DISCLAIMER: Esta historia está basada en el universo creado por J.K. Rowling y los personajes pertenecen a ella.
RE-EDITADO 05/FEBRERO/2015
James despertó muy temprano al día siguiente, con el estómago recriminándole la falta de alimento. Sirius, a su lado, aun se encontraba sumido en un profundo sueño y, resistiéndose a la tentación de despertarlo salió por la puerta del dormitorio. La sala común, seguía justo como recordaba de sus años de Hogwarts, la noche anterior no pudo apreciarla bien gracias al torbellino de pensamientos confusos que tenía pero esa mañana sonrió, a pesar de todo, se sintió en casa, con los cómodos y mullidos sillones, el hogar otorgando un ambiente cálido, la ventana que le permitía observar los terrenos del castillo; alejó los pensamientos de nostalgia que empezaron a invadirlo y los reemplazo, sin darse cuenta de ello, por el recuerdo de que no se encontraba en 'su' Hogwarts, estaba en el futuro, en un Hogwarts que pertenecerá a su hijo, al cual no pudo ver crecer, al cual le faltaron sus padres, al cual seguramente pasó una mala infancia… La reciente depresión fue interrumpida por un oportuno gruñido sonoro de su estómago, por lo que decidió encaminarse rumbo a la cocina.
Ya en las cocinas, fue recibido por los elfos domésticos, que se encontraban preparando el desayuno pero no tuvieron problema en darle un plato con tostadas y zumo. Mientras comía, recordó la manera en la que Lily se fue a dormir y si bien, entendía su molestia con Sirius, no estaba totalmente seguro del porque estaba tan susceptible. Sabiamente, decidió no ahondar en el tema por ahora y, cuando Lily se calmara, le preguntaría y así evitaría terminar en la enfermería. Sí, su esposa era peligrosa cuando estaba molesta y prefería no ser su blanco de desahogo, de ser posible, que lo fuera Sirius; rió ante la imagen mental de su amigo corriendo por su vida por los terrenos de Hogwarts y una pelirroja con varita persiguiéndolo.
Salió de las cocinas y se puso a vagar por el castillo. Realmente no tenía nada que hacer con Sirius y Lily dormidos; trató de conseguir una escoba de la escuela pero estaban guardadas bajo llave y prefirió no enemistarse tan pronto con Filch, que justo en ese momento apareció al otro lado del corredor y le dirigió una sonrisa macabra instándolo a romper las reglas para poder castigarlo. James le devolvió la sonrisa de manera petulante, se dio la vuelta y se fue pavoneándose del celador en cada paso. Al girar de pasillo, James se preguntó del porqué no actuó de manera más 'adulta', después de todo era uno, al menos en esencia; al cabo de unos metros ignoró el pensamiento y continuó su camino silbando.
Sus pasos invariablemente lo llevaron a los fríos pasillos de las mazmorras, iluminados por pequeñas velas en las paredes mohosas, las cuales presenciaron varias de sus confesiones a Lily durante su época de estudiante. Distraído por el recuerdo nostálgico se estrelló con alguien y terminó en el suelo. Se encontró frente a un hombre alto, delgado, con la piel cetrina, ojos negros y vacíos, el pelo algo largo, negro y grasiento. Era inconfundible, a pesar de alguna que otra arruga desconocida para él, reconocería a ese hombre donde fuera.
—¡Quejicus! —exclamó no pudiendo reprimir el odio en su voz y poniéndose de pié, —entonces, ¿cómo te salvaste de Azkaban? —preguntó con algo de malicia en la voz. Dumbledore no les había dicho nada respecto a Snape ni el por qué no estaba encerrado.
—Así qué es cierto, James Potter… —dijo Snape, ignorando la pregunta de James y sin intentar ocultar un profundo odio que le profesaba. Se detuvo unos instantes para mirarlo con desprecio y asegurarse que captara el mensaje. A James le extrañó la falta de sorpresa en la cara de Snape. —Me sorprende que te atrevas a dirigirte de esa manera a un profesor, aunque nunca te han importado las reglas, ¿verdad? —Snape disfrutó decir cada palabra y se deleitó con la cara de sorpresa y horror de James.
