Disclaimer. Personajes de propiedad de Jota K.


AQUEL OTRO TIPO DE MAGIA


CAPÍTULO III

Inoportuna

Hermione Weasley despertaba a su hija, de lunes a viernes, a las siete de la mañana, cuando su esposo aún luchaba entre las sábanas por levantarse y Hugo gritaba 'Mamá' muy fuerte porque quería tomar leche. Aquella mañana Hermione había ingresado a la habitación de Rose, había encendido la luz en su mesita de noche, se había acercado lentamente a la cama de su hija y, con su mano sobre su hombro izquierdo, le había dicho que ya era hora de levantarse para ir al colegio. A continuación iba hacia el baño, le gritaba a Ron que por favor se dignara a levantarse y que, mientras ella preparaba el desayuno, ayudara a Rosie y a Hugo a cambiarse de ropa.

Ron apartaba rápidamente las sábanas con un gruñido, como un autómata se duchaba velozmente y, cuando entraba en la habitación lila y celeste de Rose y de Hugo no era sorpresa encontrar a Rosie ya vestida con su ropa preferida y cepillándose el cabello frente al espejo. A Hugo… a Hugo lo encontraba entretenido jugando con sus calcetines, con su escaso cabello muy revuelto, la mitad del pijama manchado con chocolate, sin remordimientos sobre nada. Rose siempre había sido una niña muy independiente. Cuando nació, Hermione y él pudieron dormir perfectamente de inmediato, no los despertó jamás a deshora, se comía toda su comida, a los tres años había aprendido a elegir su propia ropa y a los cuatro ya se vestía sin ayuda. En su opinión Rose le había facilitado la vida en todas las formas posibles y, apenas dos años después de ella, había nacido Hugo. Era muy tranquilo, casi tanto como las fotos muggles que no se mueven para nada. Y pequeño, distraído, calvo y hambriento como era no les había dado mayores preocupaciones. Era feliz comiendo, desordenando y ordenando sus juguetes, sonreía con facilidad y se distraía cada vez que una mosca volaba sobre su cabeza. Y Ronald Weasley agradecía en silencio a Merlín, cuando veía a Rosie alistarse para asistir a su colegio y a Hugo devorar el trozo de tarta de malaza que no se había comido el domingo, que sus hijos no le dieran problemas como James y Albus se los daban a Ginny y a Harry. Porque como Percy decía, esos niños parecían fruto del mismo demonio.

Bajaba las escaleras con Rose brincando en cada peldaño y Hugo articulando palabras que no se le entendía y entraban a la cocina justo en el momento en que Hermione, atareada y para nada alegre, distribuía con su varita platos y tazas, mientras el jugo en la jarra se vaciaba en los vasos, la jarra de leche se vaciaba en el tazón de Rose y la cuchara revolvía la compota de frutas de Hugo.

En un martes como aquel, Hermione abrigaba a Hugo con una chaqueta que hacía que pareciera aún más pequeño de lo que en realidad era, tomaba su maletín, Ron guardaba en el abrigo su varita y, con la mano derecha, sostenía a Rose quien ya tenía en su espalda su mochila y esperaba ansiosa, con ojos abiertos de par en par. Abandonaban su casa, caminaban tres cuadras escuchando a Hugo balbucear, hablar telegráficamente e imitar los sonidos que Rose hace cuando parlotea sobre su tarea de ciencias naturales como ahora y decir 'frio' cuando viene una brisa muy fuerte que no le gusta, 'perrito' cuando el perro de la esquina ladra y 'mamá jardín' cuando ve a muchos niños de la edad de su hermana correr por el jardín y él desea hacer lo mismo que casi le tira la mano a Hermione y sale arrancando.

