Notas de autor: Y seguimos con Ludwig y su vida en Venecia... ahora muy bien acompañado. XD
Gracias por leer.
3. Aprendiendo italiano
Repasar, estudiar, deshacer, rehacer y consultar. La vida de Ludwig era un torbellino inmerso en Venecia. No solo se estaba empapando de la cultura italiana de esa parte del país, sentía como si conociera los recovecos más aislados y abandonados de la isla. Se estaba acostumbrando a la humedad de la zona, a ver gente a todas horas por todas partes, caminando o en góndola. Esa semana cogió el vaporetto unas doce veces ida y vuelta. Aún había sesteres que no había peinado caminando, pero por lo demás, estaba ya muy lejos de ser un visitante.
Y además, se había inscrito en un curso de italiano por cortesía de la empresa, lunes y miércoles. La profesora, Felice, una mujer de mediana edad con escaso cabello y excedente de peso, instruía a siete alumnos de diferentes nacionalidades. Ludwig, si bien era uno de los alumnos más trabajadores de la clase, también se destacaba por tardar más en comprender cómo se formaba el idioma. Y es que él, acostumbrado a la lengua germana, tan estructurada, sentía caótica cualquier lengua que viniera del latín. Afortunadamente, sus compañeros eran amables y no dudaban en parar la clase para que pudiera entender. Felice no era tan cálida como otras italianas, tenía ese rasgo de rigidez propio de una profesora estricta y exigente que se esfumaba en las clases de recreo. La última clase del mes, con el fin de relajar e integrar a los alumnos, les mandaba traer la merienda y charlar sentados encima de las mesas. Cuando Ludwig le preguntó por esta extraña actitud, dijo que si lo hacían sentados como personas civilizadas podría asociarse el idioma con "no hacer nada". Insistía en respetar ciertos patrones si la clase iba a ser diferente. En ocasiones habían intercambiado recetas de comida de su propio país pero en italiano, saliendo a la pizarra e identificando los ingredientes.
Ludwig se sentía bien yendo a las clases, y su italiano mejoraba despacio, pero seguro. Felice le aconsejó charlar todo lo posible con los italianos del barrio, o en las tiendas, o hacer preguntas en la biblioteca. Ludwig asintió, pero si se sentía incapaz de aprender italiano por su estructura, más difícil le era acercarse a las personas para socializar. En Venecia eso no era un problema, porque la mujer de la tienda donde iba a comprar semanalmente ya lo saludaba con mucha confianza; al igual que los camareros de los bares que frecuentaba; ocurría lo mismo en la basílica y en otros edificios. Pero Ludwig no sentía esa necesidad de hablar con ellos como si los conociera toda la vida. Ergo, no charlaba, por tanto, no aprendía tanto como el resto. Y las charlas con Marco o con otros colegas no contaban, porque eran temas de trabajo y uno siempre tenía que finalizar la explicación en inglés para hacer entender al otro.
Ese martes había Acqua Alta en Venecia, de nuevo. Ludwig salió de la basílica, despidió a los compañeros y alzó la vista hacia el Campanile cuando éste tocó las campanadas de las seis. Ya no llovía, pero Ludwig era previsor y llevaba encima un paraguas negro. A pesar de estar en diciembre, la temperatura era mucho más suave que en su país. Ocho grados frente a los tres que debía haber en Berlín. Ludwig se mezcló con los turistas, que aumentarían en unas semanas, enseñó su pase a la catedral y ante su sorpresa, le dejaron pasar. Marco le había comentado semanas atrás (justo después de la última visita de Ludwig al campanario) que el pase servía también para el Campanile, pero que no iban mucho allí porque ya habían visto los cimientos y todo estaba incluido en un informe que habían elaborado los arquitectos hace unos meses.
Se asomó, buscando a Feliciano. Un muchacho con cabello castaño y de la edad de Feliciano, se giró. Ludwig lo miró, extrañado. El otro lo escrutó con impaciencia.
—¿Quiere algo? —le dijo en italiano, por supuesto. Ludwig lo miró fijamente, confuso. Estaba perdiendo las buenas costumbres alemanas, desde luego—. ¿Tengo algo en la cara?
—Hm. S-scusa —el alemán salió de allí, extrañado. ¿Los conserjes del Campanile se parecían mucho, o era su impresión? Se sacó al extraño de la cabeza y caminó hacia su sestiere para ver la iglesia de la Pietá porque comenzaba de nuevo a llover.
—¿Cuánta cerveza puede beber un alemán? —preguntó Irina en italiano, y Ludwig se giró hacia su compañera rumana.
—Eso no se ha medido —dijo, muy serio, arrancando carcajadas de los demás. El portugués chocó su copa con la de Ludwig, divertido.
