Suomen Tasalvalta, Republic of Finland.
― Me estas preocupando Berwald, ¿Estás bien?, ¿Es algo muy terrible? ― Me coloqué a su altura para escuchar con claridad lo que tenía que expresarme. Estaba evidentemente ebrio y parecía devastado, sus ojos lucían como si no hubiese dormido en días y su cabello sufrió levemente el efecto de su desesperación. Sus manos fueron tras las mías y por lo pronto, avanzó a través de mis brazos hasta llegar a mis hombros, que fueron totalmente ocultos por sus palmas descubiertas. Me intimidé enseguida, no habituaba a que se acercara así de pronto. Observé atentamente sus ojos y en un instante perdido, sus brazos cubrieron mi dorso completamente. De un momento a otro me encontraba tumbado en aquella cama con Berwald, quien no dudaba en decirme cosas que no entendía en absoluto. Quise apartarle, pero mi gesto gentil de la declaración de mis límites no lo notó ni mucho menos lo respetó. Sus recorridos a través de mí me advirtieron que nada iba bien. Comencé a asustarme cuando pude visualizar entre tantas frases que escapaban de él, una que escuché siglos atrás.
―…Consumiré cada rincón de ti. ― Fue como volver a ser un niño. Sus dedos se aventuraban rápidamente por mi cuello, su fuerza me irritaba la piel. Todos sus demonios se desataban contra mí nuevamente. Me podría matar, si lo deseaba, usurparme también y yo no tenía nada que hacer.
Las cosas cambiaron, no estaba Lukas para socorrerme y de pronto no tenía la capacidad de gritar como aquella vez. No quería sentir su calor ni su aroma, su manzana de adán estaba apegada a mi nariz y me saturaba la paciencia. Me paralicé y mi mente entró en un caos. Sentí sus labios sobre mi frente y tuve miedo que me mordiera. Enterré las uñas en su costado intentado dar una orden más elocuente a mi cuerpo; debía defenderme, pelear.
¿Por qué Berwald no había cambiado en nada durante todos estos siglos?
Los ojos se me habían humedecido. Sentí lástima por él y porque pensé que llegaríamos a ser amigos, incluso así no anhelaría huir lejos de él. Lamenté no dejarlo abandonado en el bosque, lamenté no haberme zafado de él cuando pude hacerlo en la intemperie, lamenté no haber tenido el poder de decisión de Lukas, lamenté no haberme ido con Rusia siglos atrás. Lamento todo lo referente a él.
De pronto sus labios comenzaron a sentenciarme en mi oído un montón de mentiras, una tras otra. ¿Qué era esto?, me estaba culpando, me estaba hundiendo a mí en su maldita miseria, sus obsesiones extrañas. No he hecho más que vivir mis días e intentar entablar con él una maldita amistad. Comencé a sofocarme, mi cuerpo tiritaba ligeramente. No daba crédito a todo lo que mis oídos escuchaban, sus susurros me ahorcaban palabra tras palabra, se colgaban a mi cuello tal como lo hacían sus manos que aplicaban presión. Intenté pedirle piedad, no quería seguir atendiendo ese discurso.
Comenzaba a deleitarse con mis anhelos ocultos. Siempre desee querer a alguien, compartir un silencio y combatir los inviernos juntos. Berwald comenzó su sucio juego, me hacía llorar, me estaba estrellando en mi rostro cada uno de mis anhelos secretos. Era la manera más cruel que tuvo de apagarme la alegría que había alcanzado a vitalizarme durante aquel día. Me encadenó a él siglos atrás con sus desquiciados ataques y ahora nuevamente me desnudaba el alma, me mordía con sus palabras y era una presa para sus hostiles horas.
Ganaré tu juego esta vez, Berwald Oxenstierna.
Mis manos de pronto cobraron la seguridad que necesitaban. Mi rabia se estaba expandiendo, no quiero tus mugrosas palabras, no quiero cumplir tus deseos enfermos; mi rencor te hiere, ¿Eh?, que lástima porque es lo único que obtendrás de mí. No entiendo que buscas conmigo, sólo quieres desquitar tus resentimientos conmigo, torturarme y reírte en mi cara de todos mis estúpidos intentos de que fueses mi amigo. Odio tener que admirarte tanto; sinceramente en estos momentos no llego a comprender qué es lo que tanto me atrae de ti.
Con un movimiento rápido, coloqué la defensa que Lukas me había otorgado. Nunca pensé que ya de grande necesitaría utilizarla.
― Si te sigues acercando te mataré.
No dije más al chocar con sus ojos. Estaba llorando y no parecía querer continuar con nada más. Podría rebanar su cuello, proclamar mi nación como soberana, degollar sus estúpidos reyes y hacerme respetar como siempre debió haber sido. Mi error es creer que siempre hay una esperanza. Sus cristalinos hielos me pidieron piedad, una de sus lágrimas cayó en mi lagrimal y arrastró una de igual a ella a través de mi mejilla.
Mi error es creer que siempre hay una esperanza. No puedo matarlo, por mucho que detestara sus juegos conmigo.
