Aquí tenéis el tercer episodio. Publico una vez por semana, como os habréis dado cuenta y espero poder continuar así. Por ahora, no creo que tenga problema en actualizar semanalmente puesto que tengo ya los dos capítulos siguientes ya escritos. Éste iba a ser el final del fic, en caso de que no tuviera nada de aceptación, pero no va a ser ese el caso. Así a aquellos que os esté gustando, tranquilos, queda aún mucha historia por delante. He aquí el final del VOLUMEN 1 (que no del fanfic completo), como siempre aprecio vuestros reviews y críticas constructivas ¡Cuánto más largas, mejor!
A todos los que habéis dejado reviews, os lo agradezco, siempre me ilusiono cuando los recibo :)
LUZ NEGRA
3. Los borrachos y la muerte
No había ocurrido nada y eso la mantenía en una continúa paranoia. Temía encontrarse a un agente de la paz armado en cada esquina que doblaba, se sentía afortunada por no estar sentada junto a la ventana en clase y evitaba dar paseos. Era consciente de que sus precauciones eran innecesarias, si el Presidente Snow lo ordenaba, cualquier agente de la paz podría entrar por la fuerza en su casa y matarla mientras dormía. No le había contado a nadie su miedo. No quería preocupar a sus padres y tenía la sensación que si se lo decía a Peeta o a Katniss les entregaría una carga muy pesada.
- ¿Patatas o arroz?- Escuchó Madge en un murmullo lejano- ¡No creo que sea una decisión muy complicada!- exclamó la malhumorada cocinera de la cafetería.
Madge parpadeó, despertando de su ensimismamiento.
- Patatas- pidió.
Continuó en la fila del almuerzo, cogió pasta con tomate y manzana troceada para el postre. Pagó su comida a un precio desorbitado, pero del que ya estaba acostumbrada. En el comedor se hacían evidentes las divisiones entre la Veta y el pueblo por los alimentos que ocupaban la bandeja de cada alumno. En una ocasión Madge había comprado una gelatina de más para ofrecérsela a Katniss. Al día siguiente Katniss había hecho lo mismo. Madge se había sentido culpable porque sabía que la gelatina no era un alimento esencial y en cierto modo había obligado a Katniss a gastar dinero en ese ofrecimiento. Nunca más volvió a ofrecerle comida a Katniss, sabiendo que ella lo consideraba caridad. Sus silencios se habían vuelto más amables.
Se dirigió con su bandeja a la mesa vacía con la que solía sentarse con Katniss. En ese momento, sintió que alguien le tocaba el brazo, sin que ella se hubiera percatado de que nadie se acercaba. Madge se giró bruscamente, sintiendo cómo el estómago le daba un vuelco. En el movimiento, su bandeja se resbaló de sus manos y cayó al suelo con ruido hueco. Madge abrió los ojos aterrorizada y se encontró frente a ella a Katniss, que la miraba con la boca parcialmente abierta por la sorpresa.
Madge miró hacia el suelo y vio que la pasta con tomates y las patatas asadas habían caído sobre las botas de Katniss, manchando las que serían seguramente sus únicas botas de caza. Un ola de agobio azotó a Madge que se puso de rodillas apresuradamente y comenzó a barrer con sus propias manos la comida del suelo, apartándola de las botas de Katniss.
- ¿Te encuentras bien, Madge?- preguntó Katniss. La preocupación evidente en su voz.
Era como si la voz de Katniss llegara a ella con retardo. Continuó limpiando el suelo con frenesí, sin pararse a pensar, de modo que gran parte de la comida que apartaba de las botas de Katniss acababa apilada contra su vestido de flores amarillas. Katniss se apartó de ella, para intentar de esa forma que Madge parara su extraña tarea.
Madge alzó la cabeza- Lo siento muchísimo, Katniss- murmuró Madge.
Se levantó con torpeza. Podía escuchar los cuchicheos y las risas de los demás alumnos que se acercaban para ver cuál era el espectáculo. Katniss les lanzó una mirada fulminante, pero ésta no consiguió acallarlos. Madge miró hacia los lados, la gente se estaba agrupando unos juntos a otros, de modo que era complicado ver a través de ellos. Madge se levantó del suelo y el público rió con más fuerza. Su vestido estaba manchado de tomate, trozos de patata y los restos de comida que aún reposaban junto a sus pies.
Madge comenzó a correr, salió del comedor y continuó corriendo, sin saber a dónde se dirigía.
Peeta la encontró en el jardín trasero del colegio, con el vestido manchado y la mirada perdida. En su cara había rastros de lágrimas, aunque éstas ya se habían secado. Peeta había entrado en el comedor y había escuchado los comentarios sobre el divertido espectáculo que Madge Undersee había dado en el comedor. Se sentó junto a ella sin decir palabra pero ella dio un pequeño respingo a su lado, como si su presencia fuera completamente inesperada. Madge siempre le miraba asombrada cuando se comportaba como un amigo debía comportarse. Resultaba doloroso lo evidente que era su soledad. Peeta se arrepintió de no haberse acercado a ella hacía años, pero entonces lo había considerado una rebeldía contra su madre que siempre le empujaba para que se relacionara con los chicos más prestigiosos del distrito.
- ¿Qué ha ocurrido?- preguntó Peeta.
- Creo que van a matarme- murmuró Madge, encogiéndose de hombros como si lo que acababa de confesar fuera algo que se escuchara todos los días.
Peeta la miró horrorizado, su boca parcialmente abierta. Madge sonrió levemente, con más tristeza que alegría. Cuando Peeta le preguntó, con voz débil, que se explicara; Madge le contó con detalles cómo los agentes de la paz había entrado en su casa a la fuerza y se habían llevado todas las pertenencias de Maysilee.
- Incluido el cuaderno- dijo Madge- El cual no estaba firmado. Han encontrado un cuaderno lleno de planes revolucionarios en mi habitación, Peeta. Sin firma. Pensarán que lo he escrito yo.
Peeta se había quedado sin palabras. Madge parecía extrañamente calmada y sólo su tenue voz revelaba su malestar. El joven asintió con la cabeza, como si este gesto le ayudara a comprender qué estaba ocurriendo. A pesar de que era consciente de lo rígidas que eran las normas que el Capitolio establecía para mantener el control, Peeta nunca se imaginó por un segundo que sus conversaciones sobre los juegos del hambre fueran a perjudicarlos. Parecían ideas inofensivas, sueños que no estaban construidos para hacerse realidad. Le impactó la firmeza de Madge frente a unas noticias tan desalentadoras.
