Whitehill
¡Apártate!
No supo que decir ni que hace, por lo que apenas pudo dedicarle una sonrisita de cortesía, al tiempo que se aguantaba las ganas de estrangularlo por espiarla a propósito.
El otro chico desvió sus instintos asesinos.
—Yo soy Sirius Black— se presentó, con una amplia sonrisa.
Lily, por segunda vez ese día, se quedó cautivada por un chico. Pocas veces le sucedía eso, pero le gustaba encontrar a un muchacho que le alegrara la vista en clase y era una alegría ver que existían en ese pueblucho maldito.
Se veía fibroso y alto, pese a estar sentado, tenía unos profundos ojos grises y una melena negra azulada le caía con naturalidad por encima de la cara de rasgos finos, quizá un poco femeninos. Notó como el corazón le latía con fuerza al ver a ese chico y solo una idea, no muy decente, le pasaba por la cabeza.
—Encantada— tartamudeó, intentando mostrar una sonrisa.
—¿Así que ya conocías a mi amigo James?— le preguntó el moreno.
Lily volvió a la tierra, borrando su sonrisa bobalicona de la cara, y miró a su vecino, ese tal James Potter.
—No la conocía— explicó el aludido—, pero vive cerca de mi casa. Donde los Spinner— le explicó, confirmando los datos introducidos por Carol.
—Ya veo— repuso el otro. Empezaron a hablar de los Spinner y de las extrañas circunstancias de su ida.
Lily empezaba a pensar que la estaban ignorando, a propósito o sin querer, cuando Sirius Black se volteó hacia ella.
—Y bien— empezó, con una sonrisita divertida—, ¿Cuándo venimos a merendar?
Ella lo miró desconcertada. No tenía ningún problema en que él fuera a merendar, pero le preocupaba la idea de que el verbo estuviera en plural.
—¿Cómo?— solo pudo decir.
Los dos chicos estallaron en risitas.
—Era una broma— explicó James.
—Ah, bueno, si queréis…— repuso Lily que, ante la perspectiva de que el chico guapo fuera a su casa, le daba igual que viniera el vecino espía—. Cuando os apetezca.
Los dos chicos se miraron emocionados, pero Lily no entendió porque. A su lado, Carol la miraba con una extraña mueca de complacencia.
—Así que eres de las mías— le susurró a Lily, con una risita en la boca.
La pelirroja, quién no entendía nada, miró a los muchachos.
—¿Podemos venir esta tarde, por ejemplo?— le preguntó el chico guapo.
—Claro— repuso ella, con una sonrisa encantadora.
—Te podemos llevar él o yo en moto— continuó el vecino espía.
—También— contestó, haciéndose la simpática.
Los dos chicos empezaron a hacerle preguntas a Lily, cuando la profesora los mandó a callar.
—¡Como vuelva a veros hablando os echo de la clase!— exclamó, señalándolos con el dedo.
Lily y Carol se voltearon hacia delante apresuradamente.
—¿Quieres venir tú también?— le preguntó a la rubia.
Esta miró a Lily un poco desconcertada, pero luego asintió satisfecha.
—Si te gusta compartir…— repuso, con aire misterioso.
Lily empezaba a no entender nada de lo que le decía su compañera de mesa, y decidió empezar a estar atenta en clase.
…
El break de la mañana llegó a las once, y fue entonces cuando Lily sacó de su mochila sus dos sándwiches de atún para ir a comérselos en algún lugar, tranquilo, muerta de hambre.
—¿Te apetece venir conmigo y mis amigas?— le preguntó Carol a la pelirroja.
Las dos muchachas se fueron en busca de las amigas de la rubia, que la esperaban en la salida de la clase.
Las tres salieron al exterior del colegio, en unos amplios jardines cubiertos de césped y varios grandes ábroles que proyectaban una fresca sombra, seguramente muy apetecible en verano, para nada en aquellos momentos.
Su compañera de mesa no tardó en presentarle a, quienes según sus propias palabras, eran sus amigas del alma. Una de ellas se llamaba Nicole, Nikki para los amigos, Palmer; miraba a Lily abstraída, como si no fuera algo relevante, cosa que seguramente no era para esa chica. La otra, en cambio, una tal Sasha Williams, parecía contentísima de tener a la chica nueva con ellas.
—¿Entonces, puedo llamarte Lily?— inquirió Sasha, alegre como si le hubieran dado un premio.
