BUENO, PUES ÉSTE ES EL CAPÍTULO 3/3. ESPERO DE VERDAD QUE HAYAN DISFRUTADO TANTO LEYENDO ESTE RELATO COMO YO DISFRUTÉ ESCRIBIÉNDOLO Y ESPERO TAMBIÉN SIGAN ACOMPAÑÁNDOME EN MIS PRÓXIMAS HISTORIAS. HAPPY CASTLE MONDAY!
CASTLE Y SUS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE A. MARLOWE Y ABC STUDIOS.
CAPÍTULO III
-Rick, te amo…
-Kate, te amo…
Más que frases son suspiros, exhalaciones, alientos robados a un momento perfecto en el que el amor y la pasión se fusionan en una amalgama única e indescriptible; y emergen al mismo tiempo las palabras, en perfecta sincronía y en perfecta sintonía…como siempre. Sus mentes están demasiado lejos, demasiado alto como para conseguir ordenarle a sus labios que pronuncien algo más. Han habido muchas primeras veces para ambos… tal vez más de las que quisieran. Pero esto… lo que están viviendo hoy, al fin, luego de años de espera y de las últimas veinticuatros horas de sube y baja emocional, está más allá de lo que las palabras pueden describir.
El cierre de una puerta rústica de madera tras de ellos fue la señal de arranque para una carrera que ha sido de resistencia y no de velocidad. Decenas, cientos de besos que nacieron como roces y en cuestión de segundos escalaron en intensidad hasta volverse fieros y decididos. Caricias que empezaron con las yemas de los dedos recorriendo gentilmente la piel del rostro y que tras instantes breves mutaron en marcas candentes sobre la piel desnuda, transformando la sangre que fluye por las venas en ríos de lava ardiente e incendiaria. La postura vertical duró tan solo lo que tardaron en avanzar –dando tumbos- de la entrada a la recámara principal, donde cayeron sobre la cama con poca gracia y mucha prisa. Sábanas recién puestas han sido testigos de un explosivo enredo de brazos, piernas, pieles cálidas y húmedas que ansían fundirse en una sola unidad. Frases de amor ininteligibles, envueltas en suspiros urgentes, han ido y venido entre una boca y otra a lo largo de un encuentro en el que la calma y el apremio encontraron el término medio de manera natural. Cada palmo de sus anatomías ha sido explorado, conquistado, marcado a fuego hasta llegar al momento sublime en que las cumbres se han alcanzado entre jadeos, gemidos, súplicas fervorosas, y la sincrónica pronunciación de sus nombres acompañados de una nueva declaración de amor que, como una plegaria, emerge desde lo más profundo de dos almas que se han vuelto una misma.
La íntima conexión se prolonga por lo que parece un tiempo sin final y sin medida. Ella lo siente llenarla por completo, lanzándola abismo abajo tan solo para atraparla y así alzar juntos el alucinante vuelo. Él se descarga en ella, potente, abundante, sumergido en un placer que no había disfrutado así…nunca; con nadie; sólo con ella y para ella. El significado de hacer el amor ha sido elevado a un nivel completamente nuevo, rebasando la mera y burda unión de los cuerpos, para trascender mucho más allá, hacia un intercambio de sentimientos forjados y templados a fuego lento que a la luz del tiempo se han vuelto sólidos, inquebrantables, indestructibles.
