Título: Kairosclerosis.
Personajes: Yuri Plisetsky (Yurio) y Otabek Atlin principalmente. El resto también aparecen.
Resumen: Otabek va a pasar un mes entrenando en Rusia y Yuri insiste en que se quede en su casa durante ese tiempo, lo que les da la oportunidad de conocerse mejor.
Ranting: PG por el momento.
Notas: Relaciones homosexuales, palabras malsonantes y actos sexuales explícitos.
| KAIROSCLEROSIS |
Capítulo 3
Después de casi una semana sin pisar el hielo, Yuri se sentía como un adicto que necesitaba su dosis, por lo que la mañana del viernes llegó al estudio de ballet con una resolución.
―¡Lilia! ¡Esta tarde voy a patinar! ―dijo a modo de saludo.
Ese año, la antigua prima bailarina había tomado otros tres pupilos además de él. Excepto Yuri, los otros estudiantes eran aspirantes a papeles protagonistas de la obra que el ballet nacional ruso estaba preparando; la gira comenzaría a principios del año siguiente. Tras interpretar El Lago de los Cisnes y El Cascanueces en los últimos años, el ballet nacional ruso tenía intención de volver a cautivar al mundo con una obra original en esta ocasión. Sus compañeros eran todos mayores que él pero ninguno superaba la veintena; como de costumbre, no se llevaba bien con ninguno.
Yuri había pensado que se le daba bien el ballet hasta que había tenido su primer ensayo junto a sus nuevos compañeros; tras verlos bailar comprendió que entrenar para mejorar la flexibilidad no era lo mismo que entrenar para ser bailarín profesional de ballet. Y eso había despertado su competitividad. No es que quisiera cambiar de profesión ni mucho menos, pero detestaba ser el peor en la sala.
―¿Crees que estás listo para patinar? ―respondió Lilia sin sobresaltarse lo más mínimo y con esa actitud regia y demandante que tanto le caracterizaba―. No pienses que porque te haya permitido independizarte puedes tomar tus propias decisiones. No vas a dejar este estudio hasta que yo te lo diga. Igual que no comes ni descansas hasta que yo te lo digo. Así que deja de perder el tiempo y ponte a calentar.
Yuri chasqueó la lengua, pero no fue capaz de mantener su rebeldía por más tiempo. Podía oponerse a ella, podía quejarse más que con Yakov, pero al final siempre, siempre, acababa haciendo lo que Lilia decía. Los dos sabían que iba a terminar así.
Si quería volver al hielo sólo había un camino y Lilia no necesitaba recordárselo: tenía que ejecutar a la perfección lo que se esperaba de él.
El problema era que, al contrario que la temporada pasada, Yuri ya no sabía qué quería Lilia de él. Practicaba junto a los demás los movimientos y después cada uno se concentraba en las coreografías individuales que Lilia les había asignado. En el último año, Yuri había perfeccionado sus dotes de bailarín hasta el punto de haber recibido ofertas de trabajo de compañías significativas, ninguna como el ballet nacional, por supuesto. No obstante, no estaba satisfecho con su desarrollo; no lo estaría hasta que aplastara a Nikolay Larionova.
Esa competitividad suya acabaría siendo su ruina; Yuri era consciente de ello. Quizás simplemente fuera orgullo: detestaba saberse inferior a otros. No obstante, pasar tanto tiempo fuera del hielo estaba desconcentrándolo de su auténtica meta, y sentir que estaba creciendo más como bailarín que como patinador estaba creando una ansiedad en lo más profundo de su ser que lo carcomía por dentro.
Porque el haber ganado el oro en el último Gran Prix no significaba que fuera el mejor patinador del mundo.
Yuri era plenamente consciente de que había ganado porque el katsudon y JJ habían cometido errores más serios que los suyos, porque no habían tenido un buen día pese a haber remontado lo suficiente para haber conseguido la plata y el bronce. Volvería a enfrentarse a esos dos titanes en la próxima temporada y esta vez quería ganarlos en igualdad de condiciones. Quería que todos ejecutaran sus programas a la perfección para poder saborear la victoria apropiadamente. Y además de ellos dos, Viktor volvía a patinar y el resto de finalistas de ese año tampoco serían moco de pavo; todavía no había visto lo que Otabek llevaba de programa, pero Mila no paraba de mandarle mensajes emocionadísima con su puesta en escena.
Yuri necesitaba volver al hielo y empezar a trabajar de una vez en los programas con los que los aplastaría a todos.
―¡Yuri Plisetsky! ¡Deja de pensar! ¡No necesitas pensar! ¡Cuando quiera que pienses te lo diré! ¡Así que céntrate únicamente en seguir mis órdenes! ―le gritó Lilia en mitad del ensayo.
―¡No estaba pensando en nada, bruja! ―gritó de vuelta.
―¡Si tienes tiempo para contestarme tienes tiempo para practicar! ¡Desde el principio, vamos!
Yuri rugió molesto pero una vez más tomó la primera posición y comenzó. Ignoró los cuchicheos de sus compañeros, que en ese momento estaban descansando y lo observaban como hienas dispuestas a lanzarse a su yugular en cuanto bajara la guardia. A Yuri le gustaba que lo miraran de esa manera, significaba que era lo suficientemente bueno para que quisieran verlo fallar, verlo caer, y no iba a darles el gusto.
―Mientras interpretas esta pieza no eres Yuri Plisetsky. Eres Clara, una joven de corazón puro que quiere ayudar al cascanueces a ganar la guerra contra los malvados ratones. Muéstrame la pureza de tu corazón.
