CAPÍTULO III
2 de noviembre de 2003
Harry había discutido con Robards hasta donde un auror de su graduación podía hacerlo con su superior sin ganarse una sanción. Había intentado exponer con la mayor claridad posible el porqué no era tan sólo una mala idea, sino incluso una insensatez, asignarle a él la protección de Snape. Entre otras cosas, porque aquel hombre huraño y agriado no quería dejarse proteger por nadie y estaba mostrándose muy poco colaborador con su departamento. La cosa empeoraría en cuanto le viera aparecer a él. Harry Potter era la última persona a la que el Director Snape querría ver pululando a su alrededor, cubriéndole las espaldas.
Robards se había mostrado inflexible. Le había recordando bastante ácidamente a Harry que era un auror, y que cualquier diferencia o animadversión personal con un civil que necesitara ayuda o protección estaba completamente fuera de lugar y debía dejárselas en casa. El Jefe de Aurores le había recordado su juramente de Servir y Proteger, y la obligación de acatar las órdenes de su superior sin cuestionarlas. Para mayor frustración de Harry, le había apartado del caso del Aliento de Dragón y le había ordenado exclusiva y completa dedicación al caso Snape. Contaría con el apoyo de un par de aurores que desde el Ministerio le facilitarían cuanto solicitara. Y que él ya podía ir haciendo el petate, porque iba a pasar una buena temporada en Hogwarts. Lo que el caso tardara en resolverse. Por lo tanto, si deseaba perder de vista al Director Snape bien pronto, ya sabía lo que tenía que hacer.
Describir el estado de ánimo de Harry Potter cuando llegó a Hogwarts aquella mañana como de un cabreo recalcitrante, ni siquiera se acercaba a cómo se sentía el joven auror cuando salió de la chimenea de la subdirectora de la institución. No compartió ni una milésima parte de la alegría que la ya anciana bruja manifestó al ver que finalmente el asignado a la protección del Director había sido él. Harry sospechaba que McGonagall tenía bastante culpa de que se encontrara allí en ese momento. Cuánto me alegro de que haya traído a Harry con usted, Robard! No hay nadie que conozca mejor cada rincón de este castillo que él. Y aunque Harry sentía un gran afecto por su ex Profesora, en aquel momento hubiera deseado poder maldecirla.
—Oh, Harry, no sabes cuánto me alegro de que finalmente hayas sido tú —exclamó ella al verle.
Mentirosa, ya sabía que sería yo.
A pesar de todo, Harry dejó caer el petate que llevaba en la mano y correspondió al abrazo de McGonagall.
—Siento no decir lo mismo —respondió, sin embargo, poco dispuesto a dejarle creer a la bruja que aquello iba a ser una fiesta—. Pero es mi trabajo.
—Robards habla muy bien de ti —aseguró ella, dándole unos cariñosos golpecitos en el brazo.
Cabrón.
—Después de sus rifirrafes con Severus durante estos dos días, le convencí de que si había alguien que no se dejaría amilanar por el carácter del Director, ese eras tú. Me tranquiliza que me haya hecho caso.
Traidora.
—No puedo decir que me haga muy feliz —manifestó Harry, tomando asiento siguiendo la indicación de McGonagall, mientras ella se sentaba tras su mesa de trabajo—. Sinceramente, hubiera preferido que fuera otro quien se encargara de este asunto.
Ella le miró con comprensión.
—Lo sé —afirmó—. Y siento haberte puesto en este compromiso, Harry. Pero…
La subdirectora retorció sus manos con cierta angustia. Miró a Harry como si fuera el único capaz de resolver los problemas del mundo. De hecho, ya lo había hecho una vez. No obstante, Harry dudaba de que fuera capaz de hacerlo una segunda, si tal infortunio llegara a presentarse de nuevo.
—Está bien —dijo el auror en un tono más conciliador—. Estoy aquí, así que lo mejor es que empiece con esto cuanto antes —sacó una pequeña libretita y un bolígrafo del bolsillo de su abrigo—. ¿Quién querría ver a Snape muerto? —sonrió con cierta malicia antes de especificar—: Actualmente.
