XVII.

Se le quedó mirando por unos segundos antes de responder. Glenn confió en su tono de voz. Había sonado casual, amigable. Curioso pero no demasiado, más calmado de lo que se sentía, en definitiva. Eso era lo que importaba.

—Es un paisaje estupendo —le dijo como respuesta casi sin aliento, mientras golpeaba con el hacha una rama especialmente gruesa. Lo imaginaba. No pudo evitar sonreír con satisfacción.

Cuando la rama cayó y Merle siguió caminando, Glenn prácticamente tuvo que correr detrás de él, con la sábana aprisionada entre sus manos, que se hacía cada vez más pesada a medida que iba metiendo allí las ramas que el mayor de los hermanos Dixon dejaba caer al suelo.

—¿Tú y Daryl se llevan bien? —soltó. Su segundo intento de conversación no sonó tan casual como el anterior, pero confiaba en que sirviera de todas formas.

Cagándose en sus expectativas, Merle paró en seco y lo miró a los ojos con ascendencia. Instintivamente bajó la mirada y tropezó con una piedra mal ubicada en el medio del camino, la súbita pérdida de equilibrio lo hizo chocar contra él de la misma forma en la que había tropezado con Daryl, minutos atrás. La única diferencia fue que Merle no lo ayudó a levantarse ni a recoger sus cosas del suelo. Sólo se le quedó mirando mientras Glenn deseaba desaparecer de la faz de la Tierra. Eso lo hizo pensar dos veces. Quizás se había metido demasiado dentro de sus asuntos personales. Equilibró todo otra vez entre sus brazos y suspiró. Al menos no se estaba burlando. Eso era algo para considerar.

—Bueno... ¿siempre eres así de curioso? —preguntó como respuesta, mientras colocaba dentro de la "bolsa" otra rama que acababa de cortar.

—Un poco —respondió mirando el suelo. Se sentía cohibido y la mirada penetrante de Merle no hacía nada para aliviarlo. Pasaron unos segundos en los que Glenn deseó caer al suelo y morir, mientras Merle volvía a su tarea y avanzaba más adentro del bosque, hacia unos árboles altísimos. Lo siguió, procurando no dejar atrás ningún trozo de madera. Cuando estuvo detrás de él de nuevo, la conversación siguió.

—Daryl y yo tenemos una relación especial —anunció Merle sin mirarlo. Era evidente que no se había perdido ni un segundo del recorrido de sus pasos. Glenn sintió que Merle había hecho una pausa a propósito, cuando lo vio apoyar una mano en un tronco, tomar aire y exhalar pesadamente. Como si fuera su forma de incluir puntos suspensivos en una conversación. Lo que seguía debía de ser al menos mínimamente interesante, así que abrió su corazón para recibir con propiedad aquella información tan preciada. —Nos turnamos en esto de ser… el hermano menor y… el hermano mayor… ¿comprendes? —preguntó alcanzándole una rama especialmente grande. —Ninguno ha madurado lo suficiente como para… comportarse como el mayor y… ninguno es tan infantil como para… ser considerado el menor. —Su respiración era entrecortada, haciendo notar los años que llevaba sobre su espalda. Glenn parpadeó un par de veces mientras lo observaba trabajar. No sabía por qué estaba compartiendo con él algo como aquello. Supuso que Daryl no era precisamente una persona con la que se pudiera hablar y Merle parecía ser el tipo de persona a la que le gusta la actividad constante y los ruidos fuertes. No lo figuraba como un gran conversador, pero sí como una persona ruidosa y a la que le gusta exhibirse y compartir con los demás, sea una pelea de bar o una conversación recogiendo leña. —¿De dónde sacan agua? —preguntó de repente, al pie de un árbol casi carente de hojas. Intensificó su labor. Gotas de sudor comenzaban a aparecer en su frente y pedazos de ramas caían al suelo como si estuviera lloviendo madera. Suspiró. Estaba comenzando a sentir la humedad del ambiente. Se abanicó el pecho con la camiseta y se secó la parte posterior del cuello. El horario seguro de exposición al sol seguramente estaba terminando.

—¿Agua? —Merle gruñó sin dejar de cortar. —De un pequeño lago que está… a unos kilómetros —explicó haciendo el mejor esfuerzo para no quedar atrapado en una montaña de leña. Merle parecía estar profundamente inspirado. Las ramas no cesaban de caer y él no tenía suficientes manos para abarcarlas todas.

