Capítulo 3: "La Estrella de la Tarde y la Dama Blanca de Rohan".

Disclaimer:

¿Es necesario que indique lo obvio? ¿Es necesario decir que El Señor de los Anillos no es de mi autoría? ¿Es necesario romperme el corazón para decir que el Legendarium al cual pertenece esa espléndida saga tampoco es de mi autoría?

Pues, hasta donde yo sé, no me llamo JRR Tolkien… tan sólo digo y prueba de eso es que soy mujer…

Capítulo dedicado a EloraP, quien ha comentado el capítulo anterior de este desvarío. Me disculpo con ella y con todos los pocos entes que leen esto por la tardanza de veintinueve días en actualizar. Bueno, entramos en tierra derecha… A partir del próximo capítulo, los capis serán más largos, no lo duden.

Había pasado aproximadamente una semana desde la reunión en el salón del trono cuando la puerta de la alcoba real fue golpeada con suavidad. Arwen se levantó de la banqueta en que estaba sentada con aire señorial, preguntándose quién podía ser a esas horas de la tarde en las que todo el mundo en el palacio dormía.

Si a eso se sumaba el detalle de que habían golpeado la puerta… ¿quién podía ser? Caminó el trecho hasta la puerta. Las únicas personas que entraban en ese cuarto se hubiesen colado sin ceremonias hace ya harto rato. Abrió y una sonrisa de sorpresa decoró su rostro níveo.

-¡Éowyn! ¡Pasa!-dijo, haciéndose a un lado y permitiendo que su amiga ingresara en la habitación.

Del otro lado del dintel aún, Éowyn esbozó una triste mueca que pretendía asemejarse a una sonrisa. Su mirada melancólica le acompañó en el acto. Bajó la mirada y la cabeza. Era su mirada de cuando entendía que no quedaba otra opción que la más aciaga de todas. Levantó la cabeza y con aire digno de la dama guerrera que era ingresó en la habitación.

De inmediato Arwen captó que algo andaba mal con su amiga. La conocía demasiado bien como para no notarlo y aún alguien que no hubiese hablado jamás con la Dama de Rohan podía notar el hálito de tensión que la rodeaba.

La miró de arriba abajo por sobre el hombro mientras cerraba la puerta. Llevaba su cota de malla y sobre ella una armadura de hierro que relucía a la luz de la tarde. Llevaba calzados unos pantalones negros y botas altas. Por sobre el tahalí rojo sangre se alcanzaba a ver la empuñadura de la espada del difunto rey Théoden de Rohan.

Tanta confianza tenía con Arwen que llegó y se sentó en la banqueta arrinconándose del lado derecho. Apretó las piernas, dejándolas muy derechas y juntas. Dejó reposando entrelazadas con fuerza y nerviosismo ambas manos sobre la rodilla. Muy derecha posicionó la mirada en la ventana. El cielo se veía precioso y si se acercaba al balcón la vista al valle era increíble, lo sería si al final no estuviesen ni Mordor ni el volcán. Miró fijamente, bloqueando todo lo externo a su espacio personal.

Arwen comenzó a caminar el trecho que le separaba de Éowyn y una triste sonrisa de compasión se perfiló en su rostro. Para Éowyn debía de ser muy difícil pasar por todo eso: primero el fragor de una batalla, la guerra, ver morir tanta gente de formas tan escabrosas, luego perder la guerra y, cuando intentaba ser una mujer normal, sus intentos por ser madre fracasaban.

Sin lugar a dudas, la salud mental de la Dama Blanca de Rohan estaba perdiéndose. Varias habían sido las veces en que sin darse cuenta comenzaba a relatar su traumática experiencia en Pelennor, en las que manifestaba sus deseos de hacerse de nuevo a la guerra y librar la batalla por la Tierra Media, en las que participaba de guardias y ayudaba a los soldados, en las que acompañaba a Faramir con los Exploradores de Ithilien y llegaba contando cómo había rebanado orcos.

Sin embargo, verla con su cota de malla, en pose de que marcharía a la guerra y sin ninguna partida de soldados transmitiendo en la misma frecuencia, era ya algo nuevo. Y un mal indicio…

Probablemente en su imaginación ella creería que marcharían realmente sobre la Puerta Negra de Mordor como tanto había soñado. Definitivamente, sus experiencias bélicas no le habían hecho nada bien.