Lentamente continuó el camino de sus labios y quité la presión de la daga, aunque el líquido carmesí escapaba de su cuello, alcanzando mi mano. No pude percatarme de más.
― Te amo.
No por favor. Sus labios.
Probé algo totalmente prohibido. Me congelé al mínimo contacto. Un niño dentro de mí comenzó a llorar y un adulto enmudeció enseguida. No comprendía nada. Sus palabras no las había entendido hasta que me declaró la última sentencia.
Me sentí un idiota, me caí de pronto en mis convicciones y todo el mundo cambió de dimensión. Mi mano no pudo seguir sosteniendo la daga ni mis labios su cordura. Me aparté anonadado. Enseguida me incorporé sin poder dejar de mirar sus ojos. Choqué con la mesita de noche y tiré la vela apagada al suelo. Tuve que detener mi retroceso y me agazapé en el suelo, llevándome las manos al rostro. Manché mis labios con su sangre y mi cabello se tiñó de rojo intenso, tinta sagrada de sus cimientos. Tomé aire y luego intenté moverme. Además de estar ebrio, me estaba perdiendo y necesitaba algo de escape. Tiré el equipaje al suelo buscando algo de alcohol. Empapé mi antigua bufanda en el líquido ardiente y dando traspiés, llegué donde Berwald. Me apoyé a su lado y presioné su cuello sin ninguna certeza de hacerlo bien. Comencé a llorar en silencio y de pronto empecé a sentir lastima por los dos.
Él enfermo y yo condenado.
Miraba sus ojos de vez en cuando y desviaba la vista tan rápido como deseaba nuevamente mirarle. Parecía ido, siquiera me respondía a mis susurros y no hacía señas de dolor. Temí haberlo matado, pero para mi alivio, pestañeaba y arrojaba sus lágrimas al lago de lava. Después de un momento en silencio, intentando detener la hemorragia, su mano escaló hasta mis labios para invadirlos una vez más. Su pulgar los limpió de la sangre que ya saboreaba. Mi mano izquierda aferró sus dedos y aparté sus dedos lentamente de mi rostro. Desvié la vista y tomé aire para poder relajar los músculos de mi espalda, los cuales ya iniciaban sus bramidos dolorosos. Berwald reclamó mis ojos nuevamente, tomando mi barbilla y girándome para quedar frente a frente.
― Fallaste, no he muerto. No te detendré si quieres terminar con esto.― Negué con nerviosismo y evité contactarme con su alma. Subí ambas manos a su brazo y lo aferré con algo de fuerza.
― ¿Qué hiciste Berwald? ― Fue lo único que llegué a soltar con mis palabras algo quebradas. Logré retirar sus dedos de mi mentón ― yo… quiero que descanses. Me dejaste sin palabras, no sé qué decirte, no sé qué pensar. Ahora mismo estoy derrumbado.
Terminé por apoyar mi cabeza en el suave lecho frente a Berwald. ¿Cómo se supone que será el día siguiente?, ¿Cómo se supone que siquiera pudo disfrazar todo aquello en frialdad y distancia? Siempre creí que me odiaba, o que le era inútil para sus deseos, en un último caso, especulé que quería descargar en mí, sus pensamientos enfermos.
Al final si resultó ser sólo un niño protegiendo una flor.
Después de un momento, regresé a ver su herida nuevamente. No era profunda ni muy grande, sin embargo la sangre no dejaba de huir. Tomé la daga y la aparté de mi vista. Vertí más alcohol sobre mi ya inútil bufanda y la acerqué lentamente a su piel. Cure como pude dentro de mi desolación. Berwald me detuvo y nuevamente reclamó mis ojos.
― Te prometeré una cosa Tino. En realidad es una promesa que te hice ya hace mucho. Siempre te protegeré, intentaré que tu seguridad sea garantizada y te ayudaré siempre que lo necesites. Incluso si debo escudarte de mí. ― Guardó silencio y se incorporó hasta poder quedar sentado en el borde de la cama. No me atreví a mirarle y sólo pude clavar la vista en la sangre que yacía sobre la cama.
Me sentía el idiota más grande del mundo. Berwarld siempre lograba que me sintiera así. Había vivido la vida entera creyendo cosas que no eran.
Ahora tenía un hombre a mi lado que reclamó mis brazos y terminó por envolverme. Lentamente me senté en la cama y correspondí su gesto. Mi mente estaba nublada y la cadena al cuello que pesaba como nunca se había vuelto de oro; ¿Cómo iba a negar sus palabras?, ¿Acaso había opción de hacerlo?
Mi miedo no hizo más que incrementarse, pero esta vez temía de mí mismo, por que la culpa llegó a mi corazón desde tierras muy lejanas, se aproximó a él y gota tras gota, comenzó a envenenarlo con el calor de Berwald.
Desperté muy temprano, incluso antes que amaneciera. Giré levemente mi cabeza y sentí como se me agolpó el dolor en mis sienes. Arrugué mi frente y me llevé una mano que estaba extremadamente fría y cubrí mis ojos, mi piel estaba algo seca y luego recordé que toqué un líquido tibio antes de dormir y no lo quité de mi rostro. Berwald y yo nos dormimos sobre la pequeña cama momentos después de habernos abrazado. La mitad de mi cuerpo colgaba por el borde de la cama y la otra mitad estaba a medio cubrir con las mantas. Intenté enfocar en la oscuridad para ver el rostro de mi acompañante, el cual lucía extremadamente cansado. Intenté alzar mi mano derecha para incorporarme, sin embargo Berwald la había entrelazado.