—¿Tú, un profesor? Quisieras, Dumbledore podrá ser viejo pero no es tonto como para contratar a un mortifago —a pesar de decirlo con desprecio y sorna, no pudo quitar la cara de horror ni evitar que se le escapara una nota de duda en la voz.
—Piensa lo que quieras Potter, pero vete con cuidado, ya no somos niños… bueno, yo ya no soy un niño y solo te pido que me des una excusa para… —dejó en el aire el resto de la frase mientras se observaban fríamente.
—A pesar de que estás más viejo, sigues siendo el mismo cobarde imbécil Quejicus… —
Snape no replicó y lo observó aún más intensamente, si se pudiera matar con la mirada, James estaría muerto, de nuevo. Optó por soltar un simple gruñido y darse la vuelta, ignorándolo. James molesto con el hecho de que su provocación no surtiera el efecto deseado, intentó darle un golpe pero Snape con agilidad, dio una vuelta esquivándolo, lo que provocó que James perdiera el equilibro y cayera al suelo. Snape le apuntó con la varita.
— . .Potter, la próxima vez no me contendré… —amenazó Snape, se dio media vuelta y continuó su camino. James se sorprendió tanto por la agilidad de su rival, como su propia falta de la misma. Decidió culpar a Snape porque sí y pensó en contarle todo lo sucedido a Sirius. Si resultaba ser cierto de que ahora era profesor, estaba completamente seguro que trataría de hacerles la vida imposible y no podrían hacer nada por ser simples alumnos… Pero no eran Merodeadores por nada, buscarían la manera de vengarse y de paso tomar la 'delantera'. Obviamente esperaba que Lily no se enterara de sus planes ya que se pondría furiosa con ellos; Lily y Snape habían sido amigos por mucho tiempo, hasta que en quinto curso, Snape se atreviera a insultarla y pusiera fin a su amistad, fue un momento bastante feliz para James, el cual nunca comprendió esa amistad, pero sabía que Lily a pesar de todo, seguía teniéndole cariño a su viejo amigo.
Se levantó del suelo, se limpió el polvo y emprendió camino de regreso a la sala común, esperando que ya estuvieran despiertos. Al llegar a su destino, encontró a sus amigos ya cambiados sentados en el sofá, los saludó y recibió recriminaciones por parte de Sirius por no despertarlo. Les contó lo ocurrido con Snape, reservándose algunos detalles, y compartió una mirada significativa con Sirius, el cual, parecía que se encontraba de luto; Lily por su parte, mostró una mirada mezclada de felicidad y molestia. Continuaron charlando un poco de otros temas como Quidditch, materias (tema obligado por Lily) y evitando claramente hablar de la situación que los rodeaba o de Harry.
Al cabo de una media hora, llegó Minerva McGonagall, la cual, ya recompuesta de la impresión del día anterior, mostraba su usual mirada reprobadora. Los saludó y les comentó que tenía un recado por parte de Dumbledore.
—El profesor Dumbledore cree conveniente ir hoy al callejón Diagon con la Señorita Evans- —
—Potter profesora, es Lily Potter —corrigió con orgullo James provocando el sonrojo de Lily. McGonagall frunció el cejo y Sirius rodó los ojos.
—Señor Potter, en este momento tanto usted, como el Señor Black y la Señorita Evans, son niños, por lo que evitaremos mencionar el hecho de que estén casados —dijo de manera tajante. —Cómo iba diciendo antes de que me interrumpiera, el profesor Dumbledore cree conveniente que la Señorita Evans y yo, vayamos hoy al callejón Diagon. También lo mejor será cambiar sus apellidos, por favor, escojan uno discreto y a más tardar mañana nos lo informen —.
Los ojos de James brillaron ante la perspectiva de todo un día con Sirius en Hogwarts sin supervisión, como en los viejos tiempos, al mirar de soslayo a su casi-hermano, se dio cuenta que tenía los mismos pensamientos. Asintieron los chicos dándole a entender a la profesora que estaban de acuerdo, de todos modos no era un tema que pudieran discutir, pensó James.
—Perfecto, partiremos después del almuerzo vía Red Flu —y sin más, se retiró McGonagall sin dejar lugar a réplica.
