Disclaimer: Digimon es propiedad de Bandai y Toei Animation, no hago esto con fines lucrativos.


~ Conectados ~

Capítulo 3

Mintió. Tuvo que hacerlo y la sensación esta vez fue mucho peor, pero también sabía perfectamente lo que Taichi le diría si decía la verdad. Lo ensayó tanto que acabó por memorizarse las palabras: No puedo estudiar Diseño. Mi madre quiere que la ayude con la floristería. Será solo por un tiempo, mientras consigo otro empleo y logro juntar lo suficiente para independizarme.

Sí, podía imaginar con lujo de detalles la escena, la expresión que pondría, la mueca de sus labios, esa mirada penetrante de tristeza y decepción. No le creería. No lo haría porque en el fondo ella tampoco lo hacía y así sería imposible reunir la convicción suficiente en sus palabras.

Mientras consigo otro empleo, mientras consigo dinero, mientras...

Siempre habría un mientras, una nueva excusa para postergar sus sueños. Lo sabía.

Al menos tenía un mes más. El año académico en la universidad de Taichi había comenzado en enero y en cambio, en la universidad que ella le dijo que estudiaría sería en abril [*].

No contó con que el tiempo pasara tan rápido.

Faltaba una semana para el temido momento, cuando su madre tuvo que salir a hacer unas diligencias. Antes de marcharse le dijo que ese día llegaría la empleada nueva y que por favor la atendiera y fuera enseñándole lo básico.

Sora asintió sin decir nada. La idea no le entusiasmaba particularmente, pero tampoco le desagradaba. Sería bueno tener otras manos para ayudar considerando la gran cantidad de trabajo que se acumulaba durante aquella época.

Cuando sonó la campana a eso de las cuatro, alzó la mirada hacia la entrada. Sospechaba que se trataba de la persona que había dicho su madre, pero al principio no la vio bien. El sol le daba de lleno en los ojos a esa hora, causando que por un momento todo lo que pudiera ver fuera la silueta del cuerpo y su cabello disparado en todas direcciones.

Su cabello.

Se le detuvo el corazón por un momento. Se parecía mucho al de...

Sus pensamientos titubearon, sin llegar a pronunciar su nombre.

Pero era imposible.

Su ilusión se rompió cuando la persona en cuestión llegó junto al mesón. No era Taichi. Ni siquiera se trataba de un chico. Quien la miraba desde el otro lado era una joven aparentemente mayor que a ella que se le hizo bastante conocida, a pesar de que no lograba dilucidar de dónde.

—Oh, te conozco —dijo la recién llegada, pestañeando con sorpresa.

—Tú eres... —Tuvo que hacer un esfuerzo para rebuscar en su memoria, como si se hallara a la orilla de un río, intentando extraer el recuerdo correcto solo por intuición. Los recuerdos brillaban pálidamente dentro del agua—. Esa chica...

Súbitamente lo recordó.

En la secundaria había un chico en su salón que se llamaba Ishida y que tenía una banda de música. No solo era talentoso, sino también muy guapo, por lo que muchas chicas estaban detrás de él, incluyendo algunas de cursos superiores. Tenía entendido que ahora se encontraba de gira con su banda.

—Aquella chica —repitió cuando estuvo segura.

La aludida sonrió e hizo una venia.

—Motomiya Jun. Estudiábamos en la misma secundaria. Creo que nos encontramos un par de veces cuando yo iba ver a Yamato, ¿no?

—Sí —respondió, a pesar de que ella no lo hubiera descrito así: "ir a verlo". Lo que hacía era más bien acosarlo, pero probablemente no sería educado hacer hincapié en ese punto—. Soy Takenouchi Sora y trabajo aquí. Mi mamá es la dueña, ¿vienes por...?

—¡Fantástico! —la interrumpió ella—. La señora Takenouchi me habló de ti. Dijo que ella no estaría hoy, pero que dejaría a su hija a cargo.

—Es un gusto conocerte, Motomiya-san.

—Por favor —pidió con un desdeñoso movimiento de su mano—. Llámame Jun.

—Pero... eres mayor que yo.

—No por mucho.

Sora terminó por asentir.

Como a esa hora no había mucho movimiento en el local, decidió cerrar por un rato e invitar a Jun a la parte trasera para que pudieran hablar y conocerse un poco. Si iban a trabajar juntas, sería lo mejor.

La chica le contó sin pudor alguno que ya la habían despedido de cinco trabajos y estaba realmente desesperada por encontrar uno cuando un día pasó por allí y vio el anuncio. Dijo que no tenía experiencia con las flores, pero que aprendía rápido.

También descubrieron con gran sorpresa que tenían otra cosa en común. Ella era hermana mayor de Daisuke, un chico a quien Sora y Taichi conocieron un día en el parque, que le había pedido al castaño que se convirtiera en su mentor. Al principio ellos se rieron, creyendo que se trataba de una broma, pero conforme los segundos fueron pasando y el niño, a quien le llevaban unos tres años, seguía ahí, viéndolos con ilusión, se dieron cuenta de que no era así. Al parecer quería ser futbolista y llevaba un tiempo observándolos ir a jugar a ese parque. Les dijo que Taichi era demasiado genial y que quería que le enseñara. También les ofreció sus ahorros por las clases, que no eran muchos.

Ellos rechazaron sus ahorros —era difícil aceptarlos sin sentirse unos abusadores—, y aceptaron darle clases. Bueno, Taichi. Pero como ellos siempre estaban juntos, Sora también iba a los entrenamientos todos los sábados y un día entre semana.

