Tema: #03 — Espía


Capítulo III.

"Espía"

En el decurso de la semana siguiente, los jugadores de tercer año se despidieron del equipo de baloncesto; era hora de dedicarse completamente a su futuro universitario. Debido a esto, se perderían varios partidos oficiales de la Copa de Invierno, pero habían prometido ir a ver al equipo jugar.

Semana en la que también Kobayashi fue nombrado el nuevo capitán de Seirin.

En su primer día como tal, aunque por dentro estuviera hecho un mar de nervios e inseguro como el que más, supo mantener en apariencia una expresión calmada según hablaba a sus compañeros de equipo acerca del nuevo rumbo que tomaría el club de baloncesto.

Una parte de él se preguntaba qué pasaría con Kagami Taiga aun asumiendo que no regresaría al club como tampoco volvería a jugar al baloncesto. Asimismo, sabía que Kagami no había intercambiado palabra alguna con Kuroko después del encontronazo con el entrenador durante uno de los últimos entrenamientos, así como su consecuente partida. Kobayashi siempre había admirado la relación que tenían ambos jugadores y le preocupaba lo que podría vaticinarle el futuro al ex ala-pívot.

No pudiendo guardar esta angustia en su interior por mucho más tiempo, se la contó a Kuroko, quien le respondió con una suave palmada en el hombro:

—No hay motivos por los que preocuparse, Kobayashi-kun —le había dicho—. Todo va a estar bien.

—Kuroko-san… —se detuvo, clavando sus ojos en el suelo. Segundos más tarde irguió la cabeza para cerciorarse de que Kuroko aún seguía a su lado y que, efectivamente, permanecía allí, aunque esta vez dejando entrever una sonrisa amable que lo invitó a tranquilizarse—. Cierto… Sí. Nos vemos en la Copa de Invierno.

—Nos vemos, Kobayashi-kun —le respondió Kuroko antes de irse. Kobayashi no pudo evitar pensar en lo mucho que lo iba a extrañar. En definidas cuentas, Kuroko siempre había sido capaz de animar a los miembros del equipo cuando se sentían mal o devolverles su espíritu de lucha cuando creían que todo estaba perdido. Kuroko Tetsuya, aun sin ser el capitán del equipo, en las ocasiones más difíciles asumía el papel y parecía serlo. Ahora era el turno de Kobayashi de reunir todas las características propias de un capitán; no sabía qué tal le iba a ir, pero iba a dar todo de sí para que saliese lo mejor posible.

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A diferencia de la mayoría de los estudiantes de tercer año, Kagami no había entregado su "renuncia oficial". Había asumido que ya no formaba parte del equipo de baloncesto desde que el entrenador le había dicho que podía irse. Sentencia que había confirmado nada más ver a Furihata dejando todas sus pertenencias que guardaba en el casillero del vestuario, dispuestas sobre el asiento que ocupaba en clase.

Marchó solo hacia su apartamento; cargaba con las dos bolsas que contenían sus cosas. Se sentía más perdido que nunca. Ya no tenía al baloncesto, ni al equipo, tampoco tenía sueños o planes para el futuro: Kagami siempre se había sentido bien fluyendo con la corriente, lo que llegara siempre lo iba a tomar con la energía y pasión propias de él; sin embargo, ahora no sentía ninguna de las dos cosas, solo quería acostarse, quedarse dormido y despertar a la mañana siguiente siendo el enérgico y competitivo jugador de baloncesto que había sido en el pasado.

Al acostarse, como era de esperar, no sucedió el más mínimo indicio. No sentía cansancio o somnolencia, ni siquiera contaba con ganas de quedarse allí acostado por más tiempo pero, al mismo tiempo, desestimaba cualquier intento por moverse. Nunca antes se había visto en una encrucijada que contase con dos situaciones tan contradictorias. Dio varias vueltas en la cama, leyó una revista que había dejado tirada por ahí, incluso, estudió un poco de Literatura. Sus apuntes eran bastante enredados y escritos en una caligrafía que ni siquiera reconocía como propia. Descifrarlos le tomó buena parte de la noche, de manera que, para cuando había acabado, eran casi medianoche: había pasado casi cuatro horas descifrando sus propios jeroglíficos. Aun así, no pudo dormir y tampoco encontró la voluntad para levantarse de la cama.

Esa noche se vaticinaba bastante larga.

