Capítulo 2: Desaparecida entre los árboles

-¡Vamos, Lily! ¡Que llegamos tarde!

La voz de Rose Weasley resonaba estridente por la habitación de las chicas de Gryffindor. Lily y ella una vez más, y como siempre, volvían a ser las últimas en abandonar la Sala Común por la mañana. No debido precisamente a que tardaran mucho en arreglarse. Lily con esto no tenía problema, puesto que al levantarse le bastaba con ponerse apresuradamente el uniforme y lavarse la cara para estar lista para sus clases. No, el problema de Lily era el hecho de que le gustaba dormir. Adoraba dormir, y éste era su mayor placer junto con comer. Y si a esto le añadimos que cada noche se acostara muy tarde (ya fuera por la exasperante cantidad de deberes que le ponía el profesor Arcturus, o simplemente porque siempre andaba haciendo de las suyas o deambulando de noche con Hugo Weasley).

Éste último y ella habían sido muy buenos amigos desde que nacieron, y más dado que eran del mismo año y se consideraban casi como hermanos. Iban a las clases juntos, hacían los deberes y era difícil encontrar un momento en el que no estuvieran los dos dando vueltas por el castillo o simplemente charlando en la Sala Común.

Aunque Lily se asfixiaba si permanecía demasiado tiempo en la Torre. Vendría de familia la tendencia a querer buscar todo el tiempo alguna nueva aventura que vivir, o alguna experiencia nueva por pequeña que ésta fuera.

Así pues, Lily siempre se las arreglaba para encontrar problemas donde no los había, para sacar complicaciones a su agitada vida, y si se permite más... Exasperar por esto a su hermano.

Pero es lo que hacía la vida de Lily Potter. Un día monótono en la vida de Lily, ya no era monótono por el simple hecho de ser diferente al resto de agitados días. Mas ella no es que quisiera buscar problemas, pero se las ingeniaba Merlín sabe cómo para que todos cayeran siempre sobre ella.

Lily salió del cuarto de baño y se colgó la mochila al hombro mientras Rose intentaba arreglarle un poco el pelo, el cual siempre se negaba a peinar.

-¡No debiste salir anoche! Ya no hay tiempo ni para desayunar. ¿Se puede saber qué estuviste haciendo? James vino a buscarte cerca de las dos de la mañana y tuve que encubrirte.

-¿Qué le dijiste? -Dijo la pelirroja divertida.

-Corrí el dosel de tu cama y les dije que estabas dormida. Quisieron despertarte pero logré que se fueran a dormir... Oh, Lily, ¡estate quieta! -Decía mientras intentaba desenredar un mechón a la pelirroja.

-Déjalo, vamos. O llegaremos tarde, ¡y hoy tengo clase con Luna!

Tras salir de la Sala Común de Gryffindor se dirigieron hacia el primer piso, donde se encontraba el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras. Rose se despidió de ella y echó a correr por los pasillos para alcanzar a Anne y Albus, que sin duda ya estarían llegando al aula de Transformaciones.

Defensa contra las artes oscuras era la asignatura favorita de la mayoría de gryffindors por excelencia. A pesar de que a veces Luna sacara de sus casillas a algún alumno cuando hablaba ensoñadora a cerca de algún fenómeno extraño y hasta ahora desconocido, a la mayoría (si podemos excluir a los Slytherin, mejor), Luna les parecía una excelente profesora.

Estando en cuarto curso ya iban bastante más avanzados de lo establecido. El año pasado habían aprendido a sortear boggarts, a reconocer a los grindylows, los hinkypunks, los kappas, los gorros rojos e incluso habían podido avanzar un poco hacia el cuarto curso, con las contramaldiciones. Ahora, en cuarto, habían dado los vampiros, el resto de las contramaldiciones, y además de haber hecho varias excursiones a los terrenos de Hogwarts para iniciar duelos y lecciones de desarme. Añadimos a esto que a pesar de que casi recién empezado el curso (aún ni tan siquiera estaban en el segundo trimestre), y hubieran avanzado tanto en tan poco tiempo, Luna además había encontrado lugar para enseñarles algunas otras criaturas y teorías, ya fueran ciertas o inimaginables. (Algunos alumnos afirmaban que Luna había ansiado el puesto de profesora de Criaturas Mágicas).

Aunque sin embargo, a Luna se la veía encantada cuando, sin más, al volver la cabeza de largo pelo rubio y de aquellos ojos saltones suyos, viera una mano levantada que le preguntara por otra de sus aventuras del ED, en sus tiempos como alumna de Hogwarts. Ella siempre comenzaba de la misma manera: «Cuando yo me sentaba en esos pupitres en los que estáis vosotros...», y no le importaba perder una clase contando cómo ella junto a Harry y una docena de alumnos más, vencieron a Lord Voldemort y sus mortífagos. Aunque quien más disfrutaba con la historia era ella misma, la cual parecía transportarse de nuevo a aquellos días en la Sala de los Menesteres practicando hechizos y contramaldiciones.

