Disclaimer: La serie de HBO 'Juego de Tronos' no es de mi propiedad, como tampoco lo es la serie de libros 'Canción de Hielo y Fuego' del escritor estadounidense George R. R. Martin.


DAWN

Capítulo 3:

Breaker of Chains


Con una melancólica sonrisa en los labios, Visenya observó la luz del amanecer en compañía de Missandei. Los esclavos comenzaban a extinguir las linternas de seda que los Bondadosos Amos encendían cada atardecer para encubrir el horror de la Ciudad Roja.

—El día ha llegado—suspiró la mujer con los brazos cruzados sobre el pecho. La hermosa y ligera armadura de Jaenara Belaerys cubría el cuerpo de la joven Targaryen como una segunda piel—. ¿Sería prudente marchar hacia la Plaza del Orgullo? Desconozco las costumbres comerciales de los esclavistas.

—Los Maestros jamás comienzan el día con el alba. Beben demasiado vino todas las noches. Los esclavos son los encargados de preparar los mercados todas las mañanas—informó la antigua esclava, que entonces tomó nota de la etérea cabellera de la mujer que yacía a su lado—. ¿Mi Señora desea trenzar su cabello?

—Recuerdo haberte pedido que me llamaras Visenya—sonrió la Madre de Dragones, abandonando el balcón debido a la visión que generaba la horrible arpía de Astapor—. Pensaba en cortar mi caballera. Es una molestia al combatir. Siempre termina cubriendo mi rostro como un velo.

—Mi Señora posee una hermosa cabellera—afirmó Missandei con sinceridad, alcanzando un cepillo—. Creo que, trenzado su cabellera de la manera correcta, se tornaría innecesario el cortarla. Si mi Señora lo permite, desearía demostrárselo—entonces Visenya tomó asiento frente a un espejo para observar el trabajo de su nueva amiga. En ese momento, Nymeris trepó las piernas de su madre para acurrucarse en el regazo de la misma—. Son hermosos, Majestad. Jamás creí que algún día tendría el honor de oír el canto de un dragón bebé.

—Hermosas. Son hembras—corrigió Visenya con suavidad, y entonces acarició los diminutos cuernos que yacían en la cabeza del bebé. Rhaegon, que debía ser aún más grande que Balerion, alguna vez había ostentando la misma estatura que sus hermanas. Visenya lograba maravillarse cuando su primogénito batía aquellas alas hechas de cristal, pero le resultaba imposible olvidar que alguna vez había cargado amorosamente a aquella magnífica criatura. Su bebé había crecido para convertirse en un faro de esperanza—. Los dragones son inteligentes, son capaces de comprender la verdadera motivación de un hombre.

—Mi Señora ha causado un enorme revuelo. En la ciudad solo se habla de dragones—musitó Missandei al cepillar el cabello plateado de la joven Targaryen. Durante la tarde del día anterior, Visenya había ordenado a Missandei asistir a Aenar en la compra de víveres para la cena, pues había decidido informarle a Arthur del trato que había pactado con los esclavistas—. Los Buenos Amos están complacidos con el intercambio. Siempre han codiciado el poder del Feudo Franco.

—Arthur no aprueba mis decisiones—negó Visenya antes de olfatear el aire. El aroma a salchichas asadas inundó sus fosas nasales—. Él cree que ocho mil Inmaculados no valen un dragón. Pareciera ser que no me conoce.

—Me temo que debo señalarle que el intercambio le dará el dominio de doce mil seiscientos Inmaculados, su Majestad—entonces Visenya frunció el ceño, y observó a Missandei de manera interrogante—. Ocho mil Inmaculados con su entrenamiento completo, más otros seiscientos que servían como guardia de la ciudad y cinco mil a la espera de ganar su escudo.

—Bueno… creo que es mejor de esa manera—suspiró la Madre de Dragones. Ella no podía quejarse, su ejército albergaría más hombres de lo esperado—. Las Ciudades Libres han dependido históricamente de la esclavitud. ¿Por qué crees que nadie ha intentado cambiar el sistema económico? Puedes hablar con libertad.

—Pienso que… la respuesta se encuentra en múltiples factores, su Majestad. El clima impide a la agricultura prosperar, pues el calor del Desierto Rojo tarde o temprano quema las plantas—entonces Visenya asintió con la cabeza—. La ganadería resulta imposible debido a la escasez de agua, lo cual también influye en la ausencia de cultivos. La pesca no es una opción, pues los Bondadosos Amos han habituado su comportamiento a la trata de esclavos, y los barcos pesqueros que se aventuran más allá de la Bahía de Esclavos son hundidos por piratas. El cobre abunda en las montañas, pero las caravanas mineras son saqueadas por ladrones antes de llegar a las ciudades

—Sólo se necesita una tormenta—apreció la mujer Targaryen con una sonrisa en los labios. Missandei le dirigió una curiosa mirada que Visenya fue capaz de notar debido al espejo—. La leyenda del ave fénix me enseñó que la belleza puede emerger de las cenizas. Algún narraré esa historia para ti.

Visenya agradeció respetuosamente la ayuda de su nueva amiga antes de salir de la habitación. Al entrar a la sala, alzó una ceja debido a la pelea que Aenar mantenía con Vhalia. El Hijo del Hierro intentaba golpear a la dragona con una cuchara de palo, y la bebé gruñía sobre la cabeza de su oponente como una bestia. Al verse descubiertos, ambos decidieron aparentar normalidad.

—Devoró tu comida—Aenar admitió después de unos minutos. Vhalia entonces golpeó la mano del Hijo del Hierro con su cola—. Sé que comprende lo que sucede. Está burlándose de mí a propósito. Estoy seguro de que planea devorar mis piernas.

—No tiene importancia. No tengo hambre—rió Visenya. Arthur había pronunciado las mismas palabras respecto a Rhaegon cuando éste había sido un bebé—. Pueden comer sin mi. Esperaré que terminen. Hay asuntos que debo resolver antes de partir—añadió al tomar a Daenys en sus brazos. Con lágrimas en los ojos, la mujer depositó a la hermosa dragona en una jaula de acero—. No olvides lo que eres. Un dragón no se arrodilla. Quémalos a todos—susurró en el oído de su hija antes de asegurar la cerradura.

—Espero que sepas lo que haces. Ningún ejército vale un dragón—espetó Arthur con los ojos entrecerrados, uniéndose a la mesa. La mujer entonces negó con tristeza al depositar la Corona de Meraxes en su cabeza. Había pensado que él descubriría sus verdaderas intenciones, pero la Espada del Amanecer parecía no conocerla de la manera que ella había esperado—. Los hombres que pelearon por tu padre decidieron hacerlo porque lo amaban… no fueron comprados en un mercado como piezas de carne.

Visenya giró sobre sus talones para evitar que Missandei notara el cambio que sufrían sus ojos al ser víctimas de la magia. Con dificultad, la mujer logró que la lechuza de hielo sobrevolara las calles para recolectar información. La visión que aquellos ojos de cristal proyectaron en su cerebro no la defraudó en lo más mínimo.

Como había predicho, la ciudad esperaba el arribo de Daenys con ansias. Esclavos y hombres libres llenaban las calles, todos empujándose para intentar hacerse con un punto de observación privilegiado. La nobleza observaba la Plaza del Orgullo desde las pirámides escalonadas, o en palanquines dispuestos junto a la tarima de los Bondadosos Amos.

