Madge se tomó el silencio de Gale como una respuesta, una afirmativa quiso creer. Continuó el camino de vuelta a su dormitorio, dejando al joven de piel olivácea estático. Se cambió con parsimonia y se metió en la cama, sin embargo no consiguió conciliar el sueño. Cerró los ojos durante lo que le pareció una eternidad, cuando los abrió de nuevo los primeros rayos del sol se colaban por su ventana. Entonces sí se sintió realmente cansada. Remoloneó un poco, hasta el punto que Effie entró para sacarla de la cama.

— ¡Venga, dormilona!—dijo con un torrente de energía que parecía imposible.—¡Hoy va a ser un día muy, muy, muy importante!

Sintió como le tiraba del brazo, la conducía a la ducha casi a empujones y por un momento creyó que se metería con ella, para asegurarse de que se aseaba correctamente. No lo hizo. Cuando salió del baño Effie ya no estaba, pero se había encargado de sacarle la ropa que debía ponerse. No se molestó en buscarse nada más, tan solo añadió al conjunto el pequeño broche del sinsajo.

«Aquí estoy, tía Maysilee», pensó para sí, «siguiendo tus pasos…».

En cuanto llegó al vagón comedor vio como Effie salía en su dirección para ofrecerle el desayuno. Le dedicó una sonrisa amable, aunque parecía molesta. Madge vio a Haymitch sentado en la mesa con Gale, ambos se reían en un burdo intento de disimulo. Sin mayor explicación supo que su mentor había encontrado la forma de sacar de quicio a la acompañante, y por supuesto, a Gale le parecía igual de gracioso.

—Siéntate con nosotros, florecilla—le dijo Haymitch animado.

Los trabajadores del Capitolio a bordo del tren les sirvieron el desayuno en cuanto tomó asiento. Todo lo que había en la mesa parecía suculento, pero su estómago se renegaba a comer nada. No entendía por qué debía de dar energía al resto del cuerpo si tampoco iba a utilizarlo mucho más. Ahora era todo una cuenta atrás para los días que le quedaban de vida. Miró a Gale, él estaba concentrado atiborrándose de todo lo que alcanzaba a coger. Se preguntó si cumpliría su petición. Deseaba que sí. Con Gale se aseguraba una muerte rápida y lo menos dolorosa posible. Si no, tendría que vivir inciertamente, esperando que le llegase la hora. Alguno de los Profesionales podría tomarla con ella, al verla tan frágil, entretenerse con ella antes de matarla definitivamente. Seguro que sería la delicia del Capitolio, la hija del alcalde de uno de los Distritos más pobres siendo vejada públicamente.

Gale le preguntó algo a Haymitch, apenas logró entender qué porque llevaba la boca llena.

—Chocolate caliente—contestó su mentor—por mí no te cortes, chaval.

Vio como Gale se tomó el chocolate caliente de un solo trago, cayó sobre su barbilla y el mantel. De haber estado Effie presente se habría escandalizado. Haymitch se rió, incluso aplaudió su no saber estar.

Tal vez le recordase a él de joven.

Nunca se había molestado en hablar con él, conocer su versión de la historia. Se deshizo de esa idea: ¿acaso importaba ya?

De todas formas, Haymitch tampoco estaba desayunando, solo bebía más y más alcohol. Parecía ser su único sustento. De alguien así dependía la supervivencia de Gale, porque la suya ya poco le podía importar. No era justo, Gale necesitaba alguien que le ayudase de verdad, una persona capacitada para negociar con los patrocinadores, que le diese una seguridad fuera de la Arena. El chico sabía cazar, pero no estaba segura de que supiese matar a personas, gente con raciocinio. Era tan triste que hubiese gente dispuesta a apostar por qué niño mataba a otro. Porque había tributos más mayores, como Gale, pero luego había otros como esa niña del Distrito 11: ¿apostaría alguien por ella?

La gente ardería de rabia por dentro de ver cómo cada año morían chiquillos como…Rue, así recordó que se llamaba. Pero poco podían hacer. Si 13 Distritos no pudieron con el Capitolio, los 12 ahora restantes no iban a mejorar el resultado. Los años de castigo habían diezmado sus capacidades, el hambre había hecho mella más que nunca. Eran como animales enfermos, miles de ellos, contra unos pocos más sanos y fuertes. Tendrían que unirse todos de forma unánime para conseguir algo.

Era tan absurdo.

No quería dedicar a esa clase de ideas sus últimos pensamientos.

—Y digo yo—empezó a decir Gale una vez se sintió satisfecho con su festín—que no vendría mal que nos dieses algún consejo.

Haymitch se rió, como era de esperar.

—Sigue vivo.

Gale frunció el ceño.

—No tiene gracia.

