La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling

CAPÍTULO 3

Rose rodó sobre su cama, tapándose la cabeza con la almohada. A través de una pequeña apertura en las cortinas escarlatas, que se había dejado abierta al echarse a dormir la noche anterior, entraba un vaporoso halo de luz desde los terrenos del colegio. No era muy intenso, ya que la masa de nubarrones grises tristes del día anterior no había pasado de largo todavía; pero sí era lo suficientemente brillante para incomodar los adormilados ojos de Rose. A regañadientes, consiguió escurrirse fuera de la cama y comenzar a vestirse. A la chica, por sorprendente que le pareciera a todo el mundo, le costaba mucho levantarse y salir de dentro de las sábanas. Lo hacía, siempre, puntual, porque era lo que tenía que hacer, pero no porque no le gustase quedarse acurrucada entre las mantas, aletargada, todavía flotando entre las imágenes de los sueños de la noche anterior.

Sin esperar a Dominique y a Alice, sus compañeras de cuarto, las cuales todavía ni siquiera habían abierto los ojos por primera vez, Rose cruzaba la sala común, aun vacía de alumnos, para bajar al gran comedor a desayunar. Algo le había dejado un extraño sabor en la boca el día anterior, un sabor que no podía identificar. A pesar del buen sentimiento que se había inflado en su interior, cómo un gran globo de aire cálido, obligándola a sonreír ligeramente, no podía evitar gustar un tenue deje de acidez cada vez que se le curvaban hacía arriba las comisuras de los labios.

Cuando entró en el Gran Comedor, su cabeza giró instantáneamente e involuntariamente hacía la mesa de Slytherin buscando algo. Llevaba ya un tiempo que no conseguía evitar ese movimiento automático del cuello, como si fuese un auto reflejo. A mitad de la mesa, la mirada de la chica se paró en lo que estaba escudriñando y se encontró con Scorpius Malfoy desayunando alegremente entre Albus y algún otro chico de su curso de los que Rose no tenía intención de recordar sus nombres. Instantes después de avistar aquel destello de color rubio pálido, Rose sintió un pinchazo de dolor en algún lugar del pecho y la última imagen de Scopius tendido en la cama, rodeado del montón de regalitos de sus admiradoras, se le apareció ante los ojos. De repente entendió aquel horrible sabor con el que se había despertado y volvió a sentirse como se había sentido al salir de la enfermería la tarde anterior: estúpida y rabiosa. Solo que esta vez además de estúpida y rabiosa también se sentía infinitamente triste.

Sin embargo, Rose desechó voluntaria y racionalmente aquel último sentimiento. Porque Scorpius Malfoy podía hacerla sentir estúpida, claro y también rabiosa. Rabiosa, cabreada, irritada, y un sin fin de sinónimos más eran todas las cosas que Scorpius Malfoy la hacían sentir. Pero triste no. Triste nunca. Nada de lo que él dijese, nada de lo que él hiciese, o en este caso, no hiciese, porque técnicamente, esta vez, él no había hecho la cosa en sí, nada relacionado con Scorpius Malfoy podía hacerla sentir tristeza. Eso estaba descartado.

Rose miró entonces hacía la mesa de su propia casa y vio a Lilly haciéndole señas con la mano hacía un espacio vacío a su lado. Lilly, al igual que Rose, también era una chica madrugadora, pero no lo hacía por aquel sentimiento de deber que su prima solía llevar siempre encima; si no que se levantaba simplemente porque le apetecía, porque le parecía un desperdicio pasar toda una mañana sin hacer nada en la cama. ¡La de secretos que podría descubrir del castillo, la de líos en los que podría meterse en toda una mañana! Rose se sentó junto a ella, pero seguía girando la mirada de hito en hito hacía Scorpius. Lilly, como gran observadora que era, entre vio en su prima aquella sombra taciturna y apesadumbrada y le regaló a Rose una sonrisa tenue de infinita comprensión mientras movía la mirada entre ella y Scorpius. Rose maldijo para sí como su cara era inevitablemente el maldito reflejo de sus sentimientos y como su prima Lilly siempre parecía comprenderlo todo.

