Los personajes no me pertenecen, son del maravilloso mundo de Suzanne Collins.
Lo grande que es perdonar
(Parte 2)
"¡Llévese su pescado fresco!", "¡mariscos, moluscos… bolsa de camarones!"
Gritos, voces estruendosas, calor sofocante y olor a salitre. Todo eso junto hace de este distrito uno de los peores para buscar consuelo, si es que puedes borrar del mapa esta parte del malecón y sus tormentosos vendedores.
Haymitch decidió irse caminando desde la estación de trenes hasta la Aldea de los Vencedores, ya que no solo sería una manera para ver de cerca lo caótico que puede ser este distrito en medio de tan espantoso verano, sino que también le serviría como excusa para ir formulando las palabras que iba a decirle a Effie Trinket una vez encontrado su paradero.
Había tenido el chance de preguntar apenas salía del tren por la dirección de la villa y si estas estaban en su totalidad habitadas. El hombre, algo extrañado por su pregunta, de igual forma le respondió cortésmente y le dijo que sí, que las casas (las que seguían en pie y en buen estado) se encontraban habitadas y que de hecho, los alrededores de las mismas son visitadas por personas del pueblo para trabajar en jardinería, reconstrucción y limpieza de las áreas comunes y de la pequeña playa privada con la que cuentan sus inquilinos.
Este comentario fue sin duda interesante, pero aun así no se sorprende mucho ya que en el doce hay personas del pueblo que también se encargan de realizar esas tareas con tal de recibir una pequeña ayuda salarial. Sin embargo, a pesar de sus horas trabajando allí, aun las demás casas de la villa no son habitadas por gente del doce, simplemente porque a muchos todavía les genera una clase de shock al pensar en vivir en una construcción levantada por el viejo Capitolio como regalo por los juegos que tanto vieron asesinar a chicos inocentes.
El ex mentor no los culpa, sabe que de ser ellos también habría pensado de esa manera. Hoy por hoy, las pesadillas siguen apareciendo, aunque en menor escala, pero de todas formas las paredes de su propia casa le juegan a veces una mala pasada.
Como lo que le espera ahora si llega a salir todo mal.
Durante el trayecto desde el Capitolio hasta el distrito pesquero, Haymitch había estado repasando las palabras que podría pronunciar ante ella para no sonar de una manera patética y torpe al momento de verla frente a frente.
Antes no se hubiera preocupado mucho en como dirigirse a la capitolina, ya que la cantidad de alcohol en su organismo le otorgaba cierta "manía" de hablar sin preguntarse si ha dolido o no su comentario. Effie había sido muy paciente con él desde el primer momento en que se conocieron, cuando él vio como esa cara pintada de una forma ridícula y las pelucas que adornaban su cabeza, le hacían parecer más bien un payaso que un ser humano común. Nunca entendió la moda en el Capitolio, la falsedad y la exageración como pan de cada día. Sin embargo, Effie desde el primer instante demostró que sería diferente… que guardaba bajo todas esas capas de colores a un ser digno de ser explorado, en el sentido de que aun así con su personalidad chispeante, dentro de todo eso se esconde una mujer madura y capaz de arriesgarse con tal de conseguir sus objetivos.
Pero como siempre, Snow se encargó de borrar de su rostro todo atisbo de sonrisa y el brillo que despedían esos dos orbes azules. Más nunca lo volvió a ver. Hizo de Effie una mujer dolida, maltratada, humillada y por sobre todo, traicionada.
No había hablado más con ella desde esa vez que Katniss fue preparada para matar a Snow. Una que otra llamada a la casa de Peeta luego que este regresara, una llamada para el cumpleaños de Katniss y adiós. Todo se esfumó y ya no se supo más de Trinket… hasta ahora.
La bulla y el tumulto de gente fue haciéndose cada vez menor concorde se iba acercando a la Aldea de los Vencedores. Este se encontraba un poco alejado del pueblo, en un extremo en el que se podía disfrutar de un pequeño sendero entre hierbas y arena que hacía del paseo algo ameno… o eso quería creer.
