Veintiocho, treinta.
Veintiocho.
El paso de los años no trazó un cambio en el sabor y textura de sus labios. Leon lo comprobó sin refutar aquella víspera de día de gracias, cuando obtuvo contacto con aquella mujer que le robó el corazón años atrás. Acordaron una cita, que estaba planeada para ser un evento poco trascendental entre amigos. Un café, después de todo, no causaba el mayor revuelo en el sistema de dos personas mayores. Pero, la pasión; el deseo que se notaba con tan solo chocarse con las miradas sentenciaba un camino que incluso parecía ser más peligroso que dejarse llevar por el alcohol. Vivían en una nube mientras intercambiaban palabras.
Terminaron en el apartamento de Leon, situado a unas pocas cuadras de la casa blanca. Tenía su propia conexión directa con la línea presidencial y de vez en cuando debía levantarse a eso de las tres de la mañana, para atender falsas alarmas de peligro en el aire. Después del secuestro de su hija, el hombre se había vuelto paranoico. Y no lo culpaba, sus pesadillas todavía seguían nutridas por las imágenes de las grotescas cosas que observó en España.
La calefacción eliminó cualquier rastro del frío que se les pegó mientras iban a pie hasta el punto de encuentro. Pero fueron los brazos de Leon los que contagiaron la piel nívea de Ada con su propio calor corporal. Parecía un adolescente en su primera cita; tan ansioso, tan desesperado por besarla o tener un roce más ameno.
La postró contra una pared, situada a unos cuantos centímetros del ventanal que daba a la ciudad oscura. No se molestaron en encender las luces; porque de inmediato se robaron el aliento, como si hubieran esperado para hacerlo durante la charla.
Leon se apoderó de los labios de Ada, recordando con un choque eléctrico el momento en el que la tuvo agonizando en sus brazos; el primer beso fue el más sincero, capaz de robarle el corazón; el segundo en cambio sentenció el camino para saber que el deseo se incorporaba a sus propios sentimientos. Como imanes destinados a juntarse.
Le besó el cuello; lamió su clavícula y se volvió para hacer un camino de besos de nuevo hasta sus labios. Sus manos jugueteaban, rozando levemente para querer perderse en las curvas de su cuerpo. La apoyaba con más fuerza, presionando su miembro erecto contra el sexo femenino, volviéndose con una sensación devastadora. Necesitaba más; no le bastaba con hacerse un mapa mental con los dedos, cuando había una fastidiosa tela de seda interrumpiéndole los nervios. Su boca se saboreaba por descubrirla, y ella, al parecer, ni siquiera refutaba ante el hecho.
— Cálmate, Leon. —susurró Ada, jadeante. Tal vez en su mente, intentaba tratar de controlar todos los ataques masculinos, para poder plantear un plan de acción contraatacando.
— Ada... —susurró él. Después de todo, pese a ser ese hombre de carácter fuerte frente a sus superiores, era un hombre cuya debilidad comenzaba por la letra 'M'. Su cuerpo estaba envuelto en llamas.
Ella le tomó de los hombros, para comenzar a rodearlo de lleno con sus brazos; sus dedos se enredaron en los cabellos rubios de su nuca, mientras le brindaba una mirada analítica; los labios masculinos estaban rojizos y húmedos, mientras su corazón latía rápidamente.
— Qué lindo. —señaló ella, como si Leon todavía continuara siendo aquel joven perdido de años atrás. Y, pese a que parecía ser una mujer de actitudes frívolas, se había chocado con un muro difícil. Unos ojos bonitos la estaban embobando, sin poder reaccionar.
— ¿Sólo eso? —planteó el cenizo. Le robó un beso, presionando con brusquedad contra sus labios. Después se separó para tomar aire y volvió a envolverla en un profundo ósculo.
— Lo mío no es palabras; es demostración. —ella esbozó una sonrisa coqueta, que fue procedido por otro beso.
— Entonces comienza. —añadió con su combinación de adrenalina y profunda excitación.
Treinta.
Sudorosa y completamente cansada. Hacía mucho tiempo que no dormía con un hombre potencialmente joven, aunque sólo lo fuera por dos años menos. Acostumbraba a irse con caballeros de apariencia pulcra, pero malos movimientos en donde sí importaba. Toparse con Leon, pese a que sólo fue una casualidad atravesada en su misión, fue, en definitiva, lo mejor que le hubiera sucedido, hablando en sus intereses, claro.
Cuando el reloj dio la madrugada, y Leon cayó rendido a un lado de la cama, ella comprendió que su turno en la vida de aquel hombre había finalizado. Lo había probado por primera vez, teniendo en cuenta lo mucho que parecían querer juntarse años atrás. Ese muchacho con aroma a jabón y agallas de acero, le reveló que era más que un rostro bonito; era enérgico, pasional y excavó tan profundo, que pudo tocar una fibra intensa en su ser. Satisfecha, así estaba.
Posó los pies desnudos sobre la baldosa fría. Oyó al hombre moverse entre sueños sobre el colchón, haciéndolo brincar levemente. Ella tenía tanto sueño, producto de la cantidad de energía gastada en el acto; cuando sentía desfallecer, se topaba con que Leon quería continuar anclándola a sus labios, y atacar su cuerpo. Una espía de su talla podía enfrentar a un ejército de infectados, pero se encontró que ese ex policía, podía representar el mismo gasto.
Se vistió rápido, anhelando arribar rápidamente a su casa, quería dormir hasta que su teléfono volviera a sonar. Esperaba que eso significara al menos un descanso de dos días. Por esos tiempos, su empleador parecía estar más activo que nunca.
Volvió a ponerse su vestido, que, había sido punto clave para atraer a Leon, puesto a que estaba escotado en más de una zona; la piel era escandalosa, y, un policía solitario como él, reaccionaba con el sólo repaso de la mirada.
Se pasó los dedos por el cabello, convencida de que los mechones estaban todos desordenados; intuyó que el sudor también había hecho su trabajo corriéndole el rímel o desapareciendo la fina capa de maquillaje; pero la oscuridad daba un bonus para que aquella visión desaliñada no fuera tan evidente.
Leon dormía con las piernas cubiertas por una sábana blanca; la luz natural que se filtraba por la ventana se cernía levemente sobre su espalda sudorosa, evidenciando los músculos bien trabajados; también, si se observaba con más empeño, se podía detallar las pequeñas marcas realizadas por Ada Wong y su desesperado método para evadir el dolor placentero que le propició el hombre en su punto máximo.
Se veía tan calmo durmiendo de esa forma. Tuvo una extraña sensación de que, había arribado a su vida demasiado tarde. Pudo haber disfrutado de su juventud, de su energía y buenos motivos para ser el héroe; por esos tiempos, su actitud comenzaba a deteriorarse, formando una línea bien marcada entre lo que podía pensar en su antaño y a sus veintiocho años. Quiso imaginarse las guerras mentales que tuvo que atravesar.— Me voy. —anunció ella. Normalmente sólo escapaba, como si deseara convertirse en el sueño de todo hombre, que normalmente despertaba confuso por las mañanas. Esa noche, intentó cambiar el monólogo.
