Capitulo Tres

¡Maldito fuera su orgullo!, se decía Gaara al ver la esperanza brillar en los ojos de su abuelo.

- Baki me ha dicho que has salido a montar esta tarde -dijo el conde, levantando la mirada del libro que estaba leyendo - En dirección a Netherstowe.

Gaara miró al viejo mayordomo que aguardaba de pie detrás del sillón de su abuelo.

- Muchos otros sitios quedan hacia el este, aparte de Netherstowe.

- Cierto -el espectro de una sonrisa pasó por los labios del anciano-. Pero es allí donde has ido, ¿no?

- ¿Y qué? -preguntó Gaara, volviéndose hacia uno de los ventanales de la biblioteca. Un grueso banco de nubes había avanzado desde el oeste, empañando el anterior brillo del sol

- Puede que sintiera curiosidad por saber si la señorita Hyuga tenía algún parecido con el ideal con el que tanto me has dado la lata.

Y lo que había descubierto era que Hinata Hyuga se parecía demasiado al sol del que él se ocultaba... demasiado cálido y brillante para una criatura de la noche como él.

- ¿Y cuál es tu veredicto, muchacho?

Tras el aparente desinterés de la pregunta, detectó una nota de ansiedad. Su intención era hacer algún comentario sin importancia sobre la joven, pero no pudo evitar murmurar:

- No le hacías justicia.

- ¿Cómo dices? -preguntó su abuelo, aunque Gaara sospechaba que lo había oído perfectamente.

Volviéndose hacia él y hablando en voz alta y exagerando la vocalización, contestó: - No esta mal, supongo, si es que tus gustos se inclinan hacia esa clase de mujeres.

- ¿Y es que no es ese tu gusto? - preguntó el conde, cerrando el libro.

Gaara conocía demasiado bien al conde como para que la desilusión que ocultaba casi a la perfección tras sus patricias facciones le pasara desapercibida.

- En el pasado, quizás sí - respondió, y al acercarse a su abuelo miró a Baki para indicarle que quería que los dejase solos.

- Llámeme si necesita algo, milord - murmuró, y salió de la biblioteca.

Gaara se sentó en el escabel que había junto a la butaca favorita de su abuelo. ¿Cuántas horas de su juventud había pasado en aquel escabel, escuchando a su abuelo, mientras le leía en voz alta? Aquel pensamiento le provocó una punzada en el corazón. Pronto su abuelo habría desaparecido y él se quedaría solo en el mundo. Por elección propia, eso sí, pero solo.

- Supongo que no vas a dejar de hacerme preguntas hasta que te lo cuente todo - suspiró -. La verdad es que he ido a Netherstowe para pedir la mano de tu encantadora señorita Hyuga.

Quizás, si le contaba lo ocurrido, purgándolo de algunas partes, conseguiría que su abuelo dejase de hacer de casamentera de una vez por todas y podría dedicarse a hacer todo lo que sí estuviera en sus manos para proporcionarle al conde los últimos meses de felicidad.

- ¡Bien hecho, muchacho! Nunca te arrepentirás de la elección. Mi joven amiga es una rara joya.

Gaara no le dijo a su abuelo que ya se arrepentía de haber ido a hablar con ella, ya que su entrevista le había dejado un sabor agridulce, una sensación que él no se podía permitir.

- Sin duda ha mejorado desde la última vez que la vi - sabía que debía aclararle a su abuelo la situación y que supiera que no lo había aceptado, pero no consiguió hacerlo abiertamente-. Antes se parecía a un conejo, con la cara tan redonda y aquellos dientes tan largos.

- Unas criaturas encantadoras los conejos. Suaves y tímidos.

- Pero no tan indefensos como parecen - Gaara había tenido uno cuando era pequeño - Saben arañar bien con las patas traseras si no los sujetas debidamente.

El conde sonrió.

- Incluso las criaturas más débiles saben defenderse cuando se sienten acorraladas - tomó la mano de su nieto y le dio unas palmadas - Te ha rechazado, ¿eh? Bueno, no te preocupes, que yo tuve que pedírselo cuatro veces a tu abuela antes de que se cansara de decirme que no. Menos mal que los hombres de la familia Sabaku somos muy pacientes.

Gaara miró el retrato de su abuela que colgaba sobre la chimenea. Aunque no era lo que se dice una mujer hermosa, tenía una especie de aura que el artista había sabido capturar bien.

- Pasaste tan poco tiempo con ella - murmuró Gaara - ¿Has deseado alguna vez haberte casado con una mujer de constitución más fuerte?