Yuri quería seguir su impulso de decirle dónde podía meterse la pureza de su corazón, pero por encima de todo, quería ser capaz de interpretar esa pieza a la perfección, por lo que comenzó a moverse al ritmo de la música. Mentiría si dijera que la canción no le gustaba; era una melodía fácil de seguir e incansable para los oídos, un clásico mundial reutilizado en incontables ocasiones. Cuando Yuri escuchaba la Danza del Hada del Ciruelo siempre se imaginaba a un pequeño ser luminoso dando pequeños pasitos en una habitación lúgubre, tratando de no ser descubierto. Era la imagen que había fabricado para esa melodía la primera vez que la había escuchado, siendo tan sólo un niño, y nunca había podido verlo de otra manera.
Así que ahí estaba él, fingiendo ser ese pequeño ser luminoso que se infiltraba en un lugar lúgubre. Necesitaba ser grácil, de pisadas insonoras, desprender inocencia y transmitir pureza, cualidades que Yuri dudaba haber tenido alguna vez en su vida. Precisamente por eso era un reto y ganar al katsudon y a los otros ofreciendo una imagen de sí mismo que no era la verdadera sería una victoria aplastante donde las hubiera.
―¡Otra vez!
La mayoría de las veces, Lilia lo cortaba y lo obligaba a repetir desde el principio. Yuri obedecía siempre. Adoptaba posición, la música sonaba, y él intentaba ser el pequeño ser luminoso de su fantasía. No Clara, la protagonista de la obra, sino su propia interpretación. Porque ahora interpretaba papeles. Antes, Lilia le había ayudado a ser más flexible, más consciente de su cuerpo, para poder aplicar su práctica en sus programas. Ahora lo estaba entrenando para ser un bailarín de verdad y aunque Yuri no entendía muy bien el propósito, confiaba en ella por completo y simplemente hacía lo que le decía.
No obstante, necesitaba volver al hielo. Cada poro de su piel se lo gritaba y quizás por eso estaba tan desconcentrado ese día.
―¡Basta! ¡Esto es un despropósito! ―se exasperó Lilia, haciéndose presión en el entrecejo―. Fuera de mi vista.
―¿Qué?
―Que no quiero verte hasta el lunes. Largo.
Yuri iba a protestar pero entonces comprendió lo que realmente quería decirle, así que antes de que cambiara de opinión, se marchó al vestuario para sustituir la ropa del ballet por ropa de calle y salir prácticamente corriendo hasta la parada de taxis y de allí coger uno que le llevara a las instalaciones donde Viktor y los demás debían estar entrenando en ese momento.
Al menos esa era su intención hasta que Nikolay le bloqueó la salida.
―¿Qué haces ahí parado? Quítate de en medio.
―Yura.
Nikolay tenía dieciocho años, era la nueva promesa del mundo del ballet y el que más posibilidades tenía de conseguir el papel protagonista de la nueva obra que estaba preparando el ballet nacional. Medía un metro setenta y ocho, tenía una espalda ancha y el cuerpo fibroso característico de los bailarines de ballet, además su pelo oscuro contrastaba con su piel clara y sus ojos pardos poseían una mirada embriagadora.
Yuri lo detestaba al mismo nivel que detestaba a JJ.
―No sé en qué momento te he hecho creer que puedes utilizar ese diminutivo conmigo, orejotas.
Ese era el único fallo que podía sacarle a su atractivo físico: tenía las orejas más grandes de lo normal, de ahí el sobrenombre despectivo.
―Dejaré de usarlo cuando seas más alto que yo ―respondió con una de sus fastidiosas sonrisas cargadas de encanto.
Nikolay Larionova podía engañar al mundo, pero a él no. No había manera de que se creyera ni uno de sus gestos, precisamente porque abría la boca y salían insultos indirectos como ése. Para ser ruso, Yuri no era demasiado alto, pero esperaba solucionarlo con el próximo estirón, uno que estaba tardando en llegar si tenía en cuenta que pronto cumpliría los dieciséis años.
―¿Qué haces este martes, Yura? Fuera de tu rutina habitual, me refiero.
―Pues…
―¿Nada? Lo suponía. No te preocupes, ya tienes plan.
No sólo osó interrumpirle sino que además le guiñó un ojo con picardía. A Yuri se le removieron las tripas en el mal sentido.
―Asegúrate de traerte ropa para salir cuando terminemos ―añadió, utilizando una voz mucho más íntima y teniendo el descaro no sólo de invadir su espacio personal, sino de darle un pequeño beso en los labios.
Yuri debía haberlo visto venir puesto que no era la primera vez que pasaba, pero nunca lograba reaccionar a tiempo para evitarlo. Nikolay simplemente rió al verlo enfadado. Lilia le llamó a gritos para que regresara al ensayo y éste se marchó, dejando a un Yuri muy confuso respecto al plan para el martes.
No es que tuviera intención de ir con él a ninguna parte de todos modos.
Se olvidó de Nikolay y de su acoso en cuanto llegó al vestuario del estadio donde entrenaban. Apenas si saludó al entrar por las ganas que tenía de cambiarse y salir a la pista. Si se paraba a pensarlo, estaba irreconocible. Un año atrás, justo por esas fechas, Yuri iba siempre con desgana a los entrenamientos y protestaba mucho; ahora estaba deseando salir al hielo. Cada día que pasaba sin patinar era un día más que el katsudon, JJ y los demás mejoraban su técnica. Era un día de ventaja para ellos.