Leon se removió con la mejilla hundida en la almohada. Soltó un suspiro, para terminar, volteándose al otro lado de la cama. Dándole la espalda.
— Bien... —arrastró las palabras. Muy en el fondo, parecía que ni siquiera había prestado atención a lo que le habían indicado ―. Procura no dejar la puerta abierta cuando te vayas.
Ada esbozó una sonrisa. Aquella reacción era contraria a la que se temía. Por el expediente que tuvieron ambos; Leon era un tanto intenso, debido a las variadas ocasiones que se negó a dejarla partir sola años atrás, en la estación. En ese tiempo, hasta le ocasionaba un poco de excitación aquella actitud; eran como dos amantes que no planeaban compartir una vida juntos, sólo dándose de lo que poseían y no buscando forzar una relación.
Leon Kennedy se convertía en un potencial objetivo de interés.
No obstante, había planeado dejar de verlo. No era sano para ninguno de los dos y ella había arriesgado demasiado su misión en España por él. Tal vez sólo intentaba devolverle el favor; de alguna manera retribuir aquella bala con aroma a muerte, que se enredó en el brazo de un hombre con patético sentido del valor.
Le dio una breve mirada, para después partir.
"Qué lindo" Murmuró complacida, luego abandonó el apartamento.
Tenía en su mente una lista tachada, en donde el apuesto rubio había quedado enredado entre sus labios; en su vanidad, intentó convencerse de que jamás volvería, pues había extraído lo único que le ataba a aquella relación misteriosa: curiosidad. Recolección de información vital en términos más personales, para asegurarse de no volver a cruzarse con aquella piedra en el camino.
Si sus cálculos no le fallaban, no se equivocaría en sus pasos.
Treinta y tres; treinta y cinco.
Leon había tenido el mal presentimiento de abrir la puerta esa noche. Estaba viendo el resumen de los partidos de beisbol de la semana, con su pijama puesta y un tazón grande de palomitas sobre sus piernas; había acabado de hablar por teléfono con la mujer que, contra todo pronóstico apuntaba ser el amor de su vida y se sentía tranquilo al saber que ella estaba llevándolo todo con calma en su trabajo. Meses atrás se toparon con todo un caos en Hardvardville, pero afortunadamente, salieron siendo los héroes.
El destino le colocó de nuevo con aquella mujer, que, había desaparecido de su radar tiempo atrás, cuando él comenzaba a pensar que entre los dos podía haber algo más que encontrarse en habitaciones. Fue el propio Leon quien comenzó a disponer, rechazándola una noche de invierno. Desde ese entonces; no se volvieron a ver.
Leon estaba aprisionado contra la barra que separaba el salón principal de la cocina. La mujer de rojo tenía ambas manos presionando con firmeza contra sus mejillas, mientras le respiraba directamente en la barbilla; su cálido aliento parecía más bien un proyectil que ansiaba con penetrar como pequeñas gotas de veneno; él comenzó a respirar con dificultad, además de que su corazón, de forma inminente y aproximación, comenzó a latir con la fuerza de un motor de camión. Pese a esa idea de que ella le devoraría, sin tener su repulsión de antemano, parecía que nada más le analizaba repasando sus orbes verdosos por doquier.
Sus orbes verdes apuntaban directamente sobre los suyos, parpadeando con lentitud y tratando de entender; entender algo que ciertamente, ni tenía respuesta.
— Así que estás en otro jueguito. —concluyó ella en voz baja. Sus labios pasaban a milímetros del rostro masculino, pero no terminaban de presionarse sobre la superficie húmeda.
— Lo siento, Ada. —¿por qué tenía que disculparse con estar enamorado? Quizá debido a que la culpa lo corroía.
— No te disculpes... —murmuró, esbozando una sonrisa maliciosa —. Tarde o temprano debía suceder.
— Ella es asombrosa. —se defendió, como si Ada no fuera la única que conocía sus secretos y manías. Como si jamás hubieran dormido juntos, ni se rozaran los corazones con los dedos. La veía como una compañera de su soledad; la sombra que no se desprendía de su radio, porque de alguna manera, ella también estaba de la misma forma.
— Eso está bien. —soltó sin un tono definido. Entonces presionó sus labios contra la mejilla del hombre, permitiéndole, además, olfatear la colonia dulce impregnada en su cuello.
Leon deseó posar los brazos en algún lado, en vez de estar sosteniéndose contra la barra. Su cuello dolía, debido a la tensión aplicada en sus músculos; intentó evitar que el cuerpo delgado de la fémina se enrollara de forma arrebatadora en su cuerpo, porque después iba a ser difícil recuperarse del roce.
— Cuídala... cásate con ella, no la pierdas; después de todo, es la única que logrará sacarte de la miserable vida que llevas, ¿no es así? —le susurró Ada Wong con cierto tono enloquecedor; sus dedos recorrían desde sus mejillas, hasta sujetarse con firmeza de su nuca. El roce le hizo cosquillas.
— S-sí —farfulló él —. ella... —tragó saliva.
Ada finalizó el encuentro, porque era el momento válido para abandonar sin dar tantas explicaciones. Tomó la barbilla de Leon con delicadeza, como si estuviera sujetándolo para que no escapara de lo inevitable; sus labios presionaron con firmeza sobre los masculinos, arrebatándole cada nervio en el acto.
Pero no duró lo suficiente para que sus pieles ardieran.
— Vive bien. —sentenció.
Aquella noche, con la televisión haciendo ruidos alusivos al impresionante Home Run de Thomas Gabe, Leon observó a Ada partir con pasos felinos. Cuando estrechó la puerta, él soltó un suspiro contenido desde que la tuvo en su peligrosa cercanía. Se dejó caer contra la barra, siendo el borde de madera el soporte de su espalda, para después toquetearse los labios todavía húmedos. Tenía en el cerebro el aroma femenino, como esparcido cual virus por todo su cuerpo; en efecto, el pequeño departamento había adquirido la misma esencia; el veneno que corría por las rendijas de la calefacción, retumbando en su cerebro sin brindarle el equilibrio para pensar acorde. La sintió, creyendo que era la última vez, y, ese sentimiento, sin duda fue como una punzada a un costado de su abdomen.
Pero él amaba a Claire, o bueno, quería convencerse a sí mismo.
treinta y cuatro; treinta y seis.
El orgullo de un hombre podía ceder ante cualquier pequeño roce; uno, podía ser si una mujer no elogiaba suficientemente su potencial en donde todas las relaciones se formaban; la segunda, pero no menos importante, si eran rechazados una vez el corazón se abría cual flor. Los sentimientos masculinos, cuando estaban a punto de ser aceptados, se convertían en una debilidad potencial; si se rozaba erróneamente, podía equivaler a una tragedia.
