¡Hola! Otro capítulo, espero que lo disfruten. Espero subirlos constantemente a partir de ahora, crucen los dedos para que así sea.


Capítulo III.

Cosas de muggles.

Justo como había mencionado Charlie la noche anterior, Hermione había trabajado hasta media tarde. Después de una breve discusión, su amigo logró convencerla de que dejara el trabajo y lo acompañase. Tomaron un auto del estacionamiento del Centro de Cuidado para dirigirse al pueblo. Llegaron a Alba Iulia, un pueblo pintoresco. Todas las casas y los locales tenían el mismo aspecto en su mayoría, paredes blancas y techos de adoquín rojizo.

— ¿Quién te enseñó a conducir así de bien? —preguntó Hermione al bajar del auto. Charlie se había estacionado delante de un restaurante de comida turca, el que había mencionado anteriormente.

—Mi padre, cuando me contrataron aquí en Rumania. Temía de mis habilidades para aparecerme discretamente en medio de un pueblo muggle. Ese nunca ha sido mi fuerte — contestó alegremente el muchacho mientras ambos se internaban al local.

Ambos tuvieron una cena agradable. Discutieron temas importantes, como la última cena a la que ambos habían asistido con los Weasley, el nuevo trabajo de Ron, el cabello cada vez más indomable de Harry y los constantes mensajes de amenaza y vociferadores que Hermione recibía de los elfos domésticos, que permanecían molestos con las nuevas condiciones de trabajo.

Después de la cena pasearon por el pueblo. Hermione pudo admirar la arquitectura, que últimamente se había vuelto su pasatiempo; leía sobre eso en sus momentos libres, que estaban escaseando desde que había subido de rango. Después de ver un par de iglesias y descansar en la banca de un parque, Charlie se volvió hacia ella con su rostro pecoso estirado en una sonrisa:

— ¡Debes conocer el lado mágico! —anunció.

—¿Estás seguro? Es tarde, podríamos volver y jugar alguna partida de globstones junto con Andrei.

—¿Qué dices? —Charlie descartó rápidamente la idea con un desmán de la mano y se levantó del asiento — Debes conocerlo, es increíble. Te puedo asegurar que es completamente distinto a el callejón Diagon o a Hogsmeade.

—Vaya, cuando dices diferente, ¿lo dices de una buena o una mala ma…?

—No lo sé, ¿qué tan malo consideras a los vampiros?

Hermione palideció mientras lo seguía. Solamente había visto un vampiro en una única ocasión, en una fiesta del profesor Sloughorn. No había sido agradable y tampoco había pretendido repetir la experiencia. Sin embargo, continúo caminando detrás del pelirrojo. Llegaron detrás de una taberna que se veía vieja, se percibía dentro de ella tremendo ruido como si estuvieran haciendo fiesta. Charlie le indicó que se acercara y sacó la varita para iluminar el camino frente a ellos. Caminaron por un estrecho pasillo que estaba lleno de mugre hasta llegar a la pared. Ahí, Charlie dio dos toques con su varita y se materializó una aldaba.

—Lasă-mă să intru, sunt vrăjitor — susurró el pelirrojo mientras tomaba la aldaba y daba tres golpes. De repente los ladrillos frente a ellos se volvieron ligeramente translúcidos.

—¿Eso fue rumano?

—¡Por supuesto! Vamos, pasa, pasa, no quiero que algún ebrio nos vea.

Al cruzar, Hermione abrió los ojos desmesuradamente. Ante ella, estaba Balauryferm. Ella había leído sobre el lugar; fundado antes de tener registro del mismísimo Drácula (aunque recientemente también los historiadores mágicos ponían en duda su existencia), en este pueblo se habían desenvuelto sangrientas batallas contra los dragones, que durante una etapa se habían vuelto una plaga. La batalla terminó cuando una vieja bruja, Margie Viermin, había logrado sintetizar la conjuntivitis en un hechizo y así ayudar a encerrar a las bestias.

Entraron a la boticaria, donde Hermione compró las plantas regionales y el repuesto para su kit de pociones. La librería a la que Charlie le había llevado albergaba libros antiguos y únicos, Hermione nunca los había visto en Londres. Compró demasiados, pero lo notó hasta que intentó meterlos todos dentro de su bolso expandible con demasiado esfuerzo. El lugar estaba abarrotado con tiendas de dulces, más y más libros, artículos de deportes y juegos mágicos, ropa (túnicas, en su mayoría). Hermione se acercó a una tienda de joyería encantada, en la que compró un collar muy bonito para su madre, que al ponérselo despedía olor a flores.

—¿Comprarás algo tú? —le preguntó a Charlie después de salir de la tienda de túnicas, en la que había adquirido un par que tenían dragones bordados en el borde inferior de la falda.

—Llevaré algunos bizcochos para los chicos. Hay una repostería realmente buena delante.

Entraron en un local lleno de pastelillos, bizcochos, panes y pasteles. El ambiente cálido, humeante y dulzón mareo a Hermione durante unos segundos, aunque después logró abrir su apetito. —¡Vaya! — exclamó con alegría la muchacha — ¡Jamás había visto pasteles que volaran a esa altura!

—No es nada —le contestó Charlie desde el mostrador, mientras veía los panecillos atentamente para decidir cuáles comprar —. Algunos rebotan algunas veces, otros se transforman en animales u objetos. En el último cumpleaños de Iván, el pastel sacó fuegos artificiales y le quemó las cejas. Tardó dos semanas en recuperarlas.

—¡Pero con un hechizo le pudieron crecer enseguida! —comentó Hermione entre carcajadas.

—Ya, pero él no lo recordaba. Y nosotros no íbamos a decírselo.

Charlie continuó con la tarea de escoger el postre para sus compañeros. Hermione, por otra parte, se encontraba pensando en la escena que le había relatado su amigo. Parecía que entre compañeros se llevaban excelentemente, y no podía parar de preguntarse si Malfoy también había estado ahí presente, celebrando a un colega de trabajo, y cagándose de risa con el accidente del pastel. Se lo imaginó riendo, palmeando el hombro de Iván y burlándose de su rostro lampiño. Sin embargo, la imagen se disipó cuando Charlie le dijo que había terminado.

Los postres fueron muy bien recibidos por parte de los compañeros de Charlie. Todos se juntaron en el comedor y abrieron las cajas que les había llevado el jefe. Iván, que Hermione supo quién era inmediatamente por su recelo al acercarse a las cajas, agradeció las atenciones de Charlie y se dirigió a su habitación con un panqué en cada mano.

Malfoy estaba en un rincón de la habitación. Charlaba alegremente con Anne, aunque no podía decir que él estuviera precisamente alegre; a diferencia de Anne, que hacía ademanes con los brazos y elevaba el tono de voz con entusiasmo mientras seguramente contaba una historia sobre algún enfrentamiento con un enorme dragón.

Hermione, que no paraba de ver hacia la dirección en donde Draco se encontraba, masticaba su magdalena distraídamente. Ni siquiera notó cuando un pastelillo hizo que un brujo moreno escupiera llamas y después un poco de ceniza. Ann, que sí lo había notado, se levantó entusiasmada de su asiento para acercarse al alboroto que se había formado. Dudó por un momento, pero la chica caminó con paso firme hasta llegar a la altura de Malfoy. Retuvo el aliento mientras se sentaba muy rígida en el sofá junto a él.

Abrió la boca y la volvió a cerrar un par de veces, mientras pensaba en cómo plantearle una tregua a Malfoy para así poder trabajar juntos. Pero él no se le estaba facilitando la situación, pues la miraba atentamente desde su posición, con aire arrogante y una ceja en alto. —Si quieres decir algo, será mejor que te apresures. No pretendo esperar más tiempo —siseó por lo bajo mientras se inclinaba en dirección de Hermione, pero sin acercarse demasiado.