Cuando entró en el recinto, sus compañeros se sorprendieron al verlo; nadie lo esperaba hasta el lunes. Yuri los ignoró a todos excepto a las personas que le interesaban: el katsudon estaba en un rincón de la pista, observando una serie de pasos que Viktor parecía estar enseñándole. Y en el otro extremo, Otabek y Georgi parecían estar practicando saltos. Ninguno de ellos se había percatado de su presencia todavía, no al menos hasta que Mila gritó su nombre y lo convirtió en el foco de miras.
Yuri fue a sentarse al banquillo más próximo a la pista para abrocharse las botas y salir a la pista de inmediato, aunque Yakov lo interceptó primero.
―¿Qué haces aquí?
―Lilia me ha echado.
―Eso puedo suponerlo con sólo verte.
―Pues ya está.
Al contrario de lo que siempre había sido usual, Yakov no le dio ninguna instrucción, simplemente lo dejó a su aire y eso era precisamente lo que Yuri necesitaba en ese momento.
Había extrañado muchísimo deslizarse por el hielo, tan sólo esa sensación de ligereza y la velocidad que podía alcanzar patinando. En el ballet fingía ser ligero, pero sobre el hielo realmente lo era. Yuri hizo un cuádruple sin pararse a pensar en que iba a hacerlo y lo realizó a la perfección. Él no lo notó porque estaba concentrado en la sensación placentera que le suponía cada salto bien realizado, pero la atmósfera en la pista cambió radicalmente tras ese salto. Todos recibieron un chute de realidad y la dosis de motivación que parecían no haber sido conscientes de necesitar hasta ese momento.
Yuri patinó sin un patrón, sin una coreografía que seguir, sin unas pautas preestablecidas. Tan sólo se deslizó sobre el hielo, saltando cuando le apetecía saltar, girando cuando su cuerpo le pedía girar, y cambiando la velocidad por impulsos. Se sintió libre, se sintió realizado. Se sintió de maravilla.
Cuando su cuerpo le exigió descansar, Yuri le compensó de inmediato. Estaba agotado pero contento, y ojalá no hubiera gastado su oportunidad semanal de comerse su hamburguesa favorita porque habría sido fantástico cerrar ese día de esa manera.
―Estás irreconocible, Yuri ―dijo Mila cuando salió de la pista; Otabek estaba a su lado, tendiéndole los protectores de sus cuchillas. Yuri los aceptó y se los colocó.
―¿Por qué?
―No has consultado tu móvil ni una vez desde que has llegado y has estado todo el tiempo en la pista. Ver para creer.
―¿Estás insinuando que soy un vago?
―Estoy diciendo que estás más trabajador que nunca ―le corrigió y, al igual que le ocurría con Nikolay, no pudo evitar el abrazo de Mila pese a saber qué era lo que iba a ocurrir a continuación.
―¡Mila! ¡Suelta!
―Te he echado de menos, Yuri. Hace días que no te veo.
―Pues yo a ti no. ¡Quita!
En lo que forcejeaba con ella para soltarse, el katsudon, Viktor y Georgi se acercaron a ellos.
―Vamos a ir a cenar todos juntos ―anunció Georgi.
―¡Oh! ¿Comienza el plan Reconquista? ―cuestionó Mila compartiendo una mirada cómplice con su compañero.
―¿Plan Reconquista? ―preguntó el katsudon.
Yuri no quería saber qué estaban tramando ahora esos metomentodo. Cuando Georgi tenía su vida amorosa en orden, le surgía la imperiosa necesidad de resolver los problemas amorosos de los demás y Mila parecía siempre dispuesta a ayudarlo porque le encantaba cotillear. Yuri no sabía qué era peor, si verlo lamentándose por alguna ex o que tuviera complejo de Cupido.
―Sí. San Valentín es el próximo martes y tenemos que asegurarnos de que Yakov hace las cosas bien con Lilia ―explicó Georgi como si la vida de todos dependiera de ello.
―¡Espera! ―exclamó Yuri llamando la atención de todos―. ¿El martes es San Valentín?
―Pues claro, Yurio. Si hasta fuiste con Yuuri a comprar los regalos, ¿es que no te acuerdas? ―dijo Viktor, otorgándoles una información muy valiosa con la que trabajar al dúo chismoso.
Yuri compartió una mirada con el katsudon, quien volvía a estar tan tenso como en el momento en que fueron descubiertos.
―¡Aquello no eran regalos de San Valentín! ¡Sólo eran compras normales!
No sabía por qué continuaba respaldando al katsudon, no cuando era evidente que Viktor ya lo sabía porque precisamente los había pillado con las manos en la masa.
―¿Oh?
La mirada de Mila y de Georgi evidenciaba su desconfianza y sospecha. Yuri maldijo a Viktor; por su culpa iba a tenerlos encima molestándolo durante mucho tiempo.
―Yuri, no te niegues a la llamada del amor ―dijo Georgi, provocándole ese repelús habitual―. Estás en la edad del primer amor, es completamente normal y no debes avergonzarte de…
―¡Argh! ¡Cállate! ―lo interrumpió a voz de grito.
―¿Tienes ya un plan de San Valentín? Quizás Yakov no es el único que necesita ayuda ―dijo Mila sujetándose el mentón, en un gesto que parecía haber copiado de Viktor; eso era siempre mala señal.
