Finalmente, aseguraron el piso. Por pura precaución, le ordenaron por radio a Número 6 y Número 3 que montaran guardia más estricta, por si venía alguien más. Los disparos sin silenciador, o el cartuchazo de escopeta, deberían haberse oído en todo el vecindario.

Tras haber sido informados de que estaba echo, cerraron la puerta que daba a las escaleras y al ascensor, y ataron a la mujer a una silla de madera, mientras los dos cuerpos eran introducidos en la bañera del baño.

El comando herido Número 2 había recibido cuatro balazos calibre .45 ACP que había detenido su chaleco antibalas sin muchas dificultades. Pero un balazo siembre dolía, y uno de ellos había dejado una costilla rota como recuerdo.

– Joder, pobres niños. Hemos asesinado a unos niños. Si se hubieran rendido, nada de esto habría pasado. Qué pena gastar unas vidas tan jóvenes como la de estos chicos… – dijo Número 7, con la escopeta al hombro.

– Eran leales y defendían sus ideales. No creo que se hubieran rendido. – le dijo Hunk a su hombre. Miró a la joven. – ¿Cuándo llegará su marido?

– ¡No le importa! – chilló ella.

Hunk le golpeó con la mano enguantada de revés, dejándole la mejilla colorada.

– …En fin. Dígame los nombres de esos dos fiambres.

A ella le bastó mirarle a los ojos en la ranura entre el pasamontañas negro y el casco negro también para saber que él sería capaz de obtener todo lo que quisiera, y que eso era una preguntita de nada.

– El…de los STARS se llamaba Alex…el otro era un ex UBCS llamado Oliveira…Carlos Oliveira y Alex Baldwing. Tú los has matado…

– Yo solo hacía mi trabajo, y ellos hacían el suyo. Nosotros somos mejores. Cosas del negocio.

"Así que un ex UBCS…mmm…interesante. Es curioso, la mayor parte de los UBCS fue masacrado en el desastre de Raccoon. Debe de haber sido algún superviviente, quizás….o algún desertor de las misiones "sin zombis".

Mientras Hunk pensaba todo eso, notó que alguien le hablaba por la TacRadio (radio táctica).

Hunk se apartó de la chica, y Número 5 le puso una mordaza. Número 10, estacionado en la furgoneta afuera, había avisado por radio de que "el paquete" estaba llegando y Número 3 y 8 estaban subiendo en ascensor para retrasar su llegada.

El doctor, al encontrar el ascensor ocupado (quizás bloqueado en alguna planta superior), decidió subir por las escaleras. Tenía algo muy importante que decirle a su esposa.

Cuando Número 6 llegó, se parapetó en un ángulo muerto de una esquina, detrás de la salida de la escalera. Número 3 permaneció en el ascensor, con un pie bloqueando a la puerta, para que ésta permaneciera trabada y no se cerrase. Los restantes comandos se quedaron dentro del piso, apuntando con sus armas a la chica y a la puerta.

Cuando el doctor terminó de subir las escaleras, el frío cañón del subfusil de Número 6 le encañonó. Intentó mover un poco los dedos, pero enseguida apareció Número 3 y le apuntó de frente, mirándole fijamente a los ojos a través de las gafas de cristal grueso del soldado.

– Número 1, tenenemos a la presa. – dijo por la radio táctica.

– Afirmativo. – respondió Hunk. – Traedle a casita.

No tardaron en volver, con cada arma apuntándole a la cabeza y los brazos detrás de la espalda. Tras cachearle y comprobar que no llevaba nada, le colocaron cerca de un armario de madera, sobre una silla metálica, mirando de frente a su esposa. Sólo le ataron las dos piernas.

– Bien, bien. Ahora hablemos seriamente. Nuestros jefes sospechan que antes de irse y contactar con estos fulanos, robó cierta información de nuestros archivos. Queremos que nos diga dónde la guarda.

– ¿Qué información? Yo…yo no sé nada.

– Lo imaginaba… – Hunk se da la vuelta, pensativo. Ante la negativa del hombre a hablar, acababa de comenzar una noche larga y bastante poco divertida.

Pero en ese momento el hombre hizo algo inimaginable, hizo como que se derrumbó, pero abrió una gaveta del armario de madera, de donde extraño un pequeño revólver, con el que primero disparó a Hunk.

Al disparar al Teniente con ese arma, casi no experimentó retroceso. Hunk recibió un impacto directo en el chaleco antibalas y cayó contra la mujer del hombre, y éste viró el torso hacia la izquierda, donde estaban los hombres, sorprendidos y con las armas bajas, y continuó disparando, antes de que Número 7 le disparara a la mano de la pistola con su escopeta militar. Todos los comandos habían estado con la guardia baja, sus armas sin el seguro y apuntando al suelo, pero su capacidad de recuperación fue rápida y reaccionaron antes de que el hombre siguiera disparando.

Cuando el doctor soltó el arma, chillando de dolor y con la mano completamente destrozada, Número 9 le hizo callar golpeándole la nuca con el arma. Hunk estaba bien, era una munición insignificante para un chaleco antibalas, pero Número 8… Número 8 había recibido tres balas en la cara, que le habían echo mucho daño.

Una de ellas le había dado en la barbilla, en la parte metálica del casco, sin ocasionar mucho daño excepto una fractura leve, y además la bala seguía alojada allí, otra de ellas había dado en el casco directamente, lo que causó que se le subiera un poco, y la tercera le había entrado por el ojo derecho y había llegado directa hasta el cerebro. Apenas había sufrido, pero al estar el cerebro agujereado sin estar destrozado, sufría violentos espasmos.

Hunk estaba bien, y se levantó por sí mismo

Los supervivientes rodearon al tembloroso doctor, y le empezaron a dar culatazos con sus armas en el cuerpo por venganza, hasta que Hunk le ordenó que parasen. Estaba sangrando por múltiples heridas, y tenía toda la cara llena de contusiones. Si le seguían golpeando, podrían romperle la mandíbula y eso les evitaría que hablase. Y además, un hombre podría estar recibiendo puñetazos toda su vida sin que eso apenas le causase mucho dolor, porque era algo leve y el cuerpo se acostumbraba tarde o temprano.

La mujer permanecía todavía inconsciente, y la hicieron despertar a puntapiés.

Cuando ella abrió los ojos, vio a su marido con la ropa desgarrada y sin sentido, atado de pies y manos a una fría silla de metal. Y rodeado de una serie de comandos psicópatas y asesinos.

Uno de los comandos había cortado el cable de una lámpara, y lo estaba pelando. Mientras, otros dos se dedicaban a recorrer la casa saqueando todo lo valioso, en tanto que un tercero, un cuarto y un quinto montaban guardia, y un sexto miraba con ojos ansiosos el bien surtido mueble-bar del doctor.

El soldado número siete estaba tendido en el suelo, con un vendaje provisional y el octavo, Hunk, estaba junto a él. El noveno miembro del equipo era ya un cadáver, junto a un gran charco de sangre.

Había sido un buen hombre, alguien del que Hunk estaba muy orgulloso. Número 8, Andrew Fisher, había luchado con honor y valentía, en todo tipo de difíciles misiones, con un comportamiento ejemplar. Desgraciadamente, en los grupos especiales como el de ellos nunca se entregaban medallas, porque oficialmente no existían. De no ser así, los hombres de Hunk tendrían el pecho cubierto de medallas. Ya eran bastante buenos antes de haber sido transferidos al USS desde sus antiguas unidades tanto civiles como militares (Delta Force, GIG9, SAS, SEAL, Boinas Verdes, SWAT…).