Hermione se sonrojó, pero la voz le salió clara y fluida: —Me parece que sería buena idea establecer una tregua entre nosotros antes de ir mañana al Ministerio.

—¿Así que Charlie ya te lo ha dicho? ¿cómo es que no te has puesto a romper ventanas y golpear paredes? —la cuestionó sarcásticamente Malfoy.

—No somos niños, Malfoy. No somos ya compañeros en Hogwarts, tenemos que aprender a tolerarnos para poder ayudar con esta situación.

—¿Así que quieres una tregua? Bien, Granger. Pero te agradecería que te negaras a trabajar conmigo. Pide que manden a otro trabajador —Malfoy lo dijo con un dejo de desinterés, mientras llevaba a su boca el vaso de whisky de fuego.

— ¿Qué? —Hermione se volvió hacía él con gesto de asombro mal disimulado. — ¿Por qué?

—No tengo la menor intención de explicarte el porqué de mis decisiones. Sé que tú no quieres trabajar conmigo, y ciertamente yo no quiero hacerlo contigo.

Hermione no entendió por qué se sentía ofendida, pero así fue. Rápidamente dejó su asiento y salió de la sala, despidiéndose de Charlie con un breve movimiento de mano. ¿Qué tan imbécil y desobligado debía de ser Malfoy para pedirle a ella que se negara a trabajar con él, para que él pudiera cumplir su capricho? Llegó a su dormitorio, dejó de lado la túnica que llevaba puesta y se dispuso a acomodar sus compras dentro de la maleta que llevaba.

Al terminar, sacó uno de los libros que recientemente había comprado y se sentó en el sofá individual que se encontraba en un rincón de la habitación. Era una recopilación de los casos más sonados del mercado negro y sus consecuencias. Al leerlo, no pudo dejar de recordar a Norberta, el dragón que Harry había tenido durante ella y sus amigos estaban en su primer año de Hogwarts. O en Aragog, la araña gigante que aún daba escalofríos a Ronald de vez en cuando. Mientras leía el caso de una mujer que había comprado un grindylow como mascota que después le había comido un dedo, escuchó un ligero golpeteo en su ventana.

Dirigió la mirada hacia ahí y vio un avión de papel que chocaba insistentemente contra el vidrio. Se acercó con paso dudoso, y con la varita abrió la ventana. El avión entró rápidamente en la habitación y dio un par de vueltas por el techo antes de caer ante los pies de Hermione. Lo tomó para poder leerlo.

Mañana. Sala común. 11:00 a.m. No te retrases.

La letra de la carta la conocía perfectamente, durante seis años la había visto. Finalmente, Draco se había responsabilizado de la tarea que le había encargado Charlie. La pequeña esperanza que había nacido en Hermione de no tener que trabajar con Malfoy quedó totalmente apagada, pero se resignó rápidamente. No quería traer más problemas a Charlie y, como ya le había mencionado previamente a Malfoy, ya no eran compañeros de Hogwarts. La rivalidad infantil tenía que quedarse a un lado.


A la mañana siguiente, Hermione se levantó más feliz de lo que se había sentido últimamente. Quería volver a su casa, ver a Crookshanks y reunirse nuevamente con sus amigos. Tomó un baño rápidamente, se colocó la túnica púrpura con grabados de dragones en dorado sobre un vestido muggle y se terminó de arreglar para correr hacia el Comedor. Quería desayunar con Charlie antes de que él tuviera que partir hacia Francia.

—¡Hermione! —el pelirrojo la saludó desde su mesa y ella se acercó con una gran sonrisa.

— ¿Listo para enseñarle a Francia como cuidar adecuadamente de un Centro? —preguntó arrogantemente ella mientras se sentaba y tomaba algo de pan del centro de la mesa.

— ¿Yo? Nací listo para presumir que lo hago mejor que ellos —contestó Charlie agrandando su sonrisa.

—Es una suerte que solo les enseñes a cuidar a los dragones y no a sus huevos —comentó Draco mientras se unía a ellos para desayunar.

Charlie soltó una carcajada, pero Hermione casi se atragantaba con su pan con mermelada. El rubio volteó a verla con la ceja en alto, pero después de toser unos segundos logró componerse. Charlie también la miraba divertido, sabía que su reacción se debía a la repentina presencia de Draco, pero no hizo comentario al respecto.

—¿Entonces, se aparecerán al Ministerio o tomarán de nuevo el traslador? —preguntó Charlie mientras se llevaba otro bocado de avena a la boca.

—Tomaremos el traslador, nos dejará en mi oficina. Tengo que reportarlo ante el señor Thurman, de por sí me dejó en claro que era un favor más para Harry Potter que para mí. No quiero que se ponga más insoportable.

Cuando escuchó esto, el resto de la plática se volvió un zumbido para Draco. Tenía el impulso de agradecerle ampliamente esa decisión a Hermione, porque así se ahorraba de explicarle que el Tribunal de Wizengamot había recortado sus beneficios mágicos durante siete años como multa. No se podía aparecer, tampoco podía realizar ciertos hechizos o conjuros de nivel complicado.

—Te quedarás con tus padres, ¿no es así, Malfoy? —cuestionó Charlie.

—Aún no lo tengo del todo claro — contestó él después de dudar durante unos segundos.

—Si no quieres, siempre le puedo decir a mi madre que te deje una habitación en la Madriguera —comentó el pelirrojo como quien no quiere la cosa.

Malfoy abrió los ojos desmesuradamente, sin intentar esconder lo mucho que le ofendía el comentario de su jefe. Por el contrario, Hermione intentaba disimular la risa con una tos como si se estuviera ahogando. En su mente, imaginaba a Malfoy entrando a la casa siempre un poco chueca de los Weasley, comiendo las abundantes comidas de Molly Weasley y escuchando las diatribas del padre de sus amigos sobre la función de los enchufes y las nuevas máquinas sin botones que funcionaban como las de botones.

—Gracias, pero no creo que eso sea necesario —agregó Malfoy con cierta dificultad.

—Como quieras.

Terminaron de desayunar y ambos se despidieron de Charlie, que les dirigió una mirada de advertencia a ambos. El chico desapareció frente a ellos y los dejó solos a los dos, en la entrada del Centro de Cuidados. Hermione murmuró un permiso por lo bajo y se retiró a reunir todas sus cosas. Draco la siguió con la mirada; la túnica que llevaba la chica bailoteaba alrededor de sus piernas al caminar y el bordado dorado de dragones entrecruzados con flores y ribetes lo distrajo durante un momento. Recuperó pronto la concentración, le dio cinco minutos de ventaja y también se dirigió hacia su dormitorio.

Cuando dieron las once en punto de la mañana, Hermione ya estaba esperando junto con sus maletas en la sala común. Se levantó de su asiento cuando vio que Malfoy aparecía con un baúl detrás de él. Movió la cabeza para indicar que lo siguiera y Hermione caminó tras él hacia la salida del Centro de Cuidado. Al salir del salón común, Andrei los interceptó con una sonrisa.

—¡Vaya, señorita Granger! No pensaría usted en irse y no decirme un adiós, ¿no? —reclamó dramáticamente el muchacho, causando que Draco pusiera los ojos en blanco con impaciencia.

—¡Andrei! —dijo Hermione risueñamente— Por supuesto que no, Andrei. ¡Ven!

Ambos se abrazaron por unos segundos y Draco detuvo el impulso de tamborilear los dedos sobre su baúl para indicarle a Hermione que se apresurara. No hizo falta, porque la muchacha se separó de Andrei y le sonrió: —Fue un placer conocerte, Andrei. Mucha suerte.

—El único complacido aquí soy yo, señorita Granger. Es usted maravillosa.

