Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Quiero agradecer los comentarios de: Akira [Sí, modifiqué bastante. Tenía demasiado relleno xD] y Alizabeth [¡Gracias! Me alegro que te guste mi narración. Estoy intentando mejorar siempre]


III

Una vez que ya toda la familia estuviese completamente reunida, Suecia tomó de la mano a Finlandia mientras que en su otro brazo llevaba a Sealand. Fueron acompañados por uno de los meseros del hotel, cuya obligación era enseñarles a los países que iban ingresando a su lugar correspondiente. No obstante, en el momento que llegaron a la mesa, un nuevo problema surgió: Había cinco puestos y los ocupantes eran seis.

El rubio de ojos azules arrancó la tarjeta donde decía "Suecia" y se lo dejó a hijo adoptivo. Había dejado en claro que iban a llevar al pequeño, por lo que requerían de un asiento extra. Pero por lo visto el correo electrónico jamás había llegado, no encontraba otra explicación.

—Papá, ¿qué piensas hacer? —cuestionó el niño de las cejas tupidas mientras que observaba al escandinavo tan pensativo.

—Bueno, supongo que sólo tienes que ir a pedir un asiento extra y ya. ¿Verdad, Su-san? —El finlandés no estaba demasiado preocupado.

—La verdad es que… —Éste miró hacia uno de los carteles que indicaba quién ocupaba la silla.

—¿En qué estás pensando, Su-san? —No era un asunto demasiado complejo, así que no entendía por qué estaba tan serio.

—¿Y sí le sacó la silla a Dinamarca? —De verdad, Suecia estaba más que tentado en sacar al danés de la mesa, para poder comer en paz.

—¡Su-san! —Le reclamó Finlandia.

—Sí, sí.

Lo que el hombre de ojos azules ignoraba era que el antiguo rey de los países de Europa del Norte lo había escuchado de todo. Pero como siempre, no se lo tomó a mal. Comenzó a reírse de manera escandalosa, lo que hizo que el sueco se diera la vuelta. Allí estaba, partiéndose como si hubiera escuchado el mejor chiste de su vida. Lastimosamente para el mayor de los países nórdicos, Suecia lo había dicho más que en serio.

—¡Ay, Suecia! ¿Qué haría sin tu sentido del humor? —explicó éste mientras que se secaba las lágrimas.

—¿Eh? —No entendía a que se refería el danés, como casi siempre.

—Sabes que la noche no sería igual sin mí —contestó con toda seguridad éste, pero luego fue jalado de la corbata por Noruega.

—Me das vergüenza —afirmó el hermano de Islandia, mientras que estiraba de aquella prenda a Dinamarca.

Tras superar esa conversación, el escandinavo decidió no perder más tiempo. Abrazó a Sealand y luego a Finlandia, para finalmente dirigirse con quien fuera el responsable de aquella organización. Aunque por lejos no era la mayor dificultad que había enfrentado en sus largos siglos de vida, le hubiera gustado pasar la cena sin tener que estar preocupándose por esa clase de detalles.

En la mesa, el finés acariciaba a Hanatamago mientras que el niño no dejaba de mirar por todas partes. Era la primera vez que los dos nórdicos le habían traído a una conferencia, así que todo le resultaba novedoso. No podía creer el lujo que había a sus alrededores, cada uno de esos empleados estaba allí para satisfacer los caprichos de las naciones. Una razón más por la cual querría ser reconocido como tal.

En ese momento, aprovechando que Suecia se había ausentado y que Finlandia no pondría mayor resistencia gracias a que el primero no se hallaba, Dinamarca quiso continuar con el relato que quería narrar a Sealand. No quería dejar escapar la oportunidad de contar su gloriosa historia de la cual se sentía más que orgulloso. A pesar de que luego perdió a los cuatro.

—Oye, niño. ¿Quieres que te siga contando algunas historias? ¿Te gustaría saber cómo era Suecia cuando niño? —Sonrió, no había manera que Sealand rechazara lo que le estaba presentando.