Se sentó al lado de ella. Si realmente estaba perdiéndose, ya no quedaba más que regalarle todo el cariño y apoyo que se podía. La abrazó brevemente y se separó de ella.

Éowyn continuaba mirando perdidamente la ventana o algún punto por detrás de ésta. Casi no reaccionó al tacto de la Estrella de la Tarde.

-¿Le creíste a Gandalf?-preguntó con voz llorosa y suave, sin salir aún de su mutismo.

Honestamente Arwen no se había tragado para nada la última parte, plan incluido. Había algo ahí que no la convencía para nada. Pero tenía que aparentar que era todo perfecto para Éowyn. De lo contrario, probablemente, a su amiga quizá qué cosa se le ocurriría.

-Tenía sentido lo que dijo-comentó.

Era evidente que Éowyn no se había creído nada de esas cinco palabras. Saliendo por primera vez de su mutismo miró con expresión resuelta a Arwen y su mirada se posó en los ojos de su contraparte.

-Es sí o es no. ¿Le creíste?-preguntó Éowyn de nueva cuenta mirándole fijamente a los ojos.

En ese instante Arwen comprendió que a su amiga no le podía mentir.

-No-fue la escueta respuesta.

Éowyn respiró profundo y se dispuso a preguntar algo aún más controversial.

-¿Creíste lo que dijo Aragorn?-preguntó.

Arwen se envaró al oír la pregunta. Eso no era ni controversial ni nada: era ofensivo. Sin embargo, como todos los Eldar, supo contar hasta diez y anteponer la razón ante todo. Era lógico que Éowyn se refería solamente a la teoría que había promovido Aragorn en relación a la criatura Foruldum. En lo personal, ella había preferido hacer borrón y cuenta nueva y no tratar el tema con su esposo, sin embargo al parecer eso iba a ser imposible.

-No-contestó Arwen tras deliberar internamente.

La postura de la Dama Blanca se volvió más tiesa y la mirada de la mencionada mujer regresó con expresión contrita a la ventana. Suspiró y se quedó mirando.

Sólo entonces Arwen captó a qué se debía la visita de Éowyn. Primero, llegaba como si fuese a marchar a una dura misión, si es que no a la guerra. Luego, le preguntaba si había creído la teoría promovida por Gandalf y Aragorn, evidenciando a las claras que no se la había tragado ni con vaselina. Luego se quedaba pegada mirando soñadoramente hacia el árido territorio de Mordor.

Lo que Éowyn hacía ahí era intentar ganar una adepta para ir a buscar a la criatura Foruldum para dar un final alternativo por así llamarle a la situación, ya que no había creído ni la teoría ni la resolución planteada una semana atrás.

No era tonta. Sabía que Arwen estaba pensando lo mismo que ella, o algo parecido. Y sabía también, que por muy valiente y decidida que fuese no podía marchar sobre Esgaroth y luego Mordor ella sola. Necesitaba que alguien la acompañase en la misión que se había auto impuesto y que ese alguien no fuese precisamente una carga más, sino una persona capaz de valerse por sí misma y de confianza.

Tan concentrada en sus cavilaciones estaba que no había notado que la Dama Blanca de Rohan había despegado la mirada de la ventana y le había dirigido una sonrisa, feliz de que hubiese comenzado a procesar todas las señales que le había dado.

-¿Dónde está Eldarion?-preguntó Éowyn con una suave sonrisa, como si nada hubiese sucedido ahí. Sonrisa que confundió un poquito a Arwen.

Arwen tardó en procesar y por ende en responder.

-Está merendando, creo-contestó, sorprendiéndose de lo despistada que podía llegar a ser.

-Entonces es el momento perfecto para que hablemos esto-indicó Éowyn, ya sin sorprenderse de la conducta de su amiga.

Arwen suspiró hondo. No se calificaba a sí misma como una persona pesimista, siempre tomaba el camino tortuoso mirando la luz al final de la senda, pero ¿por qué siempre las decisiones difíciles le tocaban a ella?