- ¿Qué vas a hacer?
- No lo sé- murmuró Madge- esperar, imagino. ¿Qué voy a hacer? ¿Huir al bosque? No duraría ni dos días. No hablemos de eso, hablemos de otra cosa.
- Madge…
- Por favor- pidió Madge de forma suplicante- Ya me llevo el día entero acobardada, no quiero pensar en eso ni un minuto más- suplicó Madge.
A Peeta le hubiera gustado añadir que eso a lo que se refería no era un tema de conversación que pudieran dejar atrasado para otro día. Sin embargo, no se le ocurría ninguna solución o idea que pudiera salvar a Madge de su actual predicamento, así que finalmente asintió.
Madge meneó la cabeza, como si pretendiera expulsar de su cabeza sus pensamientos- Por cierto, sé que te gusta Katniss.
Peeta casi se atragantó con su propia saliva. Miró a Madge con los ojos bien abiertos., alarmado por el brusco cambio de conversación y especialmente por la mención de Katniss. Siempre había creído ser muy discreto respecto a sus sentimientos por Katniss Everdeen. No era complicado, considerando que nunca había intercambiado más de dos palabras con ella.
- ¿Qué?- preguntó Peeta, fingiendo no haberse enterado.
Madge sonrió- Me di cuenta hace unos días. Cuando me regalaste la galleta de piñones, te quedaste completamente mudo al verla. Además, siempre la miras durante las clases de historia.
Peeta entrecerró los ojos, como si fuera doloroso verse descubierto. Sabía que sería inútil negarlo. Madge Undersee era más observadora de lo que Peeta había creído. Seguramente era una parte positiva de su carácter reservado.
- ¿Tenemos que hablar de esto?- preguntó Peeta.
- Quería hablar de algo bonito para variar- musitó Madge, encogiéndose nuevamente de hombros. Era un gesto que hacía con mucha frecuencia. Todos sus movimientos y gesticulaciones parecían infantiles, por ello sus discursos revolucionarios y su tranquilidad frente a las adversidades resultaba sorprendente.
- Mi amor no correspondido por Katniss Everdeen no es bonito, créeme.
Madge se rió, tapándose la boca, como si así creyera que Peeta no sería capaz de ver su reacción. Peeta la miró con ojos tristes, deseó con todas sus fuerzas de Madge Undersee se salvara de las manos del Capitolio. Quizás ser la hija del alcalde le ayudara. No podía soportar la idea de que aquella risa infantil desapareciera pero vivían en un mundo en el que todo lo puro se marchitaba.
El gruñido de Haymitch resonó al otro lado de la puerta. Madge giró sobre sus talones, creyendo que una vez más Haymitch no abriría, pero el crujido de la puerta hizo que se detuviera.
- Entra antes de que me arrepienta- bramó Haymitch, echándose a un lado.
Madge asintió con algo de timidez y entró en la casa. Se sentó en el sofá sin esperar permiso. Últimamente sentía que el alma, dentro de su cuerpo, le pesaba demasiado. Esta vez no había traído nada de comida pero Haymitch no parecía haberse dado cuenta. Se sentó frente a ella, sujetando con su mano derecha un vaso de vodka.
- ¿Todavía estás bebiendo?- preguntó Madge, más entristecida que irritada. Le resultaba insoportable ver en lo que se había convertido el tributo que había acompañado a su tía en sus últimos días.
Haymitch se rió con una voz ronca- Hacía siglos que no escuchaba esa pregunta. Ahora todos lo dan por hecho. No tengo motivos suficientes para querer dejarlo, pequeña.
Madge se mordió el labio inferior. Se levantó, se dirigió a la cocina y volvió con una botella de vodka medio llena y un vaso de cristal idéntico al que estaba usando Haymitch en estos instantes.
Madge se sirvió en su copa y dijo- Pararé de beber cuando tú pares.
Ella jamás había bebido alcohol, así que estaba segura de que Haymitch estaría aún sobrio cuando ella no pudiera consumir más. Tenía la esperanza que si Haymitch la veía patética y desesperada, comprendería que ese era el mismo reflejo que él mostraba. Además, si iba a morir en cuestión de días, quería saber qué era estar borracha e incluso resacosa. Madge bebió un largo sorbo y no pudo evitar arrugar su rostro, asqueada por el fuerte sabor. Haymitch sonrió y alzó su copa para hacer un brindis.
- ¡Por Terry y Edna, cuya estupidez les llevó a la tumba!
Madge frunció las cejas y le miró con evidente desdén- Eso ha sido cruel.
- Fueron estúpidos- se limitó a contestar, chocando su vaso contra el de Madge a pesar de que ella no acercó su vaso. Haymitch ladeó su cabeza, deteniéndose a pensar durante unos segundos, luego volvió a alzar el vaso- ¡Por Madge Undersee cuyo vestido negro la convirtió en enemiga del gobierno!
- Me viste- dijo Madge con pesar- Y yo pensaba que había pasado desapercibida.
Haymitch no contestó, y con el vaso aún alzado, añadió- ¡Por Madge Undersee que guardaba un cuaderno traicionero en su armario!
Madge le miró con los ojos muy abiertos, asombrada de que Haymitch conociera la existencia de su cuaderno. Había dicho "guardaba", por lo tanto sabía también que los agentes de la paz le habían arrebatado el cuaderno.
- ¿Cómo lo sabes?
- Yo tengo oídos en cada esquina de este distrito.
Madge bebió un sorbo más. El alcohol cada vez le abrasaba menos la garganta. Antes de que pudiera darse cuenta, se había terminado la copa. Volvió a servirse de la botella. Haymitch la miraba con una ceja alzada y una expresión de admiración.
- Voy a morir- murmuró Madge, como si intentara acostumbrarse a esa posibilidad y que así doliera menos.
Haymitch borró su sonrisa y la miró con ojos serios- Yo también pensé así alguna vez y aquí me tienes.
Madge asintió y volvió a beber. Y otra vez y una vez más, hasta el punto en el que Haymitch aparecía desenfocado frente a ella. En su boca se acumulaban las palabras pero éstas salían de ella a trompicones.
- Si muero, me gustaría que fuera el Presidente Snow personalmente. Eso me haría sentir importante.
- ¿Qué más da? Dolerá igual. Dependiendo de lo sangriento que sea el que te mate y en ese caso, no te recomiendo a nuestro presidente- Dijo nuestro con evidente desprecio.