Mi pecho recordó todo de golpe y un suspiro de sobrecarga huyó de mis labios.
¿Qué haré con todo esto que me ha entregado Berwald?
Me siento halagado, pero también convicto. Observar ese rostro entre las sombras de la noche me causaba una punzada cerca del estómago. Con mi mano izquierda acomodé las mantas y lo cubrí sutilmente ya que estaba tiritando. Me quedé contemplando en silencio a medida que mis pensamientos se formaban entre mis bosques mentales para poder informarme correctamente qué puedo hacer. Sus dedos eran suaves, jamás lo había notado. Estaban tibios y me aferraban con determinación. Berwald era un alma cansada de sentir, es lo que llegaba a comprender de todo. Vivir jornada tras jornada en soledad, oculto tras esos ojos congelados era sin duda, algo tortuoso. No terminaba de unir los trozos de esta historia tan extraña; hace menos de un día tenía la noción de que Berwald no era más que un obsesivo y de pronto era un mártir esclavo de mi mera existencia. Cómo hubiese deseado no causar todo esto en él.
Destiné nuevamente mis dedos helados a mi rostro y lo tenté con somnolencia. No comprendía que era lo que capturado su atención en mí. Una mujer es mil veces más atractiva y encantadora. El valor infinito que debió forjar todos estos años para poder convencerse de decirme algo así…
Siempre sentí admiración por Berwald. Encontraba que el temple tallado bajo la nieve le había dado la seguridad de mantener las fortalezas que quisiera. Berwald y Mathias eran mi máxima exposición de respeto. Mathias era fácil de comprender e incluso nos llevábamos bien, sin embargo Berwald siempre se apartaba o no contestaba cuando llamaba por él. Ignoraba mi presencia y nunca dejó que descubriera ninguna veta de sentimientos en él. De pronto me declara una mina entera y su alma al fondo de ella, cavando y cavando para poder huir; me siento en la necesidad de curar su espíritu, de traerle la paz que parece no tener.
Conforme iba ordenando mis ideas, fui blandiendo su mano y agradecí enormemente sus sentimientos. Nunca en mi vida había ocurrido algo así, pocas veces pensaba en buscar a alguien a quien querer y las veces que lo hacía terminaba deprimiéndome por la poca cantidad de mujeres que conocía, tanto humanas como trascendentales. Una vez Lukas me comentó que no tenía que buscar a quién querer, que las cosas sucedían y que tenía que aceptar que algo así es repentino, y uno realmente no elige quien golpea tu corazón, si no que el tiempo jugaba a unirnos sin que nos diésemos cuenta de ello.
Más que nunca me hizo sentido todas sus charlas demasiado profundas para mí.
¿Cómo corresponderé todo esto que se ha entregado a mis pies? ¿Qué dirán nuestros jefes de estado, sus reyes Lukas, Emil y Mathias? Mis dudas eran numerosas y no dudaba en aceptar la realidad y ya.
¿Y mis sentimientos?
No sé nada sobre ellos. No sé en qué estado me encuentro precisamente en estos momentos. Desfilé drásticamente del odio a la culpa. Volteé mi cabeza nuevamente para verle dormir y recorrí sus facciones como si fuese un pecado. Intentar ver a alguien a quien tenía como un líder hostil de otra manera, me avergonzaba. Me detuve en su nariz aguda y descendí a sus labios. Eran finos y sutiles. Todo su rostro parecía el de un príncipe. Tragué dificultosamente y desvíe la vista. No era habitual para mí pensar en nada de esto, ni amor, ni cuestionarme si un hombre puede amar a otro. Era demasiado para mí.
Lukas me dijo alguna vez que los hombres entre si podían amarse, al igual que las mujeres. Tiempo atrás cuando teníamos más libertades, las cosas sucedían así y no era nada mal visto. De pronto Asgard cayó entre mis pensamientos, creencias anteriores que ya había olvidado, los cuentos de Rusia, las hadas de los bosques, las Valkirias que estuve seguro de ver cuando era pequeño, todo fue destrozado y tuve que recolectar los trozos de cristal de tantas historias hermosas y guardarlas como un secreto prohibido.
No sé si el Dios en el cual creo ahora es el mismo que Gobernó en el hermoso Walhalla. No puedo negar que secretamente respeto los bosques y sus espíritus y sé que Lukas es más evidente aún. Entonces cuando cantábamos a la gente del bosque, los hombres y mujeres eran libres de amar a quien correspondiese sus almas.
Lukas es la persona más sabia que conozco. Cómo quisiera pedirle consejo ahora.
No me parece una idea descabellada unir mi alma junto a la de Berwald. Lo que no llego a comprender del todo es por qué tengo que llevar ese peso.
