Antes de que me pueda dar cuenta, estoy en mi casa. Es un adosado modesto, de dos pisos con su jardín. Sé que suena demasiado grande para alguien como yo, pero antes, cuando era abogado experto (y tenía el pelo negro y los ojos marrones, y no llevaba esta tostadora en la cara) mis ingresos eran generosos, y me lo pude permitir. Pero además, había otro motivo, para mí mucho más importante que el hecho de poder fardar de casa con jardín.
Esto no lo sabe nadie más que yo, pero antes de que pasara lo de mi envenenamiento compré un anillo de compromiso. Iba a pedirle matrimonio a Mia. Tenía pensado venirme a vivir con ella. Incluso compré ese anillo el mismo día que me envenenaron, pero me lo llevé conmigo al infierno. Por eso, es uno de mis secretos mejor guardados.
-Bueno, señor Godot, hemos llegado. Siento tener que ser yo el que le dé la mala noticia, pero como usted ya se imaginará, después de todo lo que pasó en ese caso se acabó su carrera como fiscal.- me informa Edgeworth.
-¡Ja…! No es necesario que me lo diga, ya lo había supuesto, gracias. Además, aunque me permitieran seguir siendo fiscal, creo que lo habría dejado voluntariamente. ¿Sabe si he de ir a entregar mi distintivo de fiscal a algún sitio?
-No es necesario que lo devuelva, ya se ha invalidado mediante el número de serie. En fin, espero volver a verle, señor Godot.
-¡Mucha suerte en la vida!- me desea Kay, con una gran sonrisa.
-Igualmente, señor Edgeworth, y a ti, Kay. Igualmente….
Si he de ser sincero, no tengo ni idea de qué será de mi vida a partir de ahora. Aunque supongo que podría empezar por entrar de nuevo a mi casa… Y prepararme un buen café, claro.
En realidad, hace bastante que no he estado. Primero vino el periodo de mis vacaciones al infierno, y después el de mis vacaciones a la cárcel, así que todo está hecho un estropicio. Quizás no es tan mala idea sacar aunque sea el polvo más superficial…
Es solo cuando pasan unas horas y voy por el café número 58 del día que me dejo arremolinar por los recuerdos presentes en mi vivienda. De las pocas fotos que hay, hay algunas de Mia, algunas mías cuando era guapo (corrijo, MÁS guapo, ejem) y no estaba atado a un armatoste láser y algunas en las que salimos juntos. Aun estando muerta, sigue tan preciosa como el primer día. Mi querida gatita…
Llego al café 60 cuando me da por hurgar en el baúl de mis recuerdos (vale, una caja guardada en un cajón). En esa caja encuentro algunos objetos valiosos para mí. Esa sortija de boda que le iba a dar a Mia, todavía en su pequeño estuche, y mi antiguo distintivo de abogado. Extrañamente, aún brilla como el primer día.
Buscando entre mis cosas antiguas, recuerdo que es probable que deba ir al centro de detención para aclarar algunos papeles. Mejor voy ahora antes de que se me olvide. Ya tendré bastantes dolores de cabeza con tantas noches en vela como me esperan, pensando en mi inexplorado futuro, sobre todo profesional. Suerte que el café me ayuda a soportar un poco todo esto.
Esta visita, sin embargo, acabó resultando un tanto sorprendente.
Cuando ya he arreglado los papeles y estoy dispuesto a volver a mi casa (y voy por mi taza de café número 72, es decir, alrededor de las 10 de la noche) paso por uno de los cuartos de las visitas. No presto demasiada atención, ni tengo prevista prestarla, hasta que…
-Disculpe, señor… ¿Puedo preguntarle algo?
Una voz dulcísima me interrumpe, pero cuando me giro hacia su origen, por poco escupo mi café (claro que lo intento disimular). Una niña de unos 8 años que está detrás del cristal me está hablando. Por poco creo que más que salir de la cárcel he viajado en el tiempo, porque esa niña es muy parecida a Mia. Ya sé que no puede ser ella, pero son muy parecidas.
Esa muchachita tiene una carita muy delicada, la piel ligeramente bronceada, una bonita melena larga color azabache brillante, unos ojos grandes y luminosos color café (he de decir que es un color precioso, jaja) y una expresión la mar de inocente. En el idioma en el que suelo hablar, el "cafenés", la podría describir como una pequeña taza de café de color puro, de fuerte aroma, de frágil cuerpo, pero sobre todo, con mucho azúcar. Está algo tristona.