—Nos tienen controlados… —dijo Sirius espontáneamente consiguiendo arrancar un par de sonrisas de sus amigos.
Lily se encontrada sumida en sus pensamientos, cosa muy común desde que llegara a este lugar. En unos días sería el cumpleaños de Harry y quería comprarle un regalo, quería abrazarlo, besarlo, decirle que todo estará bien y ella lo cuidará, pero no podía. Su situación le impedía acercarse a su hijo y la frustraba el no saber las condiciones en las que vivía su bebé, temía que su hermana no superara el odio que le tenía a ella y lo transmitiera a su hijo, de ser el caso, tendría algo más que palabras con su hermana y su marido (al cual James atinadamente lo comparó con una morsa cuando vio una foto de él años atrás). Si todo sale bien, vería a su hijo en unas semanas cuando viniera a Hogwarts, pensó Lily, y aunque le dolerá no poderlo abrazar como quisiera, sabía que el hoyo en su corazón comenzaría a sanar. Subió las escalinatas de piedra que dirigían a las habitaciones femeninas de la sala común para prepararse, ese día visitaría el callejón Diagon y se preguntaba que tanto podía haber cambiado. De lo que estaba segura era de que fue una experiencia maravillosa cuando lo conoció y esperaba que para Harry fuera igual de emocionante visitarlo.
Mientras Lily se arreglaba, James y Sirius empezaron a planear su próxima aventura en el castillo. Después de tantos años, los Merodeadores volvían a Hogwarts y querían hacerse notar, a pesar de que se encontraran en vacaciones. Su primera idea fue conseguir el mapa del Merodeador de los aposentos de Filch, después probablemente saldrían con las escobas, tal vez se adentrarían al bosque o irían a Hogsmade. Sea como fuere, el día auguraba ser maravilloso pero extrañamente ni James o Sirius estaban totalmente felices. Una parte de ellos los instaba a hacer todo lo planeado sin preocuparse por nada más, mientras la otra les recordaba todo lo que había sucedido y que no era momento de jugar.
—Entonces… ¿Cuál es el plan Cornamenta? —preguntó Sirius no soportando el incómodo silencio que se había instaurado.
—El mapa es nuestra prioridad Canuto, después vayamos a la casa de los gritos… —.
—No te pongas nostálgico Cornamenta y dime que estás pensando —.
—¿Eh? Nada… —.
—Sí… Claro… Ahora empieza a hablar que ya me dio hambre —Sirius hizo un mohín y se cruzó de brazos.
—Es solo que me gustaría ir con Lily, ya sabes, al callejón. Entiendo por qué es Lily la que irá y todo pero no puedo evitar molestarme. Realmente, ¿qué nos contó Albus? Sí, dijo que la guerra acabó y que Harry está bien pero- —.
—Sientes impotencia de no poder verlo y que Albus no entrara en detalles, ¿cierto? —James irremediablemente asintió. —Mira Cornamenta, no eres el único que se siente así, la pelirroja seguramente la está pasando bastante mal e incluso yo me siento frustrado pero no podemos dejar que ese sentimiento nos domine; nos vamos a encontrar con Harry en solo unas semanas y no quiero que su primera impresión sea de que somos unos malhumorados —.
—Lo sé… —.
—Si lo sabes entonces deja de comportarte como un anciano y sonríe ¡qué somos niños de nuevo! ¡Toda una vida por delante! Literalmente… —dijo Sirius con media sonrisa en su cara, James no pudo unírsele a la sonrisa de su amigo. Sí, las cosas pueden ser extrañas y difíciles, pero eso no significaba que no podría disfrutar de la vida que le fue otorgada.
En esos instantes Lily bajó la escalinata de piedra, lo que fue la señal para que el par de chicos desviara de manera obvia su conversación a temas del clima. Lily levantó una ceja pero decidió que lo mejor era no preguntar. Los tres chicos salieron rumbo al gran comedor para el almuerzo. Cada quién iba sumido en sus propios pensamientos y el que rondaba la cabeza de James era lo cerca que estaba el cumpleaños de su hijo, su cumpleaños número 11. Desde hacía años soñaba con regalarle a su primogénito la capa de invisibilidad cuando fuera a entrar a Hogwarts, como su padre había hecho con él. Lamentablemente no podría por dos razones: no tenía idea de donde estaba su capa y Harry pensaba que estaba muerto. Pensó que la capa podría haber terminado en su cámara de Gringotts y de ser así, dudaba poderla sacar, después de todo también ante los duendes estaba muerto. Una duda asaltó en ese momento su cabeza pero no pudo formularla a Lily… Se estrelló contra lo que parecía un muro de piedra.