—Vaya, ¡quién iba pensarlo! El mundo es un pañuelo, ¿no crees? —preguntó Jun, entusiasmada con la coincidencia.

—Sí que lo es.


No tuvo que pasar mucho tiempo para que Sora descubriera que Jun y ella eran muy distintas. Inclusive podría decirse que lo supo desde el mismo momento en que la vio entrar a la floristería. Su look descuidado, la forma en que caminaba y hablaba, tan desenvuelta, tan cómoda consigo misma. Le recordaba un poco a Taichi.

No tenía ningún talento con las flores y era evidentemente mala con las cosas que requerían motricidad fina porque en su primera semana de trabajo más de una vez estuvo a punto de arruinar una flor, pero era afable en su trato con los clientes, aunque a veces demasiado chillona y expresiva.

No sabía qué pensar. La chica lograba sacarle a diario datos sobre su vida. No muchos porque ella siempre fue del tipo reservada. Taichi solía molestarla con eso. Y ahí estaba de nuevo, pensando en Taichi en horas de trabajo.

A veces su mente la traicionaba.

El viernes de la segunda semana de trabajo de Jun, Sora estaba agotada. Hablaba con el castaño a diario y como todavía no tenía el valor de confesarle la verdad, tuvo que inventarse clases que no tenía e historias con compañeros a los que no conocía ni jamás conocería. Eso, sumado al trabajo de la tienda y a estar constantemente pendiente de la nueva empleada, terminó por dejarla exhausta.

Ya eran más de las siete y dentro de poco cerrarían.

—¿Te apetece que vayamos a tomar algo?

Sora dejó de hacer lo que hacía: Intentar arreglar una flor que ya se hallaba irremediablemente arruinada.

Se quedó con las tijeras en la mano y observó a su compañera con curiosidad. Su madre había vuelto a salir, dejándolas solas.

—¿A tomar algo? —preguntó insegura—. No estoy...

—Vamos, ¡será divertido!

La pelirroja se mordió el labio, todavía dudando. No era que tuvieran mucha confianza y ella la única vez que se había emborrachado fue con Taichi unos meses atrás, con la persona que tenía más confianza en la tierra.

Jun continuó mirándola. Sus ojos brillaban con entusiasmo y tenía una sonrisa en los labios.

—Hemos trabajado muy duro. Lo merecemos, ¿no crees? Un poco de diversión no le hace daño a nadie.

Las últimas palabras resonaron con fuerza en la cabeza de Sora.

Ella nunca se divertía, o eso decía Taichi.

Al demonio, se dijo. ¿Por qué no?

Esa es la actitud, pelirroja.

Llegó a escuchar esas palabras con aterradora claridad dentro de su cabeza. Estaba segura de que el castaño las hubiera pronunciado de estar ahí.

Pero no estaba, y ya iba siendo tiempo de que lo superara.

—De acuerdo.

Jun estalló en vítores y se puso a saltar por el lugar.


Sabía que era una mala idea, lo sabía. Y aun así no se arrepentía de nada.

Cuando llegó la hora de cerrar, ella y Jun tomaron sus cosas y fueron a un pub cercano. Sora se sintió incómoda desde el primer momento, pero su acompañante insistió en que bebieran algo. No habían ido hasta ahí solo para quedarse sentadas, ¿verdad? Así que aceptó, a regañadientes pero lo hizo.

Pidieron una botella de sake, y luego otra, y también otra después de esa. El total ninguna lo recordaría al día siguiente.

El verdadero problema no fue dejar que una "casi" extraña la viera borracha, sino que, como a muchos borrachos les pasa, se le soltó la lengua y terminó contándolo todo, cuando por todo hemos de entender todo lo que a Taichi se refería.

Cuando terminó, sintió un alivio semejante en el estómago al que experimentas cuando estás enfermo y vomitas. La verborrea producida por el alcohol no era muy distinta al fin y al cabo. En ambos casos se debía, hasta cierto punto, a algo que escapaba de su sola voluntad y en ambos casos también la sensación era solo momentánea. Ahora solo se sentía avergonzada, deprimida e incluso más agotada que antes, como si decir todo aquello hubiera diluido el efecto revitalizador del alcohol en su sangre.

—Entonces, ¿preferiste quedarte cortando flores en lugar de conocer otro país con tu mejor amigo? —preguntó Jun con un tono bastante claro y estable que reflejaba que ella tenía una tolerancia mucho mayor al alcohol que Sora, y de paso más práctica bebiendo.

Sora creyó que encontraría incredulidad en su voz o que la regañaría, pero por más que puso toda su concentración, que no era mucha dadas las circunstancias, en hallar algo parecido, todo lo que encontró fue incomprensión de su parte.

—Ese no era exactamente el plan... —murmuró frunciendo el ceño, como si responder le supusiera un gran esfuerzo, como si tuviera que buscar las palabras una por una en su cerebro embotado.

—¡Pero te habían aceptado allá! Y tú decidiste quedarte, ¿correcto?

—Sí.

—No lo entiendo.

—En realidad es fácil de entender. Siempre he preferido caminar sobre terreno seguro e ir a Estados Unidos era... demasiado incierto —concluyó bajando el mentón hacia su pecho, a sabiendo de lo que aquello decía sobre ella: Era una cobarde, una chica provinciana asustada de conocer el mundo.