—¿Eh? ¿Papá fue tan pequeño como yo? —Éste se paró encima de su asiento, para contemplar a aquel hombre y no podía creer lo que el danés estaba diciendo.

—¡Sí, hasta creo que un poco más chico! —exclamó entusiasmado el danés —¿Te interesa?

Si era cierto lo que Dinamarca acababa de mencionar, Sealand se sintió más que esperanzado. Podría llegar a crecer y ser como alguno de los demás países; Tan alto como Rusia, igual de musculoso que Alemania, tener la misma fuerza que Suecia. Río al imaginarse semejante futuro, por el cual ya estaba cansado de esperar a que llegase.

Pero el que no estaba de acuerdo era Finlandia. Si alguien iba a contar esa historia sería él o Suecia, no confiaba demasiado en lo que pudiera salir de la boca del danés. Tenía que pensar en algo rápido para que el otro no pudiese decir una palabra más. Hasta que recordó que todavía no había ido a saludar a su gran amigo, Estonia. Así que se levantó y agarró de la mano al hermano menor de Inglaterra.

—¿Qué tal si vamos a la mesa de los bálticos? —Ni le dio la oportunidad para que el muchacho pudiera responder, simplemente se lo llevó con él.

El danés se rascó la cabeza, se había quedado solo con el noruego. Islandia estaba arreglando a Mister Puffin, por lo que aún no estaba apareciendo, Suecia continuaba buscando al organizador y ahora, Finlandia había "secuestrado" a Sealand.

—Al menos me quedas tú, Nor —comentó con una sonrisa pícara.

—Supongo…

Aparte de lo que había sucedido, el finlandés estaba más que contento. Hacía un tiempo que no había hablado con el báltico y ésta era la oportunidad perfecta para ponerse al día. Sin embargo, fue Sealand quien se adelantó a éste y corrió hasta la mesa donde también se hallaban Letonia, Lituania y Polonia. Finlandia se apresuró para no volver a perderle de vista.

—¡Letonia! —gritó el niño a medida que iba acercándose a la mesa de aquel.

—¿Eh? —El menor de los bálticos miró por todas partes al escuchar su nombre, cuando se encontró frente a frente con Sealand —¿Qué haces aquí?

—Mamá y papá me trajeron —respondió enseguida —¡Vamos, tenemos que explorar! —Éste no lo pensó demasiado y jaló a Letonia.

—Espera, Sealand… —Quiso detener al chico, pero aquel ni estaba escuchando.

—¡No te metas en ningún lío! —exclamó Finlandia, al ver que su hijo se estaba yendo.

—¡No te preocupes, mamá! —Guiñó y continuó con su idea.

Desde que había llegado a la mencionada cena, ver al británico sentado en una de las mesas había sido simplemente demasiado para él. Estaba seguro de que iba a ser víctima de alguna de sus bromas, aunque no sabía cuándo. No obstante, ahora lo tenía bastante cerca y no quería dejarlo pasar. Y si bien por sí mismo lo hubiera hecho, sabía que Finlandia no le iba a dejar irse, así que "obligó" a Letonia a que fuera su acompañante.

Por su lado, Suecia finalmente había conseguido ir a reclamar el asiento faltante y regresó a la mesa de los nórdicos, en donde el mesero se encargó de hacer lugar para la silla y los platos correspondientes. Una vez solucionado ese inconveniente, el hombre se dio cuenta de que tanto su "esposa" como su hijo no se hallaban allí.

Miró por todas partes, no recordaba que le mencionaran acerca de escaparse de la cena de bienvenida, lo que extrañó bastante al escandinavo. Estaba un poco impaciente, pues al ignorar el paradero de esos dos, no podía moverse de allí por si acaso aparecieran. Y no solamente eso, sino que debía soportar las estupideces de Dinamarca.

—Suecia, no te preocupes. Con el miedo que te tienen, supongo que no van a tardar —dijo éste mientras se burlaba.

Sin embargo, todo lo que recibió fue una mirada de reprobación. No estaba interesado en mantener ninguna conversación con aquel con quien sostenía una gran rivalidad desde hacía siglos. Seguía observando el ambiente en busca de Finlandia.

