Capítulo 3. La respuesta del rey.

Al día siguiente, Link estuvo prácticamente dedicado en exclusiva a Lord Aganhim. Le mostró la villa real de Kakariko, y los tratados y pactos hechos con las razas de los zoras, los gorons y las gerudos. También le mostró la gran escuela que planeaba construir, las maquetas de las ampliaciones de la ciudad con un nuevo hospital, una biblioteca mejor y muchas otras cosas. Mientras, los ciudadanos parecían satisfechos de ver a su joven rey manejarse con soltura y habilidad ante las imponentes figuras de los guardias reales de Gadia. Llegó el mediodía, y Lord Aganhim se retiró a descansar a sus habitaciones. Link parecía satisfecho. Debido a que durante todo el día había estado al aire libre, su rostro estaba sonrosado y se le veía feliz. Se unió al grupo de mujeres y hombres que trataban de adecentar el salón de audiencias para realizar allí el banquete. Kafei también se unió a ellos, con el ceño tan fruncido que a su lado Leclas parecía risueño.

- ¿Qué te ocurre? - le preguntó Zelda, mientras la ayudaba con unas guirnaldas.

- Bah, Maple y sus tonterías. Al final no viene al baile. – Kafei clavó con furia una chincheta para sostener la guirnalda. – Anoche se enfadó porque llegué tarde, y… bueno… Esta noche será mejor que me quede a dormir con Leclas.

Zelda sonrió.

- Desde que te conozco, siempre has estado con ella. Por llegar tarde una noche, no creo que se vaya a terminar… ¿no?

Kafei no respondió a esto. Emitió un gruñido y fue a por más adornos. Zelda sabía, por las cartas de Link, que el sabio de la sombra había estado a punto de casarse con Maple en dos ocasiones… y en las dos, había pospuesto la boda. Y en esas dos ocasiones, la causa había sido su trabajo como representante de los pueblos de Hyrule y las respectivas demandas. Link se sentía muy culpable por eso. Encima, el tío de Maple, dueño del rancho, había sufrido una apoplejía, y ahora era ella quién llevaba el pastoreo de las vacas y las gallinas. Era normal que reclamara de su prometido y futuro dueño del rancho un poco de atención.

Absorta en estos pensamientos, Zelda bajó por la frágil escalera de madera, si mirar bien por donde ponía los pies. Resbaló y a punto estuvo de caerse de culo, si no llega a ser porque Link corrió y la cogió en brazos.

- Guau, has mejorado los reflejos, alteza. – Zelda se incorporó. Link se mordía los labios mientras asentía: - pero no tu fuerza…

- Tranquila, estoy bien. – Link se sacudió los brazos. – Menos mal que andaba por aquí abajo… Si no, esta noche no habrías podido bailar.

- Entonces, en agradecimiento, bailaré contigo la primera pieza. – Zelda sonrió. – Eso si la fila de nobles doncellas me lo permiten.

Link se rió sin ganas. De todas las cosas que menos le apetecían era tener que bailar con las aspirantes al trono que vendrían, ya fuera porque él las había invitado o porque se habían invitado.

- Alteza.

La voz de Aganhim sobresaltó a los dos jóvenes. Link hizo una pequeña reverencia.

- ¿Ya ha descansado? Perdone, estaba… bueno… ayudando para el baile de esta noche. – Link se limpió las manos en la túnica azul y desgastada que se había puesto para esta tarea. "¿Por qué se disculpa? Como si estuviera haciendo algo malo…" pensó Zelda. Link, todo azorado, aguardaba a que Aganhim hiciera algún comentario.

- Deseo hablar con vos un momento, en su despacho. Si no está muy ocupado… Puedo esperar a esta noche. – el delegado hizo una reverencia. Link dijo enseguida que sí, que podían hablar en su despacho y tomarse algo con tranquilidad. Ofreció su brazo y los dos juntos salieron del salón de juicios.

Leclas se descolgó de una cuerda y apareció bocabajo al lado de Zelda.

