Mientras tanto, en el mundo de los vivos, las cosas no eran lo que se dice las mejores…

-¡Perséfone, hija mía!, ¿dónde estás? ¡Por favor regresa conmigo!-gritaba una y otra vez la diosa de los campos, al notar que su hija no volvía a pesar de la avanzada hora. Cuando comprendió que sus gritos no surtían efecto alguno, decidió buscar ayuda. Primero recurrió a Helios, el dios sol, a quien nadie podía esconder nada.

-Sí, la he visto.-contestó el dios solar.-Hades la raptó, y la llevó a su reino de sombras para que sea su reina.

Al oír esto, la angustia de Deméter se convirtió en furia. Subió veloz como el rayo al Olimpo y exigió a Zeus que ordenara a Hades devolver a la niña. Cuando este se negó, diciendo que no quería problemas con el dios de la muerte, el enojo de la devastada madre llegó a su punto máximo. Hizo caer las hojas de los árboles, secó la hierba, marchitó las flores y prohibió a la tierra dar frutos. En consecuencia, hombres y animales comenzaron a pasar hambre. El mundo se parecía cada vez más a un desierto. Cosa curiosa, mientras más triste estaba ella en la superficie, más feliz estaba Perséfone en el mundo de los muertos. Todas las mañanas Hades la despertaba con una frase amable, iban a pasear, charlaban y reían. Empezaba a sentir algo muy especial por el dios que la acompañaba, y mientas más intenso era ese sentimiento, más vago era el desagradable recuerdo del rapto. Por eso sintió una desilusión considerable cuando Hermes, el mensajero de los dioses, entró en los dominios infernales para traer un mensaje de Zeus, en el que exigía que la joven volviera a la superficie.

-¡No quiero volver!-decía la doncella entre sollozos a Hades.-Quiero quedarme aquí, contigo.

Él no cabía en sí de gozo al oír estas palabras. Finalmente contestó:

-Así será.

-¿Cómo?

Hades se encaminó a un granado que crecía cerca de la laguna Estigia y cogió una de las frutas.

-Si de verdad me amas, come seis semillas de este fruto. Así permaneceremos juntos seis meses del año.

Ella miró al dios por el que había sentido tantas cosas en los últimos meses, y solo había decisión en sus ojos y amor en su corazón. Tomó el fruto entre sus manos y comió seis granos. De una cosa estaba segura: nada los separaría ahora.