Kagami se obligó a sí mismo a salir de su habitación —casi a rastras— cuando escuchó a alguien golpeando contra la puerta. Abrió con desgano y se encontró frente a frente con la persona que menos quería ver en ese momento, y acompañada del animal que tampoco quería ver en ese momento.

—Por favor…, que esto sea una pesadilla —gruñó Kagami.

—No, soy real. Bastante real —inquirió Aomine Daiki tras el umbral de la puerta. Soltó la correa del perro que llevaba y sonrió cuando este entró al apartamento ignorando a Kagami—. ¡Adelante, Nigou, estás en tu casa! Y… yo también. —Empujó a Kagami y se hizo paso en el interior del apartamento. A continuación, encontró un lugar en el sofá donde sentarse y ponerse cómodo. Nigou se acurrucó a su lado, satisfecho.

En la puerta, Kagami se las arregló para articular una sola palabra:

—¿Qué?

—¿De qué hablas? —contestó Aomine y enseguida le hizo señas con la mano para que se moviera de allí—. Ven, siéntate. Estás en tu casa —agregó y esperó mientras Kagami obedecía a regañadientes—. Tal vez te preguntes qué hago acá…

—Exacto. Me pregunto por qué traes a ese bicho contigo y entras en mi casa como si fuera la tuya. ¡Ah! Y también me pregunto cómo diablos has hecho para entrar en el edificio. —Kagami se puso de pie, parándose ante Aomine y señalando a Nigou. En respuesta, el cachorro gimió como si protestase—. Además, ¿me puedes decir qué persona en su sano juicio se le ocurre molestar a otra a estas horas?

—Demasiadas preguntas. Vamos, siéntate. —Con una mueca, Aomine indicó el asiento que Kagami acababa de desocupar—. ¡Ah! Pero antes ofrécele algo a tu invitado, Kagami-kun. ¿Adónde han ido a parar tus modales?

—¿Pero qué pasa contigo? —le espetó Kagami, después de volver a sentarse—. Sírvete si quieres. Ya sabes, el único que puede servirte eres tú mismo… o algo así. —Kagami atrapó un cojín que le lanzaba el aludido, devolviéndolo de nuevo para adoptar después una expresión seria—. Y bien, ¿vas a decirme por qué has venido?

—¿Para visitarte? —Aomine acarició distraídamente al cachorro. Kagami, en cambio, gruñó por enésima vez—. A ver…, cómo te lo digo… En pocas palabras, estaba paseando a Nigou.

—¿Y Kuroko?

—Ocupado.

—¿Y por qué tú?

—¿Y por qué no?

—Podría habérmelo dicho a mí…—Kagami soltó la última palabra en un susurro, recordando que probablemente lo último que quería Kuroko era hablar con él—. Olvídalo.

—Hay algo más.

—Algo más... —repitió Kagami—. Siempre hay algo más.

Aomine se acomodó mejor en el sofá y, después de un largo suspiro, empezó a hablar. Por primera vez en su vida, Kagami no sintió ganas de protestar, ni de interrumpirlo.

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Aquella brillante metáfora que se le había ocurrido respecto a Kagami era precisamente eso: brillante, tan brillante que llegaba a deslumbrar y aturdir. Pensándolo detenidamente, tratar de cambiar el rumbo de las cosas iba a ser complicado. Kuroko era perseverante, pero no era estúpido, y tras haber escrito casi tres páginas en su cuaderno de los posibles recursos de acción todos le parecían imposibles: podía golpearlo, pero probablemente terminase malherido; podía también sacudirlo hasta que reaccionara, pero esa era la cosa más infantil que se le había ocurrido en el día; también tenía la opción de hablar con él, aunque no sabía por dónde empezar; incluso, le rondaba la idea de hacer algo similar a lo que había hecho antes con Aomine, pero no se le ocurría nada más allá de eso, probablemente un juego con la Generación de los Milagros, lo cual sería posible si más de la mitad de ellos no se encontrase haciendo planes para estudiar en una universidad fuera de Japón y no estuviesen demasiado ocupados como para un juego; podría también ignorarlo y continuar con su vida, pero, muy a su pesar, Kuroko no se sentía capaz de hacerlo.

Después estuvo pensando en Seirin, en cada uno de los miembros que componía el equipo. No sabía exactamente con quién de ellos podía hablar del asunto. Eventualmente, había decidido dejarlo a la suerte y escoger un nombre al azar entre una lista que había escrito. Cerró los ojos, y dejó caer su lápiz sobre una de las hojas llenas de nombres. Tardó casi un minuto en volver a abrirlos, para cuando lo hizo, la punta roja señalaba el nombre de Momoi. Kuroko supuso que ella podía ser una buena opción, así que decidió que la llamaría al día siguiente; a aquellas alturas de la noche probablemente estaría durmiendo.

