El descanso en lo que, alguna vez, fue un laberinto, se extendió por bastante tiempo, y podrían pensarse dos motivos: el cansancio por fin nos había superado, o tal vez era el temor de ver que había más allá de la puerta, aunque puedo afirmar que fue un poco de cada cosa.
Sin decirnos nada nos pusimos de pie y ambos quedamos mirando hacía la puerta. Uriel asintió con su cabeza y sujetó el enorme picaporte con ambas manos. Una expresión de esfuerzo apareció en su rostro pero la puerta cedió.
De par en par se abría la puerta ante nosotros dejándonos ver, para variar, otro cuarto, pero este tenía algo diferente. No era extremadamente grande y podían leerse algunas inscripciones élficas en las paredes. Del otro extremo, más precisamente a la derecha, había otra puerta, que parecía ser, por ahora, el único camino. Esparcidos por el piso había algunas monedas brillantes, coronas, cofres, joyas y demás tesoros. Bien podría ser el escondrijo de un ladrón, o las estribaciones de un noble.
El vistazo general estaba hecho. Uriel comenzó a caminar observando hacia todos lados, realmente lo sorprendía las cualidades del lugar.
-¿Qué crees que sea esto? -pregunté a sus espaldas. Uriel se detuvo.
-Esto no está nada bien -dijo.
La luz que hasta entonces se había hecho presente gracias al hechizo de Uriel había desaparecido. Una vez más estaba sola en la oscuridad.
En vano moví los brazos hacia un lado y hacia el otro, no podía ver nada pero si escuchaba un gran alboroto.
-¡Uriel! -grité. No tuve respuesta.
-¡Uriel¡responde! -insistí.
Escuchaba golpes, escuchaba filos de espadas y lanzas, sumado al silbido de unas pocas flechas. Realmente parecía un combate¿pero entre quienes¿quién más estaba en Bajomontaña?
Sumada a la eterna oscuridad llegó el silencio. De un instante a otro, los golpes cesaron y ya no se oía nada, salvo pasos lejanos.
Vi una tenue luz a lo lejos y fue suficiente para confundir a mis dilatadas pupilas. Cuando logré obtener una imagen clara, vi a un grupo de personas caminando lentamente hacía mi; uno de ellos portaba una antorcha y dos de ellos traían a Uriel en sus brazos. Por detrás, una tímida chica caminaba más despacio. No cabía duda, ellos estaban aquí.
-Ya no estás en edad de combatir dragones -dijo Leliel.
-Que habrías hecho si no hubiésemos llegado -rió Alexanderson.
-No querrías imaginarlo -respondió Uriel.
Parecía que ignoraban mi presencia, o que se habían olvidado de mi, pero se detuvieron al llegar a donde estaba. Alexanderson me miró.
-De pie, soldado -dijo.
No sabía como tomar aquella frase, con seriedad o ironía.
-¿Qué hacen aquí? -pregunté.
-¿Cazar dragones? -alardeó Leliel.
-Dos de nuestros soldados se extraviaron y vinimos a buscarlos -dijo Alexanderson. Estaba claro a que se refería.
No recordaba haber visto a las otras dos personas. Observe curiosa al humano que estaba tras ellos. Era de estatura mediana y rostro risueño, vestía ropas de cuero y empuñaba una espada corta, muy corta.
Mi mirada comenzó a impacientarlo.
-Soldado Perttu a su servicio -dijo, agachando la cabeza. No me esperaba esa expresión, nunca se me había expresado tanto respeto.
La vista se me desvió entonces a aquella chica de paso lento. Nuestras miradas se cruzaron largo tiempo, pero no decía nada.
-Proudmood, Silvanas Proudmood -dijo Alexanderson-. Hermana de Anna.
Anna Proudmood, como olvidar ese nombre, como olvidar a esa persona, como olvidar ese día.
-¿Que fue lo que pasó en la oscuridad? -pregunté.
-Vamos Leesa -dijo Alexanderson-, una cueva con inscripciones y muchos tesoros.
-¡Un dragón! -gritó Leliel.
-Era joven -agregó Uriel-. Yo podía solo.
Unas carcajadas poco cordiales inundaron a los tres humanos allí presentes, pero Uriel también rió, muestra de su sentido del humor.
-¿Y el Teniente Gin? -pregunté.
Alexanderson y Leliel se miraron, la sonrisa ya se había borrado de sus caras.
-Se fue de Ignis el mismo día que ustedes- explicó el caballero-. No lo volvimos a ver.
Un aire frío recorrió la habitación. Todos en silencio.
-Y entonces tu... -dije.
-La milicia me asignó como Teniente -dijo Alexanderson-. Hasta que sepamos algo de Gin.
-Realmente -agregó Leliel-, buscar a Gin fue lo que se nos ordenó, pero no pensábamos abandonar a nuestros compatriotas, sin importar el castigo.
-No esperes una reverencia de mi parte -le dije al caballero.
-No lo hago -respondió.
Dí media vuelta y me encamine hacía la puerta en el otro extremo, pues había que continuar el camino.
-¿Entonces La Infraoscuridad existe o no? -preguntó el humano diminuto.
-Aquí nadie sabe más que tu, Perttu -respondí.
Todos me siguieron, nadie objetó algo o propuso una nueva idea. Aunque, realmente, no había muchas opciones.

A partir de esa puerta, los corredores fueron más estrechos, parecía como si nos conducieran a algún lado. Unos ruidos a lo lejos me hicieron detener. Uriel también los escuchó, pero los humanos no entendían qué nos había detenido. Les indiqué con un gesto que hicieran silencio.