-Piensas marchar sobre Esgaroth para buscar a Foruldum y considero que es lo correcto: no podemos arriesgar a que Mordor se haga con el Anillo de nuevo ni arriesgar a una nueva guerra tampoco. Pero considero también que si piensas llevar a cabo este plan necesitarás compañía. Me uno a ti-contestó la Estrella de la Tarde con una sonrisa.

-Hay que actuar con celeridad si pretendemos no ser vistas-contestó Éowyn feliz de no tener que viajar sola.

-¿Cómo? ¿Iremos solas?-preguntó Arwen considerando la idea un tanto descabellada-. ¿Qué hay de Samwise Gamgee? ¿De los Cazadores de Ithilien?

-Sam le ha tomado pavor a la sombra, se cree incapaz de luchar contra ella pese a tener claras sus ideas. Y los Cazadores de Ithilien han creído todo lo que Gandalf y Aragorn han dicho, no hay esperanza en conseguir apoyo de ellos-dijo la firme Dama Guerrera de Rohan.

-Entonces que así sea-dijo Arwen haciéndose la idea de que por enésima vez había escogido el camino más tortuoso sin barajar todas las opciones.

Ambas no pudieron sino abrazarse una vez más.

Aragorn lanzó a Andúril lo más lejos que pudo y cerró la puerta de un portazo. La espada, con vaina y todo, fue a dar a un sillón dentro del despacho. De veras que venía furioso, muy furioso. Los inútiles de sus consejeros no eran capaces de dignarse a hacer un juicio decente y juzgaban ante todo si el acusado les caía bien o mal; o si tenía título nobiliario o no.

Eran incapaces de aplicar una ley. Y como en todas las audiencias y juicios había tenido que intervenir a favor del enjuiciado (que si no lo hacía sepa Eru en qué condiciones estaría el pobre tipo ahora) y, dicho sea de paso, se había tenido que mamar un buen alegato con sus nobles.

Estaba considerando fríamente renovar los cargos en los asientos de su Consejo, ya estaba harto de pelucas empolvadas cubriendo cabezas intransigentes.

Se tiró cuan largo era sobre el sofá que enfrentaba a aquel donde había ido a caer el arma. Se apoyó las manos sobre la nuca, entrecruzó los pies y respiró hondo.

En momentos como esos deseaba no haber recibido la Espada Quebrada y haber podido seguir cazando orcos más allá de las fronteras de Gondor. ¡Ah, cómo extrañaba sus épocas de montaraz! Y cómo deseaba hacer que volviesen.

Se puso de pie con aire perezoso y fue hasta su gabinete a buscar su pipa y un buen poco de hierba de la Cuaderna del Este (cortesía de Merry y Pippin como era de esperarse). Hubiese descargado un nuevo puñetazo contra la mesa si alguien no hubiese golpeado la puerta.

Con la ira todavía carcomiéndolo por no tener hierba caminó hacia la puerta y la abrió con brusquedad. Del otro lado del dintel aparecieron Legolas y Boromir. Tomó nota mental de abofetearse a sí mismo cuando tuviese tiempo: había invitado a todos los miembros de la Compañía (incluso algunos aliados que no habían pertenecido a ésta) y no les había dedicado ni un solo momento además de la reunión de la semana anterior. ¡Decidido! Sus nobles podían comprarse pasajes para ir a pasar unas vacaciones a Mordor y él no se enojaría por ello.

-Mae govannen-dijo Legolas.

-Aiya-sonrió Aragorn, pensando para sus adentros que un buen puñado de amigos era suficiente para pasar el mal rato-. Pasen, pasen-exclamó haciéndose a un lado y pensando que sus malos modales no cambiaban en lo absoluto.

Boromir y Legolas no se hicieron de rogar e ingresaron en la estancia.

-Y bien, ¿qué les trae por aquí?-preguntó sentándose frente a frente a sus invitados.

-Venimos de parte de Merry, pero él no lo sabe-le lanzó Legolas.

La confusión se pintó en el rostro de Aragorn. ¿Cómo podían venir de parte de Merry sin que éste lo supiese? Para venir de parte de alguien, esa persona tendría que habérselo pedido y es más, Merry era la clase de persona que no se iba con rodeos y hablaba directamente. Se limitó a no contestar.

