y acarició su cuerpo, y rozó con su bajo vientre su entrepierna –considerando lo alto que era él- no pudo ser consciente de sus actos. Ella alzó la mirada hacia sus ojos, deleitándose con su respiración agitada. Se acercó a sus labios con timidez –una timidez perfectamente fingida- y los rozó contra los suyos un par de veces, abriendo la boca en busca de un beso. Se puso de puntillas para llegar mejor a ellos. Él parecía impertérrito pero lo que realmente estaba era paralizado. Ella frunció el ceño en lo que pareció ser un gesto excitado y se pegó más contra su cuerpo soltando un gemido en forma de quejido, de súplica aún contra sus labios, con la boca abierta para él. Él dejó caer sus párpados y en el interior sus ojos rodaron hacia atrás soltando de golpe toda respiración reprimida, removiendo en ella el cabello de su frente para unir pasionalmente sus labios, contra la nada.

Arden abrió sus ojos rápidamente con el ceño y la frente fruncidos, mirando a un lado y a otro sin encontrarla. ¿Dónde se había metido? ¿Cómo había logrado ser tan sumamente rápida?

— ¿Está usted bien, Arthur? —preguntó una voz tras su espalda, lo que lo hizo girarse rápidamente hasta marearse. Se tambaleó un segundo hasta recobrar la postura y tragó saliva con la boca entreabierta en un rostro de desconcierto realmente atroz. ¿Qué debía hacer él entonces? ¿Dejarse llevar por lo que veía ahora o por lo que había visto antes? Lo había visto realmente…, no podían ser imaginaciones suyas, lo había notado, lo había sentido… Pero era imposible que ahora las cuerdas estuviesen tan bien atadas.

—Discúlpeme, debo de haberme mareado —dijo aún con sospecha, sin otorgarle toda su fe a lo que era realmente posible.

—Le ayudaría pero me tienen atada cual bestia —comentó ella con una sonrisa. Tan inocente, tan buena en su papel…

—No se preocupe. Sólo he venido a… — ¿a qué había venido? Ya ni lo recordaba. Se esforzó lo suficiente como para que su frente empezase a perlarse de un sudor frío. Por mucho que intentó repasar en su cabeza la razón por la cual se había presentado allí no la encontraba. Cuando a él nunca le había pasado aquello, él nunca olvidaba, no hacía las cosas sin motivo. ¿Qué le estaba pasando?

— ¿A examinarme? —sugirió ella con aparente ingenuidad, totalmente artificial, por supuesto. Arden no respondió, se puso repentinamente serio y se acercó a ella, examinando las correas que la mantenían sujeta a la cama. Lo hizo con desesperación y sin cuidado alguno, fue entonces cuando se fijó en sus brazos y en él nació la incertidumbre y la sospecha. No por las cadenas sino más bien por lo que el informe decía sobre su piel.

¿Dónde estaban esas quemaduras? ¿Esas heridas que los guardias habían visto sobre su dermis? De nuevo entreabrió la boca como un pececito desorientado. Tomó su brazo y lo examinó con esmero, aguzando la mirada, colocándose bien las gafas sobre el tabique. Susan frunció el ceño, preocupada al no comprender qué era lo que estaba haciendo, qué era lo que estaba buscando con tanto afán. Forcejeó para que la soltara pero estando atada poco podía hacer.

—Me está haciendo daño —protestó para que éste la soltara, aunque realmente no estuviese haciéndole daño necesitaba una excusa para sacárselo de encima lo antes posible. Él se apartó rápidamente no porque ella se lo pidiera sino porque se había cansado de buscar. Ahora estaba furioso porque en menos de una hora aquella mujer lo había desordenado todo a su alrededor. Casi se abalanzó sobre ella, agarrándole las mejillas con fuerza, hundiendo en ellas sus dedos.

—No sé a qué está jugando pero conmigo no funcionarán sus dichosas artimañas.

— ¿¡Du qu mu estú hublundu!? —balbuceó ella, poco más podía hacer con aquellas manos apretándole la boca.

—No se haga la tonta conmigo. La he visto fuera de la cama, detrás de mí —la soltó.

— ¡Estoy atada de pies y manos! ¡¿Cómo iba a poder moverme?!