-Bien... ¿sabéis qué es esto? -Luna hablaba con su voz ensoñadora y un tono casi susurrante a los alumnos de su clase, mientras señalaba una especie de cuerno que había sobre una repisa.

-¿Un cuerno de rinoceronte? -Dijo Hugo mordiéndose los labios y no muy seguro de su respuesta.

Entonces Lily se puso en pie señalando al cuerno.

-¡No! ¡No! Yo sé lo que es eso... Vamos... Rose me lo ha dicho muchas veces... ¡Eso es...! ¡Es... es...! ¡¡¡Un cuerno de Rupert!!!

Toda la clase se dio la vuelta y miró a Rupert Brown, el cual se dio por aludido y se puso tan rojo como el pelo de Lily. La clase estalló en carcajadas, aunque Luna parecía no enterarse de nada, puesto que miraba las lámparas del techo ensoñadoramente, como si su mente estuviera muy lejos de ese aula y de los terrenos del castillo. Lily se disculpó y se mordió el labio, incapaz de aguantar la risa. Entonces una alumna de Ravenclaw corrigió a Lily entre carcajadas afirmando que el cuerno era de Erumpent, no de «Rupert».

-Bien... Este cuerno es muy peligroso al contener un fluido que es mortal y hace estallar casi cualquier cosa. -Prosiguió Luna, sin mirar hacia nada en particular. Los alumnos se quedaron un poco extrañados mirándola a ella y al cuerno de nuevo, con una mezcla de miedo y curiosidad.- Pero no os preocupéis porque este cuerno ha sido encantado y no estallará ni dará problemas.

Luna cogió el cuerno del aparador y lo alzó entre sus manos como si se tratara de una reliquia. Hizo una floritura con su varita y se materializó un tronco de madera, que hizo levitar en el aire. Después encantó también el cuerno y lo dirigió con su varita cual batuta hacia el tronco.

-Los cuernos Erumpent pueden atravesar cualquier cosa... Mi padre una vez lo confundió con un cuerno se snorkack y éste explotó y voló nuestra casa cuando yo tenía diecisiete años. -Dijo con la voz en el mismo tono, como si esto no le importara lo más mínimo.

El puntiagudo cuerno atravesó sin a penas problema el macizo tronco de madera, y tras materializar un trozo de metal, el cuerno hizo lo mismo.

-Debéis tener cuidado si os encontráis con un Erumpent. Aunque no suelen atacar si no les llamas la atención... Supongo que es peor encontrarse con un Spegrow, esos pájaros siempre están buscando Hurtneys para alimentarse y suelen confundirlo con los humanos por el olor.

Todos se quedaron en silencio contemplando un ya acostumbrado discurso de la profesora sobre criaturas que no sabían si realmente existían, pero que igualmente, les parecía divertido la manera en que Luna a veces contaba experiencias vividas con Klackers o en su búsqueda de Snorkacks de cuernos arrugados (aunque esto muchas veces irritaba bastante a algunos alumnos de Ravenclaw. Aunque Rose no se quedaba atrás...). Luna había hecho un gran viaje por el mundo en verano, recorriendo insólitos paisajes en busca de los animales que vivían en su mente. O no...

Tras mandar una redacción sobre las cualidades y defectos del Erumpent, sonó el timbre que daba fin a la clase y los alumnos de Gryffndor y Ravenclaw salieron a los pasillos.

Lily estaba medio dormida todavía, y no le apetecía hablar. Algo muy inusual en ella, quien disfrutaba siempre de la charla, a no ser que fuera muy temprano y se encontrara soñolienta.

Hugo se colgó la mochila sobre los dos hombros y salieron juntos del aula para sumergirse en la oleada de alumnos que había caminando de un lado a otro de los pasillos camino de sus próximas clases.

-¿Qué hiciste anoche? -Preguntó el pelirrojo.

-Oh, bueno. Nada importante. Si restamos que mi hermano me vio hablando con David d'Eath en el pasillo del cuarto piso y que casi le lanza un avada kedavra... si restamos que Malfoy sigue tirándome los tejos, y si restamos también que no he dormido nada porque me pasé desde las dos y algo hasta las cuatro y media buscando mi varita en algún lugar entre el segundo y el cuarto piso...

-...

-Sí, creo que tuve una buena noche. ¿Qué hiciste tú?

-Estuve en mi habitación, durmiendo, es algo que hay que hacer por las noches. ¿Sabes? Sirve para... recuperar fuerzas y esas cosas.