Traje arrugado; camisa desabotonada, con la corbata ahora desamarrada rodeando su cuello; un paseo por Central Park que salió en todos sus sentidos terrible; ni siquiera las flores marchitas en su mano podían simbolizar el éxito que no existía en su vida. Decidió que caminar en círculos por sus senderos infinitos, rodeados de los árboles, que ahora no eran más que borrones oscuros; simbolizaba el terrible deseo de morir.
Cuando encontró una banca metálica para descansar las piernas, su comunicador sonó. Revolvió el bolsillo, con todas las intenciones de no solo ignorar la llamada, sino lanzar aquel aparato lejos; cada que el sonido ensordecedor llegaba a sus oídos, pasaba algo que terminaba por destruir su vida.
Pero antes de enviar todo al olvido, observó el nombre. Una decepción entre emoción se coló en su sistema; por esos momentos, esperaba exclusivamente una llamada. La de ella, la de la mujer con la que estuvo dispuesto a enviar todo al demonio.
Pero en vez de eso, se encontró con algo más curioso.
"W"
Presionó el botón verde para contestar y se llevó el auricular al oído.
— Pobre Leon. Siempre arruinando sus opciones de salir adelante. —el sarcasmo, el tono burlesco en el que ella le abordó en primera instancia; Leon no podía sentir más que ira, que se acumulaba como pequeños puntos calientes en su cuerpo. Sin notarlo, presionó los dientes entre sí, además de fruncir notoriamente el ceño. Antes de poder reaccionar, hasta estaba presionando con fuerza el plástico que no era más que su teléfono móvil.
— ¿Qué mierda quieres? —escupió furioso, sintiéndose un paria; pensaba que ella sólo le perseguía atormentándolo, burlándose con aquella sonrisa por la que se sintió atraído en su antaño. Y tampoco confirmaba no volver a derretirse hasta nuevo aviso.
— ¿Cómo salió todo? —preguntó ella, adoptando un tono más profesional.
Leon cruzó las piernas en la banca; un hombre pasó como un borrón, paseando a un impresionante pastor alemán; pensó en calmarse al saber que estaba descubierto a las demás miradas, por lo que, simplemente respiró hondo; un poco de oxígeno en su cerebro no era mala inversión. Carraspeó la garganta y desvió la mirada a las baldosas con pequeños brotes de pasto entre las divisiones.
— Ya deberías saberlo, ¿no? Ninguna información pasa desapercibida de la mirada de Ada Wong, ¿me equivoco? —respondió airado.
— Estás enfrentándote al enemigo erróneo, lo sabes.
— Todos son mis enemigos en este momento. —arguyó él en un rugido.
— Tu único enemigo es el pensamiento descabellado de creer que tienes problemas —explicó. No había rastros de una broma de las típicas o intentando humillarlo debido a su crisis emocional. Al contrario, se veía como una oradora nata, reafirmando su tono en cada palabra —. Deja de pensar que todos merecen ser cubiertos de tus desgracias. Cada uno tiene sus propios infiernos.
El cenizo removió la cabeza.
— ¿Y eso que quiere decir? —le confrontó con frialdad.
— Mueve tu trasero; búscate algo importante.
Su oreja comenzó a doler, así que cambió el móvil para la izquierda.
— ¿Qué puede ser más importante que ser uno de los mejores agentes del gobierno?
— No lo sé. Eso deberías saberlo; si tanto te hace feliz tu trabajo, ¿por qué no se refleja?
— ¿Estás segura de ser Ada Wong? —él arqueó la ceja, sorprendido.
Ella guardó silencio. Leon intuyó que la había hecho poner pies en tierra, como si un lado jamás descubierto comenzara a brotar de un cuerpo prestado; el de la espía egoísta que lo utilizaba sólo porque estaba aburrida, o era necesario para el éxito en su trabajo. La adicta al dinero, la amante de la vida costosa y predicadora de los antivalores.
— Estoy cerca. —soltó de repente.
Kennedy se lo pensó mucho tiempo antes de responder; pero, pese a todos esos segundos corriendo en la línea, se sabía lo que soltaría, sin siquiera haberlo consultado con su cerebro. Era inútil batallar con lo que sentía, era un flujo humano que se caracterizaba en sus tiempos fuera de las misiones, como si ese hombre de acero, que se le medía a cualquier enemigo, se desinflara una vez se combinaba con su soledad. Era una maldición que él estaba dispuesto a cargar, hasta que, su camino fuera despejado.
— Dime en dónde estás. —pidió en un tono ronco, aun vacilante. Aun tenía los bellos ojos de Claire anclados en su cerebro, mientras ella se alejaba de la mesa en donde planeaba pedirle que volvieran a ser los de antes. La recordaba, él intentando alargar su brazo para atraparla, pero, como todas las mujeres en su vida, siempre se iban.
Podía estar llamando de forma insistente en la residencia Redfield o pedir un taxi para que le llevara al hotel de la pelirroja, pero no había caso, destruyó cualquier posibilidad. Ni Ada Wong fue quien destruyó su camino, ni sus pensamientos románticos que todavía poseía... fue su propia vanidad, su cinismo al creer que nadie le vería mientras se sumergía en aguas más calmas. Ni él entendía porque lo hacía; no era un don juan, ni todo un conquistador, pero sólo aparecían, y él aceptaba sin conocer consecuencias.
— Te lo enviaré por mensaje. —añadió la mujer.
Cuando sintió la estática acompañándolo en la soledad de aquel parque, se quedó sin adjetivos para poder describirse.
"Y de nuevo cayendo en la tentación. Idiota"
Tal vez, Ada Wong era ese pilar silencioso. Todas las mujeres pasaban, a todas hería o al contrario; todas, desaparecían, menos ella, su asiática. Era debido a que sus sentimientos no se movían en el círculo habitual, incluso parecía ser tan fría que no llegara a interesarle nada del tema romántico; pero siempre aparecía para tenderle una mano; ya no era sólo en el campo de misiones, sino, en la vida como tal.
Amaba a Ada Wong y en su búsqueda por suplir el sentimiento fugaz que ella le brindaba, buscaba a más y más mujeres, sin complementarse de lleno.
Guardó su teléfono en la chaqueta y emprendió camino por el sendero oscuro. Tenía una cita, pese a su corazón roto.
Cuarenta; Cuarenta y dos.
Volver a ver los ojos de Claire le recordó la infelicidad. Antes de que su vida se volviera un vórtice de problemas, compañeros caídos y asuntos complejos, relacionados directamente con las armas químicas, él se mantenía luchando por la estabilidad. Duró mucho tiempo sobrio; era sonriente con las personas de su círculo más cercano, mientas se mostraba de mano firme con lo que apenas conocía. Era una caja de sorpresas esperando a ser abierta, pero en todas, mostraba un apego rápido por cualquier persona. La pelirroja fue la primera en ingresar en ese radio de sentimientos, que luego él arruinó por mísera idiotez.