Harry quería oír una versión objetiva. Lejos de la tergiversada que seguramente le daría Snape, si llegaba a darle alguna. McGonagall apretó un poco los labios y negó pesarosamente con la cabeza.
—No hay mucha gente que le aprecie, sinceramente —reconoció.
—¿Por qué no me sorprende?
Ella le dirigió una mirada de reproche y Harry decidió no hacer más comentarios mordaces.
—Empecemos por los de dentro —invitó el auror, refiriéndose al personal de Hogwarts—. Son los más cercanos a Snape.
—Me temo que, aparte de mí y tal vez de Hagrid, ninguno de los antiguos Profesores le ha aceptado con demasiado entusiasmo.
—Hagrid es una buena persona, incapaz de desearle mal a nadie. Y suele apreciar a todo tipo de criaturas oscuras…—Harry no pudo evitar volver a sonreír con malicia—. Tuvo una acromántula de mascota… y un dragón…
—¡Por amor a Merlín, Harry! —le reprendió la Profesora, a pesar de todo, reprimiendo también una sonrisa.
—Lo siento —se disculpó el auror, sin sentirlo en absoluto—. Continúe, por favor.
Ella meditó durante unos segundos.
—Bien, tampoco Firenze y Sybill suelen tener desencuentros con Severus. Firenze es un centauro muy pacífico. Y muy inteligente, debo añadir. Severus le respeta —afirmó—. En cuanto a Sybill, ella suele estar en su propio mundo, ya sabes…
Harry sonrió al recodar a la estrafalaria y un poco loca Profesora de Adivinación y a su molesta manía de pronosticar su muerte cada nuevo curso.
—Después tenemos a Leesa, Leesa Hayes, la Profesora de Estudios Muggles. No la conoces porque se incorporó al cuadro de profesores después de la guerra —McGonagall sonrió—. Es una joven muy dulce. Me temo que se siente algo amedrentada por Severus, pero no creo que tenga motivos para odiarle. Severus no suele ser desagradable con ella.
—Chica afortunada —musitó Harry para sí mismo.
—Tampoco conoces a Völund Koldstat, el Profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Se incorporó al mismo tiempo que Leesa.
—¿Qué hay de él? —preguntó Harry, levantando la mirada de su libreta.
McGonagall frunció un poco el ceño.
—Es bastante presuntuoso. Y no voy a ocultarte que me desagrada. Pero es bueno en su materia.
—¿Cómo de bueno?—preguntó Harry con curiosidad.
—El mejor que ha pasado por aquí en muchos años—reconoció la subdirectora a contrapecho.
—Así que el puesto ya no está maldito…
—Eso parece —suspiró la bruja.
—¿Qué tal se lleva con Snape?
McGonagall tuvo que meditar su respuesta.
—Koldstat siempre se muestra mucho más modesto cuando se dirige a Severus. Solo se ha enfrentado a él una vez, que yo recuerde. Koldstat pretendía dar a los de primero una clase sobre maldiciones, pero Severus no se lo permitió.
—Si no recuerdo mal, las maldiciones no se dan hasta cuarto —dijo Harry.
—Exacto. Pero parece ser que en Durmstrangs no es así. Koldstat enseñó allí durante cuatro años.
—¿Y cómo vino a parar aquí?
—Después de la guerra no teníamos Profesor de Defensa. Nos envió su curriculum y después de entrevistarlo, Severus le dio el trabajo.
Tendría que prestarle atención a ese tal Koldstat, pensó Harry. Más si era tan bueno como McGonagall decía.
—¿Algún otro nuevo Profesor?
La subdirectora negó con la cabeza.