Un minuto después, cuando Merle terminó con aquel árbol, dejó caer el hacha en el suelo, se secó el sudor de la frente y los costados de la cara y se sentó en un tronco caído, con las manos a cada lado del cuerpo, refregándolas en sus vaqueros, observándolo fijamente.

XVIII.

—¿Te molesta si fumo? —preguntó con voz ronca.

—No —respondió Glenn con una voz que no parecía la suya. Merle le indicó que dejara la sábana a un lado y se sentara. Luego buscó algo en sus bolsillos mientras maldecía por lo bajo.

—¡Maldición! —exclamó elevando la voz. —Dejé los cigarrillos en la tienda —dijo mirándolo como si aquello hubiera sido culpa suya.

—Qué lástima —murmuró Glenn dejando a un lado la sábana.

Merle lo miró con una ceja levantada y él se sonrojó levemente, no sabía realmente por qué había respondido eso. ¿Instinto? ¿Estupidez? Quién podía saberlo. Él y su enorme boca, siempre causando problemas.

Eligió aferrarse a la seguridad del silencio. Al menos hasta que Merle recuperara el aliento y él, algo de dignidad. Se sentó a su lado, apoyó las manos en las rodillas y dejó caer el cuerpo hacia adelante. Luego deslizó las manos por los antebrazos hasta dejarlas quietas sobre los codos. Sin perder ese agarre, presionó con el cuerpo un poco más hacia abajo hasta quedar en una posición cómoda, con la espalda totalmente extendida y la vista fija en el suelo.

—Me agradas —confesó Merle con una media sonrisa. Glenn levantó la vista del suelo un poco. —Bueno... en realidad no —aclaró después. —Pero... no eres tan desagradable como imaginaba. Qué lástima —dijo casi en un susurro, mientras le propinaba un golpe bastante fuerte en el hombro.

XIX.

No supo si sentirse alagado o no, pero una parte de él le decía que tener a alguien como Merle de su lado no era mala idea. Era como hacerse amigo del abusivo más bravo del colegio. Pura estrategia. Sobrevivir. ¿Acaso no era eso a lo que la gente se dedicaba últimamente?

Sin embargo, ahora que estaban llegando a tener un cierto grado de confianza, o compañerismo, si se quiere, a Glenn se le vino a la cabeza algo que se imaginaba diciéndole desde la primera vez que lo vio.

—¿Puedo decirte algo? —preguntó alejándose un poco, moviendo el culo hasta el otro extremo del tronco. Merle lo miró extrañado, pero lo ignoró. Se sentiría más seguro desde ese punto.

—¿Podrías dejar de hacerme preguntas? —le dijo hastiado. Giró la cabeza y miró alrededor, quizás en busca de algún tipo de amenaza. Glenn observó con recelo a su rival secreto mientras éste juntaba algunas ramas que había desperdigadas alrededor del tronco. —¿Qué ibas a decir? Hace un segundo no parabas de hablar… ¡Por el amor de Dios!

Lo ignoró lo mejor que pudo y continuó.

—Cuando te vi por primera vez... pensé que eras un verdadero idiota.

Su verborragia. Su enorme boca. Algo que nunca en su vida pudo controlar. Debería haber elegido otra palabra, pero era demasiado tarde.

Merle paró en seco y tiró al suelo todas las ramas que estaba acumulando entre los brazos.

—¿Un qué? —inquirió con el tono de voz elevado. Glenn tragó saliva.

—No, no, no —se apresuró a decir, pero era demasiado tarde.

—¿¡Idiota!? —Glenn sintió que toda la sangre se le evaporaba por los poros. Ni un centímetro de su cuerpo permaneció quieto, tembló de la cabeza a los pies mientras veía a Merle acercársele con el hacha en la mano. La empuñó con el ceño fruncido y Glenn cerró los ojos fuertemente. Los abrió luego de unos segundos, para encontrarse con un Merle que sonreía mostrando la totalidad de sus dientes. —¡Sólo estoy jodiendo contigo, pequeño samurai! —dijo riendo tan fuerte que Glenn creyó ver a los caminantes de la ciudad digirir la mirada en dirección a ellos. —¡Te asustas fácil! Anda, termina tu frase. Muero de curiosidad —dijo lacónico, se puso de pie y recogió las ramas para colocarlas en el interior de la sábana. Glenn tragó saliva de nuevo y trató de relajar sus músculos antes de seguir hablando.

