Entendimiento

Avanzaban sin pensarlo. Sin siquiera inmutarse de que lo hacían, tan absortos en los que los rodeaba. La tormenta se había ido, y con ella la arena, liberando a la vista un paisaje totalmente inesperado. Tan altos, tan grises y dorados. Solitarios edificios, desoladas veredas, una ciudad completa solo para ellos. Avenidas y calles, venas y arterias del centro urbano, en un total silencio. Solo las pisadas de ellos parecían tener la habilidad de dar eco. Solo sus respiraciones parecían vivir en la urbe.

¿Tenían miedo?

Estaban el uno con el otro. El con ella.

Ella con él. Estaban juntos.

El viento silba en sus oídos mientras siguen su camino. ¿Es que habría acaso un final para todo esto? ¿Acabaría acaso ese viaje que parecía nunca haber comenzado?

Pero no eran esas las preguntas que ellos se hacían. No podría importarles menos su trayecto. El odio se había ido, flotando lejos y arremolinado en la tormenta, ya ausente. Si, el odio se había ido, y había dejado a ese verde, ese dulce verde, con una frágil sensación de olvido. Ya no había necesidad de buscarlo, pues sabía (Él sabía) que jamás se volvería a apartar de su lado, que estarían juntos.

Si, el odio se había ido, pero a esa unión le faltaba algo. No bastaba con tener la eternidad. Con acariciarla, con vivirla. No bastaba con ser eterno.

En el aire flotaba el desentendimiento. La no comprensión de lo que los rodeaba. De quien los rodeaba. De quien parecía ser su mundo, respectivamente.

Siguieron avanzando sin mediar una palabra. Sus rostros giraban de aquí para allá, sin seguir algún punto específico. Todo a su alrededor los encantaba, así como también los asustaba. ¿Estarían todos escondidos en sus casas, a causa de la tormenta de arena? Probablemente. Era protocolo, de hecho. Pero algo en el ambiente les indicaba que estaban solos. Ellos dos solos. Y siguieron avanzando, calle arriba. Rápidamente llegaron a una especie de plaza, ubicada en el centro de una conexión cuádruple de calles. Una fuente marcaba presencia en el centro de esta. Agotados, decidieron parar a descansar allí.

El día se iba poco a poco, dando paso a la tarde. Largas sombras se proyectaban sobre ellos. Largas sombras se arremolinaban a su alrededor. La noche llegaría pronto, y con ella la incertidumbre de nuevos peligros escondidos. Quizás algo más peligroso que la arena. Algo que pudiera hacer más que separarlos.

Alejarlos de entre sí, definitivamente…

Ella tiembla ante esta idea y él se percata de esto. Se miran fijamente, ella buscando el consuelo, el buscando tranquilidad.

Largas sombras coloreaban el color de sus pelajes y palabras, más no sus ojos.

Y él estaba casi seguro de poder verse a si mismo en los ojos de ella.

Y ella estaba casi segura de poder ver la comodidad de un hogar en sus ojos…


Ella se despierta, incomoda por una fría brisa recorriendo impetuosamente su pelaje. La obscuridad ha dominado todo lo que a la vista estaba. Grandes sombras, infinitas, recubren el manto terrenal, y con vergonzosa desfachatez se deshacen de lo que la luz entrega a la vista.

Y se sabe sola

La obscuridad ofusca su campo visual, dejándola prácticamente ciega. Y, sin embargo, a pesar de todo, se sabe sola. Tan sola como nunca antes lo había estado.

Grita su nombre, pero nadie responde. Él no responde. La han dejado, de nuevo.

Y, con mucho miedo, se levanta y comienza a correr. Porque se sabe indiferente a la compañía, y esa es justamente su verdad. Y es cuando está sola, y sola de verdad, que lo peor pasa. Su pecho se comprime. Sus ojos se derriten, y un mar de lágrimas desborda por sus ojos.

Es cuando está sola, que comienza a llorar.

Y por eso corre. Corre, como si mil demonios la siguieran, con la esperanza de poder alcanzarlo y decirle todo lo que piensa. Todo lo que hizo y le hicieron. Todo por lo que pasó. Corre, con la esperanza de que ese sea su último esfuerzo… Pero pronto se da cuenta de que correr no sirve. Las sombras lo han tomado todo. La luz ha muerto, y con ella lo ha hecho la esperanza. Pronto vendría el sollozo final, previo a la rendición. Pronto, el viaje habría acabado para ella.