Los vencedores de este distrito contaban con una playa privada para su disfrute, aunque de igual manera era custodiada por uno que otro agente de la paz que merodeaba el lugar. Ahora, sin esos chismosos guardias y sin tantos vencedores que ocuparan esas casas, esta zona parecía más desierta que otra cosa. Y eso en parte le gustó, ya que lo que menos quería ahora era toparse con más gente de lo debido.
Pronto se acomodó las mangas de su camisa para refrescarse los brazos y sacó un pañuelo para secarse el sudor que le corría por la frente. La entrada de la villa ya la tenía en frente y pudo divisar que, al igual que en el doce, varias casas solo conservaban partes de sus cimientos y las que quedaban en pie tenían un aspecto aceptable, quitando algunas palmeras con ramas secas que le restaban algún atractivo a esa zona.
De inmediato comenzó a sacar algunas pistas del por qué Effie había escogido este distrito para perderse, y una de ellas es el paisaje; porque a pesar de que aún hay sitios en donde la rebelión dejó estragos, de igual forma se puede disfrutar de la calma y la soledad que rodea esa playa a su izquierda. De haber sido ella, quizás hubiera tomado la misma decisión… si es que se le presentaba la ocasión.
Sus pensamientos lo comenzaron a llevar a un nido de ideas, cuando de repente siente que alguien está detrás suyo. Los reflejos de un vencedor permanecen aún con el paso de los años y de alguna manera termina siendo la marca que te deja haber sobrevivido a una arena. Por lo que de inmediato divisa un lugar con rocas pequeñas para dirigirse a ellas por si necesita defenderse y cuando llega en un solo movimiento a ese lugar, una carcajada le hace sobresaltar y al fin voltea.
Sus ojos se entrecierran al ver a Johanna Mason relucir bajo el sol intenso.
- Vaya, ¿a quién tenemos por aquí? – se guinda una pequeña mochila al hombro y da tres zancadas para alcanzar al ex mentor – Lo veo y no lo creo. – vuelve a reír y le da una palmada en el brazo izquierdo a modo de saludo – ¿Qué te trae por acá? ¿Cansado ya de tu cárcel domiciliaria en el doce?
- Ya. – ríe un poco mientras niega con la cabeza, tal vez como señal de que Johanna era la persona con la que menos llegó a pensar en encontrarse – Más bien debería ser yo quien te pregunte, ¿qué rayos haces tú aquí? Si mal no recuerdo, tu rechazo rotundo al contacto con el agua te limitó… en cierto punto.
La castaña se muerde el labio y reprime una risa algo sombría, al cabo en que da tres toquecitos a la altura de su cabeza – El doctor dijo que para superar mis miedos, debería irme por lo seguro y abordarlo – se encoge de hombros –. Tal vez lo dijo para sacarme de encima.
Haymitch no lo niega, el doctor Aurelius suele ser un tanto sutil a la hora de escabullirse de una cita tormentosa. En un par de las que tuvo, Haymitch solo se limitó a acostarse en el diván mientras que él echaba una siesta en el sillón de una esquina. Fue una sesión interesante
- ¿Haymitch? – voltea a su derecha y ve a una recuperada (físicamente hablando), Annie Cresta… o mejor dicho, Annie de Odair – ¿Qué haces por acá? Tanto tiempo – la chica lo abraza sorprendentemente y él solo se percata en corresponderle cuando ya ella se aparta.
- Te ves bien – un comentario un poco banal. Sin embargo, ella sonríe tímidamente.
- He estado en mejores momentos – repara en Johanna y la toma de una mano –, ella me ha ayudado mucho desde su llegada.
- Es lo mínimo que pude hacer – interviene la castaña –. Por él, cualquier cosa. – y Haymitch ya sabe de quién habla.
Finnick Odair.
- Pero ven, entremos a la casa que está más fresco adentro – Annie los conduce a ambos a la primera casa por la cual la chica salió.