Miró rápidamente hacia arriba para encontrarse con la cara de un semi-gigante con lágrimas escurriéndole por la cara. Tenía una gran barba que le cubría prácticamente toda la cara. Segundos después se vio atrapado en un sofocador abrazo junto con Sirius y Lily.
—No me lo podría creer, ¡está vivos! ¡Gracias a Merlín! —dijo el semi-gigante entre lloriqueos.
—Calma Hagrid que nos dejas sin espalda —dijo con dificultad Sirius y Hagrid rápidamente soltó el abrazo, lo que James agradeció internamente. Se limpió la cara con la manga de su gran abrigo y recobró un poco la compostura.
—Lo siento… Pero díganme, ¿cómo llegaron aquí? ¿Se van a quedar? ¿Por qué se ven de 11 años? Cielos, tienen que para por mi cabaña y tomar el té.- —.
—Hagrid amigo, respira un poco —rió Sirius —no te preocupes, no nos iremos pero de lo demás estamos tan perdidos como tú —.
—Te visitaremos pronto Hagrid —dijo conciliadoramente Lily, que le había tomado la mano al semi-gigante.
—Sí, no te preocupes, tendremos mucho tiempo libre —comentó James con una sonrisa, realmente apreciaba a Hagrid y lo consideraba un gran amigo.
—¡Oh es tan maravilloso! No saben la que pasé cuando me enteré, el lugar estaba destrozado y Harry… ¡Por Merlín, Harry! —abrió los ojos como platos el semi-gigante que parecía haber recordado algo importante, se disculpó y salió a toda prisa de ahí dejando pasmados a los chicos.
Los tres chicos se quedaron preocupados por la mención del pequeño Harry pero no había forma de saber lo que ocurría mientras se quedaran en el pasillo. Así que, con paso renovado volvieron en su camino hacia el gran comedor. Al llegar, se encontraron con que estaba prácticamente vacío el lugar; si bien, James sabía que eran vacaciones, esperaba un poco más de gente en la mesa de profesores, pero esta sólo estaba ocupada por 3 personas: Minerva McGonagall, Madame Hooch y una maestra de aspecto gentil que James no reconoció, de Albus Dumbledore no había ni rastro. Caminaron rumbo a la conocida mesa correspondiente a Gryffindor ante la atenta mirada de los tres profesores, lo que los puso incómodos, pero en cuanto empezaron a comer, olvidaron ese sentimiento.
El almuerzo, como es costumbre, fue un deleite para los recién llegados; realmente era su primer comida en un buen tiempo y sus estómagos se los agradecieron. James y Sirius se permitieron hacer una que otra broma que hicieron a Lily reír como niña pequeña e incluso, si James vio bien, arrancar una sonrisa de los profesores, que los miraban de soslayo, pero atentamente.
Poco después de terminar de comer, Minerva McGonagall se acercó a los chicos y, haciendo una seña con la cabeza, le indicó a Lily que era hora de partir. Se despidieron los tres con algo de tristeza y miedo, era la primera vez que se separaban realmente pero la profesora les aseguró que todo saldría bien. En cuanto partieron, James y Sirius hicieron lo propio y empezaron a vagar por el castillo.
—Venga Cornamenta, tenemos un castillo para nosotros, ¡ni siquiera Dumbledore está! —dijo Sirius como si fuera navidad.
—No hay que comer ansias Canuto, aunque no esté el director, aún quedan maestros en el castillo, algunos más desagradables que otros… —dijo James con aspecto sombrío.
—Ni me lo recuerdes, aún estoy en negación —Sirius captó al instante a quién se refería su amigo.
—Como sea, vamos a ver si el mapa está —James cambió de tema y el rumbo de su caminar, Sirius lo siguió.
—Eso si está… —Sirius añadió con una sonrisa, —¿recuerdas la apuesta que hicimos en nuestro último año? —.