- Imagino que será un agente de la paz, quizás con un disparo.
- Yo, cuando entré en los juegos, tenía el presentimiento de que acabaría con un hacha en las entrañas.
Madge se rió sin saber muy bien por qué. Quizás el hecho de que Haymitch sobreviviera a sus malos presentimientos le daba algo de esperanza. Madge se tumbó en el sofá, mirando al techo. Sostenía aún el vaso con su mano derecha y al intentar beber se derramó parte sobre su camisa. Se incorporó rápidamente y comenzó a toser. Había estado a punto de atragantarse.
- Deberías dejar de beber- dijo Haymitch mirándola con algo que parecía tristeza. Madge se preguntó si su parecido con Maysilee le perturbaba.
- No hasta que tú pares- dijo Madge, con determinación.
- Entonces espero que tengas buen hígado, querida- murmuró Haymitch antes de beber otro largo sorbo con desafío. Madge le imitó- Por cierto, creo que te gustará saber que seguramente aún te quede un año de vida.
- ¿Por qué iban a esperar un año?- Era relajante hablar con naturalidad de algo que, sin el alcohol en su sistema, le hacía balbucear como una niña pequeña.
Haymitch frunció las cejas- ¿Cuál es la mejor forma de matar a una adolescente sin levantar sospechas o tener que inventar accidentes?
Madge abrió los ojos como si acabara de ver la luz- Los juegos del hambre. Voy a ser una tributo…- Madge parpadeó un par de veces y bebió un trago más- Extrañamente, me parece una buena noticia.
Haymitch sonrió pero esta vez sus ojos no mostraron alegría alguna. Seguramente se acababa de dar cuenta de que si Madge iba a los juegos del hambre, eso significaba que él tendría que entrenar a Madge y verla morir como había hecho con Terry y Edna y tantos otros adolescentes. El problema era que no sabía si podría soportar perder a Maysilee una vez más. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Madge se levantó repentinamente y corrió en dirección al baño. Haymitch pudo reconocer los sonidos del vómito desde su sitio.
- Pensaba que el vómito iba a llegar mucho antes- murmuró para sí.
Dejó su vaso sobre la mesa con la intención de abandonarlo. Madge no estaba en condiciones de continuar bebiendo y los pocos días en los que había estado conociéndola, había podido ver que cuando algo se le metía en la cabeza, no había forma de que se echara atrás. Ella no podía permitirse beber más y, por tanto, él tampoco.
- Felicidades, preciosa, eres la primera persona que consigue que deje de beber… al menos por un rato.
Madge se levantó en un salto y una gruesa manta se resbaló al suelo. Madge parpadeó confusa y miró a su alrededor. Aún estaba en el salón, tumbada sobre el sofá, con la ropa apestando a alcohol, su boca seca y fatigada. Los ronquidos de Haymitch salían de su habitación, tan estruendosos que inundaban toda la casa.
Era la primera resaca de su vida y no pensaba tener otra. Se incorporó aún adormilada, por las ventanas se colaban los rayos del sol que calentaban las paredes. Parecía un día especialmente caluroso, tanto que el salón se había convertido en una sauna. En cuanto se levantó, una sacudida de pánico la abordó: Se había quedado dormida y no había vuelto a casa a dormir, sus padres estarían furiosos con ella. No le apetecía en absoluto discutir con su padre y aún menos explicar por qué últimamente había estado tan despistada. Sus padres no podían defenderla del Capitolio y, por tanto, era mejor que no sufrieran con la noción de que su única hija probablemente iría el año próximo a los juegos del hambre. Resultaba irónico al mismo tiempo que su mayor preocupación en ese momento eran los gritos de su padre y no cómo sus expectativas de vida habían disminuido considerablemente.
Madge buscó por la casa un papel y un bolígrafo para escribirle un mensaje a Haymitch e informarle de que se había marchado. Lo más parecido que encontró a un papel fue una servilleta. Garabateó encima su despedida y sus agradecimientos. Antes de abandonar la casa, se dirigió al cuarto de baños y se mojó la melena y la frente. Así podría enfrentarse al calor y a las réplicas de su padre con la cabeza despejada.
La trenza de Katniss se balanceaba delante de él, provocando un efecto casi hipnótico. Ella iba más deprisa que de costumbre y Gale la seguía de cerca, con las manos guardadas en los bolsillos.
- Quizás su madre haya empeorado- dijo repentinamente Kantiss.
- ¿Qué?- preguntó Gale, confuso, sin saber a qué se refería.
- Madge. Quizás por eso se comportó de forma tan extraña el viernes.
Gale puso los ojos en blanco- Madge Undersee no se preocupa por las mismas cosas que tú y yo, Katniss. La rabieta se debió, seguramente, a que su padre le había prohibido alguno de sus caprichos.
- No fue una rabieta- le corrigió Katniss, mirándole con severidad- Tú no estabas allí.
Gale se encogió de hombros- Como sea, estoy seguro de que su madre está bien.
Gale había tenido que criar a tres hermanos y ayudar a su madre desde sus trece años. Gustosamente era el último que se alimentaba en su casa si la comida escaseaba y era él quien se quedaba sin zapatos o una nueva chaqueta de invierno si el dinero sólo daba para comprar una. Nada le pertenecía completamente. Por ello, la amistad de Katniss Everdeen llegó como algo completamente novedoso. Esa chica reservada de pocos amigos que no confiaba en nadie había decidido que él sería, no sólo su mejor amigo, sino su único amigo. Era consciente de que resultaba patético sentirse irritado porque Katniss considerara ahora también a Madge Undersee como una amiga. Una estúpida rabieta de niña pequeña había conseguido que Madge dejara de ser la chica con la que Katniss se sentaba a almorzar para convertirse en una amiga.
Además no era una amistad que fuera a aventajar a la larga a Katniss. Pronto se daría cuenta de que les separaban dos mundos. Katniss no podría acudir a las mismas fiestas que Madge, ni a los mismos caros restaurantes y cuando algún imbécil rico comenzara a cortejar a Madge y la introdujera en su esfera de privilegios mucho mayores a los que se pueden experimentar en el distrito 12, entonces Katniss quedaría olvidada en el pasado. Gale tenía una teoría: Nunca te juntes con aquel que posea mejores zapatos que tú. Y Madge Undersee poseía unos espléndidos tacones. Además su carácter era completamente incomprensible y contradictorio. En un momento se ponía a llorar ante las barbaridades de los juegos del hambre y cinco minutos después, se mostraba maravillada por lo interesante que resultaban los juegos.