Llegaban al colegio muggle en donde Hermione había inscrito a Rose y se preparaban para ir al trabajo y dejar a Hugo en la guardería del Ministerio, mientras Ron murmuraba por lo bajo como no le encontraba sentido que su hija asistiera a un colegio donde la directora, una señora muy excedida en su peso, piensa que lo más nuevo en el mundo de la magia son los trucos de naipes y que denigra la sagrada existencia del quidditch porque, según ella y aunque no se lo ha dicho directamente, las escobas sirven sólo para barrer el piso. Rosie lo mira con ojos soñadores y, colgándose en su cuello, susurra un 'Papi, te quiero mucho', besa a Hugo en su amplia frente, le regala un abrazo apretado a Hermione y entonces Ron comienza a pensar que quizás no fuese tan malo que Rosie estudiara por el momento en un colegio muggle. Después de todo, en cualquier momento podrían esperar incidentes de magia accidental, a los once años recibiría su carta de ingreso a Hogwarts, él podría enseñarle a montar una escoba y Hermione ayudarla durante el verano con sus textos de pociones en vez de prepararle un disfraz de estrella para su obra escolar o ayudarla a hacer su tarea de matemáticas. Mientras tanto disfrutaría de esos habituales 'te quiero mucho', de esos abrazos y besos por montón y, al observar a la señorita Dittborn en la entrada del colegio recibiendo a sus alumnos, abrazando a Rose, haciéndole caras graciosas a Hugo y señalándole a Hermione que tendrían reunión de apoderados el viernes en la tarde, le agradecería por haberle enseñado a su hija que lo mejor era decirle constantemente a sus papás y a su familia cuanto los quería, porque ahora Rosie se los repetía a cada rato.

Incluso al gruñón de Percy.


A sus cinco años, Rose Weasley no mantenía mayores preocupaciones que anhelar que llegase la mañana para poder ir al colegio, levantarse temprano, elegir la ropa con la que se viste, comerse toda su comida, soñar con el día en que tuviese magia y pudiera ser dueña de una varita como la que tiene su papá, darle mucho cariño a sus peluches, proteger por siempre a Hugo, abrazar todos los días a su mamá, decirle muchos te quiero a su papá, tíos y abuelitos, y esforzarse porque su familia acceda a comprarle un cachorrito.

Más aún, pensaba que su vida era maravillosa. Tenía una infinidad de tíos, tías, primos y primas. Papá le contaba historias sobre los héroes de la guerra y de ese malo muy malo de hace muchos años atrás, mamá la ayudaba con sus tareas del colegio y también le relataba cuentos sobre duendes, gnomos y mujeres que se convierten en gato, todos los domingos podía jugar con sus primos en el jardín de La Madriguera, gozaba de dos abuelitos y de dos abuelitas sólo para ella (y para Hugo también), porque la abuela Molly le hacía comida muy rica y sabrosa y no podía esperar tener más años para poder cocinar pastelitos juntas, su abuelo Arthur era muy divertido y siempre la escuchaba cuando ella le conversaba sobre su colegio, el abuelo Granger le daba una paleta cuando descubría que no tenía ninguna picadura en los dientes, la abuela Granger le regalaba ropa muy bonita y cantaban juntas muchas canciones, y tenía una profesora muy linda e inteligente, porque la señorita Dittborn era como una princesa de cuento.

Hace diez minutos habían ingresado a su sala de clases y habían notado, ella y sus dieciocho compañeros, que durante el fin de semana la decoración de ésta había cambiado como por arte de magia. El salón, antes celeste y blanco, ahora era de un verde claro hermoso, las mesitas redondas donde trabajan seguían acomodadas de la misma manera, al igual que las sillas pequeñas donde Rose cabía perfectamente, pero su papá se veía muy cómico, divertido y como un gigante cuando iba a reunión con los papás de sus compañeros. Había paneles, forrados con telas de diferentes colores, que lucían información de diversa índole. En un rincón del amplio salón se ubicaban fotografías de ella y sus compañeros, de esas que no se mueven por nada del mundo, con sus fechas de cumpleaños, pegadas en cartulinas de sus colores favoritos. En otro, los números del uno al diez en colores divertidos, muchos dibujos y arriba del techo colgaban el sol, la luna y siete planetas en miniatura que Rose no tenía idea como los habían hecho. ¿Cómo podría la señorita Dittborn haberlo hecho si el colegio estaba cerrado durante el fin de semana? Debía ser acto de magia. ¡Quizás la señorita Dittborn era una bruja que vivía en el anonimato! Su papá siempre decía que era muy linda y normal como para ser muggle y siempre caminaba de una manera que parecía que flotara por efecto de magia, como lo hacía ahora que cantaba la canción de los deberes.