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—No he conseguido hablar por teléfono con ninguno.

—Tal vez es porque están dormidos.

—Es imposible que anden durmiendo a estas horas. ¡Es mediodía!

—Entonces estarán almorzando.

—¿Y...?

—Bueno, Riko, ya sabes cómo son. A veces no escuchan el teléfono... o algo así.

—Te digo que aquí hay algo raro. —La muchacha se cruzó de brazos y se sentó en el sofá, justo a la derecha de su compañero—. ¿Qué estás viendo?

—Una película de terror.

—Hyuuga-kun, es mediodía.

—¿Y...? —Hyuuga señaló a su izquierda y Riko suspiró, dando a entender que comprendía el mensaje.

Ella cruzó los brazos, observando atentamente el televisor, aunque no le prestaba atención al contenido de la película.

—Riko…, si te sigues estresando de esa forma te van a salir arrugas —dijo una masculina voz situada a la izquierda de un Hyuuga que enviaba al poseedor de dicha voz una mirada de advertencia; no obstante, parecía que lo que dicho no había llegado a oídos de la chica—. ¿Riko?

—Te he escuchado perfectamente, Teppei —contestó ella, en un tono tan frío que hizo que Kiyoshi retrocediera un poco, estremeciéndose—. ¡Ah, ya sé! —exclamó enseguida, con un tono más amigable.

Los dos varones brincaron del sofá, sorprendidos.

—¿Qué? —preguntaron ellos al unísono, pero Riko no respondió al estar enfrascada buscando un número en su teléfono celular. Se lo llevó a la oreja y esperó, haciéndoles señas a los otros dos para que permanecieran en silencio.

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La biblioteca de Shūtoku era amplia, cómoda y tenía un olor agradable. Pero nada de eso era lo suficientemente en comparación al hecho de que allí Takao no podía hablar. Podía ponerse de pie y sentarse cuantas veces quisiera, hojear cualquier cantidad de libros, sentarse en otra silla o hacer dibujos en su cuaderno, pero no podía hablar. Y eso era lo mejor que había pasado en la vida de Midorima Shintarō. Aunque, a veces, tenía que admitir que la biblioteca se tornaba aburrida y extrañaba escuchar las aventuras que le contaba Takao, era algo que lo distraía un poco y le hacía poner más empeño en su idea de ir a estudiar a otro país.

Para poner fin a otro receso de estadía en la biblioteca, Midorima cerró su libro con fuerza y lo puso en su lugar correspondiente. Se dirigió a la salida sin decir nada y Takao lo siguió.

—Estás más callado de lo usual, Shin-chan.

—No veo que eso sea un problema.

—Claro que lo es, porque estás preocupado por Kuroko-kun y Kagami-kun.

—No, no lo estoy.

—Sí, lo estás. Quieres saber qué está pasando en Seirin y por qué es Kuroko-kun quien tiene que lidiar con todo otra vez, como ocurrió con Teikō—. Takao se encogió de hombros, como si lo que acababa de decir fuese lo más obvio. Midorima quedó tan sorprendido que no supo qué decir por un amplio espacio de segundos.

—¿Cómo lo haces?

—¿Qué cosa? —contestó Takao, haciendo uso de un tono inocente. Midorima murmuró algo ininteligible y siguió caminando, ignorando a Takao—. Shin-chan, tu teléfono está sonando. Shin-chan..., tu teléfono. Shin-chan… ¡Shin-chan!

—¡¿Qué?! —El aludido se volteó de pronto, por inercia, y Takao se detuvo parando en seco—. ¡¿Qué quieres, Takao?!

—Como decía, Shin-chan, tu teléfono está sonando. Puedo contestar yo, si quieres. —Sin esperar respuesta, Takao metió su mano en el bolsillo izquierdo del pantalón de su compañero, lugar donde siempre guardaba su teléfono.

—¡Takao...! —protestó Midorima sin poder continuar su frase. Takao ya había contestado la llamada.

—Buenos días, este es el número de Midorima Shintarō. Habla su asistente Takao Kazunari, ¿en qué puedo ayudarle? —contestó, en su mejor imitación de la típica asistente de oficina, incluso la voz femenina y el movimiento de la cabeza como si estuviera echando su cabello hacia atrás—. ¡Ah!, son ustedes… Sí, sí… —dijo, adoptando una expresión seria, carraspeó y luego continuó—. Sí, claro, ¿qué es?