—Es hora—Arthur sacudió sus hombros ligeramente, provocando que la mujer emergiera del trance. Visenya entonces comenzó a recorrer el sendero que la llevaría a obtener un poderoso ejército con ansias. Necesitaba que todo Astapor presenciara lo que sucedería durante el intercambio.

Aenar corrió a su lado cuando la multitud que aguardaba en las calles decidió abrirles paso. De pronto, las puertas de la Plaza del Orgullo fueron abiertas para ella, y Missandei comenzó a traducir las asquerosas palabras del hombre que antiguamente había creído poseer su vida.

—El Amo dice que no han sido probados—Visenya sonrió ligeramente al observar las legiones de Inmaculados que yacían frente a ella. La extensión del ejército era aún más grande de lo que había esperado—. Dice que le conviene que sangren pronto. Hay muchas ciudades de aquí allá, ciudades listas para ser saqueadas. Si captura esclavos, los Amos compraran a los saludables por un buen precio. Quizás, en diez años, algunos de los niños que envié puedan convertirse en Inmaculados. De esa manera, todos prosperarán.

Con los labios apretados, Visenya tomó el látigo que ataba las piernas de Daenys. En medio de exclamaciones de asombro y chillidos agudos, caminó hacia el Amo, y éste arrebató de sus manos la cadena con un zarpazo codicioso. Un horrible látigo de cuero fue empujado contra su pecho.

— ¿Está hecho? —Visenya observó la pequeña figura tallada con el ceño fruncido, pues su mente no era capaz de procesar que un miserable látigo fuera capaz de negar la dignidad humana. En su vigilia, había imaginado una ceremonia mucho más elaborada que aquella.

El látigo es suyo—Kraznys escupió con los ojos fijos en la Reina de Plata y, sin darle tiempo a Missandei para traducir, Visenya avanzó hacia el frente de las tropas que aguardaban sus órdenes. Por el rabillo del ojo, logró divisar a Ser Jorah entre la multitud de hombres libres que se habían reunido para observar a Daenys.

¡Inmaculados! —Visenya exclamó sin titubear, y sonrió al notar las expresiones de asombro que había logrado producir. Sólo los chillidos del dragón plateado que intentaba arrancar la cabeza del hombre calvo rompían el ambiente sepulcral que había provocado—. ¡Marchen al frente! —alzó el látigo en su mano derecha, y los Inmaculados obedecieron de inmediato—. ¡Alto!

¡Dile a la perra que su bestia no quiere obedecer! —Kraznys exclamó en un intento de dominar a la dragona. Daenys intentaba cercenarle el cuello con sus propias garras.

¡Un dragón no es un esclavo! —La mujer giró sobre sus talones para observar el horrible rostro de los esclavistas—. ¡Un dragón no se arrodilla!

¿Hablas Valyrio? —exclamó uno de los Bondadosos Amos que aguardaban sobre palanquines. Missandei observó a Kraznys con una pequeña sonrisa en los labios.

Soy Visenya de la Casa Targaryen, de la sangre de la Vieja Valyria. El valyrio es la lengua de mis antepasados—La mujer pronunció cada palabra con el mayor grado de perfección, pues su estancia en Valyria había logrado enseñarle la verdadera lengua de los Señores Dragón—. ¡Inmaculados! ¡Maten a los Amos! ¡Maten a los soldados! ¡Maten a todo hombre que sostenga un látigo! ¡Pero no dañen a ningún hombre, mujer o niño que decida deponer sus armas! ¡Corten las cadenas de cada esclavo que vean! —al oír los asquerosos gritos de Kraznys, observó con determinación a la Reina de Plata—. ¡Fuego de dragón!

Daenys entonces bañó el cuerpo del esclavista en llamas. En unos segundos, éste cayó sobre el polvo con el cuerpo completamente carbonizado. A través del Lazo de Vhagar, Visenya cercenó las cabezas de algunos soldados fieles a los Maestros que intentaron atacar por la espalda a su pequeño séquito. En ese momento, Arthur pareció despertar de su letargo para unirse a la pelea que la Madre de Dragones había gestado.

La Plaza del Orgullo estalló en un caos. Los Maestros gritaban por la ayuda de los Inmaculados al intentar huir, pero éstos ignoraron por completo las súplicas. Los soldados se mantuvieron leales a las órdenes de Visenya, avanzando con sus lanzas al ristre, matando a todo hombre que osara defender a los Amos de Astapor.

Cuando un Inmaculado cayó sobre la arena, con una flecha sobresaliendo de su cráneo, la mujer Targaryen enroscó el Lazo de Vhagar en el cuello de la arpía que coronaba una de las entradas a la Plaza del Orgullo. Con los dientes apretados, utilizó el impulso para saltar sobre las murallas repletas de arqueros que disparaban en contra de sus nuevos soldados, que procedieron a ocultar sus cuerpos bajo los escudos que habían costado la vida de un bebé.

Visenya balanceó la Llama de la Verdad como una extensión de su propio brazo para proteger a los Inmaculados que luchaban en terrenos bajos. Al acabar con los arqueros en las torres, la mujer atravesó una ventana para caer en una habitación repleta de soldados y Amos que intentaban informar a las Ciudades Libres de la revuelta de esclavos que había desatado.

Tomando nota de su alrededor, Visenya pateó una mesa para derribar a los soldados más cercanos. Ella frunció el ceño al detener la punta de una lanza con sus brazales de acero valyrio. Había comprado todo Inmaculado en Astapor, pero los que anteriormente habían sido adquiridos por los nobles de la ciudad peleaban para proteger a los Amos. Visenya no deseaba luchar contra ellos, pero sabía que éstos no retrocederían debido a la lealtad ciega que les había sido inculcada.

Inmaculados. Les doy una opción. Pueden luchar por hombres que les han negado toda dignidad o hacerse a un lado y permitirme cobrar justicia—La mujer Targaryen tensó su espalda, observando cada uno de los rostros a través de sus pestañas. Cuando la mitad de los soldados en la habitación dejaron caer sus lanzas, Visenya dio caza a los Maestros en fuga. Un soldado presionó contra su espalda la empuñadura de una lanza, y la mujer destrozó el arma al presionarla contra sus brazales de acero valyrio.

Al girar sobre sus talones, el Lazo de Vhagar destrozó a los soldados como si éstos se encontraran hechos de papel. Ella hubiese perdonado sus vidas, pero la rendición no había sido una opción para ellos. Con la ayuda de las botas cubiertas de acero valyrio, deslizó sus rodillas por el piso hasta terminar con la vida de los Maestros en fuga.

Al saltar frente a una ventana, pateó el rostro de un Amo a través del cristal. Visenya entonces aterrizó entre los Inmaculados que llevaban a cabo sus órdenes. Cuando los soldados reconocieron su identidad, éstos siguieron sus pasos a través de las calles de Astapor, terminando con la vida de todos aquellos que decidieran demostrar lealtad hacia los esclavistas.

Al terminar el conflicto en las calles, Visenya regresó a la Plaza del Orgullo bañada en sangre. Arthur no tardó en correr a su lado para cerciorarse de su estado físico. Ser Jorah cayó sobre una rodilla, y Aenar enfundó sus hachas gemelas con una mueca en los labios. Missandei sostenía tímidamente a Nymeris y Vhalia, que intentaban ayudar a su causa respirando fuego.