—Pensamos que eras un idiota. Pero no estás tan mal como persona. —Estaba más calmado, pero no sabía a quién agradecérselo. Su temple nunca era tan bueno con él.

—¿Tan mal? Bueno, se supone que somos nosotros los que tenemos que portarnos bien con ustedes, ¿o no? Nos han recibido en su campamento con los brazos abiertos, ¿no es cierto?

XX.

Glenn pensó que lo que le decía tenía cierta lógica. Si se comportaban como imbéciles desde el primer día, era muy probable que despertaran malestar general en los sobrevivientes, al menos estaba seguro de que Shane no soportaría aquello. Y nadie quería enfurecer a Shane.

Aún recordaba con claridad el día en que encontró a Lori llorando en el claro del bosque, tenía la alianza de su esposo en una mano y la mirada perdida en el cielo. Shane y él habían estado buscando alrededor alguna fuente de agua cuando la encontraron allí, sola, sentada en la hierba, extrañando. Glenn vio cómo la expresión de Shane cambiaba completamente. Había estado bromeando con él minutos antes y luego su cara se ensombreció de forma abrupta.

—¿Qué pasa, pequeño? —preguntó Merle luego de unos minutos de silencio. —¿Suficiente descanso? Vamos, cuéntame un poco de la tal Andrea. ¿Es lo que se dice... una mujer fácil?

XXI.

Cuando despertó, Merle ya no estaba allí, por lo que Daryl aprovechó el momento a solas para rascarse casi la totalidad del cuerpo. La tarde anterior había estado tan ofuscado que olvidó limpiar el terreno antes de levantar la tienda. Desafortunadamente, no se dio cuenta de aquello hasta después de acostarse, cuando el cuerpo entero comenzó a arderle y una picazón incontrolable le asaltó la piel entera. Se quitó la camiseta con rabia y casi despierta a Merle sólo para poder insultar a alguien. Recordó que el muchacho asiático probablemente seguiría sentado allí, leyendo ese estúpido libro del tal Gatsby. Consideró volver y descargarse con él, pero eso no hubiera sido nada productivo. No habría ganado nada haciéndolo, tal vez ni siquiera un enemigo. Parecía ser un chico sumiso. De esos que no se meten en problemas y besan a su mamá en la mejilla todas las noches. Glenn debía ser definitivamente uno de esos. Glenn. Le llamaba la atención de una forma extraña. Parecía ocultar algo.

A él siempre le gustaron los misterios. Recordaba estar sentado en la falda de su abuelo mientras él le leía a los tres grandes, como él solía llamarlos. Arthur, Poe y… maldición, no recordaba el nombre del tercero. Tras su muerte, ese hábito fue retomado por Merle, que usaba los polvorientos y deshojados libros que Daryl guardaba bajo su cama tal si fueran tesoros, para distraerlo de los gritos de su madre y las amenazas de su padre que buscaban entrar por los huecos de la puerta con el único fin de asustar a ambos hermanos.

También le gustaba la fantasía. Mundos creados por mentes maestras, mentes con exceso de imaginación. Mundos que no eran el de él, mundos completamente diferentes, incluso opuestos, porque la realidad apestaba. Apestaba como la mierda. Sí, porque eso era lo que era. La realidad era una mierda y, probablemente, lo seguía siendo. Quizás, ahora más, incluso…

XXII.

Escuchó que Merle lo llamaba a través de la tela. ¿Qué podría querer ese imbécil? Se deshizo de lo que le quedaba de sábana y se sentó rápidamente. Cuando había recuperado el balance, se encontró con el rostro de su hermano dándole los buenos días a un centímetro de su cara.

—Merle… ¿cómo has dormido? —preguntó con ironía, rascándose la cabeza. Había sudado como un cerdo la noche anterior. Podía sentir la humedad de su cuero cabelludo al rascarse.

—De maravilla, hermanito. ¿Vienes? —preguntó mordiendo lo que quedaba de una barra de chocolate que Daryl, hasta ese momento, había creído mantener a salvo de su apetito sinfín.

Intentó decir algo pero apenas abrió la boca todo dio vueltas a su alrededor. Estaba mareado. Casi no había dormido y se sentía tan hinchado como un globo aerostático en pleno vuelo.