―¡Preocúpate de con quién vas a pasar tú San Valentín y déjame en paz a mí!
―¿Eso quiere decir que sí tienes un plan? ―interpretó, y todos lo miraron con más curiosidad e incluso ilusión―. ¿Quién es, Yuri? ¿Uno de los chicos del ballet? ¡No me digas que es Nikolay Larionova!
Nikolay era uno de los muchos flechazos de Mila, y se había llevado una gran decepción al descubrir que no estaba interesado en mujeres pese a su apariencia y actitud masculina. Se le había pasado el disgusto después de la final del Grand Prix, cuando había centrado su nuevo objetivo en Otabek, quien definitivamente era mucho mejor partido.
―¿Larionova? ―preguntó Viktor―. ¿El primo pequeño de Misha?
―¡El mismo! Oh, claro, igual no te has enterado porque estabas en Japón, pero es aspirante a convertirse en el nuevo bailarín principal del ballet nacional ―le informó Mila con mucho entusiasmo.
―Oh, pues si se parece a su primo desde luego que llegará lejos.
Cualquiera que no conociera a Viktor pensaría que se refería a su trayectoria profesional, pero todos los presentes comprendieron que no estaba hablando de eso precisamente. Mijaíl Larionova, Misha para Viktor, había sido su amante recurrente cuando los dos coincidían en Rusia; incluso alguien tan poco interesado en la vida de los demás como Yuri lo sabía.
―¡Una primera cita por San Valentín es muy romántico! ―exclamó Georgi empezando a fantasear―. Querrán pasear tomados de la mano por las calles cubiertas de nieve, pero temerosos de ser descubiertos por la prensa, acabarán refugiándose en una concurrida cafetería de la periferia, un lugar pequeño pero acogedor donde el aroma del café y la burbuja que su amor creará los asilará de la frialdad del exterior. Sus corazones latirán apresuradamente debido al nerviosismo y a la felicidad que sentirán al poder estar por fin juntos.
―¡Como sigas diciendo tonterías te arranco la cabeza! ―gritó Yuri sin paciencia alguna; Yuuri tuvo que cogerlo para que no se abalanzara sobre él―. ¡Puede que me haya invitado pero eso no quiere decir que vaya a ir con él ni a la vuelta de la esquina!
Yuri no fue consciente de lo que dijo hasta que lo dijo y vio la forma en la que los ojos de casi todos los presentes se iluminaron y la exclamación colectiva pareció ser el estallido de una carrera que tenía como meta molestarlo a él.
―¡Te ha invitado! ―exclamaron Mila y Georgi a la vez―. ¡Nikolay Larionova! ―añadió Mila eufórica como si le hubiera sucedido a ella.
―Kolya y Yurio… ―murmuró Viktor sujetándose el mentón de manera analítica.
―Los últimos iconos del ballet y del patinaje artístico… ―agregó Georgi de nuevo con voz soñadora.
―Venga chicos, le estáis abrumando… ―trató de poner orden el katsudon.
―¡¿Quién está abrumado?! ―le gritó con más intensidad que las veces anteriores inclusive―. ¡Paso de escuchar más tonterías! ¡Otabek! ¡Llévame a casa!
Se dio la vuelta para marcharse de una vez por todas, pero Otabek no pudo seguirlo porque Viktor lo había abrazado desde atrás y Mila se había agarrado a uno de sus brazos.
―Yurio, Otabek no está aquí para ser tu chófer ―le regañó Viktor.
―Sí, además, va a ayudarnos a que el plan Reconquista tenga éxito. ¿Verdad? ―dijo Mila, mirándole con una de sus sonrisas encantadoras.
Otabek parecía estar acorralado contra la espada y la pared; su cara de circunstancias así lo demostraba. Yuri quería que se negara incluso si se había comprometido con ese ridículo plan con anterioridad, quería que se comportara como el amigo que se suponía que era y se pusiera de su lado.
―Será mejor que vayamos a cambiarnos o Yakov se irá a cenar sin nosotros ―dijo Georgi, empujando a Otabek para que caminara hacia los vestuarios, quien todavía continuaba sujetado por los otros dos.
Al final, a Yuri no le quedó más remedio que irse a cenar con todos ellos y aguantar durante la velada el acoso intenso a Yakov y todas las alternativas a sus planes que le propusieron cuando catalogaron su plan inicial como inapropiado. Por supuesto era mejor que acosaran a su entrenador en su lugar y no intervino en ningún momento para ayudarlo, no fuera que abriera la boca, se dieran cuenta de que continuaba presente y volvieran a molestarlo con el tema de Nikolay.
A pesar de todo, tenía que reconocer que Georgi tenía buenas ideas y elaboraba planes de conquista efectivos. Le había montado un plan a Yakov que había provocado la preocupación de Viktor sobre el suyo propio. Yuri no sabía qué podía gustarle a alguien como Lilia, quien sólo parecía tener interés por el ballet y por dar órdenes, pero si algún plan funcionaba, debía ser ése.
Yuri estuvo con la vista pegada al móvil durante toda la cena, pero no fue hasta recibir cierto mensaje de What'sApp que casi se atraganta bebiendo.
―Oh, ¿quién te escribe? ―preguntó Mila en lo que ojeaba su teléfono por encima de su hombro; fue demasiado tarde para impedir que descubriera de quién se trataba―. ¿Es Nikolay? ¡Así que te mandas mensajes con él!
―¡Ni hablar! ―negó de inmediato―. ¿Cómo cojones ha conseguido mi número?