—¡Chica, tú debes estar loca! —Cuando Jun le gritó eso, en un tono absurdamente chillón y desconsiderado para con su compañera de borrachera, a quien no se le daba bien el asunto, Sora creyó que sus próximas palabras serían un reflejo de sus pensamientos. Le diría que le faltaba valor, que no se puede renunciar a un sueño solo por miedo; nada más lejos de la realidad—. Con lo que escasean los hombres y tú lo dejas ir.

—¿A quién? —preguntó sin enterarse de lo que hablaba.

—A ese Yagami, por supuesto. ¿No estamos hablando de él?

Sora levantó tan rápido la cabeza, que cuando lo hizo un ramalazo de dolor le atravesó la cabeza y tuvo que pestañear varias veces para enfocar la vista, pues veía todo borroso frente a ella.

—Oh, no. Tienes...tienes una idea equivocada. No es así entre Taichi y yo.

—¿No lo es? —preguntó con una mueca burlona esbozada en los labios.

—¿Por qué me ves así?

—¿Acaso no ves películas de amor? Eso es exactamente lo que dicen los protagonistas.

—No, claro que no.

Taichi y ella siempre habían sido amigos, desde niños. Por eso era imposible que el amor fraternal que forjaron en un inicio transmutara a algo distinto, porque por mucho que tengas las hormonas alborotadas por la adolescencia, no puedes ver a tu hermano como un chico. Tu hermano siempre será tu hermano.

Se lo expuso a Jun lo mejor que pudo.

—Pero te olvidas de algo importante. Él no es tu hermano, esa es solo una excusa para mantener la distancia.

Sora quiso replicar, pero se vio sin argumentos.

Lo que decía Jun no tenía sentido.

«No es así entre Taichi y yo», se repitió en su fuero interno, queriendo reafirmar aquella certeza, que tras las palabras de Jun comenzaba a tambalearse como un cartel en lo alto de una ciudad que amenaza con salirse de sus goznes.

Tal certeza, entonces, pasó a convertirse en una pregunta.

No era así, ¿verdad?


De: Número desconocido

Para: Sora

[14:05 PM]: ¿Cómo va la resaca, pelirroja?

De: Sora

Para: Número desconocido

[14:16 PM]: ¿Quién eres?

De: Número desconocido

[14:19 PM]: Pues Jun, ¿quién más?

De: Sora

[14:24 PM]: ¿Cómo conseguiste mi número? Y no me llames pelirroja.

De: Jun

[14:26 PM]: Te lo pedí en el bar, ¿no te acuerdas? Supongo que eso responde mi primera pregunta.

De: Sora

[14:30 PM]: No en realidad.

De: Jun

[14:35 PM]: Así que eres de las que cuando beben se borran, ¿eh? Esa es información valiosa.

De: Sora

[14:37 PM]: No lo sé, solo me había emborrachado una vez y también me olvidé de gran parte de la noche.

De: Jun

[14:42 PM]: Déjame adivinar, ¿con ese guapo mejor amigo tuyo de nombre Taichi?

De: Sora

[14:43 PM]: No lo llames guapo. Y sí, fue con él.

De: Jun

[14:47 PM]: ¿Por qué no puedo llamarlo guapo? ¿Es que no piensas que lo sea?

De: Sora

[14:53 PM]: No sé si tengas un mejor amigo, pero esa no la clase de cosa que piensas sobre él, si es guapo o no.

De: Jun

[15:00 PM]: ¡Claro de lo haces! Somos humanos y que le pongas la etiqueta de "mejor amigo" no lo convierte en un ser asexuado o algo así. No importa, de todos modos no respondiste a mi primera pregunta.

De: Sora

[15:02 PM]: Solo no lo hagas, es incómodo.

De: Jun

[15:05PM]: Bien, pero a cambio me responderás una duda que me surgió.

De: Sora

[15:07 PM]: No prometo nada. ¿Cuál es tu duda?

De: Jun

[15:12 PM]: ¿Siempre ha sido solo él?

De: Sora

[15:15 PM]: Te recuerdo que estoy con resaca. ¿Podrías ser más clara?

De: Jun

[15:18 PM]: ¿Él ha sido el único chico en tu vida? ¿Nunca has salido con nadie más?

De: Sora

[15:21 PM]: Te repito que nunca pasó nada entre él y yo. SOMOS AMIGOS. Y en cuanto a tu pregunta, una vez besé a un pelirrojo, ¿cuenta?

De: Jun

[15:28 PM]: Uhhh, ¿un pelirrojo exótico?

De: Sora

[15:33 PM]: La verdad era bastante normalito. Creo su cabello era lo más exótico que tenía. Era uno de los mejores estudiantes de su clase.

De: Jun

[15:37 PM]: ¡Bah! Qué aburrido. Igual podrías darme su número por si acaso.

De: Sora

[15:39 PM]: No voy a darte su número. Puedo presentártelo y que él te lo de.

De: Jun

[15:41 PM]: ¡Eres tan anticuada!

De: Sora

[15:42 PM]: No lo soy.

De: Jun

[15:45 PM]: ¿Sabes? Solía pensar que mi vida amorosa apestaba, pero creo que la tuya es aún peor. Me caes bien, Sora Takenouchi.

La pelirroja rio y soltó el celular sobre la cama. A veces era irrisoria la forma en que su "aparentemente" nueva amiga unía las cosas, hablando de esto y de aquello sin ton ni son.

Decidió en ese mismo momento que también le agradaba, pero no se lo dijo porque el sopor la invadió y terminó durmiéndose de nuevo.