Hermione sacudió la cabeza mientras entornaba los ojos y volvió a tomar su maleta. Se despidió de muchacho agitando brevemente la mano y una amplia sonrisa para poder seguir su camino detrás de Malfoy hasta la salida. Caminaron un poco más, en dirección al campo en el que Hermione había llegado hace tres días, pero no avanzaron demasiado. Al llegar al punto adecuado, Hermione metió el brazo por completo dentro de su bolsa expansible y sacó de ella la pluma traslador que estaba envuelta en un paño.

—Solamente debes tocarlo, con un dedo basta…

—Sé utilizar un traslador, Granger —gruñó Malfoy mientras tomaba su baúl y se acercaba a su compañera de viaje.

Escuchó que Hermione murmuraba "como sea" mientras que desenvolvía cuidadosamente la pluma. Se colgó la maleta del hombro extendió el brazo para que Malfoy alcanzara el traslador. Ambos tocaron la pluma al mismo tiempo y sintieron como si un gancho los jalara del ombligo. Hacía años que Draco que no viajaba por este medio y se sintió terriblemente mareado al llegar a la oficina de Granger.

—¿Estás bien, Malfoy? —preguntó Hermione al verlo desorientado y con un tono verdoso coloreándole la pálida piel.

— Bien, sí, bien…. —Draco pasó saliva con dificultad y se dejó caer lánguidamente en el asiento frente al escritorio de Granger.

Ella se sentó en el escritorio con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada baja. Escucho como Draco se removía en su lugar y esperó pacientemente hasta que el chico recuperó la compostura. Hermione enderezó la espalda mientras lo miraba atentamente. Se veía enfermo, quizás el traslador no había sido tan buena idea como ella había pensado.

—¿Estás mejor? —cuestionó la muchacha, mientras se inclinaba sobre él y ponía la mano en su frente para sentir si tenía fiebre. Fue hasta que su mano hizo contacto con su piel que notó lo extraña que resultaba la situación.

Malfoy se mantuvo impasible. No se movió, pues temía hacer algún movimiento que ofendiera a Granger, aunque a la vez sentía el fuerte impulso de quitarle la mano de un golpe. Hermione se separó rápidamente y murmuró "estás bien", para después salir de su propia oficina como si el rubio la hubiera corrido. Fuera se encontraba su secretaria, que no volvió la mirada ni un segundo para saludarla, menos para preguntar cómo había ido todo.

—Necesito que solicites que se presente un medimago en mi oficina, rápido —le murmuró Hermione, inclinándose hacia ella para que Malfoy no lograra escucharla.

—Lo tendrá en cinco minutos —aseguró Margaret, quién seguramente había escuchado todo lo que había sucedido dentro de la oficina de su jefa.

—Bien, gracias —le contestó y se separó del escritorio de su asistente. Se paseó por la recepción mientras intentaba esconder que se sentía visiblemente afectada por el breve acercamiento que había tenido con Malfoy. Sabía que debía volver dentro, pues necesitaba saber si el muchacho se encontraba en buenas condiciones. Y, al mismo tiempo, temía entrar, encontrarlo en buen estado y que él le reclamase que lo hubiera tocado.

Justo como lo había dicho Margaret, a los cinco minutos un medimago salió por la chimenea de su oficina y se presentó amablemente. Ella le indicó que la siguiera y ambos entraron nuevamente a su oficina. Draco se encontraba ahora más pálido que verdoso, pero tenía la cabeza recargada contra el respaldo de la silla. Se había cubierto los ojos con la palma de la mano. Intentó moverse cuando escuchó que alguien volvía a entrar en la habitación, pero el medimago le indicó inmediatamente que se mantuviera en esa posición.

—Señor Malfoy, soy Elijah Schmidht, permítame atenderlo.

—No necesito ningún medima… —la frase que había comenzado se vio interrumpida por una fuerte arcada que dobló a Malfoy y lo hizo desviar el torso hacia la izquierda. Se sostuvo el estómago en un intento de mitigar la sensación, pero no funcionaba muy bien.

Hermione, que se sentía completamente incómoda de verlo en una situación tan vulnerable, volvió la mirada hacia una esquina y dejó que el medimago realizara su trabajo. De su bolso volvió a sacar el libro que había comenzado la noche anterior, pero no logró concentrarse puesto que de fondo podía escuchar todos los quejidos de Malfoy y la cortés, pero firme, voz del medimago, que constantemente le solicitaba que se mantuviera quieto.

—¡Ya basta! Por favor, Granger, quítame a este supuesto medimago ya —gruñó Malfoy con desagrado.

Hermione desvió la mirada del libro, para encontrar que el medimago intentaba en vano que Malfoy se tomara la poción que le había recetado. Puso los ojos en blanco, dejó su asiento y alcanzó el vial de la medicina del rubio. —Gracias, doctor Schmidt. Yo me encargaré de esto.

—Un placer —murmuró él en respuesta y se despidió con un apretón de manos de ella, mientras que a Malfoy únicamente le dirigió una mirada desdeñosa. Azotó la puerta tras de él y después de unos segundos Hermione logró escuchar las llamas de su chimenea crepitar con más fuerza.

—Debes tomarte esto —declaró Hermione mientras dejaba el frasco, con más fuerza de la necesaria, sobre su escritorio, a la vista de Malfoy.

—Estoy bien, simplemente necesito un poco de agua. O whisky. Creo que el segundo funcionará mejor —contestó Draco malhumorado. Intentaba regular su respiración porque se negaba absolutamente a tomar la poción para la ansiedad que le había recetado esa excusa de medimago.

—Olvídalo. Necesito que estés bien y sano para el trabajo, prefiero no reportarle a Charlie que su representante desperdició media semana vomitando.

—Estaré bien, mi salud no es parte del trato —Malfoy se levantó y se mantuvo derecho, aunque la habitación le daba vueltas —. Nos veremos mañana, Granger. Y deja de estar jodiendo sobre el mismo tema, no tomaré la maldita poción.

—Pero, Malfoy…

Fue muy tarde. Draco ya había tomado su baúl y lo arrastraba fuera de su oficina. Escuchó como Margaret retenía el aliento al ver al hombre que salía de la oficina de Hermione, aunque Malfoy no le prestó el mínimo de atención a su asistente. Dio un portón tras él y dejó el lugar sin mirar detrás de él. Hermione intentó despreocuparse, pues seguramente iría a Malfoy Manor y ahí tendría todo un séquito de elfos domésticos que podrían atenderlo hasta la saciedad. Con un suspiro de cansancio, se sentó en su propia silla y sacó el teléfono muggle del bolsillo de su túnica para mandarle un mensaje de texto a Harry, quería avisarle de su regreso.

Sin embargo, y a diferencia de lo que Hermione había asumido, Draco no tenía a donde ir. No quería volver a la casa de sus padres, principalmente porque… ahí se encontraban sus padres. Tampoco tenía manera de contactar con los pocos conocidos que tenía en la zona para pedirles asilo. Se detuvo en alto en el atrio y del bolsillo de su pantalón de vestir muggle sacó una bolsa de cuero para poder contar el dinero que había traído. Se rehusaba a sacar dinero de la cámara de Gringotts que pertenecía a los Malfoy, pero lo que había traído con él apenas le alcanzaba para hospedarse unos días en un buen hotel.

Finalmente, y después de contemplar varias opciones, Draco se encontró a él mismo en la puerta del Caldero Chorreante. La vieja taberna lograba verse igual de vieja y descuidada a través de los años. Parecía que las telarañas que decoraban el techo estaban ahí desde la inauguración del local. Con cierta reticencia y altivez le solicitó al jorobado cantinero que le diera una habitación, y eso había hecho. Aunque aparentemente había escogido la peor para él.