―Vaya, vaya, Yurio. Parece que ese chico va en serio contigo ―dijo Viktor con ese tono de voz dulzón que tanto le irritaba.
―¡Pero no lo bloquees! ―bramó Mila en lo que le arrebataba el móvil para impedir que lo hiciera.
―¡Mila! ¡Devuélveme el móvil!
Mila salió corriendo para poder escribirle de vuelta y Yuri salió tras ella para impedirlo, seguido por las miradas de todos los presentes tanto en su mesa como en las vecinas. Yakov se cubrió la cara avergonzado porque dos de sus chicos estuvieran montando semejante espectáculo en un restaurante público, pero si avergonzaba o no a su entrenador era lo que menos le importaba a Yuri en ese momento.
Cuando por fin pudo recuperar su teléfono, Mila ya había mandado sus mensajes y Yuri quería meter la cabeza en un hoyo. O mejor, quería matarla y tirar su cadáver al río más cercano.
―¡Tú! ―le gritó en el mensaje de voz que comenzó a grabarle―. ¡No sé cómo has conseguido mi número pero ya lo estás borrando!
―¡Kolya! ―exclamó Viktor llegando hasta su lado y apretando su dedo para que no pudiera dejar de grabar el mensaje―. ¡Soy Viktor Nikiforov! ¿Cómo estás? A Yurio le gustan mucho los pirozhki; si le preparas algunos manualmente te ganarás su corazón.
―¿Pero de qué estás hablando? ―le gritó a Viktor en lo que este regresaba a su lugar entre Yuuri y Yakov con una de sus sonrisas que daban forma de corazón a sus labios―. ¡Escúchame, asqueroso acosador! ¡No voy a ir contigo a ningún lado ni el martes ni ningún otro día! ¡Así que olvídame!
―Parece que somos los únicos sin plan para San Valentín, Otabek… ―dijo Mila fingiendo tristeza; había vuelto a sentarse entre él y Georgi.
―¡Yo tampoco tengo ningún plan! ―chilló Yuri desquiciado y le tiró el móvil a la cara.
Otabek interpuso su brazo entre el proyectil y su objetivo, recibiendo de esa manera el impacto. A Mila sólo le había dado tiempo a cerrar los ojos y a encogerse sobre sí misma por el susto.
―Ya es suficiente, Yuri ―dijo Otabek muy serio―. Estamos molestando a los demás clientes.
Yuri se percató en ese momento de que un camarero se había acercado hasta su mesa con intención de llamar al orden. Otabek se disculpó por todos los presentes y Yakov aprovechó para decirles que deberían aprender de la educación de Otabek. Mila se disculpó de inmediato, porque había sido ella quien había alterado a Yuri de esa manera. Viktor también lo hizo, no porque lo sintiera de verdad, sino para contentar a su entrenador y poder retomar el tema de su cita con Lilia. Georgi le conocía desde hacía más tiempo, eran de la misma quinta, por lo que tenían una complicidad malévola cuando se trataba de poner en evidencia a Yakov con temas personales.
La velada duró el tiempo que necesitaron para acabarse los postres y marcharse del restaurante a un bar de copas. Yuri intentó irse a casa porque no estaba de humor para continuar con ellos, pero una vez más, no se lo permitieron. Ni Otabek ni él habían vuelto a participar en la conversación, al menos hasta que llegaron al bar. Una vez dentro, entre Mila, Georgi y Viktor volvieron a introducirlo en la conversación, y Yakov estaba entretenido charlando con el katsudon, así que Yuri se aisló en su móvil todo lo que le fue posible.
Se sentía muy incómodo y, en cierto modo, culpable. No entendía muy bien por qué, pero desde que Otabek le había hablado en ese tono sólo tenía ganas de meterse en la cama y hacerse un ovillo.
Al cabo de un buen rato de reflexión comprendió que le había avergonzado y por eso se sentía culpable. Le costó deducirlo pero tenía que ser eso. Otabek ni siquiera le había mirado desde que habían entrado al bar, lo cual empeoraba el sentimiento. Por más que los demás lo hubieran provocado, el que había llamado la atención y molestado a los otros clientes con sus gritos había sido él.
Quería irse a casa pero si se marchaba sin Otabek, el encuentro posterior sería incluso más incómodo de lo que era estar con él en ese momento, en compañía con los demás. Así que se limitó a jugar a un juego en el móvil hasta que los demás decidieron que habían tenido juerga suficiente por esa noche.
―Yuri ―lo llamó Mila cuando estaban en la puerta esperando a que los chicos trajeran sus coches―. Lo siento mucho.
Yuri la miró sin entender a qué venía esa disculpa. Mila había bebido lo suficiente para estar alegre sin llegar a emborracharse; aunque en ese momento parecía de todo menos alegre.
―Parece que Otabek se ha enfadado contigo por mi culpa. De verdad que lo siento, no era mi intención.
―Pues piénsatelo mejor la próxima vez.
―No estoy enfadado con él por tu culpa ―dijo Otabek, saliendo del bar justo en ese momento.
Yuri se sobresaltó porque pensaba que había ido a por su coche, pero al parecer, sólo Viktor se había adelantado.
―Voy a llevarte a casa.
―¡Oh, no! ¡No! Tú vete con Yuri, yo cogeré un taxi.
―No me quedaré tranquilo hasta que te vea entrar por el portal ―insistió Otabek.