Los ruidos parecían ser discusiones, pero se oían diferentes tipos de voces, desde las muy agudas hasta las muy graves. Miré a Uriel para confirmar si había interpretado algo, pero estaba igual de confundido que yo.
Sin más, avanzamos lentamente por aquel corredor. A una considerable distancia, pudimos ver una puerta de madera tallada con sus correspondientes bisagras de bronce. A cada lado de la gran puerta, había un ogro, cubierto de pesadas armaduras y armados con lanzas; podemos suponer que eran los centinelas de lo que había tras la puerta.
No nos atacaron. Es más, abrieron la puerta y extendieron sus lanzas, invitándonos a pasar. Leliel no los veía con buena cara, pero, afortunadamente, consideró prudente no atacarlos.
Al entrar a esa sala ya no nos sentíamos en Bajomontaña. Los corredores estaban limpios y bien iluminados. Trofeos, estandartes y escudos decoraban sus paredes. Lanzas y espadas de diferentes linajes y épocas reposaban en las diferentes repisas.
Finalmente, llegamos una enorme sala. En el centro había una mesa rectangular hecha con madera de roble, repleta de bocadillos, carne y copas con vino. Al final de la misma, un trono recubierto en oro y adornado por joyas; y sobre el mismo, un ogro, no más grande que los anteriores, con una corona sobre su cabeza.
En un principio se lo notaba indiferente, como esperando nuestra llegada, pero cuando detuvo su mirada en Uriel y yo, su expresión cambio.
-Elfos oscuros y humanos ¿qué clase de broma es esta? -exclamó el ogro.
-Cuida tus palabras porque nunca dije que veníamos en paz -dijo Leliel.
-Tranquilo, diminuto ser -respondió el ogro-. Acérquense a la mesa y disfrutemos una buena comida.
Perttu se acercó a la mesa con una sonrisa, como un niño con juguete nuevo.
-No tenemos tiempo para tus tentempiés -exclamé. Perttu se detuvo.
-Dinos todo lo que sepas de Halaster, Bajomontaña y toda tu relación con todo esto.
-Veo que eres una Drow muy curiosa -rió el ogro.
-Tienes dos opciones -le dijo Leliel-. No me hagas explicártelas.
-Halaster -decía el ogro-. No sabemos que pasa con Halaster, el no está en este nivel de Bajomontaña.
-¿A que te refieres con nivel? -preguntó Alexanderson.
-Para llegar aquí tienen que bajar -explicó el ogro-, pero eso no significa que no puedan seguir bajando. Sin embargo, nadie sabe que hay más abajo, o siquiera donde termina esto.
Todos nos miramos confundidos.
-¿Y como podemos descender? -le pregunté.
-Uno de los accesos está detrás de mi castillo -respondió-, pero quedó bloqueado por muchas piedras después de un hechizo fallido.
-Un ogro hechicero -rió Leliel-, eso no se ve todos los días.
El gigante ignoró el chiste.
-Puedo derribar esas piedras sin problema -dijo Uriel.
-Lo dudo mucho -replicó la bestia-. Necesitaran más que eso.
-¿Qué es lo que propones, ogro? -le pregunté, sospechando de algún plan.
El enorme ser apretó su puño derecho y golpeó su trono. Se puso de pie y se acerco hacía mí. Era realmente alto.
-Esas ninfas -exclamó- esas malditas ninfas. Comenzaron a construir del otro lado de mi castillo, creen que pueden tomar mi territorio.
-No entiendo que tiene que ver con nosotros -dijo Alexanderson.
-¡Mátenlas¡Mátenlas a todas! -grito el ogro- De ellas pueden robar barriles con pólvora y derribar las malditas piedras.
-¡Nosotros no somos asesinos despiadados! -le grité.
El ogro comenzó a reír, de forma macabra y exagerada.
-¿Elfos oscuros negando ser asesinos? -reía más fuerte- ¡Esto si que no se ve todos los días! -dijo mirando a Leliel.
-Bajar la guardia ante nosotros es un error fatal -le dije. La enorme espada de Lady Aribeth de Tylmarande se enterró en la zona baja del pecho del ogro, pasando de un extremo a otro sin mayores problemas.
Todos quedaron atónitos, sin entender porque había hecho eso, salvo Leliel, cuya sonrisa relucía más que nunca, y siguió con la mirada como el ogro cayó lentamente al piso, sin poder expresar unas últimas palabras.
Los guardias de la puerta escucharon el alboroto y vieron lo sucedido, pero Alexanderson los derribó sin siquiera mirarlos y antes que ninguno de nosotros se diese vuelta.

El recorrido hasta el escondite de las ninfas fue muy silencioso. Nadie quería, o nadie se atrevía, a hablar. A Perttu se lo notaba acobardado, caminando un poco más lento, pero Silvanas continuaba igual, su expresión nunca había cambiado desde el primer momento en que la vi, parecía que nada le importaba. Alexanderson y Leliel fueron al frente, quedando Uriel y yo en el medio de la imaginaría fila.
Cuando llegamos al lugar hicimos lo que teníamos que hacer. Cada uno cargó con un barril de pólvora. La explosión fue perfecta y armoniosa, como preparada por un experto armero, aunque no había ninguno.
Tras la cortina de humo, nos esperaba aún más recorrido en este oscuro calabozo, conocido como Bajomontaña.