Haymitch sabe que cada uno fue torturado en distintas formas y con diferentes motivos, pero que al final siguen siendo una familia, un tanto peculiar y dolorosa, pero que de igual modo se mantiene allí firme para sobreponerse ante todo.
La casa es acogedora, está decorada de manera distinta, con un toque de color que no viene con la construcción original. Annie camina hasta la cocina donde tiene una olla en el mesón lista para ser llevada a la estufa. La chica toma una de las verduras y la echa en el caldero grande y pasa luego a ofrecerle a Haymitch un vaso con agua fría.
El hombre nunca fue muy unido con ella, ya que solía acudir poco al Capitolio y solo se atrevió a ser mentora dos años nada más, para luego recaer en un estado en el que se le imposibilitaba seguir ejerciendo dicho papel. Por suerte para ella, en este distrito habían otros vencedores que fácilmente podían sustituirla y así fue.
En eso, una ola de culpa empezó a inundar sus pensamientos al reconocer que por poco, tal vez Effie pudo haber terminado así: desorientada, aturdida… dañada.
Dirigió la mirada hacia la ventana para ver si por casualidad ella pasaba. Sabía que Effie estaba aquí, no se podía esconder más… ¿O no?
Pero sin previo aviso y por obra del destino, poco a poco fue escuchando una voz que venía acercándose hacia la estancia. En eso la puerta de la cocina se abre y entra un niño con cabello cobrizo alborotado, pero con unos ojos tan azules que parecen dos mares. El pequeño que aparenta unos cuatro años, se dirige hasta su madre y la abraza con fuerza para luego mostrarle algo que llevaba en su mano. Detrás de él se escucha una voz demandante:
- Finn, te dije que botaras eso, puede hacerte da… ño.
Y allí es cuando la ve después de todo ese tiempo.
- Hola preciosa – Haymitch logra articular luego de un largo silencio incómodo.
Los dos ojos azules de la capitolina, abiertos de par en par, delatan su gran sorpresa y extrañeza. La mujer aprieta sus labios como un signo de incomodidad y parpadea varias veces para recomponerse. Todo en cuestión de segundos.
- Haymitch – logra decir ella sin ni siquiera moverse de donde está.
Un carraspeo oportuno los hace salir rápidamente del estupor y Annie rodea el gran mesón de la cocina para colocarse frente él, junto con el pequeño quien lo mira con detenimiento.
- Él es Finnick – interviene la chica –. Hijo, él es un viejo amigo del Distrito 12 – le dice con cautela y lanza una sonrisa para tranquilizarlo.
Haymitch despega por un segundo la mirada sobre Effie y le dedica una sonrisa vaga al niño.
- Conocí a tu padre – se arrodilla a su altura –, eres muy parecido a él – el niño busca aprobación de su madre al alzar la mirada hacia ella.
- Él trabajó con tu papi – le dice ella.
Al pequeño se le ilumina la cara y Annie le besa la cabeza con dulzura.
- Pronto te llevaré al doce para que lo conozcas – el niño asiente emocionado y lanza una pequeña sonrisa a Haymitch, quien luego le alborota el cabello en un ademán juguetón.
Es la viva imagen de Finnick, pero con los ojos de Annie. Una fusión algo dolorosa, pero reconfortante. Ya ella puede contar con alguien a quien poder acudir cuando esté perdida. Su hijo la deja en la realidad.
Sin embargo, Haymitch sabe que se tiene que enfrentar a otra realidad, una que posee a escasos pasos de él y que trata por todos los medios desviar su mirada para evitar cualquier contacto que los pueda unir. De alguna forma ella teme por lo que él vaya a decirle y por eso trata de mantenerse serena y como si nada hubiera pasado.
Por su parte, las dos vencedoras al comprender lo que sucedía en esa estancia, decidieron tomar rumbos distintos antes de que cayera la primera bomba. Johanna prácticamente desapareció de la cocina, no sin antes lanzar una risa nerviosa que en parte resume todo lo que él trata de olvidar. Mientras que Annie toma de la mano al pequeño y camina hacia Effie para darle un beso en la mejilla.