—A Slughorn le conociste —Harry dejó escapar un pequeño bufido y la bruja sonrió—. Él y Severus mantienen una relación bastante diplomática frente a los demás. Pero ninguno de los dos se soporta —McGonagall suspiró y Harry ocultó su sonrisa manteniendo la cabeza baja, mirando su libreta—. Severus considera a Horace un profesor cómodo y permisivo. Y un pocionista mediocre. Y Horace se siente agredido porque Severus ha limitado las actividades de su… Club —Harry habría jurado que McGonagall había estado a punto de decir estúpido Club—, porque no quiere que se fomente el favoritismo entre los alumnos. Opinión que comparto, debo decir.
Harry recordó el altar de fotos del que Slughorn se sentía tan orgulloso, todas de ex alumnos influyentes y con éxito. Desconocía si él mismo estaría ahora en ese altar. De hecho, no creía tener nada que pudiera beneficiar a Slughorn en ningún sentido. Tal como le había recordado Robards cuando le había leído la cartilla, un auror no puede tener hostilidad hacia nadie, pero tampoco favoritismos.
—¿Siguen por aquí el Profesor Flitwick y la Profesora Sprout? —preguntó.
—Por supuesto —afirmó ella, como si lo contrario fuera una blasfemia.
Harry esperó a que continuara hablando.
—¿Y? —preguntó al ver que ella no seguía.
La subdirectora frunció de nuevo el ceño.
—Supongo que ellos forman el círculo más crítico. Pomona, Filius, Aurora… —McGonagall suspiró— La gente perdona, pero no olvida, Harry.
La anciana bruja abandonó por unos momentos su rígida postura y se dejó caer contra el respaldo de su sillón.
—Severus llevó su papel hasta sus últimas consecuencias —explicó—. Y me temo que es demasiado bueno humillando y despreciando cuando se lo propone. Esté actuando o no.
—¡Qué me va a contar a mí! —gruñó Harry—. Aunque me temo que ahora no la sigo…
McGonagall estrechó sus pequeños ojos de gato, endureciendo su mirada.
—Nos hizo la vida bastante difícil a todos durante el curso en el que los Carrow estuvieron aquí.
—Entiendo… —musitóel auror— Se refiere a que los Profesores no lo han olvidado.
—Hay cosas sobre las que es muy difícil pasar página —la subdirectora miró a su antiguo alumno con aire interrogante—. ¿Tú has podido olvidar, Harry?
Él negó con la cabeza.
—Hay recuerdos que son imposibles de borrar —respondió.
Sumidos cada uno en sus propias memorias, ambos se quedaron en silencio.
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Atrincherado en su despacho oficial de la torre, Severus masticaba su mal humor maldiciendo a la entrometida de Minerva. Nunca debió confiarle el contenido de las notas. Ni siquiera que las había recibido. La relativa tranquilidad de aquellos últimos años le había hecho bajar la guardia con respecto a una de sus premisas más sagradas: no confiar en nadie, por muy confiable que pareciera.
Solo por educación y por mantener una posición políticamente correcta con el Ministerio, Severus no había mandado a Robards a meterse en sus propios asuntos. A veces lamentaba carecer de la vena diplomática de Dumbledore, así como de su exquisito don manipulador. Estaba seguro de que su antecesor habría sido capaz de librarse de la presencia de ese auror que el Ministerio se había empeñado en asignarle para su protección, hasta que dieran con el autor o autora del casi efectivo envenenamiento. No obstante, Severus había sido muy claro tanto con Robards como con el Ministro Shacklebolt en cuanto a que, si no tenía más remedio que soportar que interfirieran en su vida de esa forma, esperaba que el auror en cuestión fuera un veterano con años de servicio a sus espaldas, que conociera bien su trabajo y respetara tanto su espacio personal como su trabajo. Lo cual, a su parecer, descartaba cualquier posibilidad de que se les ocurriera enviar a Potter.
Cuando llamaron a la puerta, Severus apretó la mandíbula y adoptó una postura erguida y desafiante. No pensaba ponerle las cosas fáciles a nadie.
—¡Adelante! —bramó.