Un fuerte golpe la detiene. Presa del pánico, pierde el poco aire que le quedaba reservado de la carrera, a causa de la caída. Se levanta a tientas y, en un vano esfuerzo, intenta reanudar la carrera. Pero no sirve. Frente a ella, negro como las sombras y la obscuridad, quizás invisible quizás no, un muro la retiene. No tarda en darse cuenta que, a modo de celda, otros tres muros se alzan a su espalda y lados

Estaba atrapada.

Atrapada y Sola.

Sola y abandonada

Se apoya contra uno de los muros, mientras cierra los ojos y hace lo imposible por no romperse. Sin embargo no puede. Era el momento. El final estaba sobre ella. Era su hora.

Un suave retumbar en sus espaldas le hace abrir los ojos, a la vez que una extraña sensación la embarga.

Puede sentirlo. Cerca, muy cerca. Está asustado y perdido, como ella. Pero hay más…esta…preocupado.

Preocupado por ella.

Se da vuelta, encarando la dirección del retumbe en la pared, y lo ve. Él está allí, con su espalda ubicada justo en el mismo lugar donde, segundos antes, ella tenía la suya.

Entonces ella grita su nombre. Lo grita con toda la fuerza que le queda. Y golpea la pared, en busca de su atención. Pero él no la escucha. El no parece notar que ella está allí. Pidiendo por él. Llorando por él. Entonces ella cierra los ojos, rendida…y puede ver a través de él. Puede sentir como él. Puede entenderlo…

Y él, que también cierra los ojos, puede sentirla, y por eso se da vuelta.

Y sendas almas, desde los ojos del otro, se miran. Se miran y se entienden.


Sorprendido, puede verse a si mismo desde los ojos de ella. Sola de ese lado, al igual que él mismo. Puede ver como ella lo mira, como lo siente y como lo interpreta.

Desde los ojos de ella, puede ver en sus propios ojos el reflejo de aquella gata. Y en el reflejo de los ojos de ella puede verse a sí mismo. Un reflejo sin final de sendas almas…nunca juntas. Siempre solas, expectantes de un par de ojos que las reflejen, esta vez juntas.

Y el reflejo de ella se ve triste. Más triste de lo que a ella le gustaría demostrar. Y entonces el la entiende.

Comprende el temor a la soledad. A no ser querido, siempre abandonado…


Sorprendida, puede verse a sí misma desde los ojos de él. Solo de ese lado, al igual que ella misma. Puede ver como él la mira, como la siente y como la interpreta.

Desde los ojos de él, puede ver en sus propios ojos el reflejo de aquel perro. Y en el reflejo de los ojos de él puede ver lo que hubiera sido, de no ser tan idiota. Un callejón, unas cajas y un cuarto a prueba de ruidos. Un cojín de poliestireno y una vida feliz.

Y el reflejo de él se ve triste. Más triste de lo que a él le gustaría demostrar. Y entones ella lo entiende

Comprende el temor a equivocarse, y por ellos herir a los demás. La idea de perder al otro por un error, y nunca poder recuperarlo.


Poco a poco la obscuridad empieza a morir, presa del encanto del encuentro.

Y entonces, él entiende lo que ella más teme, y por eso la abraza. Porque, por haber entendido él, ningún obstáculo lo detiene, y ese obscuro muro que los separaba desaparece.

Y entonces, ella entiende lo que él más teme, y por eso lo abraza. Porque, por haber entendido ella, ningún obstáculo la detiene, y ese obscuro muro que los separaba desaparece.

Y entonces, por entenderse ambos, queda atrás el odio y el desentendimiento. La luz poco a poco comienza a respirar, y un gran halo detona en su posición…


Ambos despiertan, recostados en la plaza del principio. Agitados, se buscan con la mirada, para luego encontrarse con rapidez. Por sus mentes desfilan los mismos pensamientos, las mismas ideas. Un sueño personal, que fue compartido por ambos.

La duda había desaparecido.

El odio se había esfumado

Y ahora eran dos almas que se entienden, y por ello, están cada vez más cerca de ser una…