La profesora, Felice, los observaba: estaban sentados en un bar del sestiere de Cannaregio, después de que hubieran visitado la iglesia de Santa María de Nazareth. Los seis parecían llevarse bien, y aunque algunos hablaban más que otros, les gustaba verles integrarse en el grupo. Ludwig y el japonés Kiku eran los menos habladores, y por eso el resto de compañeros lanzaban preguntas contra ellos.
Ludwig se volvió hacia Kiku para escuchar su pregunta. El japonés era ordenado y muy educado, uno de los compañeros preferidos del alemán. Además, su cultura le fascinaba, y cualquier cosa le complacía. A Ludwig le había dicho que adoraba Venecia, pero que echaba de menos los karaokes.
—En Italia puedes cantar por las calles, nadie va a decirte nada.
—Me verán como un latino más.
—Integrado.
Si ya eran parcos en palabras, hablar en italiano les reducía más la conversación. A veces se sentían como indios y acoplaban gestos a sus frases.
Felice les dijo que tenía que marcharse, aconsejándoles seguir juntos un rato más. El grupo no tuvo problema y tras caminar durante un rato, acabaron en San Marco.
A Ludwig siempre le impresionaba la belleza de la plaza, a pesar de haberla visto cientos de veces. Kiku se removió nervioso, a su lado.
—Oh. La basílica es preciosa. Aún no he visto el Campanile —el alemán alzó la vista. La veleta con el ángel se movía mucho por el viento.
En la plaza se despidieron, pero Ludwig ofreció a Kiku acompañarle al campanario porque las vistas siempre eran impresionantes y él ya no tenía que pagar para entrar.
—Qué amable —el japonés le hizo una reverencia.
El viento pegaba fuerte desde el mirador. Kiku sacó su cámara e hizo millones de instantáneas, mientras Ludwig le instruía en las diferentes zonas e islas visibles desde allí. Al rato cayó la noche y el viento les impidió seguir disfrutando.
Bajaron en ascensor junto a otros turistas y al salir alguien se le echó encima al alemán.
—¡Ludwig! —el susodicho parpadeó, con el corazón bombeando del susto. Llevaba las manos en los bolsillos y había tenido que sacarlas para parar a ese torbellino.
—Ah, Feliciano, ¿cómo estás?
—Te ibas a ir sin despedirte —dijo el otro poniendo pucheros, y reparó en su compañía—. Oh, vienes acompañado. ¿Chino o japonés?
Ludwig quiso darse un cabezazo contra la pared ante la mala forma, pero Kiku solo sonrió.
—Me llamo Kiku, soy japonés —seguido de una reverencia.
—Oooh, ¿hablas italiano?
—Estoy aprendiendo —volvió a inclinarse, sonriente—, como Ludwig.
El italiano se giró.
—¿Estás aprendiendo mi idioma? —el alemán lo miró de reojo, parecía contento. Los colores le subieron al rostro.
—Tengo que hacerlo, por mi trabajo.
—¿Y por qué no vienes a practicar conmigo? Podríamos hablar aquí… tú también puedes venir, Keko.
—¡Es Kiku! —bramó el alemán.
—Es muy difícil… —se excusó Feliciano ante las sonrisas del japonés.
Ludwig recordó su visita de la última vez, pero prefirió callarse. Feliciano se había llevado a Kiku a enseñarle la cuerda de la única campana que tocaba, y el otro volvió a sacar fotos. Feliciano les hizo quedarse hasta que dieran en punto para que Kiku viera la magnífica forma en que sonaba el Campanile. Ludwig se tapó los oídos y vigiló al chico cuando se colgó de la cuerda. Kiku le agradeció mucho el detalle y pidió a Ludwig que les hiciera una foto.
—¡Cenemos juntos mañana! —pidió el italiano cuando ambos se iban.
—Tengo mucho trabajo —argumentó Ludwig, que entre las clases de italiano y las salidas con Marco parecía estarse relajando demasiado, a su parecer.
—¡El fin de semana, entonces! —insistió Feliciano.
—Ehm… no estoy seguro…
—No va a rendirse —sonrió el japonés a su lado, y el alemán asintió.
Se dieron los teléfonos para llamarse mientras las nubes se movían, raudas y veloces, sobre Venecia.
Ludwig no estaba preparado para ser avergonzado de esta manera, y suponía que Kiku, a su lado, tampoco. En primer lugar, Feliciano había llegado tarde; les había guiado hacia un restaurante que resultó estar en otro sestiere; y ahora volvían a casa en góndola con banda sonora y esta vez no se trataba del gondolero. Las notas de "Oh, sole mío" se extendían por todo el barquito, en cuyo interior iba más gente. No quería mirar a Kiku a la cara. No quería decirle que Feliciano era amigo suyo. No quería volver a pasar una noche así nunca más. Al menos, la cena había sido espléndida (quitando el abochornamiento sufrido por el italiano porque cada bambina que veía la tenía que elogiar). Para colmo, la italiana de la basílica de San Marco le dejaba notas en su perchero todos los días. Ludwig estaba emborrachado de Italia y sus italianos, así que cuando Marco ofreció la invitación a volver a salir de noche, se excusó diciendo que no se sentía bien. Su compañero le miró, consciente del shock cultural que probablemente sufría, pero no insistió más. El alemán colaboraba mucho mejor si le respetaba, y tenía que aceptar que fuera demasiado trabajador y solitario como Ludwig respetaba todo ese ruido reinante en la oficina y los bares.