Lily le miró con reproche ante ese irónico comentario y Hugo rió.

-Pero oye... ¿Qué es eso de que perdiste la varita?

-Bueno. Después de ver a David...

-¿Que quería al final ese slytherin?

-¡Déjame contarlo! Después de quedar con David donde me había dicho ayer en Aritmancia, me pasó una nota de parte de Scorpius, e intentó convencerme de que fuera a su cumpleaños el último día antes de las vacaciones. Le dije sutilmente que no -Hugo miró a la pelirroja con una ceja alzada.- ...eh, vale. Quizás debería haber sido un poco más diplomática. El caso es que David debió coger mi varita y esconderla cuando se marchó mi hermano con sus amigos.

-No lo entiendo... -Dijo Hugo pensativo, mientras terminaban de bajar las grandes escaleras que conducían al aula de Defensa.

-Ya, es un poco infantil. -Dijo Lily agitando su melena rojiza y quitándole importancia al asunto.

-No, no. Digo que no entiendo que no te diera la nota directamente en Aritmancia, si pudo darte una nota para decirte que quedaras con él...

-Querría buscarme problemas, lo más seguro. Además, ¿desde cuando Malfoy da la cara?

Hugo se quedó en silencio, pensando, y recorrieron el pasillo hasta llegar al segundo piso, donde Gabrielle Delacour les esperaría para enseñarles los hechizos convocadores.

-¡Uh, otra vez se ha pasado con los deberes! -Gritaba Anne al salir de Transformaciones.

-Tampoco exageres, tú a penas tienes asignaturas optativas.-Se quejó Rose, quien llevaba una gran pila interminable de libros, pergaminos de apuntes, plumas y más en su regazo.

-Deja que te ayude.-Dijo Albus, que cogió al menos la mitad de los libros que llevaba su amiga. Rose hizo un esfuerzo para lograr sacar el horario del bolsillo de su túnica.

-Estupendo, ahora tengo que ir a toda leche a Estudios Muggles. Os veo luego.

-¿No vas a pasar por la torre para dejar todo eso? -Preguntó la rubia.

-No tengo tiempo. Y vosotros haced los deberes. No tengo tanto tiempo libre como vosotros y sin embargo los llevo al día.-Les reprochó Rose. Y tras esto, se dio la vuelta y se perdió su imagen por los pasillos del colegio.

Albus y Anne llevaron juntos parte de los libros de Rose a la Torre de Gryffindor donde, muy a su pesar, se pusieron a hacer los deberes de Transformaciones. El profesor Arcturus Flanagan, el que impartía dicha clase y era también actual director de Hogwarts, era un buen hombre, con el defecto de ser demasiado recto y ceñido a la norma. Tenía el cabello liso y negro, con un flequillo ondulado que cruzaba su frente. Tenía unas espesas cejas negras y solía vestir túnicas de colores oscuros. Granates, azules marinos, negros, verdes esmeralda y demás colores eran los que solía utilizar. Llevaba en Hogwarts cerca de diez años, y era alguien que sabía hacer su trabajo.

En su tiempo, uno de los fieles magos que apoyaron ante todo a Dumbledore y uno de los cuales no pudo faltar al funeral del admirable ex-director. No había tocado un sólo aparato de los estantes si no había sido para limpiarlo meticulosamente. Había dejado el pensadero intacto y había conservado el estudio a su gusto, sin ensuciar por así decirlo, ni uno sólo de los extraños y fascinantes aparatos del antiguo director (refiriéndonos en este caso a Dumbledore, y no a Snape.)

El año pasado, en quinto, Albus y Anne pensaron que a Rose iba a darle algo, con el año de los TIMOS tan duro que pasaron. Si ya era de por sí estresante para ella sexto, que no solían mandar excesivamente muchos deberes, en el año de los TIMOS fue un horror.

El profesor Arcturus les había mandado, en multitud de ocasiones, deberes equivalentes a una semana entera de clase. Por lo que el año pasado, si contábamos la cantidad de asigntaruras optativas a las que asistía Rose, podría imaginársela totalmente cubierta de rollos de pergamino, libros de la bilioteca y la piel pálida al no salir casi nunca del castillo. Ese año, había renunciado a casi todas las salidas de Hogsmeade. Pero gracias al cielo, solía decir, les quedaba un año entero de descanso. ¿O quizás deberían decir esto Anne y Albus? Los cuales disfrutaban de horas libres casi todos los días...

-¡Si sigue así le va a dar algo un día! -resoplaba Anne mientras acababa su redacción sobre los animagos y la ponía en una pila de libros que había junto a ella.

