3.
Walburga Black.
Druella Rosier no fue nunca una mujer guapa, ni siquiera en su juventud, cuando sus pechos aún no estaban caídos por amamantar a tres crías y su vientre, plano era. Había algo en el rostro pálido, en los ojos oscuros y en el pelo fino, castaño rojizo igual como lo era el de todos los de su estirpe, que provocaba rechazo a la legua.
Y para colmo, era incompetente. En su adultez, casada ya con su hermano Cygnus, no había sido capaz de darle hijo varón alguno. Podían asegurar que sus tres princesas eran preciosas, cada una a su manera, pero el apellido Black no perduraría por ese lado.
Walburga se caracterizaba por ser una mujer orgullosa, más que hermosa. Tenía una familia unida, un esposo influyente y la mansión que Cygnus había estado deseando en secreto durante toda su vida. Pero sobre todo, más que cualquier otra cosa que pudiera poseer, tenía dos hijos varones, bellos, saludables y fuertes.
Sabía que eso hacía enfadar a su queridísima cuñada, y por ello mismo, se esmeraba invitándola a cenar siempre que podía. Que el cumpleaños del pequeño Sirius, la ascensión en el trabajo de Orion, año nuevo... y navidad. La celebración que en aquel preciso instante, se estaba llevando a cabo.
-¿Más vino, cuñada mía? -Preguntó la anfitriona, sentada a la derecha de su marido, con una sonrisa venenosa en los finos labios. La mesa larga soportaba el peso de varias jarras repletas de tinto, bandejas de plata con ensalada de remolacha, lechuga y aceituna, y la especialidad de su elfo doméstico, el pavo almendrado que había servido con motivo de las festividades. Druella asintió con un movimiento enérgico, casi brusco.
Tres princesas habían salido de la entrepierna de Druella Rosier. La mayor, esvelta como una lanza, de pelo oscuro y ojos atrevidos, que miraba a su pequeño Regulus con malicia; la mediana, Andrómeda, soñadora y triste, con un corte superficial en la mejilla pálida, deseando el momento de salir y enviarle cartas a sabrá Merlín qué enamorado. Y la pequeña Narcissa, damita por donde se la mirase, comiendo delicadamente de su tenedor. Pero ni siquiera las tres juntas se podían comparar a tan solo uno de sus hijos, solo por el hecho de ser dos varones.
Seguramente entrarían a Hogwarts y serían seleccionados para la casa Slytherin, como era de esperarse en miembros de la familia Black. Ambos serían prefectos, sacarían buenas notas y defenderían la pureza de sangre. No había recibido gran cosa como regalo de navidad, su marido se limitó a traerle una joya, nada fuera de lo ordinario, pero ver el rostro de Druella, compungido por las reflexiones de los hijos varones que jamás pudo darle a Cygnus, para Walburga era el mejor obsequio. Oh, ¡pero qué bonita era la chispa de la envidia en los ojos de esa mujer!