Le arrebató la bebida, echó un trago y la dejó caer al suelo. Con una coordinación sorprendente para lo que debía de haber bebido, Haymitch golpea a Gale. O casi lo hace, ya que el bloquea el puño del mentor con su mano. Madge vio como la apretaba con fuerza, le hacía daño, aunque Haymitch simplemente sonrió.

—Bien, bien—dijo el mentor relajándose otra vez y volviendo a su posición.—Hay un guerrero entre nuestras filas—miró a Madge,—¿qué hay de ti, florecilla?

Ella bajó la vista, avergonzada. Se agarró las manos. Una parte de sí quería mantenerse fuerte frente a Haymitch, no flaquear. No darle la satisfacción de ver a otra Donner ser derrotada. Pero Maysilee luchó, hasta el final. Ella planeaba rendirse nada más empezar. Quizás sí merecía ser juzgada.

—Yo…

—Ella hará lo que pueda—le cortó Gale, ganándose la atención del hombre.—La pregunta es si tú harás lo que te corresponde.

Haymitch le hizo un gesto a Gale, indicando que se levantase, a continuación lo examinó con detenimiento, palpando sus músculos. Luego la miró a ella. Madge no estaba dispuesta a que ese hombre la tocase, no lo hizo, tan solo le dedicó un mohín desilusionado. Volvió a girarse hacia Gale.

—Se te puede sacar partido, guapete y en forma. No será difícil conseguirte patrocinadores después de que te arreglen un poco. Por el contrario la florecilla no tiene músculo, pero el bastante atractiva—Madge vio como la expresión de Gale se tensaba al escuchar al mentor hablar de ella así, pero Haymitch no pudo verle ya que tenía la mirada fija en la chica.—¿Sabes manejar algún arma?

Negó con la cabeza. Repitió la misma operación de miradas con Gale.

—El arco, principalmente—contestó él.—también me desenvuelvo con cuchillos. En la Veta cazaba animales.

—Una actividad muy legal, sí—apuntó con ironía Haymitch. Gale solo se encogió de hombros. —Bien, entonces cumpliré con mi parte. Mientras estemos en el Capitolio comportaos, lo que hagáis luego en la Arena solo os concierne a vosotros.

— ¿Por qué me miras a mí?

Haymitch enarcó una ceja.

—Chico, de los dos creo que eres el que menos suele seguir las reglas. Una mala imagen puede perjudicar a tu supervivencia más de lo que crees.

Madge no quiso continuar esa conversación. Se disculpó con educación y abandonó el vagón: ¿había llegado a comer algo? No lo recordaba con seguridad.

El Capitolio estaba cerca, el tren atravesó un túnel, se quedó todo a oscuras. Se sorprendió cuando notó una mano sobre su hombro. Ahogó un grito de pánico entremezclado con sorpresa. Era Gale.

—Madge…

Ella cerró los ojos e inspiró hondo antes de hablar.

—Espero que no vengas a decirme que no me ayudarás con lo que te pedí. Si vas a decirme eso, mejor no digas nada.

Así lo hizo. No dijo absolutamente nada. Sentía las lágrimas a punto de aflorar. Sin el apoyo de Gale tendría que estar en la Arena, jugarse una vida que sabía que perdería tarde o temprano. Habría deseado que fuese temprano. Se zafó de él y continuó su camino. No quería compasión, quería placidez. El no sufrir más de lo debido. Si ya iba a matar a otros de todas formas: ¿por qué hacer esa excepción tan selectiva con ella?

Pasado lo que le resulta una eternidad, el tren empieza a detenerse. La luz del Capitolio le ciega momentáneamente. No diría qué admira el despliegue de recursos y la arquitectura del lugar. Tan solo observa, capta los detalles del lugar que la reclama para morir. Sus gentes se parecen a Effie, aunque mucho más estrafalarias.

Entraron en la estación y supo que era el principio del fin.

El Centro de Renovación tenía un nombre demasiado agradable para lo que era en realidad. Madge estaba acostumbrada a cuidarse, pero no al nivel del Capitolio. Habían pasado varias horas desde que llegó ahí, no las había contado. Venia, Octavia y Flavius le dejaron sin vello en casi todo el cuerpo. Tan solo las cejas, que se las perfilaron y su cabello. Le alabaron un par de veces por cómo se cuidaba para ser del Distrito 12. Ella respondió amablemente con una leve acidez, tal vez por el escozor de la depilación, que se debía a que en su familia podían permitirse ciertos lujos. Gimoteó un poco según el dolor de las tiras de cera se iba acumulando. Flavius la miró de forma desaprobatoria cuando lo hizo.

Terminaron finalmente.

— ¡Avisemos a Cinna!—exclamó Flavius con el mismo entusiasmo con el que lo haría Effie.

