Renuncia de derechos: Harry Potter y todo su universo son de J. K. Rowling, escribo esto sin fines de lucro. Trama y algunos personajes son míos, así que me reservo su uso.
El presente fic participa en el Reto #14 "Amortentia al azar" del foro "Hogwarts a través de los años".
Cuando no dudé.
Al sonrojarse, Louis Weasley resultaba adorable.
No era algo que él disfrutara. De hecho, tenía suerte de que no ocurriera a menudo, porque cuando sucedía, debía lidiar con un montón de chicas a su alrededor. A sus hermanos no les pasaba (que él supiera), así que no podía pedirles consejo al respecto.
Hazel había descubierto el detalle por casualidad, cuando Rose le presentó a algunos de sus primos, en su primer año en Hogwarts. Los primeros a los que conoció fueron Fred, James y Louis, "el trío de la calamidad", los llamó Rose en son de broma, pero a Hazel le parecieron simpáticos. Fue al decirle a Louis que sus ojos eran muy bonitos que sucedió: él se puso colorado casi al instante, mientras James y Fred se echaban a reír y la misma Hazel acabó con la mirada gacha, muy avergonzada.
Ahora que lo pensaba, tal vez fue en ese instante que Louis empezó a gustarle.
No lo había visto en dos años. Se había concentrado tanto en los estudios, que apenas ponía atención a otras cosas. Si sabía algo de Louis era por sus primos, dos de los cuales eran sus mejores amigos, pero nada más. Cierto era que nada le impedía enviarle una lechuza, pero se acobardaba al recordar cómo lo había tratado en Brighton.
Fue una coincidencia realmente extraña la que los volvió a reunir.
Tras terminar el colegio, Hazel viajó al otro lado del Atlántico a visitar a su abuelo materno, que vivía en una isla mexicana habitada únicamente por magos con el curioso nombre de Tesoro de la Bahía. Le daba risa acordarse de las caras que algunos ponían al enterarse de sus raíces latinoamericanas, aunque en otras ocasiones había tenido que recurrir a veladas amenazas y a unos cuantos conjuros para cerrar ciertas bocas.
En Tesoro de la Bahía no había mucho qué hacer, pero era un buen lugar para que los magos estuvieran a sus anchas, así que en aquellos días de verano, podían verse por la isla mexicanos y extranjeros por igual. A Hazel la tomaban por foránea, pero solo aquellos que no la conocían.
Menos mal que no pasaba en el Cenzontle, el mejor local de comida de la isla.
—¡Hola, Ana! —saludó la cocinera.
—¡Hola, doña Aurora! ¡Quiero el plato del día, por favor!
—¿Ana?
Hazel se dio la vuelta hacia una de las mesas, pues reconoció la voz enseguida.
—¿Louis? —susurró, incrédula.
—¡Hola, Graham! ¿Qué estás haciendo tú en México?
—Yo… Mi madre es mexicana, vine a ver a mi abuelo. ¿Y tú?
—Larga historia. ¡Ven, siéntate! Me trajeron una fruta muy buena, ¿la conoces?
Al ver el enorme platón delante de Louis, Hazel no pudo evitar sonreír.
—¡Sandía! Me encanta —la chica tomó asiento y tomó una de las largas rebanadas.
—Me alegra. Por cierto, ¿por qué te llamaron "Ana"?
—¡Ah, eso! Es por mi segundo nombre, "Anayansi". Es maya.
—No sabía que tuvieras familia en este país.
—Increíble, ¿verdad?
Louis se encogió de hombros, lo que Hazel aprovechó para comerse su sandía, al tiempo que lo observaba de reojo. Por momentos se volvía a sentir avergonzada por lo de Brighton, pero se decía que si él la trataba bien, no estaba enfadado, ¿verdad?
—Llegué a México ayer —comentó Louis de pronto, esbozando una pequeña sonrisa—. Estaba estudiando unos hechizos muy curiosos en El Paso cuando me hablaron de una familia de aquí que se especializa en Encantamientos, así que vine a buscar a alguno de ellos, quiero hacerle unas consultas.
—Si estás en Tesoro de la Bahía, buscas a los Puch, ¿no? Mi madre dice que no hay libro de Encantamientos en México que no pase primero por las manos de un Puch. Uno es vecino de mi abuelo, ¿te lo presento?
—¿Lo harías? ¡Muchas gracias!
—No hay de qué. Yo… te debo una disculpa.
—¿De qué hablas?
—De… Lamento haberme puesto así en Brighton, Louis. No era de mi incumbencia…
—No te preocupes, algo de razón sí tenías. Te agradezco que te preocuparas por mí, eso me hizo pensar muchas cosas. A los tres días me fui a Francia, ¿sabías? Y desde entonces, apenas he parado. El mundo es fantástico.
—Me lo imagino. Y tú… —Hazel titubeó, consciente del calor en sus mejillas que nada tenía que ver con el clima, antes poder proseguir—, tú también eres fantástico.
Sintió que valió la pena la vergüenza de admitir eso al ver el rostro sonrojado de Louis.
Tal vez, solo tal vez, en un futuro se atrevería a algo más que alabarlo.
—&—
Y aquí está, el final. A ver si nadie me mata por ello…
Mi último olor fue la sandía. En realidad, no se menciona que la oliera ninguno de los dos, pero el simple hecho de que la coman juntos es significativo, ¿no les parece? Menos mal que Hazel y Louis pudieron hablar otra vez, se nota que se llevan muy bien y, al menos para ella, la sandía se ha convertido en un recuerdo ligado a él. Oh, diablos, ahora querré escribir algo de Hazel y Louis, más si deciden viajar juntos por el mundo (Bell sonríe como una boba).
Algunos de mis lectores habituales seguramente ya han deducido de dónde saqué la idea de Hazel y si no… Bueno, no importa, yo lo sé y es lo que importa.
Cuídense mucho y nos leemos en otra ocasión.