―Oh, vale…
La rojez en las mejillas de Mila había sido producto del alcohol hasta ese momento, pero la nueva intensidad se debía a otro motivo, uno en el que Yuri no quería pensar.
―Puedes venir con nosotros o puedes adelantarte con Viktor y Yuuri. Lo que quieras.
La frialdad y el distanciamiento con el que le habló fueron suficientes para que Yuri cesara en su empeño por aguantar esa situación por más tiempo. Por suerte para él, Viktor apareció con el coche justo en ese momento, así que se metió dentro sin decir nada más y se escondió todo lo que pudo bajo la capucha de su abrigo.
Durante todo el camino de vuelta, Yuri miró el paisaje sin observarlo y si Viktor o Yuuri le hablaron, él no los escuchó. Tampoco se despidió de ellos cuando salió primero del ascensor por vivir una planta bajo ellos y al entrar en casa, no encendió ninguna luz, únicamente la calefacción. Se quitó la ropa de abrigo, los zapatos y se dirigió a su dormitorio para dejarse caer en la cama.
No supo cuánto tiempo tardó Otabek en llegar, pero su enfado se avivó en cuanto escuchó la puerta, el ruido que hizo en la entrada al desvestirse y descalzarse y sus pisadas aproximándose. Yuri se maldijo; se había dejado la puerta abierta por la costumbre de estar solo en casa.
Otabek dio unos toques suaves con los nudillos.
―¿Puedo pasar?
Yuri quería decirle que no, pero en su lugar encendió la luz de la lámpara que tenía sobre la mesita de noche y se sentó en la cama, dejándole espacio suficiente a los pies de la misma para que él también tomara asiento si quería.
―¿Qué tal con Mila? ―preguntó en un murmullo sin mirarlo.
―La he dejado en su casa ―respondió en lo que se sentaba para quedar a la misma altura que él―. He tardado en volver porque hemos estado hablando sobre ti en el coche.
Yuri emitió un pequeño bufido en señal de haberle escuchado, aunque en realidad no quería hacerlo.
―Voy a ser franco contigo: me molesta la forma en que la tratas ―dijo Otabek, directo al grano como era característico en él.
―¿Y cómo la trato? ―preguntó a la defensiva.
―Le has tirado el móvil a la cara, Yuri. ¿En qué estabas pensando?
Otabek no aparentaba la edad que tenía, ni en su físico ni en su comportamiento. Parecía estar más cerca de los treinta que de los veinte y había algo en su tono de voz que parecía albergar la verdad absoluta del universo. Ese matiz no le había molestado hasta ese momento, pero ahora era muy diferente.
Yuri estaba muy enfadado.
―¿Y ella qué? ―comenzó, alzando la voz―. ¡Me quitó el móvil y empezó a hablar con el otro haciéndose pasar por mí!
―Eso tampoco estuvo bien ―reconoció, sin alterarse lo más mínimo pero manteniendo la firmeza en su voz―, pero si levantaras la cabeza de la pantalla de vez en cuando te darías cuenta de hay todo un mundo a tu alrededor.
―¡Encima es culpa mía! ―se irritó todavía más.
―Mila se comporta así contigo para llamar tu atención, porque no le queda más remedio. En la cena, sin ir más lejos, te habló tres veces, pero estabas tan absorto con el teléfono que ni te diste cuenta.
Eso podía haber pasado perfectamente; no sería la primera vez que no se enteraba de que le hablaban porque estaba absorto con el móvil.
―Bueno, pues que me hubiera dado un tirón de la manga, ¡yo qué sé!
Se cruzó de brazos y volvió a desviar la mirada; se sentía muy mal no sólo porque parecía estar perdiendo la discusión, sino porque Otabek estaba regañándole como lo hacían los adultos.
―Mila es una buena chica, Yuri. Sólo quiere ser tu amiga ―dijo e hizo una pausa antes de pronunciar lo siguiente―. No me gusta la gente que trata a los demás con el desprecio con el que la tratas a ella. Bueno, y a todos en general.
Yuri se giró a mirarlo con la boca abierta de la incredulidad.
―No los trato con desprecio ―se defendió―. Mira, no soy el hada delicado y amable que la gente piensa que soy.
―Eso ya lo sé, pero conmigo no eres desagradable, ¿por qué con ellos sí? ―preguntó suavizando el tono de voz.
―Porque me irritan ―respondió de inmediato―. Me provocan con sus tonterías y no paran hasta cabrearme.
―Quizás porque les has enseñado que ése es el único modo que tienen de conseguir algo de ti.
Yuri lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza. No podía creerse lo que acababa de escuchar. No de Otabek.
―¡O sea, que me irritan ellos y encima es culpa mía que lo hagan! ¡Fantástico!
Se puso en pie para alejarse de él todo lo que la habitación le permitió. Estaba nervioso, iracundo y sólo quería pagar su mal genio pateando algo.
―No, Yuri, lo que intento decir es que…
―¡Eso es justo lo que estás diciendo! ¡Que recojo lo que siembro! ―le gritó dejándose la garganta en ello y girándose bruscamente a mirarlo―. Quizás soy así porque no quiero que me molesten con chorradas. Si tú eres amable y correcto con todo el mundo bien por ti, Otabek. Pero a mí me la sopla lo que la gente piense de mí y no voy a seguirles el rollo en sus estúpidas conversaciones porque no me apetece perder el tiempo de esa manera. Lo siento si la imagen preconcebida que tenías de mí no coincide con la realidad.