Volviendo a repetirse en su cabeza aquello de que Scoprius Malfoy jamás podía infligirle ningún tipo de sentimiento compungido o apenado, consiguió que su semblante cambiara el entristecimiento por una mueca de desagrado. Lilly no dijo nada más y se limitó a servirle un poco de zumo de calabaza a Rose y acercarle la bandeja de tostadas untadas en mermelada de ciruela, su favorita. La joven de los Potter sabía muy bien cuando había que hablar y cuando callar. Había heredado aquella profunda empatía y entendimiento de su madre, Ginny Potter. Ambas sabían siempre como consolar o cuidar a los demás; cuando había que reír y hacer bromas, sacando sonrisas a cualquiera; o cuando había que dejar llorar a alguien, solamente acariciándole la espalda o las manos con ternura mientras que esperaban que las penas se perdieran con las lágrimas que caían resbalando por las mejillas. Rose agradeció aquel saber estar tan especial de su prima, y aunque le dedicó alguna sonrisa o dos, concentró todas sus energías en seguir odiando resentida a aquel chico rubio sentado en la mesa de Slytherin.

Scorpius sabía a ciencia cierta el preciso momento en el que Rose Weasley había entrado en el Gran Comedor, lo sabía porque la había estado esperando con el rabillo del ojo. Por eso habían bajado tan pronto a desayunar aquel domingo. A Albus le había convencido diciéndole que era mejor acabar con todos sus deberes de Pociones pronto por la mañana para poder pasar la tarde de domingo haciendo algo más divertido en los cómodos sillones de la sala común de Slytherin. Pero aquello no había sido más que una pequeñísima mentira piadosa. El quería ver bajar a Rose, la cual, hiciese frío o calor, fuese lunes o fin de semana, siempre empezaba temprano el día.

El chico aun recordaba aquel momento vivido en la enfermería como si acabase de pasar hacía apenas unos instantes. Había pasado todo el tiempo desde que ocurrió recordándolo una y otra vez, analizando cada gesto y cada detalle. Y aunque, en algún momento de la noche, las imágenes reales del recuerdo se habían tamizado y mezclado con la inverosimilitud del sueño, seguían intactas en su cabeza, en todo su esplendor, pero con un fuerte halo de luz dorada a su alrededor, fruto de su propia creación. El pobre, solo deseaba comprobar de alguna forma que ella también había pensando, aunque fuese por unos ínfimos instantes, en lo que había pasado entre ellos.

Scorpius también había visto por el rabillo del ojo como Rose miraba hacía donde él estaba sentado. La había medio visto mirar después hacía las señas de su prima y sentarse junto a ella. Y ahora la observaba, disimuladamente, mientras se comía tranquila una tostada. Había resulto consigo mismo que el proceder en aquella situación era el de hombre interesante y despreocupado, por lo que, con un increíble empeño y fuerza de voluntad, se había controlado a sí mismo de no mirarla directamente a los ojos, aun no, hasta que fuera el momento oportuno.

Cuando todo el mundo de su alrededor había acabado de desayunar, incluido él, y ahora solo esperaban al correo de la mañana; cuando ya no había riesgo de que alguno de sus compañeros le tirara un vaso de zumo de calabaza por encima o de que él metiera el codo en su bol de cereales sin querer; Scorpius pensó que era el momento, fuera de todo riesgo de hacer el ridículo, de establecer contacto visual; de hacer coincidir sus ojos con los de ella y sonreír para que supiera que no había olvidado la tarde de ayer. Por fin, con extremada lentitud por aquel miedo que siempre va implícito en los nervios, Scorpius giró la cabeza hacía la mesa de Gryffindor, abandonando la conversación de sus compañeros, justo hacía donde Rose estaba sentada.

Sin embargo, algo no estaba bien. Rose también le miraba, pero si las miradas matasen él habría caído víctima en aquel mismo sitio. Hacía muchos años que no le había visto mirarle de esa forma, con tanto odio y aversión en una misma mirada. Con tanto asco. ¿Por qué? No lo entendía, no entendía nada de aquello. ¿Acaso aquella tregua, aquella llamada a la paz y quizás, al cariño, que parecía haberse establecido entre ellos la tarde anterior había sido solo fruto de su imaginación? No podía ser, eso no. Él la había visto sonreír, reírse con alguna tontería que él le decía. La había visto ahuecarle los cojines de detrás de su espalda con afecto, con las manos muy cerca de sus hombros, la había sentido acariciarle con ternura la cara, pasando con cuidado la suave yema de sus dedos por la piel de su mandíbula. Aquello no podía ser solo su imaginación. Se había imaginado muchos momentos con Rose, sí, a lo mejor demasiados, pero aquello había sido real...