No sabía si su abuelo iba a contestar a una pregunta tan íntima. Nunca habían hablado de cosas así, y Gaara se sintió vagamente agradecido a Hinata Hyuga por haber abierto una puerta que antes estaba cerrada entre ellos dos.

- Al principio - admitió el conde -, pero cada vez menos a medida que fueron pasando los años. Algunas personas se te cuelan en el corazón y su marcha deja un enorme vacío, pero siempre es preferible un corazón con agujeros que uno intacto... sin tocar.

Su abuelo lo hacía parecer muy sencillo, pero él sabía que no lo era. Cuándo el corazón de un hombre corría el peligro de llegar a ser sólo un montón de agujeros, ¿no se veía en la obligación de proteger lo poco que quedase sano?

- En cuanto a la señorita Hyuga, abuelo...

Mejor decírselo sin más: admitir que había salido huyendo como un cobarde antes que darle a Hinata Hyuga la oportunidad de que lo rechazara una segunda vez. Pero antes de que pudiese continuar, alguien llamó discretamente a la puerta de la biblioteca.

- La señorita Hyuga viene a verlos, milores.

El conde dejó a un lado el libro y se levantó algo tembloroso.

- Hágala pasar inmediatamente, Baki. No es necesaria tanta ceremonia con esa joven después de todos estos años.

Hinata Hyuga entró en la biblioteca con el cabello algo revuelto por el viento, algo que le confería más atractivo en lugar de robárselo.

- Espero que no le moleste que me presente de improviso, milord, pero es que el día de hoy parece estar lleno de visitas imprevistas.

Le tendió la mano y el conde se la acercó a los labios.

- Lo único que más me complace aparte de recibir una visita anunciada de ti, querida Hinata, es recibirla por sorpresa.

Después de dedicarle al conde una deslumbrante sonrisa, la señorita Hyuga miró a Gaara brevemente. Así que sabía ocultar sus sentimientos, tal y como había dicho, ya que en sus ojos percibió el brillo de la compasión. Baki acercó una silla a la butaca del conde, y cuando ella le dio afablemente las gracias, el acartonado mayordomo sonrió de oreja a oreja antes de salir de la biblioteca.

Para sorpresa suya, Gaara sintió una especie de punzada en el estómago. No podía ser algo tan absurdo como envidia, ¿no?

- Siéntate, querida - dijo el conde, señalando la silla que le había llevado el mayordomo - Pareces un poco cansada.

Hinata había hecho casi la mayor parte del camino desde Netherstowe corriendo, aunque había sido volver a ver a Gaara Sabaku lo que le había acelerado el ritmo de la respiración.

- Gracias, milord - contestó al tiempo que el conde volvía a sentarse - Usted siempre tan atento.

Pero Lord Sabaku no volvió a sentarse en el escabel del que tan abruptamente se había levantado al verla entrar, sino que se distanció un poco con las manos entrelazadas a la espalda, mirándola con una desconfianza que a duras penas conseguía disimular.

Estaba claro que su inesperada llegada lo había puesto en guardia, lo mismo que le había pasado a ella al verlo llegar a su casa, y olvidándose por un momento de su intención inicial de mostrarse compasiva, se preguntó qué tal le sentaría una dosis de su propia medicina. Quizás temiera que se viniese abajo y le revelara al conde su estado de salud. Pues si era así, la había subestimado. Pero lo que dijo a continuación la sacó de su error.

- ¿Os dejo solos?

- No... no se vaya, milord, por favor - contestó ella. Era evidente que su llegada había interrumpido un momento de intimidad con su abuelo. ¿Cuántos momentos más podrían tener así?

- Claro que no - insistió el conde - No pensarás que la señorita Hyuga ha venido a cortejarme a mí, ¿verdad? Debería ser yo quien se retirara y os dejase un momento a solas - dijo, y se rió suavemente - Pero no pienso hacerlo.

Hinata intentó controlar el rubor que le tiñó las mejillas, pero no lo consiguió, y al mismo tiempo sintió una especie de vacío, preludio del que iba a sentir cuando su mejor amigo desapareciera.

- La sutileza es para los jóvenes - continuó el conde - Vosotros tenéis tiempo, pero a mi edad uno debe ser franco si pretende conseguir sus fines - y señalando a Hinata con un dedo, le advirtió - Así que nada de andarte por las ramas con lo que te ha traído a Helmhurst, querida. Espero que no te molestes con mi nieto si te digo que me ha contado que ha ido a pedir tu mano.

- ¡Abuelo! - bramó Lord Sabaku.

El conde desestimó la protesta de su nieto con un gesto de la mano.