Luego de cinco minutos de volar en el espacio y de pensar sobre todas las cosas en que había pensado, Rose se había aventurado en la gran tarea de doblar en pequeños pedazos el papel maché rojo que la señorita Dittborn le había entregado, cortarlos con la tijera con formas divertidas y pegarlos con pegamento super resistente sobre una cartulina corrugada. Eso a ella no le costaba nada, por supuesto, pero si se distraía observando su sala de clases, ahora más linda que antes, regodeándose en su interior porque su maestra le decía que todo le estaba quedando muy bonito y luego Rose le mostraba todos sus dientes perfectamente blancos al reírse.

Quince minutos antes del almuerzo, la señorita Dittborn les dijo, a Rose y a sus dieciocho compañeros, que comenzarían a practicar una obra de teatro para presentarla en el Día de la Familia del próximo mes. Sus palabras fueron como una maravilla absoluta, porque el rostro de Rose se iluminó de la misma manera como cuando Hugo dijo su nombre por primera vez, como cuando vio al cachorrito que deseaba con todas sus fuerzas en el escaparate de la tienda de mascotas. Rose ya se podía imaginar ese día. Ella y sus compañeros disfrazados de lo que fuese la obra escolar, mama, papá y Hugo sentados en primera fila en su sala de clases y toda su familia completísima reunida allí. Porque obviamente que estarían todo y cada uno de ellos. Sería el Día de la Familia y ellos debían estar allí y considerar este evento como algo superior a cualquier cosa. Papá la tomaría en brazos y le diría que ella es su pequeña princesa, tío Harry le aseguraría que lo hizo espectacularmente y tío Percy la sentaría en sus piernas y en secreto le susurraría que ella es su sobrina preferida.

Si, Rose estaba segura de que eso ocurriría.


El día de Percy Weasley había transcurrido con absoluta normalidad y sin ningún sobresalto exagerado hasta el mediodía. Tal como él prefería las cosas en la oficina. Por supuesto, había tenido que firmar decenas de documentos que había redactado durante el sábado en la mañana para poder agilizar las tareas pendientes de la semana y había tenido una conversación nutritiva y enriquecedora con Máximus Grey que, pese a que se empeñaba en recordarle el incidente con el representante del Ministerio Francés durante la semana pasada, con una taza de café en una mano y la otra exagerando sus palabras, lograba que cada insulto hacia los franceses resultara una muestra de humor negro que Percy no podía negarse disfrutar y hasta reír. Ni siquiera el incidente con el vociferador que la madre de Robert Stone, el buscador del Puddlemere United, había enviado al Ministerio, dirigida a su nombre donde le exigía respuestas - ¡a él! – sobre el porqué de la demora de su traslado hacia Berlín para presenciar el partido que jugarían por la Copa Internacional, había logrado interrumpir la agradable mañana de Percy. Simplemente se había limitado a entregarle la carta y una carpeta con unos cuantos formularios a Jane, indicándole que debía replicarlos y enviarlos al Departamento de Transportes Mágicos para que solucionaran el traslado de los familiares de los jugadores y que se asegurara que la recibieran al instante porque no era él el encargado de solucionar tales cuestiones, no era parte de la descripción de su trabajo, ni siquiera le era pertinente a su departamento y "Si me lo pregunta a mi, Jane, francamente ni siquiera debería estar recibiendo cartas de madres histéricas'

Todo había ido bien hasta la hora de almuerzo. Sin embargo, Percy ya debía tener claro que cualquier aspecto con su familia lograba destruir la tranquilidad de su día. No era por nada que Percy no visita la casa de sus padres durante los días de semana. Debió suponer que las cosas empeorarían cuando un auror muy joven irrumpió en el Departamento de Cooperación Mágica Internacional, en el de Transportes Mágicos y hasta en el despacho del asistente del Ministro informando, y alarmando innecesariamente a los funcionarios, que se había confirmado el ataque de un conocido vendedor ambulante de mercancía ilegal y objetos mágicos - desde cucharas que al introducirlas en la boca te sueltan los dientes, hasta calderos falsos y trasladores no inscritos - a una pareja de muggles en el centro de Londres. Sólo alcanzó a escuchar que los muggles habían sido llevados de urgencia a San Mungo, que el viejo mago había sido trasladado a la sala de interrogatorios del Ministerio, que se negaba a cooperar, que abogaba por su derecho a un defensor y que declaraba que, apenas fuese puesto en libertad, demandaría al Ministerio de Magia por daños, perjuicios y la violación de los derechos fundamentales de los magos.