—No sé cómo lo ha hecho, pero créame —la señaló amenazante—. Lo descubriré.

— ¿De qué está hablando? —preguntó ella con los ojos aguzados, sin comprender nada. O al menos fingiendo que no lo hacía.

— ¡De que la he visto ahí mismo hace un momento! ¡Estaba frente a la puerta, a mis espaldas! ¡Y de pronto aparece de nuevo en la cama! No me volverá loco, se lo aseguro —la apuntó con su dedo índice, moviéndolo varias veces advirtiéndola.

— ¡Míreme! —estiró hacia arriba los brazos hasta lo que las correas le dejaron produciendo un sonido metálico. Los estiró varias veces para que él mismo comprobase que por mucha fuerza que hiciera era imposible soltarse—. ¿Cómo insinúa que me he levantado y he llegado hasta allí? ¿Y después he vuelto aquí y me he atado yo misma? —protestó con un bufido.

El Dr. Arden pronto volvió a caer en sus redes, con el ceño ya fruncido esta vez preocupado por todo lo que estaba empezando a ¿ver? ¿Soñar? Se ajustó la pajarita y tragó saliva.

—Mañana pasaré a recogerla a las 7 —dijo para seguidamente darse la vuelta y cerrar la puerta a sus espaldas. Fuera esperaban los celadores que lo miraron expectantes, esperando una respuesta—. Ponedle ya unas malditas bragas.

Las horas pasaban despacio en el interior de aquella celda. Sin luz, sin un solo ruido, sin nadie que entrara o saliera, sin nadie que fuese a hacerle una visita aunque únicamente fuera para hacerle unas preguntas. No es que o estuviese acostumbrada a la soledad, pero aquel silencio la acabaría desquiciando. Por suerte o por desearlo con todas sus fuerzas la puerta se abrió repentinamente y un celador entró con una bandeja que dejó sobre la cama, justo en los muslos de la chica. No parecía tener intenciones de dárselo él mismo así que tuvo que intervenir.

— ¿A dónde vas? —preguntó ella con un tono sinuoso cual víbora. El celador se detuvo en seco de espaldas a ella como cautivo de aquella voz.

— ¿Crees que voy a darte de comer? Me han contado lo que vieron, y si es cierto lo que dicen no es necesario que nadie te alimente.

—Y si es cierto eso, ¿por qué traes una bandeja hasta mi dormitorio?

— ¿Dormitorio? —se giró—. Esto no es un dormitorio. Es una celda. Además dudo mucho que duermas.

—Oh… Así que todos os habéis montado vuestra película en vuestras cabezas… Ya veo. ¿Y qué criatura se supone que habéis deducido que soy para confirmar que no tengo que alimentarme? —preguntó ella alzando la ceja, casi divertida.

—Buenas noches —dijo él a modo de despedida.

—Oh… Es de noche. Vaya. Qué lástima, no lo sabía. Disculpad mi osadía, alteza… Pero es que en esta celda no dispongo de ventanas que me guíen —a medida que su discurso iba avanzando, el celador ya se había acercado hasta la puerta y parecía estar dispuesto a abrirla para marcharse, pero de pronto se detuvo de una forma antinatural, algo extraña a decir verdad. Su brazo tembló y como en contra de su propia voluntad bajó finalmente hasta su cadera—. Dígale a la hermana Mary Eunice que la criatura quiere verla...

Y como si de un hechizo se tratase, el celador buscó por todo el centro a la hermana, sin hablar durante el trayecto, sin entretenerse, sin siquiera pararse a devolver los saludos de sus compañeros, tan solo fijo en su objetivo.

—Estese quieto, Sr. Gleer, sabe que no puede hacer eso aquí dentro —dijo la voz de Mary Eunice, regañando a uno de los pacientes que se estaba colgando de una de las verjas de las ventanas de la sala común—. Vamos, le ayudaré a bajar —pero lo único que recibió por parte de él fue un esputo en toda la cara. Mary Eunice gritó horrorizada porque el hedor de la boca del Sr. Gleer no tardó en bailar hasta su nariz ofreciéndole una angustiosa náusea que revolvió su estómago en menos de un segundo. Se limpió como pudo con la manga del hábito y bufó exasperada. No era la primera vez que no lograba llevar el control y hacer que cumpliesen sus órdenes.