El rostro feliz y sonriente de Minerva le dio la primera pista de que lo que estaba a punto de suceder no iba a gustarle. Inmediatamente detrás de ella entró Potter.
—El auror que envía el Ministerio ya está aquí, Severus —la sonrisa de ella se amplió todavía más— ¡Es Harry!
Las manos de Severus, entrelazadas y apoyadas sobre la mesa, se apretaron de tal forma que las puntas de los dedos quedaron completamente blancas. Potter avanzó hacia él sin que en su rostro pudiera detectarse ningún tipo de emoción.
—Buenos días, Director Snape —saludó en un tono impersonal—. El Ministerio me envía…
Para tocarme los cojones.
—… para que me ocupe de su protección. Llevaré la investigación de su caso.
—¿Usted? —cuestionó Severus.
—Sí, yo.
El hijo puta tuvo la desfachatez de sonreír. El Director de Hogwarts le dirigió a su antiguo alumno aquella mirada de desaparece de mi vista si no quieres que te destripe hasta los hígados, que desafortunadamente no pareció hacer ningún tipo de mella en el auror.
—Me disculpan un momento…
Harry y McGonagall se miraron, sin comprender. Severus se levantó bruscamente y rodeó su mesa para, a continuación, señalarles la puerta. Con los dientes apretados, volvió a insistir.
—Si son tan amables, sólo será un momento.
Potter y McGonagall abandonaron el despacho con cierto recelo, pero no discutieron. Severus se volvió con furia hacia la chimenea y, tomando el tarro que había en la repisa, lanzó una pequeña cantidad de polvos flú.
—¡Ministerio de Magia, Departamento de Aurores, Despacho del Jefe Robards! —tronó, quedándose casi sin aire al llegar al final de la frase.
Por el rato que tardó en recibir respuesta, Severus tuvo la impresión de que la red flú estaba re-direccionando su llamada. Entonces, el Director recordó que era domingo. Cuando el rostro de Robards apareció por fin entre las llamas tenía una expresión de manifiesto descontento.
—¿En qué puedo ayudarle, Director Snape?
Severus se dio unos segundos antes de responder, para no gritarle.
—¿Qué parte de mi más que razonable y justificada solicitud no entendió, Robards?
—Me temo que no le comprendo —respondió el Jefe de Aurores, al parecer de Severus, haciéndose claramente el despistado.
—¡Potter! —escupió Severus— ¡Me ha enviado a Potter!
—¿Y dónde está el problema, Director Snape?
¿Que dónde estaba el problema? Severus parpadeó durante unos instantes, incrédulo.
—Si no recuerdo mal, Potter ni siquiera llegó a sacarse los EXTASIS —respondió de forma burlesca.
Claro que se calló que ningún alumno de su curso lo había hecho. Tanto si habían permanecido en Hogwarts durante aquel problemático curso, como si habían luchado desde fuera como Potter y sus amigos, el Ministerio les había regalado el título. Habían considerado que tras luchar en la última batalla en Hogwarts, los alumnos habían demostrado sobradamente haber adquirido los conocimientos necesarios.
—Si no recuerdo mal, usted pidió un auror veterano y Potter lleva cinco años en el cuerpo —argumentó Robards con paciencia.
—Dije con años de servicio —apuntilló Severus.
—Que conociera bien su trabajo —continuó el Jefe de Aurores, sin hacerle el menor caso—. Y le aseguro que el auror Potter tiene uno de los mejores historiales de resolución de casos del departamento.
—¿Comparado con el de quién? —bufó Severus— Habría que ver primero el historial de los demás…
Ahora era Robards quien estaba intentando controlarse para no salir de la chimenea y darle en la boca al testarudo y desagradable Director.
—Y, ¡estoy seguro de que el auror Potter respetará rigurosamente tanto su espacio personal como su trabajo, Director Snape! —Robards respiró hondo y añadió en un tono más moderado— Si no fuera así, no dude en hacérmelo saber.
—¡No dude de que lo haré!