- Estaremos arriba por si nos necesitas. Finn debe terminar su tarea.
Effie asiente débilmente y sonriendo de medio lado. La vencedora se dirige esta vez hacia Haymitch y le sonríe con dulzura.
- Estás en tu casa. Esta noche nos puedes acompañar a cenar, le diré a Johanna para ir a comprar algo especial.
- No es necesario Annie, no creo quedarme por mucho tiempo – responde él con cautela, mirando de reojo la figura de Effie mientras guarda las cosas de las bolsas en la alacena.
- Insisto – dice Annie – eres nuestro invitado, hace mucho que no compartimos juntos – su voz se apaga gradualmente y Haymitch sabe la razón. No han compartido todos juntos en plan de "amigos" desde la última vez que almorzaron con Finnick antes de que viajara con el Escuadrón 451 para el Capitolio.
Ese recuerdo le hizo pensar nuevamente que lo que venía a hacer era lo correcto. No podía marcharse a su hogar sin antes decirle dos palabras importantes a aquella mujer, misma con la que había compartido más de 8 años y había abandonado a su suerte esa noche en el Capitolio.
Un "lo siento" era justo y necesario.
- De acuerdo – responde en un susurro y le sonríe a la chica para confirmarle su intención.
La pelinegra le da un beso en la mejilla y el pequeño Finn se despide con la mano antes de desaparecer con su madre escaleras arriba.
Ahora, a Effie y a Haymitch solo los separa un mesón de cocina y miles de palabras sin decir.
Pasan un par de minutos, los dos en silencio y estudiando el panorama con cautela. La capitolina no deja de moverse hábilmente por la cocina mientras guarda todo en su lugar, mientras que la mirada gris de Haymitch la sigue como si de una presa se tratase. Al final, es Effie quien decide romper con ese incómodo silencio dando un golpe fuerte con su puño a la encimera de la cocina. Haymitch se sorprende un poco y se acerca al mesón para estar más cerca de ella. La mujer al sentir su proximidad, se pone erguida y da un respiro profundo y lento, antes de tomar valor y emitir palabra, pero manteniéndose de espaldas a su compañero. Todavía no se atreve a mirarlo a los ojos.
- Terminemos de una vez con esto Haymitch. ¿A qué viniste? – su voz carente de emoción lo toma desprevenido, pero sabe muy bien como tratarla, a pesar del tiempo que llevan sin verse.
- Solo voy de paso. Vine a visitar a unas viejas amigas.
Ni él se cree ese cuento y Effie mucho menos. Sus acciones durante todos estos años lo han llevado a ser un hombre predecible cuando se trata de mentir. Lo hace muy bien, para amargura de ella, pero al mismo tiempo sabe reconocer cuando está ocultando algo que le incomoda, por lo que su respuesta solo genera en ella una risa poco esperada por él, pero que al mismo tiempo reconfortante. Era la misma que solía emitir hace ya un tiempo.
- No me digas – dice ella dándose la vuelta y sin borrar esa sonrisa típica de Effie, esa que no sabes descifrar en momentos como este –. Si no te conociera tan bien, diría que eres todo un encanto al querer entablar relaciones sociales con viejos amigos, e incluso te lo aplaudiría.
Lo mira fijamente a los ojos y poco a poco ve como aquella Effie alegre, chillona y excéntrica se va alejando poco a poco hasta mostrar a una completamente distinta: más sombría, triste… vacía.
Apoya sus manos en su extremo del mesón y repite con voz más severa y seca.
- ¿Qué haces aquí?
A Haymitch no le queda otra que hacer lo mismo y acercarse a ella, pero una vez que él se afinca del borde del mesón y queda a centímetros de distancia de ella; la mujer parpadea fugazmente por la sorpresa e incomodidad de tenerlo tan próximo, acción que le hizo sonreír internamente al ver que esta nueva Effie era solo una fachada para ocultar la verdadera.