Que Katniss se preocupara por Madge Undersee no era una buena noticia en absoluto.
Cuando llegaron frente a la verja del jardín de la mansión, vieron al alcalde rodeando la casa. Evidentemente buscaba algo o a alguien. Cuando los vio, su cara se iluminó y se acercó con grandes zancadas a ellos.
- ¿Habéis visto a Madge?
Katniss frunció las cejas- ¿No está en casa?
- No- el alcalde negó con la cabeza. Estaba preocupado, de forma exagerada- No ha dormido en casa. Su cama no está deshecha.
Gale frunció las cejas. ¿Dónde habría pasado la noche Madge Undersee? Que él supiera, ella no tenía ningún amigo, familiar o novio que la acogiera en su casa.
- Estoy segura de que está bien. ¿Quiere que le ayudemos a buscarla? Quizás esté en casa de un amigo- ofreció Katniss.
Katniss nunca había sido muy observadora, así que Gale no se sorprendió cuando ella dio por supuesto que Madge Undersse tenía amigos, aunque fuera alguno. Lo que sí resultó chocante fue la respuesta del alcalde, que después de asentir con la cabeza, dijo:
- ¡Sí! Es posible. Últimamente pasa mucho tiempo con este chico… ¿cómo se llamaba?- el padre de Madge se rascó la cabeza, intentando recordar- Era rubio… y con hombros fuertes.
Esa descripción no resultaba de ayuda en absoluto. Todos los chicos del pueblo eran rubios. Por otro lado, hombros fuertes no era un atributo fácil de identificar. Katniss asintió y cuando se dio la vuelta, gesticuló con todo su rostro, quejándose en silencio de la expresión frustrada del rostro de Gale. Volvió camino abajo y Gale la siguió, dando un sonoro suspiro para que ella escuchara perfectamente la poca gracia que le hacía el cambio de planes. Perder una mañana del sábado buscando a Madge Undersee por todo el distrito no era lo que él consideraba tiempo bien aprovechado, ni siquiera diversión.
Pero había ocasiones en las que era mejor no decir que no a Katniss.
- Yo iré por el camino que dirige al pueblo y preguntaré allí. Tú puedes ir de vuelta por el camino que lleva a la aldea de los vencedores y a la Veta.
Gale se encogió de hombros como respuesta, aceptando su tarea. Sería rápida, era poco probable que Madge estuviera por la Veta. Se colocó el saco de fresas sobre el hombro y comenzó a caminar calle arriba. Si no la encontraba, simplemente se volvería a casa.
Gale no siguió el camino recto, sino que cruzó entre los altos árboles y los caminos secundarios, como si su verdadera intención fuera no encontrarla. Cuando regresó al ancho camino principal, vio una figura que se alejaba en dirección al pueblo y a la casa del alcalde. En un principio pensó que no era ella porque su cabello parecía más oscuro y menos voluminoso y andaba con lentitud, desviándose levemente hacia los lados. Fueron sus hombros rectos y la formas de sus piernas los que confirmaron su identidad. Gale se quedó quieto durante unos minutos, intentando deducir qué le apetecía hacer realmente. Madge se dirigía a su casa, por lo tanto, no era necesaria su colaboración para devolverla a su hogar. Fue su curiosidad la que le empujó en dirección a Madge Undersee.
Madge no sabía dónde terminaba el malestar de su resaca y comenzaba su desasosiego ante su último año de vida. Aún le quedaba la esperanza de que, pese a sus presentimientos, Effie Trinket no sacara la papeleta con su nombre en la cosecha. Su razón, si embargo, le advertía que no era posible que el Capitolio, con su obsesión por oprimirlos, pasara por alto aquel cuaderno que los desafiaba. No era justo que su madre, 22 años después de perder a su hermana gemela, perdiera a su hija bajo las mismas circunstancias. Madge decidió que aquel año haría todo lo que siempre había querido hacer y no se había atrevido.
Gale se había acercado a ella con los pasos sigilosos del cazador que era. Le impactó el olor a alcohol y las manchas sobre su falda y su camiseta que desconcordaba con la impoluta imagen que la caracterizaba. Gale anduvo a su lado durante unos segundos, estudiando su descuidado aspecto. Inclinó su rostro sobre ella, como si fuera necesario para comprobar que ella era realmente Madge Undersee. La joven se sobresaltó al ver repentinamente el rostro de Gale Hawthorne a tan poca distancia del suyo propio. Madge parpadeó confusa, con su mirada fija en los ojos grises que habían aparecido junto a ella, como por arte de magia. Su piel era aceitunada y sus oscuras cejas frondosas zozobraban sobre sus ojos. Mientras miraba aquellas esferas grises, a Madge se le ocurrió que nunca había sido besada y que ésta sería una de las cosas pendientes que le gustaría tachar de su lista. Pero aquel momento surrealista se fracturó cuando Gale frunció las cejas y dijo:
- Estás horrible.
Madge arrugó la nariz y dio un paso hacia atrás, alargando la distancia entre ambos. Lo miró como si fuera un fantasma que acababa de materializarse a su lado. Gale le agarró del brazo con su natural brusquedad y le instó a caminar más rápido.
- Tu padre te está esperando, princesa- dijo Gale, escupiendo su apodo- Katniss y yo lo vimos en la puerta de tu casa, preocupado porque no habías dormido en casa.
Madge se libró del agarre de Gale pero no le miró con furia, como si apenas se hubiera dado cuenta de su poca delicadeza. Frunció levemente las cejas, en una expresión confusa.
- ¿Por qué estabais Katniss y tú en mi casa?
- Es sábado- murmuró.
- ¡Oh, lo había olvidado!- exclamó Madge. Gale no pudo evitar sentirse irritado por su olvido. Era consciente de que Madge no tenía la obligación de estar en casa todos los sábados por la mañana para pagarle las fresas, bastaría con que le cediera esa tarea a sus padres o a su criada. A pesar de sus razonamientos, Gale se ofendió porque Madge los considerara tan inferiores como para olvidarse de sus intercambios semanales. Ella se puso de puntillas, alargando su cuerpo como si intentara asomarse sobre el saco de fresas que Gale llevaba colgado al hombro- ¿Son esas las fresas?