Pero daba igual lo real, lo auténtico de aquel momento, porque ahora parecía que solo lo había sentido él. Para ella no había significado nada en absoluto, así que podía seguir despreciándolo en la distancia como siempre le había despreciado, desde el primer momento en el que le había visto, mejor dicho, desde el primer momento en el que había conocido su nombre.

Scorpius no pudo más y desvió la mirada. Le dolían demasiado aquellos ojos color azul oscuro. Intentó en vano volver a la conversación o fijar su atención en algún punto de la mesa para dejar de sentirlos, cargados de rencor y rabia, quemándole la piel. De repente, con un estruendo ya familiar y vagamente perceptible para los alumnos del castillo, un millar de lechuzas entraron volando al Gran Comedor. Scorpius suspiró con un sonoro quejido, ahora el correo de la mañana había desviado la atención y por fin sentía que Rose había dejado de intentar asesinarle en la distancia.

Notó un picotazo ligero en la mano que tenía apoyada encima de la mesa y se dio cuenta al fin que Salazar, la enorme lechuza color gris negruzco de la familia, había llegado con un sobre. Scorpius lo cogió y acariciándole las plumas de la cabeza, acercó un bol de cereales para que el animal pudiese comer algo. Tras un par de picotazos al bol, y tras beber del vaso de agua de Blase Zabinni, que estaba sentado en frente de Scorpius escondido detrás del Profeta, el enorme y majestuoso animal emprendió de nuevo el vuelo por encima de las cabezas de los alumnos de Hogwarts. Scorpius lo observó marcharse con un deje de nostalgia, de morriña hacía su casa, y se volvió para ver la carta. Era de su padre:

Querido Scorpius:

El colegio nos informó ayer de tu accidente en el partido de Quidditch. Aunque nos han asegurado que no es grave, tu madre está muy preocupada. Por favor escribe cuanto antes para asegurarle que estas bien.

Tu madre también me ha pedido que te diga que ese tipo de acciones están totalmente fuera de lugar y que me asegure que entiendas que un partido de Quidditch nunca es ni será tan importante como para poner en riesgo tu seguridad. Además, quiere que le prometas que nunca jamás volverás a cometer un temeridad como esa.

Por mi parte creo que fue una jugada brillante, hijo. Pero esto no se lo digas a tu madre. Estoy muy orgulloso, si sigues así, la copa será vuestra este año.

Un abrazo muy fuerte y cuídate.

Tus padres, que te quieren.

PD: Dale un abrazo de nuestra parte a Al y recuérdale que le esperamos en casa unos días durante las vacaciones de navidad.

Scorpius dobló la carta y se guardó el sobre en el bolsillo de la túnica con especial cariño y cuidado. Una oleada de gratitud hacía sus padres le inundó el pecho de repente.

Pocos conocían a su padre realmente. Para toda la comunidad mágica, Draco Malfoy no era más que el antiguo mortífago, cuya familia, sin que se supiera cómo, le había caído en gracia al héroe, a San Harry Potter, y por eso se habían librado de pasar tantos años en Azkaban como muchos otros. Pocos sabían que había sido su abuela, Narcissa Malfoy, la que había mentido al mismísimo Voldemort y así Harry había conseguido salir del bosque aun con vida. Claro que Narcissa solo lo hizo para poder ir a buscar a su hijo, pero igualmente, Harry siempre pensó que de alguna forma le debía la vida a esa mujer. El amor de una madre le había protegido cuando era un niño, y el amor de otra madre le había vuelto a salvar en la última batalla. Sin embargo, la mayoría de magos habían preferido ignorar todo aquello y seguir crucificando moralmente a los Malfoys por sus errores pasados. Parecía más fácil para todo el mundo, posicionarse en el lado de los buenos, una vez acabada la guerra, y señalar con el dedo al bando contrario. Como si aquella metafórica caza de brujas les limpiasen el nombre y hiciesen olvidar que la mayoría de ellos no habían participado en ninguna batalla, para bien o para mal. Nadie quería acercarse a aquella familia marcada, y los pocos que lo hacían, superando sus prejuicios, no veían más allá de la pose orgullosa que se habían obligado a llevar, a modo de armadura, para protegerse de la crítica social y la censura. "No te olvides de tu nombre, hijo" Le había dicho una vez su padre siendo él aun un niño "Porque los demás no lo harán. Llévalo puesto, como un escudo, y nunca más te podrán hacer daño."

