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Capítulo II
Como un fantasma
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A donde quiera que vayas, estaré detrás de ti
No hay a dónde ir
Tu cabeza es mi objetivo
No hay escape, se te está acabando el tiempo
Así que ¿a dónde irás?
Cuando te asesine
.
Estoy a punto de hacerlo a tu manera
Haré de tu mundo un lugar inseguro
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Nunca pensé que llegaría tan lejos, es una locura
.
Murder - Within Temptation
.
Estaba tan exhausta que se despertó más tarde de lo habitual. Lo primero que escuchó fue el sonido de un tren lejano. Somnolienta, abrió los ojos un poco y escuchó con atención. El Expreso de Hogwarts acababa de salir de la estación de Hogsmeade y se marchaba a Londres. Tuvo una extraña sensación, como si quisiera estar en el tren en ese momento y al mismo tiempo como si aquel escenario fuera totalmente ajeno a ella, como si nunca hubiera pertenecido a ese lugar en aquella época. Estaba ahí, lejos de su verdadero hogar, en una época que no era la suya, llevando a cabo una misión suicida.
Podía dejarlo todo en aquel momento y olvidar su plan. Tom creía que estaba muerta y podía vivir a salvo de él, lejos. Estaba en un punto en que todavía tenía la posibilidad de renunciar y dejar de meterse en líos. Pero Amelia era testaruda y por eso decidió seguir en pie, con la espada en mano. No era valentía o insensatez —según quién lo viera—, sino venganza. Era aquel sentimiento el que la movía y por el que seguía viva. Había llegado al pasado para matar a Riddle y evitar que sus terribles actos desencadenaran las tragedias que habían llevado a sus padres a la muerte. Sin embargo, ahora él había tratado de matarla personalmente y la venganza había adquirido otro matiz, por decirlo de alguna forma.
Sabía que el único plan que tenía en aquel momento era seguir a Tom. Si aquello había sido complicado dentro de Hogwarts, ¿cuán difícil sería seguir sus pasos en Londres?
Decidida a ser optimista se levantó de la cama mientras oía el sonido del tren alejándose rápidamente. Trató de apartar de su mente la nostalgia y se dedicó a prepararse para bajar al bar. Una vez allí, el tabernero le sirvió un vaso de jugo de calabaza, farfullando algo parecido a que también estaba incluido en el precio. Amelia se lo agradeció y bebió el jugo en silencio, sin poder evitar sentir cierta ansiedad ante lo que le esperaba en Londres.
Diez minutos más tarde, Amelia había abandonado la taberna y ahora se dirigía hacia la calle principal, rumbo a Las Tres Escobas. El local ya se encontraba abierto y dentro encontró a un par de personas desayunando. La joven se acercó hasta la barra y esperó a que la tabernera apareciera. Al cabo de unos minutos la mujer apareció y reparó en su presencia. Le sonrió amablemente, pero sus ojos se estrecharon en una ligera sospecha tras mirar su túnica y el baúl que tenía al lado.
—¿Qué se te ofrece, querida? —le preguntó con voz dulce. Amelia se dijo que probablemente esa dulzura era fingida.
—Busco una chimenea conectada a la Red Flu —explicó.
—¿Perdiste el tren? —quiso saber elevando la ceja derecha inquisitivamente.
—No.
La mujer chasqueó la lengua ante la respuesta monosílaba de la joven.
—Bien, ven conmigo —dijo. Su voz ya no sonaba tan suave como al principio por lo que Amelia se permitió sonreír levemente al ver que había tenido razón.
La mujer cogió una cajita de debajo de la barra y se encaminó hacia la parte trasera del local, donde había una chimenea. Amelia la siguió de cerca hasta detenerse junto a la bruja.
—Adelante.
Amelia dio un paso hacia el interior de la chimenea y se giró. Sujetó con fuerza su baúl mientras la mujer abría la cajita y le ofrecía los polvos Flu.
—Gracias —dijo mientras extendía la mano para coger los polvos, pero en ese momento la bruja alejó un poco el pequeño cofre. Entrecerró los ojos y se llevó el dedo índice a la mejilla dándose ligeros golpecitos.
—Me resultas familiar, muchacha —comentó.