Ya no lo odio. Quizás nunca lo odié. Simplemente el miedo me enceguecía y vivir a su lado siempre me sofocaba más de lo que él creía. Lo observé una última vez dormir y decidí que me levantaría a ordenar el equipaje. Abandoné sus dedos tibios y de pronto sus parpados desnudaron sus cristalinos ojos. Lentamente taladró mi alma con aquellos témpanos. Cada vez que hacía aquello me paralizaba por completo, pero esta vez fue diferente. Su mirada no era de odio, era algo que extirpé de mi mente para siempre. En su alma nevaba intensamente, y él estaba abandonado en medio de esa tormenta. Sus ensoñados gestos me sacaron de mi trance, reclamó mi mano nuevamente y jaló de ella con sutileza. Cubrió enseguida mi cuerpo con el resto de las mantas deliciosamente tibias y de pronto, me encontraba descansando en su pecho, cuyo calor era tan agradable que enseguida el sueño volvió a hundirme en letargo. Una de sus manos inició el recorrido de agradable caricias sobre mi cabello y la otra la apoyó entre mi pecho y el de él, tocando cautamente el lugar donde palpitaba mi corazón. No habituaba a que alguien invadiese mi espacio personal de ésta manera ni mucho menos si no estábamos por congelarnos, sin embargo no pude evitar acomodarme y cerrar los ojos una vez más
Quizás este nuevo Dios en el cual debo creer no se enfurezca tanto si me volteo a ver a ese hombre perdido en sí mismo y dedicarle una sonrisa para que me observara una vez más como lo había hecho instantes atrás.
Con suerte amanecía cuando desperté por segunda vez. Esta vez Berwald era quien se movía. Parecía incómodo y su rostro no era apacible. Se desprendía bufanda de su cuello y palpaba la herida que ya silenció su magma pero que tampoco tenía intenciones de morir. Aún atontado por el sueño me incorporé y le ayudé a quitársela por completo. Unas pequeñas parte de ese camino trazado por mi daga aún no cerraban y comenzaban a llorar carmesí nuevamente. Me creí un imbécil por haber hecho aquello y a la vez me felicité por no aplicar más presión con ella. Me levanté y fui por la botella de alcohol que yacía abandonada en el suelo y tomé un trozo de mi camisa antigua que desgarré fácilmente para volver a limpiar su lesión. Esta vez sí se quejó y me detuvo para no hacerlo con excesiva fuerza. Pedí disculpas y continué con ello, sus vestimentas se habían ensuciado igualmente que las mías; qué desperdicio, quizás cuanto tiempo tendría que pasar para por fin lavarlas. El olor a óxido inundó mis pulmones y me percaté que mi cabello estaba seco en sangre. No pude continuar.
Descendí mi cabeza junto con mis manos y vi la sangre que limpié hace unos instantes. Negué levemente y la culpa ya me torturaba lentamente. No supe qué musitar y por lo mismo, preferí guardar silencio. Berwald reclamó el trozo de tela y continuó el mismo con su limpieza, abriéndose la herida para limpiar bien de ella. Miré todo con cierto dolor, ya que no era nada grata la sensación de ver tanta sangre en una parte vital. Reparé enseguida que el corte era sólo alarmista y no era nada grave. Su profundidad no era visible del todo y se pronosticaba que cooperaría con cerrar por sí misma. Me armé de valor para continuar y limpié nuevamente con alcohol y comencé a presionar con fuerzas con otro trozo nuevo para detener la hemorragia. En ello me suspendí a ver sus ojos, seguían cansados y derrumbados.
― Tino me estás ahorcando… ― Me miró con cierto recelo. Me sorprendí de ello y negué levemente.
― No es intencional, sólo quiero que la hemorragia se detenga, presiona tu mejor así mides cuando resistes.― Me sentí más inútil aún. Resolví levantarme y ordenar el desastre que ocasioné en la madrugada.
En silencio empaqué las cosas. Mi ropa antigua la guardé de todas maneras para ocuparla de vendaje en las curaciones a Berwald. De la nueva que dispuse en un rincón, un paquete del cual no me había percatado resaltó a mi atención. Fruncí el ceño y lo abrí. No recordaba haber comprado aquello.
― Berwald, nos pusieron algo que no pagamos, debemos devolverlo ― Le señalé la modesta camisa de corte elegante que sostenía en mis manos, cuidando de no manchar a tela con sangre.
― La compré para ti ― Me soltó después de meditar sus palabras. Me quedé sorprendido, puesto siquiera me percaté en el momento en que aquello sucedió. Miré la camisa y me dio un vuelco en el estómago.
Dios, ¿Cómo no me daba cuenta de su actuar?
Las agujetas de mi antigua capa, la comida, siempre preocupado que estuviese bien cubierto, siempre atento a que no enfermara y que tomase agua. Disponible si estaba herido, me vistió muchas veces con sus propias vestimentas en épocas de escasez. Ahora, procuró que recibiese hasta una camisa elegante. La cinta burdeos sobre ella me trajo nostalgia. Recuerdo que cuando era muy pequeño para comprender siquiera lo que éramos, Berwald se reservó para sí la tela larga y suave que adornaba mi ropa de entonces, para cuando ya había crecido suficiente. La culpa propagaba su veneno cada vez más. Era un monstruo disfrazado que planeaba acabar con mí libre albedrio.