—Hermana —dijo una voz masculina a sus espaldas. Ésta se giró rápidamente cambiando velozmente el gesto de su rostro.

— ¿Sí? —preguntó ella con las cejas alzadas y un tono agudo, como si acabasen de pillarla con las manos en la masa.

—La mujer de la celda 15… Quiere verla.

— ¿A mí? —preguntó ya preocupándose al darle forma a lo que había oído en su mente. Frunció el entrecejo y apretó los labios. El celador no contestó, parecía estar en un mundo paralelo, ajeno a todo—. Bueno, tenía que quedarme en la sala común —la señaló doblando hacia atrás el pulgar pero no tardó en bajarlo, parpadeando deprisa. Apretó los labios y sonrió levemente con los labios fruncidos. Caminó hacia delante dejando atrás al celador y se dirijo hacia la celda. Se quedó un par de minutos delante con la mano alzada y el puño cerrado, recapacitando en si hacerlo o no. Finalmente tocó sobre la tosca madera y se adentró antes de que nadie le diera permiso. Allí estaba ella, tumbada sobre la cama, ¿dónde sino?

—Hola, hermana —dijo ella con el mismo tono lascivo de las anteriores ocasiones, con una sonrisa ladeada en el rostro y aquella melena oscura cayéndole sobre los hombros—. Gracias por haber venido. Acérquese.

Mary Eunice hizo lo que le pidió sin atreverse a abrir la boca, sin embargo aún se esforzó por mantener su sonrisa. Entrelazaba sus manos sobre su regazo, a un lado de la cama, mirándola deseosa de conocer el motivo por el cual la quería allí.

—Como ve el celador que la ha ido a buscar ha depositado la bandeja de la comida sobre mi regazo ignorando la imposibilidad de poder moverme. He dado por hecho que usted es aquí la única persona bondadosa-

—Oh, no diga eso, señorita —se ruborizó—. Todos son igual de bondadosos que yo —negó, restándole importancia a sus palabras.

—Deje la modestia a un lado conmigo, hermana… ¿Usted hubiese dejado esa bandeja ahí sabiendo que estoy atada de pies y manos? —frunció los labios cual cachorro abandonado para darle pena.

—No, claro que no… Se le habrá pasado —comentó inocentemente.

—El caso —alzó la voz, llamándole la atención haciendo que los ojos de la monja se abrieran rápidamente con intensidad y un brillo atento—, como habrá podido comprobar, no puedo alimentarme-

—Yo se lo daré —la interrumpió de nuevo—. No se preocupe —sonrió amablemente, acercándose ya a la bandeja, destapándola y haciendo que la tapa de esta gotease por toda la cama a causa del vapor acumulado por la comida caliente—. De hecho debe usted estar agradecida, las bandejas se han vuelto a incluir en las comidas para los pacientes aislados. Antes lo máximo que vería sobre su cama sería un plato. Y tiene buena pinta —se lo mostró con alegría.

—No me ha dejado acabar… —le respondió seria, paciente. Mary Eunice borró su sonrisa del rostro y procedió a dejar la tapa boca arriba sobre la sábana, escuchándola con el ceño fruncido, atenta—. No puedo comer este tipo de comida-

—Oh, no debe preocuparse, hay varios tipo de comida, puedo traerle algo de verdura —la interrumpió.

—Si no es mucho pedir me gustaría que dejase que terminase las frases.

—Oh lo lamento mucho… Pensé que ya había acabado —su tono se tornó preocupado, ansioso y nervioso, como si acabase de cometer el error más grande de su vida, como si de algún modo lo hubiera estropeado todo.

—Sh… Limítese a escuchar.

Mary Eunice asintió removiendo su flequillo bajo el velo.

—Es un tipo de trastorno reciente. Aún no se ha llegado a investigar —aún ni si quiera le había explicado la mitad de la historia y la monja ya había arrugado la frente y el ceño con tristeza—. Necesito alimentarme de carne.

—Aquí tenemos carne, señorita, no tiene de qué preocuparse. Yo misma se la traeré —se dispuso a levantarse.

—Viva.