—Bueno, he venido a la taberna varias veces como todos en el pueblo —respondió. La mujer volvió a elevar la ceja como si pensara que Amelia la creía una tonta.
—Creo que te vi cuando sucedió algo importante —reflexionó ladeando la cabeza. De repente sonrió y movió el dedo en dirección a ella—. Estabas aquí cuando aquel muchacho tan apuesto fue envenenado. Estabas con él, incluso te serví una cerveza de mantequilla. Me acuerdo de todo el lío que se armó después, se habló del tema durante días y casi pierdo a algunos clientes que empezaron a desconfiar de mi cerveza —soltó como si se lo estuviera reprochando.
Amelia, algo sorprendida por la capacidad de la mujer de recordar esos detalles, sintió un peso en el estómago, preocupada por el hecho de que ella hubiera visto aquel día algo que no debía. Sin embargo, fue rápida en fingir. Frunció el ceño y esbozó una mueca de extrañeza.
—Me confunde con otra persona —expresó.
Su voz sonó más dura de lo que había planeado, pero al parecer sirvió para que la tabernera dejara el tema, porque se encogió de hombros y volvió a ofrecerle los polvos Flu. Esta vez Amelia pudo cogerlos sin problemas. Hacía tiempo que no viajaba por ese medio y no podía evitar sentirse algo nerviosa, por lo que respiró profundamente, aferró con una mano su baúl mientras que con la otra lanzaba al suelo el puñado de polvos y decía claramente su destino: El Caldero Chorreante.
Las llamas verdes la envolvieron enviándola por una serie de chimeneas a una velocidad vertiginosa. Cerró los ojos ante la mareante sensación y en pocos segundos el viaje había terminado. Sus pies tocaron el suelo de una chimenea en concreto por lo que abrió los ojos rápidamente, se sacudió el hollín de la túnica y salió hacia una pequeña sala privada que estaba detrás de la barra. El tabernero, quien en ese momento llenaba una jarra con un líquido color rojo, se dio cuenta de su llegada. Le indicó que rodeara la barra mientras él llevaba la bebida a la mesa correspondiente.
Amelia miró a su alrededor y no pudo evitar notar las diferencias entre las tabernas que acababa de visitar. Se permitió sonreír, divertida, pues en poco tiempo había visto tres, en lo que parecía ser una especie de tour por las pintorescas tabernas del mundo mágico.
La joven pidió una habitación en cuanto el tabernero volvió a su puesto. Le entregó el dinero y el mago descolgó una de las llaves de la pared tras él y se la dio. Luego se ofreció a llevar su baúl hasta el segundo piso. Ya arriba, en la habitación, Amelia contempló el que sería su refugio durante los siguientes días. Atrás quedaba la majestuosidad de Hogwarts, sin embargo, el nuevo lugar no estaba mal. Era una habitación sencilla pero decorada con buen gusto. Aquel sería el refugio al que llegaría por las noches y donde podría sentirse a salvo.
Se acercó a la ventana y observó el exterior. Podía ver los techos grises de los negocios del Callejón Diagon y a las primeras personas del día caminando por la calle principal, yendo de compras. Veía los sombreros puntiagudos de las brujas y magos andando de prisa en diferentes direcciones, con paquetes en las manos o revisando largas listas de compra. Amelia suspiró levemente, observando la tranquilidad con la que las personas se ocupaban de cosas cotidianas, sin lidiar con magos tenebrosos que amenazaran su vida.
Por un breve instante, Amelia sintió nostalgia por el pasado. Por el tranquilo pasado que se perdió de repente. Sintió rabia porque un grupo de magos oscuros se había apoderado de sus vidas, arrebatándoles todo cuanto tenían y robándoles el futuro. Todo bajo los designios de una sola persona que había decidido imponer a la fuerza unos ideales de pureza que eran aplaudidos por un pequeño porcentaje de la comunidad mágica.
Sin pretenderlo, recordar le había dado fuerzas para enfrentarse a lo que vendría.