—No me siento bien —murmuró más para sí mismo que para Merle. Se acarició la cara por unos cuantos segundos y luego posó las manos sobre sus ojos. La verdad era que se sentía fatal. No lo había notado hasta ese momento. Probablemente había cambiado de posición demasiado rápido.

—Oh… ¿te va a bajar la regla, Darylina? No te preocupes, el tío Merle te ayudará hoy. Porque… es tu día especial, ¿verdad? —Provocación, de nuevo, y como todas las veces. Parecía ser su lenguaje oficial. Bufó mientras su hermano lo tomaba por la nariz y le presionaba la carne con el pulgar y el dedo índice. —Ya eres toda una señorita —dijo frunciendo el ceño y ejerciendo allí fuerza para que su cabeza se mueva de un lado a otro. Daryl recuperó el aliento cuando abrió la boca para continuar respirando y le pegó con el puño cerrado directo en el antebrazo. Merle gruñó y se hizo para atrás. —Sí, definitivamente estás en tu período, hermanito. Mira qué irritable te has puesto. Ni quieres jugar con tu viejo amigo Merle.

—Púdrete —suspiró metiendo la mano bajo la almohada. Sacó un chicle de menta y comenzó a masticarlo mientras Merle se cambiaba de ropa.

—Iré a ver a la rubia zorra —le dijo con algo parecido a la emoción.

—¿Cuál de todas? —preguntó Daryl volviendo a acostarse, esta vez sobre su lado derecho, para no dejar de mirar a su hermano. La espalda le estaba comenzando a arder de nuevo.

—La más zorra —respondió sonriendo y abrochándose el cinturón.

Daryl suspiró. No podía llegar a entender cómo alguien con tal grado de estupidez había vivido tanto tiempo. ¿Qué había ocurrido con eso de la selección natural? Darwin se estaba retorciendo en su tumba. Sin embargo, sintió curiosidad.

—¿La del sombrero? —preguntó jugando con la sábana entre sus dedos. El maldito chicle estaba comenzando a perder el sabor.

—No, la del… sí, la del sombrero —aclaró Merle atándose los cordones de las botas.

—Su nombre es Andrea —trató de imponerle, pero a su hermano no pareció importarle.

—Te veré después —anunció con una media sonrisa. Abrió el cierre de la tienda y sacó la mitad del cuerpo antes de volver sobre sus pasos. —Lo olvidaba… ¿necesitas que le pida prestado un tampón? ¿Cuál era tu talla? —preguntó fingiendo que intentaba recordar algo de suma importancia. —Creo que no lo recuerdo… ¡oh! ¿No era extra, extra, extra, large?

Daryl suspiró y murmuró un "púdrete" antes de que Merle desapareciera por completo. No estaba seguro de si lo había oído pero ya ni siquiera le importaba. Estaba demasiado ocupado tratando de acumular la fuerza suficiente para salir de allí, desarmar la tienda de campaña y volverla a armar en un sitio seguro, o al menos libre de hiedra venenosa.

Odiaba ser tan alérgico. De pequeño era alérgico a todo. Y todo significaba todo. Desde los pinos hasta las palomitas de maíz. Ni siquiera podía ir a un puto cine.

Sí, su vida había sido pareja en todos los aspectos.

Golpes desde todos los ángulos. Golpes para repartir. Regalar, guardar, atesorar. Si fuera un negocio, él sería el rey de, o sería dueño de el emporio de, o de la boutique de. Boutique. Qué palabra más estúpida.

Suspiró y se acomodó sobre su otro costado. Luego boca arriba, luego boca abajo. No conseguía ninguna forma de alivio.

XXIII.

Había logrado quedarse dormido cuando su hermano volvió luego de un rato a avisarle que iba a ayudar con las tareas del campamento. Aquello lo tomó por sorpresa. Tal vez había descartado su plan original, después de todo. No tenían para nada prevista la presencia de niños en aquel grupo. Merle debió haberse dado cuenta de que él se echaría atrás, por eso se iba a recoger madera. Sólo esperaba que no le hiciera reclamos al volver.

Se vistió y se acomodó el cabello lo mejor que pudo. Se hubiera mirado en un espejo, si Merle no hubiera roto el juego de sombras para los ojos que le había pertenecido a su madre y que Daryl guardaba consigo desde que tenía once años. Todo por no querer gastar una flecha en un idiota que se había colgado de un puente.