Gale asintió y Madge sonrió como una niña pequeña a la que acababan de prometerle un regalo envuelto con lazada. Gale la miró de reojo, curioso por su inusual aspecto. Su curiosidad le instó a preguntar:
- ¿Qué te ha pasado?- dijo, señalando los lamparones que había pegados sobre su falda y su camiseta.
- Es vodka- murmuró Madge, mirándose a su propia ropa, como si eso lo explicara todo.
El alcohol era bastante caro, por lo tanto, no era algo que pudiera encontrarse con facilidad en la Veta. Thom y él habían comprado una vez media botella de un brebaje llamado whiskey blanco que preparaba Ripper en el Quemador. El alcohol les había dado más resaca que buen sabor. El vodka era un producto de lujo con el que, al parecer, Madge Undersee se había rociado.
- ¿Bañarse con vodka es la nueva moda de los ricos? ¿Por una piel más reluciente?
Madge hizo un gesto de fastidio cuando Gale la colocó en el grupo de los ricos.
- No podría saberlo- murmuró.
- Bueno, pues estás horrible- dijo Gale. No sabía por qué sentía la necesidad de recalcar ese punto.
- Eso ya lo has dicho- respondió Madge con su voz tranquila, sin enfadarse. Gale se preguntó qué sería necesario para irritar a la hija del alcalde, a la que ningún insulto parecía hacerle mella.
- Como si hubieras dormido entre borrachos- añadió Gale.
Madge se mordió el labio y miró durante largos segundos a su alrededor, Gale creyó que no iba a decir nada durante el resto del camino, hasta que contestó:
- Sólo uno- murmuró en voz baja. Gale, con su agudo oído, escuchó sus murmullos sin problemas.
Gale había escuchado que entre los jóvenes del pueblo era común hacer fiestas con el alcohol que sus padres guardaban. Resultaba una práctica común beber hasta que sus estómagos no podían sostenerlo más y vomitaban sobre las flores del jardín. Gale nunca había asistido a una fiesta en el pueblo así que no podía corroborar los rumores pero el aspecto actual de Madge Undersee le parecía confirmación suficiente.
- Los borrachos nunca son buenas influencias- dijo Gale, sin mirarla.
Madge se detuvo repentinamente. Gale se giró, confuso porque ella hubiera dejado de caminar. La joven le miraba fijamente como si él hubiera dicho algo escandaloso. Sobre su nariz habían aparecido pecas y sus mejillas estaban rosadas por el calor. Su cabello estaba comenzando a perder la humedad, volviendo a su volumen natural. Sus ojos brillaban con una determinación que Gale nunca había visto antes en ellos y él tuvo el impulso de repetirle una vez más que estaba horrible.
- Él es buena persona- dijo Madge con un tono de voz más alto del que solía emplear.
Gale se encogió de hombros, fingiendo que no le interesaba su opinión. Señaló con la cabeza el camino, insistiéndole para que siguieran andando. Ella retomó su paso pero, extrañamente, Gale se sintió como si hubiera perdido una discusión que realmente no habían mantenido.
Decir que su padre había estado preocupado resultaba un eufemismo. Cuando la vio llegar, acompañada de Gale, su cara y sus hombros se relajaron. Madge comprendió al instante que su padre había creído que los agentes de la paz la había secuestrado o habían vuelto a entrar a la fuerza en su casa y le había hecho algún tipo de daño.
Su padre se quedo quieto junto a la puerta de la entrada, mirándole con alivio pero sin querer mostrar ninguna reacción excesiva que sorprendiera a los otros dos presentes. El alcalde había decidido guardar como un secreto que los agentes de la paz se había llevado algunas posesiones de su hija. Cerca de él, se encontraba Katniss que, después de algunas vueltas por el pueblo, había vuelto sobre sus pasos. Para sorpresa de Madge, su rostro también parecía aliviado. Katniss se acercó a ella como si tuviera la intención de abrazarla pero se detuvo a tiempo y la miró con preocupación, como quien estudia la reacción de un perro rabioso.
- Estoy bien- respondió Madge a la pregunta muda de Katniss. Su amiga sonrió.
Esa pequeña sonrisa le hizo ver a Madge que ambas eran realmente amigas y no sólo conocidas que almorzaban juntas. Esa convicción hizo que se sintiera repentinamente animada, olvidando por un momento sus serios problemas.
Sentía que el fantasma de Maysilee la había empujado hacia la amistad de Peeta y Haymitch; y había ayudado a estrechar sus lazos con Katniss. Era cierto que las memorias de su tía la habían envuelto en peligros que ella jamás hubiera imaginado, casi asegurándole un puesto entre los tributos de los próximos juegos del hambre. Aún así, en ese momento, frente a la tentativa sonrisa de Katniss y con los recuerdos de su conversación con Haymitch, Madge pensó que un año entre amigos era mejor que una vida en soledad.
Sonrió sin sentir, por una vez en los últimos días, una punzada de pánico en el corazón.
Madge había creado una lista de experiencias pendientes que quería cumplir antes de la próxima cosecha. Algunas habían sido objetivos que se había establecido hacía años pero entonces había creído tener tiempo de sobra para cumplirlos, como por ejemplo, tocar la sonata 23 de Bethoveen, conocida como "Appassionata". También había añadido otras pequeñas metas que antes le habían resultado indiferentes pero que ahora la idea de no hacerlas jamás le resultaba insoportable: Ir al Quemador, donde se establecía el mercado negro; Probar la sopa de chocolate blanco que Rose alababa tanto; Leer alguno de los libros antiguos que guardaba su padre, alguno de los cuales ella tenía el presentimiento de que eran ilegales; y pasar más tiempo con su madre.
Madge le había dicho a Peeta que seguramente ella acudiría a los próximos juegos del hambre. El joven no se había mostrado sorprendido, le resultaba tan lógico como le había parecido a Haymitch. Le había dicho con optimismo que ella podía ganar, que al menos tenía la ventaja de saber que sería seleccionada y tenía por delante un año para entrenarse con los cuchillos, el arco o cualquier arma de su elección. No era el primero que le sugería esa opción, Haymtich también se la había mencionado en una de sus visitas.
- No pienso matar a nadie- dijo Madge con testarudez- Ya sabes, ganar muriendo.
Afortunadamente para ella, Peeta no volvió a sacar el tema. Los padres de Madge parecían ya completamente convencidos de que su hija estaba fuera de peligro y Madge estaba decidida a no hacerles ver su equivocación. Después de la noche en la que se emborrachó en casa de Haymitch y había pasado la noche en su sofá, Madge le confesó a su padre que le hacía visitas semanales al único vencedor del distrito 12. A su padre no le había hecho gracia al principio.