—Buenos días, Director Snape.
—¡Buenos días!
¡Menudo cretino! Severus se dirigió con pasos furiosos hacia la puerta y la abrió bruscamente.
—¡Entre, Potter! —al ver que la subdirectora iba a seguirle dijo—: Gracias Minerva. No te necesito por el momento.
Ella apretó los labios y se dio la vuelta, contrariada. Severus hizo un verdadero esfuerzo para no dar un portazo. Potter se había quedado de pie ante su mesa, por lo visto esperando que fuera él quien le invitara a sentarse. No llevaba el uniforme de auror que el Ministerio había instaurado después de la guerra, sino que vestía prendas muggles. Seguramente, considerando que si tenía que quedarse por allí, llamaría menos la atención. ¡Llamar menos la atención! bufó Severus de nuevo, esta vez en su fuero interno. Potter no pasaría desapercibido en el colegio ni que todos los alumnos fueran ciegos.
—Siéntese, Potter —ordenó, haciendo él lo mismo.
Antes de sentarse, Harry sacó de nuevo la pequeña libreta y el bolígrafo.
—¿Pretende entrevistarme? —se burló Snape.
—Tomar algunas notas —respondió Harry, sin inmutarse.
—Entonces tome buena nota de mis reglas—dijo el Director, volviendo a entrelazar las manos sobre la mesa y adoptando una postura autoritaria.
Por el contrario, Harry se recostó en su silla, tomando una actitud relajada.
—Primera y esencial: no quiero verle cerca de mí. No intente interferir en mi vida o en mi trabajo. Segunda: no quiero que bajo ninguna circunstancia se vea alterada la tranquilidad del colegio. Manténgase apartado del personal y sobretodo de los alumnos —Severus contempló con severidad la indolente postura de Potter—. No está tomando nota.
Harry se encogió de hombros.
—No se preocupe, tengo buena memoria.
—Entonces, ¿para qué necesita una libreta de notas? —preguntó Severus con sarcasmo.
—Por si se me olvida algo.
—Acaba de decir que tiene buena memoria.
Harry negó con la cabeza, una pequeña sonrisa asomando a sus labios de nuevo.
—No le va a funcionar. No ha logrado que Robards le librara de mí, ¿verdad? —dijo en tono resabido—. Tampoco lo conseguirá pretendiendo confundirme.
Severus sonrió maliciosamente para ocultar su molestia.
—¿Está seguro?
Harry igualó su sonrisa.
—He escuchado sus reglas —dijo—. Ahora escuchará las mías, Director Snape.
—¿De veras?
Harry ignoró el comentario, así como su tono irónico.
—Primera: voy a convertirme en su sombra durante los próximos días o semanas. Hasta que esto se resuelva. Segunda: me informará de sus planes, compromisos, así como de los lugares a los que tenga previsto ir, si ello es estrictamente necesario. De lo contrario, lo cancelará.
—En sus sueños —masculló Severus.
—Tercera: no intente desaparecer y darme esquinazo, porque entonces me obligará a ponerle un hechizo localizador. Y créame que no deseo hacerlo porque es muy fastidioso.
Severus se rió.
—Como si fuera a permitírselo.
Harry arqueó ambas cejas, haciendo que sus gafas se deslizaran un poco sobre su nariz.
—Como si pudiera impedírmelo.
—Está muy pagado de sí mismo, ¿verdad? —se burló Severus
El auror le ignoró de nuevo.
—Seguirá mis instrucciones al pie de la letra, Director Snape. Porque hay gente empeñada en preservar su vida y yo he jurado Servir y Proteger. Aunque sea a usted —remarcó la última palabra con una ligera inflexión de voz—. Y no voy a permitir que sea la primera mancha en mi expediente. ¿He sido lo suficientemente claro?
Los ojos de Severus eran dos pozos negros de ira contenida. Potter era todavía más arrogante, descarado e insoportable que en sus mejores tiempos de novel celebridad. Matar señores oscuros debía ser una fuente inagotable de energía para alimentar el ego.