La pelirroja asintió, mientras se fijaba descaradamente en el aspecto de la chica, nada molesta de ser observada; su cabello era extrañamente negro, no tardó en percatarse de que lo llevaba teñido. También la sorprendió que fuera maquillada cuando las normas del colegio lo prohibían claramente.
Al pensar esto se sorprendió de lo aburrida que había estado en casa, que hasta se sabía las normas del instituto de memoria.
Como si leyera sus pensamientos, Nicole habló.
—¿Y no te has aburrido mucho?— sus voz era algo fría y dura, contrastando claramente con su aspecto de niña rubia dulce y carnosa.
La pelirroja iba a responder cuando Carol cortó por lo sano.
—Lo dudo, seguro que tubo mil cosas que hacer— miró cómplice a Lily, dándole a entender que ella sabía algo acerca de su vida antes del colegio. Pero eso era imposible. Seguramente se referiría al hecho de que conociera a ese Potter ¿No?
—Hablando de chicas aburridas— comentó Sasha, que ya se había acabado su comida y miraba descaradamente a tres chicas de su misma clase que se dirigían hacia ellas—. Nuestras loosers favoritas— bromeó, mientras con los dedos gordo e índice hacía la forma de una ele, para luego ponérselos unas décimas de segundo en la frente.
Las dos rubias estallaron en risas; Lily miró quienes eran esas tres chicas y reconoció, con algo de vergüenza ajena mezclada con culpabilidad, a Mayne Winters, la chica delegada de su clase.
Las rubias seguían riendo de las otras hasta verlas acercarse demasiado para andar paseando por los terrenos; se dirigían hacia ellas.
Las cuatro chicas enmudecieron hasta que Mayne, quien iba delante, habló.
—Lily— la llamó, ignorando a las otras—, ¿Te apetece venir un rato con nosotras?
Todas las miradas se fijaron en la pelirroja, quien se ruborizó. Miró desconcertada a Carol, hasta ver su sonrisa. Entonces se levantó y se alejó con las tres chicas, dos de las cuales todavía le eran desconocidas.
…
—¿Hablasteis con la nueva?— inquirió nervioso un chico rubio, de nariz puntiaguda, escrutando con su mirada acuosa a dos de su mejores amigos.
—Claro— repuso uno de ellos, moreno, de ojos grises—. Y me ha gustado— terminó, triunfante, como un animal divisando una presa.
Una tos, procedente de otro de los cuatro chicos allí presentes, le borró la sonrisa al moreno. Luego, lo fulminó con la mirada.
—Yo la vi primero— amenazó—. Le tengo el ojo echado desde su llegada, y desde esta mañana tengo más ganas de conseguirla— bromeó, con una sonrisa pícara.
—¿Esta mañana?— preguntó perspicaz el último chico, de cabellos pajizos y delgado— James, ¿Qué has hecho ya?
El aludido se regodeó ante las caras de sus amigos. El moreno lo miraba con un brillo de lascivia casi imperceptible en los ojos, el pequeño admirado y, el último, muy desconfiado.
—Yo nada— repuso inocentemente—. ¿Qué culpa tengo yo de descubrir, inocente e involuntariamente, uno de lo vicios más secretos de la nueva?— bromeó.
—¿Qué descubriste?— inquirieron todos a coro, interesados.
—Chicos— empezó el chico despeinado—, ¿Creéis que os diría por las buenas que a nuestra, perdón, mi pelirroja, le gusta hacer de exhibicionista en bragas delante de la ventana? ¡Jamás! ¡Ni por todo el oro del mundo!
Todos estallaron en risas, a excepción del chico delgado, que parecía preocupado.
—¿Y ella te vio? ¿Está enfadada?— inquirió preocupado, pensando en la posible mala impresión de la pelirroja acerca de su amigo del alma.
—Enfadada o no— repuso el moreno guapo—, esta tarde nos ha invitado a su casa. Y a la Horowitz también.
Menos los aludidos, el resto abrieron la boca sorprendidos.
—¿Puedo venir?— inquirió rápidamente el rubio pequeñito.
—No si no te ha invitado— repuso el moreno.
—¿Podéis preguntárselo?— continuó, emocionado.
—James, Sirius— empezó el chico de pelo pajizo—, ¿No creéis que se habrá confundido? Dudo mucho que acabada de llegar os haya invitado para… eso…— explicó.
Los dos chicos de miraron el uno al otro. El despeinado estaba seguro de la confusión de la nueva, pero le daba igual. El guapo solo tenía una idea en mente, y si no lo conseguía con la pelirroja, lo conseguiría con Horowitz.