- Él protegió a Maysilee- respondió Madge con voz frágil. Su padre suspiró y le pidió que invitara alguna vez a Haymitch a cenar. Ella lo hizo pero Haymitch no se presentó, lo cual no le resultó sorprendente. Al menos, aún le abría la puerta y le permitía visitarle.
Madge comenzó a realizar los objetivos de su lista, comenzando por leer uno de los libros que había robado del estudio de su padre. Era un análisis de la personalidad y los instintos humanos. Un libro que al capitolio vetaba porque le resultaba obsceno y anti-cívico y temían que despertara sentimientos rebeldes en los oprimidos. El libro hablaba de la necesidad de libertad del ser humano, de la vida sexual, de la maternidad, la diferencia entre el hombre y la mujer, la salud, la adaptación del ser humano a su hábitat y la tendencia del hombre a agruparse. Peeta se convirtió en su compañero de lecturas y así, de alguna forma, su conversaciones clandestinas continuaron teniendo lugar bajo el techo de los Undersee.
Madge convenció a Katniss para que la llevara un día al Quemador. Katniss se mostró sorprendida por la petición pero no pareció estar en contra de la idea. Simplemente se encogió de hombros y le preguntó si tenía algo que intercambiar. Sí, tenía un armario lleno de vestidos, zapatos y complementos que en un año no tendrían dueño. No le había hablado a Katniss de sus problemas con el gobierno de Snow y no pensaba cargar en nadie más su desdicha, era una carga demasiado pesada. Se había arrepentido de compartir con Peeta aquel conocimiento. Ella estaba sufriendo, no necesitaba que nadie más lo hiciera.
Cogió de su casa algunos tacones que había usado sólo durante las fiestas que se organizaban para dar la bienvenida a los reporteros y miembros del comité de los juegos del hambre que se instalaban en su casa. Detestaba aquellos zapatos, por razones comprensibles.
- ¿Crees que esto será suficiente?- le preguntó Madge a Katniss, mostrándole dos pares de tacones.
Katniss parpadeó sorprendida como si fuera la primera vez que veía zapatos de piel. Posiblemente lo fuera.
- Parecen caros. Les encantará- contestó Katniss, refiriéndose a los compradores y vendedores del Quemador.
Katniss le guió hacia el Quemador. No era lo que Madge se había imaginado. Ella siempre creyó que el lugar parecía más oscuro y más peligroso, haciendo honor a su nombre. Tenía la apariencia de un mercadillo, ubicado en un viejo almacén abandonado. Las estrechas calles que separaban unos locales de otros estaban llenas de gente de La Veta, que caminaba de un lado a otro, con prisas. Cerca de uno de los puestos más grandes había algunas viejas sillas de madera y unas mesas bajas, sobre las que muchas personas comían de unos cuencos un líquido blanquecino. Algunos perros de aspecto mugriento dormían junto a los postes de madera, nadie les hacía el menor caso. Cuando ambas estuvieron a pocos metros de la entrada, Katniss se paró en seco.
- Sujeta bien tu bolso- le aconsejó- Aquí el robo está tan aceptado como la transacción.
Madge asintió, apretando su pequeño bolso contra su cuerpo. Katniss continuó andando y Madge la siguió, intentando imitar el firme paso de Katniss. Se introdujeron en la muchedumbre y Madge se sorprendió de lo fácil que le resultaba a su amiga pasar entre la gente, sin golpearlas con el codo ni pisarlas. Madge consiguió seguirla, abrazada aún a su bolso y mirando al suelo, para no pisar a nadie. Katniss se detuvo repentinamente y Madge estuvo a punto de chocarse contra su espalda. Cuando alzó la cabeza se dio cuenta del motivo por el cual su amiga se había detenido. Gale Hawthorne estaba enfrente de ella.
- ¿Qué haces aquí?- le preguntó Kantiss a Gale, con curiosidad.
Gale miró sobre el hombro de Katniss, directamente a Madge. No se molestó en saludarla y Madge, recordando cómo se había sentido tentada a besarle la última vez que se había asomado a sus ojos grises, apartó la mirada con timidez.
- He venido con mi hermano, queremos cambiar parte del ciervo que cazamos la última vez por algunas sábanas. Las nuestras están agujereadas- le comentó Gale a Katniss. Madge levantó la cabeza, Gale tenía la mirada fija en Katniss, como si Madge no existiera. Seguramente hubiera preferido no mencionar sus sábanas agujereadas delante de la hija del alcalde.
- ¿Con Rory?- preguntó Katniss, extrañada.
Gale se encogió de hombros- Está empeñado en ayudar y prefiero que venga aquí a que decida acompañarme a cazar- Gale miró alrededor de la muchedumbre, seguramente buscando a su hermano aunque Madge no encontró entre la gente a ningún niño que pudiera ser su hermano- Ha insistido en hacer el trueque él mismo, no quiere que le trate como un niño pequeño.
- Lo hará bien- le dijo Katniss, adivinando lo que su amigo estaba pensando. Gale no respondió pero hizo una mueca que indicaba que no estaba de acuerdo del todo.
- Mejor que vaya a buscarlo, de todas formas- murmuró Gale. Hizo un gesto con la cabeza en dirección a Katniss, al que ella correspondió con un asentimiento. Gale se dio la vuelta y desapareció entre la multitud.
Madge suspiró y aflojó sus hombros, sin saber que éstos habían estado en tensión- Parece que soy transparente- susurró. Katniss la escuchó sin problema.
- Lo siento, él es…- comenzó a disculparse Katniss por la pobre educación de su amigo.
Madge meneó con la cabeza- No es tu culpa- la interrumpió.
- Voy a buscar a alguien que esté interesado en zapatos. Espérame aquí, te avisaré cuando lo encuentre…- le pidió Katniss. Madge asintió, antes la simple idea de quedarse sola en medio del Quemador le hubiera resultado terrorífica pero en realidad no le parecía un lugar tan terrible- Volveré pronto, no hagas nada raro.
Madge volvió a asentir, aunque no comprendía a qué se refería Katniss con hacer algo raro. No necesitaba que Katniss le diera explicaciones para entender que su amiga había pensado que los comprados del Quemador preferirían hacer negocios con ella que con la hija del alcalde. No resultaba sorprendente. Madge miró a su alrededor con curiosidad, había cumplido otro punto más de su extensa lista. Pasaron largos segundos en los que Madge comenzó a sentirse incómoda por estar detenida en un mismo punto, así que se atrevió a merodear alrededor del Quemador, sin alejarse mucho de aquella primera galería por si Kantiss regresaba.