—Vaya mierda —susurró Malfoy mientras se asomaba a la única ventana de la habitación, que daba directamente a un muro de ladrillos.

Se escuchaba el ruido de la caldera deteriorada y el frío de la habitación le congelaba los huesos. Desempacó todo aquello que había guardado en su baúl; colgó su ropa en el pequeño armario del cuarto, colocó los libros en la minúscula mesa de noche junto a la cama y dejó en su baúl todos los documentos importantes que Charlie le había insistido que llevara, ignorando todas sus protestas.

Se recostó en la diminuta cama y por un momento se arrepintió de no haber tomado el vial con la poción. La cabeza estaba por explotarle, aún sentía náuseas y combatía las ganas de vomitar. Sabía que era el estrés y la ansiedad, como lo había dicho el inútil que lo había atendido, porque se había sentido exactamente igual durante su sexto año en Hogwarts, cuando Voldemort lo había introducido en una cruzada imposible. Con tristeza, levantó el brazo izquierdo sobre su rostro y recogió la manga de su camisa para poder apreciar el tatuaje que aún lo condenaba. Ante sus ojos, tenía la marca tenebrosa. Se veía igual que el primer día y Draco no lo podía odiar más. Hace un año, Charlie lo había animado a realizarse un toataje muggle, pero cuando fueron al pueblo a intentarlo el hombre que los había atendido no lo había logrado. La tinta no penetraba su piel, aparentemente. Y eso únicamente había logrado que Draco pasara un fin de semana fatal.

Cerró los ojos y dejó caer el brazo sobre su estómago. No había esperado volver tan pronto a su antiguo lugar. Todo había parecido irreal y lejano en Rumanía, tanto que por momentos se le olvidaba que él había estado del lado malo de la guerra y también de la historia. No sabía cuál sería su experiencia en el Ministerio, tampoco quería averiguar cómo sería trabajar con Granger. Bastante insoportable había resultado ser su compañero en la clase de pociones.

Sin embargo, en el momento en que su mente navegaba entre el sueño y la realidad, recordó algo que había pasado por alto. La situación claramente no empezaba a mejorar dentro de su mente, porque había olvidado por completo que, dentro de la ecuación de Granger, también estaba incluido Potter. Mierda.


A la mañana siguiente, Draco se presentó con cinco minutos de antelación y se mantuvo indiferente ante los comentarios subidos de tono que soltaba la secretaria de Granger sobre su físico. Se mantuvo en el asiento del rincón, con la espalda completamente recta y con la pierna cruzada sobre la otra. Para entretenerse, miraba fijamente al reloj colgado en la pared frente a él.

De pronto, se escuchó que la puerta de la habitación se abría y por ella entró Granger como un torbellino. Tras de ella estaba un muchacho joven, esmirriado, que le leía nerviosamente lo que parecía el último informe del Ministerio respecto al Departamento que ella manejaba. —El Ministro británico, Kingsley Shaklebolt, declaró ante la prensa que se estaba haciendo lo posible para que el problema se solucionara de raíz…

—¡Ja!

—… Sin embargo, la desaparición de muggles y magos está alertando a la población mágica. Muchos temen que se trate de otra revancha de los fieles seguidores del caído Lord Tenebroso, como ya se ha reportado con anterioridad. Entrevistamos también al director del Departamento de Aurores, Harry Potter, también conocido como El elegido

—Basta, basta, no quiero saber las estupideces que vuelven a decir sobre él.

—De acuerdo, señorita Granger.

—Margaret —Hermione se acercó al escritorio de su asistente y comenzó a abrir una pila de cartas. Las leía rápidamente y con la varita las retenía en el aire.

Draco la veía desde su posición. Granger había utilizado nuevamente la túnica púrpura que entallaba su figura. Iba en tacones, que dejaban tras de sí un leve repiqueteo. A diferencia de cuando había ido por ella para llevarla al Centro de Cuidado, llevaba el cabello suelto, en una nube de rizos espesos y castaños que le llegaban hasta los codos. Frente a ella, tenía tres cartas y dictaba a vuelapluma sus respectivas contestaciones.

Caminó hasta su oficina, aun dictando la contestación para el señor Thurman agradeciéndole por el traslador, a la vez que le escribía una carta al ministro para informarle cómo había ido la situación con Charlie y su centro. Abrió la puerta y botó su portafolio hacia el sofá de su oficina y volvió la mirada hacia la recepción Ahí fue cuando finalmente lo vio, sentado completamente atento a lo que ella hacía. No supo qué fue lo que vio exactamente en su expresión, pero por un momento dudó de si era admiración disfrazada o interés superficial.

—¡Malfoy! Vaya, llegaste antes —dijo Hermione, mientras lo veía desde el marco de la puerta. Todas las plumas a vuela pluma cayeron detrás de ella. Ante su silencio, se hizo a un lado y le hizo un gesto con la mano. —Por favor, pasa.

Draco se levantó de su lugar y deshizo las arrugas invisibles de su traje. Pasó junto a Hermione para poder entrar en su oficina y permaneció en medio de ella, sin saber muy bien qué es lo que debía de hacer. Cuando vio que Granger se mantendría ocupada por un buen rato dictándole a las vuelaplumas que nuevamente estaban suspendidas en el aire. Terminó con un memorándum para su subsecretario, en el que le indicaba que tenían que reunirse al siguiente día para reordenar el papeleo.

Hermione contuvo el aliento durante unos segundos después de terminar con su última carta y lo soltó en un intento de calmarse. Listo, era el momento. No sabía qué esperar de su interacción con Malfoy sin que hubiera alguien mediando la situación, como Charlie lo había hecho los días anteriores. —Toma asiento, por favor.

Draco asintió brevemente y se sentó a la par que ella. Se creó un breve silencio incómodo en lo que Hermione buscaba en la montaña de papeles algún documento. Draco tamborileo impacientemente sobre el brazo de la silla, se resistía el impulso de ordenarle que se apresurara.

—Bien —empezó Hermione mientras seleccionaba un archivo y lo abría para examinarlo —. Realicé un par de notas este fin de semana y Charlie autorizó todas las medidas que propuse. Nuestro propósito ahora es implementarlas adecuadamente y realizar un plan de acción. No debe de tomarnos más de un par de semanas adecuarlo todo y ponerlo en marcha.

—¿Y la investigación de los huevos?

—Bueno, eso lo estaremos trabajando con el departamento de Aurores.

—¿Con todo el Departamento? —insistió Draco, queriendo apresurar la respuesta que tenía —, ¿O con un solo auror?

Hermione entrecerró los ojos y le dio a entender que sabía por dónde iban sus insinuaciones. —Nos coordinaremos con Harry, Malfoy. Pero no es necesaria tu participación.

—Quiero hacerlo.

—Malfoy, no pretendo que mi trabajo se vuelva una parodia de las clases de Hogwarts.

—Trataré con Potter —afirmó Draco, mirándola con terrible seriedad. —Haré mi trabajo, Granger. Sí soy capaz de soportarte a ti, también puedo con Cararajada.

—Se llama Harry.

—Potter, de acuerdo. Tampoco lo llamaré Cararajada.

Un destello de esperanza volvió a Hermione. Esto iba a funcionar, se repetía constantemente. Iba a funcionar, cerraría este caso lo más pronto posible y volvería a sacar a Malfoy de su vida. —De acuerdo —dijo con menos recelo que al principio—, comencemos. Cómo ya le había comentado a Charlie, me gustaría implementar algunos artefactos muggle para la seguridad. También propuse nueva seguridad mágica, nivel Gringotts, algo que no se ha visto en otras instituciones mágicas.

—De acuerdo—murmuró el muchacho mientras tomaba el folder que le tendía Granger.