Sin embargo su padre no era orgulloso, ni arrogante. Al contrario de lo que todos pensaban, Draco no era la copia exacta de Lucius Malfoy, y tampoco había criado y enseñado a Scorpuis de la forma en la que le habían enseñado a él. Draco era un padre amable, cariñoso, profundamente orgulloso de su hijo. Podía parecer severo con esas facciones duras y angulosas que caracterizaban a los varones Malfoy y que Scorpius también había heredado, sí, pero nunca había sido demasiado severo con su hijo, nunca había hecho falta. Tampoco había inculcado a Scorpius los mismos prejuicios en los que él había nadado y respirado de niño. No. En la Mansion Malfoy no se había vuelto a oír la palabra 'Sangresucia' desde que Draco había ascendido y se había posicionado como el cabeza de familia. Pero eso daba igual, a los ojos del mundo, Malfoy seguiría siendo un apellido maldito, para el resto de la eternidad. Y es que, los errores, como las glorias, te persiguen para siempre a ti, y a toda tu estirpe.

Scorpius volvió a pensar en las palabras de su padre, sintiendo una pequeña brisa calidad soplando en su interior, apaliando ligeramente ese dolor que nace del odio ajeno. Pensasen lo que pensasen los demás, aunque insistiesen en castigarle entre la soledad de la incomprensión, él siempre tendría el calor del amor de su familia. Y a Al, también tendría siempre a su mejor amigo Albus Potter.

"Mis padres te mandan saludos Al" Le dijo por fin a su amigo, volviendo al fin a la realidad que le rodeaba, resulto a no dejarse amedrentar, al menos no en el exterior, por Rose Weasley y sus insufribles cambios de amor y odio. "Dicen que te esperan en casa para Navidad"

"Genial" Dijo Albus con una amplia sonrisa. Las Navidades en la casa de los Malfoy siempre eran maravillosas para Albus. Buena comida, una casa enorme que explorar llena de artilugios interesantes y un jardín gigante donde practicar Quidditch. Albus era posiblemente de las pocas personas que conocía de verdad a los Malfoys, fuera de los prejuicios de antiguos rencores y miedos. También, porque era de las pocas personas que les habían visto en la realidad de su hogar, bañados por el calor de la chimenea y el afecto mutuo. Siempre habían sido extremadamente amables y cariñosos con él, sin hacer ni una mueca ni un ínfimo gesto al oír su apellido. Eso era algo que no todo el mundo podía decir, pensaba Albus con tristeza. Su propia familia había clamado al cielo la primera vez que el pequeño Albus Potter, de apenas once años, les había hablado de su gran amigo Scorpius Malfoy. Aun recordaba como su tío Ron casi se había atragantado al oírlo, escupiendo la bebida atónito. También recordaba a sus tíos George y Percy mirando a su padre con semblante de preocupación. Y recordaba, grabado a fuego en su mente, como se graban las palabras dolorosas, dejando cicatriz en el alma, la conversación que oyó a escondidas entre sus padres. La conversación en la su padre le preguntaba compungido a su madre '¿Cómo vamos a parar eso?'.

No lo pararon. Su madre había abogado por él. Había abogado por la cordura, la simpatía y la presunción de inocencia; y sobre todo, había abogado por el perdón. Y es que, Ginny Weasley había perdonado las heridas en su familia, había perdonado la horrible muerte de su hermano Fred y había perdonado también todo el sufrimiento que ella misma había padecido en su propia piel durante la guerra, todo en favor, no solo de Albus, si no en favor de todos los niños, para que las sombras de aquel pasado oscuro que les había tocado vivir no traspasasen sus propias almas e inundasen también las de sus hijos. Nadie habría dicho que la pequeña de los Weasleys, aquella capaz de lanzar un perfecto maleficio 'mocomurciélago' a cualquiera que iba por ahí riéndose de Luna Lovedgood, sería la primera en ablandar el corazón después de la guerra. Pero lo que nadie sabía es que para Ginny, descargar el enorme peso que los errores de su padre suponían sobre la espalda de un niño de once años, no era, de ninguna forma, ablandar el corazón.

Poco a poco y tras numerosos enfrentamientos, Ginny había conseguido apaciguar la tormenta que se había desatado en su familia y había ido allanando el terreno para que Albus, también poco a poco, pudiese ir incluyendo a Scorpius en sus vidas. Al principio, el nombre del chico solo aparecía dentro de las cuatro paredes de la casa de los Potter, y solo cuando los numerosos tíos Weasley no estaban presentes. Harry había sido el primero en hacer caso a su esposa y entrar en razón. Al fin y al cabo, se había pasado gran parte de su vida tratando de huir del fantasma de su triste tragedia, ¿cómo iba entonces a lastrar a su hijo con ella?