Se rascó el pie por última vez antes de ponerse los zapatos, agarró la ropa sucia, jabón y su bolsita de golosinas. Tendría que enterrarla en algún lugar lejos si quería que Merle no le pusiera las manos encima otra vez.

En el camino a la rivera se cruzó de nuevo con el pequeño amigo de su hermano. Llevaba tantas cosas entre sus manos que a Daryl le pareció que perdería el equilibrio en cualquier momento. Y así lo hizo. Aunque el pudo haber tenido algo que ver con todo aquello.

Un "fíjate por dónde vas, maricón" hubiera sido perfecto para la ocasión. Quizás un "¿estás ciego o eres estúpido? Tal vez ambas". Pero no, su mecanismo del habla decidió levantar una huelga de último minuto para reclamar quién sabe qué cosas y lo dejó completamente sin aliento frente a la figura de un joven inocente que probablemente se había roto las nalgas contra la tierra. Dos guturales "tranquilo" fueron lo único que alcanzó a pronunciar. Luego él habló, le preguntó si era Merle. Sonaba asustado y Daryl se alimentó de ese temor para calmar su propia ansiedad. "Casi" le dijo. No mentía. Le apartó la sábana y observó con diversión cuan roja se ponía su cara. Su cuerpo, por suerte, acató alguna orden del cerebro y prosiguió a quitarle de encima el resto de la sábana. Cuando la tuvo entre sus manos, la ató por los extremos y se la devolvió. Glenn no decía nada. ¿Por qué demonios no decía nada? Suspiró y le extendió la mano para ayudarlo a levantarse. Ahí debía haber entrado el "fíjate por dónde vas". La próxima vez...

Luego el momento de mayor incomodidad llegó. Los dos de pie, estudiándose. Ninguno hablaba, ninguno se movía, ninguno respiraba. Era el momento de huir.

"Me tengo que ir" le dijo.

Glenn lo ayudó con sus cosas. Una parte de él quiso agradecer. Por eso se dio media vuelta y abrió la boca para la ocasión, pero la palabra no salió. Quizás la próxima.

XXIV.

Había algunas mujeres lavando ropa cuando llegó. Lo miraron como se mira a una persona que acaba de despertarse en el medio de una misa, cuando el diácono deja de hablar y te mira directamente a los ojos con reprobación, las viejas brujas bufan a tu alrededor y tu hermano niega con la cabeza fingiendo indignación, sólo para molestarte, porque tú sabes que él estaría roncando también si no fuera porque la abuela los obliga a sentarse en primera fila a ver el espectáculo chabacano de la religión.

—Tú eres Daryl, ¿no es cierto?

Levantó la mirada. La pregunta provenía de una mujer afroamericana, cabello corto y facciones extrañas a los ojos de él. Sin embargo, su mirada transmitía sencillez, algún tipo de candidez.

Asintió.

—Mi nombre es Jacqui —se presentó y le extendió la mano para saludarlo.

Quizás se lo hubiera correspondido si no tuviera todas las miradas de aquellas mujeres clavadas sobre sí. Se sentía apuñalado.

—¿Necesitas ayuda? —le preguntó la más joven del grupo.

Murmuró un cortante "no" mientras Jacqui dejaba de ofrecerle la mano y se concentraba de nuevo en la camisa que estaba escurriendo.

—Déjalo, Amy. Probablemente necesita un tiempo a solas. Lo estamos abrumando —dijo y se volvió hacia él. —Hacia allí tienes un lugar donde el agua corre parejo y unas cuantas piedras en donde secar la ropa. También por allí hay unas cuerdas para colgar. Bienvenido —le sonrió y dobló la camisa con habilidad mientras lo miraba en espera de algún agradecimiento.

Daryl tosió e inclinó la cabeza en su dirección. Esas mujeres pedían demasiado. Lavó su ropa y la de Merle en silencio, en lugar que Jacqui le había aconsejado. Enterró debajo de un árbol lo que quedaba de caramelos junto con la bolsita de nailon y volvió hasta su tienda para colgar todo en sus propias cuerdas. Querían que comparta. No sabía por qué pero le hacía gracia aquello. Definitivamente esperaban demasiado de un Dixon.