Por supuesto, en aquella base planetaria, había un bar, o al menos un lugar designado como tal.

Carecía de los contenidos que hacían a un bar memorable. No había comida natural que poder pedir, solo raciones alimenticias a un precio desorbitado. No había bebidas que no fuesen alcohólicas. Pero al menos tenían agua...

Maya hizo un leve mueca mientras leía la oferta en una carta adherida con celo junto al sistema de entrega. En la carta, los diferentes componentes habían sido tachados de uno en uno, en diferentes colores. Maya canturreó en tono chistoso.

– Cuenta una leyenda, que meses atrás, en este lugar se servían incluso patatas adobadas. Pero ahora, tan solo hay... Por el amor del cielo... No queda nada.

Maya pidió un simple vaso de agua y una ración de proteína alimenticia. Contar con gravedad natural era un lujo del que quería disfrutar en un vaso de cristal y, de momento, el agua no era un bien escaso… y le ayudaría a bajar la bazofia prensada ideada para viajes largos que acababa de pedir.

– Sí que está mal el suministro en este sistema… – murmuró.

A pesar de que la carta era prácticamente nula, el lugar estaba lleno. Había dos tipos de parroquianos: los que se sentaban en un rincón a beber y los que se reunían en pequeños grupos y hablaban airadamente. No había alegría en el ambiente.

Se dirigió con su aburrida comanda a una zona poco concurrida, con tan solo dos solitarios bebedores de… por el olor parecía whisky rebajado, se sentó, desenvolvió la barra de proteína y conectó el comlink.

Todavía no tenía respuesta de su madre. Aquello era raro. Conociéndola, lo más probable es que hubiese estado pegada al comlink esperando noticias suyas. Bueno, tenía mas cosas de las que ocuparse. Necesitaba buscar un transporte, y no confiaba en nada que contratase en esa estación. Maya podía percibir esa leve desesperación en el ambiente que podía convertir a honestos comerciantes en ladrones o asesinos en un mal día. Maya frunció el ceño buscando en su lista de contactos a quién pedir un favor. Muchos eran personas de familia, tenían negocios que atender… Y no quería señalarles si su comlink estaba pinchado.

Mordió la barra alimenticia e hizo una mueca de desagrado. Aquella cosa se llevaba el premio a la barra alimenticia más repugnante que había probado nunca. Se apresuró a beber agua para tratar de desatascar el engrudo de su garganta.

– Por el amor del cielo… Sí que están mal los suministros por aquí.

Una idea cruzó su mente. Ya sabía a quién contactar: Aybkamen. El estrafalario comandante probablemente se interesaría por un misterio sin resolver, no tenía familia a la que proteger y sus habilidades eran lo bastante amplias como para saber sacarse de un problema sin ayuda. Era su mejor opción.

Pensó unos instantes qué información airear, tecleó el mensaje y lo envió. Ojalá lo recibiese y pudiese responderle pronto.

– Me pregunto cómo he llegado a caer en gracia a alguien como Aybkamen – murmuró para sí misma mientras daba otro mordisco a la barra alimenticia… y procedía a contorsionar la cara en gestos de repelús.

En ese momento alguien entró por la puerta del bar, dirigiendo miradas a los reunidos. Buscaba a alguien. Era una mujer de edad media, morena, con el cabello azabache cortado en un elegante estilo vintage. Llevaba un traje práctico y elegante con el emblema de funcionaria Federal. Su maquillaje, discreto, realzaba su belleza natural y centraba la atención en sus ojos rasgados.

Maya se puso en pie boquiabierta. Ahora entendía por qué no había recibido más mensajes de su madre.

– ¿Mamá?

Victoria Dawnstar se volvió hacia aquella voz y, en tres enérgicas zancadas, llegó hasta su hija y la abrazó.

– Por el amor del cielo, Maya. No me des estos sustos.

– Estoy bien, mamá. Tranquila.

Victoria se echó hacia atrás y la observó. Pasó la mano por la cabeza de Maya y realizó una mueca.

– ¿Te cortaron el pelo en el hospital?

Maya se llevó una mano a la cabeza, boquiabierta, no se había dado cuenta hasta ese momento. Sin saber por qué, empezó a reír, una risa nerviosa que no era exactamente alegre. Victoria volvió a abrazarla.

– Te vienes a casa conmigo ahora mismo. Se acabó esto de volar.

– No, no me…

Una voz comentó con tono jocoso

– ¿Una funcionaria federal, aquí?

La de Maya no era la única mirada que había atraído Victoria. La mujer tenía la cualidad de irradiar presencia. Era difícil de describir, y era difícil mantenerse inmune a ella. Uno de los parroquianos, un tipo grandote, con varias cicatrices en la cara, caminó hasta las dos mujeres y observó a Victoria con el gesto de suficiencia que otorgaba una mayor estatura y musculosidad.

– Estás muy lejos de casa, polluela.

Para su desasosiego, Victoria lo ignoró completamente y siguió discutiendo con Maya.

– Sí. ¡Vas a venirte conmigo a casa ahora mismo! ¡Esta tontería de volar casi te mata dos veces!

Maya se libró de las manos de su madre.

– ¡No! No me voy a casa. ¡Voy a ir a buscar a Magpie y seguiré volando!

– ¿Magpie? Ni hablar de traerse a esa cochambrosa nave. No vas a…

Empujado por la sobreconfianza que otorgaba el whisky, el tipo agarró a Victoria por un brazo y tiró de ella bruscamente para obligarla a girarse hacia él.

– ¡Eh! ¡No me gusta que me ignoren cuando hablo! Y menos que me falte al respeto una federal.

Victoria lo observó impasible. El tiparraco bajó una superlativa mirada hacia la mujer, que apenas le alcanzaba por la barbilla. Tenía dos cicatrices cruzándole la cara, una sobre la nariz, la otra sobre una mejilla. Eran un signo de vanidad y estatus entre muchos rufianes espaciales. Para ellos significaba que habías sobrevivido a algo muy duro que a otros habría matado. Pero para Victoria solo significaba que no habías tenido suficiente dinero para pagarte un tratamiento de regeneración.

– Tienes dos segundos para desaparecer de mi vista, mamarracho – dijo la mujer morena.

Varias miradas se volvieron hacia la escena. Alguien se puso en pie y salió del lugar rápidamente al augurar su instinto una inminente pelea. Y dos personas más, un hombre y una mujer, se situaron tras el ternasco en gesto de apoyo. El hombre escupió en el suelo y Maya lo oyó murmurar "federales", despectivamente.

Maya, tras la espalda de Victoria, adoptó un gesto de alarma

– Oh, cielos… Oh, cielos... – murmuró.

El tiparraco sonrió con suficiencia.

– Tus modales, estúpida federal, dejan mucho que des...

Sonó un crunch. La cabeza del tipo dio un latigazo hacia atrás. Victoria lo había golpeado en la nariz con un golpe ascendente. Mientras trastabillaba hacia atrás por el dolor, Victoria desenvainó el arma que llevaba y disparó. El tipo se dobló, cayó al suelo y lanzó un alarido agarrándose la pierna izquierda. Victoria lo observó, en pie, apuntándole.

– El próximo disparo irá a tu cabeza, no hay recompra para eso.

Los dos amigos del ternasco todavía no habían procesado los hechos y observaban a su amigo en el suelo con gesto de desconcierto. Victoria levantó el arma hacia ellos.

– Vamos, dad un paso al frente – dijo –. Alegradme el día.

– Oh, cielos – murmuró Maya – … Ya estamos.