Capítulo 3: Un joven monje en su primer enfrentamiento.

Shang tragó saliva y se puso en guardia cuando se encontró cara a cara a la bestia, pero no pudo evitar salir corriendo a todo lo que le daban las piernas cuando ésta saltó hacia sí. ¡A la porra el entrenamiento!, se dijo en su cabeza, fintando para escurrirse por un estrecho callejón. Ni loco se enfrentaba a ese cadáver medio podrido, de ojos hundidos y ciegos, pero que estaba totalmente dispuesto a arrancarle un brazo de un solo mordisco. ¿Dónde se había metido su maestro? ¿Es que acaso pensaba dejarlo solo en su primera pelea contra un Jiang Shi? Si será hijo de puta, se quejó entre dientes, agachándose para coger más velocidad.

El ruido a sus espaldas apenas alcanzó a advertirle, y se pegó a la pared justo a tiempo para ver al monstruo fallar el ataque y resbalar unos metros más allá. Desenvainó su sable y le apuntó con él, jadeando; sólo entonces fue capaz de notar sus manos temblorosas. Ahora no le quedaba ninguna duda. Los Jiang Shi eran reales, ¡reales!, y no era nada lindo tener que enfrentarse a uno. "Tranquilo", se dijo a sí mismo, inhalando lo más lento y profundo que pudo. "Recuerda las jodidas enseñanzas. El que pierde el control de sí mismo es el que acaba derrotado". Contuvo la respiración, moviéndose en silencio hacia un costado. Entonces, atacó.

Echó a correr hacia la criatura, gritando de miedo y adrenalina, y descargó su sable violentamente su dirección. La bestia, tomada por sorpresa, hizo un intento de retroceder, pero el filo consiguió rasgarle parcialmente sus ropas y dejarle un fino tajo oscuro en el pecho. Un gruñido escapó de sus labios, enseñándole los dientes agudos, de encías negras. Shang ignoró aquella amenaza, blandiendo nuevamente su arma. Uno, dos, tres nuevos cortes, que apenas y alcanzaban a la bestia. Las ropas, sin embargo, acabaron por ceder.

El Jiang Shi era en realidad una ella.

El momento de confusión le dio al monstruo el tiempo necesario para acortar distancias y morderle el brazo derecho, haciéndole soltar el sable. Shang se mordió el labio, ahogando un grito. No. No. Las energías comenzaron a abandonarle rápidamente y él estaba parado ahí, sin hacer nada. "Reacciona. ¡Reacciona!" Sabía que atacarla no serviría para nada. O eso le habían dicho. Sólo le quedaba exorcizarla en ese mismo instante. Con dedos torpes, sacó uno de esos pergaminos de su bolso. Las sílabas ya estaban escritas, sólo faltaba activarlo. Acercó su mano izquierda a la que estaba haciendo atacada. Los mudras. El mantra.

—Lin —susurró con dificultad, haciendo la primera figura—. Bing. Dong. Zhe Jie. —Las piernas le temblaban, y en su visión borrosa se interponían puntos luminosos. Tragó saliva, esforzándose en mantener los ojos abiertos—. Zhen. Lie. Q-Qian…

Con un último susurro, "Xing", el joven monje tocó el rostro de la bestia con el pergamino, y ésta se deshizo en cenizas.


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Yo veo a un bicho de esos y también salgo a por patas, no te preocupes, Shang (?)

Umm, info... Los mudras son los movimientos de manos esos a lo Naruto. El mantra es lo que está recitando, que en este caso, es el Ku-ji (nueve sílabas), de origen taoísta y que, se cree, se usaba en el exorcismo (eh, eso dice Wikipedia).

¡Hasta la próxima semana!