Cinco minutos después de que el auror interrumpiera en su oficina, Jane abrió la puerta de su despacho, asomó su rostro y su vientre de ocho meses de embarazo y le informó que una 'señora Weasley' deseaba verlo. Percy levantó la cabeza que había permanecido fijada por más de diez minutos en la lectura de un ensayo que Henry, quien remplazaría a Jane durante su ausencia, había escrito dos meses antes cuando aún trabajaba para El Profeta y que le había entregado muy temprano en la mañana.

En otras condiciones muy diferentes Percy Weasley habría apenas observado el pergamino con esas anotaciones. Al leer "La relevancia de la renegociación de estándares legales internacionales […]", apenas lo hubiese tocado como si las hojas contuviesen residuos de una poción que te quitaría la vida en un instante o un virus altamente contagioso, intentando sonreír pero con la fina línea de sus labios algo torcida, con los ojos un poco desorbitados porque ¿cómo se atreve un simple asistente que comenzó a trabajar apenas la semana pasada a entregarle algo parecido para que lo leyese y se lo comentara? Pero las condiciones, pensó Percy, eran totalmente diferentes. Desde el primer momento de su entrevista, Henry había dado muestras de la excelencia y rigurosidad que sólo Jane había exhibido; parecía disfrutar de su horario de trabajo, le ofrecía a Percy una singular manera de charlar sobre diversos tópicos y redactaba informes, memos y notas impecablemente y sin errores ortográficos. Además, no resultaba perjudicial que él también pensara que habían ciertas clausulas legales que resultaban una verdadera porquería, como que aún el Ministerio no se decidiera a abrirse paso en la utilización de las alfombras voladoras como medio de transporte válido para magos y brujas del Reino Unido. Absolutamente ridículo, la verdad.

Percy permaneció en silencio, con sus anteojos un poco caídos, los labios brevemente separados como si quisiera decir algo y con las hojas de pergamino firmemente sostenidas entre sus dedos largos. ¿Señora Weasley? ¿Su… madre? ¿Qué haría ella en el Ministerio? ¿Alguna de sus tres cuñadas? ¿Cuál de todas las señoras Weasley?

Jane carraspeó notoriamente y pareció entender el debate interno de Percy, por lo que se apresuró en aclararle que se trataba de Hermione Weasley y que le urgía verlo. Entonces Percy dejó escapar un sonido de alivio, porque por mucho que quisiera y respetara a su madre, por mucho que la abrazara fuertemente cada vez que la veía y que le escribiera alguna que otra carta durante la semana, prefería mil veces conversar con una de sus cuñadas más instruidas que escuchar, nuevamente, las sugerencias de Molly Weasley. Que Percy considerará que su comida era deliciosa y que, francamente, ninguna otra mujer podría ni siquiera igualarla en aquellos dotes, no le daba derecho a sugerirle marcos ópticos más modernos, una nueva dieta de alimentación y prospectos de novias. Ya había sido suficiente con escucharla el fin de semana recién pasado.

Percy iba a señalarle a Jane que hiciera entrar a su cuñada y que les preparara un te, pero apenas alcanzó a pararse de la silla de su escritorio y todo lo anterior quedó en el aire porque Hermione entró a su oficina a toda prisa, con el cabello mucho menos formal de lo habitual y sujetando de su mano a Hugo, el más calvo de sus sobrinos, le dijo

- Percy, supongo que ya te has enterado del ataque del vendedor ambulante a los muggles que compraban sus objetos mágicos – Percy la miró con los ojos bien abiertos y le señaló con un gesto que tomara asiento, mientras Hermione situaba la mochila verde de Hugo en su hombro derecho y con su otra mano sujetaba su maletín.