Las últimas embestidas de la pasión se hacen acompañar de más murmullos extáticos, asombrados, satisfechos. Y cuando vuelve la calma, cuando tras los párpados empiezan a remitir las luces brillantes y cegadoras que iluminaron el cielo de su dicha, los amantes permanecen abrazados, incapaces de romper ese lazo mágico e invisible que los mantiene unidos, incapaces de despegar ni un centímetro de piel sudorosa y humeante. Rick yace sobre Kate en estrecho acomodo, intentando dejar caer su peso sobre sus brazos y no sobre la frágil complexión de la mujer que tiene debajo y a la que sus extremidades enmarcan. Hunde su cara en el cuello femenino, reponiéndose aún de los estertores posteriores a su propio clímax. Le besa el cuello con labios que se entorpecen por el esfuerzo y la emoción. Mientras que ella se aferra a él como si se tratara de una tabla salvavidas. Sus brazos se enrollan alrededor del cuello ancho y firme; sus piernas entumecidas se niegan a desenroscarse de las caderas de hombre que acaba de proporcionarle el mayor de los placeres; sus ojos se abren despacio, desenfocados pero brillantes por el placer y el amor; sus labios finos se curvan en una sonrisa genuina, lánguida, saciada. Vuelve, una vez más, a buscar el oído de su compañero para murmurarle lo que, a estas alturas, ya no es ningún secreto.
-Me haces la mujer más feliz del mundo, Richard Castle…
-Eso, en este caso, no es ningún mérito, cariño –responde él en su cuello, su voz ahogada por la piel suave a la que sus labios recorren-; porque la felicidad es toda mía.
Se mueve apenas él para aligerarle el peso; pero ella se las ingenia para seguir sus movimientos y liberarlo sin deshacer el abrazo, para encontrar una posición más cómoda pero que le permita seguir anidada junto a él, disfrutando de su tibieza y su amparo contra el frío del ambiente. Son las dos de la tarde, el sol está ausente y una lluvia silenciosa y pertinaz azota el techo de dos aguas de la solitaria cabaña que se alza orgullosa sobre una de las tantas colinas tapizadas de verde que constituyen un paisaje majestuoso, rodeado de montañas infinitas, adornadas de coníferas silvestres, tan imponentes y eternas como el tiempo mismo.
-¿Tienes frío? –Le pregunta él con ternura, envolviéndolos a ambos en el grueso cobertor y depositando un beso en la frente tersa-. ¿Necesitas otra cobija?
-No –le responde en el mismo tono dulce e insinuante-. Si me mantienes abrazada, no necesito más. Y por cierto…gracias.
-¿Por qué?
-Por…todo. Por las últimas doce horas, por los últimos cuatro años, por tu perdón, por tu amor –le roba un beso y luego sigue-, por haber aceptado pasar este fin de semana en este lugar, a solas conmigo.
-Por nada de eso tienes que agradecerme, Kate. Especialmente no por amarte y mucho menos por haber venido a este lugar que tiene tanto significado para ti. Por eso último más bien soy yo el que tiene que agradecerte. Me cuesta creer que estamos aquí, solos los dos, así… Debe ser difícil para ti haber vuelto tan pronto.
-No es del todo fácil… Los recuerdos están aún muy recientes, pero con esta compañía y bajo estas circunstancias se ven las cosas desde otro ángulo –afirma Kate acurrucándose más contra él-. La verdad es que es que he descubierto que no hay mejor forma de quitarle a esta cabaña el estigma que le quedó luego de mi última estancia aquí que visitándolo contigo. Este viaje, aunque será muy corta la estancia, es como un exorcismo; como una catarsis que sólo con tu ayuda puedo enfrentar.
-Ves como soy yo a quien le corresponden los agradecimientos, Kate –le asegura mientras vuelve a cambiar de posición hasta quedar sobre su costado, con uno de sus brazos rodeándola y el otro acunándole la cara y acercándose de modo que no quede duda alguna sobre su propósito.
-Bueno, no estoy segura de eso, pero…ya que insistes, ¿qué te pareces si nos demostramos nuestra mutua gratitud…otra vez?
Los labios ávidos vuelven a fundirse en un beso que no es sino una promesa y un preámbulo; las palabras sobran y el silencio se llena con una nueva ola de murmullos, de suspiros, de gemidos y de la calma sorda que precede a la dulce tempestad.
-Kate, este lugar es impresionante. Es difícil describir tanta belleza.
-Sí... Lo es. Otra vez puedo apreciar su magnificencia…gracias a ti.