Soñó con Tachi y ella besándose en un bar. El lugar no lo vio bien. Todo eran sombras y colores danzantes a su alrededor, sin embargo, el sueño fue tan vívido que despertó con la sensación de los labios de su mejor amigo sobre los suyos. Una sensación desde luego inexplorada que por lo visto su imaginación se había encargado de elaborar minuciosamente.


Se apareció un día en la floristería sin avisar. Al principio, cuando carraspeó para atraer su atención y Sora levantó la cabeza, pensó que se lo estaba imaginando.

Había pasado poco más de un mes desde que se fue a Estados Unidos y ahora estaba ahí, frente a ella.

Abrió la boca para decir algo, probablemente solo murmurar su nombre esperando que con eso se desvaneciera y ella pudiera declararse a sí misma loca, pero nunca llegó a hacerlo porque Jun, que se hallaba en la trastienda, apareció en ese momento y se quedó sorprendida al ver la peculiar escena. Tal vez nunca había sido muy lista pero tampoco tonta, y le bastaron solo un par de segundos para atar cabos, incluso si Sora nunca le había enseñado una foto.

—¡Hola! Mucho gusto. Tú debes ser Yagami-san. Sora me habló de ti. Soy Motomiya Jun, trabajo aquí ahora.

—Veo que todavía trabajas a medio tiempo en la floristería. —Taichi la ignoró olímpicamente, no porque no le importara o fuera descortés, sino porque en aquel momento difícilmente tenía ojos u oídos para alguien más que no fuera su mejor amiga.

A pesar de sus palabras, Sora descubrió enseguida en sus ojos, en la forma lánguida que la miraba, que sabía la verdad.

Había ido hasta ahí esperando no encontrarla, esperando que no le hubiera mentido.

Ahora, en su silencio parecía implorarle que le dijera la verdad. Pero no podía, no en ese lugar ni en ese momento con Jun mirándolos.

Soltó su labio inferior, que había atrapado entre sus dientes sin piedad, y dejó ir un suspiro.

—¿Por cuánto te quedarás? —preguntó secándose un par de lágrimas de las cuales solo fue consciente cuando las sintió descender por sus mejillas.

¿Por qué lloraba? No lo tenía claro. Tal vez porque estaba avergonzada de que la hubiera descubierto, o más probable todavía, porque estaba inmensamente feliz de verlo. Bien decían que las cosas que no te esperas son las mejores.

Taichi sonrió y esa sonrisa, mágica como siempre, no solo deshizo la tensión de Sora y la que se había acumulado en el lugar, sino que era una promesa en sí misma, una promesa de tiempo para los dos.


Un fin de semana no era mucho para ponerse al día, pero Sora se consoló diciéndose que era más de lo que hubiera esperado antes de verlo en la floristería, lo cual era cierto. No había esperado que estuviera de vuelta tan pronto, y menos por ella.

Pasaron los dos días juntos, uno en casa de Sora y otro en casa de Taichi. Hablaron de todo y de nada. Se embebieron de la presencia del otro. Recordaron viejas anécdotas de esas que no se estropeaban por más veces que las contaran. Rieron por encima de todo.

—Volviste a mentirme... —Las palabras de Taichi la pillaron desprevenida. Hasta hace un momento atrás habían estado hablando de su graduación.

—Lo sé. —El flequillo cayó por su frente cuando inclinó la cabeza para huir de su mirada.

—¿Por qué, Sora? Pensé que...

—Primero pensé que era porque no quería decepcionarte más de lo que ya lo había hecho.

—Te lo dije por teléfono: Tú nunca podrías decepcionarme. Nunca. No importa lo que hagas.

—Lo sé, pero después entendí que no era tanto por ti, sino por mí.

—Tendrás que explicarme eso —murmuró frunciendo el ceño.

—A veces quisiera sentirme tan lista y genial como tú dices que soy, pero me cuesta trabajo y sé que dices que nunca podría decepcionarte, pero si llegara a hacerlo, si me miraras diferente, entonces me sentiría decepcionada de mí misma, ¿entiendes?

—Tienes que creer en ti, pelirroja. No porque yo lo haga, sino porque tienes un futuro brillante por delante.

—¿Cómo lo sabes?

—Oh... tengo un amigo allá en el cielo, ya sabes. Trabaja en la sección Futuro de los Mortales.

—Tonto —replicó ocultando con dificultad la risa que le causó su broma.

—Tal vez, pero me extrañaste.

—Lo hice... —A veces, cuando Sora reconocía que lo quería, lo extrañaba o que era tan bueno en algo como él se jactaba de ser, al igual que hizo en ese momento, Taichi se quedaba sin palabras. Sora podía contar con los dedos de una mano las ocasiones en que eso había ocurrido. Resultaba agradable verlo callado para variar.

El domingo en la noche lo acompañó al aeropuerto a pesar de que él se negó una y otra vez, alegando que era peligroso que una jovencita de bien como ella anduviera en taxi tan tarde.

Pero Sora también sabía ser cabezota cuando quería, o tal vez lo había aprendido de él. ¿Y cómo no iba ganar si había aprendido del mejor en la materia?

Se despidieron con un largo abrazo, pero a pesar de que la despedida se sintió más definitiva que la anterior, la tristeza de un secreto, guardado por una parte y apenas intuido por la otra, no les oprimió el pecho como la primera vez que estuvieron en la misma situación.

—Cuídate —susurró Taichi—. Y atente al plan. Junta dinero y entra a la mejor universidad de Japón, ¿de acuerdo? Vas a ser la mejor.