Para despistar, buscaron a su hobbie favorito.
—¡Anda!— exclamó con una clarísima falsa sorpresa Sirius Black— ¡Pero si allí está mi buen amigo Snivellus!
El chico del cabello pajizo, Remus Lupin, volteó los ojos hastiado, sabía lo siguiente tras esa célebre frase de su amigo, y no quería verlo; por otro lado, el pequeño y rubio Peter Pettigrew, miró embelesado a sus amigos, James y Sirius, quienes ya se dirigían hacia la aludida víctima, quien los esperaba fulminándolos con la mirada.
El buen amigo de Sirius Black, se llamaba Severus Snape, más conocido en el colegio por Snivellus, gracias a la propaganda del primero junto a la de James. Era un muchacho quizá algo antisocial, callado y reservado, pero se había ganado la poca simpatía por su carácter antipático y esquivo. Pocos se llevaban bien con él, menos querían llevarse bien con él.
El muchacho, delgaducho y de piel pálida, avanzaba apresuradamente por el patio, intentando esquivar a sus dos persecutores. Sabía que si lo cogían tendría algún que otro problema, y ya estaba harto de terminar al despacho del director por culpa de esos dos prepotentes patanes.
Cruzó acelerado una esquina del edificio y casi chocó con cuatro chicas. Dos de ellas se exclamaron molestas, la otra se disculpó amablemente y, la última…
Jamás la había visto, y no pasaba inadvertida.
Le pareció una imagen iluminada, blanca e inmaculada, por su piel y por el uniforme, donde varias manchas rojas, escarlatas y anaranjadas brillaban con fuerza. Los cabellos, rojizos anaranjados, les caían descuidadamente por la espalda, con un aire inocente. Los labios, rojos brillantes, relucían en su amplia sonrisa de disculpa por el incidente. La falda del uniforme, escarlata, resaltaba sus frágiles piernecitas.
Y esos ojos.
Verdes. Vivos. Brillantes. Fugaces. Llenos de sentimientos. Preciosos.
Se quedó sin aire, se quedó sin aliento, con la boca seca, sin poder cerrar los ojos, hasta que su corazón latió con fuerza. Con mucha fuerza. Como nunca. Como si tuviera delante de sus ojos un ser importante. Casi divino.
—¿Estás bien?— preguntó la muchacha, preocupada.
No pudo analizar su voz, porque oyó los pasos de esos patanes cerca. Se alejó de esa desconocida, preocupado, por primera vez en la vida, por que habría pensado alguien de él.
…
—¿Quién era?— preguntó extrañada Lily a Mayne, quien, al igual que ella, veía alejarse la figura de Severus Snape a toda prisa.
—Snape— repuso Mayne, como si con eso quedara todo explicado—. Yo creo que es buen chico, pero muchos le hacen la vida imposible, y se comporta de forma extraña.
—No seas mentirosa— cortó una de las chicas que acompañaban a Lily y a Mayne—. Es un tipo raro, porque le da la gana.
La muchacha, que hablaba con desparpajo, como si conociera a Lily de toda la vida, y como si Snape fuera su cobaya, se llamaba Alexandra Jones, pero le había pedido a la nueva que la llamara Alex.
Esa chica en especial, a Lily le recordaba su mejor amiga Sarah, que se había quedado en Londres y quién más echaba de menos.
Tenía el mismo rostro triangular, felino, y los mismos ojos rasgados. El mismo carácter impertinente. Solo que Sarah era rubia, y Alex tenía el cabello de un curioso color chocolate. Teñido quizá.
—No seas mala con él— contestó la cuarta chica, Julie Simmons, mientras su mirada azul fulminaba a la oscura de su chica.
Lily pensaba que, si Mayne le parecía un ángel, Julie era una virgen. Rubia, de cabello con finas ondas, y una mirada azul ausente. Era rara, muy rara. La pelirroja empezó a preocuparse si no se le antojaba todo el mundo demasiado extraño, curioso e irreal; sería cosa del primer día.
De pronto, vio de quien huía ese tal Snape, y se le pasó por la cabeza hacer lo mismo.
Allí estaba su vecino, el espía, al ataque de nuevo.
—Buenos días chicas— saludó amablemente un chico de cabello pajizo, que Lily no conocía—. Me llamo Remus Lupin— se presentó cordialmente a la muchacha.
La chica no pudo evitar contagiarse con la amplia y sincera sonrisa del muchacho; le estrechó la mano encantada, preguntándose si todos los chicos serían tan amables como ése.