Cuando se marcharon de la sala, Madge abrió su mano fuertemente cerrada. En ella llevaba el broche del sinsajo, se lo había quitado antes de entrar, temiendo perderlo. Un punto rojo en su mano indicaba que tal vez debería de haber relajado un poco su amarre. Se cubrió con la bata. Le había resultado terriblemente incómodo ver como tres desconocidos la desnudaban como si no fuese gran cosa. Entró Cinna entonces, era joven y parecía no encajar en ese ambiente. Demasiado normal, nada estrambótico. Tan solo el delineador de ojos morado.

—Hola, Madge. Soy Cinna, tu estilista—fue un susurro.

La voz no quiso salirle a Madge esta vez, no quería parecer maleducada. Cinna no pareció interpretarlo así. Le hizo un gesto para que se quitase la bata, ella obedeció. Su estilista la examinó por encima sin hacer contacto. En un cruce de miradas él asintió, Madge se puso la bata de nuevo. No había sido tan incómodo como creía.

—¿V-veredicto?—logró decir con timidez.

No sabía qué debía decir, o si debía callar.

Cinna le sonrió con una dulzura que le resultó inverosímil.

—Precioso, te ayudaré a sacarle el partido que se merece.

«¿Para qué?», quiso preguntarle. Pero no lo hizo. En su lugar optó por:

—¿Son tus primeros Juegos?

Asintió con una sonrisa.

—Efectivamente, qué perspicaz. Fue elección propia, además.

Hizo un ademán con la mano para que le siguiese. Caminaron juntos mientras él le decía que su compañera Portia, encargada de Gale, y él habían acordado vestirlos a juego. Cada traje del desfile iba acorde al Distrito del que provenían, de su principal oficio. En el caso del 12 era la minería. Cualquier cosa que hubiesen pensado sería un desastre, no había mucho que rascar ahí.

—Así que, en vez de centrarnos en la minería en sí—continuó Cinna,—vamos a centrarnos en el carbón—aquello no pintaba mal, hubo una vez unos tributos del 12 que salieron desnudos, solo cubiertos por carbón.—Y ¿qué se hace con el carbón? Se quema. No te da miedo el fuego, ¿verdad, Madge?—debió de hacer una mueca de horror, que provocó una sonrisa en su estilista.

Era agradable, pero parecía estar cómo una cabra.

Horas después están listos para salir. Ambos, Gale y ella, llevaban una sencilla malla negra de cuerpo entero que les cubría del cuello a los tobillos, botas brillantes con los cordones hasta las rodillas. A la espalda una capa ondeante a la que Cinna había dicho que haría arder.

—No es fuego de verdad, por supuesto, sólo un fuego sintético que Portia y yo hemos inventado. Estarás completamente a salvo.

Por muy seguras que fuesen las palabras de Cinna, sus piernas preferían discrepar.

— Quiero que el público te reconozca cuando estés en el estadio—dijo de nuevo el estilista— Madge, la chica en llamas.

En llamas. Tenía miedo de que ese sobrenombre se volviese demasiado literal. Morir por combustión no era tan rápido como le gustaría, y parecía doler demasiado. Gale le parecía seguro, como si no le importase arder. Tenía un espíritu tan de vencedor que aturullaba a Madge.

Vio como las parejas de tributos comenzaban a salir con sus carros tirados por caballos. Esa escena siempre le recordaba a una época pasada, muy anterior a todo aquello. Leído de pasada en libros casi carcomidos por los años. Donde relataban la historia de Roma, sus dimes y diretes. Sus guerras. Su gloria. La bilis le subía por la garganta. No ayudó nada cuando fue su turno y Cinna hizo arder sus capas. Estuvo a punto de gritar, pero tenía la sensación de que si abría la boca vomitaría. No estaba en llamas, no a un nivel mortal. Eso le aliviaba malamente.

— Recuerda, la cabeza alta. Sonríe. ¡Te van a adorar!—fueron las últimas palabras de Cinna, o casi—¡cogeos de la mano!

Esa última orden les pilló por sorpresa a ambos. Se miraron con precaución, era una situación demasiado violenta. Fue Gale quién finalmente la tomó de la mano, con determinación. Quiso saber qué loca idea de pasaba por su cabeza, no eran amigos. Nunca se habían acercado lo suficiente como para planteárselo. Últimamente no hacía más que portarse como lo haría un amigo: ¿últimamente? No había pasado tanto tiempo, tan solo muchas cosas.

Comenzaron a avanzar una vez les presentaron. El público se quedó sin aliento al verlos. Al igual que Madge. Se vio a sí misma, y a Gale, en uno de los televisores. Lucían fieros y atractivos, pese al nerviosismo de la chica que no dejaba de temblar. El bamboleo del carro y las llamas lo disimulaban bien.

—Tranquilízate—susurró Gale,—solo vamos al matadero.

Ave Caesar—le respondió ella cuando vio al Presidente Snow—morituri te salutant.