Sora solo pudo asentir entre sus brazos hasta que el castaño al final la dejó ir, lo que era irónico considerando que el que se iba era él.


Las cosas resultaron mejor esta vez. Hablaban casi a diario, aunque el "casi" podría decirse que estaba demás, pues raro era el día que no lo hacían o que pasaran más de dos sin que intercambiaran al menos un par de mensajes. Lo ideal, y que hacían siempre que podían, era hablar por teléfono o videollamada.

De esa forma los meses se fueron pasando muy rápido para los dos. Taichi entre estudios y fiestas, Sora trabajando arduamente en la floristería y atreviéndose a hacer sus primeros bosquejos en su tiempo libre. Una que otra vez también se dejó arrastrar por Jun a un bar e incluso a una discoteca donde se descubrió bailando con más seguridad de la que nunca había sentido en sí misma. La suficiente para que no le importara quién las estuviera viendo o lo que podrían pensar.

Probablemente fue esa noche la que terminó por decidir del todo que Jun le agradaba, y que aunque eran muy distintas, era una gran amiga. Tenía un aire alocado que le recordaba a su mejor amigo y para todos los efectos ejercía un papel muy similar en su vida: Darle ese impulso que a veces le faltaba. No era ni nunca sería Taichi, desde luego, pero la hacía sentir menos sola luego de toda una vida acostumbrada a tener al castaño a su lado como una sombra.

Fueron cinco, seis, siete meses que ni siquiera se sintieron pasar. Taichi se descubrió enfrentando sus segundos exámenes trimestrales antes de darse cuenta y Sora ya acumulaba varios bosquejos en su escritorio y una buena suma en su cuenta bancaria. Todavía lejana a la que requería, pero suficiente para empezar a soñar un poco.

Todo marchaba perfecto, pero por supuesto, la vida no es una línea horizontal perfecta, sino que se parece más a la clase de línea que obtienes si le pides a un niño que la dibuje: Irregular y llena de sobresaltos. Indudablemente les faltaban muchas cosas por vivir a ambos, cosas propias de la juventud y de estar vivos, muchas de ellas inevitables, aunque la más inevitable de todas probablemente fuese el amor.

Llevaban un rato hablando por celular. Sora lo había notado extraño desde que le contestó, como si algo lo estuviera molestando, pero tras preguntar dos veces decidió esperar a que se lo contara cuando se sintiera listo. Y eventualmente lo hizo.

—Conocí a alguien. —Taichi dejó caer el comentario en mitad de un silencio que se formó entre los dos.

Sora se tardó en contestar, aturdida como quedó ante la extraña sensación que le produjo oír esas palabras.

—¿Sigues ahí? —La señal a veces era terrible. Había días en que no podían hablar ni cinco minutos seguidos sin que se cayera, pero ellos seguían intentando. Eran las conversaciones más largas de todas.

—Sí, aquí estoy. ¿Qué me decías?

—Que conocí a alguien, ya sabes. Una chica genial.

—Eso es… es…genial. —Se golpeó mentalmente por la torpe elección de palabras.

—¿Te encuentras bien? —Sora pudo imaginarlo con el ceño fruncido al emitir esa pregunta, no necesitaba verlo.

—Claro que sí. ¿Y qué me dices? ¿No huyó despavorida? —Intentó bromear a pesar de que notaba la garganta más apretada de lo normal.

De pronto la habitación le parecía más pequeña de lo que ya era.

—Oye, que tú lo pienses no significa que todas las mujeres crean que soy un desastre.

Un desastre, le dolió que pensara que ella de verdad creía eso.

—Algunas piensan, ya sabes… que soy lindo.

—No creo que seas un desastre, no en serio.

Taichi fue quien calló esta vez.

—Ah, pues vale. Es bueno saberlo.

—Entonces… ¿cómo es? ¿están en algo serio?

—¿Qué? No. Acabo de conocerla, pero creo que podría ser la indicada.

—¿Si? ¿Qué te hace pensar eso?

—No lo sé, solo lo siento. Así es como debe ser, ¿no? No es algo que piensas o crees, solo...lo sientes.

—Sí, supongo que sí.

Cuando Sora cortó, sintió la imperiosa necesidad de levantarse de la silla en la que había estado sentada toda la conversación. Estiró la espalda, poniendo las manos sobre sus riñones y luego se desperezó para aliviar sus músculos, que se hallaban totalmente tensos luego de haber permanecido tanto tiempo en la misma posición.

Caminó de un lado al otro por la habitación, pero siguió sintiéndose extraña. Necesitaba hablarlo con alguien.

Primero pensó en Jun, pero desechó la idea enseguida. Si lo hacía, la chica solo le diría que estaba celosa y obviamente ese no era el caso. No estaba celosa, solo... preocupada.

Mientras decidía, encendió el computador para ganar tiempo y fue entonces cuando pensó en la persona indicada.

Querida Hikari,

Te escribo porque Taichi...

No, eso no estaba bien. Presionó la tecla de borrado hasta que todas las palabras desaparecieron de la pantalla y tuvo nuevamente ante sí misma una hoja en blanco. Nunca una hoja en blanco le había parecido tan frustrante.

Se mordió el labio. Necesitaba un mejor comienzo.

Para: Hikari

Asunto: Saludo

Mensaje:

¡Hola Hikari!

¿Cómo estás? Yo muy bien, con bastante trabajo en la floristería, para que no te preocupes o pienses que te escribo porque ha pasado algo. Llevamos un tiempo sin hablar y me estaba preguntando por ti. ¿Qué tal los estudios?