—¿La de que terminarías embarazando a alguien antes de los 24…? —.
—¡¿Qué?! ¡No!, —exclamó Sirius algo sonrojado —me refiero a la del mapa —.
—Ah… La tontería esa por la que dejamos que nos quitaran el mapa, esa donde decías que teníamos que dejarlo para la siguiente generación y no sé qué tanto —dijo James con expresión cansada.
—Sí, esa misma. Yo creo que alguien lo encontró, reveló sus secretos y están reverenciándonos por nuestra inteligencia como bromistas. Puede que nos tengan un altar y todo… —la expresión soñadora de Sirius hizo reír a James, el cuál no se dio cuenta que también le habían brillado los ojos ante la posibilidad.
—De ser así entonces no lo encontraremos —.
—Y tendrás que pagarme 10 galeones —Sirius sonrió abiertamente.
—¡¿10 galeones?! Estás demente Canuto, que eran 5 nada más —.
—Pero eran por persona, te toca pagar lo de Lunático… —en ese instante se dieron cuenta de lo obvio, no habían preguntado por Remus todavía y James se reprendió. Desde que había llegado, tenía un desastre en su mente y un dolor de cabeza que no parecía querer ceder por completo, lo que lo hizo olvidarse de su otro mejor amigo en cuanto supieron que no había criado a Harry. Parecía que Sirius estaba en el mismo estado.
—Ya preguntaremos a Dumbledore que ha sido de Remus… —se le cortó un poco la voz a James al pensar por el infierno que debió de haber pasado su amigo, con ellos muertos durante 10 años y sin tener a tampoco a Harry. Ambos amigos siguieron su camino con el humor un poco más oscuro.
Lily aterrizó con elegancia fuera de la chimenea de la tienda de túnicas de Madam Malkin. Se había puesto un vestido sencillo y unas gafas de sol que escondían sus penetrantes ojos verde esmeralda. McGonagall había insistido en que usara algo discreto para evitar llamar la atención, al menos hasta que la poción para cambiar de apariencia estuviera terminada.
—Minerva, cuánto tiempo —saludó alegremente Madam Malkin, la dueña de la tienda.
—Ha pasado tiempo, un gusto verte de nuevo —contestó cortésmente la profesora.
—¿Y la agradable señorita es…? —Preguntó observando a Lily la cual se sintió un poco azorada por la nostalgia que le traía el callejón.
—Lily Evans… —La chica se dio cuenta de su error muy tarde. La profesora McGonagall la observo intensamente con un brillo de reproche en sus ojos, Lily se regañó mentalmente por dejarse dominar por la nostalgia y no prestar atención a lo que decía.
—Evans… ¿Hija de Muggles? —preguntó Madam con interrogativa sin presentar mayor interés.
—Sí… —contestó nerviosa Lily. Parecía que Madam Malkin no le había tomado importancia a su apellido por lo que se permitió soltar un pequeño e inaudible suspiro de alivio.
—Primer año imagino querida —le sonrió cálidamente.
—Sí… —Lily respondió evitando mirar a su profesora que parecía bastante tensa a su lado.
—¿Qué te parece si le tomas las medidas? Tenemos algo de prisa —intervino finalmente McGonagall de manera cortés pero tajante.
—¡Claro!, acérquese señorita Evans, en unos segundos le tendré tomadas las medidas. —Tomó una cinta que mágicamente empezó a recorrer el cuerpo de Lily tomándole todo tipo de medidas. Después de unos minutos la cinta regresó al bolsillo de Madam y se fue a la trastienda.
Lily se sentía intimidada por la mirada de la profesora. Bajó la guardia y reveló su apellido, aunque pudo haber sido peor, pensó Lily, después de todo pudo haberse revelado como una Potter; la mirada de la profesora la hizo evitar que mencionara una sola palabra. Normalmente no debería sentirse tan incómoda con la mirada de su profesora, pero por alguna razón no podía soportar ver la desaprobación en los ojos de McGonagall. Gracias a esto, Lily no pudo notar un claro nerviosismo en Minerva. En cuanto Madam volvió con la túnica de Lily, McGonagall le entregó un pequeño pergamino y les entregaron dos túnicas más, las de Sirius y James. Pagaron y salieron a paso veloz de la tienda. Hicieron algunas compras más aquí y allá en un callejón Diagon que se encontraba extrañamente vacío, en comparación a como está normalmente, esa sería la razón por la que Dumbledore quiso que fueran ese día, pensó Lily. Finalmente les quedaba una última tienda por visitar, Ollivander's.