-Este sábado hay una excursión a Hogsmeade, allí podrá relajarse. -Comentó Albus, que acabó también su redacción, aunque la había hecho sin ganas y dudaba un poco de su validez. La releyó dos veces y tras añadir algún detalle para que pareciera que al menos se había leído el libro, guardó la redacción y sacó un horario de su mochila. Sus ojos recorrieron el pergamino hasta encontrar lo que buscaba. Dentro de una hora tendrían Cuidado de Criaturas Mágicas con Hagrid, con el único inconveniente de que debían ir con los Slytherin, los cuales siempre estaban haciendo vacilar al gigante a cerca de si impartía bien o no sus clases.

-¡Ey, Al!

Albus se dio la vuelta y vio a su hermano entrando por el hueco del retrato de la Sala Común, acompañado de sus otros mosqueteros Wood y Longbottom. James llegó hasta la mesa donde se encontraba su hermano y le blandió un pedazo de pergamino ante los ojos verdes profundos de su hermano.

-¡Nuestro padre va a venir al colegio!

Albus frunció el ceño extrañado y cogió el pergamino y esbozó una sonrisa burlona.

-¿Qué has hecho esta vez, hermano? -Comenzó a leer el pergamino.

-No es por mí, Al... -Suspiró James.- Viene a dar una charla de Defensa Contra las Artes Oscuras.

-¡Eso es genial! -Chilló emocionada Anne.

Albus sonrió y le devolvió el pergamino a su hermano. James le ofreció a que fuera con ellos a los jardines y Albus accedió. Anne los acompañaba también, charlando animadamente con Frank sobre música muggle. Se sentaron todos a la sombra de un viejo árbol que había frente al lago, bastante frondoso y con una buena sombra, donde comenzaron a hablar sobre las cosas alucinantes que iba a enseñarles el padre de James y Albus. Éste último pensó que quizás su hermano era tan popular y famoso por quién era y fue su padre Harry, pero pronto se dio cuenta de que la personalidad eléctrica de su hermano hacía que cualquier chica en Hogwarts le deseara, cualquier chico quisiera ser su amigo, y que la mayoría de los profesores le adorara, a pesar de que solía meterse en líos y pasaba más tiempo castigado con Zack que en clase.

-¡Vamos, Al! ¡Déjamela! Te prometo que no volveré a perderla. -Dijo James con una sonrisa traviesa en los labios.- Si se me escapa, cogeré la escoba y la atraparé. ¡Por favor, déjamela un rato!

Albus lo miró con sus penetrantes ojos verdes y suspiró. Rebuscó en el bolsillo de su túnica y encontró una vieja snitch dorada, objeto que le había regalado su padre. Ésta, según le había contado Harry, era la primera snitch que atrapó cuando tenía once años y fue elegido excepcionalmente como buscador del equipo de quidditch de Gryffindor. A Albus le decepcionó en principio que él no fuera elegido buscador en su primer año en Hogwarts, aunque fue elegido el segundo, tras salvar la lechuza de Hugo Weasley de una terrible tormenta la noche de Halloween, donde casi es arrojada con violenta a las ramas del sauce boxeador.

Esa noche, Ron había insistido en enviar a Pigwidgeon a llevarle el regalo de cumpleaños a su hijo. Pero con la tormenta tan violenta que hubo, la pequeña lechuza no pudo por más que luchar para llegar hacia los ventanales del Gran Comedor inútilmente, hasta que fue rescatada por un Albus que volaba a toda velocidad en su Saeta del Infierno, edición turbo, que había conseguido gracias a trabajar aquel verano en el jardín de unos amigos de sus padres.

Quizás Albus había imaginado, y esto le hacía sonrojarse al pensarlo, que con una escoba mejor el equipo habría pensado en incluirlo. Pero él no era como Malfoy, y si fue elegido como buscador fue por sus excelentes habilidades en la escoba, y nada más.

Aunque a Harry le había costado que su hijo comprendiera esto.

-Cuídala. -Dijo Albus entregándole la snitch a su hermano.

James sonrió y cogió la snitch como si fuera un valioso tesoro, que ambos hermanos pensaban que lo era, cuando vieron salir corriendo del bosque a una chica rubia de quinto año, lanzando maldiciones a las profundidades de los árboles. De lejos no se apreciaba bien quién era, el pelo se le adhería a la cara por el sudor y estaba bastante agitada. De repente, la chica desapareció, sin motivo y sin explicación dejaron de verla. Anne miró alrededor para ver si los demás también habían contemplado la escena, y absolutamente todos estaban mirando en la misma dirección, con el ceño fruncido y expresión extraña.

-En Hogwarts la gente... ¿puede desaparecerse...?

-Sabes que no. -Contestó Albus, y se quedó mirando el lugar donde habían contemplado instantes antes a la chica lanzando rayos de furia roja y plateada hacia los arbustos que acechaban la entrada del Bosque Prohibido.