Percy miró a Hugo, se situó a su altura, tomó su pequeña mano y pretendió estrechársela como habitualmente hacía con el Ministro de Magia y sus superiores en reuniones diplomáticas, diciéndole 'Buen dia, Hugo'. Hugo, de tres años, miró ambas manos, supo que algo no estaba bien allí y desorbitó aún más los ojos.

- Si. Tengo entendido que lo trasladaron inmediatamente al Ministerio para interrogarlo – Y Hermione asintió con la cabeza muy rápido y luego le dijo que debía pedirle un enorme favor.

Percy esperaba que su cuñada hubiera concurrido a su oficina precisamente para consultar algún aspecto legal internacional, quizás indagar sobre el ajuste de la ley británica en tales casos, solicitarle, con voz absolutamente profesional, que colaborara en la investigación o que, debido a su diplomacia, actuara como un nexo necesario entre los departamentos involucrados en ella. Incluso y a juzgar por su rostro de espanto y preocupación, que le informara que Ron había sufrido un terrible accidente, que había sido envenenado en alguna de sus misiones o que lo habían despedido de la Oficina de Aurores. Después de todo, su hermano era capaz de pasar por cualquiera de aquellas situaciones. No obstante, Hermione destruyó sus cavilaciones y sus expectativas, porque con una voz para nada propia de ella y sosteniendo nerviosamente la mochila de Hugo sobre su hombro, le pidió lo que Percy nunca esperó que le pidiera.

- ¿Puedes ir a buscar a Rose a las cuatro de la tarde a su colegio? – Y Hermione lo miró expectante y a Percy sus palabras le parecieron súplicas – Debo asistir a una reunión urgente en el banco y Ron estará atrapado con Harry por no se cuántas horas más en la sala de interrogatorios. Arthur tiene una cita con un medimago en San Mungo, Molly jamás en su vida pisaría un colegio no mágico y mis papás están de viaje – Y luego Hermione procedió a enumerarle una serie de argumentos y razones de su petición y a Percy le pareció que estaban de más.

Percy se sintió la última opción de una larga lista de familiares más empáticos, cálidos y cariñosos que él. Y aunque Percy prefería que Hermione nunca se lo hubiese preguntado, continuar en su despacho leyendo el informe que Henry había redactado y realizando trabajo administrativo, Percy Weasley se indignó un poco y hasta casi deja escapar un comentario mordaz y una de sus miradas de indignación absoluta. Parecía que cualquiera era mejor candidato para retirar a Rose de su colegio muggle porque Hermione lo había situado en la última de sus prioridades ante una emergencia como tal y eso no encajaba en su estructura. Percy nunca era último en cualquier aspecto y pensó, en silencio, que tenía la responsabilidad y el carácter de sobra como para dialogar con los profesores de su sobrina y caminar con ella por Londres hasta y trasladarse a La Madriguera donde dejaría a Rose.

- No sabes lo mucho que siento incomodarte. Sé que debes estar muy ocupado con una enormidad de trabajo y que no tienes porqué aceptar esto… - pero luego Percy se acercó unos cuantos pasos a ella, le hizo un gesto con la mano y ya no la dejó continuar.

Con una media sonrisa le aseguró que no debía preocuparse, que él se encargaría de hacerlo, que le diera los datos de como llegar a ese colegio y que luego llevaría a Rose a La Madriguera para que su madre la colmara de abrazos, besos, canciones, dulces y chocolate caliente que la haría olvidarse del invierno.

Percy no ignoraba como había logrado que el rostro preocupado de Hermione fuera remplazado por un suspiro de tranquilidad y una sonrisa de agradecimiento. Supo exactamente como elegir las palabras adecuadas para poder tranquilizar a su cuñada. Eso era algo que Percy Weasley sabía manejar perfectamente. Aún no se había acostumbrado a que cuando, en ocasiones, visitaba en la semana a sus padres se encontraba con una inmensa cantidad de niños que parecían no tener familia nuclear, porque la mayoría de sus sobrinos se encontraban allí, como si todos sus hermanos se hubiesen puesto de acuerdo en desaparecerse del mundo, su madre gritaba exasperadamente y él hacía una mueca de desagrado ante tanto niño monstruoso, en especial ante James, e intentaba escabullirse y salir lo más pronto de allí. No obstante, si se había acostumbrado a escuchar a Rose decirle cuanto lo quería, a que le diera un beso sonoro en la mejilla, a que le preguntara muy educadamente si quería jugar con ella a la peluquería y a que luego le revolviera el cabello rojo. Y se lo dejara enredadísimo.