—Revísalo pacientemente y mañana nos volveremos a reunir. Hoy tengo que hablar con Harry para coordinar la situación.

Draco asiento secamente y se levantó. No se despidió de Hermione, ni volvió la mirada a ella en cuanto salió del lugar. Ella rodó los ojos, no creía acostumbrarse nunca a su actitud tan borde. Sin embargo, le pareció curioso que había dejado de lado las túnicas. Vestía con un traje negro, pulcro, a la medida. Sabía que eso no era barato en Londres mágico, aunque tampoco en el muggle. Por su mente revoloteaba la idea de la increíble aceptación que había tenido Malfoy con el mundo muggle.


—Entonces —comenzó Harry después de que ambos habían terminado de almorzar —, ¿cómo estuvo Rumanía?

—Fue… peculiar.

— ¿A qué te refieres con peculiar?

—Malfoy estaba ahí.

—¿Malfoy, Draco?

—El mismo en persona, rubio, pálido e insoportable —le contestó a Harry con sorna.

—En su defensa, todos los Malfoy son así —ironizó Harry con una risa débil.

—Ya, yo lo sé… solo me asombró su presencia.

Hermione se dejó caer en el sofá y Harry hizo lo mismo a un lado suyo. El muchacho rodeo distraídamente a Hermione por los hombros y la atrajo hacia él. Ella, que se comenzaba a sentir adormilada por la calidez de la oficina de Harry y el almuerzo, dejó caer la cabeza sobre el pecho de su amigo.

—¿Malfoy te hizo pasarla mal? —le preguntó Harry, que paseaba sus dedos entre sus rizos.

—No —murmuró ella, dejando de lado el mal rato que había pasado con Malfoy en el Centro de Cuidados —. Charlie lo manejo todo muy bien. Y yo soy una adulta, sé lidiar con idiotas.

—Pues lidiaste conmigo y con Ron…

Hermione se rio y golpeó levemente el abdomen de su amigo. Él fingió un gemido de dolor y la risa de ella se volvió carcajada. Con cierta parezca, Hermione subió las piernas al sofá y las acomodó sobre el regazo de su amigo. A veces ninguno de los dos entendía el porqué de su intimidad y la naturalidad con la que la vivían. Harry solo sabía que se sentía seguro cuando la tocaba. Eso ya había dejado de conflictuarlo tiempo atrás, y a Hermione no le incomodaba.

—¿Dormiste algo anoche, Herms?

—Sí, cuatro… tal vez tres horas —respondió ella en medio de un bostezo.

—Duerme una siesta, yo te despertaré.

—Mmm, no, debo traba…

Hermione no había podido terminar su frase cuando ya se había dormido. Harry se asombró por la rapidez de su amiga, pero hacía meses que vivía con cansancio y no le haría daño dormir algunos minutos. Él mismo también se encontró bostezando unos minutos después. Recargó la cabeza contra el respaldo del sofá y con la otra mano rodeó los tobillos de su amiga para que no se resbalaran mientras ambos dormían plácidamente.


Draco no había vuelto a su habitación en el Caldero Chorreante, sino que había preferido ir a la biblioteca del Ministerio de Magia. Durante las últimas dos horas había intentado comprender los papeles que le había entregado Granger, pero solo había conseguido entender la mitad de los requerimientos para la seguridad de su centro. Se resistía a hacerlo, pero pronto entendió que si no le preguntaba a Hermione lo que significaban todas esas palabras sinsentido que había puesto en las hojas, jamás podría hacer su parte del trabajo.

Tomó sus cosas de la mesa contigua y salió de la biblioteca en camino a la oficina de Granger. Estaba furioso consigo mismo por no comprender lo que los simples muggles utilizaban en su vida cotidiana, pero lo que más le podía fastidiar era que la única ayuda que podría recibir era de la insoportable sabelotodo. Desde su sexto año había dejado de pensar en ella de esa manera, pero el recurrir a ella por información lo hacía sentir nuevamente en Hogwarts estando por debajo de la alumna sobresaliente. Al llegar a la oficina de Granger se dio cuenta al instante de que no estaba, porque su asistente despotricaba en voz alta por su tardanza.

Cuando lo vio en la entrada de la oficina, le indicó con la mano que entrara mientras escribía furiosamente el resto de un formulario que, como intuía Draco, debía llenar inmediatamente Hermione. —Pase, pase, señor Malfoy.

—Gracias. ¿Me podría decir dónde se encuentra Granger?

—Esa mujer, me muero por ahorcarla. Desapareció desde la hora del almuerzo, aparentemente olvidó lo que significa ser la jefa —respondió Margaret, mientras ordenaba la pila de archivos con su varita.

—¿A dónde fue a almorzar?

—Fue a la oficina del señor Potter, suelen almorzar juntos. Esa muchacha, parece una torpe, con todo este papeleo y ella besuqueándose con Potter…

Draco, que ya había avanzado un par de pasos, volvió por el mismo camino y se plantó frente al escritorio de la mujer rubia. Ella lo miró con recelo e impaciencia, pero su rostro cambió cuando escuchó el tono con el cuál le hablaba Malfoy. —No seré yo el mejor amigo de Granger nunca, pero debes respetarla. Resulta insoportable ver lo vulgar y despectiva que eres con ella.

—Yo, eh… —Margaret se retorció incómoda sobre su asiento, sin saber qué decir del todo.

—Ella es una torpe ilusa que espera lo mejor de la gente, no deberías utilizar eso para ser tan desgraciada con ella —zanjó Malfoy y salió rápidamente del lugar.

No se detuvo a preguntarle donde se encontraba la oficina de Potter, pero lo notó hasta que estaba dentro del ascensor sin saber que botón presionar. Salió del ascensor y buscó a su alrededor a alguna persona para preguntarle, pero únicamente se encontraba un viejo brujo en un rincón, que era el encargado de la limpieza. Draco se acercó de manera imponente, con la barbilla en alto y el cuerpo tenso. Desde que había llegado al Ministerio notaba que la gente lo miraba de lejos, repeliéndolo lo mejor que podían. Algunos, los más insolentes, murmuraban a sus espaldas y reprochaban que lo dejaran entrar al ministerio. Él había intentado ignorarlo lo mejor posible, pero su paciencia no era la de un santo y más que tolerarlos, se reprimía de hincharlos a maleficios.

—¿En cuál piso está la oficina de aurores? —cuestionó al viejo en tono apenas audible.

—Quinto piso, cuarto pasillo, segunda puerta a la derecha —contestó su interlocutor con monotonía, pero después de unos segundos pareció asociar su voz con alguien más. —¿Lucius? ¿Lucius Malfoy?

Draco ya había dado vuelta para entrar dentro del ascensor, pero se volvió cuando el otro mago pronunció el nombre de su padre. Cuando volteó y lo pudo ver mejor, el viejo soltó un bufido de enojo. —Malditos Malfoy — pronunció entre dientes con las manos cerradas en puños—, ¿cómo te atreves, hijo de perra, a volver aquí? Malditos imbéciles de mierda, ¡deberían de estar encerrados en tras las rejas de Azkaban! ¡Malditos traidores!

Draco no pretendía dejarse amedrentar por la actitud del idiota que tenía frente a él, pero sabía que si hacía algo contra a él pronto tendría una turba de magos furiosos enfrentándolo por los crímenes de su juventud. No les importaba que el Wizengamot ya le había establecido su condena, aparentemente la sociedad mágica aún sentía rencor por los no tan recientes actos de los mortífagos y Lord Voldemort.