Pensé en llamar, pero perdí tu número.

Por cierto, ¿has hablado con Taichi? Me comentó que había conocido a alguien. Dijo que apenas la estaba conociendo, pero me quedé un poco preocupada porque se veía entusiasmado y no quisiera que se apresurara. Tú sabes cómo es, algo arrebatado y todo eso. No sería la primera vez.

Bueno, seguramente ya te he quitado mucho tiempo con este mensaje así que me despido.

Te mando un abrazo. Saluda a tus padres de mi parte, por favor.

Releyó el mensaje tres veces hasta que se convenció de que estaba bien y lo envió.

La respuesta, tal como esperó, no tardó en llegar. Hikari, al revés de su hermano, revisaba regularmente su correo.

Para: Sora

Re. Asunto: Saludo

Mensaje

¡Hola Sora!

Estoy muy bien, gracias por escribir. Y a la vez disculpa que no te haya llamado últimamente, es que estoy en periodo de exámenes por lo que no he tenido mucho tiempo. Me alegra saber que tú también te encuentras bien y todo está yendo bien en la floristería.

Sobre mi hermano, me escribió contándome de esa chica. Tienes razón, está más entusiasmado de lo que quiere mostrar.

Sora se mordió el labio.

Pero yo que tú no me preocuparía. Él estará bien. Supongo que es bueno que esté conociendo gente nueva, ¿no crees? Creando lazos y todo eso. Sobre todo si estará allá los próximos cinco años como mínimo.

Fueron esas palabras las que la ayudaron a entender su malestar. Lo que le molestaba en todo eso era que Taichi conociera a alguien que se volviera más importante en su vida, alguien que la reemplazara. ¿Sería muy absurdo?

Y además, él te sigue queriendo a ti. Lo sabes, ¿no?

Sé la cara que debes estar poniendo ahora, y sí, estoy insinuando exactamente lo que crees que estoy insinuando. Taichi te quiere y no solo como un amigo. No conozco tus sentimientos, pero si tú también lo quieres quizás deberías hacer algo.

Te mando un beso. Le daré tu saludo a mis padres. Tú por favor haz lo mismo con tu mamá.

Hikari.

Se quedó helada, sin saber cómo reaccionar. Releyó sus últimas palabras un par de veces, la parte en que decía que Taichi...

Se frotó los ojos. Pensó que estaba malinterpretando lo que había querido decirle, pero al mismo tiempo estaba segura de haber entendido perfectamente. Hikari Yagami siempre se daba entender y tal como pensó desde que la conoció, siempre parecía darse cuenta de las cosas antes que nadie más.

Ella también era así, Taichi solía decirle que las dos se parecían mucho, pero siempre pensó que lo de Hikari era un sexto sentido único que casi rayaba en lo sobrenatural, como si lo suyo fuera un superpoder. Tenía gracia. De esa forma los dos hermanos tendrían superpoderes: Taichi su sonrisa tranquilizadora y Hikari su intuición.

¿Estaría en lo cierto?

Sabía que debía conocer a Taichi mejor que nadie en el mundo, pero el castaño nunca había dado señas de sentir nada más por ella que amistad, siempre tuvo sus ojos puestos en otras chicas, en chicas más femeninas e inalcanzables.

¿Por qué lo pensaba tanto?

¿Qué importaba si ella solo lo veía como un amigo?

No conozco tus sentimientos, pero si tú también lo quieres quizás deberías hacer algo.

¿Los conocía ella? ¿Podía decir claramente lo que sentía por Taichi? Si así fuera, no se suponía que estuviera dudando.

Tal vez, si solo lo veía como un amigo, la respuesta le saldría automática y natural, pero en ese momento la palabra amigo se sentía amarga en sus labios.

Está bien tomar riesgos de vez en cuando.

La voz de Jun resonó en su cabeza. Siempre le decía lo mismo como si quisiera grabar esa frase a fuego en su memoria. Aparentemente al fin lo estaba consiguiendo, pues Sora fue incapaz de pensar en otra cosa que no fuera esa durante todo lo que restaba de día y también durante la noche.

Para la madrugada ya había tomado una decisión. Una que iba contra sus principios y todo en lo que creía, y que hacía que su estómago se agitara, no sabía si de miedo o expectación.


Probablemente una de las peores cosas que puede pasarte, al menos cuando eres joven y los resabios de la adolescencia todavía hacen que veas todo muy terrible, sea encontrarte al chico que te gusta, pero que tú todavía no admites que te gusta aunque todo el mundo lo sepa, besándose con alguien más.

Para Sora fue como si el reloj se hubiera quebrado en dos tiempos, uno rápido que aceleró el paso de toda la gente alrededor, y uno lento que ralentizó los movimientos de la pareja que estaba frente a sus ojos.

Primero vio a Taichi bajando muy campante las escaleras que conducían a la entrada del edificio principal de la universidad con la mochila colgando de un hombro, tal como solía hacer durante la secundaria. Sus pasos largos y animosos, un poco más lo habitual, la hicieron pensar por un segundo que ya la había visto y se quedó paralizada donde estaba, con mapa en mano y el corazón latiéndole a mil por hora.

Le pareció que todo el tiempo que habían pasado sin verse no era nada. Se desvanecía como si hubiera sido solo una niebla que les impedía verse a la cara, pero tras la cual todo seguía siendo igual. Taichi estaba igual y todos sus temores de que se hubiera convertido en alguien distinto, en alguien a quien ya no conociera, se disolvieron como un terrón de azúcar en una taza de té. Hasta que notó que no, no era ella hacia quien caminaba, era hacia la castaña que aguardaba al pie de la escalera.