Se alejó de la ventana y caminó hasta su baúl, que había sido dejado a los pies de la cama por el tabernero antes de marcharse. Decidió acomodar la ropa en el armario y dejar los libros y artículos de pociones en el baúl. Observó el giratiempo —roto e inútil— y buscó un lugar donde esconderlo. Se dijo que cuando consiguiera una varita haría un par de hechizos desilusionadores para ocultarlo.
Más tarde bajó al Callejón Diagon en busca de una nueva varita. El señor Ollivander se sorprendió al verla, pues unos meses atrás le había vendido una.
—Parece que no tiene mucha suerte con las varitas— le comentó él cuando ella le respondió a la pregunta sobre qué había sucedido con la anterior.
Amelia no dijo nada mientras el señor Ollivander buscaba entre las cajitas y elegía unas cuantas. Las dejó sobre el mostrador y abrió una de ellas.
—Encontraremos entre éstas a su nueva compañera —le dijo mientras le entregaba una varita.
Unos minutos más tarde, y tras probar sin éxito media docena de varitas, Amelia sintió por fin una cálida sensación en el brazo, indicándole que acababa de encontrar la suya.
Después de pagar, salió de la tienda con su nueva adquisición en las manos. Entonces, tuvo una fuerte sensación de déjà vu. Unos meses atrás, había chocado con Tom Riddle exactamente en el mismo sitio en el que se encontraba ahora. En aquel momento, ninguno de los dos sabía quién era en realidad el otro. Ella acababa de llegar desde su época y no sabía dónde buscarlo, por lo que fue una gran casualidad que lo encontrara al salir de la tienda de Ollivander. Pero sabía bien que las casualidades no existían y aquello parecía haber sido una señal del destino.
Eso le llevó a pensar en que quizás sería una buena idea ir a ver a la bruja del Callejón Knockturn, la que le había dado el collar. Tal vez allí encontraría algunas respuestas.
Pasó por la entrada del tenebroso callejón y, tras una corta vacilación, se internó en él. Pero se llevó una decepción al ver que el local que buscaba, la librería, estaba cerrado. Movió el pomo de la puerta una vez más, pero la puerta no se movió. Resignada, se dijo que volvería al día siguiente, de modo que decidió regresar a su habitación y encerrarse ahí para planear sus movimientos.
Lo primero que hizo fue practicar algunos hechizos simples con su nueva varita para acostumbrarse a ella. Escondió el giratiempo bajo varios encantamientos y después buscó en sus libros algún hechizo que podría servirle en un futuro, practicando brevemente. Se dijo que al día siguiente debería ir a la librería en busca de libros más específicos que pudieran serle de ayuda.
En uno de los libros del colegio encontró la carta que Anna le había enviado hacía tan pocos días. Parecía que habían sucedido demasiadas cosas en tan poco tiempo. Anna no lo sabía, pero en realidad era la abuela de Amelia, el antepasado de quien había heredado el gen de la magia. Volvió a leer la carta y sonrió con nostalgia ante la posdata en la que estaba escrita una dirección en Londres. Era el mismo lugar donde ella había vivido toda su vida y donde había entrado a escondidas nada más llegar al pasado. Se dijo que sin falta iría a visitar a Anna.
Dejó los libros en el baúl y empezó a caminar de un lado a otro pensando en sus planes. Repitió para sí misma los posibles pasos que debía seguir, en un intento de ordenar sus ideas. Pensando en un posible plan todo parecía viable, pero sabía bien que las posibilidades de fracasar eran realmente altas.
A medida que iba acercándose la noche, Amelia empezaba a sentirse nerviosa. La primera parte de su plan consistía en esperar a Tom en King's Cross y seguirlo. Todo dependía de lo que pasara esa noche. Tenía que conocer sus costumbres fuera de Hogwarts, averiguar qué planeaba hacer y a dónde iría. Si se convertía en su sombra, descubriría dónde tenía escondido el anillo.
Por eso, cuando llegó el momento, Amelia se apareció en un callejón oscuro y solitario y se encaminó hacia la calle donde estaba la entrada de la estación. Aparentemente, ella no estaba ahí, pues se había hechizado a sí misma con el encantamiento desilusionador.