—No tengo ninguna intención de altera el normal funcionamiento de la escuela —siguió hablando Harry, en un tono profesional que daba a entender que no estaba dispuesto a salirse ni un milímetro del protocolo marcado en el manual para aquellos casos—. Ni mucho menos molestar a los alumnos. Pero voy a hablar con todo el personal docente —obvió que ya lo había hecho con McGonagall—, y con Filch, madame Pince y madame Pomfrey. También los elfos de las cocinas. Y tengo intención de revisar este despacho y sus habitaciones privadas.
Antes de que Snape pudiera protestar, Harry se levantó, se quitó el abrigo y sacó su varita de una funda que llevaba atada al hombro
—Y voy a empezar ahora mismo, si le parece.
Un inoportuno dolor de cabeza empezó a palpitar en las sienes de Severus. Uno que no era producto más que de la tensión y el enojo. Y, tal vez, secuela de un veneno muy potente que estuvo a punto de acabar con su vida. El Director cerró los ojos unos segundos y se dejó caer hacia atrás, sobre el respaldo del sillón. Al parecer, su opinión no le importaba demasiado a nadie.
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Harry había revisado el despacho del Director de Hogwarts de arriba abajo, sin encontrar nada sospechoso.
—¿Acaso me cree tan idiota como para no haberlo hecho yo mismo? —le había recriminado Snape ácidamente.
El auror no se había molestado en explicarle que había un montón de hechizos específicos que sólo utilizaban los aurores, quienes habían sido entrenados para ello y que un civil no tenía, mejor dicho, no debería conocer. Durante las dos horas que duró el minucioso reconocimiento, Harry pudo sentir sobre él la intensa y airada mirada de Snape, siguiéndole a cada paso. Apartándola solamente cuando se encontraba con la del auror.
Harry no podía por menos que sentirse orgulloso de sí mismo. Ya había esperado resistencia por parte de Snape. Pero no que lograría imponerse con tanta facilidad. Aunque la maniobra de hablar con Robards a sus espaldas había sido bastante mezquina. No es que le sorprendiera… El ex Profesor de Pociones siempre había tenido tendencia a infravalorar sus capacidades. Y Harry había disfrutado enormemente de la pétrea expresión de sorpresa que el huraño mago no había podido disimular, a pesar de su innegable empeño.
Antes de comer, Snape accedió a regañadientes a reunir al personal docente de Hogwarts, incluido el celador, en la Sala de Profesores. Presentó a Harry, innecesariamente claro está, y les informó de que el auror estaría por allí algunos días, investigando el incidente de la noche de Halloween. Les pidió que facilitaran a Harry sus horas libres para que pudiera hablar con cada uno de ellos en privado. La mayoría de Profesores dieron muestras de alegría al reencontrarse con su ex alumno, mostrándose satisfechos de que fuera él el designado para realizar la investigación. Hecho que molestó bastante al Director, a quien no le quedó más remedio que morderse convenientemente la lengua.
Leesa Hayes resultó ser tan dulce como McGonagall la había descrito a Harry. Y muy guapa. Ojos castaños y cálidos. Cabello color caramelo, ligeramente ondulado, que llevaba recogido en un moño. Cuando sonreía se formaban dos pequeños hoyuelos en sus mejillas que le daban un aire simpático y cercano. Tal vez debido a la asignatura que impartía, había decidido ir vestida a la manera muggle, puesto que llevaba pantalones debajo de su túnica de profesora. Fue una de las primeras en facilitarle su horario, obsequiando al auror con una de esas sonrisas, tímida pero adorable, mientras éste lo anotaba en su libreta. Harry sintió un agradable calorcillo en su estómago.