Sin embargo, no avanzaba mucho en italiano, y quedar con Kiku de vez en cuando tampoco ayudaba: el japonés estaba como él. Ludwig podía practicar italiano con mucha gente, pero no era comunicativo ni en su propio idioma. Y entre la rubia italiana que lo perseguía y el conserje del Campanile, tenía clara su decisión.
—¡Luddy! —el italiano se echó a sus brazos en cuanto lo vio entrar por la puerta.
—No te eches encima, es incómodo —pidió el alemán, y el otro no hizo ni caso, lo arrastró de la mano hacia la mesa.
—Mira, mira, estaba dibujando, ¿quieres verlo?
Ludwig asintió, pensando nuevamente cuántos años tendría Feliciano. Lo que vio, sin embargo, le hizo perder la respiración: era un dibujo del Campanile por fuera, pero las líneas eran precisas y calculadas: un arquitecto no lo haría mejor.
—¿T-tú dibujaste esto?
—¿No te gusta? —el alemán alzó la mirada: Feliciano esperaba quizá demasiado su aprobación. ¿Acaso su opinión era importante?
—¿Y si te digo que no?
—Mm… pues qué pena, Luddy. Yo creo que es bueno, pero si no te gusta tendré que hacerlo mejor —Y alargó la mano para arrugar el papel. Ludwig se lo llevó al pecho.
—Es muy bueno, no lo rompas.
—Pero dijiste…
—Era por molestarte —¿Por qué ese chico era simplemente un conserje cuando podría estar dibujando cosas tan bonitas y útiles?
El italiano lo miró, sonriente, con la mano aún abierta:
—Dámelo, te lo firmaré. No lo romperé, te lo prometo —El alemán le dejó hacer, y Feliciano garabateó algo y se lo devolvió. Lo miró, inseguro.
—¿Tienes alguna carpeta para llevarlo?
—Puedes doblarlo, ve~ —Ludwig le dirigió una mirada asesina, y en dos minutos, Feliciano saltaba portando una carpeta de plástico rígida para llevarlo—. Se me olvida que eres alemán.
—¿Y eso qué quiere decir? —respondió, mosqueado. Otra horda de visitantes hizo su aparición. Era hora de tocar en punto. Feliciano corrió hasta la cuerda, cogió los guantes que estaban junto a un gancho y saltó. El eco reverberó por todo el lugar, y el alemán esperó a que Feliciano bajara para señalarle las botas.
—Tus cordones están desatados, te caerás.
—No importa, Lud, del suelo no paso —la mirada seria de Ludwig volvió a atravesarlo. El italiano sonrió.
—¡Es peligroso! —bramó el alemán.
—¿Cómo está Kiko? —Rápido cambio de tema para no responder—. ¿Por qué no vino contigo?
—¡Es Kiku! —Ludwig suspiró ante la dejadez del otro—. Kiku y yo no somos una pareja de casados. Estará ocupado, supongo.
Feliciano alzó la mirada, suspiró.
—Tú no tienes muchos amigos, ¿no? —Como el otro no respondió, comenzó a nombrar a todos los amigos que tenía en Venecia.
—Vas a distraerte y se te pasará la hora de dar la campanada —avisó Ludwig, y Feliciano explicó que no era necesario, que si se olvidaba ya había un mecanismo que lo hacía por él. Ludwig lo miró como si le hubieran crecido tres cabezas—. ¿Hay un mecanismo automático que da la campanada y tú subes a esa cosa peligrosa?
—Claro. Si no es un rollo estar aquí, veee~.
La mirada del alemán lo taladró. Feliciano dio un paso hacia atrás, porque el rubio daba mucho miedo con ese porte y los puños apretados. Además, no tenía nada que ganar en una lucha cuerpo a cuerpo (no es que el italiano fuese a pelear). La mirada de Feliciano bajó, sorprendida, al ver agacharse al otro y anudar sus cordones propiamente. El alemán emergió del suelo, todo sonrojado.
—¿Veee~?
—Otro día te enseñaré a hacerlo —dijo, en su pobre italiano.
Feliciano asintió: le parecía un buen trato porque él quería que Ludwig aprendiera su idioma. Lanzó varias frases en italiano que el otro procuró responder. Algunas las entendía, otras no.