― Berwald… no debiste, no tenemos dinero como para gastarlo en estas cosas, debiésemos ir y preguntar si nos regresa el dinero que pagaste por esto.
― Por favor acéptalo, nos apañaremos bien con lo que viene, te lo aseguro. ― Distrajo sus pensamientos por la ventana que coronaba la pequeña cama y apoyó su frente en ella, dejando que el cristal condensara pequeñas gotitas de su respiración. Realmente parecía estar debatiéndose internamente. Podría decirle algo y dejar de ser inservible. Intenté repasar mi actuar y revisar si algo de él podía llegar a ser malinterpretado, de igual manera como yo lo malinterpreté toda mi vida. Contemplé la camisa y me entraron unas enormes ganas de llorar. Qué demonios…
Tomé aire y me calmé para poder continuar un día que presagiaba venirse tortuosamente largo. Saboreaba como ambos quedamos desnudos después de anoche y todas las defensas impuestas por Berwald estaban reducidas a cenizas. Sólo quedábamos él y yo. No más mentiras, no más intimidación.
― Gracias Berwald ― musité con voz algo quebrada, que enseguida disimulé con una sonrisa ― La usaré apenas halla una oportunidad.
Continué con el orden en silencio. Una vez que finalicé con ello, salí de la habitación para conseguir un cubo de agua con el cual limpiarme. La señora de aspecto tosco me miró algo suspicaz a lo que tuve que contestar que me debatí en una riña nada grave. Me entregó el cubo de agua y debo confesar que a mí me costó más levantarlo que a ella. A duras penas llegué con él a la habitación. Berwald no se había movido ni un centímetro. Continuaba mirando a los bosques que coronaban el horizonte de un amanecer bastante frio. Introduje mis manos a la cubeta y me quejé al sentirla tan helada. Debe ser hielo descongelado en los hornos, sin que una mísera pisca de calor se conservara en el líquido que lentamente se tornaba turbio. Me quité la capa, la chaqueta y el resto de las prendas que cubrían mi parte superior y preparé parte de mi antigua camisa hecha tiras para secarme luego. Sumergí la cabeza en el cubo y fue como enterrar mis pies fríos y desnudos en la nieve, incluso dolió. Mis oídos comenzaron a zumbar y mi nariz me produjo un dolor insoportable que llegó hasta mi cerebro. Retiré la cabeza enseguida y a tientas di con las telas. Volví a lavar mi cabello hasta que lo vi a duras penas rubio blanquecino. Un escalofrío general se apropió de mí y no lograba abrir los ojos de lo helado que se tornaron mis párpados. El agua escurría por mi pecho y espalda, desagradándome inmensamente. De pronto, unas manos tibias secaron mi torso mientras yo escurría mi cabello. Berwald comenzó a frotar mis hombros y la nuca para entrar en calor rápidamente. Una vez extinguidos todos los pequeños ríos de agua, me colocó una camisa y luego la chaqueta encima. Al abrir con mucho esfuerzo mis ojos, vi sus borrosas manos atando algo a mi cuello.
― ¿Qué…? ― Me colocó la camisa que dejé disimuladamente sobre el equipaje, ya que planeaba devolverla en secreto. Sus ojos se posaron sobre mi cuello y luego recorrieron mi cabello húmedo y desordenado. Terminó secándome el exceso de agua y peinándolo levemente con sus manos. Colocó la capa sobre los hombros y acto seguido, se acercó a mí, pero se detuvo.
― Gracias por aceptar mi presente ― Aún con duda, posó sus labios sobre mi frente y me regaló un pequeño beso.
Berwald aún no comprendía que a pesar de que me confesó sus miedos y sus secretos, yo no me he pronunciado al respecto.
Sin embargo no era capaz de negar esa tímida sonrisa que se asomó en esos labios finos que había tenido el privilegio de besar.
Un temblor recorrió mi espina dorsal. Desvié la mirada rápidamente ya que el nerviosismo brotaba cada vez que el silencio apoyaba sus dedos fríos entre nuestros labios. Me incorporé y contemplé la cama arruinada, revisé mi equipaje en busca de monedas y conté minuciosamente cuando podía pagar por una excelente manta de lana arruinada. Berwald por su parte tomaba el equipaje y se cubría sus toscos vendajes con una bufanda fina y dócil. Parte de ella ocultaba la sangre que profanó tan elegante traje. Miré mis propias vestimentas y era más bien lugareño a su lado, algo joven y delgado.
Insisto, no encuentro entre mis actitudes, entre mi esencia, qué es lo que Berwald adora tanto.
Hice lo mismo con mis pertenencias y estiré mis brazos. Cerré tanto mi chaqueta como mi capa. Me coloqué los guantes y al voltearme en busca de pertenencias olvidadas, vi la daga sobre la mesita de noche. Su superficie estaba seca en sangre y el brillo de su hoja delataba su orgullo por haber cumplido la misión. La tomé entre mis manos y escudriñé en mi casaca por su funda. Una vez que mi sicario estaba oculto en sus trajes, la escondí.