-Quién diría que esto sucedería algún día… Meriadoc se nos casa-prosiguió Boromir.

No pasó ni fracción de segundos y Aragorn largó una feroz carcajada bastante poco decorosa para provenir de un rey. La risa fue tal que cayó acostado en el sofá apretándose el vientre que le dolía de tanto reír.

-¡¿Merry se casa?!-preguntó en medio de su carcajada ante sus perplejos amigos, que ya se esperaban una reacción de esas, pero no tan escandalosa.

-Es una broma, tiene que ser una broma-dijo en un respiro que duró menos que estornudo de gato para volver a carcajearse.

Legolas y Boromir se miraron como diciendo que ya estaba bueno de tanta risa, que esta vez Aragorn se había ido al extremo. Boromir carraspeó un poco para llamar la atención del ex montaraz.

-Dime que no habías notado que vino con una Hobbit hasta acá-dijo con el mejor de sus sarcasmos.

Eso sólo fue combustible para una nueva carcajada.

-No me digas, Boromir, que esa es la pobre desafortunada-dijo sin poder parar de reír.

-Aragorn, Merry es nuestro amigo, no tendrías que reírte así de él. Y si te refieres a que esa es la Hobbit con la que se casa, pues ella es-dijo Legolas esperando que Aragorn se serenara de una buena vez.

En ese momento golpearon la puerta y a Aragorn no le quedó más remedio que calmarse en tiempo récord para ir a abrir. Del otro lado del dintel apareció un paje que tras presentarse muy respetuosamente ante el Rey, le entregó un cerro de papeles que venían de parte de los nobles.

-¿Te puedo pedir un favor?-preguntó amablemente el montaraz.

Era, dicho sea de paso, el rey más querido en toda la Historia de Gondor, era uno de los pocos que no se hacía obedecer a base de arrogancia.

-Usted dirá, Su Majestad-contestó el paje.

-Dile a todos esos nobles engreídos que pueden irse a Mordor con todo mi consentimiento-fue la respuesta para pasmo del sirviente-, que por esta noche nos vamos de celebración: Meriadoc Brandigamo se casa. Ordena que en lugar de cena se dé un banquete…-dijo sin poder terminar la oración.

-No esperábamos menos de ti-dijo Legolas palmeándole el hombro y con una sonrisa pícara.

-Supongo que Merry querrá anunciar el compromiso-sugirió Aragorn.

-Esa era toda su intención-fue la respuesta del elfo.

-Ya sabes con qué fin va el banquete-dijo el rey sonriendo a todo lo que los labios le daban-. Ahora, corre como el viento que nos queda sólo unas horas-ordenó.

-Sí, Su Majestad-dijo el paje haciendo una reverencia y dudando entre decir lo de que se podían ir a Mordor o no los nobles.

Aragorn cerró la puerta tras de sí y miró el montón de papeles. Acto seguido los tiró lejos.

-¿No piensas cumplir con tus obligaciones para con Gondor?-preguntó Boromir.

Era gondoriano y como tal le preocupaba qué tan en serio se tomaba Aragorn su trabajo.

-¿Ustedes vinieron por una fiesta de compromiso para Merry o a ayudarme a ordenar todo este papeleo?-preguntó Aragorn enseñándoles todos los documentos con una expresión que indicaba que si seguían hablando iban a pasarse todos esos días ayudando a reformar leyes, firmar documentos, poner en orden el papeleo de Gondor, etc.

Así lo captaron ambos e inclusive Boromir se tragó su orgullo para guardar total silencio.

-Hagan algo útil y acompáñenme a correr la voz-les pidió el rey.

Legolas enarcó la ceja en una expresión que indicaba que estaba imaginándose a Aragorn haciendo cosas de sirvientes. Aún así le siguió junto a Boromir.

-¡Ah! Y ni una palabra de esto a Merry y a su prometida-dijo Aragorn volteándose hacia ellos antes de cerrar la puerta tras de sí.