Lo soltó todo de carrerilla, sin pensar en lo que estaba diciendo. Eso era lo que sentía y no iba a endulzarlo, a maquillarlo con eufemismos que trataran de suavizar el mensaje.
Le siguió un silencio tenso, pero esta vez, ninguno rehuyó la mirada del otro.
―Si no te interesan las conversaciones estúpidas de la gente, ¿por qué aceptaste ser mi amigo? ―cuestionó Otabek con lentitud.
―Porque me lo pediste ―contestó de la misma manera.
―Podrías haberte negado.
―Podría.
―Pero no lo hiciste. ¿Por qué?
Yuri estaba temblando; tenía una congoja abismal en su interior y era incapaz de no exteriorizarla a través de ese temblor. No quería continuar con esa conversación, pero tampoco sabía cómo cortarla sin que se fuera todo al garete.
―No lo sé. No eres como los demás… ―dijo, retrocediendo hasta que encontró el armario para apoyarse en él. Con la mano derecha se sujetaba el brazo izquierdo, uñas clavadas en la carne, en un intento desesperado por forzarse a serenarse.
―¿Y cómo soy?
―¡Ahora mismo un pesado! ―exclamó; Otabek le sonrió muy ligeramente y Yuri respiró hondo―. Eres un tío guay ―confesó en lo que se pasaba una mano por el pelo con cierto nerviosismo―. Otabek Altin, el tío guay que no se relaciona con los demás patinadores y que lo rodea ese aura de misterio que a todos seduce. Si un tío así aparece de repente y te salva de una horda de fans locas, te lleva a un mirador a ver el atardecer y te dice todo lo que me dijiste aquel día, ¿le dirías que no?
Otabek se mordió los labios; las comisuras de las mismas alzadas en una sonrisa.
―No lo sé, no he estado en esa situación… ―dijo, con la mirada perdida en las piernas de Yuri.
―Pues yo sí ―dijo, recuperando por fin la firmeza en la voz y la determinación para enfrentarse a él; se cruzó de brazos y se cambió el peso de pierna―. Pero no acepté porque me parecieras un tío guay, que también, sino porque me impresionaste con tu sinceridad. Siempre me han mirado con envidia y con celos porque era el mejor. A la cara eran sonrisas y amabilidad y a la espalda hablaban mierdas sobre mí. Se te quitan las ganas de relacionarte con la gente cuando ése es el trato que recibes.
―Entonces sí que te importa lo que piensen los demás ―concluyó Otabek, de nuevo saliendo por un derrotero inesperado.
―No realmente ―dijo muy seguro―. A la gente que no me interesa ni la miro. Y no desprecio a Mila, simplemente así es como funcionamos. Supongo…
Realmente, nunca se había parado a pensar en su relación con Mila o con ninguno de los otros patinadores. En general, Yuri no dedicaba su tiempo a ese tipo de reflexiones. Pensar no era lo suyo; ciertamente, él era un soldado que acataba órdenes, un profesional que prestaba atención únicamente a aquello que lo hacía mejorar como patinador. Todo lo demás le sobraba.
O así había sido.
Ya no estaba seguro de nada. Ni de sus habilidades como patinador, ni como bailarín, ni como persona.
Todo era un desastre.
―Yo soy el nuevo, así que quizás he juzgado mal ―dijo Otabek, ahora siendo él quien se pasaba la mano por el cabello―. De hecho, ni siquiera tengo derecho a hacerlo. Lo siento.
Su disculpa fue sincera. Todas las palabras que salían de la boca de Otabek eran siempre sinceras; eso era lo que más le gustaba de él.
―No, está bien que me pares ―dijo muy serio―. Si al lanzarle el móvil le hubiera hecho daño, no sé qué habría pasado después. Me da igual lo que piense Nikolay; me importa más haber estado a punto de hacer daño a Mila por la rabia. No puedo controlarme en esas situaciones.
Yuri no se paraba a pensar las cosas, pero Otabek ejercía ese efecto en él y ahora estaba empezado a ser consciente de la gravedad de la situación y a comprender por qué su amigo había reaccionado de esa manera. El porqué de su enfado. Y tenía razón.
―Control, ¿eh?... ―murmuró Otabek.
―¿Mmm?
―Nada.
Otabek se dejó caer hacia atrás en la cama, quedando tumbado pero con las piernas fuera. Ese día vestía con un pantalón negro y una camiseta blanca de mangas cortas, lisa. En la calle había vestido otra camiseta grisácea de mangas largas y un jersey bajo el abrigo, pero al llegar a casa se había quedado con lo mínimo debido al calor de la calefacción, al igual que Yuri, quien usaba también un pantalón negro y una camiseta con estampado bajo la sudadera. Se la quitó en ese momento para quedarse en mangas cortas y recuperó su asiento en la cama, cruzándose las piernas sobre la misma. Se dedicó a observar a Otabek, quien tenía la vista perdida en el techo.
Probablemente esa era la primera vez que se sentía lo bastante cómodo como para tomar la confianza de tumbarse en su cama de esa manera. Hasta entonces, Otabek había continuado pidiendo permiso para coger comida de la nevera o para utilizar la ducha, sin importar las veces que le había repetido que no necesitaba hacerlo porque estaba en su casa. Algo a lo largo de su conversación había logrado que se relajara en el aspecto formal de una vez, así que ya podía sacar algo en positivo al menos.