La tienda era exactamente como Lily la recordaba, pequeña y vacía, exceptuando por las miles de cajitas cuidadosamente acomodadas en las paredes y en la parte de atrás del mostrador, el lugar era algo lúgubre. Tragó saliva, siempre había utilizado la misma varita que compró a los 11 años y la idea de cambiarla no le agradaba mucho.
—Buenas tardes —dijo una voz amable desde la oscuridad.
—¡Hola! —exclamó con sorpresa Lily, sorprendida por lo sigiloso que podía llegar a ser Ollivander.
—¿Primera vez? —el anciano tenía una mirada extrañada que contrastaba con la sonrisa misteriosa dibujada en su rostro. Lily asintió con la cabeza, sin encontrar su voz, de ser posible, Lily se había puesto aún más nerviosa y no estaba segura del porqué.
El anciano que tenía los ojos grandes y pálidos, sacó una cinta que empezó a medir a Lily del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza pero no le prestaba atención. Todo se encontraba en completo silencio, con McGonagall con una mirada inquisitoria y Lily con un nerviosismo que iba en aumento. Ollivander fue hasta el fondo de la tienda y pocos instantes después regresó con una caja polvorienta. La acercó al mostrador y la abrió, Lily tenía los ojos como platos.
—¿Cómo…? —Intentó decir pero las palabras se negaban a salir. Ollivander le estaba enseñando una varita que conocía a la perfección… Su varita.
—Muy curioso lo que la magia puede lograr, ¿no lo cree señorita Evans? —dijo con una media sonrisa. La profesora McGonagall finalmente cayó en cuenta de lo que sucedía y parecía a punto de hablar, pero el anciano continuó con su discurso, —verá, yo recuerdo cada una de las varitas que vendo y la mayoría regresan aquí cuando quedan inutilizadas o el mago fallece aunque claro, hay muchas familias que prefieren conservarlas. No se me puede engañar señorita Evans, no con las varitas. No se la razón del porque esté aquí pero me alegra que esté de vuelta, ¿alguna otra compra? —.
—Eh… Sí, la varita de James y Sirius —finalizó Lily aún abrumada por el fácil descubrimiento del anciano. De reojo miró a McGonagall que tenía una mirada molesta… Bastante molesta dedujo Lily por los labios apretados y pálidos de su profesora.
Ollivander le entregó las varitas a Lily y no aceptó dinero por ellas, alegando que ya habían sido pagadas hace años, durante su primera visita. Dio las gracias y salió rápidamente de la tienda para evitar escuchar lo que fuera que la profesora McGonagall tuviera que decirle al anciano. Después de un breve intercambio entre la profesora y el fabricante de varitas, McGonagall se le unió a Lily y partieron rumbo al Caldero Chorreante. El ambiente se mantuvo en silencio y tenso. Al llegar a la posada, la profesora apuró a Lily hacia la chimenea para evitar que cruzara palabra con alguien más. El viaje por chimenea fue normal, una de las peores sensaciones que se pueden sentir, según Lily. Al llegar la profesora se excusó y Lily aprovechó para salir a velocidad rumbo a la sala común, donde encontró a James y Sirius riendo, al verla llegar le dedicaron una gran sonrisa. Les contó lo sucedido y coincidieron en que tendrían que ser mucho más cuidadosos aunque ambos chicos agradecieron tener nuevamente sus viejas varitas con ellos. Pasado un rato, bajaron al gran comedor para la cena y Lily resopló un par de veces escuchando lo que hicieron durante el día James y Sirius. Esa noche, lo tres durmieron ideando planes para esconder mejor sus identidades, lo que ninguno imaginó, es que cualquier plan para evitar revelarse terminaría fallando tarde o temprano. Los Potter y Sirius Black habían regresado y eso podía ser tanto una bendición, como una maldición…