—¡Visenya! —Arthur exclamó en medio de una nube de polvo y cenizas—. ¿Dónde estabas? ¡Fue una locura! ¿Qué diablos pasa por tu cabeza?

—¿Qué hace él aquí? —La mujer señaló a Ser Jorah. El caballero bajó la cabeza sumisamente, esperando que su participación en la batalla fuera suficiente para demostrarle la lealtad que sentía hacia la Casa Targaryen.

—Peleó y sangró junto a nosotros—Aenar intercedió por el caballero, sorprendiendo a Visenya. Él había sido el principal detractor de Ser Jorah debido a la participación de éste en el Asedio a Pyke—. Puedo confiar en un compañero de armas.

—Permítame servir a su causa, Madre de Dragones—El hombre reiteró una vez más, ofreciéndole su espada como un caballero de antaño.

—Muy bien—asintió Visenya antes de subir a la tarima de los Maestros, cuyos cuerpos carbonizados eran esparcidos en el viento—. ¡Mi nombre es Visenya de la Casa Targaryen! ¡Soy la hija de Lyanna Stark y Rhaegar Targaryen! —exclamó con toda la fuerza de sus pulmones, pues esperaba que la noticia llegara a oídos de Robert Baratheon—.¡Inmaculados! Han sido esclavos toda su vida. Hoy, son libres. Cualquier hombre que desee irse podrá hacerlo, y nadie le hará daño. Les doy mi palabra—observó, bajo el sol del ocaso, el rostro ceniciento de los esclavos—. Juro que todo aquel que se atreva a lastimarlos morirá gritando. Juro que mientras viva sus enemigos no conocerán refugio. Sólo son dignos de libertad aquellos que están dispuestos a morir por ella. ¿Lucharán a mi lado como hombres libres?

Visenya tragó saliva cuando el sonido de las lanzas inundó sus oídos. Una multitud de esclavos rodeó la tarima con sonrisas en sus rostros, exclamando en un idioma desconocido para ella. Cuando el valyrio alcanzó sus oídos, la joven comprendió las intenciones de aquella congregación.

¡Reina! —exclamó la multitud al unísono. Los antiguos esclavos extendían sus brazos en aire. Fue entonces que Visenya dejó caer su cuerpo sobre aquella aglomeración de personas, que ansiosos cargaron a la joven en medio de gritos de felicidad—. ¡Madre!


Con las manos entrelazadas sobre el vientre, Visenya observó el interior del comedor que había habilitado para los antiguos esclavos. La ciudad había sido completamente saqueada por su ejército, pero no avanzaría sin tener un plan en mente. Ella era considerada la Reina de Astapor por los habitantes de la ciudad, pero aquello no era suficiente. Necesitaba de líderes ajenos a su propia persona.

—Todos parecen felices—sonrió Visenya. El oro y las piedras preciosas que los Amos habían almacenado servían a una noble causa. Ver a aquellos jóvenes soldados llenar sus estómagos con alimento provocaba en la Portadora de Tormentas una enorme felicidad—. Sin embargo, sé que… me temen.

—El hombre teme aquello que no puede comprender—Ser Jorah enunció solemnemente, sorprendiendo a la joven mujer, pues ésta había pensado que Missandei era quien se hallaba a sus espaldas—. He visto lo suficiente para creer que la magia existe. Es un poder que temo porque no conozco sus límites. A pesar de ello, respeto el alcance de sus acciones. Pudo permanecer oculta, pero decidió actuar por el bien mayor.

—Arthur no piensa de la misma manera—negó con la cabeza Visenya. Víctima de la indignación había destruido todas y cada una de las arpías en la ciudad con sus poderes de hielo. Después de ello, el temor de la población no se había hecho esperar—. Pero no necesito de su aprobación. No soy una niña, y no puedo continuar ocultándome por temor—entonces el fuego rodeó una de sus manos—. ¿Podría hablarme un poco de la Rebelión Greyjoy, Ser Jorah? Sé que parecerá una locura, pero no había oído hablar de ella hasta que Aenar la mencionó en aquel callejón.

—Años después de que Robert Baratheon tomara el Trono de Hierro, Balon Greyjoy declaró la independencia de las Islas del Hierro—Visenya asintió con la cabeza, sentándose en las escaleras del comedor para oír el solemne relato de su nuevo asesor—. Lord Greyjoy creía que el gobierno del Usurpadoe era todavía inestable y que carecía de apoyo entre la nobleza, por lo que no sería capaz de reunir un ejército contra él. Además, confiaba en la superioridad naval de la Flota de Hierro contra la Flota Real. La rebelión en sí comenzó cuando Euron y Victarion Greyjoy quemaron la flota Lannister en el puerto de Lannisport—al oír el nombre del repugnante hombre que había intentado violarla, Visenya apretó los puños—. Lord Greyjoy envió pequeñas incursiones de saqueadores al continente, pero éstas terminaron con la muerte de su hijo Rodrik. Stannis Baratheon unió la Flota Real a la Flota Redwyne, y pronto lograron destruir la Flota del Hierro. El Usurpador en persona comandó el ataque a Pyke. Las fuerzas de Robert asaltaron el muro sur con máquinas de asedio y derrumbaron la torre sur. Thoros de Myr fue el primero en cruzar la brecha, blandiendo una espada en llamas. La lucha fue cruenta, pero el castillo fue tomado. Lord Greyjoy se rindió y su último hijo vivo fue tomado por los Stark. La rebelión no hizo más que consolidar a Robert en el Trono de Hierro.

—No sé qué decir—suspiró Visenya al entrelazar sus dedos—. Aenar perdió varios de sus familiares en aquella batalla. Comprendo el dolor en su corazón, y siento la melancolía en sus palabras, Ser Jorah. Añora regresar con su familia.

—He avergonzado a mi familia, Majestad. No tengo derecho a regresar, y si lo hiciera Ned Stark me cortaría la cabeza—admitió el caballero con tristeza. Visenya entonces tomó una de sus manos para reconfortarlo—. Su tío es un hombre de honor, nadie puede decir lo contrario.

—Mi tío… jamás he pensado en los Stark como parte de mi familia. Todos me abandonaron al nacer—Visenya se puso de pie para aguardar la llegada de Missandei en los terrenos aledaños a la Pirámide de Cristal. El día anterior había recubierto la pirámide central de Astapor con una capa de hielo, por lo cual los habitantes de la ciudad habían decidido renombrarla en honor a su nueva apariencia. Aunque aquella muestra de poder había causado que los últimos Maestros con vida hincaran la rodilla, sabía que las personas comenzaban a temerle—. Sé que en el fondo piensa que soy una Fuegoscuro, y no puedo culparlo, Ser Jorah. Arthur se encargó de ocultar todos los registros de mi filiación cuando partió de Poniente. Puedo asegurarle que soy una Targaryen legítima.