Después del segundo año, habían permitido a Albus pasar un tiempo con la familia de su amigo. Y una vez que habían conseguido derrotar, a medias, el muro obstinado y rencoroso de la cabezonería de su tío Ron, Albus había podido traer a Scorpius a casa e incluso habían hecho compartir mesa a un Malfoy y a un par de pelirrojos pecosos sin que la cosa acabara en desgracia. Ese año, Ginny había decidido que Scorpius pasaría las navidades con ellos, en la Madriguera, y aunque nadie parecía estar ni totalmente contento ni totalmente seguro de aquella decisión, la misma característica obstinación de Ron Weasley también corría por la sangre de su hermana, así que nadie se había atrevido a contrariarla.

"Mi madre también quiere que pases unos días con nosotros" Dijo Albus distraídamente.

Scorpius le miró sorprendido. "Pensaba que pasabais las Navidades en la Madriguera"

"Ah,... sí, bueno... Quiere que vengas a la Madriguera" Albus miró a su amigo de soslayo. No sabía hasta que punto su amigo desearía pasar unos días en una casa llena de Weasleys, teniendo en cuenta que ninguno le había obsequiado con alguna palabra amable ni una vez en el tiempo en el que se conocían. Los mayores de los Weasley, que habían dejado ya el colegio, nunca se habían molestado en mediar palabra con Scorpius Malfoy. James, el hermano de Albus, había interactuado con él en las ocasiones en las que este había estado en casa de los Potter, pero en el colegio prefería mantenerse al margen. Eran los propios amigos de James y Fred los que solían amedrentarle por los pasillos, sacando del baúl del pasado antiguas palabras oscuras como 'mortífago' o 'marca tenebrosa', pero su hermano y su primo intentaban no meterse, por el bien de Albus, aunque tampoco hacían nada por ayudarle a frenar a sus amigos. Hugo no solía meterse en ningún lio y simplemente vivía y dejaba vivir, y Lilly, que era quizá la que mejor le había tratado, aparte de Albus, sencillamente era incapaz de no ser amable con alguien, así que tampoco se sabía si era Scorpius el que le inspiraba confianza o era simplemente su forma de tratar a todo ser humano. Y Rose, ... bueno Rose era un caso diferente. La animadversión que Rose había sentido por Scorpius había sido patente desde el primer instante en el que se habían visto. Por alguna razón que Albus no entendía, Rose Weasley era incapaz de tolerar a Scorpius. Parecía como si hubiese sido la encargada de continuar con la causa de su padre, heredando aquel desprecio y rechazo hacia los viejos enemigos de la familia. Y bueno,... eso no iba a cambiar nunca.

Para sorpresa de Albus, Scorpius sonrió, no con esas sonrisas nerviosas que le salen a uno cuando quiere fingir que no está terriblemente asustado, si no con una sonrisa sincera. "Bueno, puede que no esté tan mal. Siempre he querido ver la Madriguera. Se lo diré a mis padres." Contestó Scorpius. Era cierto, Albus le había contado tantas cosas de ese lugar que siempre había tenido una inmensa curiosidad por la casa de los Weasley. Sin embargo, esa no era toda la verdad. Una parte muy escondida de su cabeza había comenzado a bailar y saltar de alegría con la idea de pasar las navidades bajo el mismo techo que Rose. Toda su cabeza habría estado bailando de esa forma, si no fuera porque Scorpius aun sentía las quemaduras que le había dejado la mirada asesina con la que la chica le había deleitado a través del Gran Comedor. Pero, aun así, no podía evitar sentir un ligero aleteo de esperanza con aquella repentina oportunidad de estar tan cerca de ella.

Aquello le había animado un poco por lo que, evitando totalmente desviar los ojos hacía la mesa de Gryffindor otra vez, Scorpius siguió hablando con su amigo sobre las perspectivas de las inminentes vacaciones de Navidad. Minutos más tarde se despidieron de los demás y se encaminaron hacia la salida para coger sus libros de la sala común y mudarse a la biblioteca para terminar aquel ensayo de 50 centímetros sobre pociones curativas que tendrían que entregar la semana próxima.