― ¿Vas a seguir llevando eso encima? ― Berwald rompió el silencio con su voz grave de palabras arrastradas. No quise encontrarme directamente con él y asentí sin dar más explicaciones. Salí de la habitación llevando la cubeta y mi equipaje consigo y descendí las escaleras con algo de bullicio. El vestíbulo de aquella cabaña olía terrible y se veía por todos los rincones ebrios que habían caído donde primero les atrapó el sueño. Algunas manos aun sostenían sus vasos de cerveza y otros dormían firmemente abrazados a sus armas. Dejé la cubeta en una puerta trasera que daba a un pequeño jardín muerto cubierto de nieve y escudriñé los rincones de una cocina amable que ya empezaba a oler delicioso por la dama de aspecto fuerte. La encontré cortando leña, me acerqué a ella y ofrecí en su mano regordeta algunas monedas.
― Lamento mucho haber arruinado una manta con sangre. Por favor tome este dinero y si usted considera que vale más, hágamelo saber. ― La mujer me miró severamente y me negó con la cabeza.
― Con esto está bien hijo, ve en paz y que el bosque no te sorprenda.
Dicho eso Berwald y yo abandonamos aquel amable hostal, donde nuestra historia cambió para siempre.
Recién se estaban aclarando los cielos y me aventuraba a pronosticar por las nubes que cabalgaban desde el horizonte, que ésta noche no contemplaríamos la aurora boreal. Berwald transitaba en silencio y no apartaba su mirada del camino. Nos sumergíamos nuevamente en el bosque, ya que la nieve no podía atacarnos directamente bajo el techo celestial de verde aroma. Siempre iba tras él, pisando los orificios que dejaban sus pies bajo su capa azul. Otro momento para debatir con todas las cosas en mi cabeza.
Alcé la vista y observé su espalda cubierta por aquel manto y la capucha cubriendo su cabello. Entre las oleadas de vientos congelados que golpeaban en dirección nuestra, uno que otro me traía hasta mi nariz sobresaliente de mi bufanda, el aroma de las lociones de Berwald. Era sutilmente elegante y amaderado, fuertes como su caminar, pero al final resultaban dulces y cálidas. Mis ropas en cambio, olían mundanamente a pinos y leños quemados.
De pronto me di cuenta que intentaba buscar soluciones y ser mejor para Berwald. La vergüenza me invadió. Estaba asumiendo que prácticamente era inútil huir de ello.
Quizás era cierto. De todas formas, esta opción era mucho mejor que esperarme que todas las noches actúe como un psicópata.
El bosque siempre me parecía reconfortante. Caminar en él y escuchar como pequeñas ramitas se quebraban bajo mis pies me divertía muchísimo. En mi mente creaba ritmos y canciones a medida que las quebraba y a veces pegaba un salto o daba un paso más rápido, escuchando su crepitar encajar perfecto en las melodías que nacían en mis pensamientos. Desde que tengo memoria que me dedico a hacer aquello cuando piso senderos forestales. Imaginaba tambores como los de antaño que utilizaban en las guerras y melodías rápidas, cantos entonados con algo de violines. Entre estar distraído y cerrar los ojos, di un traspié terrible y caí estrepitosamente gracias a una raíz enorme. El golpe seco y mi queja fueron atenuados por tantas hojas secas que se rieron de mi torpeza con sus crujidos otoñales. Todo el equipaje cayó sobre mí y me quedé ahí, entre divertido y adolorido. Mi canción acabó drásticamente.
Levanté una mano para quitarme parte del cabello de mis ojos; al hacerlo recordé que debo recortarlo. Berwald acudió a mi ayuda y quitó el equipaje de encima. Me tomó por un brazo y con fuerzas me incorporó levemente.
― ¿Estás bien? ¿Qué ocurrió? ― A Berwald le costaba demasiado expresar bien sus emociones. Me miraba con el ceño fruncido como si me fuese a vociferar el sermón del siglo. Asentí y le sonreí despreocupado.
― Iba cantando en mi mente y me distraje demasiado de mi camino, es todo ― Quité los restos de pequeñas hojitas y ramitas de mi capa. Berwald me miraba con demasiada atención, su mano enguantada subió a mi rostro y me limpió la tierra de mi mejilla. Me ardía levemente.
― Te diste una raspadura con tu distracción ― Me susurró después de un momento. Me encogí de hombros y reí.
― Nada terrible, pondré atención en el resto del camino, lo prometo… ahora que estamos sentados, aprovechemos de desayunar que ya tengo hambre. ― Dicho esto, Berwald revisó sus pertenencias y porcionó un trozo de pan, de queso y sacó una cantimplora que contenía agua que por suerte, no estaba terriblemente helada. Berwald no me quitaba los ojos de encima. Llegó a un punto en que no pude sostener inconscientemente más aquellos ojos. Me comencé a sentir inquieto y no lograba disfrutar de un buen trozo de pan fresco. Me atreví a preguntar.