Cuando salió del Campanile era la hora de cerrar. Sorprendido por la noción de tiempo perdida, y gracias a que su estómago le pidió carburante, caminó con paso seguro hacia casa.
La soledad de Ludwig fue deshaciéndose poco a poco entre las clases de italiano, las salidas puntuales con algunos compañeros de trabajo y las charlas con Kiku. Había establecido una relación cordial con el japonés en la que la educación y el respeto imperaban por encima de todo. Y que el italiano responsable de sus vergüenzas se añadiera a sus reuniones, proclamaban un aire familiar en su apartamento, ahora adornado con varios cuadros que le había traído el japonés de su casa, algunos de su tierra, otros más vanguardistas; y con los dibujos de Feliciano decorando la pared de su habitación: al principio fue el Campanile, después algunos bocetos de las zonas más concurridas de Venecia; finalmente uno a carboncillo de él y Kiku sentados pacíficamente en una terraza.
Cuando Feliciano descubrió la altana en la parte de arriba del apartamento, Ludwig tuvo a bien vigilar al italiano porque le encantaba ver su campanario desde allí. En diversas ocasiones les había hecho salir a él y a Kiku al portal solo para saludarlos agitando la mano como un niño pequeño.
Ludwig, además, comía mucho mejor desde que Feliciano trasteaba en la cocina: y es que era muy buen cocinero de su gastronomía natal. Cada semana le traía un tipo de pasta diferente para asegurarse de que las probara todas.
Feliciano aún pasaba tiempo a solas con sus signorignas, como buen italiano. Pero si había una reunión y tenía que cancelar una cita, no dudaba en dar preferencia a sus nuevos amigos. Y es que, para él, era todo un acontecimiento. Porque podría conocer a muchos italianos, pero Ludwig y Kiku añadían mil cosas interesantes a su vida en Venecia. La cultura de Kiku le fascinaba conforme la iba conociendo; en cuanto a Ludwig, admiraba todo de él: desde su precisión para hacer un agujero en la pared con un taladro hasta el modo en cómo cogía una flor.
El contacto con el alemán influía tanto en su vida que en una ocasión, cuando Ludwig llegó al Campanile, un chico de cabello castaño y rasgos muy similares se acercó a él, mirándolo de arriba abajo con cierto desdén.
—¿Eres tú quien le ata los cordones a mi hermano? No te creas que no lo he notado, Feliciano viene con sus cordones muy bien puestos, y él no sabe atárselos. Así que dime, ¿qué quieres de él, forzudo?
Ludwig abrió los ojos, sorprendido. Carraspeó, pensando en una buena explicación en italiano. Después recordó sus limitaciones, se disculpó y simplemente, salió por la puerta. El otro se quedó gritándole algunas maldiciones en su idioma, por lo que no pudo entender.
—¿Hay un familiar tuyo en el Campanile? —Le preguntó el alemán en una ocasión, mientras Feliciano se entretenía jugando a un juego en su móvil.
—¡Sí, es mi mellizo! —Dejó el cacharro, profundamente ilusionado—. ¿Lo conociste? ¿Qué te dijo?
—Ehm… —El rostro de Ludwig pareció reflejarlo todo.
Feliciano bajó los hombros, desanimado.
—No te trató bien, ¿no?
—No es eso, no pude… hablarle —explicó, totalmente diplomático—. Mi italiano aún no es bueno.
—¡Claro que sí! Has mejorado mucho desde que te conocí, que solo sabías decir "ciao" y "collaboratori". Fratello es algo huraño, pero tiene buen corazón. Es solo que nuestra familia se separó cuando éramos pequeños y mientras yo era criado por mi abuelo materno, Lovino tuvo que quedarse con mi abuelo paterno. Hemos crecido influenciados por ellos. Ten paciencia, Luddy, ¡te querrá muy pronto!
Ludwig quería señalar quizá que ese fuera el problema, que no le agradaba el cariño que él le tenía a Feliciano, pero no dijo nada. Volvió la vista al portátil y al rato indicó:
—Creo que ya debería funcionar. Pruébalo —Ludwig no solo ataba los cordones de Feliciano, también era su técnico particular: si algo no le funcionaba, el italiano le lloraba suplicando hasta que éste accediera a mirarlo, a pesar de los regaños del rubio y las insistencias de que él no era su niñera.
Feliciano saltó del sofá y abrazó al alemán por impulso.
—¡Grazie, Luddy, eres el mejor!
Ludwig también trataba de evitar esas muestras de afecto, pero el otro no parecía darse por enterado. Qué pegajoso. Afecto que parecía ser aceptado, o al menos ignorado, no como Kiku, quien en una ocasión le soltó "es mi primera vez" al ser abrazado. Todos rieron mucho ese día.