La víspera de año trajo consigo una novedad: había decidido escapar de los confines de su apartamento, para filtrarse en la casa de Sherry Birkin, junto con un par de viejos conocidos. Todos se asombraron ante su aparente visita, recordando lo difícil que había sido contactarlo para día de gracias o incluso navidad. Después de todo, había sido la primera vez que los villanos no tenían un argumento válido para apropiarse del mundo; el papeleo escaseaba y todos estaban disponibles para las festividades. Años más tarde quisieron implementar una reunión, para chocar argumentos nuevos.
Leon se colocó un abrigo de lana, que compró años atrás para una misión en las montañas; no olvidó hacerlo juego con sus jeans desgastados o las botas de cuero de color crema. Apenas ingresó a la casa, le atacaron con una taza rellena de chocolate caliente y le sentaron en el sofá del salón principal. Todos estaban emocionados, como nunca los había visto antes. Le preguntaron acerca de sus misiones, mientras los veía entrar y salir de la cocina con platos calientes.
Chris Redfield estaba allí, pero ese día se veía taciturno, como jamás había estado. Rebecca Chambers, Claire, Sherry y decepcionó la inasistencia de Barry, por motivos matrimoniales. Sin embargo, había tenido cercanía con ellos, por lo que era significativo que le rodearan.
Rebecca siempre estaba en la cocina, debatiendo acerca de virus maliciosos con Sherry. Chris se comía todo lo que hubiera en las bandejas, sin escatimar mucho en clases de etiqueta. Claire por su parte estaba sentada frente a Leon, bastante concentrada en las imágenes que dejaban a través del mundo, celebrando el año nuevo.
Se veía bien; pese a que era menor que él, parecía tener más juventud de la que podía; viva, feliz, emocionada. Se preguntó cómo habría sido su vida si hubiera hecho bien las cosas.
Faltando al menos media hora para que diera el año nuevo, Sherry dejó una bandeja de galletas con chispas frente a Leon. El de orbes cerúleos notó la mirada recelosa de Chris Redfield, debido a que las chicas le habían impedido poner sus dedos encima de la ración para el agente del gobierno. El capitán de la alianza estaba apoyado contra una de las paredes del salón, cruzando los brazos a la altura de su pecho y endureciendo sus bíceps de forma notoria. Era un hombre de carácter fuerte, tirando más bien a violento.
— ¿Y cómo ha estado todo? —preguntó Claire, saliéndose de todo pronóstico, Leon pensó que ni le dirigiría la palabra.
Leon bebió el resto de su taza de chocolate frío y lo combinó con una mordida a su galleta. Debía confesar que el sabor le había provocado un espasmo interior.
— Bien... bien. —respondió él apresurado. Se limpió una chispa de chocolate descansando sobre su labio inferior, para después chuparse el dedo con el dulce. Se acomodó sobre su asiento, para continuar —: Conseguí un apartamento en la cuidad. Al fin me dediqué para ahorrar.
— ¡Oye! Eso es fantástico —exclamó la pelirroja, en un gesto sincero.
¿Cómo había herido a alguien como ella?
— ¿Y qué me dices del gruñón? —planteó en voz baja, apuntando con su barbilla en dirección al Capitán Redfield. Para su suerte, el hombre de complexión atlética estaba concentrado siguiendo de cerca los pasos de Rebecca Chambers; la científica entraba y salía de la cocina, robándose la atención del hombre.
Claire se inclinó, para esbozar una sonrisa.
— Si te contara lo que sucede con él, sería una terrible hermana menor. —confesó ella, tras una carcajada confidencial.
— Oh, vamos —pidió él en una tónica divertida —. sólo un pedazo de la historia.
Claire iba a hablar, cuando de pronto sonó su teléfono móvil. Se aproximó a contestar, primero disculpándose con Leon.
Se llevó el auricular a la oreja, para acomodarse un mechón corto tras la otra.
— ¿Sí? —habló ella — ¡No! —soltó después — Ajá, entiendo. Claro... no quieres molestar... —asintió ella, portando aquella reconocible expresión de disgusto. Torcía la boca de una forma peculiar — es la excusa más absurda que me han dicho jamás. Tienes que enfrentarlo... tienes que... ¿hola? ―al parecer, le habían cortado la conversación. Claire presionó el botón para colgar y procedió a guardarse el móvil en el bolsillo delantero de su chaqueta; una prenda llamativa de jean.
La conversación de Claire estaba siendo monitoreada por un interesado Leon y un reflexivo Chris.
— Vaya imbécil que soy. —murmuró Chris, robándose la atención de los dos en el salón. Le faltó más pulmón para llamar la atención de las chicas en la cocina.
— No es tu culpa, Chris. —anunció Claire, girando su cuerpo en el sillón, para poder visualizar el cólera de su hermano.
Leon estaba confundido. Quería preguntar, pero no estaba seguro si los hermanos Redfield estaban dispuestos a responder.
— ¿Qué te dijo? —preguntó el mayor, señalando a su hermana. Al parecer, se había olvidado de que Kennedy era testigo de todo; a lo mejor podía encontrar pistas acorde se hablaban.
— Dijo que contrajo una tos terrible, que no vendrá para no incomodar...
— Mentirosa. —señaló con desprecio el de ojos pardos.
— Dale tiempo, Chris... ella sabrá perdonarte.
Leon les enviaba la mirada, como evidenciando un cotejo de fútbol; de acá para allá, asociando lo poco que podía identificar.
En ese momento, salió Rebecca.
Los años no le habían afectado y, por el contrario, lucía más hermosa que nunca. No podía decir que la conocía de toda la vida, puesto que fueron situaciones puntuales las que le condujeron a contactar con ella una que otra vez, vía telefónica. Tenía el conocimiento de que tenía ese mismo instinto de protección que él tuvo años atrás, siendo ella mucho más joven. Era inteligente, amable, y, sobre todo, poseía cierta aura que provocaba confianza.
Le dio un vaso de ponche a Chris y este se le quedó observando. Había algo allí, de eso estaba seguro Kennedy.
Volvió a Claire, quien decidió no disfrutar del momento cálido entre los dos ex STARS. Su atención estaba localizada en el televisor, mientras pasaban una recopilación de los mejores momentos del año que comenzaba a irse. Podía sentirse nostalgia en el aire, y cierta depresión por parte de Kennedy. Otro año que no hizo nada.
— Así que... —él esbozó una sonrisa burlona. Comenzó a jugar con sus dedos, mientras intentaba darle pistas a su insinuación.
Claire no podía ocultar secretos así de sencillo.
— Aun no formalizan algo... hay un problema con Chris. —respondió en voz baja.
La puerta principal se estrechó; Chris y Rebecca habían salido de forma silenciosa.
— ¿Alcoholismo?
— ¡No! —ella negó con la cabeza.
— ¿Entonces?
— Jill. —soltó más bajo, verificando que nadie le hubiera oído.
— ¿Valentine? —otra persona de la que sólo conocía por rumores y breves interacciones.
— Cree que le rompió el corazón o algo por el estilo. Pero entre los dos la situación era precaria; no es culpa de nadie, nada más lo ocurrido años atrás. Ella no volvió a ser la misma. —explicó Claire.
— Ya veo...