Arwen estaba platicando con Éowyn cuando golpearon la puerta. Fue a abrir y el paje, tras presentarse, le dio aviso del banquete que daría esa noche. El sirviente se retiró y ambas damas terminaron de deliberar, conscientes de que no les quedaba mucho tiempo para dar por concluido el tema.

No pasaron dos segundos desde que Éowyn se hubo retirado cuando entró la Dama de Compañía corriendo como el viento. Arwen le indicó que ya sabía del banquete que se daría esa noche y cuando la doncella intentó ayudarla a arreglarse le dijo lo siguiente:

-Pierde cuidado, Fin. Ve y arréglate para esta noche, yo puedo sola-.

Convencida por la dulce sonrisa de su Reina, a la jovencita no le quedó más que asentir.

-Como queda tan poco tiempo, si ves a Aragorn, dile que yo ya he ingresado al baño de la otra suite-indicó.

La jovencita, entusiasmada con la idea de arreglarse y poder participar esa noche del banquete, se retiró de la habitación, dejando sola a Arwen.

En medio del camino que la guiaba a sus aposentos se topó con el rey. Tras hacer una respetuosa reverencia, le dijo lo encargado por la Dama Arwen.

Tras eso, Aragorn guió sus pasos hasta la suite principal, preocupado porque quedaba poco tiempo. Iba de camino, cuando otra vez se encontró con Boromir y Legolas, quienes le pidieron que les acompañase a discutir unos platillos con el cocinero.

Resultado final, media hora antes del comienzo del banquete iba corriendo escaleras arriba para cambiarse de ropa y adecentarse en tiempo record.

Cuando entró en la recámara supuso que Arwen ya estaría lista y por eso se hizo la idea de que no la vería hasta el banquete.

Con la idea de lucir bien para su Dama y para su amigo que celebraba un acontecimiento no menor, se arregló y pronto Arwen Undómiel salió de su cabeza.

Cuando estuvo listo abrió la puerta y se lanzó escaleras abajo.

Apenas la doncella se hubo ido, Arwen ingresó en el baño de la segunda suite. Se soltó el cabello negro y espeso, el cual se dejó caer en caída libre primero hasta los hombros, luego por la espalda, hasta frenar a la altura de los codos.

Se miró profundamente en el espejo. Miró las ropas que llevaba y las que iba a ponerse. En su interior deseó profundamente ir al banquete.

Se quitó lentamente el vestido rojo sangre y todas las vestiduras hasta quedar completamente desnuda.

Volvió a mirarse al espejo. Con aire decidido caminó hasta la tina de madera y se sumergió en el agua tibia hasta la barbilla. Era una elfa y los elfos no sienten los cambios del clima, pero esa exquisita tibieza la relajó a más no poder.

Su relajación se vio concluida cuando sintió los pasos de las pesadas botas de Aragorn por toda la habitación y la puerta del otro baño cerrarse.

Salió del agua, se secó el cabello y el cuerpo se vistió. Volvió a mirarse al espejo y esperó.

Los gondorianos que asistieron al banquete en honor al compromiso de Merry Brandigamo lo recuerdan como uno de los mejores en toda la historia de Gondor o al menos así lo califican.

A pedido de Legolas y la Dama Éowyn, quien acudió a ayudar con los preparativos una vez que hubo salido del cuarto de Arwen y se encontró en el pasillo con el elfo, se puso los largos mesones a los cuatro costados del salón de baile y al medio se dejó espacio para quienes quisieran bailar. Aunque al centro, propiamente tal, había una tarima en la que se ubicó la orquesta.

El festejo, a pedido de los recién mencionados, comenzó con el baile a eso de las nueve de la noche. Eso daba holgura para que los pobres cocineros pudiesen preparar algo decente en tiempo record.

Las gentes no le hicieron ascos al cambio del programa tradicional (que comenzaba con comida y concluía con baile) y se dirigieron prestas a bailar. Los primeros en cansarse se dirigieron a las sillas que estaban al interior de los mesones y comenzaron a comer algunos exquisitos platillos, trozos de quesos y pasteles mientras degustaban los mejores vinos y miruvores de Imladris (un regalo de Elrond para Estel).