- Cierto – se apoya esta vez con sus codos para aproximarse más –, vine a verte a ti - responde lentamente, pronunciando cada una de las sílabas sin dejar de mirarla a los ojos –. Y no me veas de esa forma preciosa, yo sé que en el fondo querías verme.
Él lo sabía, estaba claro que ella quería reclamarle tantas cosas por lo sucedido durante la guerra, pero también por lo que ocasionó su desaparición del Capitolio. Él sabía que ella estaba dolida por como se efectuó su reencuentro, se había arrepentido tantas veces por no haber acudido a ella a pedirle perdón personalmente y salvar a su conciencia. Pero ahora que la tiene frente a él, sin ningún ápice de maquillaje, sin pelucas estrambóticas y trajes de payaso; no sabía como comenzar y temía, muy en el fondo, salir de ahí sin la respuesta deseada.
Effie solo suspiró y bajo la cabeza, rendida y con pesar de no poder mantener esa fachada que se había creado para enfrentarse a él una vez que lo viera. Se había preparado mentalmente para este momento desde que lo vio por última vez en el Capitolio. Todos estos años había construido esta personalidad nueva para cubrirse de los daños y del dolor, pero ahora, que había llegado ese momento para el cual se había alistado y del que deseaba en el fondo que sucediera; su mente no jugaba a su favor y las palabras no salían como las había entrenado.
Al verse acorralada, ya nada podía hacer.
Una lágrima rebelde se disparó por su mejilla y con rabia la alejó de su curso. Estaba molesta, desilusionada con ella misma y agotada… muy agotada.
- Pensé que nunca me encontrarías – dice ella sin levantar la cabeza –. Había jurado que no volvería a saber de ti – aprieta sus puños –. Me equivoqué.
- Vaya que sí – responde Haymitch resoplando con gracia –. A ti solo se te ocurre huir al distrito menos indicado para esconderte de mí o de cualquier otro que decida buscarte. Me sorprende que no hayas pensado con detalle que aquí viven dos personas que conozco y que mantienen contacto con dos de nosotros. Ya sabes a quienes me refiero.
Por supuesto que sí. Annie mantiene contacto con Peeta y con Katniss a través de cartas y una que otra llamada por teléfono. Los chicos han encontrado en ella el consuelo de no tener a su amigo Finnick con vida, pero la esperanza de que la vida puede seguir su curso y tener buenos regalos. El hijo de Annie es el recordatorio de que la vida puede ser buena, y el pequeño se ha convertido en la excusa permanente para que los chicos del 12 sigan en contacto con Annie, y ahora con Johanna, quien se ha colado una que otra vez en las llamadas y ha escrito un par de cartas a su amiga descerebrada.
Pero la incógnita está en el por qué ninguna de ellas les han mencionado de la presencia de Effie en el distrito 4. ¿Por qué Annie o Johanna, no han revelado el paradero de la ex escolta? ¿Será que se los hizo prometer? ¿Por qué Effie huye de los vencedores del 12? La última vez que Katniss mencionó a Effie en una conversación fue hace más de dos años, cuando la chica dijo en la cena que Effie los había llamado en la mañana para saber como estaban y fue ella misma quien colgó la llamada después de unos minutos de conversación.
En pocas palabras, solo había una respuesta para ello: Effie no quería tener contacto alguno con Haymitch o con alguien cercano a él. Quería olvidarlo.
Esta conclusión le hizo incorporarse de nuevo y estudiar mejor lo que venía a decir. Si de verdad ella no estaba interesada en mantener contacto alguno con su persona, entonces no tenía nada que hacer allí. Maldijo mentalmente por lo que pudo haber llegado a pensar sobre esto. Se bofeteó internamente al pensar que reencontrarse con Effie iba a ser más sencillo. Sin duda, había cometido un gran error, pero tampoco debía lamentarse, él tenía que seguir con su objetivo.
De esta manera se armó de valor y sin meditarlo más, escupió esas palabras que tanto se habían quedado atoradas en su garganta.