El Expreso de Hogwarts no tardaría en llegar, por lo que decidió entrar a la estación y quedarse esperando cerca de la plataforma 9 ¾, pero pronto descubrió que ser invisible en medio de una multitud era una tarea peligrosa. Por su lado pasaban constantemente viajeros apresurados que no se daban cuenta que sus equipajes podían golpearla. Amelia, en un intento por evadir al gentío, se acercó al andén 9 y se apoyó en la pared, detrás de unas maletas que una familia muggle había dispuesto ahí, esperando la llegada del siguiente tren.
Desde su posición, Amelia tenía una visión despejada del muro por donde saldrían de un momento a otro los estudiantes de Hogwarts. Y de repente, dos personas atravesaron la pared de piedra. Con un corto vistazo a su alrededor comprendieron que nadie había reparado en su presencia. Unos minutos más tarde salieron más personas, arrastrando sus baúles y hablando sin parar, emocionados. El encuentro entre los alumnos y sus familias era visiblemente alegre. Amelia, alejando de su mente los recuerdos de ella misma siendo recibida por sus padres al finalizar el curso, se centró en las personas que salían. No podía distraerse ahora.
Reconoció a Selwyn y más tarde a Avery, pero no había rastro de Tom. Cinco minutos más tarde vio a Paul y a Joanna junto a sus respectivas familias hablando animadamente mientras se alejaban rumbo a la salida de la estación. Y de repente, vio a Malfoy junto a sus padres e inmediatamente después a Nott junto a su familia. Amelia tenía la certeza de que Tom aparecería de pronto. Contuvo la respiración y observó casi sin parpadear, pero él no salió.
A punto de desesperarse, Amelia se preguntó por qué él tardaba tanto. Ya habían pasado quince minutos desde la llegada del tren y la mayoría de los viajeros ya se había marchado. ¿Dónde estaba Tom? Y como si fuera una respuesta, él atravesó el muro repentinamente. Serio y altivo, ni se dignó a mirar a su alrededor. Amelia sintió un peso en el estómago al verlo. Decidida, abandonó su refugio y se encaminó detrás del joven. Tom llevaba consigo dos baúles y Amelia supo enseguida que el segundo era suyo. Por supuesto, Tom, pensando que se había deshecho de ella, no podía darse el lujo de dejar el baúl en el tren o corría el riesgo de que alguien se diera cuenta de que algo le había pasado a ella.
Con una mezcla de rabia y resentimiento, caminó por entre las personas sin perder de vista a Tom. Se aseguró que seguía siendo invisible y caminó tras sus pasos hacia la calle y lo siguió por la acera hasta llegar al callejón donde Amelia había aparecido. Él giró y se internó en él, pero para cuando ella llegó hasta el lugar, Tom ya se había marchado. Decepcionada y preocupada, Amelia se detuvo. Sin embargo, no todo estaba perdido. Estaba más que segura que él regresaría al orfanato por lo que se preparó para aparecerse. Caminó hasta el fondo del callejón y visualizó el sitio donde planeaba llegar. Esperó unos minutos pues estaba segura de que Tom había elegido el mismo lugar.
Cuando apareció en el callejón cercano al orfanato, lo primero que hizo fue asegurarse que se encontraba sola. Aquel era el lugar donde había desaparecido tras huir del orfanato el año anterior, después de que Tom la sorprendiera revisando sus cosas en su habitación.
Avanzó por el callejón y salió a la calle. Podía escuchar a lo lejos el sonido que se producía al arrastrar baúles, por lo que supo que Tom estaba cerca. Divisó su silueta casi llegando al orfanato y se apresuró en seguirlo. Caminó deprisa tratando de que sus pasos no resonaran sobre el pavimento. Sin dejar de mirar al frente, alerta, recorrió silenciosamente el camino que la separaba del edificio al que el joven acababa de entrar.
Cuando llegó a las puertas del orfanato, Amelia dudó un instante sobre si debía entrar inmediatamente o era mejor esperar. Recordaba de manera vívida lo acaecido en ese sitio hacía casi un año. No quería cometer los mismos errores, sin embargo, decidió retroceder y esperar al otro lado de la calle, observando las ventanas con atención. La mayoría de las habitaciones estaban con la luz encendida y podía vislumbrar las siluetas de sus ocupantes moviéndose detrás de las cortinas. Un par de luces se apagaron con escasos segundos de diferencia y de repente, una luz del segundo piso se encendió. Una corazonada le indicó que aquella podría ser la habitación de Tom.