—El nombre de su padre sustentará su reclamo al Trono de Hierro cuando cruce el Mar Angosto, Majestad—el caballero acarició la empuñadura de su nueva espada. Visenya había saqueado en persona la armería de los Inmaculados para proporcionarles a sus consejeros la indumentaria bélica apropiada. Como consecuencia de ello, Ser Jorah había ganado una nueva armadura, que éste había adaptado para que luciera como las escamas de un dragón—. Si desea reinar los Siete Reinos, debe demostrar quién es.

—No deseo tomar los Siete Reinos—rió Visenya con sinceridad, sorprendido al oso. Ella asintió con la cabeza hacia los antiguos esclavos que pasaban a su lado, quienes no podían creer que Mhysa caminara entre ellos como una persona común—. Todo lo que mis ancestros hicieron fue librar una guerra de furia durante trescientos años. Aegon unificó Poniente en un solo trono, pero no hizo más que eso. Todo anciano en los Siete Reinos debe haber experimentado al menos una guerra a causa de los Targaryen. Cruzar el Mar Angosto sosteniendo que bajo el reinado de una Targaryen los Siete Reinos experimentarían una vez más paz y prosperidad, sería una hipocresía de mi parte—subió algunas escaleras con tranquilidad, aunque su acompañante se aseguraba de mantener la guardia en alto, pues los Maestros podrían intentar asesinarla de improvisto—. Poniente jamás ha sido mi hogar. Los Siete Reinos sacaron a relucir lo peor de mi familia. En este lugar, puedo intentar hacer del mundo un lugar mejor, comenzar una vez más—respiró profundamente el aroma de la costa. Con el paso de los días, había desaparecido la asquerosa esencia que los cuerpos quemados desprendían—. Cuando ves que algo malo sucede en el mundo puedes hacer algo o no hacer nada. Todos han hecho nada durante demasiado tiempo.

—Majestad, presento ante usted los oficiales de los Inmaculados—Missandei caminó hacia la Portadora de Tormentas con una pequeña legión de soldados pisándole los talones.

No escogieron esta vida—Visenya comenzó con firmeza, permitiendo que la brisa meciera los rizos que la Corona de Meraxes no era capaz de contener—. Ahora, son hombres libres. Libres de tomar sus decisiones. ¿Han seleccionado a un líder de entre uno de ustedes? —entonces los Inmaculados movieron sus cuerpos para revelar a un joven de baja estatura—. ¿Cuál es tu nombre? —Visenya apretó los puños al examinar los ojos del joven. Cuando Arthur relataba los sucesos de la Rebelión de Robert, sus ojos adquirían cierta clase de tristeza. Los ojos que le devolvían la mirada habían sido forjados por la muerte y el dolor, al igual que los ojos de la Espada del Amanecer.

Gusano Gris.

¿Gusano Gris? —La mujer repitió con lentitud, y entonces giró sobre sus talones para buscar una respuesta en su escriba.

—A los niños Inmaculados se les da nombre cuando los cortan. Gusano Gris. Mosca Roja. Rata Negra. Nombres que les recuerdan lo que son: alimañas.

De ahora en adelanta escogerán su propio nombre. Les dirán a sus soldados que hagan lo mismo. Descarten su nombre de esclavo. Escojan los nombres que sus padres les dieron, o cualquier otro. Escojan un nombre que los haga sentirse orgullosos—Visenya tragó saliva. El único arrepentimiento que había nacido en su corazón era el no haber asesinado con sus propias manos a todos y cada uno de los Maestros.

Gusano Gris me da orgullo—intervino el joven Inmaculado, sorprendiendo a la mujer de cabello blanco—. Es un nombre con suerte. El nombre con el que éste nació está maldito. El nombre que tenía cuando fue tomado como esclavo. Pero Gusano Gris es el nombre que éste tenía cuando la Madre de Dragones le devolvió su libertad.

Agradezco tus palabras, pero Gusano Gris no es un nombre que demuestre honor. Gusano Gris es el nombre con el que los Amos designaron una posesión. Es el nombre con el que intentaron arrebatarte toda humanidad—negó Visenya, y entonces sujetó las manos del nuevo Comandante de los Inmaculados. Cuando éste le comunicó con la mirada la firmeza de su decisión, ella tragó saliva—. ¿Aún así escoges llamarte de esa manera? Entonces intentaré honrar esa fe. Intentaré honrar la fe de todo liberto en Astapor—enunció con firmeza, comunicando a los oficiales que transmitieran sus palabras a los soldados que estarían bajo su mando—. Debes acompañarme, Gusano Gris.

—De prisa, Majestad. No es seguro que camine por la ciudad sin la protección de una Guardia Real—Ser Jorah tomó uno de los brazos de Visenya para instarla a correr. El oso había interpretado como un peligro la apertura de los mercados y la creciente cantidad de personas que comenzaban a transitar en ellos.

—Creo ser capaz de defenderme—afirmó Visenya al subir las escaleras que conducían a la Pirámide de Cristal. Al arribar a la habitación que había designado como Sala del Consejo, la joven tomó asiento en la silla principal—. Ofrezco mis disculpas a todos. Un importante asunto requería de mi presencia. Es mi deber presentar a Gusano Gris, Comandante de los Inmaculados—entonces indicó con una mano que todos tomaran sus respectivos lugares en la mesa—. Pueden manifestar su opinión con libertad. Les aseguro que intentaré remediar sus inquietudes de la mejor manera posible.

Visenya entonces observó los rostros de sus asesores, alzando ligeramente una ceja. Como señal de buena voluntad, había seleccionado tres ancianos oriundos de Astapor para que éstos gobernaran la ciudad en su ausencia. Missandei en persona había propuesto los nombres.

Con el debido respeto, Majestad—Zion, antiguo erudito, aclaró su garganta con timidez—. Astapor es una ciudad árida, los pocos alimentos que logran prosperar en estas tierras son de baja calidad. Hemos dependido históricamente del comercio con otras ciudades. En lugar de sembrar las tierras aledañas, el oro y la mano de obra deberían utilizarse para instaurar una guardia que proteja la ciudad. Los Maestros tarde o temprano intentarán retomar el control.

Conozco el estado en que se encuentran las defensas, pero les aseguro que incluso el ejército más grande del mundo no lograría sobrevivir sin alimento—debatió la mujer, cruzando las manos sobre la mesa—. Comprendo la preocupación de todos ustedes. Sé que la escasez de agua ha impedido el desarrollo comercial de Astapor, pero les aseguro que aquella dificultad no será un impedimento bajo mi reinado. Demostraremos que los Maestros no son necesarios en el mundo—al notar las miradas de desconcierto, Visenya suspiró—. Por una razón me llaman Portadora de Tormentas. Les aseguro que no es un simple título ceremonial.

—Conseguí los mapas que deseabas—Aenar intervino, pues había presenciado con sus propios ojos el poder de la Madre de Dragones. Él no podía culpar a los ancianos que integraban el Consejo de Astapor. Visenya debía invocar una tormenta frente a ellos para que éstos verdaderamente creyeran que poseía esa habilidad—. Los Bondadosos Amos subestimaron tu fuerza, pero la Ciudad Amarilla estará advertida. Yunkai es mucho más rica que Astapor. Me temo que los Sabios Maestros contrataran mercenarios.

—Aenar habla con verdad, Majestad—Ser Jorah señaló la Ciudad Amarilla en el mapa dispuesto sobre la mesa—. Un modesto khalasar Dothraki pudo haber tomado esta ciudad. Visité Yunkai un par de veces cuando luchaba con la Compañía Dorada. No será una conquista sencilla.