Siguió el recorrido de sus manos con la mirada hasta que se posaron sobre la nuca de ella en un gesto íntimo y cariñoso. Las palabras de su último mensaje retumbaron en alguna parte de su cabeza: Acabo de conocerla, pero creo que podría ser la indicada.

Acabo de conocerla, acabo de conocerla. ¿Tanto tiempo había pasado de eso?

Lo vio poner un mechón de su cabello que se había escapado de su fabuloso peinado detrás de la oreja, y entonces el mundo se detuvo con un ligero remezón que amenazó con arrojarla al suelo cuando se inclinó y la besó en los labios. Desde donde estaba tuvo una perfecta visión de su boca sonriente y sus labios entreabiertos antes de que se encontraran con los ajenos.

Sí, creerás que esa es una de las peores cosas que te puede pasar, en especial porque no habiendo reconocido tus sentimientos no entenderás lo que te pasa, por qué duele tanto el pecho o de pronto te falta el aire. Pero peor fue lo que le ocurrió a Sora después.

—¡Sora! —Alguien gritó su nombre, la única persona que podía conocerla en ese país extraño.

Quiso salir corriendo, pero entonces él volvió a gritar su nombre, más apremiante esta vez, y ella no pudo hacer más que detenerse.

Al ver la escena se había dado la vuelta a toda prisa, empujado el mapa de la universidad en el basurero más cercano que encontró y su mente ya había hecho planes para pelear con quien fuera necesario en el aeropuerto y regresar a Japón lo más rápido posible a enterrar la cabeza por el próximo siglo, o tal vez dos. Los que hicieran falta para que se le pasara la vergüenza y el enfado, y ese cúmulo de emociones que la remecían de adentro hacia afuera y a las que no conseguía poner nombre.

—Sora… —Un tercer llamado, ahora más cercano y sosegado, titubeante, como si de pronto hubiera recordado que su mejor amiga estaba al otro lado del planeta y resultaba improbable que se tratara de ella. Su vista debía estarlo engañando.

La pelirroja se mordió el labio inferior, un gesto que siempre hacía cuando estaba nerviosa y que agradeció que Taichi no pudiera ver porque la conocía demasiado bien.

Contó tres segundos antes de voltearse con la mejor expresión de sorpresa pintada en el rostro. Podía sentir la presencia del chico a sus espaldas y al girarse descubrió que efectivamente estaba cerca, apenas a unos cuantos pasos de distancia.

—¡Taichi! Yo… no te había visto ahí.

Por un momento el castaño la miró con recelo. No le creía y era lógico. Hasta ella pensaba que había sonado dudosa e insegura, como la terrible mentirosa que era.

Descubrió que su mente ya trabajaba a toda máquina, tratando de idear una excusa lo suficientemente buena para sacarla de ahí. Siempre habían sido buenas aliadas su mente y ella.

Pero antes de que pudiera hacer o decir nada más, Taichi la atrapó en un sorpresivo abrazo.

—Sora —dijo por cuarta vez con un tono tan cálido como miel derritiéndose.


Si el viaje a Nueva York había sido inquietantemente largo, el de regreso se le hizo corto y deprimente, seguramente porque se pasó la mayoría del tiempo perdida dentro de su mente y sus pensamientos, donde el tiempo obviamente iba a otro ritmo, mucho más rápido y errático que el que dictan las manecillas de un reloj.

—¿Cuánto tiempo estarás?

Superada la conmoción, Taichi todo lo que quería saber era cuánto tiempo podría pasar con su mejor amiga. No preguntó nada más. Ni cómo había conseguido el dinero o por qué había decidido visitarlo, lo que fue un alivio.

—Un día —contestó ella con voz trémula, mirándose los zapatos y moviendo un pie de un lado a otro en una línea horizontal sobre el suelo.

—Bueno, tenemos veinticuatro horas para que conozcas toda la ciudad y ya están corriendo.

Veinticuatro horas que en catorce de vuelto no pudo decidir si quería olvidar para siempre o conservar como un día más de tantos que habían pasado juntos. La prueba fehaciente de una amistad bien cimentada.


—¿Pero sabes qué fue lo peor? —preguntó Sora.

—¿Qué?

—Lo feliz que se veía. Y verlo feliz toda esa tarde con ella a su lado.

—No entiendo, ¿cómo se portó ella? ¿No se puso celosa ni nada? Yo lo hubiera hecho si una bonita y exótica pelirroja hubiera aparecido de la nada y mi novio la hubiera abrazado con tanta añoranza frente a todo el mundo.

—No me abrazó con añoranza. —Desechó la idea con un leve fruncimiento de ceño—. Fue solo un abrazo de reencuentro. Me extrañaba igual que yo a él y estaba sorprendido, mucho. Además, allá no ven los gestos de afecto en público como algo tan importante, no como acá. Y respondiendo a tu pregunta, se portó muy bien. Es…una gran chica.

—Vaya, esas son las peores.

Sora la miró con reprobación.

—¿Qué? ¿No la odias ni un poquito? Se robó a tu chico.

—Taichi no es mi chico ni nunca lo ha sido.

—¿Entonces por qué la odias? —bromeó Jun.

Sora se sorprendió de sí misma cuando, en lugar de amonestarla nuevamente por decir cosas que no eran ciertas, se descubrió dudando.