Amelia echó un breve vistazo a sus manos para asegurarse que seguía siendo invisible y volvió a fijar su mirada en la ventana. Conteniendo la respiración vio como Tom se acercaba al cristal y cerraba las cortinas. Distinguió su silueta durante unos instantes, pero al cabo de unos minutos la luz se apagó.
Sin perder el tiempo, Amelia caminó resuelta hacia la verja de entrada. Sabiendo ya que ésta chirriaba, la abrió con rapidez, logrando que sonara mucho menos. En tres pasos alcanzó la puerta del edificio y cerró la mano fuertemente sobre el picaporte, respiró profundamente y lo giró. Empujó la madera un poco y miró al interior. El viejo vestíbulo estaba desierto, de modo que entró con precaución y cerró la puerta tras ella. A los pocos segundos una joven de más o menos su edad bajó las escaleras y se dirigió al comedor, donde ya se encontraban algunas personas. Claramente la cena no tardaría en comenzar.
Amelia decidió ir al segundo piso, pero tras subir un par de escalones tuvo que regresar hasta la puerta porque vio venir hacia ella a varios niños que bajaban en tropel, seguidos por una mujer de mediana edad que les instaba a ir con más cuidado. Y de pronto, en lo alto de las escaleras, vio aparecer a Tom. Paralizada, Amelia no se atrevió a moverse. Por un segundo, sus miradas se encontraron y una extraña sensación se instaló en su pecho, sin embargo, era imposible que él reparara en su presencia. Entonces el joven miró hacia otro punto y aquella sensación desapareció.
Tom llegó hasta la puerta del comedor y ahí la mujer que había bajado junto a los niños se dio la vuelta y miró con sorpresa al joven.
—¡Tom! —exclamó con cierto tono nervioso— ¿Cuándo llegaste?
—Señora Cole —saludó él con seriedad—. Llegué hace un momento. ¿Podría hablar con usted?
La mujer de facciones afiladas miró dubitativamente al interior del comedor, donde los niños ya se acomodaban alrededor de una de las mesas, y luego a Tom, entonces asintió y se encaminó a su despacho. El joven la siguió, cruzando el vestíbulo. Amelia los observó, preguntándose si debería aprovechar y subir a revisar las cosas de Tom o entrar con ellos a escuchar aquella conversación. La curiosidad pudo más y antes de que la puerta se cerrara por completo, Amelia se deslizó silenciosamente hacia el interior de la oficina.
—Bien, Tom, te escucho —habló la directora sentándose detrás del escritorio.
—Deseo marcharme del orfanato —manifestó él sin rodeos, permaneciendo de pie en medio del despacho—. Mañana mismo, si no hay inconveniente.
La señora Cole levantó las cejas y cruzó las manos por encima de la mesa.
—¿Estás seguro? —le preguntó inclinando la cabeza ligeramente hacia la derecha— Sé que ya has cumplido los dieciocho años y tienes todo el derecho de irte, pero también sabes que puedes quedarte hasta que consigas algo real a lo que asirte ahí afuera. No queremos echarte al mundo sin que tengas algo en lo que apoyarte.
Amelia, que había notado en la directora cierto rechazo hacia Tom, se sorprendió que aparentemente se preocupara por su futuro. Mas no estaba segura si aquella preocupación era real o simplemente era un discurso que solía dar a los jóvenes que abandonaban el orfanato al cumplir la mayoría de edad.
Como Tom se encontraba de espaldas a ella, Amelia no podía ver sus expresiones, pero pudo percibir cierta tensión en él. Sin embargo, cuando respondió, lo hizo con extrema educación.
—Tengo donde quedarme mientras consigo un trabajo.
Un corto silencio los envolvió.
Amelia se preguntó qué tenía planeado hacer Tom a partir de ese momento. ¿A dónde pensaba ir?
La directora miró fijamente a Tom durante unos segundos antes de levantarse de la silla y acercarse al archivador para buscar un expediente. Se la veía aliviada.