Sin su presencia, los Maestros conspiraran para traer de regreso la esclavitud. Ellos temen su poder—manifestó Xeru, un antiguo sanador que poseía algunos conocimientos mágicos—. No lograremos resistir sin Inmaculados. La mayoría de nosotros jamás ha empuñando un arma.

¿Es posible que dos mil Inmaculados permanezcan en la ciudad? —Visenya observó el rostro de Gusano Gris, que asintió solemnemente con la cabeza—. Dos mil Inmaculados permanecerán en Astapor como guardias, el resto marchará conmigo a Yunkai. Durante mi ausencia, los terrenos cercanos a la ciudad deberán ser sembrados con toda clase de semillas. Deberán construir recolectores que almacenen el agua de lluvia para dar de beber al ganado. La lechuza permanecerá en la Sala del Consejo. Prohíbo terminantemente que sea cambiada de lugar—señaló el ave de hielo que yacía en medio de la mesa—. Les aseguro que sabré si una rebelión se gesta dentro de los muros de esta ciudad. No mostraré misericordia a los responsables. Pueden retirarse.

—Portadora de Tormentas… —negó Aenar con una sonrisa cuando el Consejo de Astapor abandonó la habitación—. Debo admitir que tomar Yunkai es una buena idea. Tus dragones necesitan crecer. Pasaran décadas antes de que oscurezcan ciudades enteras cuando las sobrevuelen.

—Has permanecido silencio. No es una buena señal—Visenya fijó la mirada en Arthur. La Espada del Amanecer observaba el mapa que representaba la Bahía de Esclavos con atención—. ¿Qué es lo que te perturba?

—Mi deber es protegerte de todo aquel que intente ponerle fin a tu vida. En un par de días, has causado que una inmensa cantidad de personas deseen verte muerta. Pronto los asesinos del Usurpador caerán sobre nosotros—negó Arthur con la cabeza, y entonces reparó en la lechuza de hielo que permanecía inmóvil como una estatua—. Como si eso no fuera suficiente, has comenzado a experimentar con magia una vez más. La última vez que decidiste hacerlo terminaste…

—Entrando a un enorme incendio—terminó Visenya, balanceando un pie bajo la mesa—. Entré al incendio y salí de él completamente ilesa. Deberías saber muy bien que el fuego no es capaz de matarme—espetó con el ceño fruncido, pues Arthur actuaba como un niño—. Eres uno de los mejores caballeros en la historia de Poniente, el guerrero más hábil de la Guardia Real y un gran estratega militar. Tu silencio no contribuye a esta causa.

—No lograríamos triunfar en una batalla contra la Compañía Dorada—habló la Espada del Amanecer, analizando el mapa que detallaba la infraestructura de la Ciudad Amarilla—. Las murallas se hayan resguardadas con ballesteros y lanceros. La ciudad lograría resistir un asedio.

—Dudo que la Compañía Dorada sea contratada, Ser Arthur—negó el oso, que aún veía a su consejero más leal con asombro. Ser Jorah le había comunicado que en los Siete Reinos se creía que Ned Stark había acabado con la vida de la Espada del Amanecer—. Pocas ciudades lograrían pagar la cuota de la Compañía Dorada. Un jinete tardaría seis días en llegar a Yunkai desde Astapor. Mi recomendación es partir con rapidez, de esa manera restringiremos el tiempo de los Sabios Maestros.

—Muy bien. Agradezco su consejo—asintió Visenya al ponerse de pie—. Montaremos a Yunkai en breve. Preparen los aditamentos necesarios para ello. He jurado dar caza a todo hombre que comercie con la vida humana, la Ciudad Amarilla solo es el escondite de aquellos déspotas.


—Rompedora de Cadenas… —musitó Visenya al observar las desoladas tierras arenosas que yacían entre Astapor y Yunkai. A su alrededor, los libertos comenzaban a erguir un improvisado campamento—. Lamento no poder serles de ayuda. Me temo que no puedo cocinar alimentos comestibles—enfocó la mirada en las verduras que picaba. Un enorme caldero era sostenido sobre el fuego, pues más personas de las esperadas habían decidido seguirla. Con una sonrisa, la joven vertió el fruto de su trabajo en la sopa que era cocinada por una anciana—. Huele muy bien.

Madre no debería encontrarse en este lugar. Madre tiene el poder para vencer a los Maestros. Si Madre muere, ellos ganarán—declaró un joven liberto con los ojos vidriosos. Visenya había escapado de su Guardia Real para pasar un poco de tiempo con el pueblo llano, pues necesitaba conocer de primera mano las inquietudes de los mismos. Parecía ser que ellos jamás habían esperado que la Madre de Dragones decidiera acompañarlos durante la cena, pues muchos libertos formaban un círculo a su alrededor.

No teman. Puedo cuidar de mí misma—sonrió Visenya a la multitud que observaba sus acciones. Niños que antes habían estado desnudos y hambrientos rodearon el tronco que había escogido como asiento—. El estado de estos… caminos… es decepcionante. Los Maestros sostienen que la riqueza extraída de la esclavitud es suficiente para olvidar la injusticia, pero jamás han hecho nada por mejorar las condiciones de vida del pueblo. Es necesario un camino que conecte las ciudades de la Bahía de Esclavos.

Para llegar acercarse a Yunkai, habían debido cruzar ríos sin puentes y quebradas plagadas de animales salvajes. Muchas veces las rocas del camino habían destruido las ruedas de las carretas que transportaban los víveres, lo cual había retrasado su viaje. Cuando tomara control de la Bahía de Esclavos, construiría un camino que conectara cada ciudad y pueblo.

Los Maestros sólo velan por sí mismos, Madre—un joven añadió con el ceño fruncido. La cabras que transportaban dejaron escapar un berrido cuando el sol comenzó a ocultarse en el horizonte.

Visenya entonces ayudó a servir la sopa que las mujeres cocinaban. Los libertos formaron una fila frente a ella para recibir de la Rompedora de Cadenas un cuenco con comida. De pronto, un niño acarició la hoja de Hermana Oscura con una sonrisa curiosa.

Perteneció a una gran guerrera, la Reina Oscura de Aegon el Conquistador—Visenya tomó asiento en medio de los infantes para narrarles aquella historia. Ellos jamás debían haber oído de la conquista de Aegon debido a los Maestros. Eran pocos aquellos que lograban costear una educación de calidad—. Hace trescientos años, Aegon Targaryen emprendió la conquista de los Siete Reinos. Aunque su ejército era más pequeño que todas las huestes en Poniente, Aegon tenía de su lado los últimos tres dragones en el mundo. Junto a sus hermanas, Rhaenys y Visenya, triunfo en cada batalla. Aegon montó a Balerion el Terror Negro, que oscurecía ciudades enteras cuando las sobrevolaba. Rhaenys cabalgó sobre Meraxes, que podía devorar caballos enteros de un mordisco. Visenya montó a Vhagar, cuyo feroz aliento era capaz de derretir armaduras—la mujer sonrió cuando notó la emoción en el rostro de los niños—. El nombre de esta espada es Hermana Oscura, y perteneció a Visenya. Más tarde, fue empuñada por uno de los mejores guerreros en la historia de Poniente, Aemon el Caballero Dragón. Aemon sirvió en la Guardia Real de Aegon el Indigno, y murió protegiéndolo de un grupo de asesinos aún cuando Aegon lo había insultado toda su vida. Ahora, es mi deber empuñarla con honor.