- Baki y yo le hemos arrancado la confesión a base de torturas, eso he de confesarlo.

Por alguna razón, la broma le llenó los ojos de lágrimas a Hinata. Quizás Lord Sabaku percibió su inquietud, porque acudió en su ayuda.

- Por favor, abuelo, que estás avergonzando a la señorita Hyuga.

- Es eso cierto, querida? - el conde parecía sorprendido y arrepentido - Si es así, perdóname como el viejo amigo que soy y lo tonto que estoy. Ya sabes que nunca haría nada que pudiera incomodarte.

Hinata tomó su mano. No estaba dispuesta a ensombrecer los últimos meses de su amigo en lo que estuviera al alcance de su mano.

- Nunca he dudado de su bondad para conmigo, señor. Lo que pasa es que todo esto me ha pillado por sorpresa. No tenía ni idea de que Lord Sabaku supiera de mi existencia, y mucho menos que albergase algún... sentimiento hacia mí.

Miró a hurtadillas al barón y descubrió que él miraba hacia otro lado. Su aspecto parecía tan imperturbable como siempre, pero le recordó a Hinata la superficie del agua antes de empezar a hervir.

- Confieso que de tu existencia he dado yo debida cuenta a mi nieto, querida - declaró el conde, que también parecía encantado de pinchar a su nieto.

- Espero que no me haya alabado tanto que ahora Lord Sabaku descubra que ha colocado el listón demasiado alto.

- Al contrario - declaró el conde, encantado - Me ha dicho que no te había hecho justicia.

- ¡Vamos, abuelo! - exclamó de nuevo Lord Sabaku - Como sigas así, alguien tendrá que marcharse de esta habitación.

- Tonterías. ¿Qué tiene de malo alabar a una joven que tanto lo merece? No me extraña que lo hayas rechazado, hija - añadió - Estoy seguro de que su petición ha tenido el romanticismo de una escritura de compraventa.

- Ya basta - dijo su nieto, yéndose a la puerta - Os dejo para que podáis despellejarme a gusto.

Hinata se levantó de su silla para interponerse entre Gaara Sabaku y su vía de escape.

- No se vaya, milord, por favor. Lo siento. No pretendíamos atormentarlo, de verdad.

- Habla por ti, jovencita - intervino el conde, recostándose en su butaca - Llevo tomándole el pelo a mi nieto desde que era un comino, y nunca se lo había tomado a pecho hasta hoy, lo cual debe tener que ver con lo que sienta por ti - Hinata miró al conde fingiendo severidad.

- Creo que será mejor que lo deje si no quiere que cambie de opinión sobre mí - y se volvió a Lord Sabaku para preguntar - ¿Cree que debemos castigar a su abuelo yéndonos a hablar en privado? El barón esbozó una sonrisa.

- Le estaría bien empleado.

- Por mí, podéis iros - contestó el conde, recuperando un libro de la mesita que tenía al lado - Pero os advierto que puedo enfadarme.

Estaba de broma, pero puesto que todo aquello se hacía por su bien, Hinata no quería privarlo de un solo momento de la representación.

- En ese caso - dijo, dirigiéndose a Lord Sabaku - he venido para decirle que espero que no haya tomado mi indecisión por rechazo. Y a juzgar por lo que ha dicho su abuelo, ha sido así.

- Y no puedo culparla por ello - respondió el barón - Mi abuelo tiene razón: lo he hecho mal y con demasiada precipitación. Le ruego... me disculpe.

- ¿Significa eso que quiere retirar su ofrecimiento? - preguntó, sin saber a ciencia cierta qué prefería que contestase.

Pero antes de que Lord Sabaku pudiera hacerlo intervino el conde: - No, a menos que quiera que le tire este libro a la cabeza.

Quizás fueran las palabras de su abuelo las que empujaron al barón a mirarla fijamente con sus ojos verdes, como si quisiera preguntarle si iba a ser capaz de soportarlos así a los dos durante... el tiempo que fuese necesario.

Había dicho que su rostro era un libro abierto, y Hinata confió en que en aquella ocasión pudiese leer en él la respuesta, porque de pronto supo sin dudar cuál quería que fuese su respuesta.

- Mi ofrecimiento sigue en pie, señorita Hyuga - dijo, tendiéndole una mano - Y no solo por temor a que mi abuelo me abra la cabeza con su novela.

Cuando ella puso su mano en la de él, Lord Sabaku se inclinó para rozarla con los labios, y aquel casto gesto la hizo sentirse como si fuera una cacerola con el dulce syllabub*: espumoso y embriagador.

- En ese caso, Lord Sabaku, acepto.