—En ese caso —dijo en cuanto regresó a su escritorio con una carpeta en las manos—, tendrás que firmar unos documentos y podrás marcharte.
—De acuerdo —asintió Tom. Dio un par de pasos hasta la mesa y se sentó en una de las dos sillas dispuestas frente a la mujer. La señora Cole buscó una hoja dentro de un cajón del escritorio y la colocó en la máquina de escribir. Entonces miró al joven—. Tendrás que esperar unos minutos mientras redacto esto.
—¿Quiere que vuelva luego? —preguntó Tom haciendo amago de levantarse.
—No hace falta —respondió ella empezando a escribir—. No tardaré mucho. Luego iremos a cenar.
Daba la impresión de que la señora Cole quería terminar con aquello lo más pronto posible. Amelia sabía que esa era su oportunidad de subir a la habitación de Tom, pero ¿cómo salía de la oficina sin que fuera sospechoso que la puerta se abriera sola? Entonces, como si los hados estuvieran de su parte, alguien llamó a la puerta tímidamente antes de abrirla. Una joven de aspecto asustadizo se asomó sin atreverse a entrar.
—Señora Cole —habló. La mujer levantó la vista—. Ya empezarán a servir la cena, ¿no viene?
—Enseguida vamos, Amy —dijo, volviendo a escribir—. Termino esto con Tom y estaremos ahí en cinco minutos.
Amy abrió mucho los ojos ante la mención de Tom. Se podía percibir el temor en su mirada. Amelia se preguntó qué era lo que había sucedido para que ella se comportara así. Musitó algo parecido a "De acuerdo" e intentó cerrar la puerta, pero ésta se atascó con la esquina de la moqueta. Nerviosa, trató de arreglarla. Lo que no sabía era que aquel pequeño problema se debía a que Amelia había utilizado un hechizo no-verbal para lograr salir durante esos segundos en los que Amy arreglaba la alfombra. Cuando Amelia salió al vestíbulo, deshizo el hechizo y la asustada Amy pudo por fin cerrar la puerta.
Sabiendo que tenía poco tiempo, Amelia se apresuró en subir al segundo piso. Recordaba que la habitación de Tom era la 13-A, por lo que se dirigió allí rápidamente. Una vez dentro, observó a su alrededor y reparó en los dos baúles que el joven había traído consigo. Uno de ellos era la copia que Isobel había hecho y que Tom creía auténtico. Se arrodilló y lo abrió, observando su contenido. Dentro estaban los libros que su amiga había cogido de los otros baúles, junto con un par de túnicas. Lo cerró y pasó al baúl de Tom. Lo revisó concienzudamente y lanzó varios hechizos que podrían hacer visible cualquier cosa que estuviera escondida, pero ahí no estaba el anillo. Tampoco había algún objeto que podría considerarse valioso.
Se levantó y miró al armario, luego a la mesita de noche. Revisó ambos sitios y practicó los mismos hechizos. E incluso miró bajo la cama o cualquier escondite en las paredes, pero en esa habitación no estaba lo que buscaba. ¿Dónde estaba el anillo? Probablemente Tom lo llevaba consigo.
Estar de nuevo en aquel lugar era inquietante. El recuerdo de ser descubierta por Tom mientras revisaba sus cosas el año pasado regresó a su mente con inusitada fuerza y volvió a sentir ese miedo. Como si aquello fuese un presentimiento.
Y, sin darle tiempo a reaccionar, la puerta se abrió repentinamente.
El alma se le cayó a los pies al creer que Tom volvía a sorprenderla en el mismo sitio. Se dio la vuelta, asustada, pero en la puerta no estaba Tom, sino un chico de unos diez u once años. Durante un efímero instante ella se tranquilizó, recordando que seguía siendo invisible y que él no la vería, pero su expresión le dijo lo contrario. Él estaba aterrado, se había quedado paralizado con la mano en la puerta y la boca entreabierta, claramente a punto de decir algo. Y entonces, lanzó un grito, al mismo tiempo que echaba a correr por el pasillo gritando algo sobre un fantasma.