Aragorn y Faramir bajaron juntos y se toparon en el camino a Boromir y Legolas, quienes estaban felices de estar listos a tiempo. Nadie notó la ausencia de dos personas muy importantes: todos estaban pendientes de ver cómo Meriadoc y su novia Estela bailaban felices al centro de la pista.

Desde el cuarto de baño Arwen sintió los primeros acordes de la orquesta de Minas Tirith y la algarabía total allá abajo. Hacía tan sólo unos minutos que Aragorn se había ido. Se miró nerviosa al espejo. Si alguien le hubiese preguntado en ese preciso momento qué estaba haciendo, no hubiese sabido qué responderle.

Sintió que golpeaban la puerta del baño.

-Arwen, soy yo-sonó la voz de Éowyn.

Arwen abrió un poco más tranquila. Apenas puso los pies afuera miró confundida a su amiga y sin más se tiró a sus brazos a llorar como una niña.

Éowyn correspondió el abrazo y acarició la cabeza de Arwen. Muy a su pesar los ojos se le pusieron llorosos y terminó llorando al igual que la Estrella de la Tarde.

Llegó la medianoche y con ella la parte más esperada por todos los asistentes al banquete: la cena.

Aragorn y Faramir se miraron confundidos. Ninguno de los dos había tenido la dicha de bailar con su esposa. En un comienzo los nobles habían estado ahí para aburrirlos por una hora con sus charlas de Estado. Luego los amigos y la cerveza que corrió sin parar.

Probablemente Éowyn y Arwen estarían con otras damas o incluso con otros amigos de ellos que ni les habían visto la punta de la nariz.

El mayordomo dio aviso de que la cena estaba servida y todos fueron a sentarse. Sin embargo corrió el tiempo y la Reina no llegaba. Se habrá retrasado en el tocador, pensó Aragorn. La gente comenzaba a impacientarse: sin ella no se podía comenzar el banquete.

Algunos comentaron que la Dama de Rohan tampoco estaba, aunque por supuesto que Faramir lo había notado y comenzaba a preocuparse.

Aragorn pidió a unos de sus sirvientes que fuesen a buscar a la elfa aunque tuviesen que dar vuelta todo el palacio y Faramir se unió al pedido, encargando que si veían a Éowyn le avisaran que la cena estaba servida.

Los caballeros así lo hicieron. En el intertanto, Pippin tuvo la idea de continuar con el cóctel, idea a la cual varios se unieron y así consiguieron matar un poco el rato.

-Su Majestad, la Reina Arwen y la Dama Éowyn no aparecen por ninguna parte del palacio-le dijo a Aragorn un sirviente, casi causando que se atragantase con el trago de miruvor que tenía en la boca.

Faramir que estaba cerca miró asustado al sirviente. Éowyn no era muy querida que digamos por el enemigo: había acabado con el Rey Brujo. De inmediato pensó en un secuestro.

-¡¿Cómo que no aparecen?!-preguntó y Aragorn no pudo estar más de acuerdo con la pregunta.

El sirviente no sabía qué contestar.

-Envía a toda la Guardia Real a buscarlas. Iré junto a ellos-dijo Aragorn levantándose de la mesa.

La noticia había corrido como reguero de pólvora entre los invitados, quienes además de escandalizados estaban asustados y pasmados.

-Yo también-dijo Faramir levantándose de la mesa.

De más está decir que ese fue el poco feliz término del banquete en honor del compromiso de Merry y Estela, quienes se miraron entre que asustados y desencantados.

Merry conocía bien a Éowyn y la idea de su desaparición no le había sentado nada bien. La mayoría de la Compañía partió en busca de las Damas.

Arwen se detuvo a mitad del camino. Asfaloth, su caballo, retrocedió y ella tuvo que hacer uso de toda su fuerza para retenerlo. Sólo entonces recaló en que había un ruido de cascos detrás de ambas.

Éowyn se volvió atrás para esperarla y acomodar las provisiones que habían escamoteado de la cocina.

-Corre, vienen detrás de nosotras-dijo Arwen un poco asustada y espoleando su caballo hasta llevar la delantera.

Ni lerda ni perezosa, Éowyn la imitó con su corcel y ambas se lanzaron al galope, esperando que los hombres de Gondor no las alcanzaran.