Minutos más tarde entraban en la gran biblioteca del colegio de magia y hechicería. Scorpius se demoró un instante en la entrada, recorriendo la estancia con la mirada. Del tamaño de una inmensa catedral, la biblioteca estaba surcada por un millar de estanterías de madera oscura, muchas de las cuales llegaban casi hasta el techo abovedado. Todas y cada una de ellas repletas de un número incontable de libros, libros viejísimos de pergamino ya enmohecido y letras descoloridas. Scorpius, que había nacido en una casa de magos, estaba más que acostumbrado a las maravillas de la magia; a las habitaciones que parecen mucho más grandes por dentro que por fuera; a las puertas que se abren solas tras las palabras correctas, a los objetos que se mueven y flotan por todos los lados, limpiándose o colocándose en las repisas. Él había crecido entre todas aquellas cosas fantásticas en la gran mansión de su familia. Sin embargo, no podía evitar seguir quedándose prendado y asombrado de lugares como aquellos. Y es que, aquel inmenso castillo aun tenía ese poder sobre él, después de aquellos seis años.

Caminaron un rato entre aquellas estanterías y después de buscar algunos libros sobre ingredientes mágicos que les ayudarían con aquella redacción sobre pociones curativas, se sentaron en un par de butacas al fondo de la biblioteca. Scorpius era quien había elegido aquel lugar específico. Le gustaban esas butacas. Eran cómodas para leer o para escribir, y en uno de los rincones más alejados de la puerta por lo que siempre estaban sumidas en una suave tranquilidad silenciosa. Además, estaban situadas en la perfecta diagonal de una de las grandes ventanas que surcaban los muros por lo que, aunque el día fuese gris lluvioso, o azul de frío invierno; siempre se colaba por esa ventana un ligero halo de luz que te acariciaba las mejillas mientras trabajabas en tu butaca. Albus se había dejado arrastrar hasta allí. De alguna forma se notaba en su incomodo caminar y en su dificultad para hablar en susurros, que aquel lugar no era su medio natural.

Albus Potter era un chicho inteligente por naturaleza, diestro con la varita sin proponérselo, sin embargo, no era demasiado estudioso. Sus notas en los T.I.M.O.S del año anterior, habían sido más que aceptables, pero se había visto obligado a admitir que parte de su éxito era gracias a las insistencias y ayudas de su amigo Scorpius. Extensos resúmenes y diagramas sobre todas las materias, cuadrantes y horarios planificando las largas horas de estudio y constantes recordatorios sobre la importancia de los exámenes, todo mano de Scorpius Malfoy, habían hecho mella en Albus y habían conseguido una media aceptable en todos sus T.I.M.O.S. Pero, de todas formas, la biblioteca nunca sería un lugar en el que mirar si buscabas a Albus Potter.

A Scorpius si le gustaba aquel lugar, mucho. Pasaba largas jornadas leyendo, investigando, realizando sus deberes de manera perfeccionista y exhaustiva, casi rozando la obsesión. Lo hacía porque quería que sus padres se sintiesen orgullosos de él, de sus notas; no podía evitar tener aquel sentimiento de deuda para con ellos. Lo hacía porque aquello era una forma de demostrarle al mundo que él era mucho más que el estigma de un apellido, que podían respetarle por algo que él mismo había conseguido y no simplemente temerle por la sombra de un nombre manchado. Lo hacía también porque un parte de él disfrutaba compitiendo con Rose Weasley, disfrutaba con aquel gesto de frustración que surcaba el semblante de la chica cada vez que Scorpius contestaba más rápido que ella en clase, cada vez que alguien amenazaba con robarle su preciado título de 'perfecta prefecta'. Sin embargo, lo hacía sobre todo porque le gustaba. Porque había algo que le atraía sin remedio a intentar conocer, a intentar comprender los secretos del mundo mágico, a saber realizar cada hechizo y cada poción. Y aunque en ese algo hubiese un pequeño tinte de vanidad y altanería; también había, simple y llana curiosidad.

Los chicos se pusieron manos a la obra en seguida. Scorpius, porque le gustaba trabajar; Albus, porque le gustaba la idea de acabar cuanto antes. Sin embargo, la paz de aquel momento no duraría demasiado, la tormenta se acercaba en forma de melena salvaje color rojo fuego y los rugidos de un león pronto desatarían los truenos.