Sospechaba que el viejo era un squib, porque en ningún momento había desenfundado la varita para amenazarlo. Draco únicamente lo miró de arriba a abajo y chasqueo la lengua con desdeño. Dio media vuelta y regresó al ascensor. Las manos le temblaban por la rabia, pero las había escondido dentro de los bolsillos de su saco. Se sentía enojado con él, con Charlie, con la estúpida Granger que no estaba en su oficina cuando sí que debía estarlo y con el mundo en general. Cuando llegó al quinto piso, caminó por el cuarto pasillo hasta llegar a la segunda puerta a la derecha.

Tocó a la puerta y esperó, pero no parecía haber nadie dentro de la oficina. Lo intentó una segunda vez, pero aparentemente nadie iba a abrirle. Giró la perilla, que afortunadamente estaba libre, y abrió lentamente la puerta para poder acceder a la oficina. Al igual que la de Hermione, se encontraba primero el escritorio del asistente; pero, a diferencia de la oficina de Granger, junto al escritorio había otro pasillo que llevaba seguramente a los cubículos de los autores. Del lado izquierdo del escritorio había una puerta grande de madera tallada que estaba medio abierta. Seguramente el resto del personal ya había ido a casa, o estaban en la hora de la comida, por lo que Draco no temió que alguien lo viera entrar a la oficina del jefe de Aurores.

Al abrir la puerta lo primero que vio fue a los dos jefes de departamento desparramados uno sobre del otro. Hermione se acurrucaba contra el pecho de Potter, y este sostenía sus tobillos. La túnica de Hermione se había abierto y Malfoy pudo observar sus piernas enfundadas en medias del mismo color de su piel. Draco se sintió sumamente incómodo, por lo que volvió por sus pasos y desde el marco de la puerta llamó en voz baja a Hermione.

—Granger… Granger… —la llamó por lo bajo, pero solo consiguió que la muchacha se removiera y que Harry murmurara incoherencias.

—Mierda —susurró Draco, volteando tras de sí para ver si aún no se acercaba nadie a la oficina. —¡Granger! —dijo con el tono de voz levemente elevado. Repitió su nombre un par de veces hasta que la ella abrió los ojos aún adormilada.

Giró la cabeza confundida hacia el lugar de donde venía la voz y vio la silueta de Malfoy recortada por la luz del vestíbulo de la oficina de su amigo. Rápidamente se enderezó, causando que su amigo se resbalara de lado, lo que lo hizo despertar de inmediato. —¡Malfoy! —exclamó Hermione sorprendida, mientras recomponía su ropa y se levantaba del sofá. Harry los miraba confundidos desde su lugar, a la vez intentaba recomponer su cabello.

—Granger, vine a buscarte porque necesito ayuda con tus recomendaciones—contestó Draco con tono lúgubre, mirando a ambos brujos con escepticismo y una ceja en alto.

—Sí, claro, yo… un segundo —murmuró la muchacha mientras tomaba unos documentos del escritorio de su amigo. Se acercó a Harry y le dio un beso rápido en la mejilla. —Nos vemos, Harry. Gracias por el almuerzo.

—Claro, Mione… —le respondió él con voz de recién despertado, aunque su estado no le impedía escanear de arriba a abajo con la mirada a Malfoy. En cuanto vio a su amiga pasar a lado del rubio, su mirada se tornó amenazante. Draco alcanzó a percibirla, pero pasó de él olímpicamente.

Malfoy dio vuelta sobre sus talones con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta y siguió a Granger hasta el ascensor. Ella estaba de espaldas, pero Draco intuía que estaba lo suficientemente avergonzada porque él la había visto en esa situación que no tenía valor para mirarlo a los ojos. Notó que había acertado cuando las puertas del ascensor cerraron y la vista de Hermione se enfocaba en los botones que indicaban los pisos.

—Cuando dijiste que habías terminado con la torpe zarigüeya, jamás me imagine que fuera porque lo habías cambiado por su mejor amigo. Eso sí que debió dolerle —comentó de la nada Malfoy con voz hiriente.

El rostro de Hermione se contorsionó en un gesto de desagrado, pero contestó tranquilamente a su interlocutor: —Me parece que esto no es nada de asunto tuyo, Malfoy.

—Jamás lo imaginé, tú y San Potty… Pensé que la pelirroja te lo había robado.

—Él y Ginny son pareja — respondió la muchacha entre dientes, controlando el enojo que estaba sintiendo hacia Malfoy.

— ¿Y Weasel menor sabe lo que hacen tú y su novio? Porque dudo que le parezca del todo bien —añadió con sorna.

Hermione se volvió hacia él y lo retó con la mirada. Estaba completamente sonrojada y los ojos le brillaban levemente, como si estuviera a unos segundos de llorar por la frustración. Hermione soportaba que se metiera con ella, que le dijera todo lo hiriente que le había dicho anteriormente. Pero cuando se metió directamente con sus amigos y su relación sintió como la ira le quemaba por dentro. Sin embargo, no iba a ceder ante los comentarios burlones de Malfoy, por lo que controló su respiración y volvió a ignorarlo durante los escasos segundos que restaban para poder llegar hasta su oficina.

Al llegar a su piso, Hermione hizo a un lado enérgicamente la reja que protegía la entrada del ascensor y caminó completamente furiosa hasta su oficina. No se molestó en saber si Malfoy la seguía, aunque esperaba que sí porque sabía que a final del día daba igual los problemas entre ellos, tenían algo en que trabajar. Margaret estaba por decirle algo en cuanto la vio entrar, pero se contuvo cuando su jefa pasó junto a ella como un rayo con el señor Malfoy pisándole los talones. Ambos parecían bastante malhumorados.

Ambos entraron dentro de la oficina de la castaña y se quedaron en silencio por unos segundos, fulminándose con la mirada. Sin embargo, Hermione fue la primera en ceder y se sentó de golpe en el asiento frente a su escritorio. Con ayuda de su varita, cerró la puerta de la habitación y la insonorizo.

—Espero que estés de acuerdo en que los asuntos personales de nuestra vida no deben interferir con nuestro trabajo, Malfoy —aseveró Hermione tranquilamente.

—Tu vida no podría importarme ni una mierda, Granger —contestó sentándose frente a ella.

Hermione asintió en silencio. Parecía intentar decidir si debía creer o no en lo que había dicho Malfoy, pero después de unos segundos relajó visiblemente los hombros y se dejó caer contra el respaldo de su silla. —De acuerdo, ¿cómo puedo ayudarte?

—Esto —Draco dejó caer los archivos frente a ella. Los papeles se desperdigaron por el escritorio, lo que causó una mueca de desagrado en Hermione. —No comprendo nada de esto, Granger. Olvidaste que no soy un… hijo de muggles como tú —terminó la frase con dificultad, por un momento había olvidado que no debía volver a llamar sangre sucia a nadie.

Hermione se desconcertó por unos segundos, no esperaba que Malfoy tuviera esa capacidad de autosancionar los comentarios hirientes que sin duda había realizado sin pensarlo hace años atrás. Se aclaró la garganta y revisó rápidamente el contenido de las hojas frente a ella: — No has tenido acercamiento con la tecnología muggle, aparentemente. Ni el más mínimo.

—No sé por qué habría de tenerlo, Granger —contestó con irritación.

—Yo lo pensé… por tu ropa, es muggle.

—¿Y?

—Sólo pensé que pasabas más tiempo entre los muggles, eso es todo —aseguró Hermione encogiendo los hombros.

—Voy a sus tiendas y compro ropa. No tiene nada que ver con que yo sepa lo que es una… cámara bluto con conesión… da igual. Tendrás que explicarme todo si quieres que yo evalúe su utilidad para nuestro caso.

Hermione evalúo lo que le pedía Malfoy y sonrió discretamente cuando se le ocurrió una solución ante su problema. —De acuerdo, Malfoy, tengo una forma de ayudarte. Pero tendrás que acompañarme. —Hermione se levantó de su asiento y transfiguró su túnica en un sobretodo del mismo color. Tomó su portafolio y metió dentro los archivos con los que tanto se había conflictuado Malfoy. —Por favor, acompáñame.