- Lo siento.
Solo eso bastó para hacer que Effie se quedara de piedra, sin moverse y sin respirar por unos segundos.
- Lo siento – volvió a repetir, esta vez atreviéndose a rodear el mesón para acercarse más a ella y mirarla de frente.
Effie no supo que decir, había esperado este momento desde el primer instante en que lo vio ese día en el juicio. Había deseado escucharlo de su boca para sentirse en paz y continuar su curso, pero la diferencia es que no lo sentía así. Para su sorpresa, ya no sentía rabia, dolor, tristeza, ni siquiera alegría. Estaba carente de toda emoción, pero sí consciente de que su mente le gritaba a todo pulmón ¡Por fin!
Haymitch, aun perplejo por la falta de respuesta por parte de ella y por la mirada ausente que le mostraba, no tuvo más remedio que morderse el labio y rascarse la cabeza como quien tratase de arrepentirse de haber dicho algo imprudente e incómodo ¿Ahora qué hago? No entiendo nada dijo para sí mismo.
- Yo… - al escuchar su voz, el ex mentor clavó su mirada gris sobre ella. Estaba frustrado por como transcurrieron los hechos. No era para nada parecido a lo que había imagino. Incluso, llegó a pensar que sería peor. Sinceramente no entendía nada – no sé qué decir - ¡Maldición! ¿Qué clase de respuesta es esa?
- Wow… yo… ¿Qué? – estaba perplejo – Preciosa, creo que esta es la disculpa más extraña que se ha presenciado en todo Panem – se atrevió a bromar ante la incomodidad del momento, pero en el fondo no se permitía reír por lo ocurrente de todo.
- Desde que te conozco, nuestra relación no ha sido totalmente cuerda y razonable – espetó ella con el tan típico acento capitolino que él tantas veces le molestó y le generaba gracia, pero que esta vez sonada placentero, por muy raro que parezca –. Pero de lo que sí es cierto, es que nunca llegué a comprenderte, hasta ahora.
Haymitch borró todo ápice de sonrisa y carraspeo para aclararse la garganta. Esta vez fue ella quien sonrió de medio lado, pero sin despegar la vista de sus manos que movía con inquietud.
- Todo este tiempo te había culpado de lo que pasó. Te odiaba por haberme dejado y maldecía el día en que te conocí – detuvo el baile de sus manos y se centró en una uña de su mano derecha –. Pero ahora… ahora pienso que solo me estaba engañando a mí misma. Me cargaba de un resentimiento que… al final solo me dejaba más agotada y abatida – se atrevió a alzar la mirada y se encontró con dos orbes grises bien abiertos y confundidos –. No me había detenido a reconocer que ya te había perdonado y que solo necesitaba convencerme de que no podía estar enojada contigo siempre; no después de todo lo que has hecho por los chicos y todo lo que has sacrificado durante tu vida de mentor y vencedor. Todo lo que arriesgaste para mantenerme alejada de los planes y salvar mi vida, porque de haber tenido conocimiento alguno sobre todo, estoy segura que ahora no estaría aquí, frente a ti.
Effie ahora es quien se acerca a él y con manos temblorosas, toma las de él, sintiendo el tacto frío y rasposo de sus manos, pero en cierta forma le reconfortaba.
- Haymitch – dijo en voz baja, casi inaudible –. Te perdono.
Y todo peso se esfumó.
El hombre, perplejo ante el giro de los acontecimientos, solo le dio tiempo para recomponerse, parpadear un par de veces y admirar como esos dos hermosos ojos azules le miraban expectantes y brillantes. Se mordía la lengua para volver a la realidad, porque esto seguro era un sueño; pero la calidez de sus manos y los suave que eran, le hizo darse cuenta que todo era cierto, Effie le había perdonado. Ella no lo odiaba.
Pero fue entonces cuando un clic se escuchó en su cabeza y de inmediato le hizo fruncir su ceño. ¿Todo este tiempo atormentándose para nada? ¿Pero qué demonios?