Y antes de que pudiera darse cuenta de lo que hacía, se llevó a los labios la mano del barón para sellar su acuerdo.

- ¡Maravilloso! -exclamó aplaudiendo la encandilada audiencia.

Porque eso era todo: una representación para una audiencia muy especial. Durante las semanas que siguieran, debía tener mucho cuidado para no caer en la peligrosa ilusión de que Lord Lucifer era capaz de sentir algo por ella.

O ella por él.

La sensación que los labios de Hinata Hyuga había provocado al rozar con ellos el dorso de su mano había despertado en Gaara toda clase de provocativos y poco gratos recuerdos. En sus años de juventud, cuando su físico provocaba desmayos a las mujeres, se había dado todo un banquete de placeres que le franqueaba su riqueza, su título y su atractivo.

Pero desde la guerra y la desfiguración que también conseguía que las mujeres se desmayasen pero por motivos totalmente opuestos, se había impuesto la más absoluta castidad y con el mismo fervor que en otra época se dedicaba al libertinaje.

Y hasta aquel instante, Gaara Sabaku no se había dado cuenta de lo poco que echaba de menos los vacíos divertimentos de su juventud. Pero aquella encantadora prometida suya amenazaba con despertar aquella necesidad aletargada en su interior.

¡Demonio de mujer!

El conde extendió sus brazos hacia ellos.

- ¡Esto se merece un brindis!

Gaara intentó no soltar la mano de la señorita Hyuga con demasiada presteza.

- Dile a Baki que nos traiga una botella del mejor champaña que haya en la bodega – le ordenó su abuelo - O mejor aun: que suba dos o tres para que el servicio también pueda brindar por vuestra felicidad.

El evidente deleite de su abuelo acabó con las reservas que atacaban a Gaara. Tres meses pasarían demasiado rápido. Además, ¿qué valor tenía un regalo sin un poco de sacrificio?

- No querrás que la cocinera se nos emborrache y eche a perder la cena, ¿no? - dijo al disponerse a cumplir el deseo del conde.

- Si brindas media docena de veces, no te darás ni cuenta - contestó, y llamó a su lado a Hinata. Gaara dudó aún en la puerta de la biblioteca y la oyó preguntar a su abuelo

- ¿Puedo llamarlo abuelo a partir de ahora?

El anciano la abrazó.

- ¡Ninguna otra cosa podría hacerme tan feliz, niña querida!

Y al verlos así, una punzante ansiedad se apoderó de su estómago y tuvo que hacer un esfuerzo para ir en busca del champaña.

Volvió a la biblioteca unos minutos más tarde para oír preguntar a su abuelo.

- ¿Cuándo vamos a fijar la fecha? Junio es siempre un buen mes para bodas.

¿Fijar una fecha? Gaara tuvo la sensación de que el suelo de madera se abría bajo sus pies, pero antes de que pudiera contestar cualquier cosa que habría dejado al descubierto su engaño, la señorita Hyuga acudió en su rescate.

- Será mejor que no hagamos planes hasta que mi tío vuelva del continente. Es más, ni siquiera debería haber aceptado la proposición de Lord Sabaku sin su permiso.

Gaara aplaudió en silencio su talento.

- ¿El viejo Shimura? - protestó el conde, que era mayor que su vecino al menos dos décadas - ¡Tonterías!

- Sé que no tendrán nada que objetar a que me case con su nieto, pero puede que prefieran... conservar sus privilegios.

- Sí, ya - masculló el conde - En fin, como de todos modos vas a quedarte en el vecindario, será mejor que no ofendamos a tus parientes casándote en su ausencia.

Baki apareció entonces con una bandeja en la que llevaba tres copas altas de cristal y una botella de champaña. Gaara le dio las gracias y la descorchó. El conde levantó su copa hacia la señorita Hyuga.

- Bebamos a la salud de la adquisición más hermosa que ha hecho la familia Sabaku desde hace años: mi querida Hinata. Espero que no te importe que te llame por tu nombre, puesto que tú vas a llamarme abuelo.

Ella asintió con una sonrisa.

- Por Hinata - Gaara alzó la copa, y su nombre le picó en la lengua como el mejor champaña.

El conde tomó un sorbo y asintió.

- Aunque estoy deseoso de veros casados, puede que no esté mal que paséis cierto tiempo comprometidos. Necesitáis algo de tiempo para conoceros antes de casaros.

Antes de que Gaara pudiera asentir, añadió el conde:

- A pesar de que sé perfectamente por qué os habéis comprometido.

Gaara sintió que la mandíbula se le caía al mismo tiempo que su prometida se atragantaba con el champán.