Ambos volvieron a salir de la oficina de Granger y Margaret observó incrédula su cambio de actitud. Su jefa, la señorita Granger, le murmuraba apresuradamente a Malfoy que la siguiera y que más le valía que mantuviera la compostura allá donde iban. El señor Malfoy había cambiado ligeramente su vestimenta transfigurando su chaqueta en una gabardina azul marino que, para gusto de Margaret, hacía que sus bellos ojos contrastaran aún más con su rostro pálido y su cabello casi albino.

—Margaret, no volveré hoy. Por favor, cierra la oficina al irte. Mañana terminaremos con los pendientes.

Su asistente estuvo a punto de discutir con ella y mandarla a cierto lugar cuando percibió la señal de advertencia en los ojos del rubio y de inmediato dejó de lado su intención inicial. —Por supuesto, señorita Granger —murmuró algo acobardada por el hombre junto a su jefa.

—Bien —respondió Hermione, levemente extrañada por la actitud de Margaret. —Gracias.

Hermione guio a Draco hasta las chimeneas del Ministerio y le indicó que era lo que debía de gritar para poder llegar al punto al que se dirigían. Cuando Hermione le había dicho su plan, a Draco le habían entrado unas ganas terribles de golpearse la cabeza contra la pared por haber sido tan bruto como para buscar ayuda de la hija de muggles. No sabía lo que había esperado, seguramente que Granger le enseñara un millón de libros, diagramas y esquemas que le explicaran los artefactos muggle, pero definitivamente no esperaba que lo llevara al Londres muggle para enseñarle de primera mano todo lo que debía de saber.

Aparecieron en los baños públicos que utilizaban los magos por las mañanas para llegar al Ministerio. Draco tuvo que alcanzar a Hermione en el pasillo que unía los sanitarios de los hombres con el de las mujeres y a partir de ahí salieron a la ciudad. Cuando Draco pisó por primera vez el Londres muggle, del que tanto había escuchado hablar, se sintió levemente decepcionado. No era igual al pueblo cercano al que a veces iban allá en Rumania, pero tampoco era suficientemente diferente. Las calles eran adoquinadas y los edificios se parecían a los del Callejón Diagon, pero sin tantas excentricidades.

Caminaron por varias calles, Draco se sentía incapaz de despegar la mirada de los anuncios iluminados que colgaban de algunos sitios y otros tantos que se mantenían fijos contra la pared. El ruido de los autos y la muchedumbre le parecía abrumador, y Hermione lo salvó un par de veces de ser atropellado porque él iba enajenado en observar lo diferente que era esta ciudad de todos los lugares que había conocido y que eran no mágicos. Se detuvieron frente a un letrero que indicaba que era una estación y Hermione se volvió a verlo.

—Tenemos que bajar para poder tomar el metro. Viajaremos un par de estaciones, pero será rápido.

Draco frunció el ceño y la miró sin comprender nada de lo que había dicho. Hermione resopló frustrada y simplemente le indicó que la siguiera, puesto que no pensaba explicarle a Malfoy que debajo de la ciudad había toda una red de trenes que los podían transportar a cualquier punto de esta. Bajaron una larga hilera de escaleras que después se abrieron en una gran sala iluminada con luces artificiales. No había tanta gente como arriba, lo que alivió visiblemente a Draco.

Caminaba detrás de Granger lo mejor que podía, esquivando lo mejor que podía a la gente que se le cruzaba por enfrente. Llegaron ante unos módulos que soltaban pitidos y por el medio unas puertas que abrían cada vez que sonaban. Hermione se detuvo ante ellos y rebuscó en su bolsillo. Sacó de él un cuadro de piel negra, lo abrió por la mitad y extrajo un rectángulo delgado que tenía varios números y su nombre. Colocó el extraño triángulo delante de una pantalla amarilla y, al abrirse las puertas, se hizo a un lado para que Draco accediera. Ella hizo lo mismo y ambos se incorporaron con el resto de los pasajeros que aguardaban.

—Esto se parece al expreso de Hogwarts, Granger, pero debajo de la tierra… —murmuró Malfoy, que intentaba disimular su entusiasmo al estar en un lugar así de nuevo.

—¡Shht! —Hermione volteó a verlo con el dedo sobre los labios. —No digas eso, cualquiera aquí podría escucharte.

Draco la miró despectivamente y volvió a mirada hacia el resto de la gente que lo rodeaba. Realmente dudaba que alguien fuera capaz de escucharlo, porque todos traían puestos los mismos tapones en los oídos que había usado Granger en el Centro de Cuidado. Ambos se formaron hasta la final de la estación y esperaron. Cuando llegó el tren, Draco perdió la noción de lo que sucedía a su alrededor. Sentía la mano de Hermione asiéndolo firmemente por el codo. No se la sacudió de encima porque honestamente estaba aterrado de perderse entre toda la masa de gente que entraban al tren junto con ellos. Ambos se afianzaron de un tubo amarillo y se mantuvieron ahí durante un par de minutos.

Hermione estaba lo suficientemente cerca como para que Draco pudiera captar el olor de su cabello, jazmín y algo más. Redireccionó la mirada hacia la parte superior del tren, tratando de ignorar la rizada cabeza que rozaba contra su pecho. Tampoco podía moverse demasiado en su propio lugar; las filas de asientos del gabinete en el que iban se habían llenado por completo y el resto de gente se había dispersado por el resto del lugar mientras se sostenían de diversos tubos estratégicamente colocados. Era fascinante, pero el martirio volvió cuando Hermione le indicó que era hora de bajar.

Salieron de una estación bastante parecida por la que habían accedido. Volvieron a las calles, esta vez más luminosas, y continuaron por un camino que no le podía parece más complicado a Draco. Veía pasar los letreros que, con el nombre de cada calle o avenida, pero Hermione caminaba tan rápido que no se podía detener a memorizarlos.

—Mierda, Granger, ¿cuántos más tendremos que seguir caminando? —exclamó Draco después de doblar por segunda vez en una esquina.

—Ya no tarda… ¡Ahí es! —respondió aliviada.

—Por Merlín, al fin —bufó.

Se detuvieron frente a una tienda decorada en rojo con letras blancas en la parte superior. Los escaparates estaban llenos con rectángulos con dibujos de animales antropomorfizados, o personas con artefactos sobre los hombros y un pequeño hombre de bigote. Abajo había cosas muy parecidas a las orejeras que solían utilizar en el frio, pero unos hilos caían por ambos extremos. En el último anaquel había pantallas, Draco las había visto anteriormente en Alba Iulia, había gente que solía utilizar dichos artefactos en los restaurantes, los colocaban sobre las mesas y Charlie le había dicho que así escribían.

Hermione entró jalando a Draco de la manga. Durante momentos se le olvidaba su inherente pacto de cero contacto, pero ansiaba enseñarle todo lo que existía en el mundo muggle y que los magos ni siquiera se lo podían imaginar. Lo guio a través de los estantes hasta que llegó al área de cámaras de seguridad.

—Esto —dijo ella mientras señalaba con la mano el aparador —, son cámaras de seguridad. En vez de tomar fotografías como las conocen, captan una escena por tiempo indefinido. Es como una secuencia fotográfica pero que se retrata sola y la puedes ver desde otra pantalla. Es principalmente para vigilar —explicó, sin tener en cuenta que a Draco le estaba costando seguirle el paso.

—Entonces, ¿es como los retratos de Hogwarts? —cuestionó intentando esconder cuánto lo irritaba no comprender lo que le decía Granger.