Mary Eunice se quedó paralizada, como si todos sus músculos se hubieran endurecido a causa de aquella palabra. Supo perfectamente lo que había dicho y en seguida lo entendió. Se le había olvidado el ser que era o el que decían que era, pero ahora lo recordaba perfectamente y lo único que quería era huir de allí a pesar de que eso no fuese ético ni correcto.

— ¿V-viva? —balbuceó torpemente, girándose hacia ella esforzándose lo máximo que pudo para sonreír, cosa que en aquellos momentos era lo último que le apetecía.

—Animales particularmente.

— ¿P-p-particularmente? Señorita, debe de ser una broma… Aquí no tenemos animales, no podemos… Hay…, hay carne cruda en las neveras, puedo-

—Necesito que sea reciente. Las carnes crudas no poseen el alimento necesario.

—Ya le he dicho que aquí no hay animales, no sé cómo podría ayudarla yo en esto —esta vez, oliéndose que tal vez lo que realmente estaba insinuando era que ella misma se ofreciese como víctima se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia la puerta dispuesta a marcharse. En el intento de levantarse la tapa de la bandeja cayó al suelo y cómo no se dio la vuelta para recogerla y colocarla sobre la cama. Enseguida volvió a detenerse y volvió a por la tapa, colocándola sobre la bandeja y llevándosela consigo, nerviosa. Se dirijo a la puerta pero como era obvio, no tuvo forma de abrirla. Lo intentó manteniéndola en una mano pero con los nervios se le tambaleaba de un lado a otro amenazando con caerse. Susan desde la cama no pudo evitar sonreír divertida contemplando la escena. La bandeja acabó en el suelo entre bufidos y suspiros y la monja exasperada y temblando se dispuso a recogerlo todo, de rodillas en el suelo, murmurando avergonzada.

—Si estuviera dispuesta a desatar estas correas podría ofrecerle mi ayuda…

—N-no puedo desatarla, señorita. Está usted en aislamiento —murmuró preocupada, aun recogiendo los restos de comida del suelo.

—Qué lástima… Pensé que a usted le importaría la muerte de cualquier ser o criatura…

Mary Eunice se detuvo, girándose despacio, confusa ante las palabras de la mujer. ¿A qué se refería con eso?

—Por supuesto que me importaría… —respondió ofendida.

—Entonces ayúdeme —los ojos de Susan se abrieron más que en ningún otro momento, de una forma intensa. Parecía realmente enfadada, furiosa porque no se sentía lo suficientemente fuerte como para sugestionarla a pesar de que sabía que era un alma sencilla de perturbar. Mary Eunice tragó saliva y acabó bajando la mirada, desoldada.

—No puedo ayudarla.

— ¡Oh! ¡Vamos! ¿¡Me va a dejar morir aquí!? ¿¡Atada a esta cama!?

— ¡Por favor señorita, no grite!

— ¿¡Que no grite!? ¿¡Y qué se supone que debería hacer entonces!? ¿¡Qué es lo que usted quiere que haga!? ¿Que ría? ¿Que llore? ¿Que le suplique?

Mary Eunice se quedó en silencio.

—Está claro que lo que quiere es que muera en este maldito lugar putrefacto y oscuro vacío de luz —comentó con hastío y desagrado contemplando la celda—. Perfecto, hermana. No tenga piedad conmigo, nadie nunca la tuvo jamás, ¿por qué iba a ser usted la única que fuese a darle una oportunidad a esta criatura?

El don de la palabra, de la sugestión y de la persuasión eran sin duda muchos de los dones que mejor dominaba Susan. Podía hacerle creer a alguien todo lo que se le antojara tan solo con abrir la boca y susurrar las palabras correctas. En el caso de Mary Eunice por suerte era bastante más sencillo que con cualquier otra persona. Su alma era tan pura y ella tan inocente que podría haberlo hecho en un abrir y cerrar de ojos. Pero en aquel estado, sin alimentarse desde hacía semanas, era imposible esforzar sus habilidades como de costumbre solía hacerlo.

— ¿Qué debo hacer? —preguntó taciturna Mary Eunice.

Susan sonrió de medio lado agachando poco a poco la cabeza, mirándola con un narcisismo sobre humano.

—Desata las correas.