Los enamorados contemplan el soberbio paisaje desde el balancín del porche, guarecidos por un cobertizo desde el cual la vista es espectacular. Los altiplanos que rodean la construcción rústica están cubiertos de pasto fresco y remojado, de árboles frutales que no necesitan más cuidado que el que la madre naturaleza les prodiga en abundancia. Y, más allá del camino por el que llegaron, se alzan las cumbres tupidas de pinos vetustos que parecen besar un cielo gris, bordado de nubes densas que no han hecho sino descargarse copiosamente desde que los visitantes arribaron. Ni un ínfimo rayo de sol se filtra entre las capas oscuras que se cierne sobre kilómetros a la redonda. La niebla espesa desciende, escurridiza, sobre las monumentales cumbres, creando el efecto sublime de que la tierra y el cielo se alcanzan y se seducen. El frío es húmedo pero perfectamente tolerable bajo las gruesas ropas, la manta de lana y el calor compartido por dos organismos entre los cuales no hay ni una pulgada de distancia.
Con una taza de chocolate caliente en sus manos, Kate y Rick admiran el panorama señorial que en estos momentos es testigo y cómplice del inicio de lo que esperan sea definitivo. Él, que no conocía ese sitio más que por referencias, observa y aprecia con el asombro de un niño que explora alguna parte del mundo por vez primera; posa sus ojos ávidos sobre cada detalle de los exteriores o de los interiores, con reverencia, con respeto…no sólo por el portento de la naturaleza, sino porque ése es el santuario en el que Kate fue agarrándose a la vida nuevamente, después de haber estado a punto de perderla. Está atento, alerta a cada señal que de ella emana. Sabe, luego de las dolorosas reminiscencias de la noche anterior, que lo que ella pasó en ese sitio fue un infierno –como ella mismo lo nombró-; sabe que debe costarle trabajo a su musa estar ahí, reviviendo "su época más oscura". Y no hay nada en el mundo que Rick quisiera más, que poder evitarle hasta la más minúscula de las penas; envolverla en su amor y cubrirla con él para impedir que la hiera ni la sombra de un mal recuerdo. Pero no puede…de modo que no le queda más que mantenerse al pendiente de cualquier signo de estrés, tristeza o pánico, para brindarle tanta ayuda como le sea posible. Después de todo, como Kate misma lo ha dicho, este viaje se trata de una catarsis, y él está más que dispuesto a sufrirlo y gozarlo con ella, agradecido infinitamente por el honor que eso representa. Sí, ésta es una manera muy significativa de ver nacer su relación…es simbólica. Es como lavar los recuerdos dolorosos que ambos guardan de esa etapa amarga y reemplazarlos con memorias nuevas, frescas, placenteras. Viajar ahí durante el fin de semana ha sido, definitivamente, una de las mejores ideas de Kate. Aceptar acompañarla, ha sido una de las mejores decisiones de Rick y él lo admite sin reparos.
Sin embargo, y pese a los temores no dichos de cada uno, la verdad es que Kate ha estado más que bien. Se ve serena, dichosa, abierta y confiada como nunca antes. Ella misma se sorprende. Mientras bebe a sorbos pequeños su bebida hirviente, y con su mano libre traza patrones aleatorios sobre la de él, la detective reconoce para sí que fue osado de su parte extenderle esa invitación. Hubo momentos durante el trayecto hacia la cabaña de su padre, en los que pensaba si no hubiera sido mejor no tentar a sus demonios dormidos y haber pasado los dos primeros días de su incipiente relación aislados y encerrados, pero en la casa de alguno de los dos en Nueva York. Total, su departamento ofrece siempre privacidad y calma, y el loft, por hoy al menos, era también un remanso de soledad y paz, estando ausentes Martha y Alexis. Claro que a esas alturas, recorriendo el camino hacia el norte, ya era muy tarde para tales consideraciones, por lo que no pudo hacer más que calmarse y confiar en que, junto a Rick, todo iría bien. Tal como ha sucedido afortunadamente. Ahí y ahora, sentada junto a él, recreándose en la belleza que los rodea, una sonrisa franca se asoma a su rostro resplandeciente al recordar la noche anterior y los eventos que los llevaron a donde ahora están.