— En fin. Él piensa que no sé lo que sucede entre ambos, pero es inevitable. ¿Se puede saber qué sucedió en el asunto de Arias?
Leon negó con la cabeza.
— No tengo ni la menor idea.
Claire asintió. Había cierta sensación liviana en el ambiente, como si ambos hubieran conectado a la perfección con la charla. La de ojos claros no era considerada por ser tan rencorosa, contrariando la actitud firme de su hermano. Aquel detalle ocasionaba cierta vergüenza en Kennedy, quien, se sentía un perdedor por haberle faltado el respeto años atrás.
Leon quería seguir hablando, dejar de solo observarse con cierta cautela, para tratar temas que antes salían con suma naturalidad; cuando eran los amigos que planearon llevar más allá su relación, porque se conocían a la perfección y hablaban de forma religiosa todos los días; le causaba cierta melancolía pensar que ahora sólo eran dos conocidos, intentando averiguar qué procedería después.
Cuando abrió la boca, la televisión explotó en un festejo imposible de silenciar. Los fuegos artificiales decoraron la pantalla plana, haciendo un enfoque rápido a los rostros emocionados de los visitantes a los diferentes monumentos a lo largo de esa zona horaria; los abrazos predominaron en las secuencias, además de la lluvia de confeti que lanzaban otros.
El agente pareció haberse perdido del tiempo; como si hubiera permanecido dormido. Eran las doce y la persona que tenía al frente, era su fiel amiga; la compañera que perdió por su ansiedad de experimentar amor sin razones válidas para adentrarse. Era la pelirroja que le observaba sorprendida, mientras sentía que también había caído en un hueco temporal. Se suponía que esas celebraciones eran para estar junto a las personas que se amaban, los eternos enamorados jurándose un año más disfrutándose. ¿Y él?
Estrechó un abrazo con Claire. La presionó con fuerza, sintiendo el aroma que ella desprendía. Él supuso que su colonia fuerte también se hizo notar al momento del roce. Se quedaron un rato allí, como si el simple abrazo no simbolizara una costumbre llevada por generaciones. Era la forma en la que se dedicaban el perdón, pese a que los argumentos se desviaban de señalar la inocencia de Leon. La pelirroja seguía demostrándole que era un idiota.
Corrieron a la cocina para abrazar de forma fraternal a Sherry, quien se veía distraída debido a que Jake Muller no se encontraba disponible en la ciudad. Según había oído Leon, la cosa entre ellos a veces funcionaba, luego no. Eso le causaba una sensación de alivio, su pésimo instinto paternal impedía ver con claridad el amor que sentía la rubia por él.
Luego salieron de la casa, para localizar a los dos ex STARS. Claire abrió la puerta de forma emotiva, imaginándose que Chris estaría con Rebecca bajo el pórtico, dándose el año nuevo como se debía. En vez de eso, se topó con la soledad de la calle, debido a que muchos decidían pasar las festividades en casas de campo o con sus familiares lejos; bajando las largas escaleras, estaba la sombra de un hombre enfundado en una pesada chaqueta oscura, con las manos metidas en los bolsillos. Observaba el horizonte, por donde se perdía la carretera hasta el infinito. No había rastro de la doctora Chambers.
Leon compartió una mirada confusa. Pero fue Claire quien decidió avanzar; bajó con cautela los escalones, hasta toparse con el mayor. Su pilar; el sujeto que la sostuvo de caer ante sus temores muchísimos años atrás. Ahora él necesitaba de la pequeña de ojos claros, que ya no lo era tanto. Ahora era una mujer madura, que no podía pasar desapercibida ante los temores del mayor.
El cenizo se apoyó contra el barandal de madera, mientras observaba el roce; era la primera vez que los veía de esa forma y la causaba demasiada curiosidad.
Claire rodeó al mayor con un brazo y apoyó la cabeza sobre su hombro. Intercambiaron un par de palabras, hasta que la sorpresa del hombre se vio reflejada en su reacción abrupta: la observó, y Leon trató de descifrar qué sucedía; no podía leer los labios a la perfección y el temor que reflejaba el mayor, no era más que una escena confusa.
Chris se subió a la camioneta oscura, aparcada sobre el andén. Arrancó, haciendo rechinar sus llantas, debido al giro cerrado que debía hacer para salir de allí. Claire detalló su partida, cruzándose de brazos.
Leon se hizo a su lado, con la cautela de un felino.
— Debería preguntar, ¿no? —cuestionó Leon.
Claire se apoyó en contra su brazo.
— Mi hermanito hará las cosas bien.
— Creí que siempre lo hacía. Es un héroe...
— No le importa ese título; siente que ha perdido lo más por lo menos... —inquirió la pelirroja. Su tono era sereno y armonizaba con la cálida brisa que barría los objetos tirados en el piso.
El agente la rodeó con los brazos. Se sentía incómodo, pero poco a poco obtenía confianza.
— ¿Y qué estaría haciendo ahora que cambiara esa idea?
— Ir por la chica. —respondió emocionada.
Leon asintió complacido con la respuesta. "Así que Chris Redfield enamorado. El mundo apesta en sentimientos."
— Pues le deseo suerte. —soltó de forma sincera. Aunque no congeniaban de ninguna forma y odiaba las doctrinas violentas que implementaba el de ojos pardos, debía admitir que era valiente; había roto un corazón, para sanar otro.
Claire suspiró.
— Ahora tendré que pedir un taxi. La reunión acabó.
— No creo que consigas taxis a esta hora; esos conductores deben estar bebiéndose las propinas en una taberna. —bromeó el hombre.
— Entonces estoy en problemas.
— Yo te llevo.
— No tienes buena reputación con los autos... lo sé por experiencia. —ella torció un poco, para buscar
la mirada azulada de Leon. Tenía una sonrisa dibujada, que no representaba furia o si quiera incomodidad al tenerlo cerca.
— Estoy aprendiendo; si pierdo el control, entonces te debo un café. —se defendió el hombre.
— Hecho. —asintió con la cabeza.
— Despidámonos de Sherry, asumo que debe estar agotada de cocinar chucherías para Chris.
Ambos deshicieron el abrazo, para subir nuevamente las escaleras, al entrar a la casa, oyeron otros pasos tras ellos. Leon fue el primero en voltear, para toparse con una expresión firme, tirando más bien inconforme. Aquella cicatriz, las facciones y la figura que más bien representaba arrogancia en su máximo esplendor.
— Muller. —soltó en un murmullo, que sonaba a maldición.
Claire se dio media vuelta. Era cierto, su apariencia podía recordarle a cierto hombre de pesadilla del antaño.
Pero Jake ni se inmutó para detenerse a discutir con Leon. Siguió de largo, apartándolos con su apreciable fuerza, para tener completo acceso a la puerta. Se metió con prisa a la casa y corrió hasta la cocina.
Leon asomó la cabeza, y Claire le siguió.
— ¡Viniste! —chilló una voz femenina desde el fondo.