― ¿Por qué me miras tan atentamente?, ¿Sabes? Es algo inquietante ― Intenté decírselo de la mejor manera. Miré sus ojos y él enseguida los evitó. Soltó un suspiro y continuó comiendo en silencio. Dejó que mi pregunta se perdiera entre los árboles y la elipsis de los seres del bosque. No tuve más que contentarme con continuar con mi pedazo de queso.
El resto de la mañana sucedió de la misma manera. Caminamos en silencio y la atmósfera se tornaba incomoda. Berwald parecía no haber cambiado nada con respecto al día anterior, yo en cambio me he tornado más torpe de lo que ya soy. Decía comentarios ridículos y fuera de lugar. Me distraje varias veces retornando a mis canciones mentales y dando traspiés continuamente, pero no volví a ver el suelo de cerca.
Con suerte almorzamos y en la tarde el silencio ya era ensordecedor. Berwald me dijo dos o tres cosas sobre continuar hacia otra dirección y que rellenase de agua nuestra cantimplora, ya que tuvimos la suerte de encontrar una pequeña vertiente que no estaba congelada del todo. Por el fortunio de esas aguas, decidimos detenernos en aquel lugar para pasar la noche. Berwald adquirió una tienda y dos sacos hechos de plumas y lana, todo aquello debió costar demasiado dinero. Comenzamos a estirar la tienda sobre suelo seco y estable, recordando como Mathias había pateado aquella parte del equipaje a la chimenea.
Se supone que somos como hermanos, No debiésemos pelear así.
Una vez alzada la modesta tienda, me metí dentro y me lancé al duro suelo. Respiré hondo y disfruté adelantadamente de una noche tibia y tranquila. Berwald me dio con un palo en la pierna y tuve que responder a su inusual manera de llamar mi atención.
― ¿Eso es todo?, ¿No me ayudarás a entrar el resto de las cosas? ― Sonreí y asentí, mientras abandonaba la pequeña casita de tela por todas las cosas. Entre ambos guardamos todo y extendí los sacos. Estábamos realmente justos con tantos objetos, empacamos cosas que no eran en absoluto tan necesarias como las que se quemaron en las llamas de aquella chimenea. La noche solía caer rápido en nuestras tierras y con ella, el frío brutal propio de su manto. Berwald vertió algo de aceite sobre una roca y con ella, originó rápidamente una primera chispa sobre la mecha del aceite. Enseguida cubrió la valiosa lucecita con el vidrio de la lámpara y la entró a la tienda. Después de aquello, cerró la carpa y permanecimos aislados solo con la agradable llamita de la linterna. Metí mis pies descalzos dentro de las mantas y el saco, dando las gracias por poder dormir libre de botas duras después de tantos días de pies entumecidos.
Por alguna razón, a medida que el tiempo transcurría, el silencio en este lugar apartado era más sofocante que el producido en el aire libre. Apoyé mi cabeza sobre las mantas que Berwald no había tendido aún y observé cómo contemplaba el mapa distraído. Lo hacía por mera inercia. Sus manos temblaban casi imperceptiblemente. Decidí no prestarle atención a aquello, ya que él notaría que yo estaba consciente de las falencias de su actuar. Escudriñé sin permiso dentro de las pertenencias de Berwald para robar un trozo de carne seca. Me asomé por el hombro de mi acompañante y miré ese mapa por enésima vez. Ya me lo sabía de memoria.
― Ten, come y relájate. ― Le entregué un trozo de carne y quité la cartografía de sus manos. Aceptó después de un titubear un momento y relajó la expresión. Saboreaba su alimento tan distraído como hace unos instantes. Yo al menos siempre me alegro de comer.
― Tino, ¿Te gustan las mujeres? ― Creí que me iba a atragantar con tan repentina pregunta. La risa nerviosa comenzó a invadirme, pero tuve que iniciar contienda con mis reacciones, puesto que para Berwald el tema era serio. Mastiqué en exceso lo que apresaba entre mis dientes para dilatar el tiempo, recurriendo a las buenas costumbres que no siempre solía respetar. Por ahora no hablar con la boca llena me ayudó a meditar algo con qué defenderme.
― ¿A ti no? ― Todo el tiempo que gané lo he desperdiciado en una sentencia tan estúpida. Me sentí realmente idiota al confrontar la mirada severa de Berwald. Mi expresión debió haber sido totalmente desorientada.
― Dentro de lo que se, tú no eres una mujer, ¿O sí? ― Dios, ¿Cómo iba a continuar desviando el tema? Preferí sonreírle aun encontrándome nervioso. Suspiré y me acomodé al interior de mi cálido saco. Ordené mis ideas y algo obtuve de ellas.
― Claro que me gustan, pero nunca he conocido a una suficientemente bien como para… ― No quise terminar. Eso era develar más detalles innecesarios a los que estaba preguntando. Berwald no tomó atención a la confesión oculta que acababa de soltar.
― ¿Sabes?, me encantaría ser mujer para ti.
Nos miramos unos momentos. Me sorprendía la entrega que parecía ceder Berwald a mí. Me enternecí de su gesto, de su sinceridad agresiva y sus palabras arrastradas. Terminé por liberar el suspiro que aprisioné en mis pulmones y negué con suavidad.