Quisiera convertirme en un caballero—suspiró un niño que observaba a Hermana Oscura con adoración. Ella prefería la espada de Visenya por sobre el arma de Aegon el Conquistador—. Los caballeros protegen a los débiles. Los caballeros tienen la fuerza para cambiar la historia.

La historia de Poniente se cimienta en las proezas de grandes guerreros—sonrió la mujer, recordando las historias para dormir que Arthur le había narrado durante la infancia—. Aemon Targaryen exhibió tal manejo de la espada que le valió el derecho a portar a Hermana Oscura, intervino en la Rebelión de Dorne y sirvió a cuatro reyes antes de morir heroicamente. Cregan Stark enfrentó al Caballero Dragón en combate, el mismo Aemon dijo que era el mejor guerrero que había enfrentado. Ser Gwayne Corbray se batió en duelo con Daemon Fuegoscuro durante más de una hora en la Batalla del Prado Hierbarroja; hasta la fecha ha sido uno de los mejores combates en la historia de los Siete Reinos—rugió de forma juguetona, causando que los niños rieran—. Aunque las acciones de aquellos hombres merecen mi respeto, creo que el mejor caballero en la historia de Poniente es Ser Arthur Dayne. Arthur es un gran guerrero, de los pocos que logran manejar dos espadas simultáneamente. Él podría derrotar con una sola mano a todo un ejército mientras orina con la otra—su público rió en voz baja—. Lo mejor de todo es que él sigue vivo, que viaja con nosotros. Es un honor tenerlo a mi lado.

—¡Majestad! —Ser Jorah exclamó, corriendo a través de las arenosas quebradas para llegar a su lado—. Ser Arthur la ha buscado en todas partes. No es seguro para usted estar en este lugar. Debe acompañarme.

—El lugar de una Reina está junto a su pueblo. Estas personas no han hecho nada que atente contra mi integridad—Visenya depositó su cuenco vacío en los baldes de agua junto al fuego. Aunque amaba la sopa de Arthur debía admitir que la comida de aquellas mujeres era mucho mejor—. Además, los pequeños caballeros no permitirán que una damisela sufra—revolvió la cabellera de un niño, que asintió ante sus palabras. De pronto, sus acompañantes retrocedieron temerosamente—. ¿Un león?

—No, mi Reina—negó Ser Jorah al divisar a la bestia que acechaba el campamento. Con lentitud, el caballero depositó una mano sobre el brazo de la mujer para instar la a correr—. Su pelaje es blanco, se trata de un hrakkar. No es común hallarlos fuera del Mar Dothraki, pero debemos ahuyentarlo. Se trata de un animal bastante peligroso.

—¡No! —exclamó Visenya cuando Aenar tensó su arco. El animal era bastante grande, pero no era una bestia salvaje ni merecía morir por el miedo de hombres sobreprotectores—. No te atrevas a lastimarlo, Aenar Pyke—señaló con un dedo el arma que yacía en manos del Hijo del Hierro. En ese momento, Visenya se apartó de Jorah para caminar hacia el enorme animal que acechaba a los libertos—. Primero dispara y luego pregunta… ese el problema del mundo.. —negó la mujer, rodeando al hrakkar para llegar a su sección media. El animal cayó sobre la arena, lo cual intensificó los nervios de Jorah, pero Visenya continuó acercándose a él. Con una pequeña sonrisa, la mujer acarició el vientre del animal y extrajo de sus patas traseras la punta de una flecha que debía haberlo torturado por bastante tiempo—. Tranquilo. Estarás bien.

Entonces el hrakkar recargó la cabeza en el regazo de Visenya y comenzó a ronronear como un pequeño gato. Aenar compartió una mirada con Jorah cuando la mujer acarició la melena del león blanco.

—Visenya… —Arthur negó con la cabeza ante la imagen frente a él. En ese momento, la mujer observó los ojos azules del animal con lástima. Si los leones comprendieran el como los Lannister utilizaban su figura de una manera tan descarada, seguramente asesinarían a todos y cada uno de ellos—. Apartarte de él lentamente.

—¿Por qué? Él sólo necesitaba ayuda—frunció el ceño Visenya, compartiendo una mirada con la inofensiva criatura. El temor de los hombres había acabado con la mayoría de las bestias fantásticas que alguna vez habían caminado en el mundo. Ella no contribuiría al sufrimiento de los pocos animales que habían logrado sobrevivir al hombre—. No desea lastimarme. Es curioso que esto te sorprenda, Arthur. Eres tú quien me llama Domadora de Bestias.

—Cuando el kraken se una al dragón, el mundo caerá de rodillas—entonces Visenya liberó al hrakkar para oír la voz que susurraba en la brisa. Ella alzó una mano para detener a sus consejeros—. Desconfía del oso. La estrella caída te oculta un secreto. No confíes en el dragón de la araña, es menos que la sombra de una serpiente. Pronto vendrá por ti el hombre sin rostro.

—Solo debo desconfiar de ti, Shiera Estrellademar—espetó Visenya, percibiendo la magia que desprendían las velas de cristal. En ese momento, cerró los ojos y utilizó la conexión que las velas creaban para transportar su mente a Qarth, donde la bastarda de Aegon IV se ocultaba bajo una máscara—. Eres idéntica a Cuervo de Sangre, no me sorprende que ambos terminaran en la cama. No me interesan tus crípticas advertencias. Puedes irte al infierno junto a tus amantes—entonces Visenya concentró su poder en las velas de cristal para hacerlas estallar—. Si intentas una vez más entrar a mi mente… ni la sangre de doncellas logrará salvarte.


—Logro divisar los muros. Como supusimos, los Sabios Maestros han contratado mercenarios para defender la ciudad. Se trata de los Segundos Hijos, a juzgar por la espada rota en el estandarte—Aenar enfundó su pequeño catalejo myriense—. No poseemos caballería ni armas de asedio, y has dejado atrás una gran parte de tu ejército. Espero que hayas ideado un grandioso plan. No quisiera ser parte de otra rebelión fallida.

—Con dos mil Inmaculados patrullando la Ciudad Roja, será mucho más difícil para los Bondadosos Amos restablecer la esclavitud—Visenya intervino con los brazos cruzados sobre el pecho. A pesar de la distancia, lograba divisar los jinetes que custodiaban los muros de Yunkai—. ¿Cuántos son?

—Dos mil. Se trata de una compañía dirigida por un bravoosi llamado Mero, el Bastardo del Titán. Los Segundos Hijos huyeron de la Batalla de Qohor, que posteriormente fue ganada con la ayuda de los Inmaculados—asintió Visenya, y entonces disparó una curiosa mirada hacia el Hijo del Hierro—. Una vez pensé en huir de Euron y unirme a una compañía de mercenarios. Pensaba en luchar hasta ahorrar lo suficiente para comprar un enorme barco. El mar siempre ha sido mi pasión. Mi sueño es surcar los mares más allá del Mundo Conocido y mapear tierras inexploradas en nombre de la Casa Greyjoy.