— Súper chica, no puedes vivir un día sin invitar a tus molestos amigos. —sentenció Jake, con su voz ronca, madura a lo que Kennedy percibió años atrás.
Después guardaron silencio, como si se hubieran fundido en una actividad mucho más reconfortante que sólo combinar palabras. Leon entendió que arruinar el momento era más relevante que sólo entrar a despedirse; por lo que, dio un paso atrás, para mezclarse con el frío del ambiente. La pelirroja le siguió y ambos retrocedieron para avanzar de nuevo hacia el automóvil.
Cinturones de seguridad, luces encendidas y Leon decidió llevar a Claire a casa. Estaba cansado de ver un ambiente tan involucrado con el amor, cuando él había sido botado al menos dos meses atrás. Era absurdo pensar que todavía existía posibilidades para él y lo más sano era dejar atrás a Ada Wong, con todo el misterio que ella arrastraba; esas corrientes no eran más de su interés. O eso trataba de meterse en el cerebro.
— Tiene cierto aire a su padre. —confirmó la pelirroja, cuando Leon hizo vibrar el motor de su camioneta.
— Nunca lo conocí, así que no estoy seguro de confirmar eso.
— Era terrorífico. Él y las personas que tenía bajo su cargo eran despiadados.
"Ada Wong coronando la lista" Pensó el agente. Todavía recordaba con coraje el momento en que se enteró que ella se bandeaba con el enemigo.
— Bueno, ahora tienes a otro versión miniatura y está con Sherry. Nuestra Sherry.
Claire le observó con extrañeza.
— ¿Estás celoso, papá? —bromeó ella.
— Ella merece a alguien mejor. Cientos de veces mejor.
— Pero lo escogió a él. —contrarió ella.
— El amor es ilógico.
— Oh, vamos... —ella apoyó la espalda contra la puerta, para tener una visión privilegiada del conductor del vehículo. Se veía concentrado evadiendo los automóviles que se encontraban en las calles y procurando no pisar a los peatones ebrios —. Él puede protegerla.
— Cualquiera puede.
— No cualquiera puede quedarse con su corazón —corrigió.
Aquello le retumbó en el interior.
— Esta es una discusión banal —él sacudió la mano, como expulsando mosquitos —. Mejor dime, ¿cuánta distancia debo hacer patinar el vehículo, para que vayas a tomar un café conmigo? —la pregunta había salido disparada de sus labios como un tema serio, producto del leve cambio en su expresión, Claire podía hasta imaginárselo preguntándole por alguna cepa desarrollada de un virus. Leon era curioso en cuanto sus reacciones; a veces era serio y luego salía con ideas descabelladas.
Claire fingió analizar la situación: la calle por la que estaban pasando estaba vacía; todas las personas estaban estacionadas en los alrededores de los monumentos públicos, blandiendo las banderas americanas, con un par de tragos en su sistema. Nadie quería conducir en esos momentos, porque apenas hacía una hora habían cambiado de año; preferían embriagarse, hasta las altas horas de la madrugada.
— Sorpréndeme. —aceptó ella, acomodándose nuevamente contra el espaldar de cuero; ajustó el cinturón de seguridad, mientras observaba como Leon se saboreaba con su vista de halcón situada sobre la carretera vacía.
Las llantas rechinaron; el espíritu joven de dos personas que habían renunciado a sus propias experiencias de vida, por salvar a un puñado de personas desconocidas. El motor rugió como un león hambriento, mientras el pie de Leon presionaba contra el acelerador con furia; ancló
las manos al volante y a medida que la aguja apuntaba el kilometraje, los cuerpos de los del interior se clavaban sobre la silla, producto de una fuerza aplicada por simple concepto de física. La camioneta oscura parecía un borrón desplazándose en zigzag sobre la línea blanca que separaba ambos carriles, sin escatimar mucho en la dirección que iban. Había un trecho amplio hasta el próximo semáforo, por lo que la inyección de adrenalina podía durar bastante.
Una sonrisa se dibujó en los dos personajes.
Claire bajó el vidrio, para sentir el viento meterse al interior el vehículo; la corriente sonora evidenciaba la cantidad de velocidad adquirida, por lo que ella alargó el brazo para hacer presión contra aquella fuerza que realizaba. Parecía una niña encantada con las pinceladas que realizaba al aire, con una amplia sonrisa que parecía dolerle.
Al llegar al semáforo, Leon presionó el freno de repente, para comenzar a reducir la velocidad de forma natural; no obstante, los kilómetros por hora adquiridos bastaron para que las llantas patinaran y el agente del gobierno se viera en un aprieto. La camioneta parecía querer volcarse a medida que se acercaba a la línea blanca trazada, exclusiva para los peatones; Claire se sujetó con fuerza de la consola de carbono que tenía al frente, borrando aquella sonrisa que poseía.
Afortunadamente frenó por completo, provocándole un leve desplazamiento a la camioneta.
Leon se recostó contra la silla, soltando un suspiro de alivio. En aquel lapso en el que se vio de nuevo volcando un vehículo, sintió su cuerpo más frío que un cadáver; supuso que su piel estaba pálida y sus dedos estaban temblorosos; su corazón latía con fuerza, como si en algún punto quisiera salir volando de su pecho. Se sentía sin fuerzas, debido a aquella maniobra, que le sacó de apuros, sin saber en realidad como iba a ser su resultado.
Claire estaba pálida y su cabello, antes atado con una sutil coleta rojiza; estaba ahora revuelto debido al movimiento brusco del vehículo.
Mientras el reloj cambiaba, hubo un raro silencio.
Claire comenzó a reír para romper el hielo. Su carcajada salió disparada como un proyectil que causó alivio en Leon. Él relajó los músculos, adoptando una posición menos tensa; pese a que sus brazos estaban temblorosos como gelatina, su mueca también fue cediendo, sintiéndose aún nervioso ante el hecho de que iba a estrellar otro vehículo; una cuenta nueva para su apropiado palmarés.
— Me debes dos cafés, Kennedy. —sentenció Claire enérgica.
— Dalo por hecho. —asintió con su voz trémula, producto de la adrenalina que aún tenía corriéndole las venas.
Aquella noche fue especial.
II
Leon aparcó frente el edificio de Claire. Movió la palanca de cambios a 'parqueo' Además de que puso el freno de mano; no apagó el vehículo, pero si se aseguró de tener su camioneta cernida al andén, para tener una despedida completa con la pelirroja. Se habían tomado más de tres horas ir por un café, debido a que también aprovecharon para conversar un largo rato; en algún punto entre una charla al azar acerca de la expansión del universo y las teorías locas acerca de seres de otro planeta, el tiempo se les fue corriendo, conscientes de que jamás lo tuvieron fluyendo entre sus dedos. Hacía mucho tiempo no tenían una conversación tan profunda y ni se dieron a la tarea de mencionar los puntos débiles por los cuales terminaron su relación. Hubiera sido pésima idea estropear el momento.
Pero todo debía terminar, incluso los buenos ratos.