Hermione volteó a verlo mordiéndose el labio mientras intentaba pensar de qué manera explicarle. —No, porque es imposible que te conteste. ¡Ah, vaya! Ya sé. ¡Es igual que estar en un pensadero!

—Granger, no seas ridícula, ¿cómo puede meter los recuerdos de alguien… en eso? —cuestionó altaneramente Malfoy mientras señalaba las cámaras como si lo ofendieran gravemente.

—No seas imbécil, Malfoy. No tiene nada que ver con los recuerdos —le contestó Hermione mientras le señalaba una pantalla en la esquina izquierda. Aparecía un reflejo de ellos dos, como si se estuviera viendo en un espejo.

—¿Eso es todo lo que hace tu maravillosa cámara? —cuestionó Draco inclinándose hacia la pantalla, pero lo descolocó ver que su reflejo no se movía igual que él, sino que se veía inclinado hacia el otro lado.

—La lente está aquí —susurró Hermione a su lado, señalando una cámara muy diferente a todas las que había visto Draco — y se refleja allá —señaló la pantalla.

Draco se inclinó con curiosidad, intentando ver el reflejo de su imagen en la pantalla sin alejar la cabeza del lente. Hermione intentaba por todos los medios no intentar reírse, pero sucumbió cuando vio al rubio moviendo la cabeza más rápido de lo que se movía la imagen en el monitor para ver su rostro. Malfoy la volteó a ver con gesto de amargura y se apartó del aparato olvidando su inoportuna curiosidad. Hermione se limpió las lágrimas que habían surgido por la carcajada y reguló su respiración.

—Vamos, Malfoy, compraré todo esto para mostrártelos en mi casa —dijo con la voz levemente entrecortada por la risa. —Estás llamando mucho la atención para nuestra seguridad.

— ¿En tu… casa? —le contestó en un susurro mientras la seguía por los pasillos llenos de artefactos que no conocía y menos comprendía.

—Pues claro, no pretenderás que llegue a la mansión de tus padres con todo esto —respondió amargamente Hermione, recordando la última vez que había pisado esa casa. —Aparte, en otros lugares no hay corriente eléctrica, será mejor ir a mi casa.

Draco tragó saliva con dificultad. Claro que Granger no sabía que él no se estaba quedando en casa de sus padres, sino en el Caldero Chorreante. Por lo que agradeció internamente que Hermione hubiera tomado esa decisión, aunque no le entusiasmaba precisamente ver en dónde vivía Granger. Ella había tomado una canastilla azul vibrante e iba echando en ella los artículos que pretendía mostrarle adelante a Malfoy. Tomo cámaras de seguridad inalámbricas, pues no sabía utilizar las de circuito cerrado. De igual manera un teléfono celular, un pequeño monitor y un set de alarmas para su casa.

Afortunadamente habían ido a la tienda de artículos de segunda mano porque los equipos que llevaban no eran económicos. El cajero los atendió amablemente, pero Hermione pudo captar su gesto de incomodidad al ver que el rubio junto a ella miraba la caja registradora como si tuviera vida propia.

—¿Qué es ese rectángulo que colocas en todas partes, Granger? —cuestionó Draco con desinterés una vez que hubieron salido de la tienda.

—¿Esto? —le preguntó mostrándoselo. —Se llama tarjeta de débito.

— ¿Te molestaría explicármelo sin que yo deba pedirlo cada maldita vez?

Hermione rodó los ojos, pero cedió: —Es como un acceso remoto a todo tu dinero. Es como autorizar que te cobren el dinero de tu cámara de Gringotts, pero sin tener una cámara. Todo tu dinero está aquí, pero no es visible.

Draco la tomó y la examinó de cerca. —¿Aquí dentro… está tu dinero?

—Algo así —contestó ella, mientras caminaban hasta la estación de autobuses. —No está realmente ahí dentro. Lo llevas al banco, ellos lo ponen en sus… cámaras y, en vez de darte el dinero directamente, introducen su valor dentro del plástico —explicó, quitándole de las manos su tarjeta.

Draco asintió meditabundo, como intentando procesar toda la información que había recibido. Hermione se detuvo en el paradero del autobús con Malfoy a su lado. Tardó unos minutos en llegar, pero finalmente lo abordaron para poderse dirigir a su casa. Hermione iba observando de reojo a Malfoy; ambos se habían sentado en asientos que estaban juntos, pero hacían todo lo posible por no tocarse más de lo necesario. La muchacha se encontraba muy entretenida viendo el grado de fascinación que las luces de Londres causaban en Draco.

—Esa es la fuente de Eros —comentó ella en un alto al ver cómo él estaba admirando la estructura.

Draco no contestó, pero intentó conservar en su memoria las formas de la escultura, que parecía tan real que en cualquier momento el hombre tallado sobre piedra se podía echar a volar. Siguieron en el autobús lo que para Draco fue una eternidad, pero parecía que a Hermione no le afectaba la tardanza, tenía un libro entre las manos y leía sin tener en cuenta nada de lo que sucedía a su alrededor. Sin embargo, tan sólo veinte minutos después, estaban en la estación más cercana a la casa de Hermione.

—Esto es como el autobús noctámbulo, pero más normal —comentó la muchacha.

—Nunca he subido al autobús noctámbulo, Granger —gruñó Draco.

—Se me olvidaba —contestó con sorna.

Ambos caminaron por las estrechas calles del vecindario hasta que llegaron frente a una casa muy alta de color blanco. De lado izquierdo había una amplia ventana que estaba decorada en la parte inferior con tupidas flores blancas y violetas. A la derecha estaba la puerta negra; había un número en metal dorado sobre la aldaba, también dorada. Debajo de la ventana se encontraba una especie de ático al que se bajaba por unas escaleras de metal rodeadas por una reja de acero de color negro.

Al entrar, de lado derecho, se encontraba un pequeño armario. Frente a este estaba, a la izquierda un perchero con un par de abrigos y unas sombrillas colgadas de él. Junto a la puerta había una maceta con una planta de hojas largas y de un verde muy vivaz. De lado izquierdo había un pequeño escritorio con diversos papeles y algunas plumas desperdigadas por la superficie. Delante de él se abría la habitación para el comedor y la cocina. A la izquierda estaban las escaleras para las habitaciones superiores.

—Acompáñame, por favor—pidió Hermione para después subir las escaleras lo que parecía la sala de estar.

Todo era en colores blancos, grises y beige. Los sillones sencillos estaban forrados de tela gris. La mesa de centro que rodeaban tenía libros desperdigados, pergaminos y algunos empaques de dulces. Las grandes ventanas iluminaban la habitación con las luces de las casas próximas. junto al marco de la puerta había un mueble con varios compartimentos que en medio contenía una pantalla muy grande, casi tanto como las que había visto en la tienda muggle. Al final de la sala había otra puerta doble que daba paso hacia el estudio.

—Vamos al estudio, ahí podré enseñarte…

Pero los gritos interrumpieron lo que estaba por decir. Ambos se quedaron estáticos en sus lugares, con la varita en mano. Pronto se escucharon los carros pitando y los gritos que se acercaban, lo que era verdaderamente extraño porque el barrio era normalmente tranquilo. Hermione corrió hasta la ventana y la abrió para poder salir al balcón y ver mejor hacia afuera.

—Mierda —exclamó al ver cómo el panorama se iluminaba con luces chisporroteantes como si fueran fuegos artificiales que no llegaban a una gran altura.

Volvió sobre sus pasos y miró a Malfoy que tenía expresión de alerta. Ambos sabían de qué se trataba. —Debo ir —murmuró ella con decisión y desapareció frente a los ojos de Malfoy.

—¡Mierda, Granger! —sin saber qué más hacer, desapareció detrás de ella sin saber que se podría encontrar.


Espero que lo hayan disfrutado, ¡gracias por leer!