-Te amo, Rick…y necesito que me perdones.
Una oleada nueva de lágrimas frescas y calladas mojaba la piel del cuello de Rick, quien sólo apretaba el abrazo y repartía besos breves sobre el cabello sedoso y las mejillas húmedas. La emoción era tan intensa, que le costaba trabajo creer que de verdad estaba viviendo lo que hasta hacía poco no había sido sino un sueño muy acariciado. No podía concebir que esa criatura emotiva y frágil que lloraba aferrada a él y que le acababa de declarar su amor, fuera la misma dura detective a la que por años siguió sin esperanzas. Kate podía sentir su dificultad para dar crédito a la inaudita situación; sentía como su garganta trabajaba intentando tragarse el nudo que le impedía hablar. Lo sintió rendirse en el afán de encontrar su voz -ahogada por sentimientos muy hondos- y acercársele al oído para susúrrale con vehemencia:
-Shhh…por favor, nena, ya no llores. ¿Qué no entiendes que yo también te amo? Saber que tú me correspondes es lo único que importa, Kate. Lamento si mi primera declaración fue tan inoportuna que sólo dificultó el camino de tu recuperación…pero lo cierto es que lo que dije ese día sigo sintiéndolo con la misma magnitud…o incluso más.
Y entonces volvieron los sollozos, pero esta vez mezclados con risas histéricas de incredulidad y alivio; un abrazo que ni uno ni otro estaban dispuestos a romper por ningún motivo; uno, tres, diez besos más, que embalsamaron heridas y sellaron juramentos; el llanto que remitió por fin al calor de las caricias dulces y las palabras tiernas; las 5 de una madrugada silente que sigilosa e inexorablemente se desplazaba hacia un amanecer nuevo, promisorio, brillante; un hombre y una mujer exhaustos luego de haberse salvado -en más de un sentido- a lo largo de esa última jornada larga, extenuante y trascendental; la necesidad de un merecido y reparador descanso, y la indisposición absoluta por parte de ambos a separarse más allá de lo estrictamente indispensable. Lo que derivó en un trayecto breve y empalagoso hasta el loft; una rutina nocturna entorpecida por el cansancio y el embeleso; una conversación soñolienta y poco coherente entre almohadas mullidas y sábanas de seda…y así, de la nada, una abrupta invitación a las montañas para estar solos, lejos, juntos, con el fin de celebrar su recién nacida relación. Después de todo, los Hamtpons –que podían haber servido igual para tal propósito- no estaban disponibles. Luego vino la aceptación entusiasta de la propuesta inesperada y, finalmente, la admisión de que estaban ambos demasiado exánimes como para lograr algo más que dormir -una en brazos del otro- durante las escasas horas disponibles antes de emprender el viaje.
Y helos ahí ahora. Disfrutando el atardecer, la lluvia, el despliegue de una naturaleza que vibra de color y vida, y que resulta el marco perfecto para el estado de ánimo que comparten; están exultantes, eufóricos, confiados y dispuestos a recompensarse por todo el tiempo perdido. Los errores del pasado puestos atrás sin vacilaciones ni resentimientos y el corazón abierto a las posibilidades ilimitadas de un futuro en común.
-Kate…
-¿Mmm…? –Responde de inmediato al estímulo de la voz amada, abandonando su ensoñación.
-Dime que me necesitas…
-No sabes cuánto…
Esta vez la respuesta fue consciente, deliberada, contundente, acompañada de un gesto en el que se conjugaron el amor, el recuerdo y un beso intenso que conlleva en sí mismo una súplica y una ofrenda.
FIN
Gracias siempre por leer y comentar. Los comentarios son para el que escribe lo que son los aplausos para el que canta...alegran, motivan, inspiran. Nos leemos pronto. Un abrazo desde México.
Valeria.