Rose Weasley cruzaba en ese mismo instante la entrada de la biblioteca. Tenía todos los deberes al día, como de costumbre, ya que uno de sus lemas principales era 'El domingo ya es demasiado tarde'. Sin embargo, no se veía capaz de pasar el día entero en la sala común de Gryffindor con Dominique y Alice. Seguía muy contrariada por lo que había pasado en la enfermería el día anterior, por como se había vuelto a sentir aquella mañana en el desayuno y sabía que no habría sido capaz de escondérselo a sus amigas. Rose era simplemente inútil para esconder sus emociones, las cuales solían salir a borbotones por las líneas de expresión de su cara como si gritasen a viva voz. Lilly sabía perfectamente cuando ella no quería hablar de algo y solía de dejarla tranquila cuando lo necesitaba, pero Dom y Alice eran otro cantar. Aunque lo hacían sin querer, no podían evitar ser cotillas hasta la médula y sabía que ambas insistirían e insistirían hasta que Rose explotase la verdad solo para que se callaran. Aquello no podía pasar. No podía simplemente confesar abiertamente que se había dejado engañar por las maneras encantadoras y atractivas de Scorpius Malfoy, no podía. No quería tener que decir en voz alta lo tonta que le había hecho sentir. No quería, en parte, porque seguía oyendo en su cabeza aquella cantinela de que una Weasley no debería estar sintiendo aquellas cosas por un Malfoy. Pero no quería, sobre todo, porque sí le estaba haciendo sentir todas aquellas cosas. Se sentía estúpida y triste. Se sentía tristemente estúpida de haber llegado a pensar que ella era especial para él, de haber llegado a estar feliz de ser especial para él. Se sentía estúpida, triste y confundida, porque no conseguía llegar a entender como había llegado a aquella situación de enajenación mental, como había llegado Scorpius Malfoy a meterse de esa forma en su cabeza. En su cabeza y en su corazón,...

"¡No me lo creo!" Gritó para sí misma Rose. "¡No será capaz el muy...!" La chica miraba atónita sus dos butacas favoritas, desde la esquina de la estantería más cercana. Las dos butacas que ahora ocupaban Scorpius y Albus. Sin embargo, Rose parecía haber ignorado inconscientemente la figura de su primo y ahora solo veía a el imbécil, al desconsiderado, al insufrible de Scorpius Malfoy robándole otra vez su lugar especial. "¡¿Pero cómo se atreve?!" Volvió a gritar silenciosamente dentro de sus pensamientos mientras avanzaba a zancadas contundentes hacía el lugar donde estaban sentados los dos chicos, ajenos a la furia que se les acercaba como un vendaval por el pasillo. A Rose le temblaban las manos de rabia e imperiosa ira. Había dejado de pensar racionalmente, incapaz de recapacitar y razonar que posiblemente Scorpius se había sentado precisamente ahí porque también le gustaba aquel lugar. Incapaz de no suponer obstinada que el chico lo hacía simplemente para fastidiarla, para robarle a ella algo que era claramente suyo, para seguir martirizándola, ya que la burla de la tarde de ayer no parecía haber sido suficiente.

"¡Malfoy!" Gritó esta vez ya en voz alta. Quizá demasiado alta para ser una biblioteca ya que los otros alumnos que se sentaban en las mesas de cerca se giraron buscando el foco de ruido, aunque no lo encontraron, tapados como estaban tras las estanterías. "¡¿Quién demonios te crees que eres?!" Scorpius y Albus levantaron la cabeza alarmados. El chico se apartó el cabello rubio pálido que se le había caído sobre los ojos al agachar la cabeza para leer. Estaba demasiado estupefacto para entender lo que estaba pasando y sin poder decir nada, se limitó a mirar a la chica con una mezcla de sorpresa y contrariedad. El silencio molestó aun más a Rose que se acercó con una última zancada y se colocó justo delante del chico, mirándole con los brazos puestos en jarra, un gesto que recordaba enormemente a su abuela Molly Weasley. Seguía obviando por completo a Albus que parecía no existir en su cabeza. "E-se-es-mi-si-tio" Dijo la chica. Había vuelto a susurrar pero ahora hacía especial énfasis en cada sílaba que pronunciaba como si pensase que el chico no sabía hablar su idioma.

Tras un silencio de incomprensión, Scorpius se resolvió a contestar con la misma mirada atónita "¿Tú sitio? La biblioteca no es tuya Weasley."

"Ya sé que no es mía, imbécil" La altanería con la que el chico le miraba la ponía aun más de los nervios. Era tan obvio que había hecho aquello aposta, que se había sentado en aquel lugar con la clara intención de molestarla, que el hecho de que ahora fingiese que no entendía nada, como si ella estuviese totalmente loca, le daban ganas de tirar del cuello color verde y plata de su maldita túnica y estrangularle ahí mismo. "Pero sabes que en esas butacas siempre me siento yo" Añadió, respirando entrecortadamente por la ira que ahora le subía colorada por el cuello y las orejas. "Lo haces para fastidiarme".