Völund Koldstat era noruego. Debía rondar los treinta y cinco años, alto, de complexión delgada pero firme. Sus movimientos eran precisos y elegantes, como los de un felino. De piel bronceada y pelo de un azabache intenso, que le llegaba casi a media espalda. Sus ojos eran almendrados, azules y profundos, enmarcados en un rostro de una belleza extrañamente salvaje. Incluso primitiva. Pero su sonrisa era innegablemente arrogante. El auror se dio cuenta inmediatamente que no tan solo no gozaba de las simpatías de McGonagall, si no que tampoco parecía contar con la de la mayoría de sus compañeros. El mago no se cortó ni un pelo al dedicarle a Harry una mirada evaluativa, como si estuviera midiendo sus posibilidades. Y su "estoy a su entera disposición, auror Potter", cuando le dictó su horario, Harry estaba seguro que sonó exactamente como Koldstat había pretendido que sonara. Sugerente. Harry casi sonrió al ver el fruncido ceño de la subdirectora. Para después darse cuenta de que el de Snape lo estaba todavía mucho más. Merlín, dame paciencia, pensó para sí mismo, antes de recibir un contundente abrazo de su antigua Profesora de Herbología. Empezaba a tener la impresión de que los Profesores celebraban su presencia como si hubiera ido a Hogwarts de visita para pasar un buen rato con ellos.
Cuando terminó, Harry le dio la posibilidad a Snape de comer en su despacho, si no quería que los alumnos le vieran sentado a su lado en la mesa de Profesores, en el Gran Comedor.
—Mi cara se estampó en un plato lleno de salsa, Potter —rechazó éste ácidamente—. No puedo permitirme esconderme en mi despacho.
Harry se encogió de hombros, deseando secretamente haber podido presenciar el gran momento.
Al límite de su paciencia, Snape soportó que el auror se sentara a su lado, ejecutara hechizos detectores en cada uno de sus platos y bebida, y fingió no ver la excitada agitación que la presencia de Harry Potter, comiendo en la mesa de Profesores, levantó en el alumnado. Sin embargo, lo peor llegó después de cenar, cuando Potter le siguió tranquilamente hasta sus aposentos en las mazmorras y vio el petate junto al sofá de la sala.
—¿Tiene intención de quedarse aquí? —preguntó ásperamente.
—Como ya le dije, seré su sombra —Harry le dirigió una mirada cercana a la disculpa. A pesar de todo, comprendía que a nadie le gustaba que invadieran su intimidad de esa forma— No se preocupe, no molestaré.
Harry sacó su varita y ejecutó algunos hechizos en la sala.
—Mis habitaciones son seguras —gruñó Snape.
—Tanto como el plato en su mesa —respondió el auror, apenas distrayéndose de lo que estaba haciendo.
Cuando terminó con la sala, preguntó:
—¿Puedo ver su dormitorio?
—No creo que sea necesario —se negó Snape.
Harry suspiró con paciencia.
—¿Ha visto alguna vez un colchón deglutidor?
Snape alzó una ceja, de forma que Harry entendió que no sabía de qué le estaba hablando.
—Créame, no le gustaría comprobar lo que es capaz de hacer.
—¿Deglutirme? —se mofó Snape.
Harry esbozó una sonrisa maliciosa.
—Lentamente, hasta que no quede de usted ni los huesos —explicó—. El proceso puede durar horas. Pero una vez ha empezado, ya no puede hacerse nada por la víctima más que darle una muerte rápida y piadosa.
El Director le lanzó al auror una mirada desdeñosa.
—Se lo está inventando, Potter.
—Puede —Harry mantuvo su sonrisa—. O puede que me pasara horas vomitando después de ver el resultado de esa maldición en el colchón de Gilbert Whimple. ¿Le recuerda? Trabajaba en el departamento de Encantamientos Experimentales…
Al auror le pareció que la cetrina tez de Snape palidecía un poco. Después el Director se volvió bruscamente y se dirigió a una puerta, a la derecha de la sala y la abrió.
—¡Intente no tocar mis cosas, Potter!