- Ese tipo… me da mal rollo.

- Y a mi, Leclas, y a mi.


Ante dos vasos de té frío y al lado de la luminosa ventana abierta, Link trató de desechar los sentimientos de peligro y recelo que despertaban en él la presencia y la voz de Lord Aganhim. Había notado, nada más ponerle los dedos mustios encima del brazo, que aquel hombre tenía un inmenso poder mágico, mayor que el suyo y el de Saharasala.

- Alteza, debo felicitaros. El reino de Hyrule ha cambiado mucho. El temor de nuestro rey Rober XII era que usted siguiera los pasos de su madre, la Reina Estrella. Sin embargo, esos temores veo que están infundados.

- Mi madre actuaba por culpa de una conspiración. Yo entonces no pude impedirlo. Ahora, sin embargo, ha llegado la tranquilidad. – Link trató de sonreír. - He leído mucho sobre el reino de Gadia. Ustedes tienen unas fábricas de telas que abastecen a muchos reinos allende los mares. Tienen las mejores escuelas de magia, las mejores bibliotecas y están más avanzados en medicina. Sería interesante aprender de su administración.

- Es obvio que deseáis hacer un pacto con nuestro reino. Estoy aquí para ofrecerlo. – Agnhim inclinó un poco el rostro hacia el de Link. No se quitaba el velo, según él porque tenía la piel delicada a los rayos del sol. Sus ojos hundidos brillaron como un trozo de ónice. – Estos últimos años, mi señor ha escuchado hablar mucho de usted. El joven rey Link V Barnerak, sabio, amante de la música y los libros, tranquilo… - Aganhim miró a las luminografías. – También ha escuchado hablar de sus aventuras, algunas tan fantásticas que parecen inventadas por trovadores.

Los ojos profundos de Aganhim miraron las manos del rey: la marca del triforce que en vano trataba siempre de ocultar con mangas largas.

- Bueno, ya sabe como es el pueblo. – Link se sonrojó. – Pido muy poco, en realidad: solo acceder al conocimiento de vuestras escuelas y vuestra administración. Este reino se está recuperando de una guerra civil y de los tiempos de hambrunas y sequías…

- Hay algo que podéis ofrecer… El señor Rober XII me envió con solo una propuesta, y espero que acepte. Mi rey desea que os caséis con su única nieta.

Link, que servía en esos momentos una segunda taza de té frío para Aganhim, casi deja caer la jarra. Debía ya estar acostumbrado a que le vinieran padres ricos con los retratos de sus hijas, para ofrecerles su mano en matrimonio… pero el rey no se esperaba semejante propuesta dicha de los labios apenas vivos de Aganhim.

- Es un halago que Rober XII de Gadia me considere digno de casarme con su nieta.

- ¿Quién mejor que un rey? – Aganhim se puso en pie, al igual que Link. El mago se acercó vacilante y apoyó las manos en los hombros del joven rey. – El amor está muy bien para los chicos de edad… pero usted no es un chiquillo vulgar. Es un rey, el último representante de la sangre de la familia Barnerak que queda en el mundo. Si le pasara cualquier cosa, sería el fin de la casa real de Hyrule. El reino quedaría a merced de los nobles sin escrúpulos y de los orcos. Por el bien de todos, le ruego que medite la respuesta…

Link se apartó. Mientras Aganhim hablaba, todo a su alrededor había enmudecido, pero ahora, le llegaba desde el exterior el sonido de la orquesta afinando y las risas de los niños que jugaban en su jardín.

- ¿Qué ha querido decir?

- Nada, nada… Siento que haya sonado a una amenaza. Por supuesto, es usted libre para decidir… pero le ruego que reflexione bien. El miedo de mi señor es también el suyo: el rey de Gadia quiere asegurarse de que su nieta se casará con alguien de valía y que tendrán descendientes dignos. – Aganhim se acercó a la ventana y asomó su rostro hacia los rayos de sol de primavera. – Esto es tan pequeño, tan frágil… Un ejército podría tomar la ciudad en un par de días, sin apenas resistencia. Estaría bien contar con la ayuda de un aliado poderoso¿verdad?