Leon se retiró el cinturón de seguridad y observó lo poco que quedaba de su café en el recipiente de cartón; jamás en su vida había probado algo tan asqueroso, pero Claire alardeó de que era uno de los mejores en la ciudad. Cuando lo probó, se maldijo su ingenuidad ante las mujeres. Pero intentó terminárselo, sólo porque ella parecía gustosa bebiéndoselo como si fuera agua. Incluso le faltó al menos cuatro bolsas de azúcar, para potenciar su sabor.
— Bueno... —soltó Leon, al notar que ninguno de los dos quería despedirse en realidad.
Claire toqueteó la consola, en donde se suponía estaba la guantera. De alguna forma, nadie quería arruinar la atmósfera agradable que se vivía al interior del vehículo y el silencio calmo que parecía aparte del ruido natural que había en las calles.
— Cuando termine de mudarme, puedes visitarme cuando quieras. —anunció la pelirroja.
— Eso suena genial —asintió él —. Tú llámame, sabes que últimamente no tengo trabajo. Espero que los malditos se queden así de silenciosos.
— La organización es tu novia, Leon. Pronto tienes que darle cara.
— Deberíamos arreglar unos cuantos acuerdos en la relación. —él le siguió la corriente.
— Puedes hacerlo, pero no puedes abandonarla.
— Tristemente. —asintió el cenizo, consciente de que era una terrible realidad.
Hubo otro silencio.
— Bien, creo que me está dando sueño. Hay que volver a hacer esto. —mencionó Claire, ahora repasando los dedos por la manija para abrir la puerta. De todas formas, parecía dar una última charla antes de irse.
— Prometo no matarte de un susto la próxima vez.
— Gallina, el que estaba asustado eras tú. —le apuntó ella con el índice.
— Admito que creí que íbamos a volver a impactar... —y aquel recuerdo de la primera vez en Racoon le llegó a la cabeza; le dio cierta melancolía saber que aquello había pasado hacía tantos años ya.
— Para cuando eso suceda, volveremos por otra taza de café.
— ¡Oh, no, no! ¡sabía horrendo! —confesó él removiendo la cabeza y agitando las manos.
— ¡Oye!
— Lo siento. Sabía cómo agua sucia con basura para darle un sabor refinado, además de un precio considerable.
— Y te lo bebiste todo. —señaló ella el recipiente con pequeñas gotas de café sobre la tapa de plástico.
— Quería parecer un tipo interesante, que bebe café y habla de leyes de la física.
— Lo hiciste bien. Muy bien.
Él asintió complacido.
— Feliz año, Leon.
— Feliz año, Claire. —correspondió en un tono serio. Sus orbes azulados chocaron con los de ella, como hacía tantos años atrás. En medio de la oscuridad se buscaban, para fundirse en un ósculo eterno. Por esos días, aquello estaba prohibido, pero sólo porque las leyes de lo justo se cernían sobre Kennedy: no podía estropearlo dos veces o perdería a una persona importante para su vida.
— Nos vemos. Pasé un buen rato.
— Yo también.
Claire le guiñó el ojo, enviándole la última mueca de la noche. Su primera novia importante abrió la puerta, y se apeó del vehículo rápidamente. Después se encaminó, resguardándose del frío con su corta chaqueta de jean, avanzando por el corto trecho entre el pavimento y los largos escalones hasta la entrada de vidrio, correspondiente a su departamento. Leon la siguió con la mirada, deleitado por aquel cálido sentimiento que ella le brindaba.
"Maldito idiota."
Claire le conocía tan bien como la palma de su mano; Claire era el apoyo incondicional que no se merecía; la pequeña Redfield, que ya no era tan pequeña, había sido esa muchacha que le devolvía esperanza, debido a que poseían un vínculo que se veía tan natural. Hizo mal en haberse aprovechado de sus buenos sentimientos, metiéndose en una noche de soledad con una mujer a la cual ni le conocía el rostro. Toda la situación terminó en donde él juraba no quedarse estancado. Pero pasó. Se preguntó si ella todavía tenía esperanzas de volver a tenerlo, o si sólo lo veía como una amistad.
Encendió la calefacción, justo cuando la observó desaparecer por la entrada. Presionó los botones por acto de memoria, para poner un poco de música que suavizara el ambiente y volvió a poner en marcha su motor. Pisó el acelerador, presionado por el reloj digital sobre la consola; iban a ser las cinco de la mañana y él estaba al otro lado de la ciudad.
Cantó con su pésima voz desforzada las canciones variadas en la radio y si no se sabía la letra, seguía el ritmo tarareando. Olvidó haber estudiado alguna vez el código de tránsito, debido a que no estaba predicando ni una jodida línea de este; su velocidad doblaba la permitida y sólo frenaba cuando veía semáforos situados en avenidas importantes; en su recorrido estuvo feliz y sólo había necesitado unos cuantos sorbos al peor café del mundo; ni una gota de alcohol le había ocasionado aquel pálpito veloz en su corazón, devolviéndole la juventud que no pudo experimentar. Era él, la carretera desolada y todos los pensamientos claros que estaban en su cerebro. Nada de amores trágicos; ni escuadrones enviados al demonio por misiones que salían mal. En su pecho no estaba la culpa de todas las personas que murieron en China, ni todos los amigos que perdió por ridícula causa. Nada. Mente en blanco, y un corazón aullando.
Estacionó en la calle cuando se encontró a un lado de su edificio; un puñado de pisos que se apilaban, hasta darle una apariencia lujosa a la construcción. Su apartamento estaba bastante elevado, pero le daba el privilegio de tener una vista envidiable para todos.
Subió el ascensor y recorrió los pasillos tapizados de rojo, con cierto ritmo adquirido, debido a la última canción que oyó antes de apagar la radio del auto. Revolvió en su jean para sacar las llaves y después abrió sin mucho cuidado la puerta.
Se quitó el suéter, y lo lanzó en el nuevo sofá de cuero que habían traído los perezosos trabajadores de la mudanza, dos días después de la fecha acordada. Corrió hacia la cocina, integrada en el mismo salón principal y se sirvió un vaso lleno de agua; bebió como si jamás lo hubiera hecho en su vida, derramándose el líquido por la comisura de sus labios. Cuando finalizó, lo depositó en el lavaplatos y secó los residuos que cayeron en su pecho desnudo. Todavía estaba muy despierto para irse a la cama, pero debía descansar, si quería enfrentar las últimas horas del primer día de su año perfecto acorde.
La puerta de su habitación estaba entre abierta, lo cual le generó cierta duda sobre su memoria, debido que recordó haberla cerrado. Aun así, se dio el beneficio de la duda, empujando con cierta brusquedad; iba a tararear de nuevo otra canción, cuando notó algo anormal sobre su cama. Una montaña recubierta por la colcha, como si un montón de almohadas hubieran sido apiladas. Leon frenó en seco antes de meterse de lleno en la habitación, para después intentar acomodar su visión —creyendo que estaba fallando— a la oscuridad que reinaba. Las cortinas estaban cerradas de par en par, pero una pequeña línea de luz trataba de hacer diferencia entre las penumbras.