Sus sentidos intentaron captar cada sonido y cada olor. Estaba tan ensimismada viendo la vida a su alrededor que se sobresaltó cuando alguien tiró de su bolso. Puesto que lo tenía bien agarrado, al empujar del asa de su bolso, el ladrón tiró de ella, provocando que los tacones que pretendía vender cayeran al suelo. El ladrón, al verse descubierto, continuó corriendo hacia arriba, sin poder haber robado nada. Nadie a su alrededor parecía sorprendido por lo acontecido. Madge lanzó un suspiro y se arrodilló con rapidez para recuperar uno de los tacones que había caído frente a ella. Cuando se dio la vuelta, para coger los otros, vio una pequeña mano agarrando uno de los zapatos por el tacón.
- ¡Son míos!-exclamó Madge de forma defensiva, aún sobresaltada por el intento de robo. Cuando alzó la cabeza para ver al dueño de aquella mano, vio unos grandes ojos mirándola con reparo. Sólo era un niño, un niño hambriento según indicaba su aspecto. Madge se mordió el labio- Lo siento, yo…
Antes de que pudiera explicar su equivocación, alguien apartó con poca delicadeza al niño de en medio. Madge parpadeó confusa y se encontró con Gale Hawthrone, mirándola con tanto odio que Madge sintió que su mirada la golpeaba con fuerza hacia atrás. Con manos ágiles, Gale le devolvió el zapato que el niño había intentado alcanzar.
- Sólo quería devolvértelos, no los pensaba robar- murmuró Gale. Cada palabra se clavó en ella como una cuchilla.
Madge asintió, sintiéndose miserable por su equivocación- Yo…- comenzó en un tartamudeo, pero Gale no pensaba quedarse para oír sus explicaciones. Cogió a su hermano del brazo y se lo llevó con pasos firmes, desapareciendo nuevamente entre la multitud.
Madge suspiró, sintiéndose repentinamente débil. Esperó a que Katniss regresara y cuando lo hizo, se apresuró en intercambiar los zapatos por una cifra muy inferior a lo que habían costado. Estuvo tentada de darle las monedas a Katniss pero sabía que ella lo consideraría caridad, así que se lo guardó en el bolso y decidió que lo utilizaría para algo importante. Madge no le dijo nada a Katniss sobre su encuentro con Gale y Katniss no se dio cuenta del serio semblante de Madge o de su silencio. Ella solía ser reservada y callada, sobretodo alrededor de Katniss que era del mismo carácter, así que no resultó inusual.
El año transcurrió tan rápido que las memorias parecían haber ocurrido sólo en un mes apresurado. Madge se levantó con dolor de cabeza y la garganta seca. Hoy era el día de la cosecha, de su cosecha. Su padre, como de costumbre, ya había salido hacia el Edificio de Justicia. Había dejado colgado en el pomo de la puerta de su habitación un vestido blanco, sencillo pero de una tela escasa y por tanto, cara. Madge miró el vestido durante largos segundos, éste sí podría convertirse en su vestido funerario. El blanco se convertía en oscuridad y el negro, en luz. Se vistió con lentitud, intentando alargar los minutos que le quedaban como Madge, la hija del alcalde, para atrasar aquellos en los que se convertiría en Madge, la nueva tributo del distrito 12. Se recogió el pelo en una coleta alta, adornándola con una cinta rosa.
Se dirigió hacia la habitación de su madre, que para sorpresa suya, estaba despierta. La miraba con ojos brillantes y Madge se preguntó si en esos momentos estaría viendo a su hija o a su hermana gemela. Madge se sentó en el borde de su cama.
- ¿Cómo te encuentras?- preguntó Madge.
- No sé que ponerme- murmuró su madre como si ése fuera el mayor de sus problemas- Odio los vestidos que mamá y papá nos obligan a ponernos en estos días. ¿Por qué tenemos que ir siempre iguales? Ya es evidente que somos gemelas.
Madge cerró los ojos, decepcionado que la última vez que vería a su madre, ella no la reconociera. Sintió cómo sus ojos se cargaban con lágrimas, pero no quería llorar. No pensaba llorar en aquel día, ni siquiera cuando estuviera encima del escenario y todos la miraran con piedad. Quizás se mostrarían alegres porque la privilegiada hija del alcalde fuera la elegida y no alguno de sus amigos o hermanos, que ya habían sufrido suficiente.
- No soy Maysilee, mamá- dijo Madge, cogiéndole de las manos. Por primera vez al pronunciar aquellas palabras, sintió que mentía. En aquel día, algo la uniría a Maysilee de forma irreparable: Sería una víctima más de los juegos del hambre.
Marianne le miró confusa- ¿Quién ibas a ser entonces?- preguntó con una voz apagada.
- Madge.
Su madre la estudió con la mirada como si intentara dar lógica a lo que su supuesta hermana le estaba diciendo. Ladeó levemente la cabeza, sin abandonar su profundo escrutinio.
- Sí, sí. Puede ser, te pareces a mi hija- Marianne miró a los lados y cogió un broche de oro con la forma de un sinsajo que había sobre su mesilla de noche- No te olvides de esto, siempre lo llevas para la cosecha. Por ahora, nos ha dado suerte.
Madge sonrió con tristeza. Sabía que eso era lo más cercano al cariño maternal (mezclado con el fraternal) que iba a recibir hoy. No siempre era así, a veces su madre se levantaba con una energía renovada y Madge se hacía ilusiones de que, esta vez, se mantuviera sana para siempre. En esos momentos, Marianne era capaz de acompañar a su marido a sus cenas obligatorias como alcalde, tenía tiempo y fuerza para sentarse a hablar con su hija, a escucharla tocar y a hacerle ondulaciones en el cabello con su vieja plancha del pelo. En cuanto se acercaba las fechas de los juegos del hambre, su madre se convertía en una sombra de lo que era y sus dolores continuos le obligaban a consumir morfina para poder descansar. Era evidente por el soñoliento rostro de su madre que aquella mañana ya había recibido su vial de morfina.