Por supuesto, las personas no tenían por qué saber esto último. De hecho, era necesario que jamás se enteraran de aquello.


Aquella era una tarde despejada, aunque con un viento frío que cala los huesos y hace que las personas caminen más rápido de lo usual. Percy Weasley se apareció al costado de una calle angosta y sin salida. Caminó con normalidad y sacó del bolsillo de su traje gris el pergamino con la dirección del Colegio Dallington, en Islington, que Jane le había entregado cuando Percy se preparaba para abandonar su oficina y mientras se ponía su abrigo de invierno refunfuñando lo mucho que detestaba no poder usar su túnica nueva con normalidad frente a la gente muggle. ¡Una túnica nueva! Jane le había señalado que no era correcto utilizar túnicas porque luego las personas lo creerían loco y pensarían que asistiría a una fiesta de disfraces. Entones Percy le señaló que no era necesario que se lo aclarara, que sabía aquello a la perfección.

Aquel que se perdiera tratando de encontrar ese colegio realmente debía ser un inútil. Nadie en su sano juicio podría confundirse, porque además de las enormes letras ennegrecidas que indicaban su nombre, las hojas tocadas por la luz, las bancas ubicadas bajo la sombra de los castaños y el amplio jardín de bienvenida indicaban que aquel era, en efecto, el Colegio Dallington.

Eran las cuatro y media de la tarde y Percy se abrió paso entre un hombre que acarreaba, malhumorado, las mochilas de dos niños pequeños, una joven que anudaba los cordones de las zapatillas de un pequeño que no tenía más de tres años, una anciana que abrazaba a una niña, y un niño que lloraba en pleno jardín y exigía un helado en ese preciso instante y no después. Subió apresuradamente la escalinata y preguntó la ubicación del salón de la señorita Dittborn a un anciano muggle de cabello blanco que se encontraba a un costado de la puerta principal. Se topó con un grupo de niños que corrían como criaturas salvajes, así como James y Fred suelen hacerlo y divisó un gran salón, color verde claro, con infinidad de dibujos, números de colores, letras gigantes y el sol, la luna y los siete planetas en miniatura colgando del techo. De pie, junto a la puerta, se encontraba un hombre cogiendo de la mano a un niño con una frente tan amplia como la de Hugo, conversando con una joven mujer.

- Trataré de encontrar una niñera para ese día, porque no tenemos con quién dejar a mis otros hijos – aseguró el hombre, mientras el niño con la frente amplia como la de Hugo y con la impaciencia bendita como la de James tiraba de su mano y exclamaba un '¡Papá!' larguísimo.

- No se preocupe. Sería ideal que asistieran ambos porque vamos a afinar los detalles para el próximo mes y sería genial tener el máximo apoyo en esto, pero comprendo los problemas que tienen para venir a las reuniones de padres– explicó la joven mujer con una sonrisa y luego se agachó hasta quedar a la altura del niño gritón – ¡Y tu! Pórtate muy bien. ¿Es un trato? – Entonces, tocó su mejilla, le revolvió el cabello, el niño sonrió mostrando los dientes y asintió con la cabeza muy rápidamente.

El hombre se despidió, ella le deseó una buena tarde y entonces se fijó en Percy. Se acercó a ella, le dedicó una media sonrisa, se preparó para diplomáticamente señalarle que venía a retirar a Rose, explicarle que él era su tío y los inconvenientes de Hermione y de su hermano, pero ella lo interrumpió en un gesto que a Percy lo pilló de sorpresa y el cual encontró sumamente maleducado, porque simplemente no era correcto que una persona interrumpiera de esa manera a alguien. Sobretodo, si ni siquiera se habían visto con anterioridad ni los habían presentado. Quiso fruncir el seño e incluso refunfuñar en voz baja y exclamar algún argumento mordaz sobre lo ocurrido, pero se mordió la lengua y sólo alzó un poco las cejas.

- ¡Usted tiene que ser el tío de Rose! Tiene su mismo cabello y no he visto nunca a nadie similar en Londres.