Yuri tampoco se había fijado en lo definida que tenía la mandíbula, lo que acentuaba aun más su masculinidad. Los rasgos de Yuri eran ambiguos, como lo habían sido los de Viktor durante su adolescencia, de ahí que Yakov estuviera repitiendo la misma estrategia con él: utilizar esa ambigüedad para seducir al público. No le molestaba particularmente porque era un buen arma con el que competir en el hielo, pero tampoco le importaría que la gente tuviera la misma impresión masculina que tenían sobre Otabek.
―¿Vas a salir con Mila por San Valentín? ―preguntó por romper el silencio de alguna manera.
―No. No es buena idea ―contestó Otabek, quien giró el rostro lo justo para poder mirarlo.
―¿Y eso?
―No quiero estropearlo ―dijo, de nuevo con esa arrolladora franqueza―. Es una chica encantadora y me gustaría conocerla mejor. Pero si tenemos una cita es únicamente para no ir directamente al sexo.
Yuri gruñó ante la ausencia de palabras. No sabía qué decirle a eso.
―Mi primera experiencia en Rusia no fue buena, pero gracias a la amabilidad y a la atención de Mila y de los demás, estoy teniendo una impresión diferente esta vez ―confesó Otabek, volviendo a mirar al techo, con las manos entrelazadas sobre su tripa.
―Me alegro de que sea así.
A Yuri casi se le atragantaron esas palabras mientras las pronunciaba. No es que fuera mentira, pero se le había creado un nudo en el estómago al ser consciente de que él no había contribuido a que fuera así. Como su amigo y anfitrión, era su responsabilidad y no estaba cumpliendo con ella.
―También hemos hablado de esto en el coche, Mila y yo me refiero ―reveló, mirándole un escaso momento―. Creo que le ha decepcionado un poco pero no ha puesto ninguna pega. No quiero que pierda su tiempo detrás de mí.
―Supongo que es lo mejor… ―dijo por decir algo, porque en realidad no sabía qué responderle.
Quisiera o no, probablemente al día siguiente Mila le contaría su versión del asunto. Ahora que se paraba a pensarlo, Mila le contaba bastantes cosas sobre su vida privada sin que él le preguntara, justo como estaban haciendo Otabek y él desde que eran amigos. Quizás para ella sí que tenían una relación cercana aunque él no le hubiera dedicado ni un pensamiento. Eso, de algún modo, le hizo sentir mal por ella.
―¿Qué vas a hacer tú con el chico ese?
La pregunta repentina de Otabek lo tomó tan por sorpresa que por un momento no supo a quién se refería.
―¿El orejón? Darle un puñetazo la próxima vez que se atreva a besarme.
―¿Lo ha hecho?
Otabek giró más el rostro para poder observarlo mejor.
―Tres veces con la de hoy ―contestó con repulsión―. Qué puto asco.
―¿Le devolviste el beso?
―¡Claro que no! ―exclamó con indignación.
―Está bien ser perseverante, pero si a la tercera sigues siendo rechazado también hay que saber cuándo parar ―respondió Otabek con su característica serenidad.
―Pues ése no lo sabe.
Yuri se movió para tumbarse de costado, con las piernas flexionadas y usando su propio brazo como almohada. Al hacerlo notó todo el agotamiento del día.
―Intenta hablar con él tranquilamente ―propuso Otabek cuando se hubo acomodado―, fijo que siempre le gritas.
―Sí… ―reconoció entre dientes, desviando la mirada a la corcha de la cama, e incluso comenzó a jugar con la costura.
―Como si lo viera ―dijo, acompañado de una pequeña risita.
―Si alguna vez te grito, no me odies, ¿vale? ―murmuró con más temor que vergüenza.
―En realidad ya me has gritado y no te odio, así que no te preocupes ―le recordó con una sonrisa―. No podría odiarte aunque quisiera.
―¿Por qué no? ―cuestionó volviendo a mirarle.
―Bueno, sí podría, pero tendrías que hacer algo que vaya en contra de mis principios para ganarte mi odio.
―Pues hazme una lista de tus principios para no cagarla.
Otabek soltó una carcajada genuina y Yuri sonrió ligeramente.
―No te preocupes. Cuando hagas algo que no me guste, lo hablaremos como hoy y lo resolveremos ―dijo, y Yuri se sintió muchísimo más tranquilo después de escucharlo―. E igual a la inversa, que yo no soy perfecto.
Yuri no pudo contener el impulso de hacerse un ovillo en su costado y utilizar su pecho como almohada, asegurándose de dar la espalda a su rostro. Otabek dio un pequeño respingo, pero acabó por desenlazar las manos y medio abrazarlo en esa posición extraña. Le acarició el brazo de manera reconfortante hasta finalmente alcanzar sus cabellos y pasar sus dedos por las hebras. Yuri cerró los ojos y en cuestión de minutos, se quedó profundamente dormido.
Continuará...
¡Muchísimas gracias por vuestro apoyo! No puedo creerme que haya más de 50 personas siguiendo este fic, de verdad que la acogida que ha tenido me ha emocionado mucho. Os he respondido los review con mensajes directos. A los que no tenéis cuenta y aun así comentáis, quiero agradecéroslo especialmente.
Os dejo link del baile que está practicando Yuri: watch?v=Wz_f9B4pPtg
Ojalá hayáis disfrutado de este capítulo y os sigan gustando los que están por llegar.
En el próximo capítulo...
―¿Crees que no soy suficientemente liberal? ―se ofendió Yuri―. Pon el capítulo.
―Yuri…
―¡Pon el capítulo! Te voy a demostrar lo liberal que soy.