El timbre de la casa sonó y, a pesar de que Madge sabía que Rose estaba ocupada limpiando el jardín trasero, no se levantó al instante para abrir. Necesitaba disfrutar aunque fuera algunos segundos más de la compañía de su madre. La noche anterior, después de cenar, se había sentado a leer con su padre, apoyando su cabeza sobre su hombro, como había hecho tantas veces de pequeña. Si a su padre le había resultado extraño, no lo había mencionado.
Madge bajó las escaleras sabiendo perfectamente quiénes estaban al otro lado de la puerta: Katniss y Gale, para venderle fresas. Necesitaba verlos por última vez, incluso a Gale que siempre era tan desagradable con ella. Madge, sin embargo, no podía evitar sonrojarse nada más verlo. Resultaba casi poético que la única persona por la que ella se había sentido atraída le odiaba abiertamente. Sabía que al abrir la puerta no se encontraría con una sonrisa, sino con un ceño fruncido, y a pesar de ello, aún le daba más pavor imaginarse que él no se encontraba allí, que había perdido su último momento de verlo a poca distancia.
Afortunadamente, el chico del ceño fruncido se encontraba allí, sosteniendo su saco de fresas. Madge les sonrió, aunque sólo Katniss correspondió a su sonrisa.
- Bonito vestido-dijo Gale. A Madge le hubiera gustado creer que era un cumplido, pero sabía que era poco probable. De todas formas, ella misma odiaba ese vestido así que, por primera vez, coincidía con las críticas de Gale Hawthorne. Apretó los labios para contenerse y no revelar a los dos presentes el verdadero significado que tenía aquel vestido blanco.
Su padre había insistido en que llevara un vestido blanco, como si de esa forma pudiera borrar de la mente de los del Capitolio el vestido negro del año pasado. Su padre creía que con ese detalle, el Capitolio se olvidaría finalmente de su hija y podrían vivir tranquilos. Él pensaba que éste era el final del estrés, ella sabía que era el inicio.
-Bueno, tengo que estar guapa por si acabo en el Capitolio, ¿no?- respondió Madge. Se imaginó asomándose en el tren, saludando a los extravagantes ciudadanos del Capitolio.
-Tú no irás al Capitolio- respondió Gale con frialdad. Madge notó cómo sus ojos se posaban en el broche de su tía Maysilee. Madge sabía perfectamente qué era lo que esta pensando: Con esa joya podría dar de comer a medio Distrito 12. Era cierto y aunque resultara egoísta, Madge no estaba dispuesta a vender la última posesión de su tía Maysilee. Las demás las tenía el Capitolio, seguramente las habían convertido en cenizas- ¿Cuántas inscripciones puedes tener?¿Cinco? Yo ya tenía seis con sólo doce años.
-No es culpa suya –intervino Katniss.
- No, no es culpa de nadie. Las cosas son como son- murmuró Gale.
Madge se preguntó si Gale se arrepentiría de sus palabras cuando ella fuera proclamada como la tributo femenina. Ése le parecía el único punto positivo de aquel día: mirar la cara sorprendida de Gale Hawthorne al verla con su vestido blanco, a punto de dirigirse al Capitolio. Tras pagar la fresas y desearle buena suerte a Katniss, y a Gale internamente, sin palabras; Madge cerró la puerta y suspiró. Desde la ventana los vio irse, hablando animadamente y no pudo evitar sentir envidia por su estrecha amistad y por los años que les quedaban de vida.
- Ganar muriendo- murmuró Madge entre dientes. Su forma de luchar no sería matando a otros, sino actuando con compasión, negándose a matar. Era consciente de que eso significaba que no volvería a casa y esperaba que aquel grito de guerra interno le ayudara a mantenerse valiente. No iba a ser una marioneta en manos del capitolio, moriría bajo sus propias condiciones.
Haymitch se tambaleó en el escenario, incordiando a Effie Trincket con su ebriedad. Madge le miró con ojos tristes, consciente de que si aquel año se había mostrado más borracho que otros era por ella. Haymitch había insistido con entrenarla antes de tiempo y Madge se había negado, sabía que el estado actual del único vencedor de distrito 12 era su culpa. Él no quería verla morir y ella no quería morir, pero no parecía haber otra salida. Ninguna que no se llevara su alma con los juegos y el resto de los tributos. Tanto Haymitch como su padre la miraban desde el escenario y Madge se preguntó si los demás jóvenes con edad para la cosecha se estaban dando cuenta de ese cruce de miradas.
Effie introdujo su brazo en el recipiente de las papeletas. Madge tragó aire, saliva y posiblemente polvo. Por un momento, tuvo la sensación de que sus órganos vitales se habían detenido para hacer el silencio más intenso.
En su mente se repetía su nombre: Madge Undersee, Madge Undersee, Madger Undersee…
Pudo imaginárselo mencionado con el acento del Capitolio y la chillona voz de Effie Trinket. Y de repente: ¡Primrose Everdeeen!
Su corazón volvió a funcionar latiendo fuertemente, el alivio y la sorpresa inicial se convirtieron enseguida en agobio y pesar. Se sentía confusa y era incapaz siquiera de parpadear.
¡Primrose Everdeen! ¡Katniss, primera voluntaria del Distrito 12! ¡Peeta Mellark! Se estrecharon las manos…
La garganta de Madge se atoró. Intentó encontrar la mirada de Peeta que le estaba sonriendo con tristeza. Madge meneó la cabeza, intentando despertarse de aquel sueño. Aquello no debería estar pasando, no debería ocurrir así. Todo era su culpa. A pesar de que el nombre de Prim había sido una desafortunada casualidad, Madge no podía evitar pensar que todo estaba relacionado con ella y con su vestido negro. Sus únicos tres amigos se marchaban al Capitolio y el único que volvería con seguridad era Haymitch, al cual ya le habían arrebatado la mitad de su alma, 22 años atrás.
Ella era una luz negra, pero no brillaba con esperanza como su padre había insinuado. Lo contaminaba todo. Así se sentía. Era su culpa, únicamente su culpa.
Como habréis reconocido esta última parte es la primera vez que conocemos a Madge en la novela de Los Juegos del Hambre. No me gusta repetir escenas de las series o libros sobre los que escribo, resulta MUY aburrido, creo que tanto para el lector como para el escritor pero esta vez, era necesario, puesto que "el bonito vestido blanco" tenía un significado muy diferente que el que se le puede atribuir en los libros. Será una excepción, no habrá más escenas repetidas, prometido.
¿Qué os ha parecido? ¡Espero leeros pronto! ¡Me leereis dentro de una semana!