- Percy Weasley – se presentó, recuperando su compostura y suficiencia, y estrechó su mano como al medio día lo había hecho con Hugo. Entonces ella le señaló que era, en efecto, la profesora de Rose, que Hermione había llamado al colegio avisando que no podría retirar hoy a la niña, pero que en su lugar iría su cuñado, a quien Rose adoraba tremendamente y luego le sonrió suavemente mientras tocaba con la punta de sus dedos la cadena del collar sobre su cuello y, por un instante, Percy olvidó su gesto de mala educación.

- ¿Eso dijo mi cuñada? – inquirió Percy y cruzó ligeramente los brazos. La señorita Dittborn asintió con la cabeza.

- Y Rose también. Hoy no paraba de hablar sobre como su tío que usa gafas y siempre viste de traje y corbata la ayudó a redactar su cuento sobre Júpiter – Percy soltó una breve risa y se preparó para señalarle que había encontrado un tanto inapropiado escribir sobre malabaristas que viajan al espacio a probar unos zancos, cuando Rose corrió hacia ellos exclamando un '¡Tío Percy!' y comenzó inmediatamente a contarle sobre las cosas que había hecho ese día, exigiéndole que debía asistir a la obra de teatro del próximo mes donde ella actuaría y debía venir toda su familia. Percy alzó una ceja aparentando no creer en lo que Rose le afirmaba y luego de que con el dedo índice empujara hacia arriba las gafas que resbalaron por su nariz, le dijo que ya era tarde y que debían irse a la casa de los abuelos porque él debía regresar a su trabajo.

- ¿Verdad que la señorita Dittborn es como una princesa de los cuentos que me lees, tío? – preguntó Rose mientras le tomaba la mano y lo miraba esperando una respuesta inmediata - Mi papá dice que si – Rose sonrió y Percy tragó un poco de saliva porque, pese a su basta experiencia en reuniones internacionales y a su convicción pro – hijos nacidos de muggle, le resultaba demasiado abrumador estar en el colegio muggle de su sobrina y que ésta lo invadiera de demandas y le preguntara semejantes cosas.

La señorita Dittborn miró a Rose con naturalidad.

- Ven aquí. ¿Me das un beso? – la interrumpió finalmente mientras se agachaba a su altura, le indicó con un dedo el costado de su mejilla y Rose se arrojó a sus brazos y le dijo que la vería mañana – Dale un beso a Hugo de mi parte y dile a tus papás que los quieres mucho, ¿ya? Y a tu tío también – le susurró en su oído y Rose asintió vigorosamente.

La señorita Dittborn los despidió con un gesto de adiós con la mano, Percy murmuró un formal 'Hasta luego' y, mientras avanzaban hacia la entrada del colegio, Rose comentó que le parecía que su maestra era hermosa y que cuando fuese grande quería vestirse como ella. Percy apenas escuchó lo anterior porque la voz aguda de Rose se esfumó en el aire y él procedió a reflexionar sobre las notas que no había alcanzado a escribir esa mañana y sobre los arreglos de su viaje a Irlanda, junto a Máximus Grey y el Director del Departamento, por tres días durante la semana entrante. Sin embargo, luego de llegar a La Madriguera, de ver a su agobiada madre encargarse de cuatro de sus nietos, como había previsto, y antes de arrancar de allí y de hundirse en su trabajo, Percy pensó fugazmente que si en algún punto de su vida tenía descendencia, quería que la magia le permitiera que ésta fuera idéntica a Rose, con su buen comportamiento, con su calidez, con su excelente vocabulario y buenos modales.

Salvo lo habladora y lo inoportuna, si fuera posible.


Notas de la autora: Gracias por leer la historia, porque aunque no comenten, sé que la están leyendo. Rose es un dulce y me entretengo un montón imaginándome las reacciones de Percy. ¡Allí está Audrey! Por supuesto, ya en el próximo capítulo, su aparición será extensa. Soy consciente de que hay un desfase entre las edades de los personajes y las edades que en verdad deberían tener. Hice los cálculos y casi me morí porque me di cuenta de que no cuadraban y eso es terrible para una historia así. Quizás luego lo corregiré, jajaja.

Mucho amor :)