—Oye, no te lo tomes a mal. De todas maneras, ¿ya piensas decírselo? —cuestionó el mayor de los cincos países nórdicos, con completa seriedad.

—¿Decir qué? —Se ajustó los anteojos, no comprendía exactamente de qué estaba hablando el otro.

—¡No te hagas el tonto! Decirle que le amas y todas esas tonterías… —exclamó sin ninguna vergüenza.

No obstante, Dinamarca estaba a punto de conseguir una reacción que no necesariamente iba a provenir de ése escandinavo.

—¿Tonterías? —cuestionó Noruega, apenas escuchó lo que acababa de declarar el otro.

—¡No, no! Cuando te digo esas cosas son en serio. Me refiero a los sentimientos de Suecia —El danés acarició el cabello del hermano de Islandia, intentando apaciguarlo. Luego, regresó a prestar atención a aquel hombre que lo superaba en altura —¿Y? ¿Ya piensas confesarte?

—Todavía no…

—¿Hace cuántos siglos que vienes diciendo lo mismo? —le reclamó éste.

—No te interesa —No se sentía particularmente cómodo por el rumbo que iba tomando la charla. Pero aunque no quería reconocerlo, quizás Dinamarca tenía un poco de razón.

En ese momento, el finlandés regresó. Había estado platicando con Estonia por un largo rato, hasta que vio a Rusia acerca a dicha mesa y ahí fue cuando se dio cuenta que era momento de regresar. Al menos estaba satisfecho por el hecho de Suecia había conseguido arreglar todo el asunto de la silla.

—¿De qué están hablando? —Finlandia quiso también integrarse a la aparente animada conversación.

Pero un silencio llenó aquella parte del restaurante. Suecia no quería que el muchacho se enterara de sus sentimientos de esa forma y Noruega estaba golpeando por lo bajo a Dinamarca para impedir que éste hablara de más. Islandia recién había decidido hacer su aparición, tras intentar inútilmente hablar con Liechstien.

—¿Eh? ¿Por qué se quedaron callados? —El muchacho de ojos pardos no entendía por qué había sucedido eso.

Suecia se las ingenió para que el finés dejara de investigar, así que recordó que Sealand no estaba en ningún lugar visible.

—¿Y Sea? —Finlandia había llegado solamente con Hanatamago, mas no había ninguna señal del niño en cuestión.

—Ah, bueno… Creo que se fue de paseo con Letonia. No creo que esté muy lejos —respondió con sinceridad el rubio.

—Espero que no arme problemas —Respiró profundamente, porque conocía demasiado bien a Sealand.

El escandinavo tenía todas las razones por las cuales preocuparse por el chico. Éste junto al báltico habían decidido meterse debajo de la mesa principal, donde Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Rusia, China y Canadá estaban sentados. Si bien Finlandia le había solicitado que no hiciera nada malo, el pequeño no había podido resistir jugarle una broma al británico.

Éste último estaba enfrascado en una discusión con su antiguo pupilo, ya que no le agradaba para los malos modales de éste. Así que, como acostumbraba, había optado por regañarle.

—¡Estados Unidos, es una cena! ¡No deberías estar comiendo hamburguesas! —exclamó el acérrimo rival del francés.

—¡No sabes de lo que te pierdes, Inglaterra! —Éste continuó comiendo dicha comida chatarra, mientras que tiraba las migas por todas partes.

Sealand levantó la mirada antes de entrar a la mesa. Se aseguró que aquel hombre conocido por su mal carácter estuviera lo suficientemente ocupado y distraído como para que no notara su presencia. Al ver que estaba peleando, no perdió más tiempo y se metió debajo del mantel. Su broma sería una muy simple pero sabía que haría enojar de todas maneras al británico.

Luego de mirar todos los zapatos, finalmente halló cuáles correspondían al Reino Unido. Cuando se dispuso a continuar con su plan, Letonia le detuvo.

—Sealand, no creo que debamos hacer esto… —El báltico tenía sus dudas, sobre todo por cuáles serían las consecuencias de lo que pensaba hacer la micronación.