-¿Sí, pequeña?-le contesto.
-Perdone… ¿Sabría decirme a qué hora termina el horario de visitas?
-Pues… Normalmente termina hacia las diez de la noche, o por ahí. Faltan 10 minutos.-informo, consultando mi reloj.
-Ya… Ya veo. Muchas gracias.
Agacha la cabeza, cierra los ojos y suspira. Algo no le va bien. Me acerco al cristal.
-¿Estás bien, pequeña? Pareces triste.
-No se preocupe por mí, señor. Seguro que es usted un hombre muy ocupado, no tiene tiempo para hablar con niñas como yo.
-Anda, muchacha, no digas eso. Explícame qué te pasa.
Normalmente no suelo ser así. Quizá es por el hecho de su gran similitud con mi gatita Mia.
-Bueno…. Me… Me han acusado de un crimen, señor. Se supone que he de conseguir un abogado antes del juicio de mañana, pero… Nunca aceptarían mi caso.
-¿Por qué lo crees?
-Por dos motivos. El primero, porque es un caso de asesinato, y las pruebas que hay son muy buenas. Además, el fiscal que habrá también es muy bueno, aparte de tener el apoyo del fiscal general.
-¿Y el segundo?
-No… No tengo dinero para pagarlo. Soy una niña de 8 años solamente.
-¿Y tus padres? Ellos te lo podrían pagar, ¿No?
La niña entristece todavía más. Creo que eso me ha bastado para entender que no tiene padres.
-Oh… Bueno, tranquila, te podrán asignar uno de oficio, ¿No?
-Eso es parecido a decirme que me encerrarán para siempre, ¿No?
-¡No quería decir eso!
Hubo alguien que me dijo lo mismo que le he dicho yo a la niña. Ese alguien era mi gatita.
-En fin, el destino dirá, ¿No? ¡Pero no sería justo! ¡Yo soy inocente, señor, se lo prometo!
Tiene los ojos llorosos, y su voz aniñada cada vez suena más triste.
-Oh, lo siento. Supongo que quería que al menos usted creyera en mí. No le molesto más.
-Que descanses, pequeña. Buena suerte.
Antes de que me pueda mover de la silla, oigo algo en mi cabeza.
"Diego…"
¿M-Mia?
"Esa niña cree en ti, Diego. Ayúdala"
Oigo su voz y la veo en mi cabeza. ¿Que la "ayude"?
"No dejes que esta pequeña sufra una injusticia. Si confías en su inocencia, ayúdala. Si la ayudas, hazlo por mí. Diego…"
¿Su inocencia? ¿Ayudarla? ¿Cómo puedo…?
-Buenas noches, señor. He de volver a….
-¡Espera!
La detengo, gritando como un poseso, tanto que la he asustado un poco. No sé lo que me estoy atreviendo a hacer, pero si Mia confía en que puedo hacer lo que intenta decirme, voy a ayudarla, por ella y por Mia.
-Oh, lo siento, no pretendía asustarte. Yo… ¡Voy a ayudarte!-declaro, antes de golpear la mesa con mi taza de café.
-¿Eh?-musita, con una adorable cara de inocente sorpresa.
-¡Yo…Seré tu abogado!- ¿Cómo he dicho eso, cómo lo he dicho…?
-De… ¡¿De verdad?! ¡¿Me defenderá?! ¡Pero señor…! ¡Todas las pruebas…! ¡Ese fiscal…! ¡Yo no podría pagarle! Y me sabría mal que malgastara su tiempo trabajando gratis…
-¡Ja…! El dinero no lo es todo, pequeña. Confío en ti, y me encargaré de que se haga justicia, porque confío en ti y en tu inocencia. Así que, si quieres, yo te representaré en el juicio de mañana.
-Se-señor…
La pequeña sonríe como nunca nadie había visto sonreír a alguien. Me ha tocado la fibra sensible con su dulzura. Su sonrisa es tan bonita como la de Mia. Bueno, de hecho, es idéntica a Mia.
-¡Muchísimas gracias, señor! ¡Es usted muy bueno! Le estaré eternamente agradecida.
-¡Ja…! Por favor, querida, no me adules, que me ruborizo.
Ahora que hablo de "ruborizarme", otra cosa que me ha conmovido de ella es que no se ha reído ni se ha asustado del cachivache que me tapa los ojos. Eso ha significado mucho, aunque no le digo nada.
-¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!- qué bonita risa tiene. No voy a decir a la de quién me recuerda porque odio repetirme.