― No es necesario que seas una mujer por mí. Así está bien.
El silencio volvió a hundir con sus densas nieblas nuestra tienda. De pronto caí en la cuenta de lo que dije y me avergoncé. Es cierto, no es necesario que Berwald deseara cosas imposibles sin embargo tampoco deseaba brindarle esperanzas que quizás no iba a tener jamás.
Entrelacé mis propias manos y las entibié con mis labios, soplando lentamente sobre ellas. Mi bota llamó enormemente mi atención, puesto evitaba a Berwald el mayor tiempo posible. Él por su parte se acercó a mí y me abrazó remisamente.
Me dejé tentar y lo rodeé también. Sentía latir mi corazón fuertemente bajo mi pecho. Me agradaba este nuevo Berwald, era algo más humano por decirlo de alguna manera. Me alegraba comprender que, por muy pequeños que fueran mis gestos de amabilidad, su alma parecía regocijarse y de pronto, soltaba una sonrisa pequeña y sus ojos se iluminaban enormemente; eso me reconfortaba de gran manera. Si necesitaba esas cuotas de motivación, no me molestaba en regalárselas. Pero, ¿Hasta cuándo tendría que otorgárselas para poder curar su alma completamente?
"Amar es entregarse y ser feliz por perder parte de ti para cederlas a alguien más" me comentó Lukas alguna vez. Tenía la manía de siempre narrarme sus complejas frases y observar mi rostro juvenil confuso. Lukas es tan sabio que sabría que llegaría un momento como este para recordarlas a la perfección. Acaricie con delicadeza su espalda a medida que él tímidamente deslizaba sus dedos temblorosos a través de la mía. Su aroma era tan agradable, me incitaba al sueño. Terminé mis caricias con unas suaves palmadas.
― Quiero más carne… ― Berwald alcanzó otro trozo de carne seca para mí y lo entregó en mis manos. Continué comiendo en el mismo silencio al que ya estaba habituando. Berwald se quitó su bufanda para luego remover el vendaje disimulado. Se palpó su herida con suavidad y suspiró al percatarse que cicatrizó y los ríos incesantes, se hundieron en su extinción. Era el momento.
― Discúlpame por dañarte. Estaba enojado y no reflexioné nada. No soy capaz de matarte jamás. No quiero hacerlo y tampoco derribaría la estabilidad de tantas personas en tus tierras. ― Berwald me miró algo afectado.
― ¿Por qué estabas enojado? ― Al escuchar su pregunta, caí en la cuenta que Berwald jamás se dio por enterado lo que yo pensaba de él. No planeaba decírselo tampoco, eso haría más daño del que ya le he ocasionado.
― Pensé que jugabas conmigo… ― Mentí a medias. Si creí que Berwald jugaba conmigo, pero no era todo. Intenté explicar lo que pensaba si sonar agresivo ― Yo te tengo demasiado respeto, me es extraño que de pronto me estuvieses dedicando atención de esta manera. Además nunca tuvimos un límite algo más íntimo… me refiero, no somos lo que se conoce como amigos cercanos. ― Elevé la vista para poder demostrar que lo que decía, era finalmente verdadero. Su expresión era muy distinta a las que me solía demostrar. Tranquilo y algo somnoliento se veía encantador. Buscó mi mano y la entrelazó sin más. Pensé en soltarla, sin embargo saborear de nuevo su tranquilidad al hacer aquello, me permitió continuar así.
― Siento haberte hecho pensar que te odiaba o algo parecido. Jamás fue así, jamás, siquiera cuando éramos jóvenes. Desde que te conocí me sentí atraído por ti, de diferentes maneras con el pasar de los años, pero atraído al fin y al cabo. Cometí errores enormes y creo que por culpa de ellos, te alejé más de lo que alguna vez añoré. No por ello no estabas presente en mi mente. ― Me contempló un momento y me dedicó otra adorable sonrisa tímida. ― Creo que te conozco más de lo que tú piensas.
Desvié la vista algo avergonzado, me sonreí halagado de todas formas. La imagen de Berwald en mi mente era muy distinta a la que contemplaba. Volví a concederle mis pupilas y lentamente apoyó su frente en la mía. Sus ojos descansaban cerca de los míos y me comencé a agitar. Subió una mano desguantada para acariciar mi mejilla rasmillada y suspiró sobre mis labios.
― ¿Puedo? ― Susurró tímidamente sobre ellos. Ya me estaba empezando a asustar nuevamente, a la vez que comencé a gritar en mi mente que no era necesario mi escándalo interno. Abrí los labios para intentar responder algo, pero nada salía de ellos. No tenía nada que perder, sólo que el miedo me invadía sin razón alguna.
― No encuentro razones como para negártelo. ― Tragué mi valentía a medida que liberaba un suspiro. Respiré hondo y finalmente…
Berwald apoyó sus labios sobre los míos. Estaban tan tibios y suaves que no pude evitar cerrar los ojos. Su nariz acariciaba cautamente el costado de la mía y cuando fui capaz de mover mi boca, un escalofrío electrizante me llenó de vida.
Jamás había sentido algo así de hermoso.