Parpadeó un par de veces, creyéndose loco.
Ahí estaba ella. Como una bella durmiente, causante del sufrimiento de todo un reino y con su rey incluido. Su delgado brazo posaba desnudo fuera de la cama y Leon notó sus delicados nudillos descansando en el suelo de alfombra. Era como ver una imagen que no parecía ser posible producto de la lógica; ella, la dama que veía por las noches, partiendo como la protagonista de un cuento que no continuaba de día. Ada Wong, la escurridiza, frívola y un tanto egoísta estaba ahí.
"¿Qué mierda?"
Sintió que todo su día se volvía un borrón que jamás existió. Cayó nuevamente en la confusión de un hombre que sólo tenía memoria a corto plazo, aturdido por ella. Aun así, parecía que no había otro remedio. Su corazón se ablandaba ante la delicada prueba de que volvía. "Es que no hay que ser más tonto, ¿no? Ella se irá, se irá, y quedarás como un imbécil, como siempre". Pero a ese sentido común lo mandó al demonio y a todas las señales que le mandó su cerebro para que frenara.
Pero estaba avanzando en dirección a ella.
Se metió delicadamente al interior de la cantidad de cobijas, suponiendo que ella se había dado cuenta de que aún no instalaban la calefacción. "Así que si es humana después de todo". Se arrastró por el colchón, hasta llegar a ella. Sus brazos fríos se abrazaron al cuerpo femenino que le daba la espalda, para poder repasar las dimensiones de su cuerpo arropado por un vestido no identificado debido a la oscuridad. Se aferró a ella, creyendo que aquel efecto desaparecería en algún momento.
Ada despertó cuando sintió el cuerpo masculino estrecharse contra el suyo.
— Así que el hombre de las nieves volvió... —murmuró ella con la voz adormilada.
— Lo siento —susurró él, dándole un beso sobre la sien —. Prometo instalar la calefacción.
— Déjalo así. Me voy a dormir de nuevo. —anunció después, sin ser del todo sarcástica. Quizá le había esperado toda la noche y finalmente, el cansancio cedió.
Leon vaciló en preguntar.
— ¿Te vas a quedar? —cauteloso, dudoso; necesitaba respuestas, pero la pregunta en sí era difícil.
— Procura vigilarme, soy sonámbula en las noches y tiendo a escapar por inercia.
Aquella respuesta no era un Sí directo, pero bastaba, era el necesario.
Después de tantos años, había atrapado al espécimen más difícil, al objetivo producto de su obsesión. La dama de rojo era suya; estaba en su cama, había vuelto. Maldita sea, juró irse, pero le fue imposible, porque en el fondo, ella también lo amaba. De no ser así, ¿Por qué había puesto tanto empeño en incluso acceder a quedarse a dormir? ¿mentiría sólo para conservar a Leon en su completo control? Eran tantos planteamientos que enloquecían a Kennedy, quien incluso continuaba asombrado ante la revelación. Como en un parpadeo, había dejado de sonreír junto a Claire, para derretirse al lado de la mujer que no se escapaba de su mente, ni siquiera para darle un merecido descanso. Sus labios presionaron sobre sus hombros; bajo su oreja e incluso la abrazó con fuerza , cumpliendo la promesa que debía ser un hecho. No iba a dejarla escapar. Si tenía que encadenarla a su propio brazo, lo haría.
Ahora era una cuestión para pelear en contra de la soledad.
¿Ella también quería estabilidad? ¿estaba cansándose de batallar en contra de sus propios sentimientos?
La vida comenzaba a darles tregua; tal vez, había olvidado el extraño pacto que tenía para separarlos, una vez hubieran acomodado las preferencias para enviar todo al demonio. La ventisca pasó, para devolverles la vida. O por lo menos, así lo asociaba Leon, teniendo los semáforos en verde para convencerse de que se quedaría.
Por fin estarían juntos.
Tal vez, la vida podía ser indulgente con ellos.
Tal vez.
O tal vez no.
Continuará.
Nota.
Debo admitir que escribir el Cleon me ocasionó una buena sensación. No obstante, pienso que no es de toda mi comodidad… pero intenté hacerlo en una línea bastante conforme. Con lo de Rebecca y Chris, lo siento, creo que después de la última película, comencé a amarlos. Es que el orejón y la perfección Chambers se ven lindos… no quería que se viera tan atravesada su relación, teniendo en cuenta de que hablábamos de Leoncito con sus problemas de siempre, pero me gustaría hacer un apartado, centrándome en esta línea de tiempo.
Espero que estén conformes con la trama, o lo que intento hacer… debo admitir que se me hace difícil escribir sobre ambos, porque sus personalidades son como… WOW. Intento hacer a Ada sarcástica, pero luego me sale reflexiva y toda la cosa. Y con Leon, pues es que el amigo está sumergido en la depresión, está darks.
En fin, recibo comentarios, porque los RW son la notificación más adorable que puede aparecer en el celular de una escritora de FF. Y en base a ello, haré algo que muchas personas hacen, pero no lo encuentro tan cómodo (Acostumbrada a Wattpad y la facilidad para responder los comentarios) pero amé sus RW hasta ahora.
Allá vamos:
ZHINES: ¡Holaa! Debo decirte que admiro mucho tus historias, en realidad, fueron las primeras con las que me topé cuando comencé a leer Aeon. Es un honor que comentaras esta historia, espero no decepcionarte en los que avanzan los capítulos. ¡Nos vemos en el foro! Hay que hacer una clase de invasión Aeon un día de estos.
ROMEL: Gracias. En cuanto a los personajes, intento acercarme a sus personalidades, pese a que en muchas historias son cambiantes. Lo maravilloso de estos dos es que se puede sacar mucho partido de su relación, además del contraste tan extraño que forman. Por eso es que los amo. Muchas gracias por invertir tiempo en esta historia. Nos seguimos leyendo.
VIOLETTE MOORE: Espero haber aclaro que deben quedarse juntos… pero es luego me gusta jugar con su relación, así como Capcom juega con nuestros sentimientos y no define que rayos pasa con ellos dos. En fin, espero que te haya gustado este capítulo, esperemos que Ada pueda abrir los ojos, pero igual es asiática, así que no se le puede pedir de más (?) Nos seguimos leyendo, me emocionó mucho leer tus comentarios, debido a que adoré tus historias, hasta el punto de considerarlas obras maestras. A veces pienso en las personas expectantes a las actualizaciones y me lleno de nervios… pero bueno. En los capítulos que faltan espero no decepcionarte. ¡Saludos!
IZAYOI ZPD: Wow espero que esta actualización no se haya demorado mucho. Aproveché que tenía tiempo libre, aunque me pensé mucho cómo comenzar este capítulo, deseché demasiados borradores que podían ser los verdaderos, pero no me sentía cómoda. Ojalá no te incomodara el medio Cleon que atravesé, prometo que en los próximos capítulos habrá tanto Aeon que dará dolor de cabeza (?) muchos saludos, nos leemos.