Midorima esperó mientras estudiaba las diferentes expresiones en el rostro de Takao, usualmente su compañero… No, su sirviente; era fácil de comprender, al menos después de haberlo conocido por tres años. El joven frunció el ceño y acomodó sus gafas, en tanto que el otro asentía y decía algo en voz baja, hasta que, finalmente, se dirigió a él:

—Espera… —dijo, alejando le teléfono de su oído y tapando la bocina para dirigirse a Midorima—. Shin-chan…, es la entrenadora de Seirin.

—El entrenador de Seirin es un hombre…

—No, no. Antes de él… Riko-san.

—Ah…, ¿y qué quiere?

—Habló con el entrenador el otro día y con el nuevo capitán del equipo. Dice que "estaban extrañamente normales", y que les preguntó luego por Kagami-kun, ya sabes, acerca del partido de la otra vez, y le dijeron que había estado ocupado estudiando y…

—Ellos saben que es mentira porque Kagami Taiga a duras penas puede leer una revista, así que mucho menos un libro.

—Bueno, sí que sabe leer revistas… Pero si tu punto es que Kagami-kun no abandonaría un partido por algo como estudiar, estás en lo cierto. Lo conoces bien, Shin-chan, hasta me dan celos.

—Cállate. Ahora bien, ¿qué tenemos que ver nosotros en este asunto?

—Kiyoshi-kun dice que podemos vigilarlo o algo así.

—¿Acaso somos sus niñeras?

—No como niñeras, sino como cuando vas a ver los partidos de otro equipo... Más o menos así.

—Imposible. Kagami ya se retiró del equipo y…

—Lo que quiere decir, es averiguar, ya sabes, usar contactos y eso, como espías. Dicen que nosotros podemos hacerlo porque…, bueno, dijeron que éramos los únicos con los que habían podido contactar y los que podían decir que sí.

—Takao… —Midorima no sabía por dónde empezar. Todo eso era una muy mala idea. ¿Qué clase de misión idiota era esa?; ¿por qué no lo hacían ellos?

—¡Ah! También dijeron que tú conocías a Kuroko-kun muy bien.

—Aomine…

—Bueno, ya sabes cómo es Aomine-kun, así que… ¡Espera!; el punto no es Kuroko-kun, el punto es Seirin. Ellos quieren que digamos a los jugadores exactamente qué pasó. Y recuerda que tenemos un par de partidos de práctica con ellos.

—Ah, es cierto.

—Podemos aprovechar ese tiempo… Sí, sí, definitivamente. —Takao se llevó el teléfono a su oreja de nuevo y empezó a hablar, parecía emocionado.

Midorima tenía que admitir que sentía cierta curiosidad, quería saber exactamente qué había sucedido con Kagami, y no había un mejor método que aprovechar los partidos que tenían contra Seirin aquellas dos semanas antes de iniciarse las vacaciones de invierno.

Midorima hubo emprendido la marcha cuando Takao colgó y le entregó el teléfono; lo escuchó parlotear sobre "La Misión", tal y como la había llamado, y cómo descubrirían el asunto. Midorima a duras penas prestaba atención, más bien, procuraba no demostrar cuán sorprendido se sentía al ver la emoción con la que le hablaba Takao, la cantidad de planes que hacía y lo meticuloso que era al describir los pasos de "La Misión". Incluso, cuando decía "La Misión", lo hacía con vehemencia y respeto, como si fuera un nombre muy importante. Midorima no sabía qué resultado iba a tener "La Misión", pero sí sabía, al ver la amplia sonrisa de Takao, que todo esto era para él como una de esas misiones en las películas de James Bond.

—Tú puedes ser una chica Bond, si quieres, Shin-chan.

—En serio, ¿cómo lo haces?

—¿Qué cosa?

Como respuesta, Takao obtuvo un golpe en la cabeza del libro más grueso que llevaba Midorima a mano.


Notas: ¡Yay! Reviews, favs, follows. Gracias :)

Eh... La respuesta más importante no tuvo mucha presencia en este capítulo... Aparentemente, todo el protagonismo se lo robaron Takao y Tsunderima, en fin, ya casi llego allá. ¡Ah! Y si todo sigue al mismo ritmo que ahora, puedo decir que ya casi llegamos al final.

Próximo capítulo: ¿Respuestas? Y una luz brilla al final del túnel.