Aunque ya sabía de uno que no.
El cuarto chico recién llegado, algo más bajito que el resto y de un fino cabello rubio, se acercó nervioso.
—¡Hola!— exclamó— ¡Me llamo Peter Pettigrew!— siguió, con la voz un tanto alzada por culpa de los nervios.
Lily sonrió. Ese muchacho se le antojaba divertido.
…
—¡Cuánto tiempo que no entraba aquí!— exclamó Carol, cuando Lily le abrió la puerta a las seis de la tarde.
El recibidor de los Evans estaba decorado en tonos blancos y azulados, con una gran lámpara que lo iluminaba todo haciéndolo brillar con fuerza. Un mueble de cristal y madera blanca reposaba debajo de un gran espejo, dónde la recién llegada a la casa podía verse nada más abrir la puerta.
—¿Habías venido ya?— le preguntó Lily, haciéndose a un lado para que pasara.
Detrás de Carol entraron Sirius y James quienes, sin decir palabra, escrutaron la estancia, nerviosos y muertos de curiosidad. Examinaban el lugar como si estuvieran a punto de cometer un delito, o eso imaginó Lily.
—Si— repuso la rubia—, cuando Samantha Spinner vivía aquí. Éramos amigas— le explicó, mientras Lily los acompañaba a la sala de estar.
Era amplia, recubierta por completo de madera. Una de las paredes estaba llena de libros de sus padres, sobre leyes y cosas aburridas que a la pelirroja jamás le habían interesado. El la opuesta, se encontraba un gran mueble lleno de fotografías de familia y un gran televisor.
Más o menos en medio de la estancia, un gran sofá de piel negro invitaba a sentarse cómodamente, cosa que no tardaron en hacer los tres invitador.
—¿Queréis tomar algo?— ofreció la pelirroja, que empezaba a sentirse nerviosa e incomoda.
—¿Tienes coca—cola?— inquirieron todos al unísono, como si esa bebida fuera el bien más preciado de la Tierra.
—Creo— repuso ella—. Voy a ver.
Se volteó para irse a la cocina, cuando una voz la llamó.
—Espera, Evans, voy contigo— anunció triunfalmente James.
Sin esperar respuesta, la siguió hasta la blanca y nueva cocina de los Evans. Todo, sin excepción había sido cambiado al mudarse de casa. Los muebles, electrodomésticos y demás aparatos, brillaron con intensidad cuando se encendió el fluorescente.
Lily, ignorando por completo a James, quien empezó a merodear por la cocina, se dirigió a la nevera y sacó una botella fría de coca—cola.
El contacto de la fresca botella con su piel, hizo que el aturdimiento de aquella situación, tensa y cargada de nervios, aminorara un poco. Se volteó, y casi topó con James.
—¡¿Qué haces?!— inquirió ella molesta, al ver que el muchacho estaba a menos de dos centímetros de ella, apresándola contra la pared, con la fría botella entre ambos.
Notó el frío en su piel, cuando él, a menos de un milímetro se acercó más.
Con un movimiento rápido, que había visto hacer en muchas películas, se escapó de él y corrió hacia la cocina.
Sabía que ese tipo era raro, que no tenía que haberlo llevado a su casa nunca, y menos el primer día. ¿Qué se suponía que había intentado con ella? Mil ideas pasaron por su cabeza, y todas terminaban con el mismo final.
Llegó inconscientemente al comedor para encontrarse con una escena chocante.
Carol Horowitz estaba tirada en el suelo, con una mueca de placer, mientras su mano se deslizaba por el interior de los pantalones de Sirius Black, quién la observaba con lujuria. Él hacía algo parecido con ella, mientras la besaba.
Intentando borrarse esa bizarra imagen de su comedor de la cabeza, corrió escaleras arriba hasta llegar al segundo piso, donde unos fuertes brazos la alcanzaron.
—¡Lily!— exclamó James, llamándola por primera vez por su nombre, y con un tono de voz serio.
Ella se volteó, ruborizada y notando como empezaban a flojearle las piernas.
¿Qué era aquello? ¿Qué quería ese tipo? ¿Qué hacían esos dos en su comedor? ¿A qué demonios los había invitado?
Al parecer, James Potter entendió lo que sucedía, porque de pronto se mostró más amable, con una leve sonrisa de comprensión en la comisura de los labios.
—Tranquila— le susurró, alargándole la mano—. Creo que ha habido un malentendido.
Ella no repuso nada, ni le cogió de la mano. Se apretujó contra la pared del pasillo del segundo piso, esperando que siguiera hablando, pero no continuó.