Amelia se miró las manos y vio con horror que el encantamiento desilusionador estaba empezando a desaparecer. Aún no era totalmente visible, de hecho, comprendía que el niño creyera que ella era un fantasma. En otro momento habría encontrado divertida la situación, pero ahora temía que esto le acarreara problemas. Escuchó pasos apresurados que se acercaban a la habitación e hizo lo que era más lógico: desaparecer.
Al mismo tiempo en que Amelia se aparecía cerca del Caldero Chorreante, el niño regresaba a la habitación, corriendo junto a sus amigos, jadeando, asegurando que el fantasma había tratado de atacarlo y que se había salvado de milagro. Sus amigos se burlaron diciendo que allí no había nada y que se lo estaba inventando. Detrás de ellos llegó de manera apresurada una mujer joven.
—¿Se puede saber a qué se debe este escándalo? —preguntó severamente.
—Señorita Smith —habló uno de los niños—, Robert dice que vio un fantasma.
La señorita Smith levantó las cejas en señal de incredulidad y negó con la cabeza.
—Tonterías —soltó—. Vamos, todos a cenar. Rápido.
Los niños, decepcionados, dieron media vuelta y se marcharon por el pasillo. La señorita Smith lanzó una mirada al interior de la habitación, con cierto temor, y luego cerró la puerta rápidamente.
Sin embargo, durante la cena, no hubo otro tema de conversación que el fantasma de la habitación de Tom. Amy Benson, quien sabía que la presencia del chico no traía nada bueno, estaba segura que aquel era otro macabro truco como el que les había enseñado en la cueva, hacía años, durante aquella excursión después de la cual ni ella ni Dennis Bishop volvieron a ser los mismos. Sentía escalofríos nada más recordar aquel terrible suceso, en el que, no sabía cómo, Tom se las había ingeniado para reanimar un cadáver que encontraron en la orilla del lago, dentro de aquella cueva infernal. ¿Quién había sido en vida y qué hacía allí? Amy no tenía la más mínima idea. Recordaba a la perfección lo absolutamente horripilante que fue todo. Si cerraba los ojos podía ver otra vez cómo el cadáver descompuesto se había arrastrado hasta ella, cogiéndola del tobillo. Todo había durado escasos segundos, pero para ella parecía que nunca iba a terminar. Aún recordaba cómo había gritado presa del terror, nada más verlo al entrar a la caverna. Pero el hecho de moverse había hecho que se comportara como una histérica. Dennis estaba igual o peor que ella. Y luego pasaron semanas antes de que alguno de los dos pudiera volver a hablar debido al inmenso trauma que habían sufrido. Pero Tom, durante todo el tiempo que duró el pánico, simplemente sonreía perversamente, como si la situación le produjera una malsana diversión.
Amy agitó la cabeza como si con ello espantara esos recuerdos que posteriormente se transformaron en pesadillas. Pero sabía bien que éstos jamás se irían. Ya habían pasado varios años y nada había cambiado. Quizás cuando Tom Riddle desapareciera para siempre de sus vidas podría dejar de temerlo. Tal vez, al abandonar el orfanato ellos también, podrían dejar atrás a los fantasmas del pasado.
Notó que Denis se sentaba a su lado. Se miraron durante algunos segundos, y entonces supo que él también acababa de recordar lo mismo que ella. Sí, el terror pasado seguía persiguiéndolos aunque ya no fueran unos niños. ¿Estaban condenados a seguir reviviéndolo una y otra vez, sin tregua? Denis tomó su mano debajo de la mesa, con cuidado. Y ella se dio cuenta de que juntos podrían superarlo. Lejos de aquel lugar podrían volver a ser ellos mismos, sin temores ni pesadillas.
En el otro extremo del comedor, Robert, el niño que había visto a Amelia creyendo que era un fantasma, dejó su silla y se acercó hasta Tom, sentándose a su lado.
—He visto a un fantasma en tu habitación y ni siquiera vienes a preguntarme por él —se quejó.
Tom dejó el tenedor a un lado y miró al niño con evidente disgusto.
—En primer lugar, ¿por qué estabas en mi habitación? —cuestionó, autoritario.
—Alguien dijo que habías llegado del internado y quería saber si era verdad —le respondió con los ojos muy abiertos, ligeramente amedrentado por la mirada de Tom.
—¿Y eso que más te da? —inquirió el joven de mala gana volviendo a prestar atención a su plato de comida.