—Jamás conocí a mis padres, pero no recuerdo haber deseado hacerlo. Su estúpido actuar me hizo quien soy, y por ello les agradezco. Pero jamás los perdonaré. Comprendo los sentimientos que albergas hacia… Euron—tragó Visenya al recordar el trágico romance que habían experimentado sus padres—. Ansias ser llevar el apellido Greyjoy.

—Basta de sentimentalismos, provocas que la temperatura disminuya—espetó Aenar con los brazos cruzados, sorprendiendo a la mujer. Ella no había percibido la gélida brisa que se expandía por la colina, pues su cuerpo no era capaz de sentir frío ni calor—. No puedes desencadenar una nevada en medio del desierto. Debemos librar una batalla. No hay tiempo para tus locos experimentos.

—Regresa al campamento. Comunícale a Missandei que deseo tener una audiencia con los líderes de aquella compañía de mercenarios—alzó una mano Visenya, indicando con la cabeza la tienda principal. Cuando Aenar descendió la colina, la mujer arrastró sus botas de cuero—. Rhaegon… —sonrió tristemente cuando la arena frente a ella fue removida por una fuerza invisible. Visenya entonces acarició con la yema de sus dedos las suaves escamas de su primogénito, que permanecía oculto debido a las mismas—. ¿Qué haces aquí? No es seguro para ti. Deberías estar cuidando de tus hermanos. Sabes que Jhae y Duncan no pueden dejar de luchar—entonces el dragón invisible acarició el cuerpo de su madre con las escamas que yacían en medio de sus ojos. Rhaegon fácilmente lograría avergonzar el tamaño de Balerion—. También los extraño, pero me niego a permitir que la injusticia reine en el corazón de los hombres. Si nadie protege este mundo es mi deber hacerlo, y lo haré sin su ayuda. No son mis esclavos ni armas de guerra, son mis hijos Vete, Rhaegon. No regreses.

Visenya lloró en silencio cuando una enorme ráfaga de aire sacudió su cuerpo, lo cual le indicó que su primogénito había emprendido el vuelo. Aunque los dragones utilizados por los valyrios habían sido engendrados para que sirvieran como armas de guerra, se negaba a permitir que sus hijos siguieran el mismo camino. Las bestias fantásticas desaparecían debido a la codicia humana, el fénix era una prueba de ello. Visenya no deseaba que los dragones volvieran a extinguirse por culpa de una guerra.

—Se ha enviado un mensajero al campamento de los Segundos Hijos, Majestad—le informó Missandei una vez que arribó al campamento. Visenya limpió con las manos la arena que cubría su traje, el cual había sido importado desde Qarth. Aunque odiaba aquella estúpida ciudad debido a los brujos, debía admitir que las prendas confeccionadas en ella eran exquisitas—. Si mi atrevimiento es permitido, Su Gracia luce… triste.

—Yo… debí despedirme de un ser amado. Te aseguro que no es nada que no logre superar—Visenya limpió sus lágrimas, pues no podía permitir que sus enemigos hallaran en ella un rastro de debilidad—. Si mi familia estaba obsesionada con dragones, los ghiscarios lo están con esa horrible arpía. Coser animales en la ropa no transforma a los hombres en bestias. El emblema de mi familia es una exageración, pero respeto el simbolismo que se haya tras el—señaló una bandera negra ondeando en el viento, pues un dragón de tres cabezas se hallaba pintado en ella—. Si hay batalla, quiero que te alejes. Mi deber es luchar junto a mi pueblo. No sería una Reina digna de admiración si no arriesgara mi vida.

—¿Furia de Invierno estuvo aquí? —Arthur alzó una ceja hacia la joven de cabello blanco, que asintió con la cabeza al ingresar a la tienda principal. Aunque Rhaegon era invisible la mayor parte del tiempo, la Espada del Amanecer había aprendido a reconocer los signos que delataban su presencia—. Los Segundos Hijos… somos capaces de vencerlos, pero causarán problemas.

—Mi deber es intentar negociar con esos hombres. Triplicamos en número a los Segundos Hijos, pero no puedo permitir que mi pueblo muera en batalla—suspiró Visenya, y entonces observó el solemne rostro de Gusano Gris—. Confío en sus habilidades, pero deseo que disfruten la vida como seres humanos libres de toda atadura. No podrán hacerlo si mueren luchando contra mercenarios.

Cuando Ser Jorah aclaró su garganta, Visenya enfocó la mirada en el grupo de hombres que avanzaba hacia su tienda. Vestidos con trozos de diferentes armaduras, los mercenarios aguardaron que Missandei comenzara las presentaciones adecuadas.

—Majestad, permítame presentarle a los capitanes de los Segundos Hijos—La escriba comenzó con las manos cruzadas sobre el vientre—. Mero de Braavos, Prendhal Na Ghezn y…

—Daario Naharis—El hombre más joven terminó por su amiga, ofreciéndole una mirada bastante intensa en el proceso.

— ¿Eres la supuesta Madre de Dragones? —Mero rió como un idiota, y entonces caminó para sentarse junto a la Reina—. Tienes las mejores tetas que he visto. Comprendo porque tantos hombres luchan por ti. Lucharía por esas tetas si no hubiera tomado el oro de los esclavistas.

¿Desea que corte la lengua de este hombre, mi Reina? —indagó Gusano Gris, causando que Visenya alzara una mano. De no ser por aquel gesto, la Espada del Amanecer hubiese cortado la cabeza del mercenario como si se tratara de un trozo de queso.

Estos hombres son nuestros invitados—negó la mujer antes de enfocar la mirada en los capitanes—. Lo soy. Soy la Madre de Dragones y tengo una propuesta para ustedes.

—Quítate la ropa—espetó Mero con una sonrisa lasciva, enseñándole la lengua—. Tal vez te entregue a mis Segundos Hijos.

—Diez mil Inmaculados amenazan Yunkai. Aún soy joven, no poseo la suficiente experiencia militar, pero un capitán diestro como tú tal vez logre explicarme como los Segundos Hijos planean salir vivos de esto—declaró Visenya con una pequeña sonrisa burlona. Missandei entonces sirvió un poco de vino en las copas de los capitanes—. Les ofrezco luchar por mí. No pueden ganar esta batalla y lo saben.

—No tienes caballería, no tienes armas de asedio y los rumores dicen que tus dragones tienen el tamaño de un perro—señaló Daario Naharis mientras tomaba un sorbo de vino—. Quien triunfa en una batalla no siempre tiene la mayor cantidad de hombres, preciosa.

—Lo sé muy bien—asintió Visenya. Aegon Targaryen jamás habría conquistado los Siete Reinos con sólo la ayuda de sus hombres—. La amenaza aquí soy yo. Les doy una opción: luchar por mí, desertar o morir.

—¿Acaso esperas que creamos que una mujercita decapitó a decenas de esclavistas con una cuerda mágica? Los viejos siempre inventan historias para asustar a los verdaderos guerreros—rió Mero, derramando un poco de vino sobre las almohadas que decoraban el banco de seda en el que se hallaba sentada—. Todos serán esclavos cuando la batalla termine. Si me muestras el coño tal vez los salve.