—Tranquila— susurró todavía más bajo—. Que no te haré nada.
Su voz sonaba amble, cariñosa, como si hablara con un pequeño gatito asustado. Lily se dejó vencer por la incertidumbre del momento y le entregó su mano a él, quién no tardó en atraerla hacia él para, ante la sorpresa de Lily, abrazarla.
—Vaya marrón— siguió el muchacho—, no imaginaba que no sabías de que iba todo esto ¿Nunca lo hacéis en Londres? Es extraño… que los de pueblo seamos más libertinos que los de la gran ciudad.
Lily no entendía nada, estaba desconcertada. Deseaba que se fueran esos de abajo, de su precioso salón nuevo. El chico guapo, ya no le parecía guapo. La chica simpática le parecía una fulana. En esos momentos, el único que se le antojaba para bien, era el vecino espía que la abrazaba para tranquilizarla.
El vecino espía.
Oyó pasos en el piso de abajo. La puerta de salida al cerrarse. Esos dos se habían ido, seguramente conscientes de que algo no iba bien, o deseosos de encontrar un lugar mejor.
Notó como él bajaba la mano. Del hombro por la espalda, acariciando la fina camiseta del uniforme que todavía llevaba puesto, hasta llegar a la cadera, donde no paró. Pasó rápidamente por encima de la falda hasta llegar al muslo.
Inició el recorrido al revés, subiendo por debajo de la falda de Lily.
El corazón le iba a cien. No entendía todavía que había sucedido en su casa y no era consciente de estar tirada en medio del suelo del pasillo, mientras James Potter le acariciaba suavemente el muslo izquierdo con la mano y le recorría los labios con los suyos.
No se percataba de nada.
Una sensación de opresión no le permitía pensar. Cerró los ojos, y le hirvieron los párpados. Tuvo ganas de toser pero solo pudo jadear cuando el chico subió un poco más la mano, por el muslo interior.
Se notaba enferma. Seguramente, habría cogido fiebre, algo que le acostumbraba a suceder cuando se estresaba mucho.
Pareció que, al percatarse de eso, las conexiones neuronales volvieron a funcionar, la sinapsis se activó en su cerebro, y entendió la escenita donde se encontraba. Reaccionó rápido, temblando de la rabia y de fiebre, con un puñetazo en medio de la cara del chico.
—¡¿Qué haces loca?!— rugió el moreno, acariciándose el labio inferior, que había empezado a sangrar.
La muchacha se incorporó.
—¡Apártate de mí!— vociferó.
Él la miró desconcertado.
—Que te quede claro, de ahora en adelante— amenazó—: No soy un objeto, no soy tu objeto, y menos puedes venir a mi casa a tomarme el pelo de esta manera.
Él arqueó una ceja.
—¡Apártate!— bramó.
No tardó en obedecer. La puerta se cerró apresuradamente.
Y ella se quedó allí sentada al pie de la escalera, pensando en qué maldito pueblucho se habría metido, cuando se percató de que todavía tenía en la mano la ya no fría botella de coca-cola.
…•¤¤•.•¤¤•…
¡Tatatachán¡Hasta aquí el tercer capítilo! Creo que es más largo (?) pero espero que os haya gustado. Ya han salido casi todos los personajes principales de esta primera parte ¿Qué os parecen¿Son Mary Sues las chicas? Espero que no.
Esta historia solo seguirá lo que hagan los personajes de Jotaká, no sé si ya lo había dicho, es decir, que solo sabremos de Lily, James, Remus, Peter, Sirius y Snape, y de lo que a ellos les suceda. Siempre será desde "su" punto de vista. ¿Se entiende?
Bueno, ahora agradecer a todo el mundo los reviews: ginny-potter151, R.S.Black, Chika Black, Jana Evans, Codara, wiccancat, anagl, pottersita, Peke-Weasley, GiNyLu, Tati Jane Potter, Judith Malfoy, Adhara-16, BiAnK rAdClIfFe, Llaelien, Megan Black, Naat, Kiki, Paulilla92, Sariih, lunatik, Pesce, Lily Evans de Potter, Diana Prezne, angelproof, Rochio Lovegood, Druella Black, anasofia, Lali Evans, miiss-potter y PauLy.
No me esperaba que os gustara tanto, de verdad. Si seguís así ¡voy a seguir esforzándome al máximo!
Un super beso de la chica con más agujetas del mundo entero (osea, yo).
Mil gracias.
Erised Millennia Black