La verdad es que no sabía qué le molestaba más, si el hecho de que Robert había convertido la noticia de su llegada en el centro de las conversaciones con su ridícula historia o el que el niño se atreviera a sentarse junto a él de manera tan despreocupada. No podía culparlo por ello, Robert era relativamente nuevo en el orfanato y no fue testigo de ciertos sucesos del pasado que hicieron que los demás aprendieran a respetarlo y temerlo. Al parecer, los rumores sobre su maldad y sus extrañas capacidades no habían funcionado con él. Pobre insensato. Quizás debería arreglar ese asunto antes de marcharse, pero si lo pensaba bien, era algo innecesario que lo distraería de sus verdaderos objetivos. Decidió que lo mejor que podría hacer era ignorarlo.
—¿Cómo es el internado al que vas? —quiso saber Robert— ¿Hay alguna posibilidad de que yo también vaya? No estaría mal salir de este sitio deprimente.
Tom lo miró de reojo. Ese chico era demasiado muggle y no tenía esperanza alguna de pisar Hogwarts, sin embargo, era perfectamente capaz de comprender su desagrado hacia el orfanato. Se limitó a negar con la cabeza a modo de respuesta. El niño suspiró derrotado.
—¿Y no te dan miedo los fantasmas? —preguntó con curiosidad— Por que el de tu habitación es realmente aterrador...
—Escucha, Rupert... —empezó Tom, cansado ya de aquella historia.
—Robert —lo corrigió el niño. Tom lo ignoró.
—... Entiendo que quieras hacerte el valiente con tus amigos inventándote este encuentro paranormal, pero no tienes que venir a intentar embaucarme a mí también.
Las mejillas de Robert adquirieron un ligero tono rojizo al mismo tiempo que componía una expresión ofendida en el rostro.
—No estoy inventando nada —aseveró—. Ella estaba ahí.
Aquellas palabras hicieron que Tom se interesara repentinamente en la historia del niño.
—¿Ella? —repitió consternado.
Robert, entusiasmado por obtener por fin la atención que buscaba desde un inicio, procedió a contarle a Tom lo que había visto.
—Cuando abrí la puerta vi una figura transparente que se volteó a verme. Llevaba una larga capa negra. Me di cuenta que era una mujer porque tenía el cabello largo y rubio —explicó emocionado, pero luego bajó la voz—. No trató de atacarme como les conté a los demás. Nada más verla, salí corriendo.
—¿Estás seguro que era un fantasma? —le preguntó Tom con seriedad.
—Totalmente —aseguró—. Ya te dije que era transparente. Y creo que flotaba.
Tom no sabía si fiarse de lo que estaba escuchando, pues la infantil mente de Robert podría haberle jugado una mala pasada. Sin embargo, no podía negar que la historia del fantasma lo había dejado con una extraña inquietud. Había visto fantasmas por doquier durante sus años en Hogwarts y estaba acostumbrado a ellos, pero esto era diferente. La descripción que le había dado el niño, y en vista de los acontecimientos de la noche anterior, se atrevía a suponer que era Amelia quien había aparecido en su habitación para terminar con su venganza.
Al parecer, incluso desde el más allá no iba a dejarlo en paz.
N/A: Espero que hayáis disfrutado con este capítulo.
Muchísmas gracias por los reviews que me habéis dejado, los he respondido por mp pero hay quienes no tenéis cuenta en fanfiction, y por eso no puedo responderos. Aún así, muchas gracias por seguir la historia y por vuestras palabras.
Uno de los comentarios que no puedo responder por mp es el de Daenerys Black y como tiene una duda, daré aquí la respuesta. Me preguntas si Tom sentía algo por Amelia, porque el hecho de haberla dejado caer del acantilado deja en claro que no era así. Pero las cosas son complicadas. No quiero desvelar nada todavía, pero hay que tener en cuenta que Amelia y Tom se "llevaban bien" a su manera y de repente, Tom descubre que Amelia le había mentido y se siente traicionado. Y él, siendo tan bipolar, no reacciona de buena manera ante aquel descubrimiento. Espero que esto aclare tu duda, Daenerys :)
Saludos.