Harry se mordió los labios para no sonreír de nuevo. Sin una palabra más, entró en la habitación. Al contrario de lo que había esperado de los aposentos de Snape en general, el auror había constatado que no eran sombríos ni tétricos. El salón que acababa de dejar era una estancia agradable, confortable y cálida. Por lo tanto ya no le sorprendió que su dormitorio también lo fuera.
Había una chimenea, ésta mucho más pequeña que la de la sala. Harry pensó que tal vez se debiera a que las habitaciones de las mazmorras, por su situación, eran especialmente más frías que las del resto del castillo. La cama era grande y los doseles, ahí sí que Snape demostró su vena Slytherin, eran de un color verde musgo bastante oscuro. Al igual que en el salón, a pesar de la acumulación de libros en la mesa de trabajo del Director, el orden y la pulcritud eran las características más sobresalientes. No había ropa usada a la vista; ni zapatos. Había una banqueta frente a la cama sobre la que descansaba una manta adicional, perfectamente doblada. Sobre las mesillas de noche había poca cosa más que un quinqué. En una de ellas una jarra de agua y un vaso. El armario no era muy grande; tal vez el Director no tuviera demasiada ropa y enseres personales. A Harry, Snape siempre le había parecido una persona bastante parca. O tal vez los guardara en el baúl que estaba justo al lado. Aunque estaba perfectamente conservado, Harry dedujo que debía ser de sus tiempos de estudiante, porque se parecía bastante al que él mismo tenía en casa y recordaba que tenían el resto de estudiantes de su época. En la tapa llevaba las iniciales S.S.
El auror dio una vuelta sobre sí mismo, observando a su alrededor. No había tantas cosas que tocar… Lo más interesante parecía estar en la estantería que se alzaba en la pared junto a la puerta. Había bastantes libros, seguramente los más personales del Director; pero también estaba llena de cajitas o pequeños cofres y algunas fotografías. En realidad, sólo dos. Harry se acercó para poder mirarlas mejor. En una de ellas, aparecía un niño pálido y delgado, con esa ya enorme nariz perfilándose en su cara y unos grandesojos negros que más que vacíos, parecían atormentados. Su pelo era muy oscuro, y aunque no lo llevaba demasiado largo, ya caía sobre sus mejillas, enmarcando la expresión asustadiza que tenía pintada en el rostro. Vestía una camisa blanca y unos pantalones cortos marrones. Ambas prendas caían demasiado holgadas sobre el cuerpo infantil. La mujer que estaba a su lado, tomándole por los hombros, no era guapa. Su cara era larga y pálida y lo que más destacaba de ella tal vez fueran sus grandes cejas, que le daban un aspecto hosco y enfadado. También era muy delgada, y su piel, aparte de pálida, tenía ese tono cetrino que había heredado Snape. Así como la expresión amargada que también exhibía el rostro de la mujer.
La otra fotografía había sido tomada en Hogwarts. Harry reconoció el terreno que se extendía tras los jóvenes que aparecían en ella, que acababa en el lago. Un Snape adolescente, de unos quince o dieciséis años, posaba con su habitual expresión hosca junto a otros cinco chicos que, a pesar de su juventud, Harry pudo reconocer perfectamente: Evan Rosier (asesinado por los aurores en los 80), los hermanos Lestrange, Rudolph y Rastaban (ambos recibieron el beso del dementor al terminar la guerra), Regulus Black, el hermano de Sirius (fallecido en 1979, en la cueva que albergaba uno de los horcrux de Voldemort) y Avery (quien también recibió el beso del dementor al finalizar la guerra). Harry se preguntó por qué diablos Snape seguiría conservando esa fotografía…
Aunque sentía curiosidad, Harry no abrió ninguna de los cofres, limitándose a lanzar sobre ellos hechizos de reconocimiento. Muchos de ellos tenían hechizos personales de Snape para protegerlos, al igual que el baúl escolar. Harry se preguntó cuántos secretos seguiría guardando todavía Severus Snape, por azares de un destino caprichoso, convertido en Director de Hogwarts.
Continuará…