¿Odiaba a Mimi? Porque la neoyorquina no había hecho sino tratarla bien y hacerla sentir en casa. Quedó impresionada de ver lo hospitalaria que podía ser una persona. Y gentil. Y amistosa. Y…bonita.

Sí, decidió en ese instante. Sí que la odiaba.

Un poquito. No había nada raro en eso. Cualquier mujer odiaría a otra que se veía tan fabulosa y cocinaba tan bien. ¿Por qué tenía que ser tan perfecta?


Lo que Sora no sabía era que la fabulosa chica sí sintió celos.

—Ella es tu ex, ¿no? —Mimi lo dejó caer sutilmente, como si no importara, en el viaje de regreso del aeropuerto cuando habían ido a dejar a la pelirroja.

—¿Qué? —Taichi viró en la esquina, con la mirada concentrada en el tráfico—. No. Era Sora, mi mejor amiga desde el primer año de escuela, te hablé de ella.

—Sí, pero cuando lo hiciste no me contaste que habían sido novios.

—Porque no lo fuimos —comentó con la confusión pintada en la cara.

Mimi enarcó una ceja, gesto con el cual pretendía dejar claro que no le creía.

—Vale, no te mentiré. Hubo un tiempo en que tal vez pudo pasar algo, pero eso ya es historia. Ahora estás tú y eso es lo que importa.

Titubeante, bajó una mano del volante para encontrarla con la de Mimi justo entre ambos asientos. La chica se la estrechó.

—¡Ah, tienes razón! Creo que me puse un poco celoso. ¿Es que viste su cabello? Y su cutis, ¡en serio! No sé qué hacen en Japón para ser tan bonitas...

—Pero tú también eres japonesa...

—¡Bah! Como si importara. Mis padres y yo emigramos cuando era una niña. No creo que cuente realmente.

—Claro que sí.

—No entiendes el punto.

Taichi rio y ella lo golpeó en el hombro al tiempo que inflaba las mejillas, enfadada. Mimi era increíble y única en muchos sentidos. Lo hacía reír y tenía las ideas más originales y locas del mundo. Siempre estaba ahí para apoyarlo y acompañarlo en lo que se le ocurriera. Aunque llevaban poco tiempo juntos, se sentía como si fuera más. Era la relación más seria que había tenido y con dieciocho años parecía un buen momento para hacerlo, para comenzar a ver con más seriedad su vida amorosa, pero algo fallaba.

Podía mentirle a Mimi y a quien quisiera, incluso a Sora, mas no a sí mismo. No podía negar que había sentido la energía de siempre fluctuar entre la pelirroja y él cuando la abrazó.

El sutil cosquilleo de un sentimiento que la distancia no había podido desvanecer. La extraña sensación de que sus cuerpos fueran dos piezas de una misma figura que volvían a encajar juntas en la misma posición de antaño, descubriendo que los brazos del otro seguían hechos a la medida.


Hubo una sola cosa que Sora no le contó a Jun. Algo que quiso guardarse para sí misma a pesar de que el recuerdo de ese momento amenazaba con sobrepasarla por todas las emociones que la invadieron.

Había sido la única vez que se quedaron a solas. Acababan de salir del sitio en el que comieron y Mimi tuvo que volver a entrar porque olvidó sus guantes. Así que se quedaron esperándola afuera.

Sora comenzó a dar pequeños saltitos en la punta de los pies. La chaqueta que traía puesta parecía insuficiente para mantenerla a resguardo del frío. Puso las manos contra su boca y sopló para calentarlas un poco.

—¿Tienes frío? —preguntó Taichi con una risita disimulada.

—No te burles. Hace mucho frío acá.

—Es porque no estás acostumbrada al clima. Es un frío diferente al de Japón.

—Eso ya lo noté —murmuró sin dejar de moverse.

—Quédate quieta. —La mano de Taichi enrollándose en una de sus muñecas fue más efectiva que sus palabras para que detuviera todo movimiento en el acto.

—¿Qué...? —Antes de que pudiera formular su pregunta, el castaño tomó también su otra mano y acercándolas ambas a su rostro, sopló sobre ellas, reemplazando a la boca de Sora en su labor, de una forma bastante eficiente cabe añadir, o puede que el calor que experimentó ella tuviera más que ver con otra cosa.

—¿Mejor?

Cuando levantó la cabeza en busca de una respuesta, se encontró a Sora con el rostro rojo y los labios entreabiertos.

Súbitamente soltó sus manos, haciendo que los brazos de ella cayeran lacios a cada lado de su cuerpo. Apartó la mirada, incómodo, como si recién acabara de recordar que aquel gesto no era muy apropiado, incluso para él que siempre fue un poco intrépido para las conservadoras normas morales de Japón. Nunca había sido exactamente prudente ni recatado.

Antes, cuando eran niños, Taichi solía hacer eso cada vez que ella tenía frío en sus manos. Dejaron de hacerlo en cuanto empezó a hacerse extraño para ambos, cuando el dulce gesto de amistad se convirtió en algo demasiado íntimo para dos adolescentes.


Referencia

[*] Fecha de inicio del año académico en Japón y USA: Al igual que la mayoría de edad, la fecha de inicio del año académico suele variar en todos los países y, por supuesto, coincidir en algunos. Busqué las de los países que interesan para efectos de la historia, pero reconozco que tuve que modificarlas porque no calzaban con la idea que tenía.

Notas finales:

Nuevo capítulo y un poco más largo que los anteriores porque no pude cortarlo antes.

¡Gracias por leer!