—Subestimas a tu enemigo. Una mujercita como yo sabe que ese es un error fatal—sonrió Visenya, y entonces sopló en la copa de Mero. El idiota dejó caer la copa cuando ésta comenzó a resquebrajarse por el frío—. ¿Qué sucede? ¿Acaso temes que la mujercita corte tu cabeza con la cuerda mágica? —admiró la sorpresa en el rostro del capitán que yacía a su lado con satisfacción—. Si eligen luchar por mi, jamás necesitaran otro contrato. Si eligen marcharse, no ordenaré que sean perseguidos. Si eligen luchar por Yunkai, no les mostraré misericordia. Les ofrezco dos días para pensar—entonces realizó un gesto con la cabeza, indicándole a Gusano Gris que expulsara a los capitanes de su tienda.

—No he participado en una batalla desde que murió tu padre, pero te aseguro que mataré a ese hombre primero—espetó Arthur, acariciando la empuñadura de Hermana Oscura—. Debes permanecer en el interior de esta tienda. Enviaran hombres a asesinarte. Debemos reforzar la seguridad, Gusano Gris.

—¿Acaso soy una niña? —Visenya cruzó los brazos sobre el pecho con molestia. Arthur emergió de la tienda para modificar las defensas del campamento en compañía del Comandante de los Inmaculados—. Si hay batalla, Ser Jorah, lucharé junto a ustedes. ¿Qué clase de Reina sería si no intentara proteger a mi pueblo?


Visenya acarició sus brazos al sentir el agua contra su piel desnuda. Aunque no era capaz de sentir el calor que el agua desprendía, apreciaba la relajante sensación.

—No es necesario que añadas esencias en el agua. Viví la mayor parte de mi vida en las ruinas de Valyria. No necesito lujos y extravagancias—rió la mujer desnuda cuando Missandei intentó verter el contenido de un frasco en la bañera de cobre—. ¿Podrías enseñarme a hablar los dialectos de las Ciudades Libres? Si pretendo que el pueblo confíe en mi, debo aprender su idioma. En este momento, sólo soy una invasora extranjera. Puedo imaginar las barbaridades que los Maestros han difundido.

—No es necesario que aprenda, Majestad—negó Missandei al deslizar por sus hombros una suave esponja de baño—. Jamás he oído una pronunciación más perfecta del valyrio. Me temo que ha avergonzado mis habilidades lingüísticas.

Visenya sonrió suavemente, permitiendo que la antigua esclava atara sus rizos con un prendedor. Aunque le resultaba más cómodo mantener su cabellera suelta, no podía negar que las trenzas que Missandei realizaba en su cabello comenzaban a encantarla.

—Bueno… Arthur solía decirme que nací hablando valyrio, pero no creo ser tan buena con los idiomas como tú.

De pronto, un hombre ataviado con la armadura de un Inmaculado inmovilizó a Missy. Un cuchillo fue presionado contra la garganta de la indefensa mujer.

—Si grita, ella morirá.

—Daario Naharis—Visenya reconoció aquellos ardientes ojos. Ella contuvo el deseo de resoplar, pues era perfectamente capaz de luchar sin la ayuda de un hombre—. Te han enviado a matarme, pero no lo has hecho. ¿Qué es lo que quieres?

—A usted—El hombre respondió con una sonrisa, admirando su cuerpo desnudo bajo el agua. A pesar de la situación, Visenya mantuvo la calma, pues no era la primera vez que se hallaba desnuda frente a un hombre.

—Déjala ir—La mujer espetó al recargar los brazos en la bañera.

—No grites, joven hermosa—El hombre susurró en el oído de Missy. La antigua esclava corrió para posicionarse junto a la joven Reina.

—Preguntaré una vez más. Te han enviado a matarme ¿por qué no has intentado hacerlo?

Daario Naharis sonrió como un depredador cuando las cabezas de Mero y Prendhal cayeron sobre la alfombra. La sintió cierto grado de satisfacción al ver la cabeza cercenada de aquel inmundo y lascivo capitán.

—¿Debería sentirme impresionada? —Visenya alzó una ceja, y acarició el aire para reunir partículas de hielo en su palma—. No valoro la traición.

—Teníamos diferencias… filosóficas. Su belleza significaba más para mí que para ellos—Visenya entonces compartió una mirada escéptica con Missandei—. Soy el hombre más simple del mundo. Solo hago lo que quiero hacer. Me pidieron que la matara. Les dije que prefería no hacerlo. Me dijeron que no tenía opción. Les dije que soy Daario Naharis, yo siempre tengo opción. Ellos desenvainaron sus espadas, y yo desenvainé la mía.

—Entonces, viniste a buscarme—negó la Reina, poniéndose de pie. Los ojos de Daario analizaron el cuerpo desnudo de la joven antes de que Missandei depositara sobre sus hombros una bata de seda púrpura—. ¿Los Segundos Hijos lucharán por mí?

Entonces el mercenario cayó sobre una rodilla, portando en sus manos un arakh Dothraki.

—Los Segundos Hijos son suyos, y también Daario Naharis. Mi espada es suya, mi vida es suya, mi corazón es suyo.


A pesar de la evidente disconformidad en el rostro de sus consejeros, Visenya permitió la presencia de Daario Naharis en su tienda. Con los Segundos Hijos de su lado, un baño de sangre jamás tendría lugar. Ella tan solo deseaba que Arthur comprendiera sus razones, pues sentía que cada día se alejaba un paso más de su padre. Aunque ansiaba cambiar el mundo, no podía decepcionar a la única familia que poseía.

Visenya dio la espalda a sus consejeros y acarició la Corona de Meraxes con suavidad. A través de los ojos de las lechuzas de hielo, observó las escasas defensas de Yunkai con una sonrisa. Los Sabios Maestros parecían pensar que los Segundos Hijos aún trabajaban para ellos, y eso era una ventaja.

—Existe una entrada secundaria—Daario sonrió sensualmente, e intentó que la Reina girara para observar el mapa de la Ciudad Amarilla. Arthur entonces golpeó la mano del mercenario con la hoja de Hermana Oscura—. Mis hombres la usan para visitar a las esclavas. Si la utilizamos, lograremos entrar a la ciudad. Pocos guardias me conocen, me dejaran entrar.

—Tus hombres, no tú—replicó Ser Jorah. De pronto, la temperatura descendió, causando que la Espada del Amanecer y el Hijo del Hierro observaran a la mujer Targaryen con curiosidad.

—¿Visenya? —murmuró Aenar cuando la joven Reina tembló ligeramente. Al girarla, todos notaron sus ojos lechosos—. ¿Qué le sucede ahora, viejo?

—Está en trance. Ahora comprendo la razón de tantas lechuzas de hielo—espetó Arthur, cargando a la mujer en sus brazos para sentarla en un banquillo—. No le interesa aparentar elegancia, no utiliza corona por eso. No es una corona común, fue usada por los grandes brujos de Valyria—acarició las rodillas de la joven—. ¿Puedes oírme? Prometiste que no volverías a jugar con magia.

—No juego con magia. Sé perfectamente lo que hago—negó Visenya, concentrando su mente en las aves de hielo que sobrevolaran las edificaciones de Yunkai—. Te ordenaron capturarme con vida, Daario Naharis, y eso es exactamente lo que harás.


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La vestimenta que Visenya usa es el traje que Daenerys utiliza en la serie cuando visita la Casa de los Eternos.