Link asintió. Aganhim entonces se giró hacia él y comenzó a caminar hacia la salida.

- Me retiro. Quisiera estar descansado para el baile. Ya me daréis la respuesta esta noche.

Link asintió. Sin decir nada, vio como Aganhim salía del despacho y cerraba la puerta tras de sí. El rey se tomó de un trago el té helado que había servido y luego, aferrando la flauta plateada, se sentó en un rincón sombrío del balcón.


- Estás muy serio.

Link jugueteaba con el colgante en forma de estrella. Miró a su acompañante y trató de sonreír.

- Estoy bien.

- Anda ya… Cada vez que te miro, estás más pálido. – Zelda caminaba a su lado. La guerrera se había puesto unos bombachos como los que solían emplear las gerudos, y una túnica naranja con bordados en dorado. Para desesperación del secretario, mostraba orgullosa su larga melena rizada y roja. Link había escogido una túnica roja, con un fajin de cuero, y unos pantalones negros.

- Necesitas montar más a caballo o hacer cualquier ejercicio… - le iba diciendo Zelda mientras recorrían el pasillo camino hacia el salón del baile. – Cuando nos estabas ayudando parecías muy contento, ahora… ¿No te habrá dicho algo ese Aganhim, verdad?

Link suspiró.

- Me ha dicho lo que diría cualquier adulto al verme gobernando: que soy un crío, y que mi país es débil…

- Tú sabes que eso no es cierto.

- Lo sé… sin embargo… - Link volvió a suspirar. – Por favor, no hablemos de cosas aburridas. Esta noche quiero divertirme, para variar.

A esta frase le siguió una expresión de honda melancolía y otro suspiro. Zelda, para animarle, le pidió que durante la velada tocara algo con la flauta. Nada más cruzar las puertas, vieron los adornos y las grandes mesas colocadas a disposición de los ciudadanos de Kakariko. Sentado en un puesto de honor, esperaba Aganhim. A su lado, Saharasala inclinaba la cabeza escuchando la voz del siervo del rey de Gadia. En otra parte de la mesa, también estaban Leclas (cuyo jubón amarillo hacía daño a la vista) hablando animadamente con el serio y callado Kafei Suterland. Link agradeció en silencio la presencia de esta representación de los sabios, al mismo tiempo que lamentó la ausencia de la solemne Laruto, el príncipe Link VIII y la bella y singular Nabooru. Los tres estaban inmersos en sus tareas: Laruto se había retirado a un refugio en el mar para medita junto a Jabu-Jabu; Link VIII se estaba preparando para obtener el trono de su padre, el gran rey Darmanian de los Gorons; y Nabooru… Bueno, según Saharasala, la joven estaba buscando como ampliar sus poderes místicos, y para ello se había ido en busca de una afamada bruja del desierto, conocida como la Saga del Fuego.

Los ciudadanos tomaron asiento, mientras el rey llegaba a la mesa acompañado de Zelda Esparaván. Los únicos que se pusieron de pie para recibir a Link fueron Aganhim y el capitán de su guardia. Este, tras observar el comportamiento de los demás, comentó en voz baja:

- ¿Nadie se pone en pie, nadie recibe al rey con educación?

- En mi reino, el rey no es más importante que el resto de los súbditos. – fue la contestación de Link, dicha con una sonrisa. – Si yo ordeno que sirvan, es porque se trata de mi hogar, y ustedes son mis invitados.

Aganhim asintió. La cena transcurrió entre risas, conversaciones y bailes. Tal y como Zelda le había prometido, bailaron los dos primero un vals rápido. Cuando regresaron, Leclas dejó su servilleta.

- Bueno, ahora me toca a mí. ¿No?

- ¿Yo¿Bailar contigo? – Zelda se apartó como si Leclas oliera mal. – Ni loca.