Su semblante no pasó desapercibido para ella y sin más apretó con fuerza el agarre. Sabía cuando Haymitch iba a mencionar algo que reconocía y que había estudiado. Lo conocía muy bien.
- ¿Desde cuándo piensas así? – increpó sin miramientos. Quería la verdad.
- Desde que me quedé sola en el Capitolio y salí de mi antigua burbuja de aislamiento – se mordió el labio para reprimir una sonrisa –. Me faltaba solo un poco para caer en la realidad. La guerra cambia el sentido de todo. Sé que pensarás que soy una superficial que solo se dedica a la moda y…
- No – le interrumpe –, no lo pienso así – esta vez es él quien afianza el agarre, entrelazando sus dedos –. La escolta del distrito más menospreciado del país tenía que ser diferente, debía resaltar ante los demás para darse a conocer – ríe cuando ella frunce su ceño –. Y de qué manera sorprendiste – esta vez los dos no aguantan más y ríen por lo absurdo de su conversación.
Pasar de no saber como mirarse y pedirse perdón, hasta bromear en como Effie llamaba la atención para hacerse notar y como Haymitch disfrutaba de todo ello; sin duda, no habría podido salir mejor si él lo anotaba y lo estudiaba.
Effie, ante su comentario, hizo un esfuerzo para no reírse de sí misma y con mucha elegancia, arrogancia y voz severa, le dijo la palabra que tanto lo hacían sacar de sus casillas.
- ¡Modales! – chilló con su marcado acento capitolino y celebró al ver los ojos en blanco del hombre.
Poco después las bromas se fueron disipando y ahora los dos solo se quedaron viendo fijamente al otro, sin hablar siquiera. Quien los mirara de lejos diría que estaban comunicándose a través del pensamiento, y ciertamente Effie desearía que así fuera, pero no podía, tenía que decirlo en voz alta.
- Te perdono Haymitch.
Y solo eso bastó.
A los pocos segundos, los labios del ex mentor se situaron sobre los de ella. Un impulso casi natural, solo se dejó llevar por lo que había deseado hacer desde que la vio entrar en la habitación.
Effie correspondió el gesto y pronto se vio rodeada por los brazos de él a la altura de su cintura, mientras que ella pasaba sus brazos alrededor de la nuca de Haymitch para acercarlo más ella. El beso poco a poco fue perdiendo fuerzas, pero no se arrepintieron por ello. Una sonrisa se iba incrementando en cada uno al darse cuenta de lo que sucedía. Al final, ellos dos sabían que esto tarde o temprano iba a pasar… ¿O no?
- Me gustas más sobrio – le habló ella a escasos centímetros su boca, pero rápidamente fue callada por él. Aunque sentía como una carcajada poco a poco quería salir a flote.
- Y tú me gustas más sin todo ese disfraz del Capitolio – dijo entre beso y beso, sin despegarse de su agarre, aunque sintió una palmada en su hombro de parte de ella.
- ¿Estamos a mano? – preguntó Effie una vez terminado el beso, pero recargando su frente con la él.
- Estamos a mano – sonrió Haymitch no sin antes depositar otro beso en los labios de la capitolina.
Sin embargo, esta vez serían interrumpidos por unas blasfemias muy conocidas, teniendo en cuenta la emisora de las mismas.
- ¿Pero qué diablos..? ¡Por Dios! ¿Pueden buscarse un cuarto aunque sea?
El grito de Johanna solo les hace reír por conseguir nuevamente molestar a la vencedora. Por lo que sin pensarlo y al unísono, los dos le gritan en respuesta volteando hacia ella.
- ¡MODALES!
Desde ese momento, Haymitch y Effie volvieron a ser un equipo.
Y esto es todo. Una pequeña historia de lo que pudo haber sucedido con estos dos luego de los sucesos de Sinsajo.
Espero que les haya gustado. Si me animo puedo seguir escribiendo sobre ellos... Veremos.
Saludos, Mary.