—¡Vamos, Letonia! ¡Si queremos ser grandes países, tenemos que derrotar a los grandes! —El niño estaba demasiado seguro de lo que estaba haciendo.

—Pero… —A estas alturas, consideraba inútil intentar detener al hijo adoptivo de Suecia y Finlandia. Con o sin él, iba a continuar.

Luego de sacarle los mocasines, Sealand tuvo la oportunidad de apreciar los calcetines negros del caballero inglés. Tenía que salir en cuanto antes, ya que le molestaba un poco la pestilencia. Cuando se paró a las fueras, se olvidó de disimular y enseguida Inglaterra se percató de la presencia del pequeño.

—¡¿Mocoso? ¡Tú no deberías estar aquí! —gritó y dejó de lado la discusión que estaba manteniendo con su antiguo pupilo —¡Ven aquí!

—¡Estúpido Inglaterra! —Sealand arrojó el par de zapatos en contra del rostro del rubio de ojos verdes y enseguida emprendió la retirada.

Después de recuperarse de los dos golpes seguidos y de soportar las burlas de ciertos países, el hombre persiguió a la micronación. Estaba realmente molesto y fastidiado, como si ya no tuviera suficiente con lidiar con Francia. No le había hecho para nada de gracia la tontería de Sealand y lo iba a alcanzar como fuera posible.

Por supuesto, la conmoción no tardó en hacerse notar por el resto de los presentes. Nadie tiene mucha información, excepto que Inglaterra estaba detrás de alguien. Sin embargo, la identidad de ese "alguien" era desconocida e ignorada por todos. De lo que estaban seguros era que el antiguo Imperio Británico estaba enojado.

Repentinamente, Sealand estaba aproximándose a la mesa donde estaban sentados los nórdicos, con una extraordinaria prisa.

—¿Sea? —Finlandia estaba un poco asombrado por el apuro del niño, quien en lugar de responder, se metió abajo. —¿Eh?

—¿Han visto al mocoso ese? —indagó el caballero inglés al darse cuenta de que había perdido de vista al niño.

El niño tocó el regazo del finlandés y éste se agachó. Le pidió que no dijera absolutamente nada hasta que se fuera a lo que el nórdico aceptó más o menos. Sin embargo, hubo un detalle que Sealand había dejado de lado por completo y ése era Suecia.

—Ven —El escandinavo tomó del brazo a Sealand y lo empujó para que estuviese frente a frente a Inglaterra.

—¡Mocoso, no deberías estar aquí! —gritó molesto —¡Al menos, compórtate! —le regañó.

—Sea, ¿qué se dice…? —Suecia le dio un nuevo empujón al niño.

—Nada... —El niño miró hacia abajo, no estaba arrepentido por haberle lanzado sus propios calzados al británico.

—¡Espero que no vuelvas a hacer eso! ¡O te voy a encerrar en tu habitación! —amenazó el inglés.

—¿Quieres que traiga tu caja? —preguntó el sueco, quien tampoco estaba muy contento.

Sealand reaccionó de inmediato. De todos los castigos que podía recibir, el peor era esa condenada prisión de cartón. La detestaba y la odiaba, pero sabía que Suecia no estaba jugando. No estaba contento, pero entre disculparse y estar dentro de su caja, prefería mil veces lo primero. Estaba cruzado de brazos, era la tarea más difícil que alguien le había podido pedir.

—Lo siento… —respondió el niño de mala gana.

—¡Que no vuelva a repetirse! —exclamó y luego regresó a la mesa, donde Francia estaba riéndose a carcajadas de la situación.

El resto de la cena continuó sin mayores sobresaltos. Alguna discusión con Dinamarca pero nada más. Pero Suecia estaba más preocupado por el hecho de que aquel pudiera soltar la lengua antes de tiempo. Debía pensar en la forma en que finalmente le confesaría a Finlandia sus sentimientos.


Como mucho va a tener diez capítulos. No quiero que sea demasiado extensa la historia.

¡Gracias por leer! ¡Feliz Navidad!