Scropius soltó una carcajada exasperada pero siguió sin alterarse. Con una mueca ladeada y sin perturbar su tono de voz ni un ápice preguntó "¿Y por qué se supone que yo tendría que saber dónde te sientas tú?"

"No te hagas el tonto Malfoy, no te pega" Bufó Rose. " Me has visto ahí sentada un millón de veces".

Scorpius no contestó inmediatamente si no que, ensanchando esa media sonrisa tan característica suya y dejando en la mesa con cuidado el libro que tenía abierto en el regazo se levantó por fin de la butaca y dio un paso hacía Rose, manteniéndose a escasos veinte centímetros de ella. Mirando hacia abajo ya que era mucho más alto que la chica y con un susurro le dijo por fin "Créeme Weasley, tengo cosas más interesantes que hacer que fijarme en dónde estás sentada". Albus soltó un quejido incómodo, aquello no iba a acabar nada bien, pensaba. Sin embargo, nadie hizo caso alguno ya que tanto Rose como Scorpius ahora se habían olvidado de que Albus si quiera estaba allí sentado.

Rose ya no aguantó más. La rabia se le había subido por completo a la cabeza tras aquel último comentario y ya, ni racional ni irracionalmente, simplemente no pensaba. Todo lo que iba a salir ahora por su boca pasaría sin filtro alguno, desde el cabreo hasta su interlocutor, directamente, sin cuidado, sin considerar de ninguna forma las consecuencias de las palabras. "Mira escoria. Sé que vas por ahí creyéndote superior a todo el mundo a tu alrededor, pero eso no te da derecho a pisotear a los demás." Scorpius no dijo nada. "Además, con ese apellido, Malfoy, más te valía creerte solo la basura que eres."

Scorpius siguió sin decir nada. Se quedó allí plantado, mirándola fijamente, la sombra gris de sus ojos clavados en los de ella. Rose no vio aquel tono ligeramente azul que había encontrado por primera vez el día anterior. No, solo un frío gris plomizo que la asustó el corazón, haciéndola temblar de repente. Un gris que olía a rabia, a cólera, a desesperación, a impotencia,...

El chico se giró a coger sus cosas y salió corriendo de allí dándole la espalda. Se fue antes de que la chica pudiese ver cómo, además de rabiosos y coléricos, sus ojos se aguaban en lágrimas de tristeza e inmenso dolor. Y es que algo a la altura del corazón pareció que se le desprendía y se desmoronaba, resbalándole por las entrañas hasta la altura de los pies; arrasando como un torrente por las colinas de su interior, arrancando toda la vegetación, arrastrando la arena y convirtiéndola en fango. Algo se le rompía en el interior, algo que ya había intentado reparar demasiadas veces.

Albus también se levantó de la otra butaca y comenzó a recoger sus cosas y las que su amigo se había dejado con las prisas. De rente, Rose se percató por primera vez de su presencia y notó como un sentimiento de hastío y náusea se le colaba en la boca del estómago, como si el hecho de hubiese alguien de testigo hubiese abierto la puerta a la culpa y la inquietud. El chico miró a su prima, abriendo la boca y cerrándola otra vez. Le hubiese gustado decir tantas cosas, pero no sabía cómo, así que se limitó a mirarla con desagrado y reproche y marcharse detrás de su amigo, golpeándola en el hombro al pasar por su lado.

Rose se quedó muy quieta, paralizada como si sus pies hubiesen echado raíces y se hubiesen anclado a las baldosas del suelo. A penas notó el golpe de censura y castigo que su primo le había propinado en el hombro. Ni noto las lágrimas saladas que le habían empezado a resbalar calladas, por las mejillas, por la línea de la mandíbula, hasta llegar hasta el cuello y empaparle la túnica del uniforme. Solo notaba aquel agujero que se había empezado a formar en sus entrañas, creando un efecto vacío que la succionaba hacía dentro, dificultándole el respirar con normalidad. Aquel dolor, que sabia a culpa, a asco, a repugnancia por sí misma, y se le extendía por todo el cuerpo, inundándolo todo, llegando hasta la punta de los dedos. Aquel dolor que le duraría durante días, instalado en el alma y el espíritu, dificultando el vivir con normalidad.

Espero sus reviews y comentarios

y espero también que les haya gustado el capítulo.

Gracias por pasaros