- ¿Dónde vas a encontrar a un hombre que quiera bailar con una mujer con pantalones? Además, así dejamos a Link descansar... Seguro que le duelen los pies por todos los pisotones que le has dado.

- Oye, gruñón... que yo sé bailar. Tengo más coordinación que la que tú puedas tener en años.

- Pues a demostrarlo. – Leclas le cogió de la mano y tiró de ella hacia la pista de baile.

Kafei seguía sentado en su sitio, al lado de Saharasala. Aunque se habían acercado un montón de chicas para pedirle un baile, él las había rechazado con amabilidad. Link, al verle tan triste, se inclinó hacia él.

- Vendrá.

- ¿Cómo estás tan seguro¿Es por tu poder?

Aganhim, supuestamente absorto en una charla con el jefe de su guarda, se inclinó un poco hacia ellos.

- No conozco mucho a Maple en persona, pero sé que te perdonará. – Link miró hacia la entrada. - ¿Ves? Ahí está.

En ese momento Maple apareció en la sala de baile. Kafei se puso en pie de inmediato y fue hasta ella. Al llegar a su altura, sin apenas cruzarse un par de palabras, Kafei cogió las manos de Maple y los dos juntos empezaron a bailar. Desde donde estaba el rey podía apreciar la sonrisa de felicidad de Kafei y el sonrojo de su prometida.

- Lord Aganhim, con respecto a la oferta del rey de Gadia, voy a darle mi respuesta ahora. – Link dejó de mirar a los danzantes y clavó su vista en el invitado. Se irguió en la silla, y la gema de la corona relució en la gran sala. – No acepto esas condiciones. Me siento halagado y muy honrado, pero yo deseo un matrimonio por amor, no por conveniencia. Deseo ser capaz de elegir con libertad y que, cuando ocurra, ser lo suficientemente maduro para comprenderlo.

- Quizá con el tiempo cambiéis de opinión. Lady Altea es muy hermosa, y una joven excelente. Pero comprendo vuestros deseos... Es admirable que los jóvenes sean tan idealistas y crean en esas cosas que aparecen en las poesías galantes y en las novelas. – la voz de Aganhim, aunque era un susurro, sonaba áspera y a rabia contenida. – Tiempo habrá para que ese idealismo desaparezca.

- Esperemos que no suceda: perderíamos a nuestro querido Link. – interrumpió Saharasala. – Alteza, yo debo retirarme. Los bailes son precisamente para los jóvenes.

Link insistió en que se quedara un par de horas más, pero el sabio de la luz se puso en pie y anunció que estaba cansado. El rey se ofreció para acompañarle hasta la entrada. Link apreció que el caminar de Saharasala era más vacilante, y también que se le veía en los últimos tiempos muy cansado y arrugado.

- ¿Has estado viajando mucho, verdad? – preguntó Link.

- Um... Debía hablar con algunas personas. Alteza¿habéis vuelto a tener esos sueños?

- Anoche otra vez, pero no me dio tanto miedo; porque luego tuve uno mejor. – Link sonrió al recodarlo. – Estaba subido en un gran barco, y veía el mar, y a mi lado estaban Zelda, Kafei y Leclas... Ultimamente leo novelas de piratas, y creo que han afectado a los sueños.

Saharasala le revolvió el cabello rubio.

- No pierda nunca la fe, joven rey. Todo se solucionará. Aunque lleguen tiempos oscuros, si tiene fe en el futuro, será como llevar un farol luminoso que alumbrará vuestros pasos.

- ¿Por qué dices eso¿Qué va a suceder?

En ese momento, una nube de plumas pardas cubrió el cuerpo de Saharasala y este, ya convertido en Kaepora Gaebora, se alzó en el aire. Antes de partir, dijo:

- Si necesitáis consejo, acudid al árbol Deku. – y alzó el vuelo definitivamente. Link permaneció en el sitio, sin comprender muy bien qué había sucedido y a qué podía referirse Saharasala con aquellas frases.